jueves, 15 de noviembre de 2012

Frankenstein, de los fuegos de Mary Shelley


Indira Carpio Olivo (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En una tesis inédita de 1998 del Trinity College, en Dublin, Jenny E. Holland sostuvo que Frankenstein (1817), “la historia del hombre que crea la vida es (una) crítica alegórica a la ciencia que se apoderó del papel de la partera, cosa que ocurrió durante el siglo XIX, con la rápida expansión de la ciencia médica”.

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Añadiría Freud (quien nunca apostó por el feminismo) en una de sus divagaciones sobre las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres que algunos niños incluso experimentaban “envidia del útero”.

Se trata del mismo Freud que luego diría que el clítoris era un elemento masculino de la sexualidad femenina.

“La eliminación de sexualidad clitoriana es una precondición necesaria para el desarrollo de la feminidad”, escribió el padre del psicoanálisis.

De esta mutilación psicológica a la mutilación genital no hay mucho trecho.

En algunas comunidades del continente madre, algunas tribus africanas, creen que tanto hombre como mujer nacen con dos almas, una femenina y otra masculina. Por esta razón la mujer debe recurrir a la ablación, (la amputación del clítoris) para ser totalmente mujer y el hombre a la circuncisión para retirar su alma femenina que, según estos pueblos, reside en el prepucio.

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Volviendo a Frankenstein, el hombre que robó el fuego a la divinidad, Mary Shelley (1797-1851) -su autora- deja a la interpretación una metáfora de lo que ocurría en la sociedad victoriana en la que creció: un extraño que, de acuerdo a su experiencia y su crianza misógina, dejaba nacer o no, morir o no, al neonato-a la neonata o a la madre. A ese extraño se le llamó Doctor, la representación de Dios en la tierra (olvídese de las sotanas).

Shelley es el apellido que toma Mary de su esposo, el poeta y radical Percy Bysshe Shelley. En realidad la escritora del prometeo moderno se llama igual que su madre Mary Wollstonecraft (1759-1797), la primera gran feminista, o por lo menos una de las primeras en expresarlo.

En 1792, Mary Wollstonecraft publicó lo que para muchos es la declaración de independencia y el primer argumento sólido en pro de la emancipación femenina, titulado “Vindicación de los derechos de las mujeres”.

Esta filósofa inglesa moriría de septicemia diez días después de dar a luz a Shelley en 1797, algo muy común en los quirófanos de los todopoderosos matasanos del siglo XVIII.

Pero ¿Tendrá que ver la muerte de su madre durante su nacimiento con la historia del científico que intenta dar a luz?

Luego la ecuación se invertiría. La propia primera hija de Shelley nació prematuramente, para luego morir.

El padre de Shelley fue el filósofo William Godwin, uno de los precursores del movimiento anarquista de Inglaterra. La educación de su hija fue bajo estos preceptos. Tanto, que Shelley pregonará el amor libre el resto de su vida. El esposo del que toma el apellido era seguidor de los preceptos de su padre y estaba casado cuando se involucraron él y Mary.
En 1816 da a luz a su segundo hijo, y cuatro meses más tarde pare a Frankenstein. En 1817 termina de escribir la historia que la inmortaliza y el año siguiente la pública.

Escribió en la introducción de la edición de Frankenstein de 1831: “Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo”.

El cuento ha nacido de un concurso en una noche de verano boreal, tormentosa, en la que llovían los relatos alemanes sobre fantasmas. Sería Lord Byron quien propondría que cada uno de los asistentes escribiera un cuento.

Horas más tarde, las almohadas susurraron al oído de Mary la historia de un hombre que crea a un hombre con pedazos de otro hombre. Como diría su esposo Percy al Prometeo libertado “descendiste en cunas de borrascas”.

Los tres primeros de la prole Shelley-Godwin murieron. Sólo el último se salvó ¿Hubiese querido esta mujer usar las herramientas del Dr. Víctor Frankenstein para revivir a sus hijos? Sólo el último de sus retoños pudo sobrevivir, su nombre Percy Florence.

Al año de la muerte de Mary Shelley en 1851, éste encontró en la gaveta del escritorio de su madre otro Frankenstein: cabellos de sus tres hermanos muertos, cenizas y restos del corazón de su padre.

¿Qué pieza falta para armar-amar el fuego? Frankenstein hizo una fogata alrededor de su madre. Ambos nacieron de la muerte para nunca más apagarse.


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