miércoles, 20 de junio de 2012

Sinclair Lewis y su acérrima crítica a la religión

Adán Salgado Andrade (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace unos días terminé de leer un excelente libro, “Elmer Gantry”, escrito en 1927 por el maestro Sinclair Lewis, escritor estadounidense, nacido el 7 de febrero de 1885 y fallecido el 10 de enero de 1951, ganador de un merecido premio Nobel en 1930, dada su gran calidad literaria, pero también su perseverancia por ser un agudo crítico de la sociedad estadounidense, a través de su estupendo trabajo. En el discurso de agradecimiento por el premio, Lewis, además de apreciar el trabajo de escritores contemporáneos como Hemingway, sin cortapisas, se atrevió a declarar que “En Estados Unidos, muchos de nosotros, no sólo los lectores, sino los escritores, aun tememos cualquier literatura que no sea aquélla que sólo sea la glorificación de todo lo estadounidense, una glorificación de nuestras faltas y también de nuestras virtudes. Pero Estados Unidos es uno de los países más contradictorios, depresivos y convulsos de cualquier otra tierra que exista en el mundo hoy día. Nuestros profesores prefieren solamente una literatura que sea clara, fría, pura y terriblemente muerta”. Eso lo dijo, justamente, porque fue en su tiempo sumamente criticado por sus obras, una de ellas fue precisamente “Elmer Gantry”, como refiero en seguida.

Esta novela es una muy ácida, irónica, acérrima crítica a la religión y sus terrenales representantes, y no sólo a una en particular, sino que Lewis barrió con todas. Y sorprende la actualidad de esta obra, en vista de los recientes escándalos en los que se ha visto envuelta la religión católica, con casos de sacerdotes pederastas, de funcionarios eclesiásticos corruptos y de su carácter eminentemente mercantilista, dado que “predicar la fe” ha sido un muy buen negocio desde que se crearon, en efecto, los centros de adoración, no sólo católicos, sino, como dije, de todas las religiones.

Analizo la obra con una breve síntesis, acompañada de mis comentarios sobre esta gran novela, que leí en una edición en inglés, idioma original (no hay como leer a los autores en su idioma original, siempre que eso sea posible, claro), de la editorial inglesa Panther Books Ltd, en reimpresión de enero de 1965, a unos años de la muerte de Lewis (por cierto, cabe mencionar que se hizo una película Hollywood sobre la novela, en 1961, protagonizada por Burt Lancaster, claro, después de la muerte de Lewis, pues el resultado fue un musical muy ligth, despojado de toda la esencia crítica hacia la hipocresía religiosa del personaje central y del planteamiento, que seguramente a Lewis le habría molestado bastante y se habría opuesto a que se filmara. Por eso es que muchas polémicas novelas, si alguna vez llegan a filmarse, es cuando sus autores mueren).

La obra está centrada en la vida de Elmer Gantry, un irreverente joven de Paris, pueblo de Kansas, huérfano de padre e hijo de una muy trabajadora madre, que con algo de sacrificio lo tenía estudiando en el colegio bautista de Terwillinger, en donde además de sus materias normales, le daban clases de religión. Allí, se vuelve muy amigo de Jim Lefferts, quien habría de ser muy especial en su vida, pues en una ocasión Gantry debe de decidir si serle fiel y seguir con su vida desordenada, de alcohólicos, mujeriegos y fumadores o tomar el camino religioso y convertirse en todo un muy buen pastor bautista, que es justo lo que ocurrió, pues en una ocasión que fue entrevistado por un muy famoso profesor del colegio, Judson Roberts, según Gantry, recibió el llamado divino para hacerse pastor. De allí, con mucho júbilo por parte de su abnegada madre, se fue al seminario teológico de Mizpah, en la ciudad de Babilonia, en el ficticio estado de Winnemac (Lewis inventó muchos pueblos y ciudades, con tal de no tener problemas con los habitantes de lugares reales, la mayoría de los cuales condenaban fuertemente sus obras). Allí, el director, el reverendo Jacob Trosper, es quien le ve mucha abnegación y talento a Gantry para ser pastor y luego de un tiempo de estudiar, lo envía a una pequeña iglesia en Shoenheim, también un pequeño poblado de los de aquel entonces. Estamos hablando que la historia se desarrolla entre 1900 y 1925, más o menos (Lewis recibió el Nobel en 1930). Y cuando va allí, es en 1905, y se traslada mediante esa especie de pequeños vagones que se desplazaban sobre las vías del tren, impulsados por una palanca doble, manipulada por dos personas, cada una de un extremo, que se sumía, mientras el otro, se levantaba y así se producía el movimiento. Allí conoce a Lulu, la hija de un diácono local, de la cual se enamoró profundamente Gantry y como siempre fue un empedernido mujeriego, a pesar de su condición pastoral, pues la conquistó (aquí hay que observar que fuera de la aun más prejuiciosa y limitadora religión católica, en otros cultos se permite que los pastores o sacerdotes se casen y tengan hijos, así que Gantry no estaba, en estricto sentido, cometiendo una herejía, digamos). Pero sostuvo el romance anónimamente, hasta que un primo de ella, Floyd, le dice al padre de Lulu, el diácono Bains, que los había visto muchas veces besándose y abrazándose. De allí, pues por poco cae la “respetabilidad” de Gantry, pero muy hábilmente inventa que sí se quería casar con ella, el 25 de mayo de ese año, 1905, pero luego, también muy hábil y vilmente, logra dejar como la mala y la pérfida a Lulu, y que lo engañaba con Floyd, así que esa bajeza fue su salvación (es muy notoria la personalidad ventajosa e interesada de Gantry, que baja las estrellas y la luna a Lulu, con tal de disfrutar sus encantos, pero cuando se aburre de ella, se porta muy grosero, vulgar y vil). Hay que señalar que en el seminario de Mizpah, era más o menos amigo de Frank Shallard, otro personaje digamos que importante en la novela, quien se da cuenta, desde entonces, de las marranadas que cometía Gantry y lo que hizo con Lulu.

Para evitar más problemas, Gantry decide irse de Babilonia a otra iglesia, a donde ya lo había recomendado Trosper. Pero cuando se supone que debía llegar a la tal iglesia, en Monarch, Chicago, se le hizo fácil trabar amistad con un vendedor de la Pequot Company, empresa que vendía algo así como implementos agrícolas. Y como se puso a tomar con el vendedor y los amigos de éste, se le hizo fácil a Gantry también entregarse a los deleites de una cabaretera, digamos, recordando sus viejos tiempos, y fue que lo descubrió así el pastor encargado de recibirlo, pues Trosper, muy preocupado por Gantry, le había pedido a ese pastor que lo buscara por todos lados.

El pastor lo acusó de haberlo visto en una cantina, borracho y besuqueándose con una “mujer pública” y así fue como terminó la relación de Gantry con Trosper y el seminario Mizpah.

De allí, Gantry, se puso a trabajar como vendedor para Pequot Company y le fue muy bien. De hecho, Lewis lo describe como alguien que embromaba con su oratoria y que muy fácilmente envolvía a la gente, pues además se esforzaba por adquirir nuevo vocabulario y trataba de leer a muchos clásicos. Y así se la pasó tres años hasta que conoce a una, digamos, que profeta, la hermana Sharon Falcone, quien habría de marcarlo para siempre y, además, algo que hizo por ella, con tal de que lo tomara como su nuevo asistente, fue dejar de tomar y fumar y, además, serle fiel (en realidad, no pasaron de darse besos, pues Sharon siempre se negó a entregársele, diciendo que ella era una mujer de Dios y que si lo hacía, se le acabaría su poder. Y hasta eso aceptó Gantry, con tal de estar a su lado, pues estaba genuina y profundamente enamorado de esa especie de diosa para él).

Falcone es como el modelo de falsos profetas que son muy comunes entre los estadounidenses, que se dicen “enviados de Dios”, que “conocen su voluntad”, que “él habla a través de ellos o ellas”. Pero en realidad son muy hábiles y envolventes negociantes que saben atraer masas y que se dicen tener poderes, algo así como la cinta mexicana llamada “La venida del rey Olmos”, de un personaje parecido, que al final es asesinado por su esposa-asistente, para demostrar que si le disparaba, él tenía el poder divino de revivir, cosa que no fue así.

En el caso de Sharon, Gantry se entusiasma mucho con sus tácticas y le ayuda por algunos años y ella va creciendo en fama, poder, dinero, a tal grado que compra, con todos sus ahorros, una especie de auditorio de madera ubicado en un muelle, muy grande, como para alojar a más de dos mil personas. Y el día de la gran inauguración, el lugar, por descuido de unos trabajadores, que arrojan una colilla de cigarro a unas tablas aceitosas, se incendia y muchas personas mueren, entre ellas, justo Sharon, quien cuando se estaba quemando el sitio, no dejaba de pedir a sus fieles que no huyeran, que Dios iba a salvarlos, como a ella, quien a pesar de que Gantry le ruega que lo siga, no le hace caso, trabada en una especie de trance, quizá la combinación de su, digamos, fe, con el brutal impacto de ver ese sitio, su gran sueño de toda la vida, ardiendo tan rápidamente.

A la mañana siguiente, Gantry halla su cadáver flotando en el muelle, junto con los de otras decenas de víctimas. De allí, ya no supo Gantry qué hacer, entre triste y desilusionado de que su sueño de tomar, él mismo, el lugar de Sharon, de ser el Gran Profeta, se hubiera terminado así, tan de tajo. Y trató de dedicarse a algo similar a lo que hacía con Sharon, pero con poco éxito. Y tampoco regresó a las ventas.

Más bien, se dedicó a vender algo así como “éxito”, una suerte de “Og Mandino” de su tiempo, que supongo que también es una crítica de Lewis, pues esos personajes, vendedores de “personalidad y de habilidades para hacer amigos y hacerse ricos”, son igualmente otro muy característico rasgo de los EU, país que decía Lewis, era profundamente materialista, como menciono antes. Y me parece que en esta novela retrató muchas de esas características, sobre todo en la cuestión de la hipocresía y el materialismo. Incluso, Gantry se relaciona con una especie de “sanadora espiritual” que empleaba hasta el hinduismo para “curar”, pero lo corre cuando se da cuenta que le birlaba el dinero de las “donaciones” (le puso un billete marcado de veinte dólares, que Elmer se guardó). De allí, continúa vagando por acá y por allá, incapaz de darle la cara a su abnegada madre, debido a sus fracasos.

Así, hasta que un día conoce en persona al obispo metodista Wesley R. Toomis, de quien había escuchado hablar bastante bien Gantry y admiraba mucho. El obispo también había escuchado hablar del Doctor Gantry y sus pláticas de superación para “hacerse de un millón en sólo un año", él, Gantry, que estaba quebrado y que pidió cien dólares a su conocido Frank Shallard. Del encuentro con Toomis y su deseo de volver a predicar (pues estaba expulsado de Mizpah, pero seguía siendo pastor, bautizado en el río y consagrado como tal en su pueblo), lo manda el buen obispo a oficiar a una iglesia metodista a un pequeño pueblo, Banjo Crossing, en donde se vuelve a levantar, y conoce a quien habría de ser su esposa, Cleo Benham, hija del más acaudalado habitante de ese pueblo, con quien se casa y tiene dos hijos (según esto, el metodismo sería algo más abierto y menos prejuicioso que el bautismo). Allí le va regular, pero como es muy ambicioso, busca que lo envíen a otra iglesia. Finalmente Toomis, gracias al buen desempeño del Reverendo Gantry, lo envía a Zenith, un sitio muy acariciado por éste, donde logra levantar la concurrencia con sus sermones, en los que siempre, invariablemente, hablaba de amor, pero también no dejaba de llamar la atención sobre otras cosas que pudieran causar sensación.

Conoce en su primer, exitoso sermón a T. J. Rigg, un hábil abogado que habría de convertirse en muy buen amigo. Allí, lo que le funcionaba mucho, era hablar del vicio. Y así lo hizo, y llegó al extremo de fundar una especie de asociación contra la inmoralidad y él mismo se encargó en una ocasión de acudir a los lugares de vicio y de departamentos de prostitutas y arrestar a los “pecadores”, pues, decía, él estaba haciendo el trabajo que la policía no hacía. Eso le valió más publicidad, más reportajes en los periódicos y muchos más feligreses en su iglesia. En esa parte, un día lo va a buscar Lulu, de nuevo, quien nunca dejó de estar enamorada de él y sólo se había casado con Floyd por obligación, pero no parecía feliz, a pesar de tener quince años de casada y tener dos hijos. Y se las arreglaron para, simulando clases de cocina, verse y trabar de nuevo un romance.

De allí, Gantry comienza a buscar relaciones con importantes hombres de negocios y también se entera que su ex compañero Frank Shallard oficiaba en una iglesia del culto pentecostés, pero éste no creía en Dios y muy frecuentemente discutía del asunto con otro pastor, un tal Philip McGarry (éste, un pastor que tampoco creía mucho en Dios). Sin embargo, Shallard también arengaba a sus feligreses a no dejarse, y apoyaba las luchas sindicales de todos los trabajadores, tenía simpatía por la AFL, la IWW, los comunistas, los socialistas… y eso aprovechó Gantry para atacarlo, ya que Shallard “mal aconsejaba” a los trabajadores de un tal William Dollinger Styles (aquí, quizá Lewis hace referencia indirecta de Dillinger, el famoso capo), un acaudalado empresario, con quien se pone de acuerdo para quitarlo, a Shallard, de la competencia y quedarse con sus feligreses, además también de que recibiría las “generosas contribuciones” que Styles le hacía a la iglesia de Shallard (Lewis deja muy claro el papel mercantilista de las iglesias de las distintas denominaciones religiosas, que sólo buscan tener el mayor número posible de feligreses, para que dejen muchas limosnas y sea un muy buen negocio. Incluso, en una parte, cuando se hacen cónclaves para ver si un pastor es ascendido a una nueva iglesia, los asistentes sólo lo ven como una manera de aumentar su salario y poder económico, valiéndoles poca cosa la “fe” promovida hacia sus feligreses).

Y llega al extremo Gantry en sus ataques de obligar a Shallard a renunciar y a dedicarse a trabajar para una casa de beneficencia.

Un poco antes, es en donde Lewis hace su más acérrimo ataque contra la religión, incluso contra el mismo Jesucristo, al cuestionar que el tal mesías era un cúmulo de contradicciones y que todo lo hacía con tal de destacar, como al sanar a los enfermos, siempre esperaba la admiración y el agradecimiento de los sanados y de los presentes. Y también en una parte dice que si la humanidad hubiera seguido las prédicas de Cristo, de no acumular y vivir al día, no habría podido sobrevivir aquella, sin acumular comida, por ejemplo (p.p. 359-362 de la edición mencionada).

De allí, Lewis dedica un buen pasaje a un lamentable suceso que le ocurre a Frank Shallard, luego de la condena religiosa a la teoría de la evolución en el llamado “proceso de Dayton”, que fue en donde surgió toda esa basura religiosa condenatoria del darwinismo, el que desde entonces, los grupos más retrógrados y fundamentalistas de EU, han querido prohibir que se imparta en las escuelas públicas estadounidenses, así como la cuestión biológica (esto también es muy criticado por Lewis, diciendo que en las escuelas bautistas sólo se quería enseñar álgebra, administración y lenguas muertas y nada que ver con la biología, la anatomía o teorías, como el darwinismo, que cuestionaran al “origen divino” de la vida, eso de Adán y Eva y la creación, lo que se conoce como creacionismo. De hecho, en un artículo que escribí al respecto, titulado “El supremacista diseño inteligente, pretexto estadounidense para invadir”, analizo dicho problema, pues al “origen divino” en EU le quieren dar un carácter “científico” los fundamentalistas, diciendo que se trata, el creacionismo, de un hecho “tecnológico”, pues comparan a la creación del hombre con un diseño muy perfecto, hecho por “Dios”, así, como si el tipo hubiera sido un ingeniero y hubiera diseñado y fabricado a la humanidad, ¡háganme favor!, y eso es lo que se quiere obligar en las escuelas elementales de EU a que se enseñe y que se elimine la “herética” teoría de la evolución”. El link es
http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2007/11/el-supremacista-diseo-inteligente.html.

Shallard es llamado por las asociaciones científicas a dar conferencias para que defienda la teoría de la evolución, así como a la ciencia y que demostrara que Dios no existe y que es una simple invención, pero cuando está dando su primera conferencia, fanáticos pagados lo golpean, lo llevan a un paraje solitario y le destrozan la cara a fuetazos, deshaciéndole un ojo, dejándole el otro tan lastimado, que no le durará más de un año viendo, según le dicen los doctores más tarde. Shallard está casado desde hace años con Bess, una muy cariñosa y amorosa chica, con la que tiene dos hijos y cuando lo ve, todo con el rostro desfigurado y ya sin labios que besar, le dice que no se preocupe, que ella verá de conseguir un trabajo y que los niños le leerán.

Y aunque Gantry se entera de ese lamentable, cobarde hecho y lo condena y le promete que castigará a los culpables, nunca más, fuera de esas declaraciones, dice o hace algo más (un poco de pasada Lewis menciona al KKK, la nefasta, racista, “religiosa” organización que representa justo toda la carga de supuesta superioridad racial que traen los estadounidenses arrastrando históricamente, y la que ha cometido las peores barbaridades y crímenes raciales, sobre todo contra los afroestadounidenses, de que se tenga noticia – fue la que en alguna ocasión atacó al reverendo Malcolm X, por ejemplo, o que en las postrimerías del siglo veinte colgaba a los negros acusados de “robar gallinas” o los linchaba. Probablemente, debido al carácter de acérrimas críticas que tenían las obras de Sinclair, sobre todo en esos más cerrados años, no se haya atrevido a meterse más con esos violentos, ignorantes, racistas y fanáticos. Por lo menos en esta novela no se ve tanto eso y, más bien, en boca de Gantry, dice que “respetaba tales organizaciones, siempre y cuando no forzaran, ni violentaran la vida y la libertad de otros hombres”, así, muy diplomático, digamos).

Y en realidad ese violento hecho, la agresión a Shallard, es la “solución” para Gantry de evitar que aquél se siguiera inmiscuyendo en sus asuntos. De allí, Gantry no deja de buscar cómo allegarse a ricos, para tener más fondos, con los que incrementar su salario anual, y que pudiera construir una nueva iglesia. Eso lo logra con la ayuda de Rigg, su amigo abogado, quien le aconseja que se codee con lo mejor de los hombres de negocios, los Rotarios, entre otros, además de Styles. Incluso, viaja a Europa y da un sermón en una iglesia de Londres, en donde se presenta tal y como es, así, yanqui (su sermón es sobre cómo fue su primer día en la iglesia de Banjo Crossing. Por cierto, que en esta parte, Lewis compara Europa con EU, y a medias sarcástico y a medias real, parece indicar que tecnológicamente, ya en esos días, EU superaba con mucho a sus orígenes, sobre todo cuando hace las comparaciones de los ferrocarriles grandes de EU, con los pequeños ingleses).

Ya de regreso a EU, en la cúspide de su fama, se le acerca al buen pastor una joven mujer, llamada Hettie Dowler, para pedirle trabajo de secretaria, de 25 años, muy atractiva y Gantry, a sus 43 años, y mujeriego como era, no duda en dárselo. Y, claro, se vuelven amantes y el buen reverendo, muy extasiado por su juventud y su belleza, cae en la trampa, pues todo era un plan de Hettie para extorsionarlo, junto con su marido, Oscar, quien una noche los pilló, supuestamente, en la oficina de ella, y amenazó a Gantry en que si no les daba cincuenta mil dólares, lo denunciaría y a ver cómo quedaba frente a sus feligreses, como inmoral, infiel y libertino.

Pero gracias a su amigo Rigg, el abogado, quien contrata a un detective privado, logra descubrir que la chica era una extorsionadora profesional y que tenía cargos en su haber y la buscaban por otros delitos, así que atrapada, convino Hettie en declarar que todo era falso y que lo habían hecho porque Gantry había tomado muy en serio su papel de cruzado contra el vicio y que a ella le habían pagado los licoreros para desprestigiarlo y así tomar venganza (Gantry jura y perjura que cambiará, si se resuelve todo, y que será muy bueno con su mujer, Cleo, y sus hijos).

Y a pesar del rumor que se difundió y que casi se hizo un escándalo, Gantry queda muy bien parado y eso lo comprueba cuando al dar su sermón, luego del grave problema, sus feligreses le aplauden y lo siguen viendo como su gran pastor, además de que es nominado para hacerlo obispo y presidente de la Asociación Nacional para la purificación del arte y de la prensa (esta ficticia organización, fue puesta como ejemplo por Lewis para referirse, en efecto, a tantos hipócritas organismos estadounidenses que se autoproclaman “defensores de la moralidad y el buen comportamiento”. Un organismo así es el que en los años 30’s revisaba todas las cintas que se producían en ese entonces en Hollywood, y censuraban y suprimían todas aquellas escenas que sus “morales” integrantes consideraran obsceno e inmoral y no adecuado para exhibirse. Y si los directores se rehusaban a hacer los cortes, la película nunca se exhibía. En el filme “El aviador”, de Martin Scorsese, sobre la vida de Howard Hughes, el excéntrico millonario, hay una escena en donde un panel de supuestos censores buscan que Hughes quite escenas de una de sus cintas, dado que, según ellos, una de las actrices, “expone mucho el busto”, cosa que les fue muy bien refutada por Hughes. Sí, así de nefasta ha sido la influencia de la religión en la sometida sociedad estadounidense).

Pues muy buen final propuso Lewis en su obra, con tal de mostrar cómo un tramposo, mentiroso, “creyente” por conveniencia, vil, materialista, hipócrita, egoísta, ventajoso, ambicioso, mujeriego, infiel, inmoral, mercantilista, comerciante, demagogo, macho… y a pesar de todas las otras “cualidades” de Gantry, el Reverendo Doctor Gantry, al final triunfa y se muestra como un “hombre de Dios” recto, admirable, moral, intachable, perfecto, fiel, inteligente (bueno, eso sí era), bondadoso, sincero… sí, realmente hace pedazos Lewis a la religión y todas sus bases organizativas y “estrategias” para “ganar adeptos”, que eso es a fin de cuentas lo que hacen los distintos cultos, crear, digamos, “clientes de la fe”, para venderla y vivir parasitariamente de eso. Muy buena y recomendable novela.

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