miércoles, 22 de agosto de 2012

Tertulia en clave de Aurelio Arturo

Reinaldo Spitaletta

Todo comenzó, en medio del viento que vuela desde Niquía, cuando las palabras de Aurelio Arturo se regaron por el parque de Bello, una noche mestiza de hace un poco más de cinco años. Habíamos dispuesto unos paneles con poemas del poeta nariñense, una mesita con micrófono y un altoparlante. “He escrito un viento, un soplo vivo / del viento entre fragancias, entre hierbas / mágicas; he narrado / el viento; sólo un poco de viento”.

En ese parque, en el que el verde no es de todos los colores -qué lástima-, en una población en la que muchos quisieran que hubiera más poetas que paramilitares y bandas armadas, en una noche de viernes las palabras del poeta las arrastraba el viento, al tiempo que uno intentaba decir algo sobre Morada al sur, sobre ese rapsoda tan desconocido del público y de fluida fecundidad verbal. Nadie se detenía a escuchar. Sólo el viento, que pasaba para empujar los versos: “Toda la noche / sentí que el viento hablaba / sin palabras”.

Y en ese parque -¡cosa es de volverse loco!, según Marroquín- nadie escuchó tampoco lo que decíamos sobre Aurelio Arturo, porque los únicos que atendían eran catorce sordomudos, que una intérprete con el móvil lenguaje de las señas les iba traduciendo: “La canción del viento desgarra / orlas de soles y bosques…”. Era una suerte de mundo surrealista, en que tres miembros del Centro de Historia de Bello hablábamos a la noche para que nos oyeran con insólita atención los sordomudos.

Y de ese episodio en las que un poeta muerto decía: “Te hablo de una voz que me es brisa constante”, nació la Tertulia Literaria.

La primera, en una rotonda que lleva el nombre de una pintora muerta (Lola Vélez), la hicimos sobre la mítica revista Mito, de Jorge Gaitán Durán y Valencia Goelkel. Después, cada quince días, fueron llegando conversaciones sobre narradores, excepto una, dedicada a Miguel Hernández. Que un grupo de personas se reúna cada quincena a charlar en torno a un escritor y su obra, tiene, quizá, algún mérito. Y que cada vez sean distintos los concurrentes (lo que la salva de transmutarse en logia), hace que a las palabras no se las lleve el viento.

En los últimos cinco años, entonces, hemos escuchado el saxofón de El perseguidor; y nos hemos encontrado con las músicas, los olores y la esplendidez de La casa de las dos palmas y la ceguera de Zoraida Vélez ; y sentido la erupción volcánica del verbo faulkneriano y las voces de los campesinos de Rulfo. La noche en que más gente llegó (unas cien personas) fue cuando programamos no un autor sino un tema: el nadaísmo. Y pulularon los asistentes: algunos querían “aplanchar” a alguien -que no llegó- que representaba a un “movimiento neonadaísta”. Y otros querían ver y escuchar a Jaime Jaramillo Escobar (el “ex” X-504), porque había corrido el rumor que allí aparecería.

Por la Tertulia Literaria del Centro de Historia de Bello (que se mudó al cuarto piso de la Biblioteca Marco Fidel Suárez) han pasado obras de Camus y Kakfa y Melville y Poe. Se ha conversado sobre Borges y Sábato, y también acerca de La Marquesa de Yolombó y Hace tiempos, además de Frutos de mi tierra, Ligia Cruz y El Zarco, de Tomás Carrasquilla. Las bellas durmientes también han estado allí con toda su poesía japonesa, como igual ha aparecido Mustio Collado, el personaje de García Márquez que celebró sus noventa años con una muchacha virgen.

Allí ha estado presente la condición humana en distintos estadios. ¿Cómo es el carácter de Madame Bovary y cuáles son los secretos de La piel de zapa? Se ha puesto en discusión la guerra civil española a través de Robert Jordan y María y el viejo Anselmo en Por quién doblan las campanas, así como la capacidad de lucha de un viejo pescador cubano. No han faltado como invitados Voltaire, Tolstói y Felisberto Hernández. Y se ha hablado de Los santos inocentes, como de uno de los cuentos más bellos de todos los tiempos: Los crisantemos, de Steinbeck.

Es tremendo hablar de literatura, sobre todo en tiempos de violencias y corrupciones públicas (¿o acaso significa callar sobre tantas alevosías, como decía Brecht?). Todo comenzó con unas palabras al viento y un poeta del sur de Colombia. Lo único triste es que los sordomudos no han vuelto a aparecer.

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