miércoles, 6 de junio de 2012

Los abortos salvan vidas

Alejandro Frías (MDZOL)

La encontré caminando por la vereda del Hospital Central. La vi de lejos y apuré el paso para alcanzarla. La llamé y ella se dio vuelta. Tenía en los ojos el rastro de un llanto reciente, y apenas se dio vuelta y me reconoció se colgó de mi cuello en un abrazo profundo y soltó el llanto.

Le ofrecí llevarla a su casa y aceptó entre sollozos. Caminamos en silencio (salvo su periódico hipeo) la cuadra que nos separaba del lugar en el que había dejado mi auto y recién cuando estuvo sentada a mi lado y yo ya estaba poniendo la marcha atrás me contó que venía de ver a una alumna suya, una piba de quince años, que estaba en terapia intensiva.

Me sentí mejor de saber que no era ninguno de sus parientes, sus padres o sus hermanos, quien estaba internado. Los conozco a todos ellos y los quiero mucho. De hecho, ella y yo podríamos haber sido novios. Y quizá hasta nos hubiéramos casado, o convivido, pero eso nunca sucedió. Fuimos compañeros de estudio. Inicialmente, en primer año, éramos un grupo de cinco, pero con el correr de las materias y por varias razones, en tercero el grupo se redujo a dos, ella y yo, y así nos quedamos hasta terminar la carrera. Rendimos la última materia juntos, y mi novia de entonces le tiraba huevos y harina a ella y su novio de entonces me tiraba huevos y harina a mí, mientras sus padres y mis padres nos miraban satisfechos.

Ahora en el auto me alegraba de que no fuera alguien de su familia quien estaba internado, pero me pesaba en el alma verla así de triste por una de sus alumnas, una piba de barrio, una pendejita güevona que no había tomado las precauciones necesarias y se había quedado embarazada. Y la conclusión hasta el momento era su estado maltrecho, su situación muy delicada y su internación en terapia intensiva del Central luego de tres días de haberse hecho un aborto casi casero con una vecina de uno de los barrios aledaños, una enfermera que se gana su buena plata operando en una cama especialmente destinada a eso en la habitación que el hijo más grande, que ya se casó, dejó desocupada.

Yo la escuchaba y no sabía cómo hacer para, sin dejar de prestar atención a las calles, mirarla y hacerle sentir que estaba acompañada, que podía contar conmigo, que no la iba a dejar si ella me lo pedía, como cuando estudiábamos y ella entraba en esos estados de pánico previos a los exámenes más difíciles. A mí me gustaba estar con ella en esos momentos, y por lo general estábamos juntos cuando le agarraban esos ataques, porque le daban en medio de las noches de estudio, y empezaba a decir que no llegaba, que le iban a faltar días, que la materia era una mierda y varias cosas más. Entonces yo le preparaba café, le hacía masajes en la nuca, trataba de devolverle la tranquilidad, y seguíamos. A mí también me agarraban esos ataques a veces, pero ella era más práctica, me decía que me dejara de romper las bolas, que ya estábamos en camino y que no rompiera más los huevos, que esa materia la sacábamos o la sacábamos. Chau, a otra cosa.

Detuve el auto frente a un quiosco y me bajé para comprarle una botellita de agua. Me agradeció con una sonrisa y me dijo algo así como siempre el mismo tierno vos, o algo así. Volvimos a andar y, un poco más calma, me contó que su alumna había quedado embarazada de su novio, cosa que en el barrio en el que vive es cosa muy normal, a esa edad o un poco más chicas incluso. Así que, bueno, hizo lo que hacen muchas, fue a la vecina esa que ya es famosa y que tiene hasta lista de espera para hacer los abortos.

Alcancé a ver en sus ojos cómo de pronto se le venía la imagen de su alumna a la mente y volvía a largar el llanto. Le pregunté si había alguien en su casa, porque no iba a dejarla sola así como estaba, y me respondió que sí. Estaban su marido y su hijo más grande. Me tranquilicé al saber que alguien podría recibirla y darle un abrazo y servirle un café y acompañarla a la cama y arroparla para que descansara. Y también rogué para que su marido la atendiera como ella se merecía. Su marido actual no es el mismo con el que se casó hace casi veinte años, el padre de su hijo más grande, con el que estaba de novia cuando estudiábamos. Sí, porque tanto ella como yo nos casamos con nuestras parejas de entonces. A ella ese matrimonio le duró ocho años y dos hijos. A mí el primer matrimonio me duró seis años y ningún hijo. Después cada uno se divorció y ella volvió a casarse hace unos diez años con este hombre que la espera en su casa. Yo también me casé por segunda vez y tuve un hijo, pero me volví a divorciar, y ahora voy por el tercer intento de convivencia en pareja.

Suspiraba profundo a mi lado mientras yo metía y sacaba cambios y puteaba a todos los semáforos que nos demoraban. Por fin pudimos salir del centro. Le expliqué cómo reclinar la butaca para que estuviera más cómoda, pero me dijo que así estaba bien. Entonces me explicó que su alumna estaba muy grave, que la infección había sido jodida y que un médico le había dicho que lo único que podían hacer era esperar a que los antibióticos le hicieran efecto, caso contrario, sería difícil que se salvara, y otra vez largó el llanto. Y lloraba con un desconsuelo inconmensurable. Lloraba a mares. Lloraba como aquella vez. Lloraba como cuando me dijo que estaba embarazada de mí.

Fue un desliz, una borrachera, un momento del que nos arrepentimos juntos. Estábamos a tres días de la fecha para rendir uno de esos camiones de materia que le queman a uno el cerebro, cuando decidimos no presentarnos. Estudiábamos esa vez en mi casa, en mi habitación, donde teníamos una mesa y sillas y todas las comodidades. Como a las tres de la mañana se nos complicó con un tema, nos miramos y decidimos que era hora de tirar la toalla. A la mañana iríamos a borrarnos de la materia. Nos reímos un poco, hicimos un par de chistes y ella dijo que había que festejar nuestra sabia decisión, así que fui hasta el bar de mi viejo, traje una botella de whisky y empezamos a tomar. Terminamos durmiendo, como muchas veces, uno al lado del otro en mi cama, pero esta vez, al despertarnos, estábamos desnudos, y nunca pudimos explicarnos cómo sucedió, pero ambos teníamos en claro que esa noche habíamos tenido sexo. Estoy siendo injusto al decir esto, porque la verdad es que esa noche hicimos el amor. Pero creo que nunca quisimos reconocerlo. Esa mañana desayunamos riéndonos, cómplices, como si se hubiera tratado de una travesura que no volveríamos a repetir. Y no la repetimos.

A las tres semanas llegó a mi casa llorando para contarme, en medio de un llanto desconsolado, un llanto a mares, un llanto inconmensurable, que estaba embarazada de mí. Y me mostraba el test de embarazo que se había hecho hacía unas horas.

Éramos jóvenes, teníamos la carrera por la vida y la vida tal vez en un tercio. Cada uno tenía su novio y su novia. Lo decidimos de inmediato. Conseguimos el dinero, yo vendiendo mi guitarra, ella vendiendo unas cadenitas de oro de cuando era piba, y fuimos a un consultorio en el centro en el que un médico hizo lo que debía hacer.

Nunca nuestros padres lo supieron, y menos nuestros novios. Nunca nadie nada. Y ahora en el auto, a pocas cuadras de su casa, su joven rostro lleno de lágrimas y dolor se me aparecía nuevamente en esa mujer adulta, madre, docente que estaba a mi lado.

Por qué si nosotros pudimos hacerlo bien ella no, me preguntó de repente, como si hubiera adivinado mi pensamiento. Es una mierda esto, siguió en medio del llanto. Nosotros éramos pendejitos acomodados que vendimos dos huevadas y pudimos hacerlo en un lugar bien limpito del centro, pero ella…

Se interrumpió sólo por la necesidad de volver a soltar el llanto.

Llegamos hasta la puerta de su casa. Me bajé y la ayudé a descender del auto. Cuando su marido salió de la casa, advertido por el auto que acababa de estacionar en el frente, apuró el paso y me ayudó a sostenerla. Delicadamente la solté y dejé que él se hiciera cargo. Gracias, me dijo ella, andá, me voy a poner bien, agregó, y lo último que dijo fue te quiero mucho.

Yo también, le respondí mientras el marido me agradecía que la hubiera llevado y me prometía que me iba a llamar cuando se mejorara.

Encendí el motor y salí despacio. Ahora yo ya era un hombre adulto y ella una mujer adulta, pero alguna vez fuimos dos pendejos acomodados que pudimos pagar, mientras, seguramente, en las villas varias pibas murieron luego de un aborto realizado en un colchón sucio.

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