jueves, 22 de noviembre de 2012

La mariposa negra


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Minuciosamente, Susana procuraba eliminar bajo la ducha, el contacto y la sensación de su vespertino encuentro con Nacho; la fuerza del agua, puesta al máximo, le procuraba alivio otorgando laxitud a su cuerpo tenso, casi tanto como su espíritu magullado luego de la zozobra.

Las manos recorrieron, obedientes y enérgicas, un trayecto preciso; resbalaban a lo largo de turgencias y perfiles, rigurosamente cultivados. Su mirada distraída comprobó una vez más, con equidad apreciativa, que el tiempo no había alterado la esbeltez de sus formas. Los ojos rasgados, gris verdosos, relampagueaban fosforescentes, satisfechos con la inspección que, también, suscribían los confesos, los aviesos y los supuestos indiferentes.

Nacho recordaba obsesivamente ese brillo demoledor. El enceguecedor sortilegio de una mañana refulgente de esas, que alguien dispone en lo alto, regalar episódicamente. La catarata de luz derramada sobre el mundo excedido de sombras.

- La primera vez que te vi, tenias la cabeza gacha, parecías inofensiva, luego miraste y allí me quedé para siempre, encandilado, clavado como una mariposa negra contra la luz. Es notable, cuando brillan resplandecen, pareces un tigre ... un gato no sé ... especialmente en la oscuridad ...

Así fue su nostálgica confesión, que ella eludía aceptar en su real dimensión; huía hacia adelante... evitando el espejo retrovisor de esa experiencia que trastocaba años de sensatez irreductible.

Agitó la cabeza para alejar turbadores pensamientos y siguió, a través del espejo grande, la inspección desapasionada. Dorian Gray no era un invento, se dijo, en tanto el diluvio provocado, eran perlas sobre el fondo de su piel atezada, que se demoraban en deslizar, casi admiradas.

- Color cuero con olor a esencia... solía decirle Nacho.

Le sonrió a su imagen, sin dulzura ni tolerancia; una disciplina de tiempos, le devolvía el cuadro de su majestuosa figura de bronce, reflejada casi como una referencia. Gozó la satisfacción que el cuerpo firme le otorgaba, mas un velo de incertidumbre acompañaba movimientos maquinales, cuando, absorta se asomaba al futuro. Se le antojó que el tenue vaho, empañando el entorno, era la suave y silenciosa llovizna, de un otoño nunca confesado.

En la placentera soledad del cuarto de baño, arrullada por el rumor de la lluvia, revivió una vez más, el calor, la huella que el cuerpo vibrante de Nacho le dejaba. La temblorosa y urgente posesión. La marca de la posibilidad. Cerró los ojos, para paladear con lentitud, la conciencia de saber que todavía podía inspirar y provocar los fuegos; luego, la tranquilidad y certeza que otorga el conocimiento inquietante, que su presencia provocaba. Conocimiento imaginado, muchas veces, en miradas equívocas que su sensibilidad manejó hasta el encuentro con Nacho. Es que la dualidad de quererse, para que la quieran y no querer a nadie, la condujo de codicia en codicia y ese riesgo siempre la tuvo alerta.

Volvió a sonreír, bajo la cortina de agua, a la confirmación de aquel reverdecer presentido. Se dejó amar, sintiendo que cada pulgada de la piel de él, desde la primera vez, respondía a sus mejores sueños. Recordó las manos ansiosas sobre su cuerpo, la boca ávida, su trémula exploración y el abandono voluptuoso, al que todo su ser y los años de aguardo, la impulsaban. Saboreó el egoísmo de incitarlo, con su calma, a una seducción apasionante; el deseo abrasador que su entrega provocaba; el dominio embriagante que, supo, ejerció desde el primer instante, desde el ligero contacto, en las fiestas de Taqui; el segundo ocurrido luego que la música dio paso a la piel. Noche predestinada aquella, sin duda, se dijo.

Atrás y de un manotazo, quedaron telarañas de su no conciencia, de aquel repliegue que un matrimonio apoyado en ilusiones, diluido por rutinas inexorables, le permitieron vislumbrar como se avecinaba el final. El tiempo de la hibridez, de las costumbres y hábitos gastados, que creía definitivos, accidentalmente, como en realidad suceden las mejores cosas, había sido alterado por la aparición de ése, de quien ni siquiera sabía pero que, repentinamente, abrió una ventana a su esperanza; temerosa esperanza; condicionada esperanza; selectiva esperanza.

El fue siempre la ráfaga de aire fresco que no se propuso analizar. Desde aquel baile, del primer roce, de ese simulado acercamiento, eligiendo riesgos, optó por el repliegue y el silencio, aunque tuvo la seguridad que la perturbación, que creía desterrada de su vida, renacería y volvería a verlo. Maceró la convicción que él haría lo necesario para encontrarla, aunque su silencio, de aquella noche, fue cuidadosamente desalentador. Una feroz apuesta consigo y el destino.

Su preparación para el encuentro resultó ceremonial, nunca desesperó, a pesar de no mediar proposición alguna, pero la intuición vital, dolorosa, que astillaba hasta los sentidos, aseguraba plazos; la aceleración de sus latidos no mentían.

La tarde brumosa y desapacible, guardó la levedad de la lluvia elegida, para aquel té en casa de Taqui, donde volvieron a encontrarse y se columpiaron en la brevedad de la proximidad. Recordó que, recostada y con los ojos cerrados, oía el persistente goteo contra los vidrios de un ventanal que oficiaba la ceremonia, cuando su presencia inmediata, iluminó esa intimidad, sumida en la penumbra.

Sin intentar alejamientos, ni estimular retiradas, recibió en la comisura de los labios el saludo que se detuvo un segundo más de lo necesario, lo suficiente, como para volver ligeramente la cabeza y permitirse que su boca generosa, nunca antes bien explorada, fuera cubierta primero suavemente, disponiendo de la permanencia y a medida que sus labios se entreabrían, con mayor avidez, llegaba aquello que no creía posible y se convertía en realidad, pues la boca de él colmaba, sin sabiduría, apetitos demorados, plenilunios de imaginaciones; era la ansiedad total de la espera y se dejó estar, lo sentía temblar, vibrando, era la cuerda recorriéndola en una caricia que presagiaba. La calidez y el clima del lugar, fueron socios eficaces para lograr la eternidad que, deliberadamente, no se propuso alentar, decidida únicamente a gustar, a saborear, sin respuesta, aquel instante de hambrienta sensación, que le devolvía la vida.

Nunca hubiera creído poder almacenar tanta expectativa de revanchas no precisas; desde esa tarde comenzó a vivir experiencias jamás presentidas, cada instante que el estuviese dispuesto a compartir. Porque sigilosa, dubitaba, sin resignar el control de sus decisiones, donde administraba las sorpresas.

Manejó los tiempos de los encuentros y las formas, con exactitud, maravillándose por la seguridad que sentía progresar. Presintió y luego comprobó, que desde el primer fuego consumido, había ganado la partida. De a poco, todo fue acomodándose, adecuándose a su realidad, a un cierto orden que su personalidad, acostumbrada a conducir, necesitaba en forma imprescindible. No era negociable nada que le impidiese conformar y conformarse. Las concesiones eran graciosas entregas, animales entregas, que atenuaban la administración de esa relación que quería preservar sin dejar de preservarse.

El aportó una tibia ingenuidad, con algo de galante sacrificio...

- Debes hacer de cuentas que soy tu obelisco. Cuando estás en el centro de la ciudad y no sabes dónde, levantando la cabeza puedes guiarte fácilmente. Bueno, conmigo debieras proceder de la misma forma, yo siempre estoy ahí, donde me necesites. Levanta la cabeza y búscame...

Su prevención natural le hizo, desde un principio, sopesar algunos arrebatos; indefinibles dudas la circundaban ya que no solamente era el tratarse de alguien más joven, sino su aire de desarraigo, de desamparo, de niño grande, perdido en decisiones que lo desbordaban; una visible confusión, en los aspectos materiales o de responsabilidad común, donde daba la sensación de proceder a destiempo.

Muchas cosas en él le atraían, esa dualidad de quien parece moverse en planos diferentes, alejados entre sí. Pensó y luego superó la sospecha de cierta perversidad maternal, sobre todo cuando guiaba las comuniones de piel. Ella necesitaba retener, demorar, congelar el fuego dentro suyo, para cultivar y almacenar plenitudes.

Volvió a buscar en el espejo y, distraídamente, comprobó que el vapor abandonaba la escena, dejando impreso, con tenues gotas, el cristal; comprendió, aunque sin aceptar plenamente, su actitud de atención constante. La resistencia a compromisos decisivos se nutría de la gama irreverente que la razón esgrime, sobre todo cuando los sentidos no se piensan.

Lo puso a prueba. Llamadas imprevistas y encuentros consecuentes, siempre significaron la respuesta aceptando. Nunca una excusa. Buscó mayor imprevisión y lo encontraba; se fabricaba justificaciones, para el eventual caso que no ocurría; lo acorralaba con momentos donde, suponía, era casi imposible satisfacerla. Pero él siempre estaba allí.

Lentamente, la capa de recelo nacida de antiguos escozores, comenzó a agrietarse para dar paso luego, aunque lentamente, al tiempo de los temores nuevos. Asomarse a cosas que uno, a ciertas alturas, no suele atreverse. El y su aire de inocencia, pegado como una etiqueta, a veces la estimulaba. Lo cierto es que la suma de los encuentros iban, en ella, operando la transformación. De aquel abandono voluptuoso había pasado a una participación cada vez más activa. Sentía que sus caricias, le eran profundamente necesarias. Se rebeló consigo, por las ansias incontenibles de devolver sin reservas todas las ternuras, de recorrerlo, tal como él lo hacía, sin descanso, con la misma sed nueva de su piel pero, sin saber cómo ni por qué, lograba fuerzas para resistir y graduar su respuesta.

Ese progresivo cambio, que le producía placer y temor, generaba encontradas sensaciones que su personalidad, metódica para las practicidades, enfrentaba dificultosamente. Se debatía en una permanente controversia entre el alma, la piel, los sentimientos y la lógica, que no cedía su espacio. Estaba convencida que necesitaba negarse a que aquello desembocara en amor; algo que si alguna vez conoció, hasta su olor había olvidado.

Buscaba la seguridad de conciliar tanta necesidad y armonizarla, para que tuviese un lugar cierto y determinado, sin excesos, en su vida. Comenzó a convertirse en objetivo, diciéndose que de no encasillarlo así, podría volverse loca. Su relación familiar transcurría sin mayores sobresaltos. A cierta distancia, en la vida, si se sabe manejar la situación, los climas familiares suelen deslizarse, rutinarios, sin grandes oscilaciones, era el mejor timonel de tempestades, que conocía y nadie mejor que ella para dar fe, aunque algunas cuestiones la traicionaban. Su fiesta interior, la trascendía.

- Tienes un brillo especial... pareces iluminada desde dentro... le decían.

Todos, de alguna manera, lo notaban pero, atribuían ese aire saludable, al metódico orden de vida y la espartana pulcritud para con sus actividades cotidianas. Lo creciente y cierto, era el desasosiego que, como en ese instante de sábado por la tarde, que se otorgaba para un descanso y estar enteramente sola consigo, le hacía cavilar sintiendo, a pesar de alguna reflexión, el poder de aquellas manos sobre su cuerpo y el ardor sorprendente, que una pasión constante, le regalaba cada vez. Se inquietó presintiendo que debía, por lo menos, intentar acomodar aquel sentimiento, a pesar suyo, al de una mujer fuerte.

Es que siempre fue el palo mayor de la nave familiar donde se aferraban todos, en los no muy numerosos casos críticos vividos. Un cierto fastidio, ante algo impuesto, la aprisionaba, conduciéndola a someterse, sin egoísmos, al examen escrutador de aquella expectativa. Sonrió, recordando las veces en que lo había culpado, en silencio, de tribulaciones que suponía superadas o fuera de su alcance. Comprendió, repentinamente, que no deseaba apurarse en conocer la respuesta. Temía enfrentarla. El tiempo de las elecciones fundamentales, había quedado atrás.

Cada vez con más frecuencia, cuando la emoción y la reflexión pugnaban por hacer tablas, en su ajedrez íntimo y sucedía este desenlace, no quedaba conforme. Sentía que postergaba algo no muy claro para ella asustada, al mismo tiempo, de que la revelación total la defraudara, impulsándola a fronteras hostiles que la desestabilizaran definitivamente. Se reprochaba sobre si ese temor era suficiente. Si perdería alguna vez, realmente, importancia para ella. Un buen consuelo, era la periodicidad, que el tiempo establece para cada cosa. Pero, realmente, no se conformaba, la vieja ley de la ambivalencia, la perseguía. Cada acto, inevitablemente, genera dos sensaciones opuestas y ella no estaba exenta de cumplir aquella ley.

Como tantas otras veces, sacudió su corta cabellera, algo húmeda todavía y se dirigió al dormitorio. Un ritual elaborado por la costumbre; cerró la ventana, corrió las cortinas para que la penumbra ganara espacio y ayudara al descanso y se tendió sobre la cama cálida y conocida. Antes de dormirse comprobó que la puerta de la habitación estaba cerrada. Su costumbre de dormir desnuda, la obligaba a guardar precauciones y pudores que no recordaba ya, de donde venían. Se dejó envolver por la calma y el cuerpo dócil, obediente, se disolvió en la bruma del reposo.

Nunca supo cuanto tiempo había transcurrido. Despertó, repentinamente. Un ligero roce; un imperceptible zumbido en el aire, le devolvió la atención. No conocía el origen. Buscó. Giró, lentamente, la cabeza y su mirada, sin curiosidad, rastreó el motivo hasta que, sobre la blancura de la cortina, casi contra la luz –ya se marchaba la tarde -, vio la mariposa... grande ... negra ... hipnotizada por la claridad, luego del breve vuelo.

El sobresalto primero, al recordar que todo estaba cerrado, sin presencia posible o visible, le ganó a cualquier sensación. No se movió, buscando la identificación de cierto repique familiar, que no podía precisar. La puerta del dormitorio se abrió para dejar paso a Pablo, su marido, quien pareció dispuesto a saludarla, con la atención habitual. Su gesto se detuvo, a medio camino, cuando notó la dirección de su mirada perpleja.

- No te inquietes... yo me encargo...

No tuvo tiempo de detenerlo. Obró más rápido, o así le pareció, que su propio pensamiento. Un movimiento, el golpe seco, breve, letal, definitivo. La mariposa, lentamente, como intentando quedar, se deslizó al piso.

- Ya ves... nada debes temer... –con cierto aire de broma ligera- ... para eso estoy yo....

Ella cerró, lentamente, los ojos. No era la claridad externa. Era la luz de la revelación interna. Quiso sobreponerse, pero dos lágrimas ardientes, únicas, gruesas, trazaron sus mejillas. Nada más. Dos exclusivas lágrimas que dejaban un surco profundo en su piel. Seguía de ojos cerrados. Le bastaba con una frase, que golpeteaba en sus oídos y en su memoria; cadenciosamente, eran campanadas cada vez más lejanas, eran aquellas palabras, sus palabras, era su propio miedo, ahora inútil, tardío. Era la luz que la dejaba, eran aquellas, sus palabras...

- La primera vez que te vi, tenías la cabeza gacha, parecías inofensiva... luego me miraste y allí me quedé para siempre, encandilado, clavado, como una mariposa negra contra la luz...

Intentó dormirse nuevamente; un gran cansancio, flamante, la había invadido.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.