miércoles, 13 de junio de 2012

Vuelve la (no) Santa Inquisición

Rafael Plaza Veiga (Desde Madrid, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las jerarquías católicas -española y vaticana- están endureciendo en los últimos tiempos (bueno, viene endureciéndose desde que “renegaron” del Concilio Vaticano II) su actitud, y multiplicando sus condenas a varios de los teólogos españoles más comprometidos con el mensaje del Jesús “histórico”, tanto en sus escritos como en sus conferencias o congresos públicos y abiertos.
Uno de los teólogos más “perseguidos” está siendo Juan José Tamayo Acosta (Palencia, 1946), director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” de la Universidad Carlos III de Madrid. Tamayo Acosta es autor de más de 50 libros donde aborda los grandes temas del cristianismo a la luz del diálogo con la cultura moderna y en pro de los excluidos y marginados, en la línea de la teología de la Liberación.
Tamayo ha sido vetado en las últimas fechas por los cardenales de Madrid y Barcelona, Rouco y Sistach, así como por el obispo de Palencia, Munilla. El origen de estos vetos se remonta muchos años, pero especialmente a 2003, cuando la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española (CEE) calificó su libro “Dios y Jesús” como “una versión renovada del antiguo error arriano: la negación de la divinidad de Jesucristo”.
Es igual lo que escriba, porque lo que exacerba a la jerarquía católica es que un teólogo “piense” sin someterse a dogmas pre-establecidos. “Otra teología es posible” es el título de una de sus obras más recientes. Toda una declaración de principios. El año 2002 se cerraba para Tamayo con una llamada del Presidente de la Comisión Episcopal apara la Doctrina de la Fe (la nueva Inquisición), Eugenio Romero Posse, el cual enarboló un documento en su poder donde censuraba la obra “Dios y Jesús”, así como las intervenciones de Tamayo en los Medios de Comunicación, que son afortunadamente muy frecuentes.
Una de las cosas más sorprendentes de esta “persecución del pensamiento” es descubrir que Roma se ha pasado tres años investigando al teólogo palentino sin que éste haya tenido el menor conocimiento de estas pesquisas. "En ningún caso se ha producido proceso, sino que ha sido una censura sin tener yo información previa, sin haber intervenido, sin haber sido llamado a declarar, sin haber contrastado opiniones y por supuesto sin haber puesto en práctica algo que es propio en la relación entre los cristianos, que es la corrección fraterna", declaraba Tamayo a este respecto.
En el año 2001 les tocó el turno a Marciano Vidal, Juan Antonio Estrada y José María Castillo, que se atrevieron a afirmar que el modelo institucional de la Iglesia había quedado desfasado y defendían la Teología de la Liberación, al igual que Tamayo la teología popular.
A lo largo de los últimos 40 años han arreciado las críticas y las sanciones, condenas y censuras contra estos y otros teólogos que quieren presentar la dialéctica humanidad-divinidad y la resurrección de Jesús de Nazaret con unas categorías propias de un nuevo contexto cultural. Están en el ojo del huracán de la (no) santa Inquisición vaticana y española teólogos de la categoría e importancia como José María Vigil, Benjamín Forcano, Evaristo Villar, el franciscano José Arregi, el redentorista Marciano Vidal y los jesuitas José María Díez-Alegría y Juan Masiá. La inquisición romana lleva dos años investigando a José Antonio Pagola, ex vicario de la diócesis de San Sebastián, por su libro Jesús. Junto a los mundialmente conocidos Hans Küng, Gustavo Gutiérrez o Leonardo Boff, forman parte de las “víctimas” del pensamiento que se cuecen y elaboran en el Vaticano.
“Yo no soy sacerdote, -confiesa Tamayo- ni ejerzo mi docencia teológica en una institución eclesiástica, ni percibo salario dependiente de los obispos, ni ellos pueden sancionarme con ninguna medida canónica. Han querido darme un escarmiento ejemplar con este acto, pero es un acto de poder en vacío que no tiene luego ninguna repercusión. Incluso los medios de comunicación religiosos, bajo la tutela de la jerarquía, siguen pidiéndome colaboraciones porque consideran que esta censura no está fundada”, son algunas de las consideraciones que se le ocurren a Tamayo acerca del comportamiento propio en relación a su forma de pensar.
Con sólo 28 años Tamayo ya fue apartado como profesor de Antropología Teológica en la Facultad de San Dámaso (entonces Estudio Teológico del seminario de Madrid). Así que la persecución inquisitorial viene de muy lejos.
Uno de los campos preferidos por la jerarquía para sus censuras es el de la moral, donde entran todos los planteamientos que ponen en duda los preceptos de la Iglesia Católica en temas de sexualidad. El terreno de las “ideas peligrosas” no se acaba ahí: Roma no puede soportar la crítica que tenga que ver con las instituciones eclesiásticas, su jerarquía, el Papa, los obispos, la organización autoritaria y patriarcal y, por supuesto, con el papel y las funciones de las mujeres en la Iglesia. En estos y otros terrenos se ha pasado del neoconservadurismo de Juan Pablo II al integrismo de Benedicto XVI.
Los obispos españoles y los jerarcas vaticanos se ponen literalmente “enfermos” cuando un teólogo habla de los pobres y mucho más si pone la Teología al servicio de su liberación. Esto es lo que le ha pasado a Tamayo, y lo que les viene pasando a muchos de sus colegas teólogos españoles.
Una lista inacabable de estudiosos de la religión, a la luz de la fe, que sólo encuentran autoritarismo, intolerancia, persecución, condenas y lo peor de todo, castigos de silencio, ya que les impiden expresarse en público en aquellos foros que precisamente debería utilizar la Iglesia para la difusión del mensaje de Jesús. Cuando surgen voces diferentes, pero honestas, como las de los citados o las de los conocidos Hans Küng o Leonardo Boff, el Vaticano se encabrita y los obispos españoles, como Rouco, Sistach, Munilla o Sanz Montes, o el obispo auxiliar de Madrid y presidente de la nueva Inquisición en España, monseñor Romero Pose… se dedican a vetar y prohibir a todos aquellos que se atrevan a pensar en público acerca de Dios, Jesús, o la teología fundamental, moral y jurídica de la Iglesia.
“Sexualidad y homosexualidad son dos asignaturas pendientes en el cristianismo, y muy especialmente en la Iglesia católica”, opina Juan José Tamayo. “El conflicto o la incompatibilidad entre cristianismo y homosexualidad carece de base tanto en el plano de la antropología como en el de la fe cristiana. Coincido con el teólogo holandés Edward Schillebeeckx en que no existe una ética cristiana respecto a la homosexualidad”. Afirmar tales cosas también provoca el afán inquisitorial y perseguidor de los jerarcas. O unos artículos en contra de la beatificación y canonización de Escrivá de Balaguer. El Opus Dei tiene una sombra muy alargada, que va y viene de España a Roma con una facilidad extraordinaria. También el Opus Dei es un debate intocable para las jerarquías de España y Roma.
Tamayo no oculta sus formas de pensar y expresarse, ya que, como él mismo confiesa, se sitúa sitúo en la línea de Habermas y su Teoría Crítica de la Sociedad, que considera que el pensamiento no es legitimador de estructuras o instituciones, sino que es cuestionante de unos comportamiento que desembocan en abusos de poder. “Y en el caso de la Iglesia católica, lo que hemos sabido ahora de lo que ha sucedido durante los últimos 50 años es que se ha utilizado el poder para delinquir”, se atreve a añadir.
Los obispos inquisidores del neo-catolicismo retrógrado en el que navegan los católicos de hoy tienen horror al pensamiento, miedo al debate, y han recuperado algo que el Concilio Vaticano II al menos intentó eliminar de la Iglesia Católica: el dogmatismo, el autoritarismo, la incapacidad del diálogo y la negación de la autocrítica. El “¡Atrévete a pensar!” de Kant no va con los jerarcas vaticanos. Se están replegando ante los escándalos mundiales de la pederastia culpando a la “libertad sexual”, y se defienden de las críticas a su infame homofobia (como demuestran las recientes y reiteradas declaraciones del obispo de Alcalá) enarbolando de forma absolutamente obscena su “derecho a la libertad de expresión”. Y ya puestos, cuando se les pide colaborar a la solución de la crisis en España renunciando a sus intolerables privilegios económicos, tratan de chantajear a la opinión pública y al estado amenazando con falsas, mentirosas y cínicas referencias a las actividades de Caritas.
Los libros de Tamayo, y de sus compañeros “mártires” del pensamiento, no hacen daño a los cristianos comprometidos. Al revés, les ayudan a hacer viva su fe. A quien dañan es a las arcas infernales de Roma, y a un concepto de Iglesia basado en el miedo a la condenación eterna. Es justo lo que los teólogos como Tamayo no pueden aceptar ya.
Rafael Plaza Veiga es periodista interesado en temas de la Iglesia Católica.

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