miércoles, 26 de septiembre de 2012

Condecoraciones


Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Proyectaban en una cadena televisiva la boda de los príncipes de Mónaco. Me sorprendió que Rainiero llevase con tan solo veintiséis años el lado izquierdo del pecho lleno de condecoraciones. Investigué y algunas las obtuvo durante la Segunda Guerra Mundial al ingresar como teniente secundario en el ejército francés. Supongo que antes pasaría por la academia militar. Cualquier día averiguaré sus méritos para obtener la Cruz de Guerra con estrella de bronce. También lucía la Legión de Honor francesa. El gobierno galo lo elevó a capitán en 1949 y a coronel en 1954, tras superar los cursos reglamentarios, es un suponer.

Las condecoraciones siempre me interrogaron. En mi niñez le preguntaba a mi padre: «¡Ese capitán pertenece a los héroes, papá, mira la cantidad que lleva, no le caben, seguro que alguna más tendrá en su casa!». Mi querido padre exaltaba el valor y las justificaba –a mi parecer sin demasiado convencimiento– ante las, generalmente, pelmazas preguntas de su primogénito.

Con esto pasa como con otras cosas: siempre son los mismos los depositarios, protagonistas o afortunados. Digo esto al acordarme de mi tío Miguel, panadero, que participó plenamente en la Guerra Civil desarrollando su humilde oficio. En una mula con unas angarillas tenía que llevar los bollos a las primeras líneas del frente. Me contaba el miedo que pasaba al oír el silbante lenguaje del plomo. Aunque la única insignia que logró fue el sello en la cartilla que acreditaba el licenciamiento, de momento. Y así todos los demás del montón, o sea, los soldados.

Desconozco a uno de la tropa condecorado, a lo más a título póstumo. No es que uno vaya ingenuamente a estas alturas de la existencia predicando la igualdad y todo lo demás, pero noto un decantamiento exagerado: unos con su figura ladeada con collares, emblemas, tiritas multicolores, placas, divisas, cruces, medallas, lazos, bandas, laureles y variados colgajos; y los otros, los que terminan en las contiendas vivos de milagro, el uniforme lleno de agujeros al tirarse en las trincheras, tiznados y oliendo a pólvora quemada. Que sí, que así se escribe la historia. Pero el que se considera integrante de su momento histórico dice que un cachito de papel, por lo menos, le pertenece para contar las suyas.

Una mañana soleada de un mes de abril, el cuartel de Tablada hervía por la jura de bandera. Las tribunas comenzaron a refunfuñar cuando la oficialidad comenzó a subirse. La tropa danzaba en preparativos con muchas horas de antelación y los reclutas comenzaron a desplomarse por la quietud y el sol. Temía que alguno ‘muriese en combate’ al clavarse la bayoneta en los desmayos. Menos mal que los camilleros recogían rápidamente a los caídos. Entonces reparé en las condecoraciones que llevaban los oficiales, jefes y suboficiales. Otra vez me quedé boquiabierto y me decía: « ¿En qué guerras las habrán conseguido? ¿Quiénes sabrán el origen, distribución pectoral o posible remuneración de cada una? ¿Cuántas veces se habrán mirado al espejo antes de salir? Y a cuantos le habrá dicho su mujer: “Pepe, pero qué guapo estás, deberías vestirte siempre así…”».

Pues, supongo, que alguno conocerá a don Alejandro Cao de Benós de Les y Pérez, nacido en Tarragona, de abolengo aristocrático como su nombre destila. Es presidente de la Asociación de Amistad con Corea y, claro, poseedor de varias llamativas condecoraciones que luce en un impecable uniforme caqui, concedidas por el líder norcoreano. Mientras, en su patria adoptiva muchos niños mueren de hambre y una inmensa mayoría sobrevive mientras las masas aplauden a sus héroes cargados de condecoraciones.


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