miércoles, 12 de septiembre de 2012

La Sonrisa Misteriosa

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Siempre fue muy curioso. Desde nenito, desesperado queriendo saber de donde venían los bebitos. Creyó en la cigüeña por un tiempo, pero después se decepcionó con sus padres. Le habían mentido.

Y cuando vivía con ellos y después, cuando se fue a vivir solo y con su mujer, siempre queriendo saber como eran, quienes eran los que vivían dentro de las ventanas que veía desde la suya. A quienes iluminaban las luces que veía.
Imaginaba que cada luz representaba amores, odios, tristezas, alegrías, esperanzas, ilusiones. Historias.
Y las mujeres. Para él siempre un misterio. No solamente como serían sus cabezas, que pensarían de la vida y de la muerte, de lo que para ellas es coger.
Sobre todo el misterio de sus cuerpos. Si aquellas que parecían tetas altas y redondas al sacarse el corpiño serían flácidas y caídas. O seguirían lindas. O aquel culo tan lindo. Como sería su piel. Suave o áspera. Y sus olores. El olor de sus axilas sin desodorante. De sus cabezas. De sus cuerpos. Si serian olores a flor y miel, como gustaba.
Pero había un misterio que siempre le despertaba más curiosidad: de qué sonreían -apenas sonreían- algunas mujeres. En que pensaban, que recordaban, que planeaban en ese momento.
Así fue que una vez que vio en una revista el retrato de la Mona Lisa, la Gioconda de Leonardo da Vinci, quedó fascinado.

A veces no podía dormir imaginando en qué pensaría la Mona Lisa cuando sonreía. ¿En algo que le gustaba recordar? ¿En algo que le gustaría que pase? Pero siempre algo que le causó o le causaría placer. ¿Cuál era, entonces, el misterio de la causa de esa sonrisa?
Fue por eso a Paris, al Museo del Louvre a ver el cuadro. Pero ahí fue peor que verlo reproducido en las revistas. Porque estaba siempre iluminado con lucecitas que se prendían y apagaban. Es que frente a ese retrato había siempre grupos de turistas que continuamente lo fotografiaban.
Reconoció entonces que esa misteriosa sonrisa era mejor verla reproducida en alguna revista.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.