miércoles, 25 de julio de 2012

Crítica literaria: “Teoría de las inclinaciones”, de Javier Sánchez Menéndez

Rocío Fernández Berrocal (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Teoría de las inclinaciones
Javier Sánchez Menéndez
Sevilla, Los Papeles del Sitio, 2012

Proust dijo que la mejor aventura era la intelectual, esa que nos lleva al camino más difícil, a nosotros mismos. El poeta, empresario y director de la editorial sevillana La Isla de Siltolá, Javier Sánchez Menéndez, ha publicado en una edición impecable de Los Papeles del Sitio Teoría de las Inclinaciones, obra sobre la que, según confiesa, lleva toda la vida “soñando y escribiendo” y que define como “un encuentro con la esencia poética”. Se trata de un “cuaderno de apuntes” sobre la literatura, la música y el amor integrados en la vida diaria del escritor en ebullición constante, con un ritmo ágil, vivo, imprevisible, como el que impregna la propia obra. Sánchez Menéndez considera que “la experiencia determina la creación” y (…) tiene que ser contada. Es la verdad”, una verdad ligada para él al conocimiento y a la lectura y plasmada con sinceridad e independencia que nos hace reflexionar sobre lo importante de la vida anclado para el autor en pocas coordenadas: la esencia, la poesía y la naturaleza. Un hombre somos todos los hombres y en las reflexiones de esa experiencia nos crecemos y fortalecemos. Su experiencia ya había sido puesta en verso; la conocemos ahora en prosa, género que es un reto para cualquier poeta. Decía Juan Ramón Jiménez que en la prosa se mide un escritor: los poetas, señalaba, si “no son prosistas, no son completos”.

Teoría de las Inclinaciones constituye la segunda parte de un proyecto personal de gran alcance y proyección del autor, su “Obra de vida”, “Obra en marcha”, una serie de diez libros agrupados con el título de Fábula. Javier Sánchez Menéndez explica que Fábula es “es vivir en la poesía y vivir con la poesía (…), una teoría poética desde mi propia vida (…), una forma de vida donde el verso está por encima de todas las presencias”. En el primer libro de esta serie en prosa, La vida alrededor (publicado en La Colección Álogos de La Isla de Siltolá, 2010), ya hay símbolos y claves de estas Inclinaciones (en ese camino solitario de búsqueda de la esencia).

Sánchez Menéndez reconoce que “desde muy joven la Teoría de las Inclinaciones “inundó” su “cabeza” con una fuerza “impresionante”. La idea de la obra nació una noche en Roma después de recitar poemas de su primer libro de poesía, Motivos. Fue el 25 de noviembre de 1984, cuando el poeta estrenaba sus primeros 20 años. Se inspiró, según él mismo cuenta, en unos versos de Antonio Colinas:

Lento respira el mundo en mi respiración.

En la noche respiro la noche de la noche.

Aclara que la obra “no es un diario, sino que es una transcripción de una forma de vida, en la que a través de la teoría de las inclinaciones se intentan descubrir los matices y alejar los desvíos”: “La inclinación en sí es reverencia -escribe-. Y a través de las inclinaciones se adquieren los matices”. Estos matices lo llevan a la esencia, a la poesía, por ello, a través de su Teoría de las Inclinaciones descubrió el “centro del bosque”, donde él halla esa esencia, la plenitud, la pureza.

En esa búsqueda constante que supone la vida se encuentran referentes simbólicos propios en el descubrimiento diario que conlleva estar vivo; recordamos en relación a ello unas palabras de Unamuno:

Tu vida es ante tu propia conciencia, la revelación continua, en el tiempo, de tu eternidad, el desarrollo de tu símbolo: vas descubriéndote conforme obras.

“Vamos creciendo en nuestro viaje -escribe Sánchez Menéndez-. Así nos hallamos”. Teoría de las Inclinaciones contiene mucha vida, mucha alma, el “vivirse a sí mismo”, que decía Montaigne. Su prosa se presenta, como decíamos, ágil, viva, con chispa, como el ritmo frenético del devenir vital, tal como una escritura de mar, como se refiriera JRJ a su obra, unida estrechamente a su vida como “salto, revolución, naufragio permanente”:

Me represento mi escritura como un mar verdadero, porque está hecha de innumerables olas; como un cielo verdadero, porque está hecha de innumerables estrellas; como un desierto verdadero, porque está hecha de innumerables granos de arena. Y como el cielo, el mar y el desierto están siempre en movimiento y en cambio.

Javier Sánchez Menéndez matiza en su blog que “las inclinaciones siempre son naturales” y que “el término está relacionado con el de declinación de la física epicúrea. La inestabilidad del todo, el desconcierto” porque “en ese desconcierto está la verdad, la esencia, el fondo de todo, la pureza como la palabra”.

En las palabras preliminares del libro el escritor explica y encuadra todo. Sus tres “presencias” o “normas vocativas” son la poesía, el amor y la música, “necesarias -señala- para esta vida humilde y dispar”. La primera inclinación es la poesía “por encima de la propia vida y de dios”. La segunda inclinación es “el amor como complemento del absurdo” y la tercera aúna música y poesía. Las dos primeras las asumió pronto; la tercera, según señala, tardó en llegar, pero lo inundó todo y es “lo más puro”.

Escribe al principio del libro que lo que manifiesta Teoría de las Inclinaciones es, en definitiva, una existencia basada en “vivir la poesía. Una forma alejada del amor, de la sociedad, del hermetismo”. Un vivir y sentir romántico (en soledad y al margen) y modernista (camino hacia la belleza, necesidad de la música para la lírica), metafísico, poliédrico, vertiginoso, imbuido de pensamiento y actitud presocráticos (el ser en la naturaleza) y humanistas del Cinquecento (estudio, observación, cultivo).

En esta apuesta personal del autor encontramos reflexiones sobre la literatura y la vida a modo de aforismos intercalados en el discurrir de la prosa que nos conducen a la idea de que la palabra es la principal, casi “única luz del mundo”:

Seguimos buscando el principio de todas las cosas.
Encontraré la plenitud en la esencia.
La poesía llena más que la existencia, es en sí la existencia.
Sigue fielmente cada palabra, cada señal, cada encuentro.
Mi arma sigue siendo la palabra.

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