jueves, 5 de julio de 2012

Cuatro estaciones en un solo lienzo

Yury Weky (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Invierno
En invierno la noche se posaba temprano sobre los techos, ennegrecía las calles, las plazas, recogía la familia alrededor de la chimenea. La noche no venía sola, cargaba en la oscuridad nostalgias, melancolías, historias viejas. En las avenidas y plazas se derretía la nieve haciendo densa la neblina y en la cocina con el vapor del agua donde se salcochaba las acelgas y lechugas para tu cena.

A ti te gustaba esa sopa esmeralda, la tomabas caliente con los pedacitos de pan que habían sobrado del desayuno y que a esta hora estaban duros y crujientes. Un poco de mozzarela y vino completaban tu menú.

La cena era una reunión que se prolongaba. Hablaban de los últimos acontecimientos: “En Roma se disolvía el parlamento, en la provincia los diputados discutían sobre las posibles alianzas”. María hablaba de su investigación lingüística, Carlos de sus viajes... la tía de sus inversiones...

Después de cenar se atizaba el fuego de la chimenea en el salón y la familia se sentaba en el gran sofá, con la cobija de lana sobre las piernas, para ver la televisión. La temporada de teatro era buena. Disfrutaban del ciclo francés que presentaban en las prestigiosas salas de Roma y Milano y que retransmitían por la pantalla chica. En verdad te quedabas allí para calentarte el cuerpo con Enzo que se sentaba a tu lado.

Enzo tenía dos gotas de mar en la cara que hablaban de horizontes lejanos. Horizontes que tu querías alcanzar cada vez que su mirada apacible te envolvía. Hechizada sólo atinabas a tocar sus manos que en esos momentos acariciaban a la gata Cornelia.
Tu vivías para él, todo en función de él y cada invierno, desde que cumpliste quince años, soñaste que él frió lo llevaría a tu cama. Te retirabas muy tarde a tu habitación y mientras subías las escaleras fantaseabas: “... subirá tras mí, se meterá bajo mis cobijas, me cubrirá con sus besos, pegará su cuerpo con el mío y dormiremos juntos”.

La realidad era otra. Él se quedaba en el salón con el resto de la familia y tú llorabas abrazada a la almohada, que a medida que avanzaba la noche invernal se hacía gélida. El frió te inmovilizaba bajo las frazadas hasta el día siguiente. La noche y el viento hablaban en las ventanas y se golpeaban con los vidrios que le impedían la entrada a la casa y tú soñabas con Enzo.

Por la mañana, cuando todos se habían ido, él se sentaba cerca de tu cama: “construiré para ti, te decía, dos casitas. Una en la montaña para veranear, con abetos, duraznos, almendros, olivos y otra en Fontaine Bianche con muchas rosas”. Soñaban. Allí tu pintarías y él escribiría música para concierto, operas y Films. Tendrían hijos. Tú querías que el varón se llamara como un pintor del medioevo y no con el nombre del padre de Enzo como establecía la tradición. El quería bautizarlo con el nombre de un músico alemán.

Terminando el almuerzo subían la montaña, caminaban sobre la nieve y veían crecer los duraznos, manzanos y abetos que habían sembrado en la parcelita donde construirían en el futuro la casa, si sus composiciones musicales se vendían. A lo lejos, la montaña tenía tonos índigo, violeta, negro. Eran los árboles enlutecidos por el frío pero para ustedes caravanas de almas que iban al paraíso.

Si durante la semana nevaba mucho, Enzo se encerraba a componer y tú te quedabas en casa leyendo: ibas del Fóscolo a Ungaretti. Retomabas Petrarca y Dante. Leías desordenadamente. Pasabas de un siglo a otro. Decías que buscabas “las correspondencias”. Te detenías en Belli y volvías a Cavalcanti. Otra forma de llenar esos largos días de invierno era dibujar el rostro de Enzo.

Algunas tardes bajaban juntos hasta el muelle donde descansaban su muerte unas antiguas barcas atuneras. Esqueléticas, enmudecidas por el invierno y el tiempo, con su silencio denunciaban un pasado glorioso de abundante pesca. Entonces Enzo recordaba al abuelo pescador, quien dejaba a la abuela hasta por seis meses para ir a navegar y cuando regresaba aumentaba la prole. Por eso la abuela tuvo cuatro hijos: Lina, Ángela, María y Luciano. Fue duro criarlos con tanta ausencia del abuelo y la guerra; así que Lina aprendió de adolescente il mestiere di sarta y Angela de ricamatrice. Como María y Luciano contaron con la ayuda de ambas, ella se hizo enseñante y él arqueólogo.

Cuando crecieron y el abuelo había muerto, Luciano se fue a vivir a Varese, Ángela a Milano, Lina a Libia y María casó con un prestigioso filósofo, nacido en Paternó y profesor en una Universidad de Catania. Al quedar viuda María volvió al pueblo ahora habitada en un palacio construido en el siglo XI. Tu y Enzo la visitaban una que otra tarde para tomar el té y entonces bromeaban con la tía traviesa que se negaba a envejecer. Ella aprobaba y desaprobaba vuestra unión dependiendo de sus cambios de posición ante la gente. Cuando quería demostrar que era una dama de mentalidad avanzada con criterios “universales” y “cosmopolita” decía: “que hay de malo que Enzo y Grazia se amen aunque sean parientes, jóvenes e idealistas”. Cuando se dejaba arrastrar por su carga de tradición exclamaba “que le vamos a hacer... con ese amor yo no estaría muy segura”.

Ciertas tardes, después del almuerzo, Enzo se escapaba con los amigos a ver el juego de futbol y tú te quedabas en casa revisando libros sobre arte renacentista, ordenando las partituras de Enzo o dibujando.

El invierno también traía diversión en casa de parientes y vecinos que se reunían para jugar cartas y ustedes no faltaban. Regresaban tarde de la noche, a pie, confundidos en una sola sombra. Caminaban, se detenían, se susurraban y llegaban a la casa cuando todos dormían.

Cuando Enzo componía música se aislaba por días. Entonces tú ibas a la Universidad, que se encontraba a ochenta kilómetros del pueblo y regresabas al final de la semana.

Cada reencuentro los envolvía en historias de siete días con sus siete noches de ausencia. Tú le mostrabas tus dibujos y él te tarareaba sus composiciones.
Primavera

Con la primavera los árboles se vestían de verde-rosa, verde – blanco. blanco-amarillo y la montaña de azul. Florecían los almendros, las margaritas. La campiña era de color oro. Los fines de semana subían a la montaña en la Fiat 500 después del té. Se dejaban acariciar por la estación. Paseaban bajo los almendros florecidos. Enzo llenaba tus cabellos de margaritas silvestres y tú hacías una corona de laurel -como las que se ven en las esculturas romanas del tiempo de los Césares- y se la colocabas sobre su frente. Corrían tomados de las manos sobre la alfombra tierna de la hierba recién nacida. Se tumbaban sobre ella y contemplaban los nimbos adivinando querubines y cupidos. En la montaña estaba la parcelita de terreno para la casa, tenía un pozo de los deseos con su brocal de adobe, su techito de tejas y hasta el balde de madera con su polea y su cuerda.

Como la montaña es rocosa y no puede manar agua se hicieron unos canales por un lado del pozo para recoger el agua de la lluvia y almacenarla en un hueco profundo que se había excavado en la piedra. Tendrían agua para regar las plantas en verano.

El lunes Enzo volvía a sus composiciones musicales y tú a la Universidad. Las despedidas eran con intercambios de pañuelos, lágrimas, fotos, besos y promesas hasta que el tren partía.

Durante esos siete días te alterabas cada timbre del teléfono en la residencia de la Guarnaccia. Esperabas que fuera Enzo y que su voz se colara por tu oído y se asentara en tu pecho. Si era él te ibas a clase flotando y atendías las explicaciones con entusiasmo; si no llamaba te ibas a caminar por las calles de la ciudad que según me dijiste te parecía un viejo abandonado que fumaba en un rincón.

Cuando volvías al pueblo, el viernes por la tarde, reanudaban los paseos. Era ritual que fueran a la campiña a oler los árboles renacidos, recoger flores silvestres, buscar agua en las fuentes que había en la montaña, ver los arbolillos que habían sembrado en la parcelita donde harían la casita para veranear.

Con la primavera no sólo renacían las hojas, las flores, sino el sentimiento. Tu amabas a Enzo y el te correspondía. La familia, un día decía: “Grazia nació para Enzo y él para ella”. Otros, murmuraban: “son unos idealistas, de música y pintura no se come; ahora sueñan, ya despertaran”.

Enzo te repetía: “eres el alimento de mi música. Cada clave, cada compás, cada nota que escribo es por ti. Tú eres en cada una de mis composiciones”. Tú, en tanto, callabas y dibujabas su rostro, la montaña con su pozo de los deseos y el jardín que harían de rosas en la casa de Fontaine Bianche.

Si por casualidad perdías el tren el lunes, Enzo se apresuraba a llevarte en el auto. Durante ochenta kilómetros iban tejiendo el futuro, desmenuzando fantasías, entrelazando esperanzas y en la ciudad besos, besos.

Verano

Llegó el verano y con él las vacaciones. Recogían pueblos y ciudades. Testimoniaban esos días las fotos de las ruinas del teatro griego en Taormina, el teatro Griego de Akrai en Palazzolo construido en el siglo III antes de cristo, L’ orecchia de Dionisios, La Fuente Aretusa.

Sentados en las rústicas gradas del Anfiteatro Griego en Siracusa asistían al espectáculo anual del montaje de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides. En griego se realizaban los parlamentos, la traducción la entregaban al momento de pagar la entrada. Lo importante para ustedes era el trabajo actoral, la fuerza que se le imprimía a los personajes. Con Esquilo decían se sentía la trascendencia del destino en una humanidad transfigurada por el destino humano. “Prometeo encadenado” era el preferido de ustedes. Con Edipo Rey lloraba Grazia la muerte de Yocasta y Edipo cegándose a sí mismo la hacían decir “es como que al arrancarse ella la vida y él los ojos se arrancaran la culpa, culpa que no es de ellos sino de un destino inevitable por la crueldad de los dioses”. Medea no los aficionaba, según confesión de ustedes, no podían comprender esa lucha entre el amor materno y la venganza contra el esposo perpetuado en la muerte de los hijos.

A la isla el verano la hacía clara y brillante. El sol resplandecía de amarillo en los cítricos que ornaban la campiña que atravesaban con Enzo por las angostas vías.

Messina, Taormina, Acireale, Augusta, Catania, Palermo, Trapani, Mazzara, Noto, Raggusa, Módica, Pedagaggi, Vittoria, este, sur, norte, centro, oeste ; toda la isla para los dos. En casa pueblo se renovaba la promesa. Enzo te susurraba al oído “aquí también te amo” y te besaba. Decías que sus besos eran como el agua del mediterráneo, como la primavera, como ver la luna en verano acostada en una roca de la montaña y como oler la piña del pino asarse entre los brasas.

Ir a Siracusa guardaba una dulce emoción, pasaban por Fontaine Bianche y Enzo sentenciaba “aquí viviremos”. Fontaine Bianche era otro sueño compartido, sueño de casas blancas enclavadas en un recodo, con colinas al fondo vecinas a un cielo bajito, que recibían el abrazo del jónico. Un pedazo de cielo desprendido.

Cuando regresaban de estos paseos la familia quería saber que habían hecho. Tú contabas sobre la belleza que habían descubierto y Enzo sonreía al escucharte.

Otoño
El otoño hizo una alfombra de hojas amarillas, cadmio claro, ocre, siena sobre las avenidas del pueblo, los árboles empezaron a desnudarse impúdicamente ante los ojos de todos. Las tardes se hicieron plomizas, la neblina, se espesaba y fue anudando presagios en el pecho de Grazia.

Salían poco y cuando lo hacían hundían los pasos al caminar entre los cadáveres de las hojas en silencio. El frío se anunciaba temprano, así que los paseos eran cortos. Enzo te compraba las castañas asadas en una esquina de la plaza y casi corriendo regresaban a la casa. El se encerraba para escribir música y tú leías sobre El Veronés o dibujabas objetos de la casa. Confesaste que te impresionaba el abundante uso que hacía del verde, incluso en los cuerpos de Adán y Eva en el cuadro “Creación de Eva”, agregaste que: “Tal vez El Veronés conceptualizaba al hombre como continuación de la naturaleza y por ello tenía que ser pintado con ese color”. Te encantaba Adán, desnudo sobre la grama, dominado por el sueño de la muerte, de esa muerte que sigue al orgasmo y que es plenitud y elevación cuando se hace el amor. Es el orgasmo de Adán por haber creado a Eva con su costilla. Tú eras la costilla de Enzo y esa dulce muerte adelantada te incitaba a vivir.

Enzo empezó a salir por las mañanas y regresaba tarde a almorzar. Tú esperabas hasta las dos horas para verlo. Comían silenciosos. Después volvía a salir. No regresaba para el té, casi nunca volvía para la cena. Regresaba tarde y se encerraba en su habitación. Cuando le preguntaste que lo mantenía alejado de la familia y de ti, te miró dulce y cálidamente dijo “construyó muestro futuro, intento hacer realidad lo que soñamos”.

A mediados de otoño empezó a hablar de América, la tierra de las oportunidades. Manifestó que quería irse, hacer una fortuna para la casita de la montaña y comprar la de Fontaine Bianche. No tocó más el piano, recogió todo lo que había escrito y se fue a la América.

Dejo un mensaje grabado “me voy pero regresaré pronto, para ti y por ti por siempre”.

Incontables veces pulsaste la tecla play y escuchabas su voz” regresaré pronto para ti y por ti por siempre”....

Así alimentabas tu alma que empezaba a adormecerse con la ausencia de Enzo, se hizo para ti una obligación esperar al cartero cada día. Te asomabas al balcón para verlo llegar y entregarte la carta que enviaba Enzo. Pasó la estación. No volviste a salir de casa y pegada a la ventana la ausencia de tu amante te pintó con un traje blanco.

(De “VOCES DE AUSENCIA”)

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