miércoles, 29 de agosto de 2012

El futuro melancólico de Ray Bradbury brilla en su recuerdo

Alióna Sólntseva (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS.info)

El 22 de agosto, el mundo celebró por primera vez el cumpleaños de Ray Bradbury en su ausencia.

El famoso escritor estadounidense falleció el pasado 6 de junio. En todas las listas figura entre los cinco escritores de ciencia ficción más influyentes del mundo. Sin embargo, su obra no es tanto ciencia ficción, como cuentos, preciosas historias creadas en el siglo XX. Sus libros hicieron crecer a varias generaciones e inspirarán a otras tantas.

El olor de la infancia

Los principales problemas que no le dejan vivir en paz a uno en su juventud son la soledad y los sueños sobre el futuro. Bradbury escribió sobre estos temas como un auténtico poeta, aunque su primer libro, aquel que lo lanzó a la popularidad fueron ‘Crónicas marcianas’, una recopilación de relatos sobre cómo los humanos estaban explorando el espacio exterior.

Sin embargo, a Bradbury nunca le han interesado las naves espaciales ni las escafandras, las guerras de las galaxias ni los monstruos que habitaban el espacio. En su Marte los hombres de ojos dorados van sobre nubes tiradas a modo de caballos por los pájaros. Y los valientes exploradores parten de la Tierra para encontrarse, en vez de un planeta desconocido, con una réplica de la pequeña localidad de Waukegan que se mantiene intacta desde los años 30 del siglo pasado, época de la infancia del autor. En el relato ‘La tercera expedición’ aparecen las siguientes líneas: “Los tres hombres entraron en el porche y fueron hacia la puerta de tela metálica. Los pasos resonaron en las tablas del suelo. En el interior de la casa se veía una araña de cristal, una cortina de abalorios que colgaba a la entrada del vestíbulo, y en una pared, sobre un cómodo sillón Morris, un cuadro de Maxfield Parrish. La casa olía a desván, a vieja e infinitamente cómoda. Se alcanzaba a oír el tintineo de unos trozos de hielo en una jarra de limonada. Hacía mucho calor, y en la cocina distante alguien preparaba un almuerzo frío”.

El clásico de la ciencia ficción estadounidense vivió una vida larga y feliz.

Nació en 1920 y, según sus propias palabras, empezó a escribir a la edad de doce años, precisamente en el momento en que la familia por razones de trabajo se tuvo que mudar del verde pueblo de Waukegan a Los Ángeles. Su talento literario floreció sobre el fértil suelo de los recuerdos infantiles, de absoluta e inabarcable felicidad.

En las obras de Bradbury siempre hay aventura, pero no es el argumento lo que importa sino el estado de ánimo, una ligera tristeza, melancolía por lo que no llegó a cumplirse o que ya pasó, por lo que ha quedado atrás en la infancia, la esencia intangible del verano, como el vino del estío, su libro más popular a día de hoy, ligero y hecho con dientes de león.

El concentrado de las impresiones infantiles parece empapar todos sus libros, porque ocurra lo que ocurra a sus protagonistas, lo más valioso para ellos seguirá siendo la frágil armonía de la música, del arte, de los rayos del sol y del murmullo de las hojas.

“Hay crímenes peores que quemar los libros. Es no leerlos jamás”.

El valor de la cultura era incuestionable para Ray Bradbury. En los años de juventud se dedicó solo a leer. “A los 20 años he leído ya todas las obras importantes de la literatura, conocía la Historia de Estados Unidos, Francia, Italia y Reino Unido, junto con las famosas novelas y relatos”, confesó en cierta ocasión.

Sus protagonistas predilectos siempre han sido los intelectuales, bibliotecarios, los trabajadores de los archivos, los escritores y los lectores apasionados. En su novela ‘La feria de las tinieblas’ se cuenta la historia de un propietario de “atracciones mortales”, con el cual intentan luchar los adolescentes dirigidos por el padre de uno de ellos, el bibliotecario de la ciudad.

Y una de sus obras más famosas, la novela ‘Farenheit 451’ habla sobre cómo se ordena quemar los libros porque hacen pensar a la gente... Las más siniestras imágenes de la novela cobran en nuestros días una dimensión totalmente inesperada...

“Deportes al alcance de todos, espíritu de grupo, diversión y no hay que pensar, ¿eh? Organizar y superorganizar superdeportes. Más impaciencia. Las carreteras llenas de multitudes que van a alguna parte, alguna parte, alguna parte, ninguna parte... ¡Cuanto más grande sea el mercado, Montag, menos discusiones! ¡No lo olvides! Las revistas se transformaron en una bonita mezcla de vainilla y tapioca. Los libros, así dijeron los críticos condenadamente snobs, eran aguachirle. Es natural que no se vendan libros, dijeron esos hombres. Pero el público sabía lo que quería, y girando alegre y velozmente hizo sobrevivir los libros de historietas. Y las revistas con mujeres tridimensionales, por supuesto. Y no es eso todo, Montag. No empezó el gobierno. No hubo órdenes, ni declaraciones, ni censura en un principio, ¡no! La tecnología, la explotación en masa y la presión de las minorías provocaron todo esto, por suerte. Hoy, gracias a ellos, uno puede ser continuamente feliz, se pueden leer historietas, las viejas y buenas confesiones, los periódicos comerciales”. Esto fue escrito en 1953.

El arte no hace más feliz a la gente, pero Bradbury no creía que la tarea de ser feliz fuera la más importante para uno. La persona ha estar viva, es decir, ha de sentir, pensar y asumir la responsabilidad por sus propios actos. El autor expresaba sus ideas con un lenguaje claro y preciso, se dejaba sentir la práctica diaria de publicaciones en los diarios, con las que la futura autoridad literaria mantenía con modestia a sí mismo y a su familia.

Los pequeños asesinos y las víctimas renegadas por todos.

Ray Bradbury es considerado un escritor positivo y es cierto, pero no por ello deja de fijarse en el lado más oscuro de la vida. Por ejemplo, los niños, por una parte, son el símbolo de la pureza y la inocencia, de la cercanía a la naturaleza y la sensibilidad a la verdad. Pero sus almas albergan también la crueldad y el mal, pueden volverse agresivos y el peligro que presentan puede convertirse en real, si no se canaliza de manera correcta esa energía destructiva. Los niños del relato Veld mataron a sus padres, que les habían privado de sus diversiones preferidas.

“Tengo miedo de las personas de mi edad. Se matan unos a otros. ¿Fue siempre así? Mi tío dice que no. Este año mataron a balazos a seis de mis amigos. Otros diez murieron destrozando automóviles. Les tengo miedo, y no les gusto porque tengo miedo. Mi tío dice que su abuelo recordaba una época en que los muchachos no se mataban entre sí. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando todo era diferente”, dice Clarisse de ‘Farenheit 451’.

En el relato ‘Todo el verano en un día’ a la niña que acaba de volver de la Tierra y echa de menos el sol los niños de su edad la encierran durante las únicas dos horas en las que en siete años la lluviosa Venus recibe los rayos solares.

Tienen envidia de ella porque acaba de volver de la Tierra y se rumorea que volverá a partir para allá. Los niños se dejan llevar por su cólera porque son infelices. Para que un adolescente se convierta, al crecer, en una persona normal y no envenenada por el odio, tiene que leer y tiene que soñar.

Una vida envidiable

Ray Bradbury vivió algo más de 90 años y murió la noche del 5 al 6 de junio en su casa.

En los últimos años no se sentía muy bien y ya no escribía. Sus mejores libros fueron escritos en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando sus pronósticos todavía no se habían vuelto realidad.

En sus obras se basaron numerosas películas y dibujos animados, y la televisión que tanto miedo le daba ayudó a fomentar su popularidad: participó como presentador en una especie de teleserie que se titulaba ‘El teatro de Ray Bradbury’ que no tardó en ganar admiradores por todo el mundo.

En su vida personal también fue muy feliz: se casó en 1947 con la dependienta de una librería, pasó a su lado largos años y tuvo cuatro hijas. Ganaba bien con su trabajo, vivió en Los Ángeles, nunca ha conducido un coche y prefería no viajar en avión.

“No puedo nombrar a ningún escritor que haya vivido una vida mejor que la mía, todos mis libros se editaron y los tienen todas las bibliotecas escolares. Al hablar delante del público oigo aplausos incluso antes de empezar el discurso”, dijo en cierta ocasión.

Aliona Sólntseva es corresponsal del diario Moskovskie novosti

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