miércoles, 12 de septiembre de 2012

Beatriz

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Ella se llama Beatriz
tiene olor a la mañana” ...

¿Sabes de qué me río Beatriz? Ya sé no me digas nada, porque de tanto pensarte, es muy difícil que pueda, algún detalle borrarte.

Te lo dije el primer día, cuando muy bien no sabías si seguir o retirarte; tus manitas apretadas, gesto que ni se recuerda, mirándome silenciosa, sin rechazar ni aprobarme.

¡También! ... mi aspecto no ayuda y empeora cuando me empeño, cosa que tú no sabías y hoy es casi una alegría, que como todo buen sueño, solamente con mirarnos lo hacemos cambiar de dueño.

... “Ella se llama Beatriz
y vino de un pueblo blanco” ...

¿Sabes de qué me río Beatriz? ... Hace tanto que obedezco y esta alegría me mata si tu inocencia desata los paquetes de mi hastío, trocando en tibio lo frío.

Ignoraste con sabiduría, la cuantiosa letanía, pues tus años verdes no te permitían aspirar a más.

Supe que sabías; sentí que sentías y que era inútil todo el recontar. Con esa frescura de viento marino, barrías penumbras con color a hogar. Es que deslumbrado por tanto milagro, mi pasado magro fue casualidad. Viví lo imposible, que de tu presencia, con olor a esencia, escribir de nuevo o vivir el fuego, era el desafío quizás a intentar.

De campera azul y pantalón holgado, te me apareciste para abrigar sueños algo demorados y pese a lo grotesco, tuve que aceptar.

Es que tú no hablabas, sólo me mirabas y era tan eterna esa melodía, que cuando no estabas una flor brillante te resucitaba y yo echaba a andar.

... “Ella se llama Beatriz
visión de calles estrechas” ...

¿Sabes de qué me río Beatriz? Cuando no sabías del olor a primavera; de arder con una quimera, que puede hacerse entre dos.

De tanta bruma gastada en valorar las pasadas, sin darle la frente al sol, que como tú, de repente, me puede hacer comenzar.

No quiero usar el perdón, puesto que ya no hay razón, a partir de tu sonrisa, esa, la que me eriza hasta el verde y el azul.

Lo raro es que ya no entiendo y ni siquiera pretendo que lo pasado es tiempo deshabitado.

... “Ella se llama Beatriz
y tiene el sol a sus espaldas” ...

¿Sabes de qué me río Beatriz? De tanto tiempo quemado sin saber de dónde y cuando, no siquiera en que lugar, porque en el peregrinar, se pierde al andar buscando, olvidando que aguardar, a veces suele ayudar para seguir encontrando.

Por eso, cuando remontas, gracilmente y de mañana, la loma de arena blanca, eres la vida que canta, antes que el después vacío, como el sol, barra el rocío.

... “Ella se llama Beatriz
es eterna como el tiempo” ...

¿Sabes de qué me río Beatriz? De luchas e ideologías; de mezquindades sentidas, por carecer del motivo; ignoraba que contigo anochecer se hace día. Comprendí que la búsqueda soñada, puede estar en la mirada que me aguarda al regresar, sin importar el lugar, la razón o el accidente, sólo tu piel es presente, que sin un gesto me indica y evita la confusión, tal vez la explicación, que a tu presencia claudica.

Es quizás por todo eso, que tanta risa me ahoga, haber dejado pasar, sin el gesto del que ruega, la miel de esta vida breve, pues con los errores leves para tamaña injusticia, confundí amor con delicia, en el momento crucial de tanto sueño final.

... “Ella se llama Beatriz
es viento vino y ventura” ...

Ya no me río Beatriz. Se va a despedir la tarde. Es que quiero hacerte madre, antes que la oscuridad, con formas de adversidad, pueda obligarme a dejarte.

Sabes a que me refiero. Debo apurarme si quiero esto poder enviarte, aunque ya escucho los pasos, me tomarán de los brazos y yo no debo salir; sólo pretendo seguir, encendido con tu tiempo, con mis lágrimas quemarte, regalarte eternidad, antes que la soledad, pueda venir a abrumarte, aunque sepas que a mi abrigo, hecho de sol y promesas, podrás cada vez que quieras, volver invierno en tibiezas, con tan sólo recordarme.

Ya no me río Beatriz. Debo dejar de contarte. Ya no podré enviarte mi pedido a aquel, tu Dios. Es que debo hacer silencio... y si no fuimos comienzo ... nunca seremos adiós ...

Miré la carta nunca remitida, una vez más; comprobé, distraídamente, que los diarios locales, en menor o mayor medida, reproducían sus términos, sin exigirse demasiado en la investigación del asunto.

El fastidio inicial, cuando el policía que intervino y el jefe de guardia del psiquiátrico, me asediaron obsequiosos, para que guardara el curioso testimonio, fue aminorando, a medida que tuve acceso a la verificación de aquel tortuoso caso comprobando, efectivamente, la carencia de lazos sociales externos, del muerto.

Luego del infeliz rodeo, iniciado en un orfanato, donde manifestara los primeros síntomas de alteración mental, estos, lo fueron derivando a través de diferentes hospitales, hasta el último, donde tomara su decisión, situado en un paraje agradable, lejos de rutas pobladas, al pie de una colina que parecía protegerlo de los vientos helados del invierno.

Cuando ingresé en ese páramo, que resultó ser su vida, sin referencias anteriores que probaran alguna inclinación a la escritura, siquiera como hábito, mi interés se estimuló gradualmente. Ante lo incongruente de la situación. Aislado, durante sus treinta años, diría excesivos frente a la vaciedad, sin vínculos con el mundo de afuera; un ajeno total, epilogando con un alegato discutible pero cálido, su imagen se acomodó en mis pensamientos, como un enigma. En definitiva, la prisa por morosas definiciones, impulsó a aquellos funcionarios a anticiparme la información sobre el suicida. Ambos, poco dispuestos a soltarse, en discernir cuestiones para un fabulador, como sospecho, me tenían identificado.

La asombrosa mención del pueblo blanco, al otro lado de la colina, con calles estrechas, como detenido en el tiempo, fue el rasgo saliente que capturó mi atención, prescindiendo de la destinataria, una elaboración casual de alguien desquiciado, signado por la desgracia y el abandono, temibles aliados de “Monsieur”, según Durrel.

El sábado, me dormí con esa posibilidad latente, inexplicable. La mañana luminosa del domingo, predisponía a vivir, por lo tanto me hallaba distante de la sombría noche anterior. Dispuesto y de buen ánimo para la ida, atravesé la sala, cuando suaves golpes a la puerta, me hicieron echar una mirada, instintiva, al sobre abandonado sobre la mesa. Abrí y tropecé con una mirada inquisitiva gris verdosa. Una figura de cabellos cortos, enfundada en campea azul, las manos en los bolsillos, voz suavemente grave, de una indefinible juventud y su pregunta, casi adivinada...

- Me llamo Beatriz... ¿Hay carta para mí? ...

Miró detrás de mí. Entró. Recogió el sobre, tomó mi mano y sin una palabra salimos camino de la colina, del pueblo blanco...

A: B.V.

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