miércoles, 10 de octubre de 2012

Crítica literaria: “Nada se oponen a la noche”, de Delphine de Vigan


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Delphine de Vigan
Nada se oponen a la noche
Traducción de Juan Calor Durán
Anagrama

Cantar en versos sentidos o narrar con buena prosa la historia de una familia es arte común en la poesía y la novela. La escritura, verso o prosa, es un venero fluyente, inagotable, al que acudir a rememorar las vivencias familiares, el recuerdo de la juventud y el trajinar de la lucha diaria por la vida. Así, hasta la fecha, viene sucediendo, y, creo que, pese a todas las modernidades, continuará borboteando la música de las palabras como fuente literaria. Y no hablemos de los adioses queridos y no menos añorados, las vivencias de las sagas familiares. Es esto lo que encontrará el lector si decide asomarse a esta escritura literaria que se inicia como una investigación policial que indaga por medio de una serie de pistas lograr a través de los medios más cotidianos ir componiendo y poner en claro los enigmas intrínsicos del posible suicidio de una madre. Compleja aventura que le exige a la propia escritora un ejercicio narrativo de difícil equilibrio para que la narración sencilla y a la vez compleja sea transparente y pueda mantener, pese a los riesgos que la trama impone su inquietante lectura para quienes han abierto el libro entre sus manos. Apuesta que se logra en acto de valentía de sencilla grandeza en estos tiempos tan chabacanos y ambiguos como los que nos infectan.

La escritora francesa ofrece al lector en esta historia que flota sobre el éxito en su país, Francia, en 2011, con 500.000 ejemplares vendidos, con esta emocional estrategia literaria autobiográfica, en la que la desnudez y claridad expositiva muestra con valentía toda la endemoniada que ha sido la vida de su madre. Esta es la trama de la novela, necesidad vital transportada a la esfera literaria iniciada tras la muerte de ella. Una reconstrucción de la personalidad de una mujer atípica, inconformista que se enfrenta en diferentes facetas de su vivir con todas las consecuencias múltiples favorables y desfavorables experiencias con una voluntad que impresiona por ese pulso que mantiene consigo misma entre fallecimientos y resurrecciones, propio de su carácter siempre al borde de los desequilibrios en el filo del abismo de la locura, pero sin perder en ningún momentos el cariño y la intimidad de los suyos pese a dolor y la carga sicológico que significó la bárbara actitud del padre que llegó a violarla. Un Pulso frente al espejo de la escritora que en más de una ocasión en el transcurso de este drama real produce honda angustia en ella misma consiente de lo que está escribiendo para hacerlo público, lo que no deja de ser un verdadero desafío y valentía no muy usual en este género literario por el desequilibrio que sin ninguna duda.

Porque como la misma autora e hija del complejo personaje manifiesta: “Escribo de Lucile, mi madre, con mis ojos de niña que creció demasiado deprisa, escribo ese misterio, que siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana, ella, que, desde que cumplí diez años, nunca más me cogió en brazos” sin embargo la densidad humana de esta hija que se arriesga con una decisión emocional admirable de total entrega, para dar vida real a tan compleja personalidad de la mujer que la dio la vida. Muestra valiente y desafiadora deseosa de cerrar heridas abiertas muchos años atrás. Fruto de toda una “silenciosa negociación consigo misma, pensaba que no me gustaría nada introducir ficción, y que no tendría en llenar de lagunas”. Historia densa y emocional que rompe moldes y saltas todas las fronteras de lo común y hábitos rutinarios de quien calculando los pros y los contras, optó pese a los riesgos y consecuencias, pagar una altísima factura antes de llevar una vida vegetal, simplemente un objeto anodino, soportando el abuso familiar que es en verdad el golpe durísimo incrustado en su mente.


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