jueves, 22 de noviembre de 2012

Sinfonía en Re menor


Miranda Navas (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El teatro estaba vacío. En él, no se escuchaba ni un solo ruido. Las aterciopeladas butacas rojas yacían ahí sin que nadie ocupara los lugares; el escenario relucía sin que nadie estuviera de pie sobre sus suelos de madera. El telón estaba inerte, sin poder deslumbrar a su público al descubrir una nueva maravilla.

Se abrieron las puertas, se rasgaron boletos y se indicó por qué puerta entrar. Poco a poco, el teatro resplandecía con vida. Entraron jóvenes, algo incultos, con pantalones de mezclilla y la camisa de fuera. Entraron familias, arrastrando a sus niños, que no comprendían la maravilla que estaban a punto de ver. Parejas, usando sus vestidos y trajes elegantes, entraron con el mentón en alto y ojo juzgón a aquellos con pantalones rasgados.

Al centro, en la quinta fila, un letrero de reservado aún estaba sin quitar. A lo lejos, por el lateral izquierdo, estaba sentado el embajador de Japón; más atrás había una familia de turistas a quienes les habían regalado las entradas. El teatro se fue llenando, quedaron pocos lugares por aquí y por allá.

Se iba acercando la hora; el programa decía que la función empezaba a las 8. En el teatro se es puntual. Muchos empezaron a mover las manos, a buscar en qué entretenerse. Las señoras mayores reprendían a sus hijos y con una mirada fulminante los dejaban en su butaca; las parejas se hablaban al oído y los jóvenes revisaban el programa, luego el teléfono, y volvían a desviar la mirada, tratando de hallarle sentido a los nombres extraños del programa.

Al teatro entró una joven, el cabello recogido en un moño elegante y un delicado vestido de noche. Tenía las manos engarrotadas sobre su pequeño bolso de mano y jugueteaba con su fino chal. La señorita le indicó el asiento reservado, quitó el letrero y le deseó que disfrutara el espectáculo.

Ella tomó asiento, miró a su alrededor y suspiró. No había nadie que conociera, nadie a quien saludar, nadie con quien distraerse de los nervios. Justo entonces, entró el maestro de ceremonias.

Iban a empezar.

La joven se irguió en su asiento, puso la espalda recta y se quitó el chal de los hombros. El maestro de ceremonias les deseó una feliz noche, habló un poco de lo que estaban a punto de presenciar y se despidió con una cálida sonrisa y un “Disfruten el Show”.

Entraron los instrumentos poco a poco, los chelos se acomodaron sus instrumentos entre sus piernas; los oboes y flautas ajustaron sus faldas y luego entraron las trompetas, con sus instrumentos bajo el brazo y aire gallardo. Los últimos en entrar... eran los violines. Irguieron la espalda y levantaron el mentón el orgullo.

Luego, luego entró alguien importante. El primer violín. Con un traje aún más elegante y con caminar pomposo, se acercó al centro del escenario. Asintió con la cabeza y saludó a su público, se dio la vuelta y alzó el arco. Todos empezaron a tocar y al principio, no había armonía, no había música en aquel barullo de sonidos. Afinaron todos sus instrumentos por unos segundos y luego, el joven tan orgulloso, levantó su violín.

Se escuchaba una cacofonía de sonidos que suave y lentamente se transformó en una bella armonía. Sus cabezas se laderon al unísono, la melodía cautivó a la audiencia y no hubo nadie que no inclinara la cabeza junto a ellos y se deleitara con la armonía de los instrumentos. Pero aquel sonido celestial en sus oídos terminó demasiado pronto, el joven tan apuesto que llevaba su violín en brazos tomó asiento y esperaron al director.

Todos aplaudieron con emoción cuando el director entró. Su traje bien elegante, la camisa bien planchada y el corbatín algo torcido de las tantas veces que jugó con él, aún estaba por acostumbrarse a ese pequeño detalle. Sus rulos color miel estaban alborotados en una melena indomable y se podía observar un leve temblor en sus manos cuando hizo una reverencia a la audiencia y luego saludó con un fuerte apretón al primer violín, como era la costumbre.

Se subió al podio y volvió a jugar con el corbatín. Le molestaba y sentía que lo ahorcaba. La joven lo observó detenidamente cómo tomaba su último suspiro y alzaba sus brazos nuevamente para empezar a dirigir la melodía. Los sonidos que se entrelazaron en la melodía más dulce retumbaron por las paredes, llegaron a cada rincón del teatro y capturaron el corazón de cada persona ahí.

Los niños, los niños dejaron de distraerse y observaron anonados a la orquesta. Los jóvenes dejaron el celular a un lado y escuchaban con los ojos cerrados aquella melodía que parecía hablarles directamente a ellos. Pero nadie, nadie estuvo tan asombrado como esa joven. Sus labios se separaron en asombro, sus ojos se abrieron en excitación y fue imposible ocultar su sonrisa.

No era nada parecido a todo aquello que había escuchado antes, podía ver la historia entre las notas y silencios, podía ver cada alegría, cada tristeza y cada pelea que inspiró esa canción. Su estómago se llenó de mariposas y recordó lo bello que era estar enamorada, el torbellino de emociones que recorrían su cuerpo y las millones de sonrisas que provocaba.

Ella no era muy fan de Mozart, Bach o Beethoven. No los escuchaba mucho y no estaba segura si le gustaba su música o no. Pero al escuchar la música de esos violines y oboes, entendió la grandeza de su música, entendió lo talentosos y grandes que fueron al componer música.

La música se grabó en su mente y cada sensación que le dio se tatuó en su piel; nunca olvidaría esa noche. Nunca olvidaría ese regalo tan preciado, un lugar reservado.

Al llegar el receso la joven se quedó sentada con los hombros encorvados en timidez. No conocía a nadie y no estaba segura de que hacer en estos casos. Una mano cálida tocó su hombro y ella volteó la mirada. Ahí estaba, el amor de su vida.

-¿Qué te pareció?- le preguntó, doblando las rodillas para estar cara a cara. Ella sonrió.

-Me encantó, fue hermoso.... realmente hermoso-

-Me alegra que te haya gustado- dijo él con voz temblorosa, jugando nuevamente con su aún molesto corbatín.

-Déjame ayudarte con eso- le dijo ella, poniéndose de pie y arreglando el demasiado apretado corbatín con delicadeza.

Suspiró en alivio cuando no sintió el corbatín tan asfixiante y sonrió. Rodeó su cintura y le besó la frente.

-Gracias. Te adoro, te veo cuando termine la función- se despidió y besó la comisura de sus labios. Se alejó por el pasillo de alfombras rojas y se apresuró a regresar a tras bambalinas.

El concierto continuó deslumbrando a todos los que estuvieron en el teatro y finalizó con una melodía preciosa, una melodía que le sacó lágrimas hasta los de corazón más frío. Finalizó con un gesto de la mano y se volteó para los aplausos. Hubo unos segundos de silencio sepulcral, aún anonados por la belleza de la melodía, la armonía celestial, la fluidez de las notas y la historia que podía imaginar escondida entre cada compás.

Con una reverencia aceptó todos los aplausos del público y las aficionadas ovaciones de pie. Nadie se detuvo mientras él salía del escenario, los instrumentos se quedaron de pie y esperaron. Los aplausos continuaron, las ovaciones de pie aumentaron y empezaron los chiflidos y felicitaciones, ¡Bravo! ¡Bravo!

El director salió nuevamente al escenario y tocó la última parte de su sinfonía, cerrando el concierto con unas breves palabras por parte del maestro de ceremonias, con las que desearon una feliz noche. Poco a poco fueron saliendo los artistas con sus instrumentos, se fueron yendo de uno en uno hasta que solo quedó la joven esperando junto a la puerta.

Salió el director, con el cuello de la camisa suelto y el corbatín en el bolsillo del saco. Su sonrisa iluminó el lobby, ya no estaba nervioso ni angustiado. Su música, sus composiciones en las que tanto había trabajado eran un éxito, el público estuvo encantado y la noche fue perfecta.

-Vamos amor, te invito a cenar- le dijo al oído, besándole la mejilla. Ella le sonrió y bajó la mirada con las mejillas sonrojadas.

-Te cambiaste los zapatos-comentó, observando sus tenis de siempre, desteñidos y algo rasgados.

-No estoy hecho para corbatines y zapatos de vestir- comentó él, farfullando un desdén hacía el asfixiante corbatín.

Ella rió por lo bajo, ese era el hombre del que se había enamorado. Un director y compositor, un artista que escribía melodías hermosas y presentaba en el Teatro Nacional sus obras. Todos conocían a ese hombre, pero había alguien más que pocos conocían, un hombre que detestaba levantarse temprano los sábados, leía solo los chistes del periódico, apenas podía hervir agua sin quemar la casa y amaba sus tenis desteñidos.

Ese hombre también la había enamorado, con sus risas y sus melena alocada, su música y sus amenazas a muerte cuando trataba de levantarlo temprano. Le rodeó la cintura mientras caminaban al auto y se dirigían a comer algo, recostando la cabeza en su hombro y respirando profundo ella sonrió. Era feliz.

Él le escribió una canción... la tocó en el Teatro Nacional y llevaba por nombre, "Mujer del Asiento Reservado", Sinfonía en Re Menor.


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