miércoles, 1 de agosto de 2012

Cine clásico: Rebelión en la granja (1954)

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

NACIONALIDAD: Anglo-estadounidense
GÉNERO: Cine político, Drama social, Dibujos animados
DIRECCIÓN: Joy Batchelor y John Halas
PRODUCCIÓN: Louis de Rochemont
PROTAGONISTAS: Dibujos animados
GUIÓN: Lothar Wolff (1), Borden Mace (2), Philip Stopp, John Halas, Joy Batchelor. Sobre la novela de George Orwell, Animal Farm
DIRECCIÓN DE ANIMACIÓN: John Reed
MÚSICA: Matyas Seiber (3)
DURACIÓN: 74 minutos

C. M. Woodhouse escribía en el verano londinense de 1954, en The Times Literary Supplement acerca de la novela de George Orwell, Rebelión en la granja (Animal Farm), publicada en el mismo mes y años de las explosiones de las bombas en Hiroshima y Nagasaki, que el novelista había pasado la vida entera preparándose para escribir esta obra literaria, aunque se consignara que el tiempo de escritura fuera entre 1943 y 1944, mientras iba en ascenso el desarrollo del Proyecto Manhatann, el paradigma estadounidense de la carrera armamentista contra los nazis, hasta su culminación con la destrucción de esas ciudades japonesas y así dar fin a la Segunda Guerra Mundial. (4)

Se estaba, en el pleno contexto de una beligerancia sanguinaria, que se transformaría en una no menos atroz guerra fría, siempre bajo la amenaza de que nuevas megabombas pudieran causar una conflagración universal, con la cual se acabaría con todo, y el mundo, en medio de átomos para la guerra, que no para la paz, todo un derroche tanático de la energía.

Ahí en esa trama de aconteceres, la pluma de Orwell se deslizaba para narrarnos una fábula - más que un cuento de hadas- si entendemos por fábula, un relato ficticio y breve, con intención didáctica, que concluye con una moraleja final, en la que los protagonistas suelen ser animales.

Yo no sería tan elástico, como Woodhouse, con la definición de cuento de hadas, de ahí que prefiera el subtítulo que le dan a la obra de Orwell, los directores de la cinta ejecutada entre 1951 y 1953, Joy Batchelor y John Halas, los realizadores de dibujos animados a los que les fue encomendada la tarea de hacer una versión cinematográfica de la novela orwelliana: Una fábula memorable.

Los realizadores de la versión animada de la obra de Orwell, contaban la autorización de su viuda, Sonia.

Se trataba de un texto del que su propio marido había declarado que se había escrito con diseño político, por tratarse de una versión en clave de fábula de la historia de la Unión Soviética.

Una historia que, bien vale la pena no olvidar, si estamos de acuerdo con el George Santayana que nos decía: Quien no conoce la historia está condenado a repetirla.

Pero no se trataría únicamente de evitar la repetición del totalitarismo estalinista, sino de todo absolutismo, sea éste de derechas o izquierdas, incluido el totalitarismo neoliberal de la sociedad de libre mercado, una plutocracia, solapadamente dictatorial, que también hace que como consumidores todos seamos supuestamente iguales, pero unos más iguales que otros…

Tras la muerte de Orwell, en el contexto de la Guerra Fría, pareciera ser que la CIA, quería hacer cine propagandístico, más allá de sus luchas de espionaje y contraespionaje que bien conocemos por otro género de cintas.

Llevar al cine, la novela de Orwell resultaba sumamente atractivo y para cumplir con este objetivo, se obtuvo la autorización de Mrs. Orwell, quien, ni corta ni perezosa, satisfizo la demanda, creo yo que sin ingenuidad ninguna; ella debía saber que con ese acto hacia honor a su marido, de quien se dice que había empezado a tomar posiciones políticas más conservadoras, que incluso lo llevarían a denunciar ante los tribunales de la caza de brujas anticomunista, a otros artistas, seres tan bien catalogados como Charles Chaplin, John Steinbeck y George Bernard Shaw, como auténticos filocomunistas, en vísperas del pleno desarrollo del macartismo, como bien nos lo señala Albert Escusa. (5)

Para la realización del filme contarían con la asesoría técnica del productor Louis de Rochemont, quien encargaría a los socios de la compañía británica de dibujos animados, Halas & Batchelor, los esposos John y Joy, el rodaje de la película, a finales de 1951, para cuya realización contarían con un equipo de ochenta dibujantes, quienes crearían 750 escenas y 300.000 dibujos en color, junto con otro equipo de guionistas, asesorados por un Consejo de Estrategia Psicológica, con el fin de llevar a la pantalla, la fábula contada por Eric Blair, nombre real del conocido escritor George Orwell, para estrenarla tres años más tarde.

Independientemente de esta historieta de intrigas internacionales y, por anticuado que sea el formato de estos dibujos animados, yo no me atrevería a negar su valor como obra de arte, con una belleza fílmica que la hace una obra maestra del cine de animación, más allá de los cuentos de hadas o las aventuras de los simpáticos personajes de Walt Disney, con Mickey Mouse, el Pato Donald y Tribilín a la cabeza.

¿Qué mejor formato podría dársele a este supuesto cuento de hadas de George Orwell que el del cine de animación?

No, creo que ninguno fuera mejor, que sin duda resulta maravilloso para el relato de fábulas, como esta de Orwell, tan memorable, en la que no hay nada del mundo mágico de los cuentos de hadas, sino más bien una historia de un crudo realismo, en un texto donde los animales, son los personajes principales, en su enfrentamiento con una especie humana, tan sádica como el hombre de Plauto y Hobbes, que es lobo para el hombre y tanto más con el resto de los seres vivos que lo acompañan en el mundo creado desde el génesis bíblico.

Entonces, en la cinta inglesa no vemos ni príncipes, ni princesas, ni magos, ni brujas, y mucho menos hadas puesto que lo que se nos muestra no es la tierra de Oz, ni el maravilloso mundo de los hermanos Grimm, aunque quizás sí comparta una visión del mundo tan maniquea, como la de los cuentos populares, en la que el universo se escinde en buenos y malos, más en un momento como el de la postguerra, tras un conflicto bélico de los más atroces de la historia, que hacía que quien pensara distinto fuera satanizado, en un planeta a la vez real imaginario, poblado por ángeles y demonios, de acuerdo con el cristal político con el que se lo mirara.

La versión de Batchelor y Halas me capturo desde un principio de una manera semejante a cuando tenía la sensación de entrar en un mundo de ensueños, ya fuera cuando iba a los matinales dominicales, a ver la magia de los Lumière o cuando en el tocadiscos de mi casa, algún miembro de mi familia me ponía algún disco de cuentos.

La voz en off del narrador, con el típico ceceo de los locutores españoles, con un tono pausada y cadenciosa, abre la historia, junto a la figura cerezos en flor de una hermosa primavera; a pesar de que no surgiera el “había una vez…” incial de los cuentos tradicionales infantiles, con su hermosa modulación, sus palabras me evocan un pasado remoto y el conjunto me lleva a ponerme al borde del encantamiento, atraído por las ilustraciones animadas de John Reed, el dibujante, quien hacía sus diseños con la misma elegancia, que había puesto en las versiones de Bambi y Fantasía de Walt Disney, esta vez, acompasado por la música del compositor húngaro Matyas Seiber, con lo cual nos todo un equipo creador nos conduce a un universo fabuloso.

Tal vez, los guionistas de esta maravillosa versión fílmica resulten más poéticos que el escritor mismo, quien, al menos a mí, me pareciera más seductor por sus contenidos que por sus formas, puesto que no es lo mismo iniciar la fábula memorable con un paisaje primaveral, y unas palabras como éstas:

Al mundo, que todos conocemos, que puede ser o no el mejor mundo posible había llegado la primavera; pero, toda la magia de esta estación, no era suficiente para aliviar la tristeza reinante en la granja humana…

A iniciar la historia de la manera con la que arranca el escritor:

El señor Jones, de la granja Manor, había cerrado con llave el gallinero durante la noche, pero estaba demasiado bebido, como para recordar no darse de narices contra las portezuelas…

Sin duda, una narración más escueta y naturalista, que el tono más lírico de la introducción del filme, de la que salimos para adentrarnos en la taberna de El León Rojo, a donde, para escapar de los días aciagos de una economía en retroceso, el señor Jones, se da a la bebida, de tal manera, que allí, en el bar, se encuentra con la pobreza como compañera una penuria, de la que él es el único responsable, como representante de una raza humana decadente.

El estilo de los guionistas continúa siendo mucho más lírico y poético que el del propio Orwell, hombre de quien se dice que era más un ser de acción que de pensamiento, un aventurero audaz, que había pasado sus años mozos entre la soldadesca en Birmania o, entre las tropas comunistas, en España o como vagabundo por los extramuros de las ciudades, viviendo entre el lumpen de los bajos fondos, como avergonzado representante de una clase media, que idealizaba el mundo de parias, sin conciencia de clase, un poco a la manera del Winston Smith, protagonista de 1984, dada su idealización de las pobres gentes.

Si bien, el novelista había pertenecido al Partido Laborista Independiente en su Inglaterra natal, en Cataluña y Huesca, durante la Guerra Civil española, se había adscrito, al Partido Obrero de Unificación Marxista, donde le tocaría vivir las confrontaciones entre anarquistas y comunistas, estalinistas y trotskistas, tal vez, lo que haría que se hiciera más del lado de los primeros y lo llevaría a un total desencanto con respecto a la Rusia Soviética, además de que podemos colegir la atracción, que ejercía sobre el narrador británico, la figura de León Trotski, quien tiene un lugar privilegiado en su última narrativa, tanto en las imágenes de Bola de Nieve y de Emmanuel Goldstein, personajes hacia los que el escritor pareciera sentir un particular afecto.

El señor Jones, quien debe representar al Zar de Rusia, es un hombre amargado, harto de sus animales, a quienes responsabiliza de salirle demasiado caras, lo que crea miedo y perplejidad en unos y furia en los otros, en especial, en los representantes de la especia porcina.

Su tormento lo convierte en un hombre violento y, para defenderse de él, sus animales se reunen en una asamblea secreta, convocada por el viejo Major, un cerdo marchito, con un rostro evocador de Winston Churchill, pero con la sabiduría de un Marx y la capacidad estratégica de un Lenin, a la que asistirán los otros cerdos, Boxer, el más grande y fuerte de los caballos, Benjamín, el burro, fiel amigo del enorme percherón, más el conjunto general de los animales de la granja, todos impacientes para asistir a una convención tan importante.

Major está ya bastante enfermo, deseoso de comunicar, a sus camaradas, algunas cosas, antes de que sea demasiado tarde; ha vivido una larga vida y ha tenido mucho tiempo para reflexionar a solas en su pocilga, que le han permitido concluir que todo lo que los animalillos producen les ha sido arrebatado, robado y vendido, para, en cambio, ser sometidos al hambre y al frío; por ello, los incita al derrocamiento del tirano, en aras de más libertad, a través de una revolución; sin embargo, les advierte que cuando se hayan liberado del amo humano, no adopten sus vicios, para que mantengan un ideal de fraternidad, igualdad y solidaridad, ideas que el colectivo animal, adopta con júbilo y cantos onomatopéyicos, según el sonido que cada uno emite, de acuerdo con sus diferencias esenciales. Es un simpático coro, que culmina con el lamento cuando el extenuado conferenciante, el sabio animal, muere como si fuese el Padre Primitivo de una horda de animales, acallados, finalmente, por los disparos de la escopeta de Jones.

Pero, al amanecer, ante el hambre, provocado por una situación insostenible, mientras el amo soporta su resaca, los animales, liderados por Bola de Nieve, asaltan el establo donde está almacenada la comida, a donde llega el tirano, de látigo en mano, hasta que los animales airados se disponen en escuadrón para atacarlo y hacerlo huir despavorido, en busca de aliados para defenderse de esas bestias.

Ante la respuesta humana, los animales no se arredran y loss gansos contratacan, como sus congéneres en la batalla de Alia, hasta librar, todo el conjunto animal, una verdadera batalla campal, que culmina con la derrota de la especie humana.

http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Alia

¡La libertad ha llegado!

La celebran con himnos onomatopéyicos.

Al tomarse la casa del tirano, con sus trofeos de casa, bajo la iniciativa de Bola de Nieve, representación de León Trotski, podemos constatar el incipiente egoísmo de Napoleón, representante de Josef Stalin, todos destruyen todo aquello que recuerde al opresor.

Ninguno pensó, con excepción de Napoleón, que esa casa fuera lugar para ellos, mientras bajo la dirección de Bola de Nieve, se preparaban para la construcción no ya de la Granja Manor sino de la Granja Animal y, como tras el parricidio, la horda instaura sus tabúes, de acuerdo con todo aquello que nos ha enseñado el llamado Freud sociológico. (6)

Sus preceptos son éstos:

1. Ningún animal dormirá en una cama.
2. Ningún animal beberá alcohol.
3. Cuatro patas son buenas; dos piernas son malas.
4. Ningún animal matará a otro animal.
5. Todos los animales somos iguales.

Mantener la granja con autonomía es difícil; la estancia no deja de plantear problemas; los cerdos siempre buscan soluciones para ellos, instruidos por Bola de Nieve, los resuelven, hasta que el trabajo de la granja se hace como por arte de magia. Los animales se colaboran entre sí. Boxer se constituye en la admiración de todos, como un trabajador con una capacidad máxima.

El éxito de los esfuerzos complace a todos, incluidos Napoleón y su inseparable amigo el gordito gruñón.

Asistimos casi a una sinfonía pastoral, para nada tonta, hasta el punto que, con el paso del tiempo, se cumplen todos los objetivos planteados; la buena cosecha se recoge con rapidez, no sin la envidia del viejo Jones.

Ahora sí que puede pensarse en el futuro.

Bola de Nieve da cuenta de los resultados de su plan quinquenal, pero no medido, como en la Unión Soviética, en años sino en meses, lo que lo lleva a proponer una revolución internacional, una revolución animal a la que podrían unirse los miembros de otras granjas oprimidas, al grito de:

¡Animales del mundo, uníos!

Ahora la consigna es:

Pacíficas palomas mensajeras, en un revuelo evangélico, salen a anunciar la Buena Nueva, que no resulta tan bien recibida por algunos conformistas corderos, con su suerte; ellos se asustan ante la idea de un posible cambio, pero los que lo pasan mal, como los bueyes, escuchan con gran interés y ponen en práctica la rebeldía.

Para Bola de Nieve, la educación se convierte en una necesidad prioritaria para el logro de una mayor equidad entre los animales; así serán menos burros o, al menos, serán como asnos ilustrados, a la manera de Benjamín , quien se duerme en las clases de alfabetización o cuando se les enseña matemáticas, con lindos ábacos, hechos con manzanas, que los alumnos devoran mientras él enseña que 1 + 2 son iguales a 3 y no como en el sistema de dolbepensamiento de 1984, en la Oceanía orwelliana, donde si al Estado le daba la gana 2 + 2 eran 5 y sanseacabó, sin derecho a discusión.

Y así, cada vez es posible llegar a operaciones y teorías más complejas como al hacer la demostración del teorema de Pitágoras.

Bola de Nieve además opera como un verdadero ingeniero, mientras Napoleón se ocupa del Poder.

Ante los problemas, Bola de Nieve piensa en el futuro; por eso, aconseja austeridad, trabajar más y comer menos, claro está que como plan incial, mientras se logra traer a la granja la electricidad, para hacer menos fríos los establos durante el invierno, lo cual llegará a ser todo un lujo para todos y así tener, en cosa de un año, el mejor hogar del mundo.

Pero estos sueños de grandes esperanzas de futuro, a Napoleón le resultan tonterías, que desmiente y al observar que Bola de Nieve tiene seguidores, le echa los perros, como guardia pretoriana, para hacerlo huir y una vez, libre de él, Napoleón toma el mando de la Granja Animal, con la ayuda de su aliado incondicional, el gordito Gruñón; juntos acaban con las asambleas, a las que consideran inútiles y, en adelante, bajo el presupuesto de defender los intereses de su pueblo, tomarán todas las decisiones, para empezar a construir el molino de viento, soñado por Bola de Nieve, que se hizo en largas jornadas, en las que los animales trabajaban del alba hasta el crepúsculo.

Los obreros comen poco, pero el porcino Polit-buró valoran tanto su función y su trabajo intelectual, que consideran deben alimentarse con abundancia, además de resguardarse en la casa de Jones, donde duermen en camas, más allá de los tabúes instituidos por el nuevo contrato social.

Entonces se revisa la Ley:

Ningún animal dormirá en una cama con sábanas, lo que implica que si puede dormirse en ellas.
Entretanto, en el mundo humano, el astuto comerciante Winter se dispone a pactar con el Poder de la Granja; a cambio de mermeladas, los animales han de entregarle sus productos, los huevos de las gallinas, por ejemplo; ello no deja de indignar a las aves de corral, quienes recuerdan a Major, el viejo, quien había prometido que jamás les serían arrebatados sus huevos, con los que hacen una tortilla espléndida de huevos con pan.

El Poder se alerta y también les manda los perros, como a Bola de Nieve, con el fin de abortar la sublevación de las gallináceas; se da, entonces, una verdadera purga; para acallar toda insurgencia, hay que considerarlas traidoras; habrá ovejas que se amedrenten y se autodeclaren culpables, dispuestas si fuere necesario a ir al matadero.

Entonces, se modificará, de de nuevo, el tabú de la muerte del semejante:

Ningún animal matará a otro animal sin causa justificada.

Los antiguos himnos proletarios serán prohibidos; no habrá manifestaciones de duelo.
El comercio entre la granja animal y el mundo exterior se intensifica mientras el señor Winter se enriquece, lo que provoca la envidia de los compinches de la taberna, lo que desencadenará un nuevo ataque a la granja.

Las palomas, como fieles espías alertarán del posible desastre. Napoleón dará su parte de guerra; ahora se trata de luchar o morir por la Granja de los Animales

Mientras la tropa humana avanza, Jones, en solitario, se dirige al molino, esa magna obra, evocadora de hermosa pintura de Rembrandt.


Y mientras los otros están en el fragor de la batalla, el viejo dueño de la Granja Manor, con tacos de dinamita, lo hace volar en átomos, en un estallido semejante al de Hiroshima y Nagasaki.

Cunde entonces el pánico; la devastación y la desolación son espantosos; la tristeza, infinita; pero ello, no impide, que se den a la penosa labor de la reconstrucción, mientras los cerdos se dedican al placer absoluto, como reyes de la pereza y de la gula.

La labor reparadora de la granja dura años; con un esfuerzo heroico de Boxer y Benjamin.

Las patas del viejo caballo empiezan a lesionarse, lo que merma su fuerza y su destreza, hasta llevarlo a un funesto accidente de trabajo, que la burocracia no tolera y, en la medida, que no habrá otra alternativa que jubilarlo, el Gobierno, que no está para gastos, lo vende a la fábrica de cola del señor Winter y convertirlo en gelatina, mientras la falsedad burocrática trata de aplacar la inconformidad del pueblo.

Con el correr de los años, el molino se levanta como un monumento al esfuerzo de los animales; pero, por ello, no viviránn mejor; los cerdos, como los grandes capitalistas, se dan el ancho, con grandes celebraciones, lo que hace que Benjamín levante su voz contra el nuevo precepto:

Todos los animales son iguales, pero unos animales son más iguales que otros.

El rebuzno del asno trae, de nuevo la unión de los trabajadores, en pro de una causa común, mientras los ufanos cerdos comienzan a convertirse en humanos, en contraposición con la advertencia de Major, en un mundo donde la vida es cada vez peor para la clase obrera; es necesario, entonces, hacer algo por el futuro; liderada por el jumento, la masa avanza contra la casa, donde tiene su sede el Polit-buró, como monstruos de una auténtica pesadilla para los poderosos.

Es posible que ese fuera el sueño de la CIA, que una nueva revuelta ocasionara la caída del Poder Soviético, una solución distinta, que traicionaría el pesimismo de Orwell, quien tras la revisión del tabú de la muerte del semejante, lo que nos muestra es que los cerdos continuarían teniendo la supervisión de la granja, con un Napoleón que fuma la pipa de Jones, mientras porta sus ropas y su favorita el vestido de seda tornasolada, que la señora Jones usaba los domingos.

La casta poderosa celebra fiestas con sus vecinos para que la explotación funcione en todas las granjas; cree que han cesado los tiempos de la contradicciones y los malentendidos, como si se hubiese llegado al Fin de la Historia de Fukuyama; ha muerto todo proceso dialéctico; desde su podio, la casta superior impone orden y disciplina a la masa trabajadora, para que se cumpla el precepto de que unos animales son más iguales que otros, los distinguidos por una posición elitista.

Ahora no hay problemas entre los cerdos y los seres humanos; pueden brindar y hacer chin-chin con sus copas, incluso darse fuertes apretones de manos; su lucha es la misma, el acceso al Poder omnímodo; si los animales de la masa se contienen bien, todos tendrán sus propias clases bajas; eso traerá prosperidad a la Granja de los Animales, que en adelante se llamará la Granja Manor, como antes, cuando vivía el antiguo amo, el señor Jones; ese es su nombre correcto y original, lo que hace que los animales rebeldes se retiran en silencio de la gloriosa escena.

Han pasado los años, se ha dado la Perestroika, ha caído el muro de Berlín, ha sido superada la Guerra Fría, pero los poderosos, ahora disfrazados de banqueros, se tragan el dinero que produce un país y aunque se los rescate, todo parece irse por un hueco negro, sin que caigan para nada, las tasas de riesgo, y la población se ponga en mayor peligro de caer en la pobreza absoluta.

Tampoco el mundo neoliberal ha cambiado la cosa, lo que pareciera darle aún más la razón al pesimismo orewelliano.

¿Habría entonces que volver a pensar en la revolución permanente de León Trotsky con el fin de que la economía mundial se convierta en una potente realidad con vida propia, con el fin de no caer en la desesperanza y volver a encontrar el socialismo como consolación?

Ello implicaría una transformación a nivel mundial. ¿Ahora que asistimos al fracaso del modelo neoliberal, neoconservador o como se llame, no volverá a ser más vigente que nunca el concepto trotskista de Revolución Permante?

La simpatía de Orwell por Trotski pareciera ser innegable, pues pareciera ser que el desencanto de Eric Blair, con respecto al comunismo pareciera tener que ver más con una Revolución Traicionada por el poderío de la burocracia soviética, la cual resultaba como un Poder inquebrantable, como una indiscutible autoridad, con la grave secuela del Totalitarismo de Estado.

Para ver la película completa cliquea aquí:


Notas:
1) También había sido el guionista de un filme sobre Martín Lutero, en 1953, y otra sobre el crimen del siglo, basada en un artículo de J. Edgar Hoover en 1952. En 1961, lo sería del de la versión cinematográfica de la obra de Tennessee Williams, La primavera romana de la señora Stone. El filme sobre Lutero tenía una clara intención propagandística, con un ataque indirecto a la Iglesia Católica, con imprecisiones psicológicas e históricas, todo lo cual reduciría su calidad estética de la película, como diálogos complicados y difíciles de seguir.
2) También colaboraría con Lothar Wolff en El crimen del siglo, en 1952.
3) Era un compositor húngaro, quien vivió en Inglaterra desde 1935, un hombre con un estilo ecléctico, con influencias de Berla Bartók, Arnol Schönberg y el jazz
4) Orwell, G. Animal Farm. A fairy story. New American Library, Ontario, s.f., pp. V-XIV.
5) Escusa, A. ¿Quién fue realmente George Orwell? Los mitos orwellianos: de la Guerra Civil española al holocausto soviético. http://www.eroj.org/comun/orwell2.pdf
6) Freud, S. Tótem y tabú. Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos en Obras Completas (t. XIII). Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980, pp. 1-165.

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