jueves, 5 de julio de 2012

La extranjería intelectual

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En varias oportunidades hemos reflexionado acerca de la inclinación de numerosos intelectuales argentinos -e incluso latinoamericanos- en cuanto a tomar como referencia a sociólogos, filósofos e investigadores alemanes, austríacos, ingleses, franceses o norteamericanos. Sin dejar de tener en cuenta el papel de los medios de difusión hegemónicos en cuanto a popularizar ciertas opiniones afines y personajes ídem, e incluso de valorar aportes a nivel de esos pensadores y países, cabe apuntar que si el mundo es redondo, que si no se termina allí y que si, por ejemplo, hay trabajos en el campo de la ciencia realizados en muchísimos países y lugares del globo, llama mucho la atención la supervivencia de ciertas anteojeras coloniales.

En una oportunidad fui a llevar un libro mío a una Facultad de la Universidad de Buenos Aires y me informaron que la jefa de cátedra estaba en Italia porque era especialista en Gramsci, y tal cosa me chocó, qué quieren que les diga, porque mientras tanto, ella ignoraba mucho de lo bueno que se producía en el país y en Latinoamérica. Y esto dicho sin ningún asomo de chauvinismo ni de indigenismo, porque uno comprende que Gramsci estuvo preso, que murió en el penal de Turi -lo cual nos conmueve- pero que por ello mismo y por su (in)formación académica debería tener una visión limitada, mas lo notable resulta ser la contumacia con la que algunos criollos insisten en los dichos de aquél. Escribió para una Europa, con un pensamiento europeo y se basó sobre todo en la metodología de Benedetto Croce (*), que a su vez poseía grave o no ya marxista, sino hegeliano. Sin embargo, se ha escrito tanto sobre Gramsci que tenemos la impresión de descubrir la nada, o de comentar lo ya requete comentado, algo así como ir a cazar en el zoológico.

Y luego están las modas, y la reincidencia en caer en personajes que la historia y la ciencia habían refutado, un poco siguiendo los deseos de la burguesía mundial, que a falta de nuevas propuestas ideológicas, económicas, sociológicas o filosóficas saca la estaca del corazón de quienes en otro tiempo había exorcizado e inhumado poco menos que en secreto, tal el caso, por ejemplo, de Louis Althusser, el segundo Wittgenstein y hasta de un Carl Schmidt. Los reflotan con gran estruendo, y ni qué hablar de los mentores del consenso de Washington que, como el inventor de la guillotina, finalmente terminarán guillotinados.

Para muestra basta un botón: El Grupo de Participantes del “Seminario de los Jueves”, dirigido por Tomás Abraham (*) y en el que participaban numerosos profesores de la UBA, publicaba un grueso volumen en el que se estudiaba el pensamiento fundante -que iba desde Sartre hasta George Soros- pero donde no tenía cabida ningún pensador argentino y menos latinoamericano. Sin despreciar sus sesudos estudios, parecería que no hay ni hubo cabezas en América Latina.

Ciertamente, de la visión del mundo que tenían nuestros pueblos originarios poco nos ha quedado y es nuestro deber rescatarla en lo más posible y sacudirnos de encima al dios dominador, vengativo y absolutista que nos trajeron los conquistadores y que nos relanzan actualmente ciertos ayudantes de cátedra.

Latinoamérica hoy ofrece no sólo una experiencia a nivel de masas sino también un abanico de teorías y pensamientos, el ejemplo vivo de procesos nuevos, inéditos si se quiere, en casi todos los campos pero especialmente en sociología, economía, filosofía y demás.

En cambio, aparecen cotidianamente, en las revistas culturosas tipo Ñ -dentro del variado pelaje de quienes son resucitados y de sus seguidores actuales- dos tendencias fundamentales que en general vienen de allende los mares, a saber: los que sustancializan el pensamiento y los que intelectualizan la realidad, ninguna de ellas patrimonio de nuestros ancestros ni de nuestra visión del mundo.

Se diría que la piedra filosofal se extrae de la sesera de Hegel, que a decir de Xavier Zubiri (*) expresa la madurez intelectual de occidente, en donde lo real-histórico se constituye en el doble movimiento de la realización de la Idea. Hay un macrosujeto, la Idea, en despliegue. Podríamos decir un movimiento encarnatorio, y este macrosujeto es el que al desplegarse va creando diferentes determinaciones; esto es, distintos tipos y formas de realidad que no son más que fenómenos de aquél macrosujeto esencial. Meras manifestaciones espacio-temporales, mal logradas, de la perfección del Absoluto.

Vale decir, extraer al mundo desde las testas, tal como los magos sacan conejos de sus galeras, y que entonces, si la teoría y los hechos se contradicen, tanto peor para los hechos. Pero resulta que en los países desarrollados se verifica que el macrosujeto no es la Idea Absoluta y que muchos pensadores argentinos no tienen ni idea de la realidad propia y es más, a ellos y a los europeos la realidad se les viene encima como un tren expreso, o que como escribía Marx, los hechos son testarudos.

*) Ver, por ej., en: CROCE Benedetto, Cio che é vivo e cio che é morto della filosofia di Hegel, in Saggio sullo Hegel. Bari, 1972
*) Abraham Tomás, Vidas Filosóficas, Eudeba, Buenos Aires, 2003
*) Zubiri Xavier, 1996; ETM; Espacio, tiempo y materia. Madrid: Alianza editorial.

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