miércoles, 25 de julio de 2012

Historias

Ricardo Luis Plaul (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Caminé hacia el río, hacia el muro con los nombres del “Nunca Más”. Había un hombre parado junto a él mirándolo abstraído, perdido en sus pensamientos. Me miró con sus ojos azules profundos y lo reconocí con un estremecimiento en todo el cuerpo.

A lo lejos, en el río, un hombre de bronce se alejaba con su carga de dolor y de sueños.

-¿Viste- me dijo –la escribieron tal como se las relaté-

-¿a qué te referís?- le contesté –¿a las fechas?-

-No, a la historia- contestó. -¿A qué historia?- pregunté asombrado.

-A nuestra historia- dijo y se quedó mirando al río, mientras una fina llovizna comenzaba a dibujar las imágenes en el muro. Parecían sombras chinescas encerradas en una caverna.

Me vi mirándolo con admiración en aquellos cumpleaños de tortas y chocolate, de Refescola y Trinaranjus, de “sandwichs” caseros que preparaba mi viejo. Nos entreteníamos con juegos de mesa: “el bucanero”, “el estanciero”, el cerebro mágico”. No había animadoras ni magos. Pero había algo mejor: nuestras habilidades y destrezas. Al final todo cerraba con el baile clásico de su hermana, el piano, el zapateo y a veces con la obrita de teatro que hacíamos entre todos y que él dirigía. El silencio era reverencial cuando, sin hacerse rogar demasiado, tomaba la guitarra y comenzaba con una pieza de Falla o cantaba una zamba de las que estaban de moda.

De repente lo vi con el guardopolvo blanco, a la salida de la Escuela Normal, despidiendo a sus alumnos que lo abrazaban y besaban con alegría. En el escenario enamorando a sus compañeras cantando zambas y canciones melódicas.

La voz del río se me confundió con la del mar azul que nos esperaba los veranos en la villa lejana, con sus playas anchas y solitarias. Vi como entrábamos sin miedo al agua tirando aquella red interminable que nos proveía de pescado de diversas clases. Corríamos, jugábamos a la pelota, a la lucha greco-romana (de moda en ese entonces), algún “cabeza”, a los cowboys. Me pareció escucharlo cantar a la noche en aquella esquina donde se juntaban los vecinos para oírlo y acompañar el estribillo.

Después las imágenes se hicieron más borrosas: la facultad, su beca a Canadá, sus dos parejas estables, su trabajo en el laboratorio, el hijo. Mi madre contándome como si fuera una historia de ficción que se lo habían “llevado” los milicos pero que milagrosamente su mujer y su hijo se habían salvado. La incredulidad y el vacío.

En las paredes sólo quedaban los nombres, fechas, edades. Me di vuelta y ya no estaba. Miré hacia el río, me saludó con una sonrisa triste. Hubiera querido contarle tantas cosas…

La lluvia arreciaba y decidí volver a la facultad donde mi hija daba su último examen.

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