miércoles, 7 de noviembre de 2012

Narrar para ser


Gianfranco Pecchinenda (Desde Italia. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

“Tengo cuarenta años y sé que la muerte de un padre es un acontecimiento que deja huella y que habré de inmortalizar, si quiero llamarme escritor.” Esta frase, con la que Alan Bennett parece casi querer justificar su detenimiento en la figura paterna a lo largo de su delicada y conmovedora autobiografía, podría haber sido escrita por uno de los tantos autores que escriben y han escrito acerca de la relación Padre-Hijo. De hecho, serían innumerables los ejemplos en la historia de la literatura, en la que transparenta, arrolladoramente, la importancia de la figura paterna en la vocación de un escritor: desde los grandes clásicos como Kafka, Dostoiewski, Borges o Rulfo, pasando por entre los más diversos y significativos autores contemporáneos -Carver, Handke, Shepard, Auster, Pamuk, Roth, Franzen y muchos otros más- que, siempre de manera muy sugestiva, logran traducir, cada uno a su manera y con su propia cifra estilística, la búsqueda de un nexo con esta, tan necesaria como estorbosa figura, tan central para el conocimiento de sí y la estructuración de cualquier tipo de organización social.

Empero, si queramos, las diferentes referencias al padre pueden considerarse también como una ocasión, si no un verdadero y propio pretexto, para introducir toda una serie de otras importantes temáticas, de algún modo relacionadas entre sí, que conciernen a la memoria, la vivencia temporal, la identidad, la narración, el arte, la ciencia. Y la literatura, sobre todo. Sí, porque la literatura tiene algo de propio y de específico que enseñar sobre muchos de los problemas que las disciplinas científicas siempre debaten. Muchos escritores, y en este sentido Proust podría ser considerado emblemático, han sido a menudo capaces de entender y explicar algunos de los mecanismos del comportamiento humano, mucho antes que tales explicaciones fueran reconocidas y corroboradas por la investigación científica, recurriendo a sus diversas metodologías.

Para las ciencias sociales, lo sabemos, los modelos posibles extraídos directamente de la literatura son infinitos y se pueden hacer remontar a los orígenes mismos del debate metodológico que se genera en su interior. El mejor ejemplo es quizás el de Balzac. Como ha demostrado Pierre Barberis, en una original investigación, Balzac había desarrollado en Les Chouans tres grandes cuestiones que serían después analizadas por las ciencias sociales sólo en los años sesenta del siglo XX: la marginación, la opresión de las mujeres y la juventud.

Así como Los Buddenbrook de Thomas Mann, la historia del ascenso y del declive de una familia de la alta burguesía mercantil a lo largo de cuatro generaciones, logra informarnos de los orígenes, las contradicciones y las incertidumbres de la sociedad capitalista occidental mucho más, y mucho mejor, de lo que lo han hecho decenas de investigaciones y estudios sociológicos durante todo el siglo XX. O, todavía más, así como Lev Tolstoi, con La muerte de Iván Ilich, ha ofrecido a todos nosotros lo que puede ser considerado como un insuperable tratado de tanatología. Nadie, mejor que él, ha logrado -como ha sido escrito eficazmente- narrar y hacer humanamente comprensible qué significa la experiencia de la muerte en la sociedad moderna. Sin embargo, aún yendo más allá de las grandes obras maestras, la novela contemporánea no deja de presentarnos ejemplos de obras que podrían considerarse verdaderos y propios laboratorios sociológicos, en particular en lo que concierne al análisis de algunas delicadas temáticas.

En un precioso ensayo sobre Robert Musil, publicado alrededor de hace veinte años, Peter L. Berger, deplorando la persistente incapacidad de historiadores y sociólogos (no obstante sus múltiples y también apreciables tentativas) de lograr poner de relieve de manera definitiva y satisfactoria, por ejemplo, el fenómeno de la identidad -o sea, de cómo el hombre moderno difiere de otras variaciones de la especie-, proponía superar este impasse buscando un guía precisamente en la literatura y, en particular, en la gran novela moderna. Algunos géneros narrativos -sostenía él- al conferir una forma particular a la experiencia, la vuelven inteligible según modalidades que a su vez permiten poderle atribuir un sentido y un significado tanto a nivel individual como colectivo. Y la narración hace posible esta “forma particular”, gracias a la elaboración de una gramática del tiempo.

En este sentido, la narración es la manera con la que los seres humanos organizan y construyen su propia relación con la temporalidad y -a través de su “gramática”- hace posible la creación de una “realidad” o de un “mundo” posible y no necesariamente cierto, objetivo o empíricamente verificable. Según una sugestiva intuición de George Steiner el tiempo, y en especial la percepción humana del tiempo futuro (“la capacidad de discutir hechos que pudieran acaecer el día después de su propio funeral, o dentro de un millón de años en el espacio interestelar”) sería una característica aparecida relativamente tarde en la evolución del lenguaje humano. Y, cosa según yo del mayor interés, lo mismo vale para el conjuntivo y para los modos contrafactuales asociados a los tiempos futuros. “Sólo el hombre -escribe Steiner- en lo que alcanzamos a concebir, dispone de medios para modificar su propio porvenir a través de las subordinadas hipotéticas, generando, por ejemplo, expresiones como: ‘Si César no hubiera ido aquel día al Capitolio’”. Me parece que esta “gramatología” imaginaria, formalmente inconmensurable, de los tiempos futuros verbales, de los conjuntivos y de los optativos, ha desempeñado un papel indispensable, hoy como ayer, para la sobrevivencia y la evolución del animal lingüístico.

Con base en estas consideraciones, el eje de la búsqueda contemporánea parecería evidenciar un desplazamiento de una orientación de carácter prevalentemente ontológico, a uno fundado principalmente en los procesos relacionales y comunicativos; es decir, una búsqueda orientada ya no hacia un análisis descriptivo y formalizado de determinados modos del ser, sino hacia un análisis narrativo de las intenciones del ser en el ámbito de una realidad que hay que conjugar “en subjuntivo”. O, más bien, hacia aquel modo gramatical cuyas formas -como ha explicado muy eficazmente Jerome Bruner- “vienen usadas para denotar una acción o un estado así como están pensadas (y no como un hecho), y por esto ese modo se usa para expresar un deseo, una orden, una exhortación, o un evento contingente, hipotético o previsto”.

Esta así llamada conjuntivización de la realidad implicaría a su vez la producción de un universo referencial, en el que tenemos que ver ya no con certezas incuestionable, sino con hipotéticas posibilidades humanas; aquellas denotadas por los optativos, de los modos gramaticales del deseo que abren la cárcel de la necesidad fisiológica y de las leyes mecánicas. Según una feliz expresión de Milan Kundera, se trata de poner en el centro de la atención no tanto la así llamada realidad sino la existencia. Y esta última no necesariamente se limita a lo que se ha realizado efectivamente, pero se vuelve “el campo de las posibilidades humanas, de todo lo que el hombre puede devenir, de todo lo que es capaz”.

El salto de estos temas a aquellos, tan delicados como fascinantes, relativos al nexo “ficción y realidad”, es extremamente corto. Y esto, con mayor razón si, como nos invita a hacer el escritor mexicano, se convoca a la mesa de nuestros relatores una mente aguda y sabia del calibre de Borges, para reflexionar, a través de sus palabras, en el hecho de que, “si pensamos en un personaje histórico del pasado, por ejemplo Alejandro el Macedonia, y si pensamos en un personaje de la literatura como Macbeth, no pensamos en ellos de un modo distinto. Es decir, a la larga, todos los seres son memoria, no sólo los seres de carne y hueso, sino los de la literatura también. Nosotros mismos seremos tan irreales o tan reales como personajes literarios después de nuestra muerte. Y en caso de personas famosas, pueden serlo en vida también, es decir, ser imaginados por otros. No hay dos modos de imaginar a un personaje […] El hecho de que uno haya sido creado con palabras y el otro haya existido en carne y hueso, no supone una diferencia: Nos imaginamos a los dos de un modo idéntico.”

Se trata de un tema, como se sabe, muy caro a otras grandes figuras de los inicios del siglo XX; baste con pensar en Miguel de Unamuno y Luigi Pirandello, entre los principales actores de aquel pertinente manifiesto artístico según el cual la idea de ficción narrativa debería ser considerada como el mecanismo más adecuado para ajustar hasta el más efímero de los confines posibles entre la realidad y la ilusión artística, y como instrumento de análisis no sólo filosófico-existencial sino también histórico-social. “Digo – escribía el gran don Miguel de Unamuno en el lejano 1927– que nosotros, los autores y poetas, nos creamos y nos re-creamos también cuando escribimos una historia, cuando inventamos, cuando damos vida a personas que pensamos existen en carne y hueso, afuera de nosotros. ¿Mi Alfonso XIII de Borbón y de Hasburgo-Lorena, mi Primo de Rivera, mi Martínez Anido, mi conde de Romanones no son otras de mis creaciones, parte de mí mismo, como son mi Augusto Pérez, mi Pachico Zabalbide, mi Alejandro Gómez y todas las otras criaturas de mis novelas? Todos nosotros, que vivimos principalmente de la lectura y para la lectura, no podemos separar a los personajes históricos de los personajes poéticos o novelados”.

Y de la misma manera, autores como Camus, Borges o Rulfo, al narrarse y al desdoblarse en sus obras, sobreviven como seres de ficción de sí mismos, transformándose de las criaturas que fueron, en los personajes que quedarán después. El hecho de decir – como don Miguel recordaba– que don Quijote y Sancho Panza tienen más realidad histórica que Cervantes, y que no fue Shakespeare quien creó a Macbeth y Hamlet o al Rey Lear, Falstaff y Otelo, sino que fueron ellos quienes lo crearon a él, parece no poder entrar en la cabeza de aquellos que han estudiado la historia sin un mínimo de sentido histórico. Y todavía, haciendo una particular referencia a cómo compartía con Pirandello la idea de que los seres así llamados “de ficción”, podrán ser quizás menos reales que los hombres empíricos y fisiológicos, pero que resultan ciertamente más verdaderos, como hoy se diría, más verosímiles, añadía: “Los héroes de aquella que llamamos ficción, todos los hombres arquetipos y creadores -nadie crea más de una ficción- no viven de lo que se llama realismo, sino de su verdad: la verdad que se ahoga en el realismo”.

Pero también es posible referirnos a ejemplos que derivan de la relación entre literatura y ciencias, como la neurobiología y la neurofisiología del cerebro. Tomando como punto de partida el trabajo de Olivier Sacks y del célebre neurofisiólogo ruso Alexander Luria, podemos afirmar que entre todas las ciencias la neurología es quizás la que más se acerca a la literatura: ambas tienen que ver -dice- con la percepción y sus problemas, sus gradaciones y sus colores. En caso, puede ser oportuno recordar lo mucho que algunos trabajos de Luria y, en particular, sus análisis de dos famosos “casos biográficos”, reunidos en los libros Un mundo perdido y reencontrado y Un pequeño libro, una gran memoria, han contribuido de manera absolutamente original a la comprensión de los complejas relaciones entre neuropatologías y la conciencia del Yo. El eje de sostén de estos trabajos, hechos tras las huellas de las brillantes intuiciones de su maestro Lev S. Vygotskij, estaba constituido por la idea según la cual las funciones más elementares del cerebro y de la mente no serían de carácter exclusivamente biológico, sino que, al contrario, serían condicionadas por las experiencias de la cultura, de las relaciones con los otros y con el mundo alrededor. Por otra parte, este planteamiento representaba uno de los pilares de aquella que había sido definida como una verdadera “ciencia romántica”, en oposición a la visión clásica de la ciencia de la época que creía deber observar los eventos en los términos de sus partes, aislando cada uno de los elementos, analizándolos a partir de los más sencillos a los más complejos, y formulando leyes y categorías áridas y abstractas. Al contrario, la visión “romántica” no pretendía subdividir la realidad y tanto menos reducir o simplificar -generalizando- su enorme riqueza, y tampoco cada una de sus complejas cualidades. Para Luria era de importancia fundamental “preservar integra la riqueza de la realidad viviente”, llegando a una nueva manera –muy sociológica- de pensar la naturaleza del ser humano.

A este fin, y en particular en los trabajos citados, los pacientes se presentan en su totalidad: la unicidad de estas dos “novelas neurológicas”, como escribió Oliver Sacks en un ensayo introductivo, “está en su estilo, en la combinación de una descripción rigurosa y analítica, con una comprensión e identificación profunda con sus sujetos”. El primer ensayo concierne a los avatares de L. Zasetskij, un hombre herido por los fragmentos de un proyectil que le habían causado un daño masivo en el cerebro y en particular en la región occipital parietal izquierda. Intercalando la voz narrativa del protagonista con digresiones de carácter neuroanatómico sobre el funcionamiento cerebral, Luria logra narrarnos la devastadora disgregación de las específicas funciones cerebrales y mentales del paciente, a la que corresponde una dramática fragmentación que afecta su identidad, lacerando todos los aspectos de su existencia. “En la memoria no hay nada -dice Luria-, no logro recordar una sola palabra, todo lo que queda en la memoria ha sido pulverizado, literalmente hecho añicos, sin algún orden. Su Yo y su mundo anteriores se han perdido. Al mismo tiempo, ya que sus lóbulos frontales han quedado intactos, él es totalmente consciente de su situación y es capaz de cumplir con los esfuerzos más determinados e ingeniosos para mejorarla.

“Este libro -recuerda también Sacks- no hubiera sido posible sin lo que había escrito el mismo Zasetskij quien, por su amnesia y afasia (ya no era capaz ni de leer ni de recordar lo que había escrito), podía solamente juntar recuerdos y pensamientos así como le llegaban casualmente, y con las dificultades y lentitudes más lacerantes. A menudo no sabía recordar o escribir y, en el mejor de los casos, lograba escribir solamente pocas páginas por día. No obstante, con perseverancia y tenacidad increíbles, consiguió escribir tres mil páginas a lo largo de veinte años y después -y éste es un punto crucial- juntarlas y ordenarlas, hasta restablecer y reconstruir su vida, realizando un conjunto significativo de esos fragmentos. La manera cómo, reconstruyendo su propio relato, logró re-apropiarse del sentido de su vivencia, del significado de su propia vida, constituye un ejemplo extraordinario por la comprensión de la relación entre lenguaje, formación del Yo y autonarración.

El segundo ”caso neurológico”, resultado de las investigaciones de Luria, constituye una biografía otro tanto “extrema”, que se opone diametralmente a la primera. Serasevskij (el protagonista de este segundo caso) es de hecho un mnemonista, un hombre que se presenta a su médico con una hipertrofia de la memoria exorbitante que, haciendo un paralelo literario, podría compararse con el famoso Funes de Borges. También en este caso, más que a una árida y abstracta relación clínica, nos encontramos frente a una interpretación humana de lo que significa vivir con una mente que registra meticulosamente cada detalle de la experiencia, pero incapaz de captar el significado de ese registro, de “captar su sentido”. “Bajo ese punto de vista -escribe Jerome Bruner- lo esencial del relato humano de Luria está presente en el espíritu de los personajes de Kafka y Beckett, simbólicamente despojados del poder de encontrar significados en el mundo”.

La argumentación que Oliver Sacks propone al final de su presentación a ese grande y subestimado estudioso ruso, está impregnada de significado y constituye una reflexión que, a mi parecer, se adapta perfectamente a la reflexion que estimo aquí proponiendo: en estos trabajos, escribe, está presente un “concepto general” que se aplica a todos los seres humanos, aunque se aplique al análisis de casos extremos de carácter patológico. Se trata, mirándolo bien, de la repropuesta de una vieja lección que nos han trasmitido ya célebres pensadores como Sócrates, Freud o Proust: “que una vida, una vida humana, no es una vida hasta que no esté analizada; que no es una vida hasta que no sea recordada y asimilada; y que este recuerdo no sea algo pasivo, sino activo, la construcción activa y creativa de la verdadera vida de un individuo, el descubrimiento y la narración de la verdadera vida de un individuo. Es profundamente irónico -concluye Sacks- en estos dos libros maravillosos y complementarios, que sea el hombre de la memoria, el mnemónico, el que ha perdido, en este sentido, su vida, y que sea el hombre amnésico destruido, el que la ha conquistado y reconquistado”.-
Una identidad se vuelve tal -podría decirse como parcial conclusión de este complejo y también fascinante discurso- a través la autoconsciencia, si y sólo si se logra transformar un material más o menos bruto depositado en la memoria (los recuerdos que de un modo u otro conciernen a la vida que se ha vivido), en una historia, nuestra historia.

El problema, de no poca importancia, pero que a veces puede emerger, consiste precisamente en la supuesta veracidad de los recuerdos y aquella –no menos significativa- de los criterios legitimados, más o menos significativos de las “pruebas” que una colectividad requiere para evaluar su credibilidad y autenticidad. La autoconsciencia individual es, de hecho, un fenómeno caracterizado por intermitencias e irregularidades. Los episodios individuales y circunscritos en los que los seres humanos, relacionando los diversos fenómenos autoconscientes, elaboran su sentido unitario del Yo, no pueden ser más que explicados haciendo referencia, como ya evidenciamos, a la cuestión de la narración y de la autonarración. A este respecto, resulta del todo aceptable la siguiente definición: “La autoconsciencia es una especie de discurso con el que nuestra mente busca reunir las varias experiencias con las que nuestro cuerpo se encuentra (y se ha encontrado) implicado, para unificarlas. La autoconsciencia, en este sentido, es una historia que se construye en nuestra mente —basándose en los conocimientos que posee, en las reglas del lenguaje, en las palabras de las que dispone, en la percepción del ambiente exterior—, y en la que, de alguna manera, encuentran lugar todas o casi todas, o por lo menos las más accesibles, las informaciones de las que la mente dispone”.

“De alguna manera”, porque estas historias muy a menudo no son ni coherentes ni verdaderas, como en el caso de las explicaciones del propio comportamiento ofrecidas por los pacientes que sufren de determinadas patologías de carácter cerebral. En este sentido, narrar de sí mismos significa ofrecer una coherencia lingüística -por lo tanto una identidad única de referencia- a las experiencias con las que nos encontramos a lo largo de la existencia.
Para concluir, encontramos a este propósito otro de los grandes temas de la reflexión contemporánea sobre sociología, literatura e identidad: Hay que narrar para ser -como recuerda Jonathan Frazen- y narrar significa reconstruir el pasado, inventarlo, crearlo y recrearlo en la escritura.

Significa también, mentir.

Cfr.: (http://www.quadernidaltritempi.eu/rivista/numero29/bussole/q29_b01.htm.)
Porque “el discurso humano no puede prescindir de la mentira. Quizás la mentira ha nacido de la necesidad de la invención narrativa, de la compleja necesidad de ‘decir lo que no es’”. En nuestras gramáticas los conjuntivos, los condicionales, los optativos y las proposiciones que empiezan con “si” hacen posible una oposición a la realidad radicalmente humana e indispensable”.

La vivencia temporal es una cuestión de óptica interna. La memoria ordena nuestras experiencias en el tiempo como un pintor ordena el espacio en perspectiva: recordar significa organizar en categorías al mundo que nos rodea y no hay ninguna manera de describir el pasado sin mentir. Narrar el pasado significa transformarlo y, si no se quiere correr el riesgo de transformarlo, entonces no merece la pena tratar de hacerlo. Pero llegados aquí, como había hecho anteriormente con Borges, basta con dejar intervenir a un autor del calibre de Isaac Singer, con quien podemos glosar: “Cuando un día pasa, deja de existir. ¿Qué queda? Nada más que una historia. Si las historias no fueran contadas o los libros no fueran escritos, el hombre viviría como los animales, sin pasado ni futuro, en un presente ciego”.

Entonces es preferible escribir, también es mejor mentir, con tal de poder contar y transmitir a nuestros contemporáneos y a las generaciones futuras las historias más auténticas y ejemplares de aquellos que, en el bien y en el mal, han sido, y reconocemos que siguen siendo todavía, nuestros padres, nuestra memoria.

Gianfranco Pecchinenda, italiano, es sociólogo y escritor. Escribe tanto en italiano como en español. El presente texto está escrito en español, y remitido directamente a Argenpress Cultural para su difusión.


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