miércoles, 1 de agosto de 2012

Gagarin y su salto al vacío

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Concibiendo al capitalismo como el fin de la historia, el hombre habría perdido su identidad para ingresar, como un engranaje más, en una inmensa maquinaria en la que giran hombres y cosas. En adelante, existir equivaldría a expoliar a la naturaleza; pero en el torbellino de esa empresa que se devora a sí misma, no habría puntos fijos. El solitario que deambula por el campo con la certeza de pertenecerse a sí mismo no sería, en rigor, más que el pasajero de un hotel librado, a su pesar, a los cálculos, las estadísticas y las decisiones del capital financiero. Ya nadie existiría para sí, y como se concebía en Heidegger y en los heideggerianos, quisieran que el hombre recuperase el mundo.

Los hombres habrían perdido el mundo. No conocerían más que la materia erigida frente a ellos, objetada, de algún modo, a su libertad, no conocerían más que objetos. Algo de razón tenían, sólo que no advirtieron que se trataba de la pérdida, no del mundo, sino de un sistema que se había agotado, cosa que ahora están comprobando los habitantes del ¿primer? mundo.

Una vez más constatamos las tesis de Marx: el desarrollo de las fuerzas productivas es revolucionario y las viejas relaciones de producción no pueden ya contenerlas. La técnica nos arranca del mundo heideggeriano y de las supersticiones del Lugar. A partir de allí surge una nueva posibilidad: percibir a los hombres fuera de la situación en la que se encuentran implantados, dejar relucir el rostro humano en toda su desnudez, atisbar una “nueva” tierra, vencer la discontinuidad hombre-naturaleza.

Cuando los europeos descubren nuestro continente, uno de los efectos de ello resulta ser el de avanzar en lo mítico. Colón desvío su rumbo hacia el sur porque creía que en éste se hallaba la puerta del infierno, aunque tampoco estaba muy seguro acerca de lo que existiría en el norte, porque en realidad buscaba solamente un paso hacia las indias, pero había salido de la tierra, del mundo, de lo conocido, y todo era espacio ignoto, quizá lleno de endriagos. Más que descubrir un mundo, estaba aportando un salto fundamental en el desarrollo humano, y especialmente en la visión del mundo.

Algo parecido ocurrió con la conquista del espacio exterior. Como escribía el lituano Emmanuel Lévinas (1), lo admirable en la hazaña de Gagarin no es su magnífico número de Luna Park que impresiona a la multitud; tampoco lo es la performance deportiva realizada al llegar más lejos que los otros, batiendo todos los récords de altura y velocidad. Más importante que todo eso es la apertura probable a nuevos conocimientos y a nuevas posibilidades técnicas, son el coraje y las virtudes de Gagarin, es la ciencia que ha hecho posible la hazaña, y lo que todo esto, a su vez, presupone en términos de espíritu de sacrificio y de abnegación.

Es decir, también el rescate de ciertos valores humanos, necesarios para cualquier revolución. Como Galileo en su tiempo, Gagarin descubrió que no existía el trono de dios en las regiones supralunares, pero quizás lo que cuenta por encima de todo es el hecho de abandonar el Lugar trillado. Por una hora, un hombre existió fuera de todo horizonte -sólo cielo alrededor suyo o, más exactamente, todo era espacio geométrico-. El hombre existió, entonces, en lo absoluto del espacio homogéneo. Aquel salto, aparentemente al vacío, significó –aunque todavía no nos demos cuenta- el principio de una nueva era.

1) Levinas Emmanuel, Difícil Libertad, 2nda edición, Editorial Lilmod, Buenos Aires

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