miércoles, 13 de junio de 2012

La guerra por la conquista de la realidad global

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los acontecimientos de la historia (la no historia), a partir de los años 80 del siglo XX, parecen el guión de una película calculada como lección de (sub) vida para las mayorías. No obstante, si bien el guión se ha estado desarrollando, desde diferentes escenarios, desde mucho antes, en la segunda década del siglo XXI la trama de la globalización avanza hacia la instauración de una realidad asfixiantemente cierta.

El clan que maneja el poder global ha tendido redes para que la humanidad llegara a la encrucijada donde se encuentra. El carnaval del ruido (des) informativo; la estupidez como norma de ley social (no eres “ligero” no existes); la rentabilización de la vida; la derrota del humanismo; el sin sentido de la política; la quiebra de los países; la saturación de las opiniones; la muerte de las voluntades. Hilos invisibles que, sobre la Madre Tierra, tejieron los amos del mundo ante nuestra ceguera aprendida.

No fue apocalíptico asegurar (hace algún tiempo) que detrás del entramado de la tecnología se escondía la intención fundamentalista de desmovilizarnos para secuestrar los recursos de la tierra. Hoy, y cada vez más, los individuos se conforman con jugar a “vivir” desde las redes sociales; muchos creen que desde internet surgirá la rebelión que cambiará la historia de este rodaje invisible. Internet podría tener importantes ventajas (de hecho las tiene), solo que el objetivo estratégico de los poderes que manejan su entramado es otro. Distanciarnos de la realidad que nos están levantando en el afuera. Un encierro virtual que podría convertirse en auténtico (sin posibilidad de regreso); una cápsula de intenciones donde se reproducen los gritos de la industria del ruido. En internet, con la reproducción del guión que condiciona el afuera, es otra forma (más individual pero igualmente masiva) de extender la realidad del poder. Y entre el ruido (que circula con un extraño silencio que sabe a extravío) se pierden las propuestas que debaten nuevas realidades socioculturales.

Realidad, cuánto nos ha costado entender que el poder, hoy, en esta Gran Guerra Mundial, lo que se juega es la construcción de una (su) realidad global. Una forma de realidad impuesta por encima de todas las realidades locales e individuales. Un traje mundial hecho a la medida de una dictadura financiera. El clan de siempre fundó esta historia, su historia, la historia que nosotros, peones útiles de la realidad que otros diseñan, hemos aceptado (des) vivir desde las gradas. ¿Qué hacer? Es la pregunta obligada en medio de las no respuestas y de las noticias diarias (que como dogmas) nos venden el infierno en la tierra (no hay salida; no hay futuro; el camino hacia el paraíso ya fue cerrado). La (s) respuesta (s) no podrá construirse mientras no se asuma que radicalmente los escenarios y las formas de la guerra cambiaron. Las armas de hoy (de sometimiento intelectual) van dirigidas al aislamiento del uno con el todo; derecha e izquierda son apéndices (a veces sin saberlo) del mando invisible que rebasó toda lógica política… Que nadie se equivoque, el sistema no se está cayendo solo, el sistema se está demoliendo a sí mismo ante el colapso de su funcionamiento y con la firme intención de establecer una nueva forma de explotación aún mucho más férrea y mundial. He ahí la mutación que está poniendo en práctica el capitalismo; he ahí la realidad global que se está instaurando. Por la construcción de esa realidad única y potencialmente imposible de vencer es que hoy se libra esta gran batalla. Entre el miedo y la desmovilización nos han conquistado. Entre el aceptar (lo que hay) y no idear (lo que debería haber) hemos arribado a la derrota. Se hace necesario (y urgente) el surgimiento de una nueva forma de humanismo que, desde todos los planos sociales, trabaje (en tiempo actual pero con la conciencia cósmica de siempre) para introducir en la guerra otra vía de realidad. Otra cultura, otra política, otra economía, otra sociedad, sólo será posible si en una acción de urgente rebeldía cada uno de nosotros firma su carta de renuncia al sistema. Y no se trata de un tratado de intenciones sino de aptitudes que aporten respuestas cotidianas y mínimas al dilema global. El dilema global es un invento de otros (el clan); ser uno el demoledor de su propia (falsa) realidad no sería mala idea para iniciar la respuesta. Nos vencieron haciéndonos parte reaccionaria del sistema; sólo podríamos aspirar una liberación colectiva desde una liberación individual que nos aproxime (de nuevo) al espacio-tiempo de nuestra verdadera naturaleza.

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