miércoles, 31 de octubre de 2012

Jeymi y la danza de los recuerdos


Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Lavó las escasas ropas que tenía y las tendió en una cuerda improvisada. Jeymi disfrutaba, de alguna manera, viendo como las prendas parecían danzar un baile cadencioso, por eso todas las mañanas repetía la escena.

Libres, apenas dirigidas por las oleadas de suave brisa que traspasaba los barrotes tras los que ella estaba condenada a pasar muchos años.

Tarareaba una melodía suave, cuyos acordes eran un poco arrancados del recuerdo de las canciones de su abuela, cuando ella y sus hermanos eran pequeños.

-Tarará-ra-rá, ay ay ay- tarará-ra-rá, cantaba, acompañando con su cabeza la melodía nostálgica.

-¡Ay no! se dijo. Es demasiado triste como me salió, más bien parece una marcha fúnebre, pensaba, mientras cambiaba la melodía por otra que también fue desechada.

-¡Como me hubiera gustado poder cantar, tener buena voz, pero ni eso! Recuerdo cuando en el campo lo hacía y mis hermanos reían diciendo que parecía una rana.

¡Canta la ranaaaaaa!, gritaban y salían como disparados monte adentro.

Por suerte, la abuela me sentaba en sus rodillas y me decía que cantáramos juntas, que a ella le gustaba mi voz, no como a esos bandidos hermanos que tanto me mortificaban, se dijo haciendo un mohín con sus labios pálidos de encierro.

-¡No! volvió a pensar, no me mortificaban. Éramos niños y aunque la vida nos golpeara tanto, lográbamos reír entre las corridas que hacíamos para escondernos tras las matas de café.

Jeymi sonreía, los recuerdos a veces tienen la particularidad de modificar hasta las situaciones más espantosas, logrando convertirlas en pasado risueño. Es tal vez como una autoprotección que nos creamos para no permitir que las heridas sigan sangrando.

Seguía mirando el bailoteo de sus prendas, cada vez más lento, como si se fueran paralizando a medida que secaban. Ella parecía transportada hacia otra dimensión donde la vida podía ser diferente.

Era tan poco lo que podía hacerse allí, apenas tratar de no enloquecer dejando que los días corran sus maratones hasta alcanzar al siguiente.

La blusa ya estaba casi oreada, los pantalones demoraban un poco, su danza era más pesada, no tenía la gracilidad de la otra y por eso seguía bailando un rato más, haciéndolo muy mal.

-La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, intentó nuevamente, e inmediatamente pensó: ¡¡¡Ay que no!!! Reía con risa casi transparente, como si estuviera en el campo y la realidad se hubiera espantado hacia otro sitio.

-¡Esta es la música de nuestra marcha! Se dijo, sorprendida.

Sí, ese era el himno con el que empezaban el día mientras la noche mostraba resistencia a desaparecer empujada por el sol que buscaba su lugar, en la espesura de una selva de verdes matizados.

¡Nuestra selva! Y la emoción se adueño de su alma noble.

-¡Nuestra marcha, cuánto hace que no puedo escucharla! Era bellísimo estar con los compañeros y compañeras proyectando mañanas perezosos que no terminan de aparecer aunque a veces sintiéramos que las estábamos atrapando.

-Cuando mataron a María lloramos todas abrazadas. Cuando cayó herido Raúl tragamos nuestras lágrimas y las volvimos nudos en el centro del pecho.

Es que teníamos una consigna que hablaba sobre lo que deberíamos hacer para cumplir los deseos de quien se nos apartara, por un rato o para siempre.

En las noches, antes de ir a las caletas, hablando bajito para que nadie se entere que estábamos despiertos, dejábamos la orden de lo que deberían hacer cuando el día cayera sobre nuestros cuerpos con toda su furia como desatada desde un infierno aberrante.

Así caían los días, muchas veces. Demasiadas veces.

-María decía que sólo lloráramos un ratito por ella y que luego la recordáramos en cada vuelo de las cotorras que anidaban en la copa imponente de nuestros árboles amigos.

-¡Árboles amigos! y sin embargo tantas veces no pudimos protegerlos y se nos iban muriendo de a poquito, intoxicados.

Jeymi hablaba para sí, su propia voz era su compañera de celda, sus pensamientos el sostén imprescindible cuando las garras del odio encadenan nuestra propia historia.

-Fuimos respetuosos hasta de nuestros códigos no escritos, no formales, nacidos en las noches cuando la espesura impedía que viéramos el brillo de las estrellas aunque supiéramos que allá estaban. Lejanas, inalcanzables como hasta el momento es la libertad, la justicia, la dignidad que jamás perdimos ni en tiempos tan difíciles como este que estoy atravesando.

Asumiendo cada deseo fue que comenzamos a saludar el vuelo de las aves cuando María voló tan alto dejando su risa más allá de barricadas y follaje.

Sin embargo, ella siguió acompañándonos, arrastrándose en nuestras trincheras de barro entre explosiones cercanas y lamentos.

-¡Ahí va María! decíamos, ¡Vuela niña, vuela, alto que la muerte ronda y no habrá de matarte, nuevamente!

Raúl, en cambio decía con su voz que imponía firmeza aún en momentos más duros: -Oigan bien, cuando yo me vaya a la que vea llorando por mí me la llevo conmigo de los pelos p’a que aprendan que acá no es lugar para sensiblerías ni bobaliconadas.

Jeymi, enamorada suya, agregaba: entonces lloraré mucho ahora mismo. Y se cerraba la charla con risas contenidas, mientras los ojos de Raúl hacían guiños y mientras la picardía cómplice entrelazaba sus manos y un chasquido de besos encendidos daban las buenas noches, en la caleta compartida por ambos.

¡Y muy buenas noches! Recordó, sonrojándose un poquito.

Jeymi sonreía a través de sus recuerdos, en la fría soledad de su celda oscura, húmeda, tan inhabitable que ni el sol se atrevía a colar un rayo por entre la mampostería gris, descascarada, donde las garrapatas hacían sus nidos y las arañas parecían Penélope entrelazando hilos en su espera añeja.

Allí tan solo, irrespetuosamente, llegaba la danza de los recuerdos encendidos que no pueden demorar imposiciones ni torturas.

-Raúl ¿Volveremos a vernos, amor? ¡Cuál será el día! Murmuró la joven mientras una lágrima desplegaba su indecisión entre rodar por su mejilla o incrustarse hasta volverse nudo en el estómago.

-¡Eso nunca! Exclamó la joven echando mano a su convicción inquebrantable. Acá no puede haber lugar para pensar en muerte, siguió diciendo mientras sus manos se agitaban como espantando algo.

La blusa, casi seca, apenas si bailaba su danza dirigida. El pantalón agitaba las piernas cada vez más despacito. Jeymi seguía tratando de encontrar la melodía que acompañara el baile.

-Tara-lala-tara-lala ay ay ay- tarará-ra-rá. Repetía, mientras retiraba la ropa que al día siguiente volvería a ensayar su danza traspasando rejas. Y volvió a sentir que esa música sonaba demasiado triste.

Al retirarlas de la cuerda improvisada, pudo sentir la brisa fresca acariciando sus manos.

Un fuerte impulso la empujó hacia otra melodía y comenzó a tararearla cada vez más fuerte mientras sus dedos empezaron a danzar la danza de la esperanzan, del otro lado de los barrotes, hacia afuera, hacia donde la vida fluye aún entre miserias y rencores.

-La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, lalalalalalalalalalaaaaa

Jeymi no supo si era el eco que anidaba en los pasillos lúgubres, pero en un primer momento creyó oír las voces de sus hermanitos gritándole ¡ranaaaaa!

Pero ¡No, no, no, era otro grito y se escuchaba cada vez más fuerte! Eran otras voces que se unían a la suya y hacían saltar el cemento fracturado que caía estampado en el piso húmedo del pasillo.

Eran miles de voces que aparecían rodeando la estructura imponente, donde bestias malditas pretendieran esconder su propia cobardía.

Jeymi siguió cantando con más fuerzas, arrinconó la angustia echándola a un costado y una sonrisa húmeda se dibujó en su rostro moreno como las noches del valle.

Las voces de fondo se escuchaban cada vez más cerca, casi como si la acariciaran y la obligaran a no parar su tarareo mientras sus manos eran acariciadas por la brisa del atardecer que ya rompía la falda de la tarde.

- La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá ¡Con el fuego primero del alba!


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