jueves, 12 de enero de 2012

El mechón de cabello

Giovanni Boccaccio
Tomado de “El Decamerón”

Agilulfo, monarca de los longobardos, estableció en Paria, ciudad de Lombardía, la base de su soberanía. Como sus antecesores, cogió por mujer a Tendelinga, viuda de Autari, también soberano de los longobardos.

La señora era hermosísima, prudente y honrada, pero desafortunada en afectos. Y, yendo muy bien las cosas de los longobardos por la virtud y la razón de Agilulfo, aconteció que un palafrenero de la nombrada reina, hombre de muy ruin condición por su nacimiento, pero superior en su oficio, y arrogante en su persona, se enamoró intensamente de la reina, y como su baja condición no le impedía advertir que aquel amor escapaba a toda conveniencia, a nadie se lo declaró, ni siquiera a ella con su mirada.

Y sin esperanza alguna siguió viviendo. Pero se jactaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alto lugar y, ardiendo en amoroso calor, se dedicaba a hacer mejor que sus compañeros lo que a su reina pudiese complacer. Por esto, cuando la reina deseaba cabalgar, prefería de entre todos al palafrén, lo que él tenía como un privilegio, y no se apartaba de ella, juzgándose afortunado algunas veces si podía rozarle los vestidos.

Pero el amor, como muchas veces vemos, cuando tiene menos esperanza suele aumentar, y así le sucedía al pobre palafrenero, que hallaba insoportable mantener su escondido deseo, al que ninguna esperanza ayudaba. Y muchas veces, no logrando librarse de su amor, pensó en morir. Y, reflexionando cómo lograrlo, decidió que fuese de tal manera que se notara que moría por el amor que había puesto y profesaba a la reina, y se propuso que fuera de manera que la fortuna le diese la posibilidad de obtener, totalmente o en parte, la satisfacción de su anhelo.

No deseó manifestar nada a la reina, ni expresole su amor escribiéndole, ya que sabía que era infructuoso hablar o escribir, mas resolvió ensayar si era posible, por ingenio, con ella acostarse. Mas no veía otro medio ni recurso que hacerse pasar por el rey, el cual no dormía con la reina de continuo.

Y para a ella llegar y entrar en su estancia, procuró el hombre averiguar en qué forma y hábito iba allá el rey. Y así muchas veces, durante la noche, se escondió en una gran sala del real palacio a la que daban los aposentos de la reina y del rey. Y una noche vio a Agilulfo salir de su cámara envuelto en un gran manto, en una mano una antorcha encendida y en la otra una varita, y en llegando a la puerta de la reina, sin nada decir, golpeó la madera con la vara una vez o dos, y abriose la puerta y quitáronle la antorcha de la mano.

Y esto visto, y vuelto a ver, pensó el palafrenero que él debía hacer otro tanto, y mandó que le aderezasen un manto semejante al del rey, y, provisto de una antorcha y una vara, una noche, tras lavarse bien en un baño para que la reina no advirtiese el olor del estiércol y con él el engaño, en la sala, como solía, se escondió.

Y notando que ya todos dormían, pensó que era momento de conseguir su deseo, o, con alta razón, la muerte que arrostraba, y, haciendo con la yesca y eslabón que llevaba encima un poco de fuego, encendió la luz y, envuelto en el manto, se acercó al umbral y dos veces llamó con la vara. Abrió la puerta una soñolienta camarera, que le retiró y apartó la luz y él, sin decir nada, traspasó la cortina, quitose la capa y acostose donde la reina dormía. Deseosamente la tomó en sus brazos, y, fingiéndose conturbado por saber que en esos casos nunca el rey quería oír nada, sin nada decir ni que le dijesen, conoció carnalmente varias veces a la reina aquella noche. Apesadumbrábale partir, pero comprendiendo que el mucho retardarse podía volverle en tristeza el deleite obtenido, se levantó, púsose el manto, empuñó la luz y, sin nada hablar, se fue y volviose a su lecho tan presto como pudo.

Y apenas había llegado allá cuando el rey, alzándose, fue a la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho, y entrando en el lecho y alegremente saludándola, ella, adquiriendo osadía con el júbilo de su marido, dijo:

-Señor, ¿qué novedad es la de esta noche? Ha instantes que os partisteis de mí y más que de costumbre os habéis refocilado conmigo, ¿y tan pronto volvéis? Mirad lo que hacéis.

Al oír tales palabras, el rey presumió que la reina había sido engañada por alguna similitud de persona y costumbres, pero como discreto, en el acto pensó que, pues la reina no lo había advertido, ni nadie más, valía más no hacérselo comprender, lo que muchos necios no hubiesen hecho, sino que habrían dicho: "Yo no fui. ¿Quién fue ¿Cómo se fue y cómo vino?" De lo que habrían difamado muchas cosas con las cuales hubiera a la inocente mujer contristado, y aun quizás héchole venir en deseo el volver a desear lo que ya había sentido. Y lo que, callándolo, ninguna afrenta le podía inferir, hubiera, de hablar, irrogándole vituperio. Y así el rey respondió, más turbado en su ánimo que en su semblante y palabras:

-¿No os parezco, mujer, hombre capaz de estar una vez acá y tornar luego?

-Sí, mi señor, pero, con todo, ruégoos que miréis por vuestra salud.

Entonces dijo el rey:

-A mí me place seguir vuestro consejo y, por tanto, sin más molestia daros, me vuelvo.

Y, con el ánimo lleno de ira y de mal talante por lo que ya sabía que le habían hecho, tomó su manto, salió de la estancia y resolvió con sigilo encontrar al que tan feo recado le hiciera, imaginando que debía ser alguien de la casa y que no había podido salir de ella. Y así, encendiendo una lucecita en una linternilla, se fue a una muy larga casa que había en su palacio sobre las cuadras y en la que dormían casi todos sus sirvientes en distintos lechos. Y estimando que al que hubiese hecho lo que la mujer decía no le habría aún cesado la agitación de pulso y corazón por el reciente afán, con cautelosos pasos, y comenzando por uno de los principales de la casa, a todos les fue tocando el pecho para saber si les latía el corazón con fuerza.

Los demás dormían, pero no el que había yacido con la reina, por lo cual, viendo venir al rey e imaginando lo que buscaba, comenzó a temer mucho, en términos que a los pálpitos anteriores de su corazón se agregaron más, por albergar la firme creencia de que, si el rey algo notaba, le haría morir.

Varias cosas le bulleron en el pensamiento, pero, observando que el rey iba sin armas, resolvió fingir que dormía y esperar lo que aconteciese.

Y habiendo dado el rey muchas vueltas, sin que le pareciese encontrar al culpable, llegose al palafrenero, y observando cuán fuerte le latía el corazón, se dijo: "Éste es". Pero como no quería que nadie se percatase de lo que pensaba hacer, se contentó, usando unas tijeras que llevaba, con tonsurar al hombre parte de los cabellos, que entonces se llevaban muy largos, a fin de poderle reconocer al siguiente día; y, esto hecho, volviose a su cámara.

El hombre, que todo lo había sentido y era malicioso, comprendió por qué le habían señalado así y, sin esperar a más, se levantó y, buscando un par de tijeras que había en el establo para el servicio de los caballos, a todos los que allí yacían, andando sin ruido, les cortó parte del cabello por encima de la oreja y, sin ser sentido, se volvió a dormir.

El rey, al levantarse por la mañana, mandó que, antes de que las puertas del palacio se abriesen, se le presentase toda la servidumbre, y así se hizo. Y estando todos ante él con la cabeza descubierta, y viendo a casi todos con el cabello de análogo modo cortado, se maravilló y dijo para sí: "El que ando buscando, aunque sea de baja condición, muestra da de tener mucho sentido". Y, reconociendo que no podía, sin escándalo, descubrir al que buscaba, y no queriendo por pequeña venganza sufrir gran afrenta, resolvió con cortas palabras hacerle saber que él había reparado en las cosas ocurridas y, vuelto a todos, dijo:

-Quien lo hizo, no lo haga más, e id con Dios.

Otro les habría hecho interrogar, atormentarlos, examinarlos e insistirlos, y así habría descubierto lo que todos deben ocultar, y al descubrirlo, aunque tomase entera venganza, habría aumentado su afrenta y empeñado la honestidad de su mujer. Los que sus palabras oyeron se pasmaron y largamente trataron entre sí de lo que el rey había querido significar, pero nadie entendió nada, salvo aquel que tenía motivos para ello. El cual, como discreto, nunca, mientras vivió el rey, esclareció el caso, ni nunca más su vida con tan expuesto acto confió a la Fortuna.

Giovanni Boccaccio (1313-1375), escritor italiano. Uno de los padres de esta lengua. Autor de la monumental obra “El Decamerón”, sátira totalmente vigente hoy, más de seis siglos después de escrita.

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Kafka, el niño que le temió al poder

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A la obra de Franz Kafka regreso no sólo a través de sus libros, también vuelvo a ella cuando me pierdo en el entramado del mundo (la burocratización de las salidas, la pretensión de sistematizar el todo, el ruido, la no vida). Siempre he creído que en La metamorfosis, El proceso, El castillo o Carta al padre, se esconde un niño que le temió al poder (la inquebrantable verdad del poder). Entre los numerosos análisis que le han dedicado al tema Kafka y poder, el de Elías Canetti describe muy bien la vulnerabilidad del escritor checo por no hallarse en la sociedad de los “fuertes”. Desde el título, El otro proceso de Kafka, Canetti se acerca al temor que su escritor favorito sentía hacia la autoridad como forma absoluta de interpretación de la vida. Según Canetti para Kafka el poder era el camino contrario a la libertad: “Dado que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado que el auténtico objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de sus formas, lo presiente, reconoce, señala o configura en todos aquellos casos en que otras personas lo aceptarían como algo natural” (p. 152).

En Kafka, padre y Estado son el mismo monstruo que devora utopías. Y el utopista sabe que el poder le quiere moldear la mirada (la que descubre los espacios invisibles). En su fuga (de la prisión externa) el escritor encuentra la puerta de la ficción. Y la abre para descubrir un universo que le permite vivir alejado de la rigidez que aceptaron los otros, como quien huye hacia la habitación de su infancia. Sin embargo, en la misma soledad de sus sueños, siente que lo alcanza la frialdad de las leyes de un mundo demasiado mecanizado para pretenderse humano. Y en respuesta devuelve una magistral interpretación del mandato adulto que (desde el absurdo) adoctrina la magia infantil. Canetti se explica que para Kafka la literatura era una metamorfosis constante, un acto humilde y supremo de cambio (el ilusionista cuyo acto maestro es su propia desaparición del mundo de hombres sin alma), una de las dos opciones que tenía el ficcionista negado a participar en el circo del endurecimiento de las sensibilidades. La otra vía era implosionarse junto al circo, pero Kafka no tenía vocación de kamikaze. “Uno se hace muy pequeño, se transforma en insecto con el fin de ahorrarle a los demás la culpa que cargan por no amar y por vejar al prójimo; uno se desapetece de los demás, que con sus repulsivas costumbres no cesan de acosarle.” (El otro proceso de Kafka, p. 65).

El otro día me detuve ante el siguiente titular: “La urbana ha multado más de 100 veces a un indigente sin techo y sin recursos”. De inmediato cerré el periódico (negado a buscarle alguna explicación al suceso) y pensé en el creador de Gregorio Samsa, el escapista que se convirtió en bicho para no ser un adorno más de la familia y del trabajo. Kafka, el corredor de seguros que en sus momentos libres volaba hacia la nada; Kafka, la fragilidad del amor en un mercado de ruidos; Kafka, el sujeto que se le fugó (como el joven que huye de la milicia) al proyecto del hombre cemento (Una data, muchos números, ningún ser). Franz Kafka, como un indigente de la dureza del mundo, vivió sin saber exactamente qué hacer con la sensibilidad que sacudía su existencia. La casa, la educación, la sociedad. Una respuesta para todas las preguntas; una realidad para todas las posibilidades; la uniformidad de las emociones (el espectáculo global que frivoliza el yo particular de cada uno), el imperio de lo tangible. ¿Quién dijo que fuera fácil dejar de ser el niño de la imaginación poderosa para convertirse en un adulto servidor de las pesadillas de la burocracia? ¿Se le permite a un adulto soñar realidades múltiples en un mundo educado para una realidad absoluta? Y no puedo evitar que Kafka renazca, así como en la noticia sobre las multas contra el indigente, en cada niño que corre por los laberintos de su juego sin sospechar que afuera, en la oficina del mundo, lo espera una telaraña de acero que amenaza con helar su fuego.

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Cultura Express

Chara Lattuf (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En los tiempos de globalización, del sistema del Mercado en el que se ofertan los productos de consumo masivo, va quedando rezagado el sector cultural, cual como sobrevivencia busca adaptarse a estos tiempos. De la misma forma que nace, crece un producto cuando sale a la venta, las obras, actividades y todo lo que rodea a las manifestaciones artísticas terminan en un espacio reducido, siendo apreciados por unos pocos. Aún así tienen un mercado que al final resulta ser elitesco; contrario a lo que se piensa que el arte ahora es más masivo, desde la entrada y uso del Internet y otras formas de comunicación llamadas redes sociales.

Las Bellas Artes como la pintura, música, danza, escultura y otros coexisten con otras formas que se expanden con el diseño gráfico, la llamada cultura popular que se aleja del academicismo e interpretan tradiciones y formas de expresarse en la cotidianidad de pueblos a través del tiempo. Del mismo modo buscan un espacio en la sociedad, en la que llevan al llamado entretenimiento y presentaciones que interpreten una forma propia y que pueda ser mercadeado en el uso cotidiano del tiempo libre de sus ciudadanos.

El gran enemigo del mundo cultural es esta velocidad vertiginosa en el que las personas buscan resolver el día a día, la cotidianidad se convierte en la lucha por la subsistencia, el buscar dinero para comer, para cubrir esas necesidades creadas por el bombardeo de publicidad, del modelo que se potencia desde el Internet y del que las horas se van en un mundo virtual. Por eso luego de cubrir las necesidades básicas el ser humano se refugia en la contemplación de su espíritu, de su creatividad, el de reflexión y las artes es un buen refugio para esas pausas que nos hacen sentir vivos. ¿Será esto una realidad o tan solo es algo que forma parte del pasado?

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El dragón gana espacio en la sociedad china

PL

Ante la proximidad del Año del Dragón, que comienza el próximo día 23, el animal mitológico gana espacio hoy en la sociedad china por la forma de su diseño en un sello conmemorativo al nuevo período.

El debate del público se centra en que el animal muestra un aspecto demasiado feroz, con una expresión rugiente e intimidante, según opiniones de internautas y mensajes publicados en Internet, luego de ser difundida la estampilla de Correos de China por diferentes medios.

Sin embargo, para Chen Shaohua, su diseñador, si el dragón se representara demasiado amable no correspondería con la imagen que la mayoría de los chinos tiene en mente.

Los ciudadanos corrientes creen que su figura puede exorcizar espíritus malvados, evitar desastres y bendecir a la gente, por eso necesitamos una imagen feroz, explicó Chen, citado por la prensa.

El dragón es el Dios de los 12 animales del zodíaco chino y es imposible modernizar la criatura como un dibujo animado, añadió.

Mientras, Feng Shula, gerente del departamento de circulación de Correos de China, dijo que la imagen se ajusta a las referencias de los atavíos que lucían los emperadores y el Muro de los Nueve Dragones de la Ciudad Prohibida de Beijing.

Desde esta perspectiva, el nuevo sello es una combinación perfecta de la historia y los tiempos modernos, apuntó.

Mientras, para Zhou Zhihua, presidente de la Federación de Filatelia de China, la molestia al respecto es comprensible porque resulta muy diferente a la de los anteriores dos juegos emitidos en 1988 y el 2000.

La primera estampilla evitó darle al animal un aspecto demasiado severo y en la segunda se combinó la caligrafía tradicional china con el modelo empleado en las dinastías Qin (221-206 a.n.e.) y Han (206 a.n.e-220 n.e.) para darle un toque elegante.

Sin embargo, para algunos vendedores de esta capital, la suerte llegó con el sello, al tener agotadas ya todas las suscripciones de reservas.

Las reacciones a este timbre refuerzan la temprana presencia del dragón, única criatura mitológica del calendario chino, que aparece además en tiendas, centros de trabajos y viviendas al asociarse con la fuerza, la salud, la armonía y la buena suerte.

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El charquito

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Tener un lugar”.

Con el tiempo se fue dando cuenta que esa frase era para él muy importante. Tanto, que norteaba su vida. Todo lo que hacía -su trabajo de arquitecto- lo que proyectaba para otros, lo que buscaba para él era eso: un lugar.

Aunque, claro, si fuese posible nunca un lugar en el cementerio. Un lugar para vivir.

Por eso en una época fue nacionalista de Dios, Patria y Hogar. Hasta que se dio cuenta que la patria de ellos era la Alemania de Hitler. Además de que dejó de creer en dios. Pero siempre su misma obsesión: tener la certeza de que tenía un lugar.

Se casó con una mujer a la que amaba mucho, pero sobre todo porque ella siempre se preocupaba por cuidar el entorno. El lugar donde vivían con sus hijos era lindo y confortable. Un lugar limpio y ordenado.

Por eso también quiso participar junto con todos. Tener un lugar entre la hinchada de futbol. Ir a las manifestaciones políticas. Estar en Plaza de Mayo cuando habló Perón por primera vez al volver, aquella vez que Perón les dijo a los montoneros: “que saben esos mocosos imberbes….!!!”, cuando le gritaban a Isabelita que era copera y que: “si Evita viviera sería montonera”. Ahí, por un momento, dudó. ¿Se iba con ellos, tendría un lugar entre ellos, o se quedaba con Perón? Optó por su lugar entre la muchedumbre que se quedó con Perón. Tener su lugar ahí.

Y sus años de trabajo en esa oficina del gabinete. Entró como empleado. Después fue jefe y director. Hasta que se jubiló, y ahí tuvo que salir de ese lugar de trabajo.

Con el dinero que fue juntando finalmente dejó de pagar alquiler y compró una casa en Belgrano, barrio que siempre le gustó por sus árboles.

Y ahí vivía, con su mujer y sus hijos ya grandes, en su casa.

Que no tenía jardín. Las plantas y las flores le gustaban, pero desde lejos, como los árboles de Belgrano, que estaban afuera. Convivir con ellas, regarlas (cuando no llovía), cuidarlas, le resultaba fastidioso. Un trabajo más. Sobre todo si a veces la tierra de los jardines se esparcía por el lugar cuando había algún viento fuerte.

Por eso le gustaba su patio de piso liso de mármol blanco.

Hasta que un día apareció algo raro. En una parte del patio, apenas un poco hundida, empezó a aparecer agua. A veces algo amarillenta.

La pared que lo separaba de sus vecinos no era muy alta, pero no dudaba que aun así jamás podrían tirarla siempre para el mismo lugar. Además, ¿Cómo podrían tirarla siempre para el mismo lugar? ¿Con una manguera?

Pensó en conectar un cable eléctrico con esa parte hundida. Así, si alguien ahí tiraba agua quedaría electrocutado.

Instaló entonces una cámara de filmación oculta que automáticamente funcionaba cuando algo diferente aparecía en el blanco patio.

Y fue entonces que descubrió el secreto.

A la noche bajaba una cuerda de la pared de los vecinos. Por ella bajaba un nenito de seis o siete años, meaba en aquella parte del piso de mármol y subía de nuevo por la cuerda.

Entonces la noche siguiente lo esperó y cuando el nenito estaba haciendo su pipi, se le acercó, lo agarró, y le preguntó sacudiéndolo: Por qué hacés eso, eh….¡¡¿¿por qué…??!!

El nenito, casi llorando, le respondió: -Porque esto es blanco

-¿Y qué tiene que ver que sea blanco, el color, con hacer pis aquí? Pis se hace en el baño.

- Yo antes siempre hacía en el baño, cuando el inodoro era blanco. Me gustaba….me gusta hacer pis en un lugar blanco….pero una vez mis papis lo cambiaron por otro de color marrón….Entonces vi que aquí el suelo es todo blanco, por eso cuando puedo, vengo a hacer pis aquí.

- Entonces te voy a hacer un regalo, le dijo él.

Y le regaló una palangana blanca.

También un lugar, ahora para el pis del nenito.

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Hans Magnus Enzensberger: El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Traducción de Rihard Gross
Anagrama Colección Argumentos

Adiós al desencanto del pasado año, que ya en los anteriores fue desasosiego para los no ilusos ni alienados, aunque por otra parte sí ganancias de los “más favorecidos”. Y de seguro que, según el panorama, irá en aumento este año que hemos estrenado, falsas razones no faltarán en los discursos y sainetes pretenderán consolarnos con sus parodias, porque la verdad no es la misma si la dice Agamenón o su porquero. Envuelto en esta atmósfera de gestos descoloridos he despedido el año con la lectura de un enjundioso ensayo de diáfano y ameno titulado “El gentil monstruo de Bruselas” o la Europa bajo tutela, que me permito recomendar a toda persona que no sea un simple espectador desorientado que va tirando igual que otros malviviendo al filo del precipicio y la desesperación.
El autor de tan fecundos e ilustrativo ensayo es Hans Magnus Enzensberger escritor polifacético y versátil que inició su andadura creativa con la poesía, escritos de textos sociológicos, políticos, novelas y ensayos, considerado uno de los autores más importantes de los últimos cincuenta años en Alemania. La muestra más reciente es este actual ensayo sobre esta Europa del desconcierto, reflejo y comentario de todos. En él desnuda sus reglas de juegos, aquello que se esconde detrás de fachadas espejeantes, puertas casi siempre cerradas, miles de profesionales y políticos de aquellos que generalmente se mandan a Bruselas cuando estorban por razones internas en la trastienda de, los partidos políticos. Los privilegios que disfrutan. “¿Cuánto cuestan en realidad, nuestros empleados de Bruselas, Estrasburgo o Luxemburgo” algo difícil de precisar pero que con los reales ejemplos que por las páginas de este ameno libro. Porque causa pavor ese mundo de privilegiados donde alguien que conoce bien en corral de comedias señaló “Vivian tan bien que habría que obligarlos a mano armada a abandonar Bruselas”.
Un mundo inmerso en una asombrosa y alarmante burocracia cada vez más alejada de la propia realidad de los pueblos de Europa donde: “La cultura molesta por el mero hecho de ser difícilmente homogeneizable” cartera generalmente “encomendada al menos avisado de sus miembros, con un presupuesto de 54 millones de Euros, ridícula cifra si la comparamos con los 161 millones de la misma moneda que disfruta la ciudad de Munich, muestra la valoración que consideran pueda tener el peso cultural en la historia occidental de la vieja Europa, bien poco ejemplar. Mas nada de esto sorprende a quienes conocemos el espacio de la cultura y lo molesto, por no decir peligroso que supone para políticos y burócratas.
Lejos queda esta Europa Unida de aquella “variopinta mezcla de soñadores y duros estrategas la que se reunió en la sala de ceremonias del Parlamento neerlandés, con políticos como Mitterrand, Eden o Macmillan, pensadores como Bertrand Russell, Rougermont, Raymond Aron y poetas y escritores como T. S. Eliot, Ungaretti, Madariaga y Silone, teólogos y obispos anglicanos” toda una constelación de personajes reconocidos y respetados por una sociedad sin fronteras.
Una muestra más a modo de ejemplo “Ese secuestro de los conceptos que recuerda lejanamente la retórica del senador Joseph McCarthy y del Politburó del PCUS, consistente en difamar sistemáticamente lo que no les convenía” Certero análisis de la realidad, crítica expresada con fino humor, exposición sobre un gigantesco aparato que considera el autor debería someterse a “Un tratamiento adelgazante” aunque entiende que esto supondría una tarea heroica, pues “ a nadie le resulta fácil quitarse de encima los kilos que le sobran!

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Música: El oboe

ARGENPRESS CULTURAL

El oboe (francés: hautbois, «madera alta o aguda») es un instrumento musical de la familia viento madera, de taladro cónico, cuyo sonido se emite mediante la vibración de una lengüeta doble que hace de conducto para el soplo de aire. Su timbre se caracteriza por una sonoridad penetrante, mordente y algo nasal, dulce y muy expresiva.

Conocido desde la Antigüedad, el instrumento ha evolucionado en el espacio y el tiempo con una amplia diversidad fruto de la creatividad de las civilizaciones y culturas, que han permitido que siga usándose en la actualidad. Los oboes tradicionales (bombarda, cornamusa, duduk, gaita, hichiriki y zurna) y los oboes modernos (oboe pícolo, oboe, oboe de amor, corno inglés y oboe barítono) forman una gran familia con múltiples facetas.

Empleado en solo, música concertante, música de cámara, orquesta sinfónica o banda musical, el oboe moderno representa en la orquesta al conjunto de la familia. Las obras para oboe proceden esencialmente del repertorio barroco (Bach) y clásico (Mozart), y tras su renacimiento, del Siglo XIX (Robert Schumann) hasta nuestros días (Berio).

La calidad del sonido

La calidad del sonido depende de muchos factores, todos ellos determinantes en mayor o menor medida. En primer lugar, la lengüeta. La calidad de sus materiales, esto es, que no sea ni muy dura ni blanda. También la precisión y calidad del raspado y que sea igualado en ambos lados. La posición de la lengüeta sobre los labios va a repercutir en la calidad sonora. La posición del instrumento con respecto al cuerpo debe ser la correcta. Se aconseja sujetar el instrumento describiendo un ángulo de unos cuarenta a cuarenta y cinco grados aproximadamente con respecto al cuerpo. Es adecuado realizar una buena presión diafragmática en todo momento que permita que la cantidad de aire en todo momento sea la misma.

El gusto musical del intérprete, a su vez, es también un factor importante. Este aspecto estará marcado por el lugar de procedencia del instrumentista. Por ejemplo, en Alemania predomina una sonoridad más oscura y potente, y en Francia se prefiere que sea más claro y delicado.

Pero sin duda, en la interpretación, el vibrato va a ser el que tenga el papel más importante, pues el oboe, al poseer una sonoridad tan fina y delicada, si no se utiliza este recurso, el sonido carece de vida y color. Es, pues, una inflexión expresiva de la sensibilidad y personalidad musical. El vibrato puede realizarse de dos formas: con los labios y con el diafragma. El primero resulta demasiado rápido y exagerado, llegando incluso, a veces, a desafinar el instrumento. Este tipo de vibrato no es muy utilizado como un recurso de expresión, utilizándose solamente para conseguir efectos en la música contemporánea.

El vibrato de diafragma se consigue mediante golpes de presión realizados por el músculo diafragmático sobre la columna de aire. Este vibrato resulta más delicado y conveniente que el labial. Un vibrato conveniente debe tener de cinco a siete oscilaciones por segundo, dependiendo del carácter musical que se le quiera dar a la interpretación. Hay pasajes musicales en los cuales no es necesario y será adecuado realizarlo en las notas largas.

Jazz

A pesar de que el oboe nunca ha ocupado un lugar importante en el jazz, algunas bandas, como la de Paul Whiteman, lo incluían con fines colorísticos. El multi-instrumentalista Garvin Bushell (1902-1991) tocaba el oboe en bandas de jazz ya en 1924 y usó el instrumento durante toda su carrera; grabó finalmente con John Coltrane en 1961. Gil Evans escribió para el instrumento en su famosa colaboración en el álbum Sketches of Spain de Miles Davis. Aunque principalmente es intérprete de saxofón tenor y flauta, Yusef Lateef fue de entre los primeros (en 1963) en usar el oboe como instrumento solista en interpretaciones y grabaciones de jazz moderno. El compositor y contrabajista Charles Mingus le dio al oboe (tocado por Dick Hafer) un corto pero importante papel en su composición «I.X. Love» en el álbum de 1963 Mingus Mingus Mingus Mingus Mingus. Marshall Allen en ocasiones tocaba el oboe con Sun Ra.

Con el nacimiento del jazz fusión a finales de la década de los 1960 y su continuo desarrollo durante la década siguiente, el oboe empezó a ocupar un papel más importante en la composición, reemplazando en ocasiones al saxofón en su papel de solista. El oboe fue utilizado con mucho éxito por el multi-instrumentista galés Karl Jenkins en sus obras con los grupos Nucleus y Soft Machine, y por el intérprete de instrumentos de viento madera estadounidense Paul McCandless, cofundador del Paul Winter Consort y, después, de Oregon. Romeo Penque también tocaba el oboe en el álbum de Roland Kirk de 1975 Return of the 5000 Lb. Man, en la canción «Theme for the Eulipions».

La década de 1980 vio un creciente número de oboístas intentando elaborar obras no clásicas, y muchos intérpretes notables han grabado y interpretado música alternativa con el oboe. Algunos grupos de jazz de hoy en día influenciados por la música clásica, como la Maria Schneider Orchestra, actúan con el oboe.

El multi-lengüetista Charles Pillow hace empleo del oboe y ha realizado una grabación pedagógica para tocar jazz con el oboe.

Rock y pop

El oboe se ha usado de forma esporádica en grabaciones de rock, generalmente tocado por músicos de estudio en grabaciones de canciones específicas.

A finales de la década de 1960 y en la década de 1970, varias bandas que surgieron empleaban el oboe en sus grabaciones, por ejemplo The Moody Blues (Ray Thomas), Henry Cow (Lindsay Cooper), New York Rock & Roll Ensemble (Martin Fulterman y Michael Kamen), Roxy Music (Andy Mackay), Electric Light Orchestra (Roy Wood), Wizzard (Roy Wood), y Japan (Mick Karn). Los oboístas de esas bandas generalmente usaban el oboe como segundo instrumento, no tocándolo en cada canción. Sin embargo, Japan y Roxy Music usaron el oboe con bastante frecuencia.

Desde la década de 1990, el oboe ha sido empleado en el rock de manera notable por Sigur Rós (tocado por Kjartan Sveinsson), así como por el músico de indie rock Sufjan Stevens (que también toca el corno inglés y a menudo mezcla ambos instrumentos en sus álbumes). Jarlaath, el vocalista de la banda francesa de gothic metal, Penumbra, toca el oboe en varias de sus canciones, así como Robbie J. de Klerk, el vocalista de la banda holandesa doom/death metal melódico llamada Another Messiah.

Para ejemplificar algo la música de oboe, presentamos aquí tres pasajes:

1. Albinoni: Tercer movimiento Allegro del Concierto para oboe y orquesta en do mayor, Op. 9, N° 5
2. Mozart, Tercer movimiento Allegro del Concierto para oboe y orquesta en do mayor, K. 314
3. Trío Sori, en el Festival Internacional de Jazz 2010




Fuente: WIKIPEDIA

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Acerca del libro "Kirchnerismo para armar": tibios y conformistas jóvenes

Demian Paredes (La Verdad Obrera-PTS. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL. Desde Buenos Aires, Argentina)

A veces un libro puede quedar viejo, caduco, más rápido de lo que su autor (o, en este caso, autores) pretende(n). Es justamente el caso del libro Kirchnerismo para armar. Veintiséis miradas jóvenes sobre el movimiento político que cambió a la Argentina (Peña Lillo/Ediciones Continente). Aparecido entre las elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (en definitiva, una “megaencuesta” que con su alto “piso” de votos a superar, pretendía dejar a la izquierda principalmente, y demás fuerzas políticas chicas, fuera de la contienda electoral) y las presidenciales de octubre, este libro pretende informar (y convencer) acerca de las bondades del kirchnerismo, devenido hoy en cristinismo.

Elogioso, parcial (y acrítico), Kirchnerismo para armar repite, en la mayoría de sus artículos, la misma cantinela: el gobierno es buenísimo porque descolgó los cuadros de los dictadores de la ESMA, dio la AUH, promovió paritarias, hizo una “nueva ley de medios” (supuestamente “antimonopólica”), aumentó la jubilación mínima, “renovó” la Corte Suprema de Justicia y habilitó el “matrimonio igualitario”.

No hay mucho más, aunque se pueden encontrar algunas “confesiones” y planteos acerca de varios de los (más evidentes) “claroscuros” del kirchnerismo, que contradicen aquello que pretenden los compiladores: mostrar que el gobierno es un “movimiento” que “cambió a la Argentina”.Y esto ocurre con (casi)todos los que escriben: jóvenes (y no tanto) provenientes de la Universidad de Buenos Aires, de los barrios del conurbano, blogueros, periodistas, una abogada… y hasta alguien presentado como un “sindicalista piola”(!?). Algunos/as pretenden ofrecer relatos sin fisuras… obviando gruesamente hechos de la realidad, y otros admiten (algunos) “elementos no deseados” en su –como lo llaman– “proyecto”, tal como veremos a continuación.

Por ejemplo, Mariano Hamilton, panelista de Duro de Domar, dice: “No me cerraba demasiado que [Néstor Kirchner] fuera el delfín de Duhalde, pero tampoco había margen. Otra vez la cosa pintaba para votar al menos malo. […] Alguna vez pactó con el Diablo y eso generó dudas. Muchas veces se sintió ese sabor amargo, esa contradicción entre su discurso de redistribución y su billetera abultada, pero en definitiva siempre hubo mucho más en el haber que en el debe. Por eso había que creer”.

Y no es el único que habla de “creer”, como si fuera una cuestión religiosa: Ezequiel Meler, historiador y (ahora ex) bloguero, admite: “Me tenían que convencer para que creyera que era en serio eso de recuperar el Estado, […] era casi la peregrinación de un agnóstico buscando una fe de la que ya no estaba seguro”. ¿Y cuál fue “la seguridad” que en definitiva (les) dio Kirchner? Ninguna otra que la “capacidad” de la real politik, de la típica política peronista. Como lo dice Nicolás Tereschuk, de los blogs Vida Binaria y Artepolítica: Kirchner “tejía esa telaraña que une el poder del Gobierno federal con el de los territorios. Así, gobernadores e intendentes –sin importar su historia política, sino su capacidad de mantener gobernados los territorios– se vinculaban de una manera particular con la Casa Rosada.[…] al mismo tiempo, los jefes políticos locales –que debían incorporar una serie de elementos a sus discursos y prácticas– no cambiaban por completo. ‘Aquí se gobierna así’ o ‘aquí siempre se gobernó así’ seguía siendo parte de un paisaje donde cambio y continuidad son elementos que se combinan de forma diversa”.

Pero, ¿cuánto de “cambio” y cuánto de continuidad hubo bajo el kirchnerismo, si el poder real siguió perteneciendo a los “barones del conurbano” y gobernadores? Esta cuestión se expresó, contundentemente, con el asesinato de los Qom de la Formosa gobernada por Insfrán (y su policía, al servicio de los terratenientes locales) y de los “sin techo” de Libertador, localidad de Jujuy donde impera el orden del Ingenio Ledesma; una provincia gobernada por otro oficialista: Walter Barrionuevo. Acá hay entonces un 100% de continuidad.

Sin embargo, estos dos episodios no son mencionados en ninguno de los 26 (sí, leyó bien: 26) relatos de Kirchnerismo para armar. Incluso Tereschuk reivindica la creación del Ministerio de Seguridad que Cristina Fernández de Kirchner dio como respuesta a… ¡la represión conjunta de la Policía Federal y la Metropolitana a las tomas de tierras en Parque Indoamericano[1]! Y por ello, es letra muerta lo que plantea el periodista Hernán Brienza sobre un futuro “megaplán” para “erradicar de una vez por todas la infraestructura de la pobreza y la indigencia”… El mismo Meler reconoce “la política social” del gobierno como “oscilante”, y dice que “El crecimiento, bien lo sabemos hoy, no derrama necesariamente para abajo”…

Otros, como Federico Montero, del Movimiento Evita, proponen algo más típicamente kirchnerista, como son los argumentos de Carta Abierta (y que más bien, debería llamarse “Carta Justificadora”): “centrarse en ‘lo que falta’”, más allá de las contradicciones o “partes feas” del “modelo”: “reforma impositiva, nacionalización de los recursos naturales, regulación del comercio exterior, erradicación definitiva de la pobreza, alcanzar el famoso ‘fifty-fifty’, despenalización del aborto y muchas ‘propuestas’ más”. Sin embargo todo esto que parece ser “vamos por más”, en realidad es “nunca menos”… de lo poco que se dio. Por algo Facundo Moyano tiene que admitir que, “Del 2002 al 2010 la tasa anual de crecimiento fue de un 7.6%, mientras que la del sector manufacturero alcanzó el 8.1%. Sin embargo, recién a partir del 2006 el sector asalariado alcanzó un nivel de participación en el valor agregado, similar al del 2001”.

Tras años de tasas de crecimiento “chinas” (millonarias para las patronales), los trabajadores (“en blanco”) apenas regresaron a los “niveles salariales” (neoliberales) de 2001. Moyano Jr. agrega: “Aún con el impacto de la AUH, la pobreza al 2010 se encontraba en un 23.8% y la indigencia en un 6.4”. Y todavía más: “Los niveles récords de rentabilidad empresarial, ya sean del sector industrial, agroganadero y sobre todo financiero, son una prueba de ello [de que hay ganancias extraordinarias, gracias a la inflación]. Su contrapartida es el 34% de trabajo no registrado, que significa unos 4 millones de argentinos que ven avasallados sus derechos más elementales”. Entonces, aun elogiando la devaluación peronista y la creación de nuevos puestos de trabajo (junto a la alta rentabilidad patronal), tiene que reconocer que la pobreza estructural del país el kirchnerismo no la modificó.

Aunque nosotros, los militantes del PTS, apoyamos todo reclamo y toda acción en pos de conquistar más y nuevos derechos democráticos, como el aborto seguro, legal y gratuito (que no parece que CFK lo vaya a dar), la ley “de matrimonio igualitario”, o la de “identidad de género”, debemos ser realistas y críticos, ya que son concesiones arrancadas tras años de organización y lucha y, aunque una vez otorgadas brindan derechos “iguales” (jurídicos) “para todos”, mantienen la desigualdad real (económica) que hay en toda sociedad de clases, donde impera la propiedad privada de los medios de producción. Más en concreto: aunque haya igualdad “en los papeles”, el hambre, la miseria y los bajos salarios siguen rigiendo nuestras vidas. Por ello el escrito de los dos militantes de la agrupación Putos Peronistas, Pablo Ayala y Esteban Rodríguez, relatando la “visibilización” que hizo CFK en un acto, en 2008, y reivindicando la ley de “matrimonio igualitario”, aprobada el 15 de julio de 2010, dice de la situación de Marlene y su pareja: “Quizás a ellas les toque poco [d]el matrimonio [igualitario,], ya que no tienen bienes ni obra social por compartir”.

En definitiva, el kirchnerismo, como “hijo del 2001”, fue un gobierno surgido de la monumental “crisis orgánica” (al decir de Gramsci), donde la movilización masiva tiró abajo un presidente y un gobierno, y derribó a un pilar (la UCR) del tradicional bipartidismo instaurado en 1983. Al faltar un actor social fundamental, la clase obrera ocupada concentrada en la industria y los servicios (presa del terror a la hiperdescupación y del pérfido accionar de la burocracia sindical), la lucha de las clases medias, los desocupados y sectores de la juventud no pudo avanzar más, y el peronismo (en versión kirchnerista) actuó como un gobierno de contención tras aquellas jornadas revolucionarias. O en otras palabras, fue un gobierno de la “restauración”: uno que recuperó para las clases dominantes la autoridad estatal y un funcionamiento más o menos “normal” para el capitalismo argentino.

Incluso, este período de –como lo llama Federico Vázquez– “tensión regulada”, con promesas de “refundaciones”, “nuevas sociedades” y “capitalismo en serio”, fue siempre roto por derecha: la decena y media de asesinatos, como el del joven militante Mariano Ferreyra (quien luchaba con los precarizados ferroviarios por el pase a planta permanente), de integrantes de pueblos originarios, de trabajadores pobres “sin techo”, y la represión a diversas luchas los últimos años (desde Casino Flotante y Mafissa, pasando Kraft, a las huelgas de petroleros y docentes en Santa Cruz, donde hay palos y cárcel), y la permanente (y creciente) criminalización de los luchadores y luchadoras, con más de 4.000 compañeros y compañeras procesados/as, y, por último, la reciente votación de una “ley antiterrorista”, pedida por el imperialismo yanqui (suficientementeamplia como para que cualquier luchador/a sea considerado/a terrorista), demuestran claramente hacia dónde va la “voluntad política” del gobierno nacional: hacia la derecha. Hacia el avance de la restauración.

¿Seguirán tratando de tapar el sol de la realidad con sus manos, los militantes kirchneristas, con esta clase de libros? ¿Llenos de “relatos” (sesgados) y de alabanzas al gobierno, por parte de estos “tibios” (como se define una autora) y conformistas?
Nota:
1] También es muy pobre el desempeño de la abogada (y panelista de Duro de Domar) Julia Mengolini en “Plaza”: lo hace hablar a “Pitu” Salvatierra, militancia social kirchnerista… quien hace pocas semanas, al cumplirse un año de la represión en Indoamericano, dijo a todos los medios (que quisieron preguntarle –en su mayoría, fueron los opositores al gobierno de CFK–) que nadie, ni el gobierno nacional ni el metropolitano de Macri habían dado alguna concesión sustancial (¡una casa! ¡un terreno!) a los pobres del sur de la CABA.

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Mario Bunge: “Las religiones atraerán a la gente mientras haya miseria”

Gabriel Arnaiz (FILOSOFÍA HOY)

A sus 92 años, el filósofo argentino Mario Bunge todavía se mantiene en plena forma. En estos últimos años acaba de publicar varias obras importantes, por ejemplo, Filosofía política, Matter and Mind y Las pseudociencias, ¡vaya timo! Con más de 50 a sus espaldas y medio millar de artículos, Bunge sigue siendo un pensador poco conocido y apreciado en nuestro país, a pesar de haber recibido 19 doctorados honoris causa y el Premio Príncipe de Asturias en 1982.
Con más de 50 libros a sus espaldas y medio millar de artículos, Bunge sigue siendo un pensador poco conocido y apreciado en nuestro país, a pesar de haber recibido 19 doctorados honoris causa y el Premio Príncipe de Asturias en 1982. Por esta razón, Editorial Laetoli ha decidido publicar, en colaboración con la Universidad Pública de Navarra, una nueva colección dedicada enteramente a este autor: la Biblioteca Bunge. Por el momento está prevista la publicación de cinco títulos: la reedición de Materialismo y ciencia, Pseudociencia e ideología y Racionalidad y realismo, que ya estaban agotados y eran prácticamente inencontrables, y la traducción de Materia y mente. Bunge no tiene pelos en la lengua a la hora de criticar duramente algunas de las teorías más populares del momento (del psicoanálisis, al posmodernismo, pasando por el feminismo, la economía neoclásica o la psicología evolutiva, por citar sólo unos pocos), a las que tilda de pseudocientíficas, y es de agradecer su esfuerzo por ser siempre claro y pedagógico. Tengo la sensación de estar entrevistando al último gran filósofo vivo del siglo XX y no puedo evitar la tentación de preguntarle también sobre algunas cuestiones actuales.

En un artículo incluido en Vistas y entrevistas cuenta usted cómo su hija Silvia, que entonces tenía 11 años, le hizo la fatídica pregunta a la que todo filósofo debe enfrentarse tarde o temprano: ¿por qué se dedica usted a la filosofía?

Porque me fascinan los problemas filosóficos, tales como “¿qué es el tiempo?”, “¿qué es la mente?” y “¿qué es la vida?”. De chico pasaba horas tratando de formar seres vivos disolviendo sulfato de cobre en agua y observando los “árboles” que van emergiendo.

(Recordemos que Mario Bunge se doctoró en ciencias físicas por la Universidad de la Plata en 1952 con una tesis doctoral sobre la cinemática del electrón relativista y que hasta 1963 fue profesor de física y filosofía en la Universidad de Buenos Aires).

En un artículo reciente, usted ha escrito “que la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad”, ¿podríamos también decir lo mismo de la filosofía en general?

La filosofía interviene tanto en la formación de cosmovisiones como en la de políticas estatales. Lo primero es obvio, ya que una concepción del mundo puede ser materialista o idealista, laica o religiosa, individualista o globalista, egoísta o altruista, etc. En cuanto a la intervención de la filosofía en el diseño de políticas económicas y culturales, recuérdese que toda política de ese tipo se basa tanto sobre datos sobre el estado actual de la sociedad como sobre alguna ideología, y que el corazón de toda ideología es filosófico, ya que la ideología es la parte de la cosmovisión que se ocupa de asuntos sociales. Por ejemplo, la ideología que inspira al neoliberalismo es individualista, elitista y autoritaria, mientras que la que inspiró a las socialdemocracias fue sistémica, inclusivista y democrática. El que muchos ideólogos no sean consecuentes, es harina de otro costal. Por ejemplo, Friedrich Hayek ensalzó la libertad y también el régimen fascista del general Pinochet. Y se proclamó individualista, al punto de procurarle a Margaret Thatcher su famoso principio: “No hay sociedad: sólo hay individuos”. Pero en otras publicaciones Hayek ha afirmado que el mercado es mucho más sabio que cualquier experto, con lo que admitió tácitamente que el mercado tiene mente, hipótesis de neto cuño globalista (holista). En resumen: rásquese una concepción general cualquiera y se descubrirá una o más filosofías. Se puede ignorar la filosofía, pero no se la puede evitar.

En España triunfa Más allá de la vida, un programa de televisión en el que una médium entra en contacto con un familiar muerto de una celebridad y le transmite a éste lo que aquél supuestamente le comunica. ¿Por qué cree usted que, a pesar de vivir en una sociedad altamente tecnológica, la mayoría de la gente cree en la existencia de fantasmas, pagan a personas para que les “lean” el futuro y confían en que haya una vida después de la muerte?

Las supersticiones siguen siendo populares porque la ciencia suele enseñarse mal, como una lista de recetas en lugar de enseñar a investigar problemas.

Bunge defiende el escepticismo metodológico, que “es una posición tanto metodológica como práctica y moral. En efecto, quienes lo adoptan creen que es tonto, imprudente y moralmente erróneo afirmar, practicar o predicar ideas importantes que no hayan sido puestas a prueba o, peor aún, que hayan mostrado de manera concluyente ser totalmente falsas, ineficientes o perjudiciales” y “a la vez, estamos dispuestos a abandonar toda creencia que pruebe carecer de fundamentos”, explica en Las pseudociencias...

¿Qué son las pseudociencias y por qué les ha dedicado usted tanto tiempo y esfuerzo?

Una pseudociencia es un cuerpo de creencias incompatibles con el fondo de conocimiento científico. Le he dedicado mucho tiempo a esta cuestión porque me asombra y alarma el que haya tantos científicos y filósofos crédulos. Creo que es un indicador de que se puede ser muy competente en un rincón del saber y tonto en cuestiones fundamentales, porque los conocimientos científicos suelen enseñarse de a uno, y porque no se los acompaña de reflexión metodológica, o sea, no se habitúa al estudiante a preguntarse cómo se sabe tal o cual cosa.

¿Por qué afirma que “el psicoanálisis es tan pseudocientífico como la parapsicología”?

Porque ambos rehúyen la contrastación experimental y son incompatibles con la neurociencia cognitiva, que enseña que los procesos mentales son cerebrales.

En Las pseudociencias, ¡vaya timo! afirma usted que la crisis financiera que empezó en el 2008 es producto de una filosofía económica errónea. ¿Podría explicarnos esta afirmación?

La teoría económica estándar afirma que la economía está en todo momento en equilibrio, o sea, en el estado en que la oferta es igual a la demanda (teorema de Debreu). Esta teoría ignora, pues, los desequilibrios (en particular, los desequilibrios financieros). La teoría es un mero ejercicio matemático, sin relación con la realidad.

En el libro citado, Bunge es un poco más explícito: “En resumidas cuentas, las políticas económicas que condujeron a la crisis económica actual fueron inspiradas por varias teorías económicas defectuosas. A su vez, esas teorías están basadas en una filosofía errónea y esta filosofía es responsable, en gran medida, de la crisis económica de 2008.”)

En ese mismo libro usted defiende un escepticismo metodológico o moderado, y lo contrapone al dogmatismo y al escepticismo radical. ¿Podría explicarnos en qué consiste ese escepticismo moderado?

El escéptico moderado no rechaza la totalidad del conocimiento, sino que pone en duda un pedazo por vez. Cada vez que se critica una idea lo hace asumiendo otras ideas.
En Las pseudociencias... dice: “No todas las creencias son equivalentes: unas son más verdaderas o mejores que otras. El dogmático es esclavo de creencias que no ha examinado críticamente, de modo que se arriesga a obrar mal. El escéptico radical, el que nada cree, no está al abrigo de toda creencia, sino que es víctima de creencias ajenas. En cambio, el escéptico moderado, el que sopesa cada idea antes de adoptarlas o rechazarlas, está en condición de actuar racional y eficazmente”.

En Filosofía política (Gedisa, 2009) propone usted una alternativa al capitalismo y al socialismo que denomina “democracia integral”. ¿Sería tan amable de explicarnos en qué consistiría y ponernos algunos ejemplos?

En una democracia integral, todos comparten la riqueza, la cultura y el poder político. Cuando un grupo monopoliza alguno de estos recursos, no sólo excluye a la gran mayoría, sino que también termina por apoderarse de los demás recursos. Esto ocurre tanto con el capitalismo como con el socialismo autoritario. Por esto preconizo la combinación de la democracia (o autogobierno) con el cooperativismo.

Según la opinión filosófica dominante, Wittgenstein y Heidegger serían los dos grandes filósofos del siglo XX, el primero para los filósofos analíticos y el segundo para los filósofos continentales. Según este dictamen, hoy no podemos hacer filosofía si ignoramos las aportaciones de estas dos luminarias. ¿Qué opinión le merece este análisis?

Para evaluar una filosofía hay que preguntarse qué problemas contribuyó a resolver. Wittgenstein negó la existencia de problemas filosóficos, y Heidegger no hizo sino juntar palabras. Wittgenstein es popular porque es trivial, y Heidegger porque es hermético.

En La relación entre la filosofía y la sociología (EDAF, 2001) usted se reconoce heredero de la Ilustración y rechaza tanto las tres olas románticas que han invadido la filosofía como la “charlatanería académica” que se ha impuestos en las facultades de humanidades. ¿Podría explicarnos qué quiere decir con esto?

Entiendo por “charlatanería académica” la que se produce en ciertas universidades, consistente en una mezcla de sinsentidos, falsedades y perogrulladas enunciadas en lenguaje hermético y más o menos bombástico. El primero y peor de todos esos charlatanes fue Hegel, a quien no se habría tomado en serio si hubiese escrito en castellano o en catalán desde un villorrio español. Su prosa fue tan opaca que generó dos o quizá tres alas de “intérpretes” que se disputaron su legado. Hoy día el charlatanismo académico proviene principalmente de París, urbe que, de “Ciudad de la Luz” hacia 1750 pasó a ser “Ciudad de las Tinieblas” dos siglos y medio después, gracias a Sartre y demás discípulos de Heidegger. Por fortuna, el charlatanismo académico no se practica en las facultades serias: las de ciencias, ingeniería, medicina, farmacia y agronomía. En ellas hay que fundamentar lo que se afirma y aclarar cada vez que alguien admita no entender lo que se dice.

Los pensadores materialistas del XIX como Feuerbach, Comte o Freud pensaron que la religión desaparecería con la extensión de la educación científica. ¿Cree usted que las religiones desaparecerán en un futuro cercano?

Las religiones seguirán atrayendo a la gente mientras haya miseria, guerra e ignorancia, porque ellas proveen algo que la ciencia no da: consuelo e ilusión de seguridad.

¿Qué opinión le merece el movimiento de los indignados de Madrid, que ahora se ha extendido a otros países, como EE UU?

Muy interesante como síntoma de insatisfacción con el orden social imperante, pero inútil porque no va acompañado de organización política.

¿Nos podría decir en qué está trabajando ahora mismo?

Estoy revisando mi próximo libro Evaluando filosofías y en este momento estoy en China, dando conferencias en las que critico al marxismo osificado, ataco a la dialéctica por confusa y políticamente suicida, e insto a los marxistas a aprender ciencias y a investigar problemas, en lugar de seguir repitiendo y comentando a sus clásicos. En el informe que ha escrito sobre su estancia en este gran país (y que puede consultarse en la web de Laetoli), podemos leer que “en China la filosofía no se ha movido junto con la economía, la técnica y la ciencia. En efecto, el núcleo de su filosofía, la dialéctica, es falso en el mejor de los casos y en el peor es confuso, y por tanto, incapaz de ser debatido racionalmente”.

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Milagro en Milán...esas...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Chiquito, es en realidad chiquito. También chiquito de entendederas. Le cuesta, dicen sus hermanos en especial Oscar, que afirma arrastrar un soldado fuera de fila cuando un auto lo rozó en la avenida.

El con un balde, un secador de manos y un trapo rejilla, que deja bastante que desear, limpia parabrisas, focos y todo lo que tenga vidrio en particular, se ve que a él, de lejos, todo lo que relumbra le parece oro. Lo hace en la esquina de Boedo y avenida Hipólito Yrigoyen.

Lo acompaña una banda que encabeza su hermano Oscar gracias a quien sobrevive en el grupo. La ley de la selva, urbana, tiene códigos muy duros, por lo menos para Chiquito y otros como él, que no tienen la suerte de tener un hermano cabecilla.

Se van, cuando los llevan, cerca de la medianoche en el 543 cartel rojo, “el Bustos”, dice chiquito, cuando se precipitan en bandada para ver si la perinola les cae en “toman todo”; por lo menos en este caso, el colectivo es un pasaporte seguro, un DNI que suelen ganar cuando maneja Hugo, del interno 27, un personaje que escucha, por lo menos de noche, radio L, la radio local que él privilegia y obliga aceptar a sus pasajeros como parte del importe del pasaje.
Pero él, otra vez, que se siente por un rato administrador de la pobreza, de bienes y servicios, casi como un CPU, y si me apuran un server, sabe que ese es el último viaje del día, perdón, de la noche, que todo lo paga, y por eso viaja lento, como intentando quedar.

Los chicos, el mayor doce y el resto rozando los siete, arañan como pueden, cuando se sientan en el fondo del micro, aquello que pudieron conseguir. Chiquito, sigiloso, no contó esa noche que uno de los autos –seguro que estaban dados vuelta– dijo para si en voz baja, le dio diez pesos.

Chiquito simuló secar el parabrisas que se escurría en la noche rumbo al sur, en la niebla incierta de un cambio de año, el que fenecía, 2002 titilaba y “Chiquito” siguió simulando para avisarle a Oscar que se iba al baño.

Baño no hay y ningún lugar próximo, llámese como se llame, les da permiso para pasar, pero la mentira esa, fue la única que se le ocurrió.

Caminó pegadito a la pared rumbo a Laprida y se fue directo al restaurante chino, -antes que cierre- se dijo. Entró y como todos los chicos que atienden son iguales, resignó el pedido en voz baja.

Mostró el billete de diez pesos para garantizarle verdades al oriental y, de paso saber para cuanto le alcanzaba en materia de milanesas.

Hacía dos años, según le contó Oscar que no se comía en la casa –decir casa es toda una exageración– “una puta milanesa”.

Guardó el preciado paquete, pidió una bolsa de plástico para proteger la carga y se las ingenió par que los otros al volver no advirtieran nada. Cosas del hambre de la ciudad.

Tuvo suerte, el interno 27 cartel rojo –Bustos– y Hugo que les hacía señales de que se apuraran disolvió la atención. Se acomodó al lado de Oscar, apretujándose lo más que pudo casi hasta despertarle sospechas a su hermano sobre el gesto. Las ternuras están amputadas en la vida de ciertos chicos.

Las cosas se le podían complicar a la hora de bajar, pero otra vez la suerte estuvo de su lado, “el number one”, así se hace llamar a quien siempre llevan como furgón de cola, se bajó dos cuadras antes, porque una bolsita de poxiran lo esperaba cerca de allí.

“El Licenciado”, seguiría dos cuadras más adelante de donde Chiquito y su hermano descenderían, para confirmar que “Santa Marta... no tiene tren... y tampoco tranvía”.

Los apodos los “compraron” de estar sentados en los escalones de la heladería de la esquina de Boedo y Irigoyen, donde hacen pausa, mientras el semáforo está verde rumbo al sur.

Lo curioso es que no invaden jurisdicciones. Ellos trabajan allí y de paso, le cuidan el hueco donde duermen dos duendes de la medianoche, quienes se ”alojan” en la puerta del edificio no habilitado que está sobre Boedo y dispone de una cochera de clandestino servicio, para clientes exclusivos, ¿quién los autoriza en un edificio que no está autorizado?, mas misterios que trae la noche.

Llámeme Licenciado, dice el de anteojitos y remolino erguido, algo obeso para su corta edad y dueño del cuchicheo más famoso de la barra, siempre parece estar revelando secretos, suele ser estentóreo a la hora de hablar en grupo, como si actuara. En realidad la vida de ellos es una actuación perpetua. Su boletería siempre está habilitada y tienen entradas disponibles, porque son quienes se marchan y cierran la función de cada día.

“Chiquito”, a su manera, los quiere a todos; el número de la barra oscila, esa noche eran cuatro incluyendo a “pelusa” y “pelusita”, hermanos que por economía se quedaron con sobrenombres de barrio.

Ese día a todos les fue más a o menos bien. Pero estos chicos gastan mucho y a veces vuelven sin nada o con muy poco, no cultivan el ahorro que, dicen, es la base la fortuna.

Panchos, facturas sobrantes del día y otras delicadezas, son parte de una variada forma de consumir, sin olvidar los helados, pero eso sucede cuando agotaron todos los recursos para quedarse con la comida y la plata, sucumben entonces a la tentación, como tanta otra gente que anda por ahí.

La cuestión es que, a medida que se disgregaban que se disolvían en la oscuridad suburbana, llevaban la orden de “Chiquito” de pasar por su casa un rato más tarde.

Oscar se quedó mirando a su hermano sin entender, porque al llegar seguro, que no sería aprobada esa idea por su familia, de por si numerosa y poco afecta a las invasiones.

“Chiquito” no quería soltar prenda. Llegaron saludaron, el le contó a su mamá, luego de darle el resto del dinero, que cosa había hecho con el “premio de los diez pesos” y mientras, se serenaban los ánimos, porque “Chiquito” no tiene los soldados alineados en su cabeza, pero esta vez por eso mismo, zafó.

La cuestión es que fueron llegando todos y Chiquito muy serio, fue a buscar platitos, de plástico por supuesto y le pidió un cuchillo a su mamá, luego muy serio comenzó a cortar porciones iguales de las milanesas que hizo aparecer como por encanto, el chino ese día le regaló un cucurucho grande de papas fritas algo aceitosas que acompañaron la invitación y tan serio como al inicio, los invitó a comer.

-Hoy es un cumpleaños -, dijo y empezó a comer. Oscar se lo quedó mirando con ganas de preguntar quien cumplía pero se dio cuenta que el hambre era más fuerte, no sólo que el amor.

Yon pasó a buscarme al mediodía, yo estaba de buen humor, algo francamente irregular.

Casi lo abrazo, no quise contar nada de lo que me contara Oscar, “fideo fino” le dicen, porque tiene que pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra. Además el vasco no suele ser demostrativo más que con gestos.

Por ejemplo volver a Ezeiza, para probar, dijo, unos filets de brótola, al parecer imperdibles en una salsa roja y plena de ajo.

El vino quedó en el freezer y pidió que lo sirvieran copa por copa, claro la botella costaba trescientos pesos y eso, aunque no lo paguemos, por causas naturales, también es un exceso, aunque sea Sauvignon blanco.

En medio del parque me pareció ver una falda esquiva escurrirse entre los árboles, dejando tras de si una estela dorada. No era cierto.

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La experiencia del presente en el budismo

Jorge Vergara Estévez (desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nuestra experiencia es siempre temporal. Pero, no es fácil reflexionar sobre el tiempo, porque es una realidad extraña y evanescente. Como decía Agustín de Hipona, llamado San Agustín, “si no me le preguntan, sé lo que es; pero si me preguntaran, no sabría expresar qué cosa sea el “tiempo”. Hay diversos modos de concebirlo y vivirlo. El tiempo matemático de las ciencias físicas difiere del de las ciencias sociales, por ejemplo, el tempo político democrático marcado por las elecciones. El de las religiones suele establecerse a partir de acontecimientos, por ejemplo, el tiempo de espera del cristiano de su encuentro con Dios y del fin de la historia. Las artes de la sucesión, por ejemplo, poseen diversos tiempos, el tiempo cinematográfico, el de la estructura del drama clásico, del andante en la música, entre otros. Me situaré en la experiencia del tiempo y de su carácter ilusorio, desde la perspectiva del budismo.


El tiempo vivencial es diferente del tiempo matemático y uniforme de los relojes, y no está separado, ni se puede experienciar, sino en los acontecimientos; por ello, no es un tiempo puro, abstracto, sino que forma parte inseparable de las experiencias. Por ejemplo, el tiempo cotidiano se hace lentísimo cuando experimentamos dolor físico o emocional; se vuelve fugaz“, “no se siente”, en las experiencias placenteras. Hay tiempos (períodos) dolorosos como el tiempo del niño que desea crecer, o el tiempo de gris incertidumbre del cesante que busca trabajo sin encontrarlo; el de la larga espera de un acontecimiento deseado, o el tiempo lento o lentísimo del remordimiento, del olvido o del duelo, “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, dice Neruda.

Dice Buda, en su primera exposición de las cuatro nobles verdades: “el nacimiento es dukkha (doloroso), la vejez es dukkha, la enfermedad es dukkha, la muerte es dukkha”. (1) Podríamos agregar que muchas experiencias lo son, asimismo. En nuestra vida suele haber períodos que cada cual considera de “tiempos felices”. Para algunos lo fue su infancia, para otros “los buenos tiempos” de un período de su juventud, o de una relación amorosa. Sin embargo, con frecuencia, cuando recordamos serenamente y con realismo nos damos cuenta que, frecuentemente, hemos idealizado el pasado. En esos períodos que consideramos felices, solemos descubrir que no fueron tan alegres como hubiéramos querido, que experimentábamos también sentimientos aflictivos como la ansiedad, la preocupación, y otros. A veces, los momentos más felices suelen estar acompañados del dolor de su pronta finalización. Dice Goethe: “¡Detente instante! ¡Tú que eres tan bello!”.

Asimismo, existe la creencia cultural de que si consiguiéramos lo que hemos deseado intensamente ingresaríamos, por fin, en un período de interminable felicidad. Sin embargo, los estudios realizados sobre personas que, súbita e inesperadamente, ganaron un gran premio, muestran que tras un período de euforia, se va recuperando el tono emocional anterior, cualquiera sea éste. La vida emocional de casi todos nosotros, más allá de la alternancia de buenos o malos períodos, está surcada de sentimientos aflictivos, y habitualmente éstos se relacionan con nuestra experiencia del tiempo.

Vivimos en una cultura dualista en que la realidad se escinde en una red inmensa de categorías duales y opuestas: correcto/incorrecto; bueno/malo; importante/intrascendente; deseable/rechazable; humano/divino; sagrado/profano; positivo/negativo; favorable/desfavorable; etcétera. Gran parte de nuestras dudas, incertidumbres y sufrimientos se producen cuando intentamos de descifrar el sentido de los hechos y experiencias que estamos viviendo, y tratamos de tomar decisiones basadas en este discernimiento. ¿Qué es lo mejor qué puedo hacer? ¿Fue una buena decisión la que tomé? ¿Cuál fue mi error? ¿En qué me equivoqué?, etcétera. Una historia zen muestra claramente la inutilidad de nuestros grandes esfuerzos por descifrar el sentido, o mejor la esencia, de los principales acontecimientos que estamos viviendo; de la insensatez de nuestro afán por clasificarlos o por encontrar claves definitivas para orientarnos.

En un pueblo vivía un hombre de edad, supongamos que se llamaba Haruka que significa tranquilo en japonés. Tenía un hermoso caballo blanco, admirado por todos. Un día desapareció y sus familiares y amigos decidieron ir a consolarlo. “Sentimos tanto que hayas perdido tu hermoso animal, debes estar muy triste y venimos a acompañarte”. Haruka, serenamente, les agradeció su preocupación. Ellos, extrañados, insistieron en consolarlo. Entonces, les dijo, con ecuanimidad “Será para bien, será para mal ¿Quién lo sabe?”. Se extrañaron y pronto se fueron.

Transcurrieron algunos días y regresó el caballo blanco de Haruka, con éste venían un par de hermosos caballos salvajes que había encontrado en los cerros. Haruka y su hijo los hicieron entrar en un corral. Entonces, entonces familiares y amigos fueron a saludarlos y expresarle su alegría. Les dio las gracias por venir, pero no se mostró impresionado por los acontecimientos. Ellos le preguntaron si estaba muy contento. Tranquilamente, Haruka les agradeció su visita y les dijo como siempre “Será para bien, será para mal ¿Quién lo sabe?”. Les pareció desconcertante su respuesta. Se fueron molestos, pensando que no había entendido sus buenas intenciones.

Semanas más tarde, el hijo que Haruka domando uno de los caballos salvajes fue lanzado violentamente al suelo, y se quebró gravemente una pierna. A consecuencia del accidente quedó cojo. Entonces, familiares y amigos fueron a verlos y a expresarle su alegría de que estuviera caminando de nuevo, aunque en su voz se adivinaba la tristeza, pues sentían mucho que hubiera quedado rengo. Haruka, serenamente, le dijo lo mismo de siempre, y ellos se fueron arrepentidos de haber venido a ver a un hombre incomprensible.

Unos meses después, estalló una guerra, y prontamente llegaron al pueblo los soldados. Se llevaron como reclutas a todos los jóvenes. Hubo sólo uno, el hijo de Haruka, al que dejaron en el pueblo estimado que siendo cojo no servía para la guerra. Familiares y amigos fueron a visitarlos, a compartir su pena y preocupación por sus hijos, nietos y sobrinos obligados a ir a la guerra, pero también su contento porque el hijo de Haruka no fue reclutado. Este le contestó como siempre, y vecinos y amigos se retiraron decididos a no volver nunca más a visitar a este hombre insensible y excéntrico.


Esta historia puede interpretarse de diversos modos, incluso hay una interpretación católica de Anthony de Mello. Intentaremos descifrarla, desde la visión de mundo del budismo, desde donde proviene. Este relato estaría mostrando, sería una metáfora, de que vivimos en el mundo de la incertidumbre, de lo imprevisible; en un mundo de apariencias donde nada es como parece, donde el sentido de los acontecimientos y de nuestras acciones no reside, separadamente, en cada una de ellas, sino en la totalidad en que se encuentran. En el mundo del samsara, como lo denominan los budistas, del cambio incesante. Todo es impermanente, nada tiene identidad o esencia propia, estable e independiente de las otras realidades, y de los cambios. Dadas nuestras arraigadas creencias y hábitos culturales, creemos saber lo que significa cada cosa y acontecimiento; sin embargo, nos equivocamos, frecuentemente, y volvemos a hacer lo mismo. Buscamos, obsesivamente, conocer lo que no es posible saber.

Me parece que la pregunta del protagonista “¿Quién lo sabe?” es irónica, pues desde un razonable escepticismo insinúa que no hay quien pudiera saberlo, porque el misterio de cada cosa y acontecimiento no reside en una fantasmagórica esencia suya, sino en su relación con el todo. El maestro budista Tich Nhat Hanh dice que todas las cosas son en relación con las otras, interser, y el Dalai Lama dice que en un átomo está todo el universo. Para nosotros, es muy difícil llega a ver la realidad de esta manera. La racionalidad moderna se ha desarrollado como entendimiento que separa, que divide la realidad, la descompone como si cada cosa fuera una pieza de un gran mecanismo, como si ella fuera una gran máquina compuesta de muchísimas partes. Es así que Newton concebía el universo como un gran reloj mecánico. Y con ello, surge la ilusión, la imagen moderna de un Dios omnisciente, y nuestra pretensión de que podemos lograr conocer en forma absoluta como Él, descubriendo las leyes que rigen el cosmos, la vida, la sociedad, la historia, la subjetividad , etc.

Este campesino de un pequeño pueblo es hermano de Sócrates. Como el filósofo griego sabe que no sabe, mientras los demás creen que saben, y por eso son realmente ignorantes. Pero, este hombre es más sabio que todos nosotros, especialmente mucho más que nuestros soberbios expertos, por ejemplo, nuestros ministros de hacienda que creen saber y, con frecuencia, se equivocan. En nuestra sociedad se requiere valor para reconocer ante sí mismo, y más aún ante los demás que no sabemos. La sociedad chilena es heredera del dogmatismo de la sociedad colonial; en ella, reconocer que no se sabe es un demerito, una carencia, un signo de inferioridad. Por eso es tan difícil el diálogo y el debate entre nosotros. Cada uno cree saber y está convencido, “definitivamente” como se dice, que los demás están equivocados porque piensan distinto. Con espíritu socrático el filósofo Popper dice: “es posible que yo tenga la razón, o que la tengas tú o quizá ninguno de los dos”.

En la cultura occidental el tiempo no es concebido como una unidad, sino que es separado, escindido, dividido, en una sucesión estadios o fases: el pasado, el presente y el futuro. Quizá el origen de esta concepción del tiempo se encuentre en el cristianismo que escindió la historia en dos fases diferentes sucesivas e irrepetibles: antes de Cristo y después de Cristo. Con la venida del Salvador y con su promesa aparece la imagen o el mito del “fin de los tiempos”, del “fin de la historia” que se producirá con la segunda venida de Cristo y el advenimiento del “Reino de Dios”, definitivo e inmóvil. Esta concepción del tiempo y la historia es excepcional, y quizá es única en la historia de las culturas. Para los hindúes, para los budistas, para el I Ching, El Libro de los cambios, así como para los mayas, aztecas e incas, el tiempo era cíclico y no unidireccional, no había fin de la historia, sino grandes ciclos de crecimiento, desarrollo y destrucción que anunciaban una nueva era en la cual todo recomenzaba de modo distinto.

Nuestra cultura, nuestra vida social y personal está estructurada por esta concepción del tiempo lineal no cíclica, diríamos dramática, puesto que la historia humana es concebida como un gran drama en tres actos, “el gran teatro del mundo”. Esta habría comenzado con la expulsión de los primeros padres del Paraíso, con el cual se inició un largo y difícil desarrollo, el tiempo de la historia, y un final feliz con el término de la historia de la humanidad. La concepción de la historia nacional de los neoliberales tiene una estructura semejante: hubo un doloroso comienzo con la conquista, una larga y difícil historia de cinco siglos y habría un fin de la historia, la llegada a un estado definitivo y satisfactorio, el de la sociedad desarrollada. Este es un relato mítico, una versión secularizada del Reino de Dios en la tierra o al menos de la llegada de los judíos a la Tierra Prometida. (2)

Esta concepción se ha interiorizado en el discurso de las elites chilenas. Los presidentes, y sobre todo sus ministros de hacienda, desde hace más de treinta años, como nuevos Moisés, nos prometen el pronto advenimiento, en diez o quince años, de “la tierra prometida” de la prosperidad del desarrollo. Para llegar a ella hay que seguir peregrinando por el desierto, es decir hay que mantener “la disciplina fiscal” y “los favorables indicadores macroeconómicos”. Es preciso apretarse el cinturón, aceptar las monstruosas desigualdades y seguir trabajando hasta el agotamiento, ganando sueldos pequeños o míseros. Se trata de la versión neoliberal del mito estalinista o nazista, de la necesidad del sacrificio de las generaciones actuales para “heredar la nueva tierra” a nuestros hijos o nietos. Como se ve, el tiempo es la materia de los mitos sociales.

La credibilidad de este mito, aún aceptado por una parte de los chilenos, es una consecuencia de la creencia cultural de que “lo que importa es el futuro”; por tanto, que siempre es razonable sacrificar el presente, nuestro único tiempo verdadero, por el tiempo imaginado de un futuro mejor. A diferencia del hombre sabio del cuento zen, nosotros creemos conocer, estamos seguros de saber lo que está aconteciendo y sucederá. Aunque parezca absurdo, creemos posible “conocer” o “vivir”, lo que no se puede conocer; donde no se puede vivir, en el futuro, porque éste no existe.

Por ello, una de las mayores dificultades psicológicas y espirituales que tenemos –dado este condicionamiento cultural-, es la de vivir el presente, con plena atención. Siempre estamos preocupados de lo que puede suceder, de planificar el futuro, de evitar las experiencias negativas del pasado las cuales, sin embargo, recurrentemente, vuelven a “suceder”. Una expresión poética de esta obsesión por el futuro en nuestra cultura se manifiesta en un bello soneto español del siglo XVII llamado sugestivamente “Vana rosa”. En su primera estrofa dice: “Naciste ayer y morirás mañana/ ¿Para tan breve ser quien te dio vida?/ Si te engañó tu hermosura vana/ bien presta la verás desvanecida/ porque en tu hermosura está escondida/ la ocasión de morir muerte temprana” (3). En contraste, el poeta zen Basho escribe un poema breve, un haiku: “Un leve instante/se retrasa sobre las flores/ el claro de luna”.

El poeta español no puede disfrutar y permanecer en el resplandor de la experiencia presente. Imagina ser como el Dios omnisciente y cree poder contemplar este ser en todos los momentos de su existencia; a la vez en su pasado, presente y futuro. Por ello, se duele, melancólicamente, de que este bello ser habrá muerto mañana. Le reprocha la imperfección de su belleza que carece de eternidad, porque es perecedera. Su creencia de poseer este conocimiento absoluto, de “ser como los dioses”, de conocer lo eterno, le permite despreciar el magnífico aparecer de la rosa presente aquí y ahora. Basho contempla extasiado el espectáculo de la luz lunar, del “claro de luna”, que se detiene sólo “un leve instante” sobre las flores. No pretende retenerlo, ni inmovilizarlo, acepta su impermanencia, análoga a la de las nubes que se mueven llevadas por el viento del amanecer. En otro momento, caminando percibe un perfume floral y lo disfruta simplemente, sin exigirle nada, y sin pretender saber nada más. “! De qué árbol en flor/ no sé/pero qué perfume!”.


La ilusión del tiempo reside en esta distorsión cultural de atribuir realidad a lo que no es, a enajenarnos en nuestras representaciones del pasado y del futuro, que son “sólo mente”. Consiste en nuestra dificultad de vivir con plena atención y aceptar el presente, siempre variable, incierto e inpermanente, pero también sorprendentemente real, y a veces bello. “Los pensamientos relativos al futuro son muy turbios, en el sentido que se la da a este término al decir que un remolino de fango ha vuelto opaca el agua. Podemos encontrar la paz en el presente, pero la mayoría de los hombres la destruyen con la única finalidad de preocuparse del futuro”, escribe el maestro budista Bakar Rimpoche. (4)

Nuestros sentimientos aflictivos casi siempre están ligados al pasado o el futuro: la culpa por lo que creemos haber hecho mal; la ansiedad porque no sabemos qué va a pasar mañana; la rabia por lo que otros nos hicieron; el deseo insatisfecho por lo que deseamos lograr o poseer mañana; la depresión porque mañana todo seguirá igual de mal para mí; la envidia por lo que el otro es, y que quizá yo no pude o no podré llegar a ser u obtener lo que el otro consiguió; la pena por lo que perdimos; la angustia por los males que podrían llegar mañana; la decepción porque la realidad no ha correspondido a mis expectativas; el miedo a la futura vejez, al sufrimiento, a la muerte, a la pobreza, a la soledad, al sin sentido, etcétera, etcétera.

La terapia con que el budismo nos propone para aliviar -y quizá llegar a liberarnos de nuestro sufrimiento emocional consiste en el camino de la iluminación-, es, justamente, aprender a vivir con plena conciencia aquí, y ahora. Descubrir que “el momento presente, es un momento maravilloso”, como dice el maestro zen Tich Nhat Hanh. Esto no significa negar que hayamos tenido experiencias que nos dejaron recuerdos de pérdidas y de sufrimientos; tampoco nos dice que a futuro no experimentaremos otros dolores y decepciones. El budista sabe que hay sufrimientos compartidos por todos los seres humanos, propios de la condición humana, nacer, enfermar, separarnos de los que amamos y de lo que nos gusta, envejecer, morir, que son las principales experiencias dolorosas.


Tenemos la posibilidad de estar presente, sin recordar, juzgar o intentar configurar el futuro. Podemos contemplar, estar inmersos, sin sentir la distancia entre el yo y el mundo, aunque sea por breve tiempo. Las experiencias más significativas son de comunión con el mundo en la fusión amorosa, en la comunicación con el otro, en la profunda comprensión, en la contemplación estética. “Casi todos son capaces de experimentar aunque sea por un momento muy pequeño lo que significa estar sin pensamiento y al mismo tiempo ser plenamente consciente. La mayoría de la gente no se da cuenta de que incluso en un día normal, siempre hay intervalos muy pequeños entre dos pensamientos en algunos momentos. Los pensamientos no pueden reconocer lo profundo que es algo bello. El amor o la compasión no vienen a través de los pensamientos, vienen de una dimensión más profunda, y la gente que no tiene acceso a esa dimensión nunca experimenta la belleza, amor, compasión o una alegría más profunda del ser”. (5)

El sentido del budismo se expresa en esta búsqueda de la luminosidad, de la profunda realidad de estar plenamente presente. Se cuenta que estando Buda con sus discípulos se acercó a ellos un brahmán, un sacerdote y doctor de la religión védica. Le dijo que había escuchado que él era un hombre sabio y quería conocer en qué consistía dicha sabiduría. Buda quedó mirándolo y le contestó que cuando él y su grupo caminaban, caminaban; cuando descansaban, descansaban; cuando comían, comían. El brahmán repuso que todos hacían eso. Buda sonriendo le dijo que no era así.


La meditación cotidiana nos permite disminuir el sufrimiento que proviene de nuestra ignorancia, de nuestros deseos inmoderados, y de nuestra actitud mental de pretender conocer el futuro y de seguir apresado en las experiencias pasadas. Meditar va transformando nuestra vida: nuestros actos cotidianos empiezan a convertirse en prácticas de meditación en movimiento, en reconfortantes prácticas psicológicas y espirituales. Por ejemplo, podemos caminar más lento, pero concientemente, en contacto con nuestras sensaciones corporales de la planta de los pies, de la respiración, para calmar nuestra mente. Esta es como un pequeño mono, decía Buda, que incesantemente salta de rama en rama, de tema en tema. Tich Nhat Hanh nos ofrece varias gathas, pequeños poemas, que dan sentido a las experiencias cotidianas. Una de ellas, para meditar caminando, dice “Siento la tierra, y la tierra me siente a mí. /Sano a la tierra y la tierra me sana a mí./ Soy de la tierra,/ y la tierra se encuentra en mí”.

La meditación es una terapia inesperada que se inicia con la recuperación de nuestro cuerpo, en la experiencia de la momentánea reintegración de nuestro cuerpo y mente. Una experiencia sorprendente de recobrar nuestra cordura, dejando aparecer los diversos pensamientos, y permitiéndoles alejarse como las olas marinas que se disuelven al llegar a la playa. Una experiencia de recuperación de la armonía en un mundo caótico.

La meditación no es una evasión de la realidad como podría pensarse. Es un alto en el camino, o en el incesante movimiento cotidiano, que nos permite recuperar el contacto con nuestro cuerpo mediante la atención a la respiración y a las sensaciones internas, y de nuestras emociones, ansiedades, deseos, preocupaciones. Tich Nhat Hat lo ha expresado poéticamente, y con profunda verdad: “he llegado/ estoy en casa./Estoy en el aquí y en el ahora./Estoy presente,/ Soy libre,/ en lo real resido”. La meditación nos devuelve al sentido. Logra que, temporalmente, dejemos de sentir la vida cotidiana “como una historia contada por un idiota, llena de sonido y de furia”, como decía Shakespeare.

Quisiera finalizar estas breves reflexiones citando al maestro budista Trathang Tulku: “Las frustraciones son los gestos de la vida/ que nos permiten crecer en conocimiento,/ y la impermanencia es el giro circular de nuestra vida, /experimentada como un drama en que el sentido/ se revela como equilibrio”. (6)

Jorge Vergara Estévez es doctor en filosofía de la Universidad de París VIII, profesor de la Universidad de Chile. Las fotos son del autor.

Notas:
1) Dhaampada. La esencia de la sabiduría budista, traducción de Carmen Dragonetti, Sudamericana, Buenos Aires, 1967 p. 53.
2) Hinkelammert, Franz, Crítica de la razón utópica, Ed. Dei, San José de Costa Rica.
3) Este es un soneto atribuido a Góngora. Se encuentra en Luís de Góngora, Obras completas, Aguilar, Madrid, 1943, p. 481
4) Bokar Rimpoche (1995), La iluminación del budismo. Entrevista con B. R. realizada por Paco Rabanne, Biblioteca Bolsillo, Barcelona, 1998.p. 98
5) Eckhard Tolle, “Los pensamientos ya no me controlan” (Entrevista) en http://www.vidapositiva.com/nota.asp?idnota=8169
6) Tarthang Turku, Gesto de equilibrio. Guía para el desarrollo espiritual, la autocuración y la meditación, Planeta, Buenos Aires, 1988, p. 28.

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Los crímenes de la calle Morgue

Edgar Allan Poe

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre
que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres,
son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan
más allá de toda conjetura.
SIR THOMAS BROWNE
Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente endesenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan sólo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence. Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. Como los movimientos posibles no sólo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.
Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) sólo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.
Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a éste. Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.
El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.
El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.
Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente -y hasta ilustre-, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.
Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro -tan raro como notable- sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar -en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter- una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.
Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, éste nos hubiera considerado como locos -aunque probablemente como locos inofensivos-. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Sólo vivíamos para nosotros.
Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, sólo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.
En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla -ya que no en exhibirla- y no vacilaba en confesar el placer que le producía. Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble,y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.
No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan sólo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.
Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:
-Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.
-No cabe duda -repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.
-Dupin -dije gravemente-, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?
Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.
-En Chantilly -dijo Dupin-. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.
Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan sólo que la gente se burlara de él.
-En nombre del cielo -exclamé-, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.
En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.
-El frutero -replicó mi amigo- fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.
-¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.
-El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.
Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.
-Se lo explicaré -me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie- y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.
Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.
¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!
-Si no me equivoco -continuó él-, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Éste fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empaló a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.
»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera -por lo demás desconocida- las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:
Perdidit antiquum litera prima sonum.
»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés.
Poco tiempo después de este episodio, leíamos una edición nocturna de la Gazette des Tribunaux cuando los siguientes párrafos atrajeron nuestra atención:
«EXTRAÑOS ASESINATOS.-Esta mañana, hacia las tres, los habitantes del quartier Saint-Roch fueron arrancados de su sueño por los espantosos alaridos procedentes del cuarto piso de una casa situada en la rue Morgue, ocupada por madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye. Como fuera imposible lograr el acceso a la casa, después de perder algún tiempo, se forzó finalmente la puerta con una ganzúa y ocho o diez vecinos penetraron en compañía de dos gendarmes. Por ese entonces los gritos habían cesado, pero cuando el grupo remontaba el primer tramo de la escalera se oyeron dos o más voces que discutían violentamente y que parecían proceder de la parte superior de la casa. Al llegar al segundo piso, las voces callaron a su vez, reinando una profunda calma. Los vecinos se separaron y empezaron a recorrer las habitaciones una por una. Al llegar a una gran cámara situada en la parte posterior del cuarto piso (cuya puerta, cerrada por dentro con llave, debió ser forzada), se vieron en presencia de un espectáculo que les produjo tanto horror como estupefacción.
»EL aposento se hallaba en el mayor desorden: los muebles, rotos, habían sido lanzados en todas direcciones. El colchón del único lecho aparecía tirado en mitad del piso. Sobre una silla había una navaja manchada de sangre. Sobre la chimenea aparecían dos o tres largos y espesos mechones de cabello humano igualmente empapados en sangre y que daban la impresión de haber sido arrancados de raíz. Se encontraron en el piso cuatro napoleones, un aro de topacio, tres cucharas grandes de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger, y dos sacos que contenían casi cuatro mil francos en oro. Los cajones de una cómoda situada en un ángulo habían sido abiertos y aparentemente saqueados, aunque quedaban en ellos numerosas prendas. Descubrióse una pequeña caja fuerte de hierro debajo de la cama (y no del colchón). Estaba abierta y con la llave en la cerradura. No contenía nada, aparte de unas viejas cartas y papeles igualmente sin importancia.
»No se veía huella alguna de madame L’Espanaye, pero al notarse la presencia de una insólita cantidad de hollín al pie de la chimenea se procedió a registrarla, encontrándose (¡cosa horrible de describir!) el cadáver de su hija, cabeza abajo, el cual había sido metido a la fuerza en la estrecha abertura y considerablemente empujado hacia arriba. El cuerpo estaba aún caliente. Al examinarlo se advirtieron en él numerosas excoriaciones, producidas, sin duda, por la violencia con que fuera introducido y por la que requirió arrancarlo de allí. Veíanse profundos arañazos en el rostro, y en la garganta aparecían contusiones negruzcas y profundas huellas de uñas, como si la víctima hubiera sido estrangulada.
»Luego de una cuidadosa búsqueda en cada porción de la casa, sin que apareciera nada nuevo, los vecinos se introdujeron en un pequeño patio pavimentado de la parte posterior del edificio y encontraron el cadáver de la anciana señora, la cual había sido degollada tan salvajemente que, al tratar de levantar el cuerpo, la cabeza se desprendió del tronco. Horribles mutilaciones aparecían en la cabeza y en el cuerpo, y este último apenas presentaba forma humana.
»Hasta el momento no se ha encontrado la menor clave que permita solucionar tan horrible misterio.»

La edición del día siguiente contenía los siguientes detalles adicionales:

«La tragedia de la rue Morgue.-Diversas personas han sido interrogadas con relación a este terrible y extraordinario suceso, pero nada ha trascendido que pueda arrojar alguna luz sobre él. Damos a continuación las declaraciones obtenidas:
»Pauline Dubourg, lavandera, manifiesta que conocía desde hacía tres años a las dos víctimas, de cuya ropa se ocupaba. La anciana y su hija parecían hallarse en buenos términos y se mostraban sumamente cariñosas entre sí. Pagaban muy bien. No sabía nada sobre su modo de vida y sus medios de subsistencia. Creía que madame L. decía la buenaventura. Pasaba por tener dinero guardado. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando iba a buscar la ropa o la devolvía. Estaba segura de que no tenían ningún criado o criada. Opinaba que en la casa no había ningún mueble, salvo en el cuarto piso.
»Pierre Moreau, vendedor de tabaco, declara que desde hace cuatro años vendía regularmente pequeñas cantidades de tabaco y de rapé a madame L’Espanaye. Nació en la vecindad y ha residido siempre en ella. La extinta y su hija ocupaban desde hacía más de seis años la casa donde se encontraron los cadáveres. Anteriormente vivía en ella un joyero, que alquilaba las habitaciones superiores a diversas personas. La casa era de propiedad de madame L., quien se sintió disgustada por los abusos que cometía su inquilino y ocupó personalmente la casa, negándose a alquilar parte alguna. La anciana señora daba señales de senilidad. El testigo vio a su hija unas cinco o seis veces durante esos seis años. Ambas llevaban una vida muy retirada y pasaban por tener dinero. Había oído decir a los vecinos que madame L. decía la buenaventura, pero no lo creía. Nunca vio entrar a nadie, salvo a la anciana y su hija, a un mozo de servicio que estuvo allí una o dos veces, y a un médico que hizo ocho o diez visitas.
»Muchos otros vecinos han proporcionado testimonios coincidentes. No se ha hablado de nadie que frecuentara la casa. Se ignora si madame L. y su hija tenían parientes vivos. Pocas veces se abrían las persianas de las ventanas delanteras. Las de la parte posterior estaban siempre cerradas, salvo las de la gran habitación en la parte trasera del cuarto piso. La casa se hallaba en excelente estado y no era muy antigua.
»Isidore Muset, gendarme, declara que fue llamado hacia las tres de la mañana y que, al llegar a la casa, encontró a unas veinte o treinta personas reunidas que se esforzaban por entrar. Violentó finalmente la entrada (con una bayoneta y no con una ganzúa). No le costó mucho abrirla, pues se trataba de una puerta de dos batientes que no tenía pasadores ni arriba ni abajo. Los alaridos continuaron hasta que se abrió la puerta, cesando luego de golpe. Parecían gritos de persona (o personas) que sufrieran los más agudos dolores; eran gritos agudos y prolongados, no breves y precipitados. El testigo trepó el primero las escaleras. Al llegar al primer descanso oyó dos voces que discutían con fuerza y agriamente; una de ellas era ruda y la otra mucho más aguda y muy extraña. Pudo entender algunas palabras provenientes de la primera voz, que correspondía a un francés. Estaba seguro de que no se trataba de una voz de mujer. Pudo distinguir las palabras sacré ydiable. La voz más aguda era de un extranjero. No podría asegurar si se trataba de un hombre o una mujer. No entendió lo que decía, pero tenía la impresión de que hablaba en español. El estado de la habitación y de los cadáveres fue descrito por el testigo en la misma forma que lo hicimos ayer.
»Henri Duval, vecino, de profesión platero, declara que formaba parte del primer grupo que entró en la casa. Corrobora en general la declaración de Muset. Tan pronto forzaron la puerta, volvieron a cerrarla para mantener alejada a la muchedumbre, que, pese a lo avanzado de la hora, se estaba reuniendo rápidamente. El testigo piensa que la voz más aguda pertenecía a un italiano. Está seguro de que no se trataba de un francés. No puede asegurar que se tratara de una voz masculina. Pudo ser la de una mujer. No está familiarizado con la lengua italiana. No alcanzó a distinguir las palabras, pero por la entonación está convencido de que quien hablaba era italiano. Conocía a madame L. y a su hija. Había conversado frecuentemente con ellas. Estaba seguro de que la voz aguda no pertenecía a ninguna de las difuntas.
»Odenheimer, restaurateur. Este testigo se ofreció voluntariamente a declarar. Como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. Es originario de Amsterdam. Pasaba frente a la casa cuando se oyeron los gritos. Duraron varios minutos, probablemente diez. Eran prolongados y agudos, tan horribles como penosos de oír. El testigo fue uno de los que entraron en el edificio. Corroboró las declaraciones anteriores en todos sus detalles, salvo uno. Estaba seguro de que la voz más aguda pertenecía a un hombre y que se trataba de un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas. Eran fuertes y precipitadas, desiguales y pronunciadas aparentemente con tanto miedo como cólera. La voz era áspera; no tanto aguda como áspera. El testigo no la calificaría de aguda. La voz más gruesa dijo varias veces: sacré, diable, y una vez Mon Dieu!
»Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud e hijos, en la calle Deloraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L’Espanaye poseía algunos bienes. Había abierto una cuenta en su banco durante la primavera del año 18... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos de pequeñas sumas. No había retirado nada hasta tres días antes de su muerte, en que personalmente extrajo la suma de 4.000 francos. La suma le fue pagada en oro y un empleado la llevó a su domicilio.
»Adolphe Lebon, empleado de Mignaud e hijos, declara que el día en cuestión acompañó hasta su residencia a madame L’Espanaye, llevando los 4.000 francos en dos sacos. Una vez abierta la puerta, mademoiselle L. vino a tomar uno de los sacos, mientras la anciana señora se encargaba del otro. Por su parte, el testigo saludó y se retiró. No vio a persona alguna en la calle en ese momento. Se trata de una calle poco importante, muy solitaria.
»William Bird, sastre, declara que formaba parte del grupo que entró en la casa. Es de nacionalidad inglesa. Lleva dos años de residencia en París. Fue uno de los primeros en subir las escaleras. Oyó voces que disputaban. La más ruda era la de un francés. Pudo distinguir varias palabras, pero ya no las recuerda todas. Oyó claramente: sacré y mon Dieu. En ese momento se oía un ruido como si varias personas estuvieran luchando, era un sonido de forcejeo, como si algo fuese arrastrado. La voz aguda era muy fuerte, mucho más que la voz ruda. Está seguro de que no se trataba de la voz de un inglés. Parecía la de un alemán. Podía ser una voz de mujer. El testigo no comprende el alemán.
»Cuatro de los testigos nombrados más arriba fueron nuevamente interrogados, declarando que la puerta del aposento donde se encontró el cadáver de mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando llegaron hasta ella. Reinaba un profundo silencio; no se escuchaban quejidos ni rumores de ninguna especie. No se vio a nadie en el momento de forzar la puerta. Las ventanas, tanto de la habitación del frente como de la trasera, estaban cerradas y firmemente aseguradas por dentro. Entre ambas habitaciones había una puerta cerrada, pero la llave no estaba echada. La puerta que comunicaba la habitación del frente con el corredor había sido cerrada con llave por dentro. Un cuarto pequeño situado en el frente del cuarto piso, al comienzo del corredor, apareció abierto, con la puerta entornada. La habitación estaba llena de camas viejas, cajones y objetos por el estilo. Se procedió a revisarlos uno por uno, no se dejó sin examinar una sola pulgada de la casa. Se enviaron deshollinadores para que exploraran las chimeneas. La casa tiene cuatro pisos, conmansardes. Una trampa que da al techo estaba firmemente asegurada con clavos y no parece haber sido abierta durante años. Los testigos no están de acuerdo sobre el tiempo transcurrido entre el momento en que escucharon las voces que disputaban y la apertura de la puerta de la habitación. Algunos sostienen que transcurrieron tres minutos; otros calculan cinco. Costó mucho violentar la puerta.
»Alfonso Garcio, empresario de pompas fúnebres, habita en la rue Morgue. Es de nacionalidad española. Formaba parte del grupo que entró en la casa. No subió las escaleras. Tiene los nervios delicados y teme las consecuencias de toda agitación. Oyó las voces que disputaban. La más ruda pertenecía a un francés. No pudo comprender lo que decía. La voz aguda era la de un inglés; está seguro de esto. No comprende el inglés, pero juzga basándose en la entonación.
»Alberto Montani, confitero, declara que fue de los primeros en subir las escaleras. Oyó las voces en cuestión. la voz ruda era la de un francés. Pudo distinguir varias palabras. El que hablaba parecía reprochar alguna cosa. No pudo comprender las palabras dichas por la voz más aguda, que hablaba rápida y desigualmente. Piensa que se trata de un ruso. Corrobora los testimonios restantes. Es de nacionalidad italiana. Nunca habló con un nativo de Rusia.
»Nuevamente interrogados, varios testigos certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones eran demasiado angostas para admitir el paso de un ser humano. Se pasaron “deshollinadores” -cepillos cilíndricos como los que usan los que limpian chimeneas- por todos los tubos existentes en la casa. No existe ningún pasaje en los fondos por el cual alguien hubiera podido descender mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de mademoiselle L’Espanaye estaba tan firmemente encajado en la chimenea, que no pudo ser extraído hasta que cuatro o cinco personas unieron sus esfuerzos.
»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado al amanecer para examinar los cadáveres de las víctimas. Los mismos habían sido colocados sobre el colchón del lecho correspondiente a la habitación donde se encontró a mademoiselle L. El cuerpo de la joven aparecía lleno de contusiones y excoriaciones. El hecho de que hubiese sido metido en la chimenea bastaba para explicar tales marcas. La garganta estaba enormemente excoriada. Varios profundos arañazos aparecían debajo del mentón, conjuntamente con una serie de manchas lívidas resultantes, con toda evidencia, de la presión de unos dedos. El rostro estaba horriblemente pálido y los ojos se salían de las órbitas. La lengua aparecía a medias cortada. En la región del estómago se descubrió una gran contusión, producida, aparentemente, por la presión de una rodilla. Según opinión del doctor Dumas, mademoiselle L’Espanaye había sido estrangulada por una o varias personas.
»El cuerpo de la madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna y el brazo derechos se hallaban fracturados en mayor o menor grado. La tibia izquierda había quedado reducida a astillas, así como todas las costillas del lado izquierdo. El cuerpo aparecía cubierto de contusiones y estaba descolorido. Resultaba imposible precisar el arma con que se habían inferido tales heridas. Un pesado garrote de mano, o una ancha barra de hierro, quizá una silla, cualquier arma grande, pesada y contundente, en manos de un hombre sumamente robusto, podía haber producido esos resultados. Imposible que una mujer pudiera infligir tales heridas con cualquier arma que fuese. La cabeza de la difunta aparecía separada del cuerpo y, al igual que el resto, terriblemente contusa. Era evidente que la garganta había sido seccionada con un instrumento muy afilado, probablemente una navaja.
»Alexandre Etienne, cirujano, fue llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas para examinar los cuerpos. Confirmó el testimonio y las opiniones de este último.
»No se ha obtenido ningún otro dato de importancia, a pesar de haberse interrogado a varias otras personas. Jamás se ha cometido en París un asesinato tan misterioso y tan enigmático en sus detalles... si es que en realidad se trata de un asesinato. La policía está perpleja, lo cual no es frecuente en asuntos de esta naturaleza. Pero resulta imposible hallar la más pequeña clave del misterio.»

La edición vespertina del diario declaraba que en el quartier Saint-Roch reinaba una intensa excitación, que se había practicado un nuevo y minucioso examen del lugar del hecho, mientras se interrogaba a nuevos testigos, pero que no se sabía nada nuevo. Un párrafo final agregaba, sin embargo, que un tal Adolphe Lebon acababa de ser arrestado y encarcelado, aunque nada parecía acusarlo, a juzgar por los hechos detallados.
Dupin se mostraba singularmente interesado en el desarrollo del asunto; o por lo menos así me pareció por sus maneras, pues no hizo el menor comentario. Tan sólo después de haberse anunciado el arresto de Lebon me pidió mi parecer acerca de los asesinatos.
No pude sino sumarme al de todo París y declarar que los consideraba un misterio insoluble. No veía modo alguno de seguir el rastro al asesino.

-No debemos pensar en los modos posibles que surgen de una investigación tan rudimentaria -dijo Dupin-. La policía parisiense, tan alabada por su penetración, es muy astuta pero nada más. No procede con método, salvo el del momento. Toma muchas disposiciones ostentosas, pero con frecuencia éstas se hallan tan mal adaptadas a su objetivo que recuerdan a Monsieur Jourdain, que pedía sa robe de chambre... pour mieux entendre la musique. Los resultados obtenidos son con frecuencia sorprendentes, pero en su mayoría se logran por simple diligencia y actividad. Cuando éstas son insuficientes, todos sus planes fracasan. Vidocq, por ejemplo, era hombre de excelentes conjeturas y perseverante. Pero como su pensamiento carecía de suficiente educación, erraba continuamente por el excesivo ardor de sus investigaciones. Dañaba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca. Quizá alcanzaba a ver uno o dos puntos con singular acuidad, pero procediendo así perdía el conjunto de la cuestión. En el fondo se trataba de un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. Por el contrario, creo que, en lo que se refiere al conocimiento más importante, es invariablemente superficial. La profundidad corresponde a los valles, donde la buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra. Las formas y fuentes de este tipo de error se ejemplifican muy bien en la contemplación de los cuerpos celestes. Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las impresiones luminosas débiles que la parte interior), se verá la estrella con claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la contemplamos de lleno. Es verdad que en este último caso llegan a nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad confundimos y debilitamos el pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida, demasiado concentrada o directa.
»En cuanto a esos asesinatos, procedamos personalmente a un examen antes de formarnos una opinión. La encuesta nos servirá de entretenimiento (me pareció que el término era extraño, aplicado al caso, pero no dije nada). Además, Lebon me prestó cierta vez un servicio por el cual le estoy agradecido. Iremos a estudiar el terreno con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de policía, y no habrá dificultad en obtener el permiso necesario.
La autorización fue acordada, y nos encaminamos inmediatamente a la rue Morgue. Se trata de uno de esos míseros pasajes que corren entre la rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Atardecía cuando llegamos, pues el barrio estaba considerablemente distanciado del de nuestra residencia. Encontramos fácilmente la casa, ya que aún había varias personas mirando las persianas cerradas desde la acera opuesta. Era una típica casa parisiense, con una puerta de entrada y una casilla de cristales con ventana corrediza, correspondiente a la loge du concierge. Antes de entrar recorrimos la calle, doblamos por un pasaje y, volviendo a doblar, pasamos por la parte trasera del edificio, mientras Dupin examinaba la entera vecindad, así como la casa, con una atención minuciosa cuyo objeto me resultaba imposible de adivinar.
Volviendo sobre nuestros pasos retornamos a la parte delantera y, luego de llamar y mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos por los agentes de guardia. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde se había encontrado el cuerpo de mademoiselle L’Espanaye y donde aún yacían ambas víctimas. Como es natural, el desorden del aposento había sido respetado. No vi nada que no estuviese detallado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo inspeccionaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos luego a las otras habitaciones y al patio; un gendarme nos acompañaba a todas partes. El examen nos tuvo ocupados hasta que oscureció, y era de noche cuando salimos. En el camino de vuelta, mi amigo se detuvo algunos minutos en las oficinas de uno de los diarios parisienses.
He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.
Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

-No, nada peculiar -dije-. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

-Me temo -repuso Dupin- que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a looutré de sus características. La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto sólo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.
Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

-Estoy esperando ahora -continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación- a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.
Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, sólo miraban la pared.

-Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera -dijo- no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a éstos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?
Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o -como la calificó uno de ellos- la voz áspera.

-Tal es el testimonio en sí -dijo Dupin-, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que “podría haber distinguido algunas palabras sí hubiera sabido español”. El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español “está seguro” de que se trata de un inglés, pero “juzga basándose en la entonación”, ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia. Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, “está convencido por la entonación”. Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de “áspera, más que aguda”. Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.
»No sé -continuó Dupin- la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio -la que se refiere a las voces ruda y aguda-, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.
«Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? Afortunadamente, sólo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes “imposibilidades” no son tales en realidad.
»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.
»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.
«Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.
»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.
»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo. Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor.“Tiene que haber algo defectuoso en el clavo”, pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.
»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por éste había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.
»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.
»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.
»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan sólo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.
Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

-Habrá notado usted -dijo- que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que éstos contenían habitualmente? Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que ésta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.
»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención -la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como éste-, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.
»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de Madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.
»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?
Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

-Un maníaco es el autor del crimen -dije-. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

-En cierto sentido -dijo Dupin-, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de madame L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

-¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! -grité, trastornado por completo.

-No he dicho que lo fuera -repuso mi amigo-. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».
«Notará usted -continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel- que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.
Lo intenté sin el menor resultado.

-Quizá no estemos procediendo debidamente -dijo Dupin-. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.
Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

-Esta marca -dije- no es la de una mano humana.

-Lea ahora -replicó Dupin- este pasaje de Cuvier.
Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

-La descripción de los dedos -dije al terminar la lectura-concuerda exactamente con este dibujo. Sólo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

-Cierto, Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: Mon Dieu! Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible -e incluso muy probable- que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que deje anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.
Me alcanzó un papel, donde leí:

CAPTURADO.-En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

-Pero, ¿cómo es posible -pregunté- que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltes?

-No lo sé -dijo Dupin- y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltes, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. Pero si estoy en lo cierto, hay mucho de ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto.»
En ese momento oímos pasos en la escalera.

-Prepare las pistolas -dijo Dupin-, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.
La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

-¡Adelante! -dijo Dupin con voz cordial y alegre.
El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer ésa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neufchatel, se veía que era de origen parisiense.

-Siéntese usted, amigo mío -dijo Dupin-. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?
El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

-No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

-¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

-Por supuesto que sí, señor.

-Lamentaré separarme de él -dijo Dupin.

-No quisiera que usted se hubiese molestado por nada -declaró el marinero-. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

-Pues bien -repuso mi amigo-, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.
Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.
El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

-Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad -dijo cordialmente Dupin-. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.
Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

-¡Dios venga en mi ayuda! -dijo, después de una pausa-. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.
En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: Poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.
Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.
Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.
El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en
arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.
En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado
por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.
En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.
Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.
Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso -con algunos comentarios por parte de Dupin- en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

-Déjelo usted hablar -me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle-. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’ expliquer ce qui n’est pas.

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