miércoles, 1 de agosto de 2012

Ostuni y sus pájaros que mueren en la primera luna

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Su apellido evoca una ciudad blanca, en Bríndisi, Italia, y su nombre nos remite a un personaje de Shakespeare. Está hecho, como todos los humanos, de sueños. Y de tiempo. Pero, como él solo, también de poesía en la que se combinan en rara mezcla las musas del arrabal con las que inspiraron a Homero el antiguo. Ricardo Ostuni es tango que anda, pero, a la vez, memoria de una cultura, de un puerto, de una canción silbada “desde el fondo del dock”. El hombre, invirtiendo al inca, es tierra que habla.

Ciudadano de Buenos Aires, ciudad de duendes y otros mitos, la de la las fundaciones irreales y maravillosas, la “tan eterna como el agua y el aire” (qué vaina, me proponía no mencionar a Borges, asunto imposible y más hablando de don Ricardo), Ostuni es un ser que pertenece a la palabra, aquella tan cara a Filón de Alejandría pero también a algún payador de pueblo. ¡Y qué es lo que tanto hace! ¿Por qué tanta parafernalia para decir de un poeta argentino? Si apenas pudiera afirmarse que es experto en historia del tango, que escribe letras para ser cantadas por los herederos de Gardel, que a veces se viste de don Quijote para hablar de libertad. Con eso bastaría.

La única vez que lo he escuchado y visto fue en junio de 2011 en una biblioteca de Medellín (ah, y aquí habrá que decir que cualquier biblioteca, incluida la de Alejandría es memoria de la humanidad), disertando sobre Sábato y el tango. Digamos, abreviando, que Ostuni es sabio en asuntos gardelianos, en conversaciones de café, en canciones de la noche y en lunas suburbanas. Claro, también en Homero Manzi y, creo, en otro Homero que, dicen, “escribió” la Odisea y la Ilíada.

Ah, y aparte de poeta, que ya es suficiente, escribe libros como Borges y el tango (Marcelo Oliveri Editor), o como Viaje al corazón del tango y Repatriación de Gardel (Ediciones Club de Tango, de Óscar Himschoot), o como un ensayo titulado Emilio Bécher en la obra de Bertrand Russell, para que no se diga que solo se atreve con organitos de la tarde y con algún Shakespeare lunfardo. Y si se quiere saber más sobre aquellos que entristecieron el tango, puede uno leerse La inmigración italiana y su influencia en el tango (Editorial Lumière).

El porteño Ostuni se las trae. Cliente del legendario café Tortoni puede decir “A mi mesa de siempre me he llegado / con el arrastre de un atorro endémico / a lastrar de raje un académico / con un choppe de sidra bien tirado”: Duendes (En el Tortoni). Nacido en 1937, creció en el barrio de Palermo, en una casa de “bullicios propios”, visitada por políticos pero también por cantores como Ernesto Famá, Agustín Irusta (que cantó en la fiesta de sus quince años) y el payador libertario Martín Castro. Su padre le recitaba a Juan de Dios Peza, Almafuerte, Ovidio Fernández Ríos y versos del Martín Fierro.

El autor de “Identidad y otros poemas de la tristeza”, que sabe, con José Gobello, que el lunfardo puede rastrearse en las obras de Cervantes, volverá a Medellín a hablarnos esta vez de Gardel y el arte de cantar, de la presencia de la poesía culta en las letras de tango, y, claro, de la tortuosa relación de Borges con el tango. Ostuni, experto en poéticas populares y académicas, sabe, con Vacarezza que “el saber puede aprenderse, el sentir no hay quien lo enseñe”.

Hecho de sueños y soledades, Ostuni sabe de las “liturgias para celebrar ausencias” y tiene nostalgias de la elegíaca barriada. Es un poeta (tal vez sea la más alta manera de ser algo). Su palabra dice en su libro “Pájaros que mueren en la primera luna”: “Nada tengo sino lo que he vivido / el ayer inmutable de los rostros / que fueron y no son y esta penumbra / que fatiga la voz de las ausencias”.

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