miércoles, 19 de septiembre de 2012

La extraña historia de un alemán extraño

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Era su tercer viaje a Centroamérica. Ya había estado por ahí, como turista la primera vez, unos diez años atrás, y luego, trabajando con una organización de ayuda humanitaria, por espacio de dos años más. Todavía recordaba cuando, no dominando del todo bien su español en el primer viaje, queriendo decir "tranquilo" había dicho "tranculo". Recordaba también la vergüenza infinita que sintió en ese momento.

Era antropólogo. Con sus 32 años, robusto, de casi 2 metros de altura, tenía un aspecto más bien aniñado. Transmitía ingenuidad con su cara imberbe y sus enormes lentes con marco de carey negro. No faltaban algunas pecas que reforzaban la imagen infantil.

Stephan Lübeck, originario de Freiburg, era un amante de las tradiciones populares; de su país, de las sureñas fundamentalmente, de Bavaria. Pero más aún de las centroamericanas, región que había aprendido a querer. En las dos ocasiones en que ya había estado en la zona, tuvo la oportunidad de viajar y conocer bastante en profundidad sus aspectos culturales. De más está decir que lo tenían fascinado.

Casi podría decirse que era un erudito en mitos y leyendas. De hecho, había dado más de una conferencia sobre el tema en un par de universidades en territorio americano: con los jesuitas en San Salvador, y en la antigua San Carlos Borromeo, en la colonial Antigua Guatemala, ex capital de la Capitanía; además de numerosas charlas en su Alemania natal.

Pero más allá de su innegable erudición, no dejaba de presentar cierto carácter bizarro. No se puede decir que fuera excéntrico, precisamente, o extravagante. Era "extraño"; ese es el mejor calificativo. Muy formal, muy serio en todos sus modales tenía, no obstante, algo de particular. Quizá una extraña mezcla entre viejo y empolvado erudito de museo, y niño inocente algo bobalicón. Su risa – franca, espontánea – denotaba este último aspecto. Nunca se le había conocido mujer hasta la fecha. La vez que en Nicaragua una osada joven le propuso que le hiciera un chelito , casi cae de espalda.

Hablaba varios idiomas, todos con precisión. Incluso latín, del que había tomado un curso audiovisual recientemente presentado por la Universidad Pontificia de Roma, sólo con el afán de mejorarlo. Por un semestre había estado hablando cotidianamente latín con seminaristas y sacerdotes. Como parte de la práctica, cantaba varias canciones en la lengua de los romanos, – agradables por cierto – lo cual, al mismo tiempo, no dejaba de remarcar su aire de extraño. Hermosos cantos de la iglesia católica, pero él era ateo. Insólito, ¿verdad?

Todo en Stephan tenía esta característica de especial, de original. Cuando daba una conferencia, por ejemplo, tenía la mala suerte – sólo a él le pasaba – que se arruinara el equipo de sonido, por lo que debía gritar exageradamente para hacerse escuchar. O se daba cuenta, habiendo ya empezado a hablar, que llevaba un calcetín de cada color, por lo que pasaba todo el tiempo escondiendo los pies de una manera absurda, haciendo así más notorio un detalle que, quizá, podría haber pasado desapercibido.

Esas cosas – extrañas, no hay mejor modo de llamarlas – le eran de suyo cotidianas. Con benevolencia se podrían justificar – como, de hecho, no faltaba quien así lo hiciera – en tanto parte de su "genialidad". Un espíritu profundo, siempre ensimismado en sus sesudas elucubraciones. No estaba mal… si alguien se lo quería creer. Otros, sin embargo, sonreían y meneaban la cabeza. Este Stephan...

Más de una vez se acostaba sin cenar, porque se olvidaba de hacerlo. O pasaba una semana con la misma camisa. Obviamente, este tipo de cosas lo tenían sin mayor cuidado.

Ahora volvía a Centroamérica con un nuevo propósito. Había estado preparando este tercer viaje por espacio de más de un año; luego de incontables trámites y pormenores que no vienen al caso ahora, había conseguido un financiamiento de una fundación de Berlín que le permitiría desarrollar la misión que tenía en mente: escribir un tratado sobre mitos populares de la región.

La llorona, el jinete sin cabeza, la ciguanaba, la carreta nahua, el sombrerón, el caballo de Arrechavala, el sisimite, el cadejo…, personajes que habían ganado para siempre su atención, que ocupan buena parte de sus preocupaciones.

Cuando hablaba con la población local sobre todas estas cosas, su vista cobraba un brillo especial; parecía un niño deslumbrado con un juguete nuevo. Conocía en detalle mucho más sobre toda la producción de estas leyendas que sus mismos interlocutores centroamericanos. Cosa curiosa: jamás reía de las historias; por el contrario, las tomaba con la más profunda solemnidad. Cuando algún colega alemán le preguntaba sobre la actitud de la gente respecto a esos mitos, su rostro endurecía, perdía su ingenuidad infantil. Simplemente respondía: hay que respetarlos.

Llegó a Panamá bajo un aguacero torrencial, un día de más calor que el usual. El plan consistía en estar seis meses en terreno, recabando toda la información necesaria; y luego, de nuevo en suelo alemán, darse a la tarea de sistematizar lo recogido. Luego de otros cuatro meses, con una eventual prórroga de dos más, debía estar terminado el libro. Ya tenía pensado el título: "Mitos y leyendas en Centroamérica: entre la fantasía y la realidad".

Recorrería toda el área de sur a norte. Contaba ya con una buena cantidad de contactos establecidos; por otro lado, muchas visitas irían surgiendo sobre la marcha. Fundamentalmente estaría en áreas rurales. Volvería a ver viejos conocidos, que sin dudas le facilitarían las cosas. Luego de Panamá pasaría por Costa Rica, por Nicaragua – esperando no volver a encontrarse con esa atrevida joven –, de ahí a El Salvador, después a Honduras, desde allí navegaría hacia Belice, para terminar por fin en Guatemala, tierra maya cargada de relatos fabulosos.

A los fines de la presente narración no interesa mucho precisar dónde fue; importa decir que se trataba de algún paraje donde había una laguna, exótica y salvaje. Hermosa, por cierto. Laguna de origen volcánico, enclavada entre tropicales montañas de exuberante vegetación, donde la bruma bajaba a diario produciendo un efecto fantasmagórico, que se realzaba con el olor a azufre proveniente de las fumarolas cercanas. Stephan quedó extasiado con el lugar.

Era la primera vez que lo veía; en sus viajes anteriores no había estado por allí, y nadie le había hecho poner particular acento en el paraje. Lo conocía de nombre, sin haberse detenido nunca a averiguar más en detalle; de la historia conocía algo muy vago, casi no estaba documentada. Ahora le parecía estar descubriendo el paraíso soñado.

En cierta forma, este hallazgo le hizo variar los planes. No del todo, claro; también tenía pensado, si las circunstancias se lo permitían, poner en práctica la prueba que había concebido. En realidad, no se había atrevido a hacerlo hasta el momento porque no había dado con el lugar adecuado. Pero por fin, ahí lo encontraba. Ahora nada se lo impedía. Más que cambiar los planes, esto le daba la posibilidad de profundizar la investigación.

Decidió alterar un poco los tiempos; se quedaría en la laguna un par de meses, o más de ser necesario. El tiempo que "el experimento" le tomara. Mandó a construir – y él también ayudó en la construcción – una simpática cabaña de madera en sus riberas. Se lo desaconsejaron los lugareños, alegando lo desolado del paraje. Stephan, por el contrario, encontraba que eso justamente hacía las cosas más interesantes.

Sencilla, más bien humilde, en apenas un par de días estuvo terminada. Para Stephan era encantadora; para los vecinos de la zona, una locura. Venirse a vivir ahí, solito. ¡Cosas de gringos!

No contó a nadie sobre el motivo de su viaje; simplemente dijo que el lugar lo había cautivado, y deseaba instalarse ahí. Habló, incluso, de planes a largo plazo. Preguntó quién era el dueño de esos terrenos, cómo conseguir una parcela; comentó sobre la idea de desarrollar algún huerto, cultivar flores para la venta. Todo sonaba, si bien extraño, también congruente. Cosas de gringo, en definitiva.

Mientras se asentaba, mientras iba entrando en confianza con los campesinos de la zona, no dejaba de preguntar – con tacto – sobre las historias y leyendas populares.

¿Y por aquí sale la llorona?

Al tiempo que se daba a conocer y construía una relación de familiaridad con los pobladores cercanos – que no eran muchos, ni tan cercanos dicho sea de paso: unos dos kilómetros el vecino más próximo – fue deslizando, con sutileza, la pregunta finamente calculada:

¿Y qué sabe del monstruo de la laguna?

Era evidente que todos evadían el tema. Por vergüenza, por miedo, por desconfianza.

Con quienes más comenzó a hablar sobre el asunto – también esto hacía parte de la estrategia – fue con los niños. Eran ellos los que más dialogaban. Claro que siempre con mucha suspicacia, con recelo. No sólo porque el "gringo" – como había quedado bautizado – era aún desconocido; fundamentalmente, porque el tema llamaba al escrúpulo.

Stephan lo sabía (esto es universal – los niños, los borrachos y los locos son los únicos que dicen la verdad): con ellos se podría introducir con más facilidad al asunto y, ¿por qué no?, también azuzar el temor. Los adultos, en general, rehuían a hablar de esto.

En realidad él sabía que la historia existía: una laguna fascinante donde, a veces, sucedían cosas extrañas. Su primera hipótesis – compartida por varios estudiosos de este tipo de fenómenos con quienes había intercambiado la inquietud en Alemania – se encaminaba a considerar que podía tratarse de un campo electromagnético, tal como se decía que podía suceder en el Triángulo de las Bermudas.

La otra idea, la de la presencia de algún animal prehistórico – del jurásico, para más dato – le parecía mucho menos plausible, más bien descabellada. Algo similar se había tejido en torno a la leyenda del lago Ness, en Escocia; pero, tal como la experiencia había demostrado – a partir de las minuciosas prospecciones realizadas con sonares de última generación tecnológica – nada de eso era cierto. Tampoco podía serlo aquí, aunque el entorno invitara a pensarlo, desafiando la lógica.

Quedaba, entonces, la última hipótesis: era eso justamente lo que quería ilustrar Stephan, y aquí tenía servida en bandeja de plata la oportunidad: los mitos son construcciones simbólicas, que explican lo inexplicable. En realidad – ya casi lo tenía escrito; esa sería la tesis con que abriría el libro – responden a una humana necesidad donde se entremezcla el intento de elucidación de un misterio con el deseo de perpetuar el misterio mismo. Según su tesis, de la nada, con muy pocos elementos, si se dan las condiciones precisas, se puede crear un mito.

La laguna era el laboratorio ideal para verificar su teoría.

La historia de este personaje raro, mitológico, no era de las más conocidas; no gozaba del mismo prestigio social que otras. Era, por otro lado, muy local; sólo en torno a la laguna circulaba, y en algunos trabajos sobre cuentos populares que Stephan había investigado ni siquiera aparecía. Es un monstruo poco famoso, pensó nuestro buen antropólogo.

Esta "impopularidad", se dijo, podía deberse al tipo de historia que estaba en juego. No era sólo el relato acerca de la finitud, de la forzosa sensación de pequeñez que siente el ser humano ante lo inconmensurable de la naturaleza, por ejemplo: la desprotección que se puede tener en un bosque, en una montaña, en una noche sin luna. Esta historia del "monstruo de la laguna" remite a otro nivel de peligro. Seguramente no existe el dichoso monstruo – hasta pensó en bautizarlo, y se detuvo a buscarle nombre –, pero sin dudas hay fenómenos reales inexplicables – ¿campos magnéticos? – que aterrorizan, y ahí está la historia que trata de darles algún sentido.

La hipótesis concebida por Stephan tenía que ver con sutiles mecanismos psicológicos que, siempre, en todo lugar y con cualquier ser humano, se disparan ante determinados estímulos. Monstruo, sin dudas, no hay, reflexionaba, pero ¿qué tal si hacemos que surja? ¿Qué sucedería?

Se dio entonces a la tarea de "hacer aparecer el abominable ser encantado que puebla las profundidades de la laguna". La mejor manera – la única – de darle vida, era hablar acerca de él. Así las cosas, comenzó una cruzada sobre el asunto. Indagó todo lo que pudo acerca de esta leyenda – fue un octogenario poblador, don Anselmo, quien más datos le aportó – para luego, con la información recabada, poner en marcha el plan.

Según lo que supe, las noches de viento es cuando se lo escucha silbar, ¿verdad?, lanzaba la provocación. Las respuestas que obtenía eran variadas: muchos no contestaban, evitaban el tema. Otros – las mujeres en general – devolvían la estocada con una sonrisa, diciendo que eran puras habladurías, que no había nada cierto. Ninguno se atrevía a decir que lo vio, pero nadie lo desmentía tampoco en forma categórica. Era un tabú.

Fue durante una borrachera que don Gilberto, a quien le faltaban tres dedos de la mano izquierda, le contó haberlo visto una noche, hacía ya años.

Lloviznaba, había mucha bruma. Yo iba a asegurar el cayuco que había usado durante la tarde, por temor a que la correntada se lo llevara. Iba solo. La verdad que sentí un poco de miedo, por todo lo que había escuchado decir. Pero, ni modo: tenía que asegurar el bote. De pronto, a unas cien varas de donde yo estaba, sentí chapalear en el agua. Cuando me acerqué, lo único que vi… Ahí se puso a lloriquear, y necesitó del aliento de Stephan para continuar. Finalmente, con angustia, terminó diciendo:

Ahí estaban las huellas… enormes, como pisada de sapo, pero mucho más grande.

Súbitamente Stephan tuvo la idea. Por dos días desapareció de su cabaña, sin que nadie supiera dónde estaba. Alguien comentó que lo había visto agarrar por el camino hacia S., el pequeño pueblito vecino a la laguna, a unas dos horas de marcha. Dicen que lo vieron regresar la noche del segundo día con un enorme paquete bajo el brazo, y la mirada encendida.

Había estado en la herrería del poblado, ayudando y haciéndose ayudar del maestro artesano, para confeccionar un raro aparato: una plancha de metal con forma oblonga, de unos 15 centímetros de espesor. Según había dicho, era para usar como matriz en los hoyos donde desarrollaría un huerto hidropónico experimental – palabra rara que inspiraba respeto. Pero en realidad constituía el inicio del plan: de unos 80 centímetros de longitud, pensaba dejar marcas de a tres por vez, remedando una huella de animal, quizá la pata de un batracio. Claro, un batracio gigante.

Esa misma noche, bien tarde, dejó las primeras trazas. La respuesta no se hizo esperar. A los dos días ya le llegaban alterados comentarios de sus vecinos.

Son huellas enormes, como de dos metros. Con esas pisadas debe ser un tremendo animalón.

¿Será el monstruo de la laguna?, se atrevió a preguntar tímidamente una desdentada viejita.

Lo mejor sería consultarte a don Gilberto, aseguró Stephan. El lo vio alguna vez, y puede sacarnos de dudas. Pero lo mejor es mantenerse tran-qui-los (no se equivocó con la palabra en esta oportunidad).

Preguntado el anciano, se sintió importante. Nunca había sido tomado en consideración como en ese momento. Por el placer de sentirse tenido en cuenta, por seguir el juego, ¿o porque era cierto que las había visto otrora?, lo cierto es que sin dudarlo un instante aseguró reconocer esas pisadas.

Las huellas continuaron apareciendo en los días siguientes. Tan grande fue el revuelo que hasta llegaron unos periodistas del principal diario capitalino. La guerra civil que años anteriores se había sufrido en el país, y especialmente en la zona rural – de hecho la laguna había sido un vertedero de cadáveres utilizado por el ejército en su campaña de desaparición de personas – no había concitado tanta atención como la actual noticia. Todos los habitantes de la región querían opinar, todos tenían algo que decir.

Bueno, sí. No le voy a mentir, ¿sabe? Yo no lo vi directamente, pero a veces, las noches cerradas, se escuchan los ruidos.

Ustedes tienen que quedarse un par de noches; seguro que si se quedan despiertos todo el tiempo, hacia medianoche se lo escucha, y si uno no hace ningún ruido y se pone en sentido contrario al viento, lo puede ver. De lejos, claro. Si uno se acerca, rápidamente se mete de nuevo al agua.

Las historias no cesaban de aparecer. Stephan desbordaba de alegría.

Se lo digo porque yo lo vi. La otra noche, el jueves, yo estaba pescando; me había quedado a propósito para verlo. Cuando de pronto, cerca de medianoche, como a unos diez metros de donde yo estaba, ¡apareció! Todo verde, con cuernos; parecía como una culebra gigante. Y hacía un ruido terrible. Yo pensé que me iba a comer la cosa esa, pero no: pasó al lado mío y ni se volteó a verme.

No faltó quien dijo que lo había fotografiado. Difícil, por cierto. Fundamentalmente porque en toda la zona, por demás de pobre, nadie tenía cámara.

Stephan, durante ese primer tiempo de novedosa sensación, había salido con mucho disimulo por las riberas de la laguna cercanas a su cabaña. Ahora, sabiendo que podía haber mucha gente esperando ver algo por la noche, y por lo tanto descubrirlo en sus andanzas, decidió alejarse más. Para ello compró un pequeño bote, donde llevaba la matriz de metal.

Lo vieron alejarse en un par de oportunidades por la noche, remando, y solo. Alguien le preguntó si no tenía miedo, con toda esa neblina, que lo agarrara el monstruo.

¡No! Mire, yo no creo realmente que haya nada de eso por aquí. Son historias, psicosis colectivas que se crean. Pero no me vengan con eso de monstruos…

Las pisadas ahora aparecieron por todas las costas de la laguna, a bastante distancia una de otras. La conmoción alcanzaba ya a la región completa.

Pasados tres meses de la desaparición del "gringo" las huellas siguieron aflorando. Su bote recién comprado, sin Stephan y con esa extraña lámina metálica a bordo – que nadie entendía qué cosa era y que finalmente fue a parar al fondo de la laguna –, apareció flotando a la deriva. Del alemán nunca más se volvió a saber nada. Su libro, dicho sea de paso, nunca se publicó. Y algo muy extraño que jamás pudo develarse es por qué, si bien el ingenio generado por el alemán era de tres patas, las huellas en torno al lago tenían cuatro dedos.