miércoles, 24 de octubre de 2012

Andalucía y los andaluces. Carta abierta a don Juan José Ruiz


Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Recibí un pps elaborado por don Juan José Ruiz, profesor perteneciente al Departamento de Química, Física y Termodinámica Aplicada de la Universidad de Córdoba. Dice textualmente:

«¡Estoy harto! Tan harto que ya no sé si decirlo, escribirlo, gritarlo o ponerlo con hache intercalada. Harto de que a los andaluces se nos etiquete de vagos, sin criterio, apesebrados, subsidiados o incultos. Harto de que se nos asocie únicamente con el flamenco, la juerga, los toros y el vino. Harto de ver en las series de televisión los papeles de criada, analfabeta o tontitos con acento andaluz. (¿No hay ningún presentador de informativos con nuestro acento?). Harto de nuestra sociedad subsidiada, cateta y sin criterio. Cansado de que se menosprecie nuestro acento. Harto de ver andaluces que únicamente triunfan en el programa de Patricia, Gran Hermano y similares. Harto de Jesulín, de Pozi, de Pantojas y Jurados. Harto del Risitas, de Romerías del Rocío y Feria de Abril. Harto de la duquesa de Alba (a la que hicieron hija predilecta de esa tierra, tócate los pirindolos), de su hija, de sus hijos, de su yerno y sus trajes de flamenca. Y ahora de su boda. Harto de Loperas y musho-beti, de cuentachistes, de famosillos de tercera división, de Malayas y de Faletes. Harto de toreros que se lían con fulanas, del botijo y la pandereta. Harto, cansado, hastiado, aburrido me tienen. Ojalá alguna vez los medios de los millones de andaluces que se levantan cada mañana para levantar esto, o de nuestros padres y abuelos que emigraron hace décadas a suiza, Cataluña y País Vasco para trabajar donde nadie quería. Ojalá se acuerden de que hablamos con acento andaluz abogados, marineros, médicos, albañiles, arquitectos, investigadores de alto nivel, camareros, taxistas, prostitutas, jueces, agricultores… Ojalá quienes hablen de nuestra incultura se acuerde de Séneca, Maimónedes, Alexandre, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Machado, Falla, Zambrano, Picasso, Velázquez, Murillo, Trajano, San Isidoro, Pomponio Mela, y muchos más… Ojalá se acuerden de millones de personas que trabajan cada día desde Ayamonte hasta el Cabo de Gata, y de millones de andaluces que siguen haciendo Andalucía más allá de Despeñaperros… Ojalá diera esto la vuelta al mundo, aunque temo que se quedará perdido en el inmenso océano de internet».

En primer lugar y con el mayor respeto, le manda un abrazo solidario un viejo Maestro de Enseñanza Primaria que estrenó su título en el año 1959. No pretendo replicarle, sino complementar sus atinadas palabras.

Por lo insólito, nadie entiende que Finlandia, pequeña nación europea de poco más de cinco millones de habitantes que –aunque posee bosques, carece de yacimientos minerales y de recursos energéticos– haya logrado metas tan elevadas. Pero manufactura muy bien, tiene personal muy cualificado, posee un nivel de corrupción llamativamente bajo y, sobre todo, solo un 8% de los alumnos no terminan los estudios obligatorios frente a un 30% de españoles y un 37% de andaluces que los abandonan, según un reciente informe de la Unesco.

Usted sabrá que si cada uno de los andaluces nos hacemos singulares, tantas distinciones acumuladas terminarían más como carencia impulsora que como virtud a destacar. O sea, que presumir de los Machados, Trajanos o Lorcas puede nublar el valor del esfuerzo colectivo. Convendrá conmigo, más desde su actividad laboral, que la necesidad del trabajo en equipo resulta imprescindible en este momento histórico. Los Marconis, Teslas o Cajales son muy difíciles que surjan en la actualidad. Es una básica red cultural la sustentadora de todo: desde lo intrínseco hasta una escala de valores éticos.

Fui educado por mis padres e impulsado por la necesidad. Quizá las cartillas de racionamiento y las seis horas de clase (incluidos los sábados), más los deberes diarios con otros obligatorios en verano, lograron que aprobase el examen de ingreso al bachillerato sabiendo leer, escribir y con el suficiente cálculo para defenderme en la vida. Un ritmo de trabajo similar lo tienen los alumnos de Corea del Sur, nación que tras una no tan lejana guerra está situada en el cenit. Entonces, en mi época, solo bastaban unos tinteros de porcelana, una plumilla de corona, una enciclopedia y, sobre todo, un maestro vocacional provisto de tiza y pizarra respaldado por unos padres que lo apoyaban incondicionalmente. Olvidaba otra cosa que hoy suena a blasfemo: una disciplina como medio indispensable para apoyar el proyecto.

Pero un mal día llegaron los pedagogos, henchidos de ideas, traumatizados por los traumas que en los niños veían, cargados de revolucionarias teorías paridas en sus pulcros despachos, aliados con la corrección política y en absoluto críticos con una administración que cambiaba de planes para un volver a empezar y confundir. En fin, ya lo sé, cada uno se gana la vida como picarescamente puede. Todo lo envolvieron en eufemismos y apareció una burocracia de tal calibre que cercenó el valioso tiempo para enseñar. Los informes, solo legibles para los iluminados, desalojaron al alumno como protagonista del hecho educativo y desconcertaron a los padres. Lo viejos docentes que denunciábamos la llegada del gran fracaso nos convertimos en fósiles que estorbaban, señalados como blancos de expedientes. Y llegó, no por sapiencia sino por una lógica elemental, el fracaso que la Unesco denuncia.

Dejado el apasionamiento y vuelto al frío, quiero decir a Finlandia, los alumnos tienen durante los seis primeros años el mismo maestro para estabilizar lo emocional. Permanecen enlazadas las tres estructuras fundamentales: la familia, la escuela y los recursos: bibliotecas, ludotecas, cines… Los padres saben que son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los acompañan a la biblioteca los fines de semana, por citar un ejemplo. Es verdad que tienen una formación luterana basada en la responsabilidad que fomenta la disciplina y una climatología que los empuja a vivir en casa, pero quizá lo principal sea el considerar los finlandeses que el tesoro de su patria los constituye los niños. Por ello les exigen a los profesores de primaria una alta cualificación, más de un 9 sobre 10 como media del bachillerato. Dicen que es un honor nacional ser Maestro de Primaria porque la formación del alumnado es la clave para el desarrollo del país.
De vez en cuando le pregunto a un amigo, profesor de Derecho, qué tal llegan los alumnos. «Mal, no saben expresarse por escrito. Poseo una hilarante colección de anacolutos. A muchos los apruebo porque intuyo que saben. Ni te comento a la hora de ordenar las ideas cuando conversan. ¡Y son de letras!».

Don Juan José, en gran parte de su agradable pps aparecen alusiones a la televisión y revistas populares, extendiendo una falsa imagen de lo andaluz. Estoy de acuerdo, pero al tener que aceptar que nuestro pueblo pierde un tiempo precioso viendo la televisión y gastando euros en la compra de las insulsas revistas, ponemos de manifiesto unos intereses que sostienen el negocio. Perdone, profesor, pero aquí discrepo: nuestra gente está apesebrada.

Daría para muchas páginas detenerse en la situación actual y futura de un pueblo que tiene de presidente –un ejemplo más– a un señor madrileño y que todavía no logró nuestro acento porque su formación básica la hizo en Madrid al ser su padre oficial del cuarto militar adjunto a la casa del Caudillo.

He cumplido su ruego: darle a sus palabras más difusión, aunque temo que pasarán muchos años antes de que remediemos un mal endémico. Los hijos e hijas predilectos o adoptivos seguirán en su mayor parte siendo artistas o personajes esperpénticos cuyos méritos los ensalzó los por mí llamados “medios opiáceos de la comunicación”. Usted y sus colaboradores se dejarán las pestañas en el laboratorio como unos tipos raros, anónimos, dependientes de un modesto sueldo. En lugar de haber perdido tantas horas en el estudio bien podrían haber optado a ser unos Messis o políticos, de esos que llenan sus arcas sin cualificación alguna. Porque de eso se trata: de enriquecerse a toda prisa. Lo demás, todo lo demás son tonterías.


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