miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sorpresa en el ascensor: Guión-cuento


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

(Un cuento abreviado del original)

Ella, desde lejos, anunciaba que tenía estilo.

Algo indefinible para la mayoría. No era su caso.

Cuando ingresó al palier del suntuoso edificio, estaba de espaldas y una airosa impaciencia, en su porte, anticipaba que no solía esperar. Ese deslizar imperativo tenía la insolencia del mar enojado.

Se tomó su tiempo, apreciando, en tanto el indicador luminoso del ascensor, guiñaba cómplice la proximidad.

Revisó su cabello largo estirado, recogido con anudador de oro, a la nuca. Depositó en el piso el lujoso maletín rectangular, de cuero negro.

Se miran, en tanto aguardan el elevador, que hace las veces de permisionario virtual para llegar al cielo. Certifica el reloj, adosado como un imán de lujo en su muñeca izquierda; de estirpe y, por lo tanto, discreto; es preciso, tanto que, en realidad, le demostró que restaba media hora, para el cese de actividad en ese hormiguero humano. Un cartel, al tono, así lo puntualiza.

Había llegado con la antelación que le fuera solicitada. Rozó, con su mano izquierda, el bolsillo interior del abrigo. Allí, el sobre marrón. Lo extrajo. Repasó su contenido. El dossier, que ella no podía ver desde su posición, estaba prolijamente ordenado; fotografía; identificación; horario de su llegada al edificio; piso y oficina, nada librado al azar.

Ella, con el dominio natural para estas situaciones, no perdió detalles de sus movimientos. Era una atención magnética. La distancia que los separaba, en ella accionaba expectativas.

Silencioso, el transbordador de personas -jaula metálica y babelica-, se detuvo y las puertas deslizaron su invitación a la leve penumbra acogedora, que parecía aguardarlos. Ascienden, son los únicos pasajeros. Ella, desafiante, preserva el estilo. Indicaron a la memoria iluminada, su piso. Se volvió, en dirección al espejo, para retocarse y comprobar, satisfecha, que su dominio y el de la situación, estaban intactos; no descuidó, en la observación, la compañía, que mantenía la cabeza inclinada.

El ascensor funcionaba con velocidad moderada y el leve zumbido del aire acondicionado, asordinaba la suave música ambiental, que regalaba climas bucólicos, casi predecibles.

Lo armonioso se detuvo a mitad de camino, entre dos pisos. La luz comienza a parpadear. Estertores de luciérnaga malherida.

Ambos cruzan, en principio, miradas indiferentes. Midiéndose, pero sin inquietud. Pasa el tiempo. El silencio crece. El hermético habitáculo progresa su protagonismo. La opresión no se queda atrás.

En ella gana terreno el nerviosismo y el desamparo. Un llanto silencioso se asomó a su mirada. La altivez rodó sin elegancia.

- ¡el encierro me aterra!... balbuceó y su espléndida figura, mutó. La mirada se tornó suplicante.

- ¡llamemos!... ¡alguien debería oírnos! Golpea, vanamente, la puerta.

La etapa de emergencia, demora, según otra referencia de instrucciones, que no advierte...

-¡por favor!... ¿qué podemos hacer?... reclama y consulta. Sus manos convulsas aferran la chaqueta gris. La oscuridad venció a la luz; todo espaciaba, lentamente. Ella se le adhiere, desesperada, entregándose, por una libertad que no le pueden devolver.

Los cuerpos se estrecharon, con ferocidad por parte de ella, invadida de desesperación.

La intermitencia es el arma de la fugacidad y la confusión.

El reloj se ha detenido.

Están suspendidos en la eternidad.

Los presumibles regresos, fosforecen.

La indefinición abre paso a la imploración, abandonándose.

Trabaja el cuerpo de ella. Sus manos la recorren urgentes; la calman y la colman. La exploran minuciosamente, luego de despojarla de sus ropas, ahora dispersas en el piso del ascensor. Conoce todas las formas del placer que reclama una mujer. Ella es arcilla. Ha abandonado el espacio del temor, ahora ocupado por el placer inesperado y de intensidad desconocida.

El control estaba en esas manos, ávidas, que conocen todas las respuestas y la transportan al universo del goce, sin etapas.

Una boca implacable derramó, en su centro vital, sensaciones imposibles que la lengua, voraz, ejerció clausurando pausas.

Se dejó estar, definitivamente, estallando furiosa; lluvia y fuegos de artificio.

La luz regresa, asombrada y acompañada del aire, la música y los servicios. El ascensor retoma la marcha.

Obediencia de vida, se detiene donde le fuera indicado. Las puertas se abren y el estuche negro, cobra protagonismo.

Busca y encuentra el elemento requerido para trabar la puerta, dejándola entreabierta.

Marcha por el pasillo, sin prisa, recorriendo con manos enguantadas, las inscripciones doradas, desafiantes, desde la parte superior de las oficinas, hasta dar con la que busca.

Abre la puerta, hospitalaria, que cede sin ruidos. Deposita el maletín sobre una mesa rectangular, que armonizaba con su diseño.

Descorre cierres y extrae elementos para montar el arma automática, con mira infrarroja.

Puso la fotografía, que había extraído del sobre marrón, al alcance de su vista.

Se dirige a la ventana, muellemente encortinada. La revisa. Descubre el visillo especialmente adaptado para apoyar el arma.

Abajo, en la calle, más precisamente en la puerta del edificio frontero, alguien, el hombre de la fotografía, rodeado de agentes de seguridad, salía.

El arma lo sigue, como un dedo de fuego y el silenciador convirtió la descarga en murmullo. El hombre de la fotografía se miró, estúpidamente, la rosa roja que iba formándose en su pecho. Alrededor, la gente corre enloquecida. Arriba, en la soledad de la oficina, era desmontada el arma, con el mismo mortífero y eficiente silencio. Guarda cada pieza en su lugar. Recorre, de regreso, el pasillo. Destraba la puerta. Emprende el descenso.

En la planta baja, en el palier ya sin gente repite, con eficiencia profesional, el trabado del ascensor.

Al salir, antes de partir, dirige una piadosa mirada al desnudo cuerpo de la mujer, desmadejada; una muñeca desarticulada; la herida que la hoja del cuchillo dejara, perfecta, casi sin sangre, avalaba una siniestra destreza y la fatalidad de un testigo inoportuno.

Antes de abandonar el edificio, abrió la parte superior del abrigo.

Frente al espejo retiró de su rostro las aplicaciones especiales.

Dejó sus cabellos libres, al viento de la tarde, que aguardaba.

Una espléndida mujer, vestida de gris, apareció en la transformación.

Extrajo del maletín una bolsa de residuos de consorcio, allí lo guardó, junto a los apliques faciales.

Al abandonar el edificio dobló, cuidadosamente, el abrigo sobre el brazo.

A unos metros, el recipiente destinatario, resultó el mejor albergue transitorio. El camión recolector, puntual, luego de doblar la esquina y casi sin detenerse, carga y compacta.

En la calle, por donde transita, grácil e ineludible, se oyen gritos destemplados.

Móviles de radio y televisión, se disputan la primicia. Coyotes de la verdad. Uno de los cronistas no se lo guarda, volviéndose a su paso...

- ¡querida! ... no desaparezcas nunca... ¡volvé... te lo ruego!...

Su risa, cristalina, fue respuesta.

El periodista, excitado, ante el micrófono, reiteraba la información...

- ¡cayó la Bolsa de Valores!... han matado al ministro...

Detiene un taxi, que pasaba. Los ruidos tienden a disolverse. Asciende. Dentro, la noticia resistía en la radio. El locutor se ocupaba...

- no hay indicios...

- en las cercanías se ha descubierto...

- la inseguridad institucional obliga a cambiar el rumbo político del gobierno...

Se dirigió al conductor, en tono de ruego...

- ... ¿podés poner algo de música?...

El hombre, deslumbrado por la visión que le devolvía el espejo y en tanto la oscuridad avanzaba, cambió la frecuencia. CLAPTON entonaba “maravillosa esta noche”.

Satisfecha, extrajo del abrigo el teléfono celular... discó... aguardando que atendieran; cuando sucedió, su voz grave, de miel, anunció...

- ... el cordón ha sido cortado... y clausuró la comunicación, cerrando sus ojos gris verdosos y relajándose por el momento...


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