jueves, 5 de julio de 2012

Cine: El método de David Cronenberg

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En “Un método peligroso”, su penúltima película, aclamada en el Festival de Venecia, David Cronenberg, autor de obras singularmente imaginativas y que rozan o manifiestan directamente el horror, hace patente su preocupación por el alma y la conciencia humanas a partir del trazo de una relación inicialmente amical y fraternamente epistolar entre Sigmund Freud y Carl Jung. Entre ambos, ubica a una paciente que seguirá estudios de psiquiatría y psicología y quien, tras haber pasado por una etapa de intranquilidad mental, demuestra ser una brillante analista. En breve, de eso trata la cinta, pero ella nos enseña, a través de imágenes de un siglo diecinueve que se fue para siempre, la naturaleza de los hombres y mujeres, tan perversa e inconsciente, así como el desarrollo de una trama amorosa, que da lugar a un pasaje de “contratransferencia” entre la paciente y el médico, luego maestro, quien trata de curarla.


Cronenberg, pues, no es ajeno a situarse en estos universos en los cuales la locura o los desvaríos emocionales -y el análisis de estos- cobran un papel preponderante. La hoy lejana “Scanners, mentes destructoras” ya nos decía mucho de los deseos y síntomas por mostrar nuestro lado más primitivo y salvaje en los inicios de la carrera del cineasta canadiense. Posteriormente películas como “La mosca” demostraron que la experimentación con el propio cuerpo humano, a partir de una curiosidad por superar la vida terrenal, podía traer consecuencias muy peligrosas. En esta cinta, Jeff Goldblum y Geena Davis se enfrentaban a impulsos tanáticos y la presencia bestial, informe, de un ser repulsivo marcaba el ritmo de una obra que coronaba dos décadas de trabajo en un director que paulatinamente se ha manifestado, él mismo, abierto a toda clase de experimentación.

No en vano interpretó a su manera la novela de William Burroughs, “El almuerzo desnudo”, otorgándole ese toque tan personal y alertándonos que se venían más obras en ese sentido, el de la sorpresa, el temor, lo ominoso, lo desconocido, como antes, por ejemplo, ocurrió con “Pacto de amor”. En esta singular película Jeremy Irons hacía el doble papel de unos hermanos gemelos, quienes basados en su propia generosidad filial, ejercen con el tiempo el oficio de ginecólogos y revelan una de las aristas más punzantes de la cinematografía de Cronenberg, una sensibilidad que aleja a los públicos comunes, y que halla sus mejores matices, reencontrándose -reelaborada- a sí misma, en trabajos como “Crash”.


Esta es, tal vez, la película más personal y a la vez la más provocadora de Cronenberg, una obra oscura y pesadillesca que gira en torno al placer que producen los accidentes de tráfico, a la manera cómo los autos se estrellan uno contra otro y, de nuevo, despiertan pulsiones tanáticas, pero también alteran la líbido, ocasionando encuentros amorosos, deseos incumplidos, esperas, ansias de amor y destrucción. “Crash” es una obra intensa, realizada para herir profundamente muchas suceptibilidades y aún así se hace su propio lugar en el mundo del cine para demostrarnos que, aun con esa naturaleza, su director puede ser un artista muy imaginativo que redecora los escenarios del orbe, los tiñe de dolor y de placer, y en esa subversiva mezcla encuentra paz y redención para sí mismo. Sin llegar al surrealismo de David Lynch, Cronenberg es capaz de desnudar y denunciar la condición humana y sus instantes más extremos y desesperantes.

Ya ocurría así en una cinta que filmó en los primeros años de la década del 80, “Videodrome”, con James Woods y Deborah Harry, en la cual se hacían evidentes los peligros del triunfo de una tecnología imperial y oligopólica, revelada en la forma de un culto. Woods se convertía, sin quererlo, en un experimentador, luego en una víctima y finalmente en un detective que trataba de seguir las huellas de ese artilugio concebido en base a una serie de vídeos que constituían la razón de la trama de este filme. Nunca nada es lo que parece, nos anunciaba ya Cronenberg, con tan poderoso y envolvente argumento.


En años más recientes, después de experimentaciones como “eXistenZ” y “Spider”, Cronenberg ha tocado temas menos fantásticos y más terrenales, como los que se manifiestan en “Una historia violenta” y “Eastern Promises”. En ambas actúa Viggo Mortensen, quien hace de Freud en “Un método peligroso”. En ambas, también, Cronenberg le da un toque más policial y realista a relatos que se inscriben en un mundo poscapitalista e hiperglobalizado. Las dos cintas, asimismo, giran en torno a temas de traición y venganza, al rompimiento de tradiciones familiares y al ocultamiento de verdades que finalmente salen a flote mostrándonos un lado trágico pero quizá también irónico, burlesco. En este “teatro del mundo” donde ocurren las acciones de “Una historia violenta” y “Eastern Promises” hay lugar para la extrema violencia y para la salvación. Cronenberg, entonces, ha evolucionado de matices tomados incluso del “gore” a un imaginario más urbano y contemporáneo.

Su última cinta, “Cosmópolis”, nos habla de nuevas sorpresas en la carrera de este cineasta que, hábilmente, ha sabido mantenerse como un artista independiente, consagrado en festivales y convertido en personaje de culto. El conjunto de su cinematografía entre el horror, el suspenso y el drama que ofrece, hace sentir de cerca la presencia de un creador inquieto, a veces venenoso, pero sobre todo fiel, siempre, a sus peculiares principios y excentricidades.

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