miércoles, 12 de septiembre de 2012

Yo también me masturbo

José Sarria (desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La afición de este país por arrojar a gente al pilón sólo compite con la ancestral salvajada que algunos lugareños cometen mientras apalean, martirizan, alancean, patalean, apuñalan o, simplemente, arrojan al agua a los nobles toros, hasta su exterminio final.

Entre las múltiples variantes del lanzamiento al pilón, se encuentra la lapidación pública. Históricamente se procedía a la excavación de una oquedad en la que se introducía a la víctima (curiosamente siempre femenina) para posteriormente irle lanzando guijarros o pedruscos hasta su fallecimiento. Hoy, que somos más sofisticados, abandonados los chinarros, se procede al paseíllo público, a la exposición mediática, mientras “los más castos” del pueblo (que casi siempre son los clientes vips de los puticlubs de carretera) increpan a la pecadora a la voz de puta, zorra, pelandrusca y lindeces similares.

Para que comience el espectáculo sólo es necesario el primer escupitajo o el primer coscorrón. Y esto es lo que le ha ocurrido a Olvido Hormigos, concejala de la localidad toledana de Los Yébenes, que por hacerse una paja, como Dios manda, y enviarle las imágenes a su marido, a su amante o al cabroncete del vecino del quinto, se ha visto envuelta en una especie de torbellino popular que le acabará deparando el exilio, como ya le ocurrió a la concejala del PP de Ponferrada, Nevenka Fernández. Porque no hay que olvidar que ellas siempre serán unas putas, como enseña la sacrosanta tradición hispana.

Este es un país de hipócritas sublimes, de una desmesurada crueldad y de una miseria moral absoluta. Por ello, siempre ha estado más preocupado por los problemas de la entrepierna que por la justicia social, por la economía real o por la corrupción política. Unos cuernos o un affaire de carácter sexual siempre nos devolverá la razón para rebuscar en el cajón de la memoria las piedras con las que dar comienzo a la lapidación, mientras de fondo se escucha el rumor de un país cuya economía se desangra con la indiferencia de los lapidadores.

Me importa un bledo lo que Olvido haga con su entrepierna, con su marido y con sus supuestos amantes. Lo único que me importa de la concejala es cómo ejecuta el cargo para el que fue elegida y por el que cobra un salario de mis impuestos; lo demás es cosa de ella, de su esposo y de los presuntos ellos. Y, por supuesto, querida Olvido: YO TAMBIÉN ME MASTURBO.

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