miércoles, 3 de octubre de 2012

Lais, manceba de Alcibíades


Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Calamocano, que reparte cucharadas de ajo en las bodas y fiestas de labradores en Roa de Burgos, ligeramente beodo, chocho, que chochea, quiso ser veterinario, y la mala leche de sus estudios que nunca terminó la pagaba con su mula, la parienta. El le daba matraca porque se sabía dominado por ella. “Excusabarajas” y “Cesta de mimbre” la llamaba. Y siempre la cubría en domingo, si iba con ella a misa. Ella tenía que drizar su verga, como hacen los marineros parra arriar o izar las vergas de los barcos o para poner bandera. El tenía un capricho: ella, para hacerle amor y penetrarla, tenía que colocar un banderín de la bandera española con la figura de “El Empecinado” en la franja amarilla, en el Monte de Venus, que así la dejó preñada, yendo a una romería junto a la mata donde se apareció la santita santa Casilda, en Briviesca, contándole los tendones de las piernas por el jarrete, corva, corvejón.

El no quería ser un deshijado, a quien le faltan los hijos, como a parte del clero sucede. Quería sentirse como un rey o noble a quienes sus cónyuges, mancebas o putas les hacen filadiz, seda que se hace del capullo roto. Así, después de meter y sacar en su mula, como él llamaba a su esposa, hilos y destejes del Amor por las orillas del sexo se dejaban pendientes de hilos de esperma a modo de flecos, sacando de lo que está hinchado, depuesto de su presunción de macho, deshecha la hinchazón, el glande deshollejado; deshollejando ella, Catalina de León quien, con su mala baba, le decía:

-¡Calamocano, te estás encanijando, Mira el tu “canijo”!

-¡Y tú, Catalina!, le contesta mirándole con atención y curiosidad la Chirla, registrando cuanto ve alcanzadas las paredes labiadas de polvos y telarañas, no conforme con la razón ni con las ideas tenidas por buenas, que cada domingo te tragas una doblada y bien atiendes a tu confesor de Andujar, que absuelve con facilidad y jode sin escrúpulos como un Pontífice y es un deshonrabuenos, que degenera de sus ascendientes, eres una pécora.

-“Tú no eres más que un puerco, le replica ella. Esa cosa rica y curiosa que te cuelga está mal empleada y no te luce.

-“Pero tú, responde él, no eres más que una hembra de macho tonta, necia y boba, y con dos ojetes.

Desi, desde ahí, por esto, ella le ató su san benito ya desinflado, quitada la inflamación, a la pata de la cama, haciendo que se disuelva lo hinchado o inflamado al aire o gas del depósito escrotal de paredes flexibles, como a uno que se azota al primer golpe o azote de polla, como si fuera cosa de ensayo y burlas, y no de veras, como joder en desierto los borregos de la fe que no saben ponderar y hacer aprecio de las cosas de veras y de importancia, ni las distinguen de las burlas ni de las simplezas en que están contenidas, sacando las bolas en que están escritos los nombres de los fetos inmaculados abriendo los pliegos en que se contienen lambareando, andando ociosamente de un huevo a otro, entregándose a veces, las más, a malas obras como aquel Asno de Roberto de Lamennsis, cual san Francisco curando leprosos, alto relieve de mármol que obtuvo la medalla de honor en Munich, de Agustín Querol, teniendo en cuenta a Julia pasando sobre el cadáver de su padre, bajo relieve en el Ministerio de Estado, sacerdote y escritor francés del siglo XIX, hombre de asnífluo talento, de Rebuznar extraordinario. Sus Rebuznos versan sobre historia, política, religión y asuntos sociales, donde despliega una asnal elocuencia grandísima y un Rebuzno de ardor y vehemencia de apóstol, juzgado muy diversamente por lo tocante, de tocar, tañer, palpar, haciendo uso del sentido del tacto para formarse idea de una cosa que se eleva, como en la masturbación divina de los ermitaños y los santos, haciendo sonar con arte este instrumento de Amor, llegando al clímax con la mano sin asirle, tocando a vivo y a muerto al unísono, tocando a somatén, como la tangente toca a la curva en un punto, como un país se frota sus cojones con los de los vecinos por sus fronteras, aplicando ciertos cuerpos sobre otros para estudiar la Constitución de éstos, tocando las consecuencias de sus aciertos, como el ultramontano y anárquico referido Lamennsis, que dicen que llevaba dibujada en el glande la constelación Lagarto, estrella de la constelación boreal, y que, como él, este reptil es taimado, astuto, pícaro, que caza y come lagartijas, haciéndose del pene lagarejo, estrujándosele, aplastándosele, cuando no iba a ser destinado al lagar coñifero, confundiendo en su mística particular su lagarto con la insignia carnosa roja de la Orden de Caballería de Santiago como con el músculo grande del brazo que está entre el hombro y el codo, cual ladrón de almas que muda de vestido o sotana para que no le conozcan, sotanas fabricadas en la ciudad y comarca de la Nigricia Meridional Británica sobre la costa del Golfo de Guinea, o Lagos, construida por cada una de las gotas del humor espermático que segregan los testículos amorales
y que vierten los glandes después de la universal poda, como la de Batavia o batávica, de forma de pera, que se reduce a polvo en cuanto se le rompe la punta, como les pasó a David y Job, cuando se deshacían en masturbaciones cantando el salmo “Lo que no va en espermas va en suspiros”.

Suspiros como los de Diego Laínez, segundo general de la Compañía de Jesús y uno de los que más cooperaron en su organización en concurrencia amorosa con Ignacio de Loyola, natural de Almanzorio, lugar de la diócesis de Sigüenza, quien tenía predilección por la hetaira griega, natural de una de las colonias de Sicilia, celebre por su talento y su ingenio que captó la amistad pélvica de todos los hombres ilustres de su tiempo, pasando la mayor parte de su vida en Corinto. Lais, manceba de Alcibíades, añorada, también, por los Todjibitas, españoles aragoneses musulmanes, por todavía en el gobierno de Zaragoza, Tudela, Borja y de más ciudades y comarcas de la llamada por los musulmanes españoles de la Frontera Superior, sucesores de los Beni Cazi, como Abu Yahya Mohamed ben Abderramán el Ancar, en tiempo del Sultán de Córdoba Abdallá.

Su nieto, Abu Yahya Mohamed ben Yahya, gobernador de Zaragoza en tiempos de Abderramán III, trató de hacerse independiente del califa ligándose al putero sodomita y gomorrita Ramiro II, rey de León.


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