miércoles, 1 de agosto de 2012

Crítica literaria: “Canción en blanco”, de Álvaro García

José Sarria (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Canción en blanco
Álvaro García
Colección Visor de poesía. Madrid, 2012.

Hace doce años escribí que los poemarios Intemperie (1995) y Para lo que no existe (1999), de Álvaro García, estaban significando un punto de inflexión en la poesía cultivada por el poeta malagueño. Se estaba produciendo el destronamiento de la diosa Razón (ramera de la poesía, en palabras de Carlos Edmundo de Ory) de sus textos; los personajes y su contexto habían dejado de ser lo que significaban para reunirse en el espacio donde habitaba la intemperie del poeta, que experimentaba con el orden trascendente de la palabra. A partir de ahí se inicia, con Caída (2002), la trilogía de libros-poema que culmina, tras El río de agua (2005), con su última entrega: Canción en blanco (2012), obra ganadora del XXIV Premio Fundación Loewe.

Canción en blanco es un magnífico poema largo que ha de entenderse desde la perspectiva de una experiencia fragmentada que el poeta articula a modo de soliloquio existencialista reiterado, que por continuado deviene en la percepción totalizadora de esa realidad; procedimiento escritural utilizado por Juan Ramón Jiménez en su poema Espacio , en una especie de juego cubista, con el que Álvaro García deconstruye sus vivencias en numerosos planos sucesivos, donde confluyen y se encastran pasado, presente y futuro insertos en la misma realidad objetiva, para analizar, reflexionar, acerca de la condición de la existencia humana: libertad, responsabilidad individual, emociones y significado de la vida y de la muerte, que conforman la integridad de una misma realidad poliédrica: “Imágenes que se unen al decirlas / como las líneas de la carretera / se vuelven línea entera en la velocidad” (p.9).
Los versos de Canción en blanco toman como contexto una habitación de hotel junto al mar, donde una pareja hace celebración del amor, a la vez que el televisor emite imágenes de una invasión. Simultaneidad de todo cuanto acontece y que se imbrica con el argumento reflexivo del poeta, sin estridencias. El contraste de experiencias cotidianas se engarzan con el fluir de la conciencia del poeta que, como argumento central, como columna transversal, y a modo de salmodia o monólogo interior juanramoniano , sostiene el discurrir de todo el poemario. Desde el lenguaje imperfecto de los hombres, el poeta quiere conectar con la eternidad (“¿Es discreto venir de pronto al mundo? / ¿Es discreto morirse sin saber?” (p.25)), al enfrentarse no solo con los objetos y sus hábitos, sino con la más profunda y solemne significación de la vida, transustanciando la vivencia personal en experiencia poética: “He vivido en la cara oculta de la lucha, / delante de palabras solamente, / que quizás te completan. /…/ No hay que dar nada por sobrentendido, / pero sentir es otra cosa.” (p.19).

El poemario se abre con una rotunda declaración de principios que, a modo de frontispicio, da título al mismo: “Sólo puedo decirlo con la canción en blanco” (p.9). Con esta exposición a ser invadido o conquistado, de dejar fluir imaginación, recuerdos, fantasías y vivencias, Álvaro García se dispone, desde la entrega, en blanco, a concitar tiempos y espacios (de nuevo Juan Ramón) para invocar el milagro de la eternidad, de la totalidad, desde la fragilidad de lo que conocemos, de lo cercano e inmediato (“Hemos sentido que querremos siempre, / por eso amamos una fragilidad” (p.31)).

Los más de quinientos versos que configuran este poema largo se articulan como un dilatado éxodo, una “travesía de la conciencia” (p.29), un intento de “comprender el universo” (p.59), un “escapar hacia dentro” (p.61), donde las imágenes cotidianas, los hechos vividos, se suceden en continuidad, como las líneas de la carretera que transmutan en línea entera, donde unas sensaciones llevan hacia otras (el recuerdo de una música, la boca que se descubre en el sabor, las palmeras delante de la clínica o la bola de frontón en la alberca vacía), con la leve interrupción de una música húngara en la calle que nos recuerda, sin estridencias, mientras ella sigue abrazándole, con el pecho en su espalda, que aún están encerrados en la habitación-universo de un hotel (pp. 31 y 32). Una continuidad de la conciencia (“Todo es conciencia” (p.27)) que se traslada hacia otra nueva y diferente realidad, desconocida, a la que se entrega el autor, encadenando el tiempo con todos sus tiempos (“Detrás del tiempo hay tiempo, pero en vilo” (p.37)), lo que existe con lo que no existe; una canción que va brotando, cadente, melódica, desde el espacio en blanco de la memoria y que acabará por construir un poemario armónico y pleno de significado acerca del sentido de la vida.

Canción en blanco es la aceptación final del significado más franco de la existencia, la comprensión del universo (p.59), que no es otra cosa que llegar al nítido convencimiento de que estamos abocados a la muerte y al olvido, y que el único pulso real, preciso y verdadero es el de la naturaleza: “No fluye aquí otro pulso / que el exacto, / inútil y rotundo de la naturaleza” (p.41).

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