miércoles, 31 de octubre de 2012

Un buen hombre -Breve historia de una estatua-


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Don Ambrosio era muy querido en el barrio. Ya jubilado de años de oficina, ayudaba siempre a todos los vecinos.

Bromista y simpático, todos los chicos gustaban de él.

Una vez la ayudó a doña Edelmira, su vecina, a levantar una pared, ladrillo por ladrillo. Llevaba a pasear los perros de otros. A veces, le pedían cosas para comprar en el supermercado, y él no se las cobraba.

Los partidos políticos de la zona siempre lo invitaban a sus reuniones. Hubo una época en que lo querían proponer como intendente.

Don Ambrosio también cuidaba de pajaritos y palomas. Les ponía cereales en lugares de su jardín, por lo que siempre estaba rodeado de pajaritos.

Hace años era viudo. No tenía hijos. Vivía solo. Una vez por semana venía una señora, mucama por horas, para hacerle la limpieza.

Comía en una parrilla cerca de su casa, siempre en la mesa con algún vecino, con el que hablaba de otros vecinos. Si les iba bien, mal, si se peleaban con sus mujeres, y cómo, si se emborrachaban, y las cogidas de la zona. Quién. Con quién. Cuándo. Dónde. Quién corneaba a quien.

Y siempre hacía cuestión de pagar él. Les decía:-“Tengo mis rebusques”, y sonreía y guiñaba el ojo.

Con el tiempo fue apareciendo un enigma a su respecto. Nadie sabía por qué, pero a veces desaparecía por dos o tres semanas. A veces por unos meses. Nadie sabía lo que iba a hacer, pero siempre volvía con regalos para los vecinos. Surgió la hipótesis de que tenía una amante en otro lado, porque ahí no se le conocía mujer. Más que hipótesis. Convencimiento, certeza. Y cuando se iba lo hacía en un coche último modelo.

Su ropa era fina, delicada, cara.

Casi siempre, cuando volvía, comentaba con sus vecinos en la parrilla, sobre los países donde estuvo. Japón, Brasil, Suecia, otros.

Otro misterio era de dónde le venía el dinero para tantos viajes. ¿Solamente de su salario de jubilado?

Hasta que un día, cuando estaba comiendo y tomando su vino parrilla con sus amigos dijo que estaba mareado. Y cayó para atrás. Empezó a respirar roncando hasta que dejó de respirar.

Después que lo enterraron, doña Edelmira, su vecina, fue a la casa de él para juntar sus ropas y diferentes objetos para repartirlos entre los necesitados. Entre esas cosas Doña Edelmira encontró un cuaderno escrito por Don Ambrosio. Era su diario. Entonces decidió entregárselo a los amigos que se reunían con él en la parrilla, que combinaron irlo leyendo en voz alta entre ellos. Era una forma de seguir teniéndolo presente.

No tenía mucho escrito. Decía, entre otras cosas:

“-¿Por qué escribo esto? Porque tengo que hablarlo con alguien. Aunque ese alguien sea yo. Soy boletero. Un trabajo como cualquier otro. Prefiero usar el 38 caño corto. Fácil de llevar en el bolsillo. Ni se nota. Y usarlo con bala en la nuca. Cosa rápida. Ni duele. No soy cruel. Solamente cumplo con mi profesión. Boletero. Aunque siempre que puedo fabrico un accidente. Como el de aquella princesa Diana, que aparentemente fue un accidente de auto para que no se case con un árabe. Y debo reconocer que me pagan bien. Los bancos tienen guita.

Trato de no averiguar las causas por las que me hacen el encargo. Pero a veces tengo curiosidad, Reconozco.

Casi siempre es por deudas no pagadas. Gente jodida que se lo merece. Jamás una mujer o un nenito”

De todas maneras, a pesar de eso, su muerte conmovió al barrio. ¡¡¡¡Alguien tan querido...!!!!. Entonces decidieron levantarle una estatua, solamente con su nombre abajo: Don Ambrosio.

Estatua en la que, en los aniversarios de su muerte, siempre ponen flores.


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