jueves, 15 de noviembre de 2012

Clases de tango antes del amanecer


Ricardo Juan Benítez

A esa hora incierta, mientras el sol se hundía más allá de las negras aguas del riacho, el puente mostraba aún sus costillas herrumbradas y el muelle de madera se sumía entre las yermas barcas, la bruma y las hierbas malas.

El “viejo” Almada pitaba un cigarrillo negro que era su placer y su condena. Había sabido ser, en sus años mozos, un cantor más que aceptable, pero aquel vicio arruinó su carrera con una tos asmática persistente. Así es que ahora despuntaba su otro vicio, el tango, bailando en un cafetín sobre la calle Necochea. Incluso se ganaba algunos pesos con sus clases de tango. Siempre caía alguna gringa, con euros de sobra, para bailar un par de piezas con el “maestro”.

El “viejo” se preguntaba:

—“¿Cuantas almas sin ventura habrán teñido estas estigias aguas?”

Almada lo ignoraba, pero antes de despuntar el alba obtendría algo parecido a una respuesta.

—¡La pucha! ¡Ya es hora!

El “viejo” dejó el atalaya con su andar cansino que no dejaba vislumbrar lo ágil y elegante que era en una pista de baile.

—¿Cómo anda Don Almada? —lo saludó el custodio.

—Bien, Vega ¿y usted?

El saludo era un tanto anacrónico, así como la tanguería que parecía del siglo pasado. Era una construcción con estilo colonial, blanqueada a la cal, con un patio al aire libre, varias macetas de terracota con begonias y azucenas, un salón bailable rodeado por mesas de mármol con pie de metal y una barra de estaño y madera.

El salón estaba casi desierto, excepto por “el pibe”, acodado en la barra. Era un mocoso que bailaba bastante bien para los cánones rígidos que manejaba Almada, pero que siempre buscaba polémica sobre lo que él solía llamar: “las nuevas tendencias”.

—Mire “pibe”, usted podrá usar cualquier argumento —empezó el “viejo” una discusión—, pero los que bailamos tango desde antes de la “gran crisis” vemos una deformación en el tango danza, ese tango que se baila erguido y con elegancia; no hablo del tango orillero, donde los danzarines bailan agazapados y de manera burda. En el tango danza, durante la “crisis”, los nuevos milongueros adoptaron una forma de baile que no admite el respeto al compás, en esta mutación el hombre sale con el pie derecho hacia atrás, hace cinco pasos y junta los pies en el quinto; luego se continúa con tres pasos, juntando en el tercero ¿me sigue “pibe”?

—Si, “maestro”…

—El compás del tango es cuatro por ocho, o sea, cuatro tiempos en corcheas de cada compás, por eso se ha bailado en cuatro pasos juntando los pies en el cuarto, así es muy fácil llevar el compás, por que se pisa cada uno de los compases con un nuevo paso. Con ese núcleo básico, de cuatro pasos, usted se desplaza, camina y baila respetando los tiempos.

—No veo la diferencia —dijo “el pibe”.

—Cuándo el bailarín es hábil, busca el primer tiempo del compás con su pie izquierdo, así no sólo marca los tiempos si no que, además, realiza los cuatro pasos básicos dentro del compás. Esto queda en evidencia cuándo finaliza la pieza, en la última juntada de pies, o sea, en el “cierre”. En ese otro estilo poco ortodoxo, “la salida”, es imposible respetar el compás. Se podría realizar dentro de la danza como una figura más del repertorio, pero a sabiendas que en algún momento se tendrá un problema con el compás y en consecuencia con el “cierre” —sentenció el “viejo” en un tono que no admitía replicas.

El muchacho pareció que iba a seguir disputando, pero prefirió dar por terminada la conversación con un leve encogimiento de hombros y un saludo cortés.

—Don Almada, esa muchacha es la segunda vez que lo viene a buscar —dijo el barman, mientras señalaba hacia la puerta.

La joven vestía traje de noche escotado en seda negra y zapatos de baile con taco aguja. Su piel tenía una blancura como de reflejos de luna y una lacia cabellera azabache.

—Señorita ¿usted me estaba buscando?

—Si “maestro” Almada, desde hace algún tiempo que lo busco —susurró.

—Usted dirá — luego agregó Almada — ¿señorita?

—Nicte, me llamo Nicte —respondió—, quisiera bailar una pieza con usted.

El viejo bailarín la tomó por la cintura y con su mano derecha sujetó la de ella. Pudo apreciar que, en sus pupilas de gata, agonizaban ocasos. Luego sintió un escalofrío en el preciso instante en que la música comenzaba. Era una grabación de la orquesta típica de Carlos Di Sarli: “En un beso la vida”.

—Almada ¿vos sabés quien soy? ¿Verdad?

—Si piba —dijo el viejo resignado— pero ¿por qué esta noche?

  —Por que todo tiene su hora, Almada —sonrió gélida—. Vos sabés que no es la primera vez que estamos cara a cara…

El cuerpo de ella pegado al suyo le daba un frío irreal. Dio un giro y siguió el compás con elegancia. Imperturbable.

—Almada —volvió a mostrar su dentadura perfecta— ¿Me estás queriendo conquistar?
—Estás muy linda esta noche, piba —murmuró el anciano.

—¿Y?

—Necesito más tiempo, nena…

La deslizó hasta el centro de la pista y dibujaron un “ocho”. Él apoyó su dedo índice sobre el centro de su espalda y lo bajó lentamente hasta la cintura. Con el medio y el anular le marcó la próxima figura: “la media luna”.

—Almada, no te queda más tiempo —musitó al oído del “viejo”— ¿Para qué querés más tiempo? ¿Cuánto más? ¿Una semana o diez años? ¿Podés arreglar las todas las macanas que hiciste durante 65 años con ese poco más de tiempo?

—Vení, vamos a la mesa —apremió el bailarín—, vamos a tomar una copa ¿querés champagne?

—Para mi cualquier cosa está bien, yo sé que a vos te gusta el vino tinto.

El “viejo” llamó al mozo.

—Ricardo, alcanzá un tinto y dos copas.

—¿Tres cuartos selección de la casa?

—¡No! La miseria llama a la miseria, Ricardo. Mejor un buen vino reserva tinto mendocino —la miró a ella de soslayo—, tenemos algo para celebrar.

El mozo se retiró con cara de perplejidad a cumplir con el pedido.

—Sírvase Don Almada, haga los honores.

Mientras el “viejo” degustaba la bebida, le preguntó:

—A propósito, Ricardo ¿cómo está tu esposa?

—Mal, está internada —su rostro se ensombreció—, tuvo perdidas y corre peligro de perder el embarazo, está muy débil…

—Bueno, si necesitas algo, cualquier cosa, vos sabés…

—No, está bien Don Almada.

Ella se lo quedó viendo con aire de sorna.

—¡Vaya! ¡Vaya! Almada, casi parecés un ser humano.

—No te entiendo.

—¿No entendés? ¿Querés saber por que te vine a buscar esta noche? —preguntó fieramente— ¿Supiste algo de Aurora desde que la abandonaste?

—No, nunca más aparecí por ahí, nunca más la vi…

—¡Aja! Bue… se vino conmigo hará como diez años.

Almada quedó en silencio. La congoja se dibujó en su rostro.

—¿Y de tu hija? ¿Supiste algo?

—No, tampoco.

—¿De tus nietos? ¿Nada?

El “viejo” abrió los ojos asombrado.

—¡Almada! La personas se enamoran, se casan, tienen hijos, forman familias —le dijo burlona—, hace poco los visité.

Un horror inconmensurable heló las vísceras del anciano. No pudo articular palabra.

—Tranquilo, “viejo”, tranquilo. Sólo iba de pasada, todavía les queda muchísima vida por delante —volvió a sonreír— ¡Me seguís asombrando! Realmente tenés rasgos que parecen humanos.

—Nicte, escuchame yo no quise que las cosas salieran así —suplicó.

—¿Estás creído que con tus dulces ojos celestes de ancianito inofensivo me vas a embaucar? ¡Ni en joda! Yo se quién sos vos. Las trapisondas a las que sos tan afecto, incluso me diste algún que otro trabajo, de vez en cuando ¿te acordás?

—Será verdad, nomás, lo que decían en la Antigua Grecia —dijo con amargura—, que así como la noche es engendrada por el caos, ella a su vez es la madre del destino, del sarcasmo, de la angustia…

—La vejez, la muerte y la venganza entre otros temas menores —cerró ella.


El “viejo” tragó un sorbo de vino y se aclaró la garganta.

—Piba, me podrías dar una oportunidad; si pudiera ver la luz del alba, intuyo, estaría a salvo algún tiempo más.

—¿Y querés hacer mientras clarea?

—Bailar otro tango o hacerte el amor.

—Almada vos sabés que yo no le hago el amor a nadie —le dedicó una fría mirada—, pero podemos hacer un trato.

—¿Si? —se ilusionó el anciano.

—Vamos a bailar un último tango, el mejor que me hayan hecho bailar jamás —hizo una breve pausa—. Si fuera así quedás en libertad de ver tu nuevo amanecer. Pero si no…

—¡Trato hecho!

—Almada, ¡no tanto apuro! —dilató el silencio—. Vos sabés que yo no viajo en vano; si no venís vos me tengo que llevar a otro en tu lugar ¿de acuerdo?

—¡De acuerdo! —se apresuró Almada.

—¿No tenés curiosidad por saber quién va a pagar tu cuenta?

El “viejo” enmudeció. Le importaba un comino quien iba a dejar la piel por él.

—Mirá a la barra —ella parecía disfrutar—. ¿Lo ves a Ricardo?

Él miró sin demasiado interés, si Ricardo tenía que irse en su lugar no podía decir que lo sintiera demasiado.

—Creo que es un intercambio justo —rió Nicte—, dos vidas inocentes por un viejo delincuente.

El “viejo” Almada entendió: la esposa de Ricardo y el bebé que estaba por parir.
—¿Bailamos? —invitó sarcástica.

El bailarín se paró, posó su mano izquierda en la cintura de ella y marcó la figura con los dedos. Con el pie izquierdo buscó el primer compás, sapiente caminó cuatro pasos y juntó los pies. Ella parecía ingrávida en su engañosa docilidad.

—Si me equivoco ¿qué pasa? —balbució al oído de Nicte.

—Vamos al muelle de madera abandonado, ahí te espera un barquero sin rostro, te va cruzar a la otra orilla…

—¿Y después?

—¡Almada! ¿No querés alguna de sorpresita?—Nicte reía—. Supongo que debe estar bueno, ninguno de los que fue quiso, o pudo, volver.

El “viejo” realizó dos figuras: un “boleo” seguido por una “barrida”. Sin mácula. Luego de la última juntada, salió con el pie derecho hacia atrás. Hizo cinco pasos y juntó en el quinto. Dio otros tres pasos. Ahora hicieron una “media luna” para llegar al “cierre”.

—Almada, entraste a destiempo en el “cierre” —dijo sombría.

—¿Me esperás, piba? quisiera un último trago.

—Claro, tengo una perpetua noche para entender que es la redención para alguien como vos.

El “viejo” Almada llegó hasta la mesa, se sentó, tomó un puñado de pesos, los dejó debajo del menú y sorbió un trago. En tanto Ricardo y el barman mataban el tiempo con un juego de naipes.

—“¿Matar el tiempo? ¡Que ironía!” —pensó el “viejo” mientras cerraba los párpados, le ardía la vista.

—No sé que la pasa al “viejo” hoy—comentó Ricardo—, está raro.

Se acercó hasta la mesa, miró extrañado las dos copas (una casi vacía, la otra llena), tomó el menú con el dinero y se retiró en silencio. No quería molestar.

El “viejo” Almada parecía dormido.


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