jueves, 5 de julio de 2012

Carta a quienes defienden la idea de una revolución cultural en Venezuela

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Si la personalidad humana no adquiere toda su fuerza, toda su potencia, entre las cuales lo lúdico y lo erótico son pulsiones fundamentales, ninguna revolución va a cumplir su camino”.

Julio Cortázar

Para quienes asumimos la literatura como el salto superior del ser humano (del suelo a la nada por inventar), no es sencillo participar en la eterna diatriba sobre el compromiso del escritor. Ante todo reconozco que mi compromiso, como escritor, es con la palabra como puerta abierta hacia las sensaciones. La palabra como camino, nunca como llegada. La palabra sobre los hombros del equilibrista que atraviesa los bordes aún sabiendo que quizá nunca encontrará suelo firme (El ser, como la ruta, en consecutiva construcción). La palabra que renuncia a ser maravilla discursiva para asumirse intérprete invisible de un mensaje necesario. Mas, también asumo mi compromiso como ser social que se reconoce en los otros. Si bien a veces pareciera que ambos intereses habitan en espacios diferentes (no opuestos), porque la ficción es un consecutivo salto hacia la nada mientras la sociedad requiere de realidades concretas que nos ayuden a llegar a acuerdos justos para la necesaria convivencia colectiva, la literatura, con su juego de locura y de sobresaltos una y otra vez me ayuda a comprender los intereses que se esconden detrás de toda “realidad”. La literatura, más como lector que como escritor, me permite descubrir que toda “realidad” se construye. Es necesario, para el equilibrio de los factores sociales, construir una realidad común a todos. Otra cosa es que la propia sociedad deba atreverse a cambiar esa “realidad” cada vez que la misma resulte contraria a la dignidad humana.

En ambos compromisos intento abrir puertas a través de la palabra. Con la literatura aprendí que la ficción no es un lujo de burgueses como lo cree cierta izquierda y lo asume cierta derecha. La ficción es la mejor posibilidad que me permite la imaginación para confrontar mi realidad con la de los otros. Sólo desde el salto de la ficción me ubico en las diversas perspectivas. Desde la ficción me acerco a la mirada de los otros y percibo el por qué responden (o no) ante una determinada circunstancia. Ese es el juego de las perspectivas que me involucra, de manera consciente, como una parte (diferente) dentro del todo. Dicho esto, ante las dos próximas presentaciones que, después de cinco años de ausencia, tendré en Venezuela (julio: 14 en Feria del Libro de Maracaibo y 17 en la librería Alejandría II del C.C. Paseo Las Mercades, Caracas), considero necesario escribirle esta carta a las personas que defienden la idea de revolución cultural en Venezuela, entre quienes me cuento, pues, estoy convencido de que ningún ser humano o pueblo podrá lograr revolución alguna si antes no participa en la transformación radical de su espacio cultural. (Ya ahí nace de nuevo la ficción). Crear un nuevo espacio cultural renacido desde el yo de su dirigencia y de sus participantes.

No es esta una carta de disculpas. La literatura es libre y me gusta pensar en una literatura “abre caminos”. Es una carta escrita para esos muchos lectores que una y otra vez me preguntan (y no comprenden) “¿por qué tus libros no circulan en un país (tu país) que como Venezuela pregona publicación masiva para todos?” Y siempre les respondo lo mismo: es un asunto de secuestro específico, amigos, Venezuela tiene una muy vieja deuda con sus creadores y esa deuda aún sigue ahí, acumulando intereses (lo que un grupo hizo ayer otro lo hace hoy, en nombre de la masa se censura personas). Casi parece que desde esos grupos te dicen: “Tú no vas al baile porque no nos da la gana”. Es ahí cuando yo les respondo (parafraseando al Che Guevara con aquello de que “si no hay café para todos no hay café para nadie”) que si al baile no entran algunos (como venezolano tengo derecho a ser uno de los algunos) es porque se baila en un club dudosamente reservado. He aceptado dos invitaciones, como seguramente hubiese aceptado cualquier otra, no surgidas desde las actuales instituciones del Estado Cultural que se presume revolucionario (hago énfasis en la denominación Estado Cultural para diferenciar sus actuaciones de las del resto del Estado), por la simple razón de que tenía la necesidad de llevarle mi obra literaria al pueblo venezolano. Así de simple, literatura, ficción y palabra en vuelo rebelado a quien la necesite. Durante estos cinco años de residencia en España, altos funcionarios de diversas instituciones culturales del Estado venezolano me han negado, arbitrariamente, el derecho a la publicación y a la difusión de mis libros. Con cinismo barato más de un funcionario me llegó a decir que en Venezuela se le publica a todo el mundo (y en silencio, también barato, parecía decir “menos a ti”). Incluso, algún funcionario de la agencia del Estado llegó a dirigirme un correo en el cual decía que “era conveniente hacerme una entrevista porque sus compañeros de redacción pensaban que yo era un personaje de ficción”. Bien, queridos lectores que defienden la idea de revolución cultural en Venezuela (y en el mundo), debo decirles que presumo que a estos burócratas con sus historias de “apago” la luz de algunos y “enciendo” la luz de muchos, lo que les ocurre es que son más escritores que funcionarios. Algo contradictorio con la idea de revolución: ellos generan la noción “masa publicada” (y no promocionada) por debajo de la noción “grupo gestor” que también escribe. Es decir, ellos necesitan ser los únicos y pocos nombres que brillen en el escenario nacional (y en todo evento internacional en el cual puedan mostrar su misteriosa aura de poetas) sobre los muchos nombres que se saben publicados pero no reconocidos. Toda obra necesita el reconocimiento de un lector. Invito a cualquier venezolano a hacer una lista de los “escritores de la revolución”. Es muy posible que en esa lista, por razones de la memoria (pues son los que se autopromocionan) sólo figuren los cinco o seis nombres de los funcionarios que han tenido la voluntad de organizar ferias y festivales en su nombre. Esto es un secuestro que contradice la capacidad de servicio que debe tener todo revolucionario; esta es la cultura particular (yo y aquellos) contra la cual tantas mujeres y tantos hombres de Venezuela han luchado. ¿Hasta cuándo tendremos que tolerar la práctica de los clanes? ¿Será que debo tener paciencia para comprender que lleva tiempo la transición para demoler el reino de las cúpulas y consolidar el espacio abierto del poder popular? Y mientras, ¿debo aplaudir los homenajes que se montan los burócratas? Es posible, entre tanto es necesario empujar la rueda para conmocionar la paciencia y la voluntad del uno que se asume como una posibilidad de revolución del todo.

Sirva esta carta como la declaración de algunos principios. Carta que dejo en este espacio donde se debaten ideas de izquierda. Jamás seré yo quien se preste, como hombre, ni en el debate ni en las acciones, a contradecir mis ideales siempre opuestos al concepto capitalista que a nivel global nos enmascara (y niega) la belleza de la vida. Ocurre que no conozco otra forma de amar que no parta de la confrontación interna. Después de todo, las puertas que algunos me cerraron me permitieron construir un camino literario calle abajo y de cara a la vida. Ya sabemos que la literatura siempre ha caminado sobre la nada, muy lejos de la seguridad que (a costa de los otros) ofrece la burocracia. ¡Y que la ficción siga abriendo puertas…!

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.