jueves, 22 de noviembre de 2012

“Skyfall”: Bond, mi nombre es James Bond


Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi primer recuerdo del agente 007 proviene de una película protagonizada por Roger Moore y Barbara Bach, “La espía que me amó”, a fines de los años 70. Por entonces, Moore ya se había acostumbrado al rol en el que le tocó suceder a Sean Connery, considerado por mucho tiempo el Bond “ideal”. Después del fin de la Guerra Fría, la franquicia administrada por el hoy fallecido Albert Broccoli tuvo que dar una necesaria vuelta de tuerca para ya no seguir utilizando como enemigos a agentes de la ex Unión Soviética sino buscarlos en otros parajes y paisajes, cuanto más extraños y exóticos, mejor.

Timothy Dalton y Pierce Brosnan poco aportaron a la leyenda de un personaje que había entrado en crisis hacia los años 90 pues sus aventuras ya no llamaban la atención como en “El satánico Dr. No”, a mayor gloria de la hermosa UrsulaAndress, ícono cinematográfico de los 60. Con Daniel Craig y una efectiva aventura como “Casino Royale” parece que las cosas fueron mejor, ya en este siglo. Otra hermosa chica Bond, Eva Green, moría dejando al agente sufriente y enamorado y otorgándole, si es posible, una dimensión más humana.

Ahora el 007 cumple medio siglo y sus aventuras por el mundo no han terminado. Sus enemigos son ahora terroristas árabes o guardaespaldas orientales, o llevan el rostro deformado de un Javier Bardem que hace de los trucos y una ambición desmedida sus mejores armas para despistar a un Bond que tiene que pasar por pruebas psicólogicas y físicas para demostrar que aún puede estar “al servicio de su majestad”. Así, la trama de “Skyfall” no sorprende pero tal vez entretenga. Sus dos horas transcurren entre los tópicos más recurrentes de otros Bond, aunque debe admitirse que esta versión dirigida por Sam Mendes opta por limpiar de erotismo la escena, a diferencia de la a veces sobredimensionada masculinidad que otros cineastas mostraban en la acción de Connery o Moore.

La historia aquí no es muy distinta de otras películas que han alcanzado igual repetición de entregas con el tiempo como “Misión imposible” o las cintas del agente Bourne. Daniel Craig, frío pero no tan calculador, le exige precisión a su propio dramatismo e igual lo vemos resucitar en una lejana playa o correr por el centro de Londres imitando a un maratonista. Los ecos de la erosión capitalista, sin embargo, se disimulan, y escenarios como Shanghai o Macao son sólo escalas, tal vez peligrosas, en un recorrido que ahora incorpora amenazas al servicio secreto registradas en YouTube o la urgencia de acabar con un enemigo cruel e insano.

La fotografía de Roger Deakins, habitual de los hermanos Coen, explora las oscuras profundidades del mal, como en los últimos minutos de la cinta, cuando Bardem y sus mercenarios asisten a su cacería final. James Bond es un clásico en la medida que siempre despierta asombro, como en la escena inicial, con peleas sobre un tren en movimiento, que sigue a una persecución interminable, pero en realidad, y hay que insistir en ello, el agente 007 no es más que una marioneta que en tiempos de globalización, narcotráfico y poscapitalismo, poco aporta a la visión de un mundo cuyos problemas son tan graves e insolubles que el propio Bond, aquí y ahora, se siente limitado ante retos que, tal vez en sus inicios, representaron novedades para su consolidación cinematográfica.

“Skyfall” no es un renacimiento. Es la triste condición de ser Bond, a costa de todo y de todos. Un canto de cisne en un mundo que lo inunda y lo sobrepasa.


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