jueves, 5 de julio de 2012

Fotografías especiales

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Enrique siempre detestó el barullo. Y siempre también fue muy curioso.

Su curiosidad comenzó cuando era nenito y escuchaba aquel extraño ruido que a veces venía de la cama de sus padres.

Ruido que detestaba, como después todo ruido fuerte. De radios altas, bocinas, altoparlantes.

También curioso, como cuando veía una fila de hormiguitas, que seguía hasta descubrir el agujerito de la pared donde a veces entraban y otras veces salían.
Era curioso con todo lo que veía o escuchaba. Siempre queriendo saber la causa. ¿Por qué eso? Cuando había ruidos, de donde venían los ruidos. Que los habría producido.

Aunque cuando miraba palomas, que volaban todas juntas en silencio, quería saber de donde venían y para donde iban.

Como la gente que iba por la calle caminando o en auto. De donde venían. A donde iban. En qué estarían pensando en ese momento. Por que esa cara triste. Por qué sonreían.

Fue por eso que quiso ser policía. Pero no para matar, reprimir, encarcelar. Solamente para trabajar como detective. Investigar las posibles causas de asesinatos. O raros suicidios, si realmente lo fueron.

Una vez leyó en un diario una noticia sorprendente: en algunas ciudades del interior había una extraña epidemia de ataques al corazón. Mucho más de lo habitual como causa de muerte.

Pidió entonces a sus superiores que lo envíen ahí, para investigar.

Así fue que comprobó que, de una u otra forma, en cada ciudad los que iban muriendo tenían algo en común: trabajaban o paseaban ruidosamente. O martillando o serruchando. Y la mayoría de los que dirigían autos tenían radios con altoparlantes a toda altura en el techo, con sonidos muy altos.
Todos los que hacían ruidos, de cualquier tipo, morían después de ataques al corazón.
Y una extraña casualidad: todos los que así morían, antes habían sido fotografiados por un señor siempre sonriente. –“A ver una fotito”, decía.
Fotografiados días antes, o una semana, o un mes antes del ataque cardíaco. Pero siempre la fotografía.
Fotografiados en el momento en que estaban en sus autos con los altoparlantes a toda altura, haciendo escuchar músicas o algunas propagandas.
En ese momento el sonriente fotógrafo se acercaba y fotografiaba al conductor, que siempre también trataba de sonreír.
Y un tiempo después, el ataque al corazón.
Lo que, debió reconocer, no dejó de gustarle porque él también detestaba el ruido. Los ruidos de altoparlantes altos, de innecesarios bocinazos de autos que, en un embotellamiento no podían esperar. De los que hablaban en voz alta, casi a los gritos.
Eso, poco a poco, fue descubriendo Enrique en diferentes ciudades.
Hasta que una vez encontró al sonriente fotógrafo, que estaba fotografiando un obrero de la construcción que daba sonoros martillazos en una columna de metal.
Así fue que, curioso, le preguntó porque sacaba fotografías de los que hacían barullo.
Primero el fotógrafo le respondió, sonriendo, que era para recordar a los ruidosos.
Pero después le confesó que, en realidad, no era fotógrafo sino físico. Especializado en rayo laser.
Le gustaba trabajar en silencio, tranquilo en su laboratorio. Últimamente investigaba posibles propiedades del rayo laser. Así es que descubrió la posibilidad de que se lo podía programar para que pueda destruir el punto donde llegaba. Destrucción que podría ser mínima. Y además, no necesariamente en el momento en que el rayo llegaba.
Y tampoco consistía exclusivamente en destruir, sino también en detener. Parar un movimiento si era una máquina. Y se lo podía programar para que cualquier inmovilización comience a funcionar después de un tempo. No necesariamente en el momento en que el laser llegaba.
Y colocó el aparato laser en una aparente máquina fotográfica. Enviaba el rayo y después de un tiempo detenía, paraba lo que estaba en movimiento. Sea lo que sea.

Así es que empezó a “fotografiar” a todos los que hacían barullo. Ellos creían que era una máquina fotográfica y sonreían, ponían buena cara. Pero un tiempo después todos los “fotografiados” iban muriendo poco a poco de ataques al corazón.
Entonces, poco a poco, se podía ir volviendo a escuchar en esas ciudades solamente el canto de los pajaritos, el sonido del viento, algún tango que venía de una casa.
Fue por eso que después de oír esa confesión de amigo, Enrique le pidió una máquina fotográfica especial.

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