miércoles, 29 de agosto de 2012

¡Qué mal habla de un país tanto preso político!

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los y las prisioneros políticos en el mundo dejan al descubierto situaciones de extrema infamia, de atropellos al pensamiento y de una falta absoluta de voluntad y cintura política que permita que personas que piensan diferente, puedan sentarse a dialogar sobre determinadas situaciones que ofenden a unos y son perpetradas por otros.


Si uno recorre esta América Latina que gime, pero que no calla su voz porque sabe que es la única herramienta a su alcance que permitirá que alguna vez la tortilla se vuelva, encontraremos a miles de personas padeciendo la injusticia de la cárcel y en las condiciones más infrahumanas, hasta imposibles de detallar para no agredir la susceptibilidad de los lectores.

Por otro lado y haciendo la misma recorrida, encontrará a verdaderos criminales, ladrones, corruptos, gozando de los beneficios del poder. Muchas veces los veremos tras sus bandas presidenciales, otras como lacayos de las mismas pero siempre con una ausencia absoluta de moral y de justicia.

Un paradigma de esta última situación la encontraremos en Colombia, país enroscado bajo las tenazas de un brutal Terrorismo de Estado, triste ejemplo que amenaza extenderse hacia otros países, como por ejemplo, Honduras luego del golpe de 2008, donde comenzaron a aparecer muertos y son perseguidos tantos opositores al régimen que desplazó la voluntad popular que eligió su destino como su derecho indicaba.

Está en Colombia, digo, el paradigma de la aberración, cuando sabemos que se hacinan en sus cárceles más de 8500 prisioneros y prisioneras que se manifestaron, muchos años, en contra de la violencia estatal, traducida en fosas comunes, desplazados, expulsados, asesinados, torturados, masacrados y montones de “atropello a la razón”, parafraseando el célebre tango Cambalache. Poema que algunos interpretan como el prototipo de la desesperanza, pero convengamos que tiene vigencia a través de las hojas del calendario caídas sobre la tierra y las circunstancias tal como se van desarrollando.

En las cárceles colombianas hay detenidos hasta poetas, músicos, pintores, esto dicho sin ningún sentido descalificador hacia los y las otros prisioneros. Al decir, artistas, estoy visualizando el espanto que produce que el estado sienta tanto terror por las artes, una de las vocaciones más bellas que un individuo puede esbozar.

¡Que mal habla de un país tanto preso político, compañeros! Y que absurdo eso de encadenar el canto cuando grita su desesperación desde las letras y las pinceladas del alma y del abecedario.

Y cuánto dolor produce saber que muchos de esos prisioneros fueron encarcelados y son falsos positivos, es decir, están acusados de ser lo que nunca fueron: guerrilleros, terroristas, a veces, ni siquiera, luchadores populares.

Entre tanto prisionero hacinado en las peores condiciones, encontramos a Joaquín Pérez Becerra, nacido colombiano y expulsado de su patria hace más de 20 años.

Sobreviviente de la masacre perpetrada contra la Unión Patriótica, debió dejar su tierra para preservar la vida, encontrando asilo en Suecia, país que le otorgó ciudadanía y jamás le negó la posibilidad de desarrollarse entre tantas personas en su misma condición de refugiados.

Joaquín se declaró bolivariano siempre, mucho más desde que se comenzara a hablar de la Patria Grande Latinoamericana, orientada en esa posición heroica a partir de la llegada al poder del presidente Hugo Chávez Frías, proceso que Pérez acompañó solidariamente denunciando los distintos vaivenes y agresiones que se ejecutaban contra el gobierno venezolano.

Joaquín fue encarcelado en circunstancias que todavía no logramos entender, porque su detención se produjo, justamente, en la República Bolivariana de Venezuela y a pedido de Juan Manuel Santos, presidente de Colombia que antes de calzarse la banda que lo impulsaría hacia el sillón presidencial, se hizo famoso ante el mundo por la violación de territorio hermano (entre otros espantos).

Fue el 1° de marzo de 2008 cuando con el apoyo de la aviación, tropas especiales altamente entrenadas y logística estadounidense, irrumpió en Sucumbíos, territorio ecuatoriano, a sangre y fuego, descargando toneladas de bombas que impactaron en el centro del campamento donde estaba el comandante Raúl Reyes, del Secretariado de la organización FARC-EP.

Y por supuesto, causando graves daños en la zona hermana, en la que nadie había autorizado la irrupción.

Santos, ministro de defensa en ese momento, dio sus primeros pasos hacia el poder que luego alcanzaría gracias a semejante acto repudiado por el mundo.

Aunque muchas veces vemos que los repudios suelen levantarse, con el transcurso del tiempo… ¿Será cierto que Cronos, en su devenir, suele arrastrar hasta los pasos de la memoria?

Joaquín Pérez, periodista, luchador infatigable, un hombre que pasó su vida en lucha contra el feroz terrorismo de estado que enluta a su tierra, salió de uno de los aeropuertos más seguros del mundo, en Alemania sin que pesara contra él ninguna orden de captura de ningún INTERPOL.

Orden que, extrañamente, parece que tomó fuerza en la República Bolivariana.

Pérez fue fundador de la Agencia de Noticias Nueva Colombia -ANNCOL- cuya redacción está compuesta por periodistas que actúan de cara al mundo porque nada tienen que ocultar.

Desde hace muchos años comenzaron a tejerse, contra la página y sus componentes, las más absurdas teorías conspiradoras. Así fue que Pérez obtuvo el “título” de “terrorista” que actúa bajo la dirección de las Farc.

Bajo ese esquema, el considerado por Santos en mensaje a Chávez, “pez gordo al que había que atrapar”, es otro entre las más de 8500 víctimas que el Estado colombiano ostenta en su lucha “contra el terrorismo”.

Allí purga su condena por rebelde, confeso y declarado, humanitario, comprometido.

No es un tema para tomar por arriba, sabemos que es gravísimo que a una persona la tilden de pertenecer a una fuerza armada cuando no es cierto y mucho más preocupantes son los rótulos. Porque si hablamos de terrorismo uno no puede dejar de preguntarse quiénes son los terroristas.

Y muchísimo más indignante cuando no existe modo de probar dicha acusación, como estamos viendo al seguir las instancias de este juicio amañado, pergeñado desde el centro de un poder mafioso que busca fantasmas donde sólo hay hombres y mujeres de cara al sol que pretenden contarle al mundo que en Colombia no existen derechos humanos y lo hacen con las únicas armas con que cuentan: la palabra oral y escrita, el chequeo de la información y la conciencia.

Denunciamos que en Colombia no existe la justicia y no somos terroristas.

Que los prisioneros y prisioneras se hacinan en las cárceles en las peores condiciones y seguimos sin ser terroristas.

Que el mundo, algunas organizaciones de izquierda, algunos luchadores históricos parece no querer hablar de la situación que padecen esos hombres y mujeres que están librados a su suerte y estamos preocupados.

Sabemos que hablar de un país donde hay guerrillas, suele estigmatizar, pero deberíamos detenernos a pensar que hay pocas cosas más peligrosas que el silencio, que suele convertirse en el cómplice más importante para los verdaderos terroristas.

Deberíamos pensar, con carácter de urgencia y ante el dolor que produce todo preso por luchar, que cuando el sistema carcelario colapsa, hay algo muy extraño dando vueltas y contra eso deberíamos ir quienes repudiamos el atropello.

Estoy segura que esa es la tarea más urgente que nos debemos como militantes de la vida, porque al paso que vamos en este mundo con un Nuevo Orden Mundial al acecho, cualquiera de nosotros podría terminar sus días en la misma situación en la que hoy se encuentran tantas y tantos compañeros.

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