jueves, 5 de julio de 2012

“Flores en las grietas”, de Richard Ford

Francisco Vélez Nieto (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Richard Ford
Flores en las grietas
Autobiografía y literatura
Traducción de Marco Aurelio Galmarini
Anagrama

Son flores y grietas que se abren y florecen gracias al riego que fluye de la propia experiencia vivida. Así discurren por los caminos bifurcados que la propia existencia marca, tanto en lo personal como en el compromiso creativo, partiendo de la pregunta sobre qué escribimos y por qué escribimos. Una reflexión que se percibe en el mundo norteamericano donde el autor precisa y desgrana facetas de las experiencias vividas, donde la maestría y capacidad narrativa alcanza altura de relato. Y necesario es señalar que el conjunto de esta obra se debe de la sugerencia del editor de Richard Ford en España Jorge Herralde quien sin pretenderlo, denota su prestigio de excelente y exigente lector y buen profesional, etiqueta justamente ganada gracias a su pulso intelectual insobornable.

Richard Ford se pregunta al inicio a quién le puede importar lo que escribe, pregunta que todo escritor novelero tiene como monólogo permanente, máxime en estos tiempos que vivimos donde la catarata informativa es tan inmensa que sobrecoge al buen observador al ver como se convierte en algo alienante en lectores que leen si nos preguntamos: ¿Qué leen?. Por eso señala que “la escritura y su pariente más venerable la literatura, son permanente” independiente afirmo, de los “libros más vendidos” de la carrera detectivesca de descubrir el best seller “pelotazo” para continuar resistiendo económicamente una lucha cuerpo a cuerpo, donde la vulgaridad y el mal gusto diariamente gana terreno. Y Richard Ford comprometido consigo mismo manifiesta como “De tanto en tanto y de distintas maneras, me he preguntado como puedo hacer que mis relatos sean más “multiculturales” más sensibles. ¿A quién puedo dejar de oprimir, a quién puedo apreciar más en mi propio lugar de trabajo? Creo que a la propia escritura con la que el autor cree estar seguro que lo es todo, por encima de cualquier novedad. Así lo asume ante su admirado maestro del relato corto Anton Chejov el autor del “La dama del perrito” la mejor narración corta de la historia de la literatura de la que tantos buenos autores han sabido aprender. Y Ford es uno de ellos, de los sobresalientes, porque es conciente de “que Chejov era un autor de cuentos de importancia casi mística- y, sin duda, misteriosa-, un autor que parecía contar historias más bien comunes, pero que en realidad estaba desentrañando lo más sutil y, por tanto, la menos obvia de las verdades”.

Todo en su obra se debe al monólogo constante que nos muestra en los ensayos de este libro de flores y grietas, tanto cuando escribe sobre un escritor amigo como lo fue Raymond Carver, otro maestro del relato que bebió en las mismas fuentes. Humano siempre humano, imprevisto en cualquier momento, como genio literario poseído de mitos, tierno y lleno de angustias escribiendo en una prosa austera y sin adornos. Fantástico estos añorados recuerdos llenos de una emotividad que, muestra su desnuda y conmovedora afinidad. Ejemplo del buen amigo y además inmenso maestro del relato. Y esa misma humanidad y maestría expresa en los recuerdos convertidos en cuentos cortos sobre su niñez. La nostálgica admiración de un hijo por un padre, que supo comprenderlo no solamente porque le regaló una bicicleta, sino el manifiesto cariño de hijo que valoraba positivamente hasta las incoherencias y dificultades para abordar cualquier cosa práctica. La compresión hacia un administraba como director. Toda una sucesión de secuencias continúa al ir descubriendo un mundo donde la variedad y el desfile de personajes le resulta algo mágico, sorprendente, tan variado y vivo descubrimiento.

Y dada su calidad de escritor, conocedor del mundo por el que transita, mundo manejado, unas veces dominado por la retórica consumista y otras, cuando el exceso de consumo no puede agrandar sus tragaderas para consumir todo lo que se produce, provocando la crisis de la avaricia que se ve obligada a cambiar la retórica de su panegírico. Advierte al lector que “cuanto más morosa sea la lectura, cuando más relea, mayor experiencia tendrá” Se necesita saber escoger y reconocer, tener en cuenta que “La mayor parte de los escritores escribe demasiado. Algunos escriben verdaderamente en exceso a juzgar por la calidad de su obra acomunada. Nunca me he considerado un hombre destinado a escribir. Simplemente elijo hacerlo, a menudo cuando no se me puede persuadir de que haga otra cosa, o cuando me asalta una sensación desagradablemente pegajosa de inutilidad, no sé qué hacer y tengo tiempo libre, como cuando termina la Liga de Béisbol” Seguro que Richard Ford no es un escritor de masas, para “los más vendidos de la semana”. Y nosotros, como lectores, tampoco leemos simplemente para distraernos. La buena lectura es la mejor máscara para evitar el virus de la idiotez y mediocridad reinante y “políticamente correctísima” del orden tecnócrata establecido.

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