miércoles, 17 de octubre de 2012

Con motivo de la muerte de Hobsbawm: Una visión global curiosamente parcial


Guillermo Almeyra (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Reseña de Age of Extremes- The Short Twentieth Century 1914-1991 Eric J. Hobsbawm, Pantheon Books, Londres, 1994 (Historia del Siglo XX, Cl. Cúlica, México, 1996) Publicada en Viento del Sur, México, Nº7, verano 1996, págs 78,79 y 80.

El objetivo de este libro del conocido y prolífico historiador comunista inglés, es enciclopédico; Hobsbawm trata, en efecto, de abordar históricamente el desarrollo de la sociedad (política, economía, artes, ciencias, visión popular del mundo, etcétera) durante nuestro siglo. Para ello divide este desarrollo en tres fases: la edad de la catástrofe, época de guerras mundiales y de revoluciones; la edad de oro, período de guerra fría, cambios sociales y culturales, liberación nacional, constitución del sistema “socialista real”; y, por último, el derrumbe, fase de crisis e irracionalismo que lleva hacia un tercer milenio lleno de incógnitas y peligros. En la elección de estas definiciones hay también una definición cultural-política.

El autor considera que lo que fue en realidad el derrumbe de la fase anterior a 1914 y el nacimiento (cierto que sangriento y doloroso) de una nueva fase, es la catástrofe. La edad de oro (por otra parte, igualmente sangrienta) sería en cambio la del statu quo, la “coexistencia pacífica”, las reformas resultantes del miedo a la revolución y de la postergación sine die de ésta, la de reconstrucción del capitalismo. Ve, por consiguiente, las dos primeras fases desde el punto de vista del sistema pero, curiosamente, se refiere a la tercera- el derrumbe- no como una nueva fase en el desarrollo de éste, como la conclusión de un proceso de reconstitución ayudado fuertemente por la “coexistencia pacífica” y el “socialismo real”, sino como una caída desastrosa de éstos y de sus ilusiones.

El libro, de todos modos, es un verdadero monumento de fin de época y está lleno de referencias bibliográficas y sugerencias de lectura (que ocupan unas cuarenta apretadas páginas). Por lo tanto, es muy útil para los estudiosos y para quienes se interesan por la historia, las ciencias políticas, la economía, la historia de la cultura, la historia de la ciencia. Es una importante tentativa de respuesta cultural a la mundialización, una real invitación al pensamiento-mundo.

El autor toma del húngaro Ivan Berend el concepto de siglo breve pues, en su opinión, el siglo que está acabando comienza en realidad en 1914 y termina en 1989 (de acuerdo a esto estaríamos ya en el siglo XXI mientras la fase anterior habría nacido con la revolución en Estados Unidos en el siglo XIX y durado hasta la Primera Guerra Mundial).

Vale la pena reproducir una página que resume a la vez la visión histórica global y los límites del autor:

Es una ironía de este extraño mundo que el resultado más duradero de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era derribar al capitalismo en escala planetaria, haya sido el de salvar a sus propios enemigos, sea en la guerra, con la victoria militar sobre los ejércitos hitlerianos, sea en la paz, dando al capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial el incentivo y el miedo que lo llevaron a autoreformarse: en efecto, el capitalismo extrajo de los principios de la economía planificada de los regímenes socialistas, entonces bastante populares, algunos métodos para su reforma interna. Sin embargo, incluso cuando el capitalismo liberal había sobrevivido a duras penas al triple desafío de la crisis económica, del fascismo y de la guerra, tuvo que enfrentar el avance mundial de los movimientos revolucionarios, que entonces podían reunirse en torno a la URSS, surgida de la Segunda Guerra Mundial como superpotencia.

Hoy, sin embargo, podemos comprobar con una mirada retrospectiva que la fuerza del desafío mundial al capitalismo de los movimientos socialistas estaba en función de la debilidad del antagonista .Sin el derrumbe de la sociedad burguesa del siglo decimonono en la edad de la catástrofe no se habrían producido ni la Revolución de Octubre ni la Unión Soviética. Sin la crisis de la sociedad burguesa, el sistema económico improvisado con el nombre de sistema socialista sobre las ruinas de la estructura rural euroasiática del imperio zarista no se habría considerado a sí mismo, ni habría sido considerado por los demás, como una alternativa mundial realista a la economía capitalista. Fue la gran crisis económica de los años 30 la que le confirió ese papel aparente, del mismo modo que fue el reto del fascismo lo que transformó a la URSS en un instrumento indispensable para derrocar a Hitler y, por consiguiente, en una de las dos superpotencias cuyo enfrentamiento dominó, a través del equilibrio del terror, la segunda mitad del siglo breve, dando estabilidad –como se ve hoy claramente- a las estructuras políticas internacionales. En caso contrario, la URSS no se habría encontrado a la cabeza del campo socialista, que comprendía una tercera parte de la raza humana –como le sucedió durante quince años a mitad del siglo- ni se habría difundido la opinión, aunque durante breve tiempo, de que su economía habría podido superar a la del capitalismo.

Damos una disculpa por esta larga cita, pero ella condensa la visión del autor que, pese a su erudición y al calificado cuerpo de asesores, consultores y ayudantes, no puede escapar a la visión no dialéctica, mecanicista, propia del stalinismo que lo formó políticamente y con el cual no ha roto por completo en su visión del mundo.

En realidad, el capitalismo actual probablemente no existiría si en 1927 la Segunda Revolución China no hubiese sido llevada al desastre[i][1] (abriendo después el camino a los otros infortunios resultantes del maoísmo, que incluyen el actual curso en China), y si la política sectaria del “socialfascismo” [2][ii]no hubiese abierto a Hitler el camino al poder en 1933; todo el panorama europeo habría cambiado y con él, incluso el mundial. Estados Unidos no era una potencia militar ni política de primer plano y no podría haber hecho nada si el ejército ruso hubiese cumplido con su pacto de defensa mutua en el caso de la invasión de Checoslovaquia, cuando el nazismo aún no había rearmado a Alemania.

El haber tratado de evitar la radicalización de la revolución española, reprimiendo a los anarquistas-que eran la mayoría de los trabajadores- y a los trotskistas, negándose a permitir una reforma agraria o la independencia de las colonias tratando de no espantar a los gobiernos de Francia o Inglaterra, que temían más a la revolución socialista que al avance del nazifascismo, colaboró tanto para preparar la guerra y salvar al capitalismo como las colectivizaciones forzadas en la agricultura soviética (en 1936), las deportaciones masivas de millones de campesinos, las terribles purgas en el ejército, la destrucción de los opositores en el partido. Sin el Pacto germano-soviético y la neutralidad consiguiente de los partidos comunistas ante el nazismo, las destrucciones y pérdidas en hombres y en la economía durante la inevitable guerra con Alemania habrían sido mucho menores, y menor, por consiguiente, después de la Segunda Guerra Mundial la debilidad relativa de la URSS destruida y desangrada frente a Estados Unidos, que no sólo no había sufrido sino que se había enriquecido con el conflicto. Si Stalin y sus secuaces no hubiesen trabajado duramente para salvar al capitalismo (en la revolución española, en los llamados “frentes antifascistas” que sometían los intereses de los trabajadores a la negociación con los aliados, en cada una de las revoluciones, que condenaron en nombre de la unidad nacional) el capitalismo probablemente no habría salido indemne ni de la guerra ni de la paz.

Por supuesto, la historia no se hace con los “si” y no es seguro que otra política habría conducido a la liquidación del capitalismo, por lo menos en Europa y en Asia. Pero Hobsbawm excluye el papel de la URSS en la historia contemporánea y, en la URSS misma, excluye el del stalinismo y cree que la historia está regida por la fatalidad y que si sucedió así no podría haber sucedido de otro modo. Por consiguiente, no refiere ni explora las alternativas potenciales que se presentaron en cada momento y no tiene en cuenta tampoco la política de Stalin y de los partidos comunistas en la reconstrucción europea y mundial del capitalismo y en el establecimiento de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo que, efectivamente, “dio estabilidad a las estructuras políticas internacionales”.

Hobsbawm cree que la Revolución de Octubre, paradójicamente, salvó al capitalismo. Pero no ve que todas las revoluciones se produjeron no sólo sin la URSS sino a pesar de ella, como la yugoslava, la china o la cubana. Ni que la URSS hizo de todo para mantener el statu quo con el imperialismo, no para eliminarlo y que, por lo tanto, la URSS de Stalin y la burocracia soviética que formó los Yeltsin, en el mejor de los casos tienen con la Revolución de Octubre la misma relación que un cáncer de cerebro con ese órgano vital.

Para Hobsbawm el hecho de que “los movimientos revolucionarios pudiesen reunirse en torno a la URSS” no exige un estudio de por qué los partidos comunistas no dirigieron esos movimientos (o se opusieron a ellos) en las colonias de los aliados, desde Indonesia hasta la India, desde Argentina hasta Argelia, o se disolvieron durante la guerra dejando así el campo libre a direcciones que, como la de Nasser en Egipto o la de Siad Barre en Somalía, se “reunieron” durante un período con la URSS pero para negociar con Estados Unidos en mejores condiciones, hasta entregarse a éste. Hay que recordar que Stalin había propuesto a Mao Zedong un gobierno de unidad nacional con Chiang Kaishek y a Tito un gobierno con el rey Pedro… ¿Cómo decir entonces que “después de 1956” los partidos comunistas perdieron su “corazón revolucionario”? (consúltese la página 95 de la edición italiana del libro).

Por otra parte, las revoluciones siempre nacen de las contradicciones de los sistemas que las engendran y, en la lucha entre las clases como en cualquier otra lucha, la debilidad de uno constituye una buena parte de la fuerza de su adversario. Por lo tanto, no es gracias al capitalismo que la URSS nació y se reforzó sino, por el contrario, fue gracias a la política de la URSS stalinista que el capitalismo se mantuvo a pesar de su debilidad y consiguió posteriormente reforzarse y vencer. Además, como lo demostró la historia reciente, sigue siendo un mito hablar de “campo socialista” confundiendo la fusión entre los partidos “socialistas” y el Estado con la existencia de un sistema alternativo al capitalismo…

Es imposible resumir los muchos y valiosos análisis que contiene esta obra enciclopédica, He preferido, por lo tanto, marcar su debilidad principal y dejar al lector el placer de disfrutarlos. Creo, sin embargo, que el vicio de fondo es grande y que frente al mismo resulta incluso pecata minuta la serie de imprecisiones sobre la historia latinoamericana, como la que atribuye un carácter revolucionario a la Reforma Universitaria nacida en Córdoba, Argentina, en 1918, o la confusión entre la marcha de Luiz Carlos Prestes y el “tenientismo” brasileño (que era una expresión de la radicalización de la clase media democrática en uniforme), o de la rebelión campesina y antiimperialista de César Augusto Sandino en Nicaragua, con las guerrillas de los años 50-60 o con la lucha armada contra Anastasio Somoza, o la idea de que el problema del imperialismo estadounidense no era importante en América Latina en los años veinte, o el olvido de Cuba (la lucha contra Machado y Grau San Martín), o el del nacionalismo portorriqueño durante las dos guerras, etcétera.

El mérito principal del libro- ya lo hemos dicho- consiste en el intento de pensar globalmente, incluyendo toda la vida de la sociedad, y de tratar de desprender de la misma algunos elementos –los cambios económicos, culturales, sociales, demográficos, en particular- para poder comprender cuáles vías se abren en el futuro. Si la visión global es parcial debido a su enfoque y también porque falsea algunos puntos o silencia otros, ello se debe quizás a que nuestro siglo debe ser analizado con gran amplitud por una vasta cantidad de especialistas en diversos ramos, unidos por una misma concepción histórico-filosófica, aunque con diversos matices en la interpretación. La tarea supera las fuerzas y la capacidad de cualquier historiador aislado. Ahora bien, es difícil encontrar los enciclopedistas, los Diderot y los D’Alembert de nuestra época.

Notas:

[i] [i] Fusionando primero el P.C. chino con el Kuomintang burgués y después organizando un levantamiento aventurero en Shangai y Cantón para presentar un “triunfo” al Congreso de la Internacioanl comunista, y derrotar a la Oposición de Izquierda.
[ii] Stalin y el PC alemán calificaban a los socialistas, mayoritarios en la clase obrera, de “socialfascistas” y llegaron a apoyar los movimientos nazis contra éstos, que consideran eran el peligro principal,


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