miércoles, 25 de julio de 2012

La ciudad de Hopper

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRES CULTURAL)

Lo primero que nos encontramos al visitar la exposición de Edwuard Hopper en el museo Thyssen de Madrid, es el autorretrato del pintor, como si nos diese la bienvenida a su obra. En él podemos contemplar a un hombre con sombrero y traje oscuro, nos sugiere a un Wasp americano, con rasgos poco marcados o definitorios, pero expresando un gesto que puede ser una sonrisa ahogada, a la que acompaña una mirada incierta. Quizás refleje el carácter introvertido que se le atribuía al autor, una mirada un tanto vouyerista, pero de un vouyerismo que busca no molestar, sino estar ahí para ir arrancando pequeños espacios de lo que va observando. Como él mismo dijo: “Por esta razón considero falso mucho de la pintura contemporánea. No posee intimidad.” Una de las formas en que busca rasgar esa intimidad, introducir la mirada por el ojo de la cerradura para verla, es la constante presencia de ventanas y escaparates en sus cuadros. Y con esa mirada perturbadora nos vamos acercando a los cuadros que figuran en la exposición. Porque la de Hopper es una pintura minimalista que sin embargo ofrece una visión amplia: la de un mundo urbano frío y solitario, de seres reciclados sobre sí mismos, encerrados en un vacío que es la otra cara del american way of life, especialmente en aquellos cuadros situados en torno a la gran depresión americana.


Al igual que toda obra la de Hopper está situada en un tiempo determinado, pero resulta curioso que mientras uno puede observar en un museo la decrepitud silenciosa del capitalismo de hace varias décadas, en el exterior suenen voces contra otra crisis.
Una primera impresión que provocan los cuadros del pintor norteamericano es la de un creador de espacios, como si cada uno de ellos fuese la pieza con la cual se construye un gran puzzle, la ciudad moderna. Un puzzle de una coherencia lucida y pesimista, compuesto tanto de exteriores como de interiores, de personas y cosas, de geografías grises, pero todas ellas creadoras de una cosmovisión particular e inconfundible.

El progreso urbano que tan a menudo se nos muestra lleno de luminosidad, es aquí desvestido de su ornamento para enseñar una realidad más profunda, que huye al engaño de la primera visión. Así en “El Loop del puente de Manhattan”, contemplamos una ciudad metalizada y lejana, en “La ciudad”, la presencia abrumadora de los edificios que hacen diminutas e insignificante las figuras humanas situadas abajo. Las ciudades de Hopper suelen ser lugares solitarios, vacíos, buscando la escena concreta, el microcosmos que no nos lleve al engaño que producen las masas y el tráfico, un bullicio que esconde las piezas que componen la textura urbana. Así los límites que separan el mundo urbano de la naturaleza están marcados por fronteras reversibles que señalan iconos solitarios que irrumpen en el paisaje, como en “Gasolina” o en “Carretera de cuatro carriles”, donde las personas permanecen al lado, ajenas al mismo tiempo que participes mudos de ese progreso. ¿Qué hubiera pintado Hopper de la ciudad actual donde el hombre ha sido seducido por la tecnología?
Hay representaciones pictóricas que van construyendo nuestro imaginario sin saber muy bien por qué, algo de eso me sucede con varios cuadros de Hopper que muestran habitaciones y otros espacios cerrados, los cuales me atraían incluso antes de saber quien era su autor y conocer su obra. Cuando he podido contemplarlos en la cercanía, “Habitación de hotel”, “Habitación en New York”, “Mañana en una ciudad”, “Sol de mañana”, entre otros, producen un magnetismo depresivo, una empatía melancólica con las escenas que se muestran. Porque muchos cuadros del pintor norteamericano son historias abiertas, en las que no es difícil introducirse. Uno contempla esos espacios cerrados y siente la soledad de los personajes, recluidos sobre ellos mismos, o situados al azar en un espacio del que llegan a formar parte, a veces contradictoriamente. Así se llega a una figura solitaria paseando por una calle vacía entre los edificios, “Sombra nocturna”, donde se ve a un ser diminuto perdido en el asfalto, en la cual lo más destacado es su propia sombra. Y esa soledad pasa de las personas a los edificios, pues creo que el artista humaniza las construcciones, da a la piedra una identidad que tiene piel, rostro y ojos. “Casa junto a la vía del tren”, “Dos puritanos”, “La casa de los Abbot”, “La casa de Marthy Welch”, entre otros, nos dibuja estilos de vida, historias, sin necesitar la presencia de ninguna persona.

Otra de las características de Hopper es la de un captador de instantes congelados, que definen y sugieren. Son especialmente sus oficinas, recepciones de hoteles, bares y lugares públicos, donde los seres parecen atrapados en una cómoda indiferencia, los que aún en compañía de otros, se muestran aislados. Ante todo parecen hablar de la incomunicación, del fracaso del ciudadano urbano para escapar a la perdida que su propio entorno le somete. Algo difícil de explicar pues como dijo el propio autor: “Si pudiera decirlo con palabras, no habría razón para pintarlo.” Incluso cuando muestra escenas supuestamente festivas, como en “Soir blue”, la desolación envuelve hasta el rostro trágico de un payaso.

Para mostrar esa cosmovisión llena de incertidumbres, una de las bases de Hopper son los personajes femeninos, mujeres recluidas en sus propios cuerpos, contenidas en sus pulsiones, igual que si el espacio cerrado en el que están, se contagiase de su propio ser. Refugiadas en el propio refugio, mirando al exterior, tan temerosas de lo que allí encuentren, como deseosas de escapar a él. Solo en la última parte de su obra, a partir de los años cincuenta sobre todo, sus mujeres irán liberándose.
El director de cine Win Wenders dijo: “Hay sitios de los Estados Unidos donde pones la cámara y te sale un cuadro de Hopper”, una explicación de porque han sido varios y diferentes los cineastas que han tenido a este pintor como referente. Y no solo es Estados Unidos. Una vez en el exterior del museo paseo por la urbe madrileña, envuelta en la indiferencia para hacer frente a las incertidumbres (y creo que éste es el pintor de las incertidumbres), sintiendo nuevas percepciones a la vez que una extraña correlación entre las visiones. La ciudad de Edwuard Hopper, la ciudad americana que se ha hecho global, aún con las distancias geográficas y del tiempo, está ahí.

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