miércoles, 13 de junio de 2012

Un perrito Blanco

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nunca supo por qué, siempre le gustó mucho el color blanco.

No es que quería ser blanco. ¡No!, aclaraba. Es que el color blanco es color de pureza.

Además, así como no todos los blancos son buenos, tampoco todos los negros son buenitos. Condolezza Rice, la secretaria de Bush, aquel criminal de guerra blanco, era negra. Y Barack Obama, presidente de aquel país que sigue invadiendo otros países y apoyó las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica, es negro.

Hay negros buenos y malos, así como blancos buenos y malos.

Sus antepasados esclavos jamás hubiesen imaginado que un descendiente de ellos llegaría a ser ingeniero, como él.

Su posicionamiento político era muy definido. Despreciaba a esos presidentes con rasgos indígenas que fueron apareciendo en Latinoamérica, como Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa.

Gustaba de Dilma Rousseff y de Cristina Fernández de Kirchner, tal vez porque no eran indias.
No sabía por qué, pero apenas lo vio quedó fascinado por un perrito blanco que, en el momento, compró.

Siempre muy higiénico, en cualquier lugar que su perito cagaba, iba rápidamente a limpiar. Nada sucio.
Era un perrito muy blanco que casi siempre llevaba en brazos o a pasear, con una correa.

Don Remigio, un vecino de Héctor, gerente de un banco, era muy ordenado. Siempre cuidaba que todo combine con todo. Sobre todo los colores. Sus ropas, el color de su pelo, sus zapatos. Por eso no entendía cuando veía ese negro, tan negro, con un perrito tan blanco. Y otro vecino, Gonzalo, estaba preocupado. Era albino, su piel muy blanca, pelirrojo. No entendía cómo aquel negro africano podía estar siempre con un perrito tan blanco. Lo coherente sería que su perro sea negro.
Gonzalo era siempre muy desconfiado. De todo. De un saludo, una mirada, un comentario banal en el ascensor. Siempre suponía, temía, alusiones a la blancura de su piel. Una vez unos muchachos lo pararon en la calle y le preguntaron:

-Señor, ¿usted se pintó de blanco?
-No, es natural. Es el color de mi piel.
Y lo miraron asombrados, con la boca abierta.

Por eso también empezó a desconfiar de ese negro tan negro, Héctor, siempre con su perrito blanco. Era tal vez una manera de decirle indirectamente que él, Gonzalo, ¿era un perro?

Decidió, entonces, matar al perrito. Pero, ¿cómo hacerlo sin que lo culpen de racista? No sería, claro, racismo de él que era tan blanco, contra un perro blanco. Pero podrían acusarlo de racista porque el dueño de ese perro era negro. O podrían pensar que sería una forma indirecta de suicidio: alguien tan blanco como él matar alguien tan blanco como ese perro.

Preparó entonces unas albondiguitas de carne cruda picada mezcladas con veneno de ratas y las dejó en un caminito por donde a veces el perrito pasaba.

Así fue que el perrito blanco murió.

Y también, poco después, el negro Héctor se suicidó.

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