miércoles, 24 de octubre de 2012

El micro trucho de las seis y media


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Dios no es de fiar”, advirtió Saramago. Octubre, como la gente, según Bradbury, parece desencantado con su vida, y con la vida. La conducta social es bastante ilustrativa. Parece que una canasta de palabras, inagotable, se requiera para cada caso .Pero lo que veo, en la calle, el tren, el colectivo, por donde va transcurriendo, esa vida parece dominada y repito parece, porque el semblanteo, no da para el balance de caras.

Para pensar con cierto orden, en el orden cierto de las cosas, suelo refugiarme en mi casa de Alejandro Korn, luego de un breve paseo bajo las palmeras, por si las moscas, acompañado por el trío perruno que no se rinde ni cuando los ponen en riesgo. De todas formas son silenciosos asistentes, con que haya uno que hable suficiente.

En este apocalíptico 2012, profetizado por los Mayas, versión ya revisada y más tranquilizadora, aquella afirmación del portugués, que se buscó a Dios para discutir, me parece que sigue vigente.

Comencé a elucubrar cual podía ser la forma conveniente para zafar del problema. Ya el tiempo venía hostil y entonces me fui hasta la Plaza Grigera en Lomas de Zamora, emblemática y tributo al organizador de la rebelión de los granjeros (1811), aunque esa palabra –granjeros – no se adecuaba a ese tiempo. Mejor hubiera sido decir, chacareros, pero tampoco me convenció.

Caminé las cuadras ineludibles. La cola en la parada del 51, con ramales que me podrían llevar de regreso a Alejandro Korn, comenzaba a reptar y crecer realimentándose, a medida que los pasajeros ferroviarios se iban enterando, de que la marcha del retorno iba a ser difícil. Los que estaban delante y cómodos, sabían que podrían subir en el primer colectivo que parara.

No era lo mismo para los que continuaban la gimnasia del aguardo, donde ya se advertía que la impaciencia, como el miedo, crece desde la ignorancia de que es lo que va a pasar. La avenida Hipólito Irigoyen hacia la Ciudad Autónoma, era una mancha gris salpicada por reflejos metálicos provocados por el sol que ya empezaba a saludar, despidiéndose.

En el movimiento, por mucho esfuerzo que hiciera, no se veía colectivo alguno que viniera en nuestra dirección. Éramos un grupo de perdidos en el desierto, esperando el paso de un safari equivocado, cuando ya esa actividad no se usa. La intranquilidad va en aumento, como el frío que se cuela por la ropa y se expande para consolidar el temor a la incertidumbre.

Media hora después, cuatro figuras mecánicas con los colores de la empresa transportistas, aparecieron en el horizonte, para generar alegrías expectantes, como si fuera a suceder algo milagroso. Bueno, milagroso era verlos pero sin saber cual era su destino. Cuando comenzaron a llegar el desánimo se extendió, como el rumor, porque sólo se detuvo uno, los otros venían cargados de gente que apenas respiraba. No pudimos hacer otra cosa que verlos pasar, como a los actores que desfilan por la alfombra roja. El único parecido es que estábamos detenidos, colgados mirando la fiambrera, la mejor postura de los gatos de Zaragoza.

Así, se fueron sucediendo las: paso y no me detengo, y la caravana de amarillo y celeste se agitaba ante nuestros ojos, pero sin solución. Una hora más se consumía como la brasa del cigarrillo que fumaba, ávidamente Luís, un correntino llamado por su amigo Lucas, quien descansaba en el cantero de la plaza, mientras Luís hacía la cola para los dos. Eran mis anteriores pasajeros. Más adelante empezaban a formalizarse las deserciones, resignadas partidas, vaya uno a saber donde.

Quedamos, finalmente, Luis, Lucas y yo, casi como primeros, descontando una familia azorada por el plantón. Repentinamente, Luís con los ojos brillosos de excitación hizo señas hacia nosotros, formalmente detenidos y alineados en el cordón de la vereda, no entendí, al principio, de que se trataba, pero Lucas, viejo compinche del otro, supo que algo estaba acercándose y nos podría salvar.

La seña de Luís ahora era una bengala en la oscuridad –ya se estaba iniciando –, cuando pude ver de que se trataba. Un micro despersonalizado, indescifrable, pero en buenas condiciones, para ser trucho, con un cartel, en realidad un pedazo de cartón escrito con marcador y “la oferta” en el parabrisas, donde anunciaba hasta Glew, pasaje diez pesos, nos avalanzamos. Pude subir, gracias a estos dos socios de la vida, y detrás el malón. Miré con el apuro compulsivo que da la presión de la gente, para ver que éramos lo más parecido al arca de Noé, si hubiera estado lloviendo, algo que acechaba.

La piara que integramos, se podía clasificar, porque había de todo un poco y más de un ejemplar para conservar la especie. Todos quedamos, finalmente, sentados y eso en estos tiempos de escasez es un logro. Pasajeros de la pesadilla.

En realidad la pesadilla era como viajar, luego de que algún vecino sur urbano, se sintiera atacado por algo en sus intereses y en su enojo arremetía contra las vías del ferrocarril, para cortar el servicio. Creaba, eso si, la sensación de que nunca sabías como llegabas y con que volvías.

Gorras con visera y mochilas, las había de cualquier color y formato, adivinar las profesiones era más difícil. Incluyendo otras, que se mezclan, como en la vida. Hombres y mujeres, en su mayoría desconocidos entre si, con edades diferentes, ocupaban los asientos en ese viaje que podría marchar rumbo a Saturno o, como rezaba el cartel del parabrisas, a Glew.

Los murmullos de quienes elegimos pagar “por volver”, asordinaban ese atardecer que se despedía, lánguido, para dejar su lugar a las sombras que llegaban. A mi alrededor, un bullicio inesperado me sacó de las cavilaciones. Un niño que, con perdón, rondaría los seis, siete u ocho años, era requerido por su mamá, por lo menos así lo parecía, para indicarle que se aproximara al conductor del micro y consultarle sobre el valor del pasaje. Me quedé tieso. La mujer portaba dos chicos más, y su duda, en realidad, anticipaba que marchábamos a un momento complicado.

El conductor tenía decidido cobrar los pasajes cuando los pasajeros descendieran, sería por alguna comodidad que no se me ocurría. Protestas larvadas no influían en la decisión de los viajeros que, lo único que privilegiaban era el regreso, con o sin gloria.

Yo estaba sentado por la mitad del micro del lado del pasillo y tenía por pasajero a un flaco, conectado por sus auriculares con la música, en apariencias distante de lo que lo rodeaba. En el asiento anterior al nuestro otro, también como la mayoría con antenas incorporadas, lucía una remera oscura con la lengua stone, saludando al rock and roll.
El chico enviado a consultar al conductor sobre los pasajes, regresaba con el abandono pintado en su mirada.

Lo escuché porque ambos, él y su madre, que portaba al más chiquito en la falda, trataban de dar forma al escollo de ese viaje infortunado. Ma, dijo el niño, dolido, tenemos que pagar cuatro pasajes de diez pesos cada uno. La mujer palideció. ¿Cómo diez pesos?, estalló nerviosa. A partir de allí, entre ambos, el desconsuelo crecía y las lágrimas no tardaron en llegar en ojos de la mujer. No sé cual sería su situación, pero me pareció extremadamente afligida. El conductor miraba por el espejo interior para saber que hacer porque debía proseguir la marcha

El cuadro del fracaso, luego de que la madre revisara cartera, bolsas y monederos, mas requisa de los abrigos de los chicos y el suyo, dio como resultado una escuálida cosecha que los tuvo, como el espejo, reflejados en una derrota más, que les propinaba la vida. Esa vida, la suya, no era otra “Maravilla”. Apenas una tristeza. Pero que la alcanzaba.

Mi compañero de asiento quien parecía abstraído en lo que escuchaba me palmeaba el brazo para avisarme que contribuía con dos pesos, para que se los alcanzara al niño. El portador de la remera con lengua roja, le musitó al chico, con voz suficientemente alta, yo pago la diferencia que falte. Lo dijo luego que, incluyéndome, la ronda de pasajeros solidarios confluyera hacia la madre que alineaba y contaba los billetes algo mugrosos es cierto, pero que la fueron tranquilizando. Otra pasajera la abrazó cuando la cuenta se acercaba al número suficiente. Todo ese movimiento nos hizo olvidar de la marcha que reemprendió el conductor, mientras subían los últimos

Me pareció que le debía una disculpa a Yon, por el largo parlamento, el tiempo sigue moviendo la fe sin llegar a la montaña. Me pareció, también, que debía, yo, dejar de lado mi indiferencia agresiva, para con él, porque sentía que no podría hacer silencio.
Por otra parte, la duda sembrada es verdad sepultada. La marcha fue tan desigual como el suceso que felizmente se cubrió. Para mí un cachetazo dado por el concurso solidario de la realidad, de la que tanto me lleno la boca críticamente.

Una llegada a Glew donde la gente alineada en las asombradas colas de pasajeros, de los distintos micros, que son varias, miraban nuestra llegada y descenso que se parecía a la armada Brancaleone batiéndose en retirada. Allí trasbordé con rumbo a Alejandro Korn a un micro local blanco, del susto no, pero la ciudad de Soldi resignaba su protagonismo por la llegada inopinada de pasajeros que habían extraviado el tren.

Una experiencia global que significó mucha demora. Supuse, equivocadamente, que Yon se habría marchado. No era cierto. Allí estaba haciendo una siesta reparadora, por la amabilidad con que me recibió luego de notificarme que se había enterado del incidente ferroviario. Nunca me lo hizo saber. como tampoco le di cuenta y él, sagaz, no me lo preguntó. Silencios sucesivos y ausencia de aclaraciones que suelen confundir a todos, menos a nosotros. Lo cierto es que yo estaba sin comer y de común desarbolado. Convencido que tanta fatiga tendría que mejorar con el final del día.

El vasco me sonrió y todo quedó entendido, incluso que no había necesidad de explicar lo inexplicable. ¿Vamos a comer? Fue su santo remedio. Por supuesto que acepté, en homenaje al hambre, ir a cualquier destino aceptable por lejos que estuviera. El, lacónico dijo Palermo y yo cerré los ojos, la resignación tiene mi cara sin espejo delator.

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“Luego de ser coronado como mejor restaurante peruano de Argentina (y entre los 10 del mundo), este abrió su nueva casa, Tijuán. Los mismos sabores increíbles. Las claves: un trabajo dedicado, solidez en la propuesta, muy buena cocina y paciencia”, historió el vasco como si estuviera a punto de describir la primera cruzada del Occidente cristiano.

“Esto es una cevichería”, cuenta Iván, encargado de las cocinas de los sitios innombrables. En el local, las cocinas están a la vista, las mesas del fondo, quedan alumbradas, el comensal se puede asomar así a los colores y a los perfumes de los platos, entre Iván y el vasco, me dieron más informaciones obviables.

Las conchitas a la parmesana y con el queso fundido formando una costra en la superficie, estaban buenas; la jalea es aceptable. Los rolls salen de la barra, al mando de un peruano de ascendencia japonesa, bien armados. Y el ceviche mixto es bueno, fresco y con presencia del ají amarillo. La sorpresa son las empanadas, que en una masa frita, apenas crocante, trae tres rellenos distintos: de centolla, de ají de gallina con langostinos y de picante de camarones: Regado por vinos de López, que es cosa sería y de fe.

La literatura parece una trompada a la muerte. Este episodio perdido, se rehace sólo para probar que la gente siempre te da sorpresas. Un texto que me devolvió el viento. Y por mucho que te esfuerces, pequeña o grande la anécdota, lo que queda es lo que hay, me lo dije en voz baja y sin ayuda.


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