martes, 11 de diciembre de 2012

El rebuzno de Ali Baba


Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ali Baba (árabe علي بابا, persa علیبابا , turco Ali Baba) descrito en el cuento, que no es cuento, de aventuras Alí Babá y los cuarenta ladrones, perteneciente a Las mil y una noches, seguía e imitaba el Rebuzno de Virgilio, el de Ovidio, el de Persio y Apuleyo, tanto y bueno como al asnífluo leer de Shakespeare y Cervantes, estos de mayor fama y que ningún literato ha superado ni superará, y menos por pienso. A sus cuarenta ladrones, “esos tontos forrados en lo mismo” como él decía, en embustes y patrañas, en robos a mano alzada y prevaricaciones de vagos dicharachos, para vergüenza eterna de los pueblos, les había mandando a embaucar a cuatro majaderos de una manifestación contra la crisis, objeción pueril que no iba a eximirlos de palo y tente tieso.

Se había dado cuenta, torciendo la boca con un descompasado reír que el Onagro (Asno Rucio) de Sancho Panza Rebuznaba teniendo hierba. Que Rucio, mejor montura que los famosos Babieca del Cid y Bucéfalo de Alejandro Magno, la travestida mula falsa de don Quijote, tan seca y tan enjuta como él mismo, trotaba al rededor de un templo templario. Parando un instante, se puso a hacer cagarrutas, bolas que forma el excremento, que los buenos frailecitos, creo que capuchinos, recogieron, como un tesoro, “un rico incienso”, dijeron, para los fieles que ganaban mucho en ellas.



A pie seco, a la moderna, en la Gorrionera, lugar donde se recoge y oculta gente viciosa o maleante, Don Quijote, más sutil y suave, siempre en un crescendo, desmelenaba a Dulcinea del Toboso, una hermosa criada, como su Luz de la Noche , asomándose al abismo del gozo más guarro y visceral, como el duque de Molfetta, consumiendo, gastando y aniquilando la gomia de su caudal sexual .siguiendo la dinámica del puerco nuevo, mayor que el lechón, poco delicado en sus acciones, enfangado hasta el cuello en la telaraña de perversión de la asnal reliquia de ella.

Sancho Panza, quien como Kassim, su hermano , tenía una esposa andrajosa, rota, llena de harapos, trazando una raya o filete paralelo al borde donde Don Quijote hacía el amor con Dulcinea, atrajo hacia sí a su Jumento, que venía triunfante, (siempre fijo en el tal Asno Rucio), y sobre una tabla vertical con pie donde se ponen los manojos de lino o cáñamo para agramarlos, puso un caldero y, cerca del caldero, a dos cuartas, acercó la verga, comenzando a sobarla de tal modo que su memoria recordó a Cornelia, hija de Escipión el Africano, enfrentándose al pollón de su padre, creciéndole los fans por horas.

Sobre el caldero venía o caía una cosa como llovida de un cielo glande.

Sancho parecía un pobre leñador cortando la asnal madera, y observando con envidia el escondite o cueva del tesoro donde el ladrón de su Amo con su porra hacía una tortilla a Dulcinea, cual un Caco formidable diciendo Rebuznando: “Ábrete Sésamo”, y “Ciérrate Sésamo”; y Dulcinea, con una maca o señal que queda en la fruta por algún daño que ha recibido, se sentía como una macaca, hembra del macaco, afirmando: “Mi amor, majo, guapetón, he elegido un Asno”.


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