miércoles, 15 de agosto de 2012

Una mujer fumando en soledad

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hoy vi a la morocha de la redacción de tu diario, fumando y casi como pensativa, detenida en un tiempo que me pareció circular, me comentó el vasco Yon Eibar, sin ahorrar algún gesto como de sorpresa.

Me pareció que correspondía hacer silencio, en tren de hacer algo, primero porque no para en ninguna y segundo porque quería oírlo iniciar esos monólogos inacabables que cada tanto lo atacan. No es persistente, lo que favorece, por lo menos a mi, darle un trato amigable, a pesar de todo.

No me pareció propietaria de melancolías, es casi una contradicción. Se exterioriza alegre, diáfana, lejana a los pesares, distante de las tribulaciones de la mayoría, casi como un ejemplar de la inocencia marchando por la vida. Exultante a veces, me impresionó verla allí, hombro contra puerta, cabeza reclinada de ojos entrecerrados, todo una llamativa contradicción, como te dije. Siguió sumando el vasco.

Me gusta porque excluye cualquier connotación que contradiga el hilo de sus reflexiones. Así nos fue muchas veces, porque es vasco y esa marca en el orillo, a la larga aflora. Hemos superado apuros por acciones misteriosas. No quería interrumpirlo, porque no sabía que rumbo tomaba esa historia. Casi seguro que sería otra histeria de la historia.

Es que una mujer siempre guarda perfiles inhóspitos, cada persona en rigor de verdad lo hace, hay zonas grises a las que nunca se llega, es de imaginar que resulta mucho peor la ecuación si ni siquiera la conoces, pensé y no se lo dije. Cada sol mira, como dudando, la marcha de la luna durante el día, cuando sabe bien que no va a ningún lado. Se enciende, se apaga según el avance de las horas, pero en eso la mujer se le parece. Todo esto lo pensé sin ayuda. Hay que tener paciencia hay, además, filósofos que, tal vez, dejan de serlo cuando, como los niños pequeños, olvidan encontrarle preguntas a las respuestas.

Por otra parte me encantaba verlo sumido en una meditación sin futuro, como las personas alegres que así tienen un motivo suficiente para alegrarse. El vasco es un buen escucha y trasmisor, a mi, de sus metódicas reuniones donde le revelan informaciones poco difundidas, parece guardar la privacidad de la revelación, pero esos voceros no contaban con mi astucia, en realidad torpeza legendaria, que me impide la reserva del caso.

Finalmente, dijo en tono bajo el vasco, creo que la morocha tenía saudades, melancolías inesperadas, ni siquiera predecibles, pero me parece raro porque más bien se parecía a alguien que no tenía con quien hablar y eso ya es algo inquietante en alguien de sus características, agregó Yon, como si fuera un tema común. Y no el común de los temas; la divagación.

Nadie puede ser uno, y eso lo olvida él. Ella y su vida se estaban mirando. Algo de esa imagen, viajó por el espacio de luz que deja la memoria y ese cruce la detuvo. A veces la soledad y el silencio sin acción producen éxtasis letárgico, y el cigarrillo inspira, sin jugar con la palabra, porque descansa sobre la herida abierta del sueño inconcluso. Se hace fuerte en realidad, que uno pueda verse desde fuera Y es sorprendente sorprenderse, aunque más tarde la vida diaria que desgasta, muele la experiencia y la reformula, pero esa ya es otra historia, no la misma. El parece ver un solo lado de la luna.

Lo que es cierto, por otra parte, es que todo esto sólo nace de una fugaz mirada cuando la encontré y nos saludamos. Era la hora previa a la partida de la luz y esa partida no dejó espacio para la pregunta. ¿Cabía una pregunta? ¿Y que me podría contestar? La fugacidad es el residuo, el resultado, la chispa según se mire, donde uno puede iluminarse para dudar sobre la verdad. ¿Algo intrincado, no? Me preguntó, casi ansioso.

Lo cierto, me parece, es lo incierto de la reflexión. Ella es una referencia de vida. Casi una pared convocando al graffiti, un delirio, un sueño de verano que como la ropa colgada en la soga, se puede airear. No hay mejor método que ese agitar como de alas desplegadas, con las que se vuela lo que uno puede pero, a veces, también el ave se detiene…

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