jueves, 26 de enero de 2012

¿Setenta por ciento? ¡Añamembuy!

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Toribio tenía un mal presentimiento. Él no sabía nada de medicina, pero sus 34 años de vida le habían enseñado que esas cosas eran peligrosas. Sólo una vez había consultado al médico; habitualmente, las pocas veces que se sentía enfermo, iba con una curandera. En los esteros del Iberá, en el medio de la provincia de Corrientes, no abundaban los profesionales precisamente.

Doña Circuncisión, la manosanta del lugar, había sido clara:

–Mirá, chamigo: el gurí está jodido. Yo ya no sé más que hacer, se me terminó la cencia. Si querés, podés llevarlo con un médico. ¿Por qué no probás en Colonia Carlos Pellegrini? Ahí creo que a veces llega un doctorcito de la ciudad–.

Clara y terminante: había que buscar alternativas, porque ella ya no sabía qué hacer.

Toribio, peón en la estancia Santa Cecilia desde toda su vida –ahí había nacido–, conocía muy poco fuera de eso. Ocasionalmente iba al pueblito de Carlos Pellegrini, y sólo dos veces había llegado a la ciudad de Corrientes. Buenos Aires era otro mundo, lejano, inimaginable. Siempre soñaba con ir alguna vez; de hecho tenía una hermana que trabajaba como empleada doméstica en la capital, y por las cosas que ella le había contado en alguna oportunidad, lo deslumbraba lo que se decía de la gran ciudad. De todos modos, su vida era el campo: arriar el ganado, cortar leña, atender las mil y una tareas de la estancia era lo único que conocía. Y por allí, algún domingo, el ritmo de un chamamé. No encontraba motivos para cambiar todo eso.

La enfermedad de su hijo mayor, Anacleto, ahora lo tenía especialmente angustiado. Con su esposa se habían jurado que harían todo, absolutamente todo lo posible para buscar aliviarlo. La cuestión es que no sabían bien qué hacer. Dado que la curandera había sido taxativa en lo dicho, indicándoles que ya no podía ayudarles más, los caminos no eran muchos. Ir a Buenos Aires, más allá de un buen deseo, era imposible.

Toribio ganaba menos del salario mínimo. Oficialmente, al menos en los libros llevados por los administradores de la estancia, cobraba todas las prestaciones de ley. Pero el capataz, don Fulgencio, siguiendo las instrucciones del "patroncito" –que una vez cada tantos meses llegaba en helicóptero para ir a cazar jabalíes o ciervos de los pantanos, habitualmente con algunos extranjeros–, le había explicado que "ahora las cosas estaban duras, y de momento no se podía pagar más". Habiendo vivido siempre en la estancia y teniendo asegurado desde niño su plato de comida, magro quizá, pero comida al fin, Toribio no veía motivos para no aceptar esas condiciones. Si "¡hasta le daban donde dormir… gratis!", ¿cómo no estar de acuerdo entonces con el salario pagado?

Así había sido también con su padre, y con su abuelo, en aquellas épocas en que se decía que aparecía el Sapo-toro en la laguna del Iberá. Al día de hoy las cosas no habían cambiado mucho: los peones seguían trabajando por no mucho más que por un plato de comida, y el Sapo-toro continuaba presente en las tradiciones populares. Toribio no quería hablar mucho de eso, pero tenía la certeza que los ruidos que escuchó una noche en los esteros, cuando estaba cazando yacarés, eran los del Sapo-toro. Fragmentariamente se lo había contado una vez a su esposa, pero no así a sus hijos menores, el Romualdo y la Tiburcia. Sólo se lo había hecho saber al mayor, el Anacleto, de 14 años, el que ahora estaba enfermo.

Con él, Toribio tenía muy buena relación, mucha confianza. Eran compinches; era de las pocas personas con quien hablaba no en español sino en guaraní, cosa que no hacía siquiera con su esposa. Saber que ahora estaba mal lo ponía muy triste.

Decidieron consultar al médico en Carlos Pellegrini. Con el permiso del caso en la estancia, el lunes se fueron los tres, ambos padres y el muchachito enfermo. Anacleto empeoraba rápidamente. Los tres kilómetros que separaban el casco de la estancia del poblado, que habitualmente recorrían a pie en una media hora, les tomó ahora más del doble de tiempo. A mitad de camino, Anacleto debió detenerse cansado como estaba, y un vómito de sangre presagió que la cosa iba empeorando muy rápidamente.

En el pueblo no encontraron al doctor. El dispensario médico, que funcionaba en un salón multiusos donde también se daban clases de la escuela primaria, se oficiaba misa el día que llegaba el cura y se organizaban parrandas algunos domingos –chamamé, empanadas y vino tinto a discreción– tenía, a veces, una enfermera. Para disgusto de Toribio y su familia, ella les indicó que hacía ya más de tres meses que no llegaba médico, porque no había presupuesto. Lo único que pudo ofrecerles fue tomarle la presión; medirle el peso, no, porque la balanza se había descompuesto y no había con qué mandarla a reparar.

Con sólo ver los signos vitales, la enfermera intuyó el diagnóstico. Pero no quiso alarmar a nadie, por lo que prefirió no decir nada. La palabra cáncer siempre produce escozor. "Que se los diga el doctor cuando venga…, si es que alguna vez vuelve a venir médico por aquí".

Las políticas de achicamiento presupuestario y descentralización que se llevaban adelante desde el ministerio de salud habían vaciado prácticamente los centros de atención como el de Colonia Pellegrini. Con buena suerte quedaba por allí alguna enfermera, la que todavía cobraba su sueldo. No había equipamiento, medicamentos, mantenimiento. Era casi ampuloso hablar de centro de salud en esas condiciones. Para un caso grave como el de Anacleto, la decadencia generalizada del servicio no podía sino apurar un desenlace fatal.

–¿Por qué no prueban con un curandero?– preguntó con tristeza la enfermera. –Por aquí abundan–.

–Ya fuimos con doña Circuncisión. Y ella nos mandó para acá. Dice que el gurí está jodido, pero que quizá ustedes, chamigo, pueden hacer algo–.

El silencio de la enfermera lo dijo todo. Ella, oriunda de la ciudad de Corrientes, habiendo llegado a trabajar a la zona rural por propia convicción con sus escasos 25 años, veía cómo día a día la salud pública retrocedía. Lo que le habían enseñado en la Escuela de Enfermería en la ciudad, aquí no existía: controles epidemiológicos, atención primaria, vacunación casa por casa, provisión de agua potable para toda la comunidad…, eran todas frases vacías que quedaban en los manuales. La realidad de los esteros del Iberá era otra: desnutrición, enfermedades crónicas, cero planificación familiar…., y el siempre presente mito del Sapo-toro.

–¿Y qué se puede hacer entonces, che, doctorcita?– preguntó Toribio con amargura.

–Resignarse–.

Toribio salió decepcionado de la consulta. Haciendo un gran esfuerzo –porque ya pesaba bastante– llevó a su hijo en brazos hasta la estancia. En todo el camino ninguno de los tres habló una palabra.

De vuelta en la Santa Cecilia, con Anacleto desmejorado por el esfuerzo, fue llamado por el capataz.

–Mirá Toribio– comenzó a decir con aire paternal don Fulgencio. –No es una cosa mía; ya sabés que yo aquí cumplo órdenes. Pero tuviste la mala suerte que justo cuando te fuiste vino el patroncito, y pidió que le hicieras de baqueano porque quería ir a cazar un yaguareté que sabe que anda allá, por el monte. Le tuve que decir que no estabas–. La expresión de Toribio iba tornándose sombría; se veía venir lo peor.

–Se enojó mucho, porque dice que sos el único guía con el que le gusta salir. Y ahí nomás agarró el helicóptero con dos invitados que traía, y se fue al carajo–. Hizo una pausa, un largo silencio, para luego agregar: dice que te descontemos el medio día que faltaste al trabajo.

Toribio quedó mudo. No sabía cómo reaccionar, por lo que prefirió acatar con una leve inclinación de cabeza. Siempre con el sombrero en las manos en actitud de respeto, recordó las palabras de su finado padre: "a los de arriba hay que respetar por sobre todas las cosas". Por tanto, acató lo que le indicó el capataz y se retiró pidiendo permiso.

Prefirió no decirle nada a su esposa ni a sus hijos. "Un verdadero hombre sabe aguantar en silencio", se dijo.

Quiso la coincidencia que al día siguiente llegaran por la zona cuatro estudiantes de antropología. Venían de Buenos Aires. Tres varones y una mujer, todos jóvenes. A Toribio le llamó la atención ver una joven en medio de tres varones. Su moral le decía que eso no estaba bien. Pero al mismo tiempo también sabía que en la ciudad pasaban esas cosas, que las mujeres fumaban y no trataban de "usted" a los varones, que manejaban automóviles, que incluso eran jefes de algo a veces. Rápidamente trabó amistad con los estudiantes.

Habían llegado a los esteros del Iberá realizando una investigación sobre el mito del Sapo-toro. En la capital casi no se hablaba de esta leyenda; pero ellos, como estudiosos de las tradiciones populares, querían adentrarse e investigar a fondo la leyenda. Por lo que conocían, hasta inclusive se había llegado a equiparar el animal del relato con el monstruo del lago Ness, en Escocia. Todo estaba envuelto en un fascinante halo de misterio que hacía seductor el mito. Seguramente no existía ningún ser monstruoso en las aguas del Iberá, pero lo importante, lo que buscaban los jóvenes, eran las historias que se habían ido tejiendo en torno al relato mitológico. Por coincidencias fortuitas, Toribio terminó siendo la persona que se transformaría en el informante clave para la investigación.

Pero si a alguien le significó algo nuevo ese encuentro, fue a Toribio.

Muy rápidamente todos, estudiantes y peón de estancia, entraron en confianza. Para las dos partes el otro tenía algo de seductor, de fuente inagotable de información. Toribio, nacido y criado en la Santa Cecilia, una enorme estancia ganadera de más de 3.000 hectáreas, podía pasar horas contando anécdotas de su vida diaria, cosas que para él eran la simpleza de su cotidianeidad (cómo cazar un yacaré, cómo atrapar una serpiente yarará con las manos evitando ser mordido, cómo evitar no caer en un tacurú cuando se cabalga o como cuerear una curiyú para vender el cuero), pero que resultaban historias espectaculares para sus oyentes.

A la inversa, él quedaba extasiado con las descripciones de la vida citadina, con cosas que jamás hubiera soñado que existían, cosas que para él eran tan fabulosas e inimaginables como el Sapo-toro y las tradiciones populares para los jóvenes estudiantes.

Algo que lo dejó impactado de un modo especial fue el enterarse de sus derechos como ser humano, cosa que la vio más increíble que la montaña rusa de la que le hablaron, los aviones o el internet. Se trataba de sus derechos como trabajador: no podía creer que tuvieran que pagarle toda esa "fortuna" por su trabajo, casi el doble de lo que le estaban pagando ahora, un sueldo extra en diciembre sin necesidad de trabajar más, que le pudieran dar vacaciones –jamás se le había ocurrido que algo así le pudiera corresponder como mensú de la estancia– y menos aún: que tuviera el derecho de hacer atender a su hijo enfermo, el Anacleto.

Toribio ya había empezado a hacerse a la idea que el muchachito estaba condenado a morir. Si doña Circuncisión no había podido hacer nada, ella que siempre lo resolvía todo, y en el dispensario no había, ni parecía que fuera a haber más, un médico, entonces, tal como les enseñaba el cura que a veces llegaba por allí a oficiar misa, "había que resignarse porque no era esta vida la importante, sino la que nos espera en el paraíso".

El contacto con los cuatro jóvenes le empezó a hacer ver de un modo radicalmente distinto todas las cosas; en realidad, le abrió un mundo nuevo, insospechado. El odio que le provocó la decisión del "patroncito" descontándole ese medio día de trabajo por la enfermedad de Anacleto fue, sin dudas, el detonante. Sin decirlo explícitamente nunca a nadie, su hijo mayor era lo que más amaba en el mundo. La impotencia de ver que se le iba y que, encima de eso, lo amonestaban por querer atenderlo, lo había sublevado.

"¡Eso es una violación de mis derechos, chamigo!", comenzó a decirse. Su esposa fue la primera en notar el cambio. Sintió miedo, sin poder explicar bien por qué. El cura, sus padres, todos los mayores, toda su cultura le decía que uno no podía rebelarse contra "la autoridad"; pero al mismo tiempo, siguiendo a Toribio, entendía que ahí había algo más, que no había razón real, más allá de esas explicaciones eternas, que justificaran lo que no se podía justificar. "¿Por qué no rebelarse, si era justo?"

Ramiro, el mayor de los estudiantes, quien había cursado hasta cuarto año de medicina antes de cambiarse a antropología, intuyó rápidamente el cuadro de Anacleto. Incluso sus compañeros, más desde el sentido común que desde la ciencia médica, también lo adivinaron: el jovencito presentaba un proceso canceroso. Cuando le hizo a saber a Toribio las posibilidades de cura, éste se alegró como quizá nunca en su vida:

–¿Setenta por cierto? ¿Eso quiere decir que de cada diez gurises enfermos de esto, que ya están para finados, siete se pueden curar si se los atiende? ¡Añamembuy, chamigo! ¿Estás seguro, usté? ¿Entonces se me puede curar el Anacleto?–.

–Así es Toribio. Así es–.

–Sólo es cuestión que tenga el tiempo para ocuparme de él, de poder llevarlo al médico entonces…– La felicidad le volvió al rostro, del que había desaparecido ya hacía un tiempo.

–Pero aquí, en la estancia, no me lo van a permitir me imagino–.

Rápidamente el gesto de alegría se le transformó en odio, en el más profundo y amargo rencor, con una expresión que daba miedo. Las interminables charlas con los estudiantes le habían abierto los ojos en muchas cosas. El trato despectivo que había recibido por no permitírsele atender a su hijo cuando se le descontó por su ida al médico potenció todo lo hablado con los jóvenes, mientras lo llenaba de la cólera más reconcentrada. Pero también de lucidez.

–¿Por qué él puede tener tiempo para ir a cazar y gastar plata en municiones, mientras uno se tiene que deslomar para pagarle sus gustos? Ah, ¿sabían que a nosotros nos cobran cada tiro que hacemos aquí, no?–.

Los cuatro jóvenes prometieron ayudarlo. Era una cuestión no sólo de ideología, sino de honor. Nunca habían conocido una persona tan noble, tan transparente, tan cabal como Toribio.

–No, muchachos. Se equivocan: aquí todos los mensú somos iguales. Si les parezco bondadoso, ahora me atrevo a decir que más bien somos tontos. ¿O ser bueno consiste en agachar la cabeza, en no levantar jamás la voz? ¿Por qué hay que vivir resignados?–.

Mientras Anacleto seguía sin mejorar, su padre empezó una frenética ronda de conversaciones con todos los peones. A su modo, sin muchos recursos conceptuales pero con una fuerza fabulosa que le venía de la vivencia más sufrida, empezó a convencer a sus compañeros de la necesidad de organizarse para defender sus derechos. El ejemplo de su hijo enfermo era su principal argumento. Ante ello, nadie podía dejar de sensibilizarse.

–¡Esos son nuestros derechos, chamigo!– explicaba convincente. –Si hasta ahora nos los han negado, es hora de ir despertándonos y de reclamar–.

Algo nuevo comenzó a ocurrir en la Santa Cecilia. La peonada, semi analfabeta o analfabeta total en su conjunto, en muchos casos sabiendo que "política" era dejarse llevar en un camión a votar cada cierta cantidad de años y aprovechar el asadito que se les ofrecía, ¡y no otra cosa!, entró en un estado deliberativo desconocido hasta entonces. Muchos prefirieron quedarse al margen. Hablar de todo esto producía miedo. "La política es pa’ los doctores de la ciudad. ¿Qué vamos a meternos nosotros, menchos correntinos, a esas cosas?", fueron algunas de las reacciones.

Otros, sin embargo, llegaron a entrever lo que Toribio quería expresar: "es hora de ir abriendo los ojos, ¿no?". Las reacciones fueron encontradas. Lo que más abundaba era el miedo. Nunca, en toda su vida de peones, se habían atrevido a pensar contra los "patroncitos". Algo así no entraba en sus vidas, en su cosmovisión. El dueño de la estancia, sin importar quién fuera en concreto, seguía teniendo cierto halo de intocable, de señor feudal. Ahora, por vez primera, algunos se atrevían a abrirse cuestionamientos.

–Tenés razón, chamigo. Desde que recuerdo, trabajé como animal en la Santa Cecilia. Y a duras penas si me alcanza para comprar un par de alpargatas. A veces ni para yerba tengo. Así fue también con mi tata, y me parece que también va a ser con mis gurises. ¿Por qué?–

La peonada, o buena parte de ella al menos, entró en un estado de movilización que nunca antes se había visto. Hablaban, se preguntaban entre sí, intentaban buscarle respuestas a cosas que anteriormente le parecían absolutamente normales, y que ahora se cuestionaban con candor de niños, pero al mismo tiempo con la profundidad de quien filosofa y siente que va descubriendo las verdades más insondables.

–Curioso, ¿verdad?– reflexionaba Edgardo, uno de los estudiantes de antropología, en el viaje de regreso a Buenos Aires, habiendo constatado el revuelo que se había levantado en la estancia. –Santa Cecilia, la patrona de la música. ¡No podía ser de otro modo! Ahora todo el mundo allí empezó a sonar, a hacer ruido ¡Vaya música la que están haciendo!…–

Toribio iba quedando como motor de todo ese descontento. Los cuatro jóvenes estudiantes habían prometido ayudarlo, y desde la partida misma de los esteros del Iberá iban pensando en cómo hacer para que Anacleto recibiera la ayuda médica necesaria. Por supuesto, debería salir de la estancia. ¿Quién podría costear esos gastos?

El malestar fue creciendo entre los peones. Los que en principio habían permanecido apáticos, rápidamente fueron tomando partido contra la patronal. El clamor generalizado apuntaba a condenar la medida contra Toribio. La casi totalidad de los trabajadores se solidarizó con él, y a partir de ello, la protesta se profundizó. Hablar de los derechos laborales, cosa hasta el momento tabú de la que nadie tenía idea, empezó a despertar expectativas. ¿Cómo era eso de tener vacaciones, que pagaran el médico si uno se enfermaba, de mandar a los chicos a la escuela y tener asegurados los libros? Cuando se supo que habían despedido a Toribio, la cólera se disparó.

Él era muy respetado entre la peonada; respetado y querido. Los estudiantes no se habían equivocado en su apreciación: era un tipazo como no había muchos. Si bien apenas podía leer con tropezones algún titular de diario –había llegado sólo a tercer grado de primaria– era tremendamente rápido para entender las cosas. Quizá a partir de eso, y de su acendrada hombría –cosa que importaba especialmente en un medio donde el valor de la valentía era fundamental (cazaba serpientes venenosas a mano, montaba como el mejor y decía no tenerle miedo al Sapo-toro), por todo eso, seguramente, era un líder espontáneo. El mismo Toribio no lo sabía, hasta que las circunstancias lo fueron llevando a ese lugar.

Se daba cuenta que tenía mucha facilidad de palabra; a su modo, mezclando términos en guaraní con un español bastante barroco, común en las provincias del interior de Argentina, era muy convincente cuando hablaba. La poca preparación académica no le impedía ser un brillante comunicador, chispeante, agudo.

El dueño de la Santa Cecilia, que pasaba parte de su tiempo haciendo negocios desde su pent house bonaerense y parte en su oficina de Miami, no le dio mayor importancia al asunto cuando le avisaron del “motín” que estaba teniendo lugar en el campo. Acostumbrado como estaba a ordenar y resolver todo con un par de enérgicos gritos, pensó que con cesantear al cabecilla –Toribio– se terminaba todo. Pero se equivocó.

Una fortuita combinación de factores disparó una situación poco común: el hermano de uno de los estudiantes era reportero en un canal de televisión porteño que acaba de salir al aire y buscaba denodadamente captar audiencia. Irse hasta los esteros del Iberá –otro mundo para la población bonaerense– podía prometer captar cierto grado de atención por lo insólito de la nota. La promesa de conseguir algo sobre el Sapo-toro era una buena jugada. Por supuesto sus directivos nunca hubieran creído que cubrir la nota de una protesta campesina, pero más aún, la sensiblería de mostrar cómo moría de cáncer un jovencito por falta de atención en el medio del monte, iba a ser el disparador del rating más alto de la televisión nacional.

Sumado a eso, la azarosa coincidencia del complot orquestado por las principales casas farmacéuticas del país –casi todas multinacionales– en contra del actual Ministro de Salud, quien “osara” hacer declaraciones públicas sobre la necesidad de moderar un poco la rapaz privatización de los servicios de salud, hicieron que el tema sanitario pasara a estar en la cresta de la ola de los medios por varios días. El “caso Anacleto”, como se le conoció, ayudó a disparar una situación inédita en el país.

Las farmacéuticas trabajaban para defenestrar al ministro, pidiendo uno nuevo que "sí se ocupara de la salud" –y que no se opusiera en lo más mínimo a las privatizaciones, por supuesto–. El canal de televisión buscaba una nota impactante que se vendiera mucho –que un jovencito enfermo prometía conceder–; los estudiantes, que ya habían comenzado a movilizar a buena parte de los compañeros de la universidad en Buenos Aires, apuntaban a crear conciencia en la población para denunciar los planes privatizadores, mientras Toribio quería denodadamente que alguien le curara a su hijo. El setenta por ciento de probabilidades de recuperación que le habían dado para Anacleto lo mantenía en un estado de constante frenesí. "¿Setenta por ciento? ¡Añamembuy, chamigo!"

La conjunción de todo eso dio como resultado un cóctel explosivo de proporciones inimaginables. Seguramente la enfermedad del jovencito tocó fibras sensibles de la población. La noticia se transformó en una sensación con velocidad de rayo. Ya no fue sólo el Canal Obelisco quien la cubrió, sino que movió a los otros canales nacionales a movilizarse. Por más de una semana no se habló otra cosa que de esta noticia. Incluso la destitución del Ministro de Salud pasó sin mayor pena ni gloria. El acento estaba puesto en este "pobre jovencito" que, según se presentaba en televisión, podría morir por inoperancia del anterior funcionario.

En la población fue creciendo la indignación. Más allá de la sensiblería con que se presentaron las cosas, la imagen de Toribio y su esposa como padres desconsolados que no encontraban la asistencia necesaria en los servicios públicos, pasaron a ser íconos. La manipulación de los medios de comunicación, que intentaron en todo momento presentar una versión lacrimógena del drama de la enfermedad de Anacleto así como una endulcorada de la movilización que estaba teniendo lugar en la Santa Cecilia, no sólo no convenció a la población, sino que produjo el efecto contrario. "¡No nos traten como estúpidos!", decía una gigantesca manta que apareció frente a la casa de gobierno.

En la estancia la chispa prendió fuego rápidamente. Cosas que parecían inauditas, comenzaron a suceder. Los peones, tradicionalmente vistos como "los más atrasados en términos políticos", según la interpretación de varias de las fuerzas de izquierda, sorprendieron con la claridad y virulencia de sus peticiones. Los cuatro estudiantes de antropología, que de algún modo se sentían indirectos promotores de todo el proceso que se vivía, entendieron que habían dado con un dirigente como había pocos, de magnitud universal.

Toribio, con su modestia habitual, sólo pensaba en la salud de su hijo. Pero ello lo llevaba inexorablemente a profundizar sus análisis y a endurecer sus posturas. El saberse caudillo de todo el movimiento que estaba naciendo lo hacía sentir cada vez más responsable, más comprometido. Aún cesanteado en estrictos términos administrativos, seguía siendo el centro de toda la tormenta y no se iba de la estancia. Nadie, por supuesto, se hubiera atrevido a sacarlo con la fuerza pública.

–Lo que le pase al Anacleto depende de toda esta lucha; y esta lucha se alimenta de lo que le pase al Anacleto–.

La protesta de la Santa Cecilia se irradió a otras estancias, y así llegó a la capital provincial. Autoridades de nivel nacional ordenaron que se atendiera de la mejor manera posible al hijo del "líder de la revuelta" –como dijo el ministro del interior– para frenar la cadena de descontento que se venía dando. Se había pensado también en la desaparición física de Toribio con un secuestro, pero en altas esferas se evaluó que eso no era políticamente correcto, que esa "solución" podría traer más problemas que beneficios. La eliminación cruenta –un balazo por ejemplo– disfrazando el hecho con un intento de robo o una riña de borrachos, o un accidente preparado, no eran lo más aconsejable en el momento. La atención clínica del hijo enfermo se vio como la mejor salida.

Toribio captó al momento la farsa mediática que se había orquestado, pero con gran sentido de la oportunidad pudo entrever dos cosas: todo esto era la ocasión para lograr una respuesta de calidad a la enfermedad de Anacleto –que para toda la parafernalia periodística armada y la preocupación de los funcionarios de gobierno era lo que menos importaba– al tiempo que significaba una vía para profundizar los reclamos como trabajadores, ahora ya no sólo los de los peones de la Santa Cecilia sino, envalentonado como se iba sintiendo, reivindicaciones más profundas a nivel nacional.

Su ampliación en la mira de los problemas políticos creció con una velocidad vertiginosa; lo que un mes antes descubría como novedad absoluta en las conversaciones con los estudiantes de antropología, ahora era el punto de partida de razonamientos cada vez más complejos, más radicales. Sin haber leído nunca un texto marxista –marxistas son… ¿los que nacieron en marxo, chamigo? se permitía bromear– hablaba de la lucha de clases como un consumado militante con sólida formación teórica. Lo decía a su modo, con el candor que lo seguía caracterizando:

–El mundo se divide en los que viajan en helicóptero y no trabajan, y los que andamos en alpargatas y con nuestro trabajo, chamigo, hacemos que aquellos puedan darse esa vida. En el medio están los que viajan en sulky: con terror de caer hacia la peonada pero siempre mirando para arriba, esperando alguna miga que le deje el patroncito. Por supuesto, a los de abajo nos enseñan toda la vida a resignarnos. Con chamamé nos mantienen, y si protestamos: palo nos cae–.

Existía un Código de Trabajo para el empleado agrícola, por supuesto; pero rara vez, o nunca, se respetaba. Por lo pronto no había organización sindical alguna que pudiera hacer valer esos derechos. La protesta surgida en los esteros del Iberá tomó un carácter nacional. Se empezó a hablar incluso, y Toribio era uno de quienes lo hacía, de reforma agraria.

Así como fulminante fue el crecimiento en su conciencia política, así también lo fue la recuperación de Anacleto. Era un cáncer de garganta pero no estaba muy avanzado cuando se le comenzó a atender. Con quimioterapia se logró detener y controlar; el proceso pudo revertirse en su totalidad.

–Entonces, era cierto: tomado a tiempo, siete de cada diez enfermitos se curan, chamigo–.

La movilización generalizada fue una expresión del gran descontento que había en la población. Por miedo, por desidia, por desmotivación, lo cierto es que la gente había perdido la gimnasia de la protesta. Cuidar el mísero puesto de trabajo en una economía cada vez más empantanada era un lujo; levantar la voz, por tanto, había salido de la práctica común de los argentinos. Todo esto que ahora comenzaba a suceder tenía el valor de una primavera, el despertar de un largo sueño.

Toribio no tenía la más mínima aspiración de cargos políticos o de participación institucionalizada; se sentía de la base. No conocía otra cosa, y le costaba concebir una vida que no fuera como la suya. La lucha que había iniciado, que en realidad arrancó siendo por la salud de su hijo, le fue despertando cada vez más la conciencia. Su inquebrantable ética de hombre de trabajo, de curtido peón de campo, no varió nunca. Cuando le propusieron un puesto en el gobierno, simplemente sonrió:

–Uno come lo que se gana con su trabajo. Si no, es robo. ¡No hay vuelta de hoja!–

Como siempre sucede con estas explosiones populares, no se sabe bien qué pueden disparar, hacia dónde van. En este caso, iniciaron un fuego que se extendió sin parar por toda la república haciendo dimitir al presidente. La fuerza que adquirió posteriormente el movimiento no tuvo parangón. Aquella idea de la que con tibieza se había comenzado a hablar en los albores de la protesta, y que cuando Toribio la escuchó por vez primera ni siquiera entendió, lo de reforma agraria, más tarde fue un hecho.

Hoy día da gusto escucharlo, ya peinando canas y con once nietos, reflexionar sobre estos acontecimientos:

–Si algo aprendí de mi Taragüí porá, chamigo, es que lo que jamás se puede perder es la esperanza–.

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El socialismo del siglo XXI: Modelo para armar y desarmar

Juan Carlos Monedero

Como dijo Rousseau, ninguna democracia existe cuando un ser humano es lo suficientemente pobre como para venderse o suficientemente rico como para comprar a otro hombre.

Las alternativas durante el último tercio del siglo XX han sido, básicamente, o la indiferencia o la militancia total. La derrota de, prácticamente, todos los intentos de transformación radical del capitalismo y la democracia representativa, así como el férreo control de la creación de hegemonía, ha polarizado a las sociedades entre amplias masas conformistas y pequeños núcleos concienciados a los que les corresponde la carga total del discurso y la práctica transformadoras.

El viejo paradigma del capitalismo neoliberal está en crisis, pero el nuevo paradigma del socialismo aún no ha llegado.

1. El socialismo del siglo XXI debe encontrar nuevas definiciones de la naturaleza humana que no basen todas las transformaciones en un deseo de "humanidad para sí" de difícil cumplimiento.

Herencia de la Ilustración, el socialismo ha cometido el error de pensar que el ser humano no solamente era "bueno" sino que, además, era "perfectible". Esto no quiere decir que lo contrario sea cierto, esto es, que, como planteó Hobbes, el hombre sea "un lobo para el hombre". El ser humano tiene un fuerte instinto de supervivencia, que lo lleva a comportamientos individualistas y a comportamientos grupales.

Hoy sabemos que las circunstancias nuevas hacen más por la transformación que el supuesto "hombre nuevo" (que, como hemos visto durante el siglo XX, cae constantemente en vicios viejos). Las condiciones sociales llevan, incluso, a modificaciones genéticas. Pueblos que viven de plantar arroz en humedales han desarrollado alelos que les hacen más inmunes al paludismo. Todo esto insiste en la naturaleza social del ser humano.

En conclusión, al renunciarse a la polémica acerca de la bondad o maldad del ser humano, se insistirá más en construir articulaciones sociales que entiendan que los humanos, separados de cualquier responsabilidad social, caen más cerca de los 4 millones de años de nuestra condición "pre sapiens" que de los 400.000 años en que culminó nuestra evolución como especie. Porque todavía no somos "humanos", reforcemos los mecanismos sociales (sobre todo los valores) para que caminemos en esa senda evolutiva que nos permita alcanzar ese estadio superior que es el socialismo.

2. El socialismo del siglo XXI no se define desde las vanguardias, sino que se construye con un diálogo abierto y real alentado y posibilitado por los poderes públicos.

La suma de las reivindicaciones emancipatorias de los movimientos sociales (aquellas que no incorporen nuevos privilegios), constituye el fresco general de la tarea pendiente del socialismo a comienzos del siglo XXI. Ya han pasado los tiempos donde una vanguardia que se definía como tal a sí misma dictaba los contornos del futuro. La inteligencia real genuina es la colectiva (el lenguaje es colectivo), que se construye no forzando a una homogeneidad obligatoria, sino a través del encuentro voluntario entre las distintas emancipaciones.

Hacen falta pensadores, equipos de gente que proponga ideas, expertos y técnicos que posean certezas acerca de la viabilidad de las propuestas en el corto, el medio y el largo plazo; pero solamente los pueblos tienen la inteligencia colectiva necesaria para saber qué es lo que quieren, cómo lo quieren y cuándo lo quieren. El socialismo del siglo XXI se debe armar a través de un diálogo abierto con la sociedad, los movimientos sociales, los partidos políticos, las administraciones públicas, y también con los poderes reales que aún gobiernan cada una de las distintas sociedades.

Por eso es que se estará también desarmando constantemente. Esa pluralidad significa también que cada colectivo, pueblo, nación tiene sus propias características. El Estado no es igual en Europa que en África o América Latina; la iglesia no responde a las mismas inquietudes en España o Roma que en El Salvador o Colombia. No es igual la iglesia de los barrios de Caracas que la que representa a la jerarquía venezolana. Los partidos políticos o las reglas electorales no operan de la misma manera en todos los países.

Cada Estado tiene sus reglas de comportamiento propias, así como especificidades que reclaman comportamientos diferentes (la presencia de paramilitares y narcotraficantes, de mafias, de tramas consolidadas de corrupción, la existencia de guerrilla, la cercanía a los Estados Unidos, el tipo de países a los que se orientan las inversiones, la dependencia o independencia de las Cortes de justicia, la lealtad constitucional del gobierno o de la oposición, la base económica, los conflictos sociales, etc.). Pero también es cierto que el capitalismo homogeneiza comportamientos y globaliza su actuación. El socialismo del siglo XXI es, al tiempo, global y local: se arma desde las propias especificidades y articula su alternativa en un mundo crecientemente interdependiente. Se orienta en el desempeño local, y se esfuerza por encontrarse con sus iguales en el resto del planeta.

Una de las tareas de la administración pública es coordinar esa gran empresa de articulación de las diferentes emancipaciones, de definición pública del socialismo del siglo XXI. Para ello puede ponerse en marcha una gran auditoría ciudadana como la impulsada en algunos países de América Latina (un gran FODA –fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas- nacional), o pueden impulsarse las redes ciudadanas, universitarias, políticas, sindicales, profesionales y sociales para construir el "mapa" que cartografíe ese nuevo socialismo (como se ha hecho en algunos lugares de Europa).

La conclusión es que el socialismo del siglo XXI es dialéctico, está en constante construcción, está sometidos a la contraloría constante del pueblo y al escrutinio de los técnicos y de los responsables políticos (que harán ver que no es lo mismo el sueño que la realidad y que confundirlo le corta las alas a la utopía). Esto supondrá, como obligación del Estado, una constante transparencia pública (que ya iniciara la socialdemocracia escandinava a comienzos del siglo XX como el sector más avanzado de la socialdemocracia europea).

La puesta en marcha de una definición colectiva en donde participe todo el país, donde la gente exprese cómo debe ser ese socialismo, construye una cultura política de la transparencia que ya supone un paso en la dirección que se busca. Participar es trabajar de más, pero también es el principal recurso para que la ciudadanía asuma las decisiones políticas como propias, algo cada vez más alejado en las formas de democracia representativa crecientemente aquejadas de "burocratismo" (que genera casos como el referéndum francés sobre la Constitución Europea: 90% de apoyo parlamentario; 60% de rechazo popular –sin contar la abstención-)

3. El socialismo del siglo XXI ha aprendido de los errores del siglo pasado y ya no intercambia justicia por libertad

Desde hace cinco siglos el capitalismo ha impuesto su lógica depredadora por todo el planeta, sometiendo a pueblos, naturaleza, clases, mujeres, indígenas, etc. a todo tipo de miserias y reduciendo los intercambios humanos a intercambios de mercancías.

La oposición más elaborada al capitalismo fue el socialismo del siglo XX, pero cometió errores que alejaron a los pueblos del mismo. Sabemos que el capitalismo nunca hará autocrítica, pero el socialismo tiene que hacerla. El socialismo del siglo XXI ayudó a muchos pueblos y ese ejemplo sigue siendo válido. Pero mal se asumiría el esfuerzo de emancipación si, preservando la luz, no se hiciese un gran esfuerzo para desterrar las sombras.

Al final del capítulo II de El Manifiesto comunista escribían Marx y Engels: "El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus contradicciones de clase, será ocupado por una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos". La libertad individual como base de la libertad colectiva, muy al contrario de la deriva totalitaria en que desembocó el socialismo en muchos países que enarbolaron su bandera. En otras palabras, en nombre de la libertad futura no puede abolirse la libertad presente. Eso es lo que dicen Marx y Engels, no lo contrario. El socialismo del siglo XXI refuerza el desarrollo de las personas, y al tiempo garantiza los derechos de los pueblos y de los colectivos.

El socialismo del siglo XXI es incompatible con planteamientos represivos y disciplinarios que en el siglo XX, en especial en el ámbito soviético, asumió la izquierda. En conclusión, ni el egoísmo debe impedir el desarrollo colectivo, ni el colectivismo debe ahogar la libertad individual. Por eso necesitamos valores muy fuertes que formen e informen. La mejor identificación de los pueblos debe ser con los proyectos que hay detrás de los valores. Los valores son los mapas con los que las sociedades se orientan. Si las sociedades tienen muy despiertos sus valores, ni el egoísmo individualista ni la pérdida de libertad individual se harán fuertes en nuestras sociedades.

Una sociedad "politizada" es una sociedad que defiende en su vida cotidiana los valores que la informan. Siendo una tarea de todos, se hacen menos importantes las vanguardias, los gendarmes de la doctrina, los sacerdotes de la ortodoxia. La democracia de todos es el mejor antídoto contra la dictadura de cualquier tipo. Y democracia es ciudadanía formada, consciente y responsable siempre ante la mirada despierta –pero no inquisidora- de todos los demás miembros de la comunidad que nos reclaman día a día nuestro compromiso como miembros de una colectividad.

4. El socialismo del siglo XXI es alegre, pues ha aprendido que un socialismo triste es un triste socialismo

Como se ha dicho, participar es trabajar de más. Pero esa participación no debe nunca articularse como un trabajo forzado. Son los mismos valores sociales los que recuerdan la equivocación a los que renieguen de los intereses colectivos. Individuos libres que encuentran el sentido de la vida con los demás, pero no necesariamente en la disolución en los demás.

Los griegos clásicos se referían a los que no tenían interés por lo público como idiotes, los que tenían una carencia, precisamente la del interés por lo público. De ahí viene la palabra idiota. Es realidad, no hay nada más idiota, que pensar que somos Robinsones en una isla en la que sobrevivimos por nuestra inteligencia y no porque hemos sido socializados, porque podemos disfrutar de lo que ha creado la sociedad y acerca de lo cual nos ha instruido.

El individualismo es una ideología impulsada por un sistema, el capitalismo, que necesitaba individuos dispuestos a vender su mano de obra de manera individual en el mercado de trabajo. Por eso el capitalismo se impuso rompiendo todos los lazos sociales (comunidades, mutualidades, redes de solidaridad), de manera que las personas sólo tuvieran la salida de la proletarización para sobrevivir. Apenas salvaguardó el capitalismo la red familiar como institución funcional para la reproducción del trabajo, transformándola en una unidad de producción y consumo carente de democracia interna para los hijos y las mujeres. Por el arte, por la expresividad, por el sentimiento se han encontrado a menudo vías de escape desde espacios sociales que sólo estaban pensados para permitir el desarrollo del sistema capitalista.

Somos pasión y razón, individuos y seres sociales, anhelantes de felicidad particular y dispuestos biológicamente, si el contexto lo permite, a compartir nuestra vida con aquella comunidad que nos permite ser humanos (está demostrado por los paleontólogos que las primeras experiencias de solidaridad coinciden con el uso compartido de instrumentos que permitieron un uso más eficiente de las capturas en la caza).

El socialismo del siglo XXI no puede repetir una promesa de bienestar futuro a cambio de todos los sacrificios hoy. Cada vez que se alcanza un logro, un niño que sana o aprende, una persona que accede a un trabajo digno, una persona mayor que puede vivir en libertad porque tiene cubiertas las necesidades mínimas, una mujer que recupera su cuerpo, ahí estamos construyendo felicidad y alegría y, por tanto, estamos accediendo al socialismo del siglo XXI. "Militar" en una organización no puede ser una cosa impuesta, oscura, teñida de dolor y entrega mártir.

Hacer trabajo colectivo es un sacrificio pero también es la satisfacción de la tarea bien hecha. Interesarnos por los demás, tener com-pasión, dar amor no puede ser algo obligatorio, pero sí debe ser algo que todos sepamos que nos hace más humanos (de la misma manera que el individualismo nos deshumaniza). La alegría no es acumular bienes (¿para qué querríamos riquezas materiales en una isla?) sino acumular respeto, autoridad, amigos, satisfacción de la tarea bien hecha. El capitalismo acumula riquezas materiales; el socialismo del siglo XXI acumula pueblos contentos y alegres. No existe un socialismo científico opuesto a un socialismo utópico. La utopía es concreta, nace de hoy, sueña sueños con los pies en el suelo. Pero sueña.

Por eso, este socialismo incorpora las artes a sus formas de protesta. Sabe que la música, el teatro, la literatura, la pintura, las expresiones populares (aquellas en las que caben y se pueden ver representados todos) son formas de construir la alternativa. La risa es revolucionaria, de la misma manera que el llanto formará parte de esa lucha. Pero el llanto viene, no debe buscarse, mientras que la alegría y la risa son objetivos políticos. La condición gris del capitalismo, de la guerra, de la depredación de la naturaleza, del hambre, de la explotación del hombre por el hombre debe contrastar con la explosión de vida mejor que promete el socialismo.

No hay sacrificio ahora para una supuesta felicidad luego. Pero no hay que confundir este contrato social de alegría con el necesario esfuerzo que todo logro reclama. Para ver de más lejos hay que hacer el esfuerzo de subirse al árbol. Pero debe entenderse que cada vez que el socialismo recurra a la fuerza es porque habrá fracasado a la hora de encontrar los métodos que le son propios: los de la vida, los de la alegría. Un socialismo alegre, amable, respetuoso, será alegría, amabilidad y respeto. Todo lo que no puede ser un sistema basado en la lucha de todos contra todos.

5. El socialismo del siglo XXI apuesta por la educación como objetivo esencial

Los pueblos cultos tienen más probabilidades de ser pueblos libres. Subdesarrollo e incultura vienen de la mano. La educación de los niños y, dando un paso más, la educación permanente de los adultos, es una herramienta para los pueblos que debe ser cuidada pues constituye su principal caudal de inteligencia y libertad. En esta dirección, un nuevo socialismo tiene que plantearse una tarea principal que ya fue abordada, en su vertiente, por el socialismo del siglo XX: la alfabetización.

Ahora bien, si en el siglo XX la alfabetización tenía que ver con leer y escribir, hoy debe incorporar también aprender a ver a los medios de comunicación y a entender el mundo de la informática. Alfabetizar en los medios forma parte de las tareas esenciales para crear ciudadanía "armada" frente al "terrorismo informativo". La existencia de pueblos aún analfabetos no debe ser obstáculo para incorporarse a esta posibilidad.

El fuego tardó en socializarse 300.000 años. El bronce, apenas 20.000. Compartir los avances humanos en tecnología, medicina, ciencia, conocimiento es una señal de hominización. Los nuevos avances corresponden a la humanidad, pues son inventos sociales. Restringirlos a quienes pueden pagarlos los convierten en privilegio y los aísla de la sociedad en donde nacieron. Cualquier inventor siempre necesitó a alguien que esa noche le permitiera comer su cena. ¿Por qué dejar a esa persona fuera de los avances tecnológicos?

En la misma dirección, hay que reconstruir una cultura alejada de la "cultura" del espectáculo cuyo único fin es la mercantilización y el debilitamiento de valores solidarios fuertes. La cultura del ocio ha devenido en mera distracción. Y si distraerse forma parte de la sal de la vida, transformarlo todo en distracción es una trampa para crear pueblos distraídos. Los medios, puestos al servicio de la mercantilización del ocio y de los intereses privilegiados, son "armas de distracción masiva" contrarios al socialismo del siglo XXI.

La apuesta tecnológica, obligatoria en un socialismo avanzado, debiera incorporar por tanto fórmulas de software libre que hagan accesible a todo el mundo los avances tecnológicos, así como la libre disposición de la cultura por parte de todos aquellos que quieran disfrutar de ella.

Las patentes suponen constantes frenos a un saber que, por definición, es popular, es de construcción social, sólo puede existir cuando existen comunidades. Patentar los logros colectivos es reducir a la sociedad a un apéndice de las empresas. El mayor beneficio de quienes aporten algo a la sociedad es el reconocimiento de los suyos. La mercantilización del reconocimiento es transformar al ser humano en mercancía. Hay "retornos sociales" que no pueden simplificarse como "retornos económicos". En la misma dirección, las medicinas genéricas son un bien de la humanidad que no pueden restringirse por los intereses lucrativos de las grandes farmacéuticas.

6. El socialismo del siglo XXI es profundamente respetuoso con la naturaleza

El capitalismo separó a los científicos de la naturaleza. Hasta el siglo XX, después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki en 1945, los científicos no fueron conscientes de que había una responsabilidad en lo que investigaban, no entendieron que no era cierto que ellos dejaban su responsabilidad cuando abandonaban el laboratorio.

La ciencia, que fue el corazón del movimiento ilustrado a partir del siglo XVII, prometió una emancipación que luego fue hurtada cuando se desligó del respeto a la naturaleza. El capitalismo hizo de la ciencia una mercancía más al servicio del capital (a la larga, la más importante) y destrozó la naturaleza. El medio ambiente no era algo con lo que convivir, sino algo a dominar y someter. El capitalismo siempre se ha ajustado por la parte más débil, que siempre era la parte que menos se quejaba. Naturaleza, niños, mujeres, pueblos más débiles, inmigrantes, esclavos son los que han garantizado que los poderosos vivieran cómodamente sin esfuerzo.

Pero hoy la naturaleza ha empezado a quejarse. El primer mundo ha agotado las reservas naturales, la biodiversidad, y ha puesto sus ojos en los países del tercer mundo que aún mantienen esa reserva de naturaleza. Pero sólo hay un planeta tierra sobre el que todos tenemos una responsabilidad de supervivencia. El principio precaución es obligatorio: si no se sabe el efecto de alguna novedad, que no se use.

Los transgénicos son verdaderas armas de destrucción masiva. Multinacionales como Monsanto encarcelan a los campesinos a las semillas que la multinacional vende en cada cosecha (sólo sirven para una vez), contaminan a las semillas naturales, necesita pesticidas y fertilizantes enemigos de lo natural y de altísimo coste. La naturaleza ha empezado a quejarse y tenemos que escuchar su grito. El mero productivismo en el que pensó el socialismo en los siglos XIX y XX ya no es válido.

En profunda relación con el cuidado de la naturaleza está la reforma agraria que desde hace decenios se reclama. Una reforma agraria que garantice la alimentación de los pueblos y que revierta la transformación mercantil de ese derecho humano que es la posibilidad de alimentarse. Las grandes empresas de alimentación esquilman la tierra, agotan los caladeros, desertizan, hacen a los campesinos dependientes y, por encima de todo, condenan al hambre.

Nunca como hoy fue tan posible alimentar al mundo entero, y nunca esa posibilidad se ha visto tan férreamente negada por los intereses de las transnacionales enquistados en la política institucional. La reforma agraria, que termine con la agroindustria de las multinacionales, es uno de los principales retos del socialismo en el siglo XXI, pues es la garantía de que la supervivencia de los individuos y de la especie sea una realidad hoy puesta en peligro por la mercantilización de los alimentos, el uso de transgénicos y pesticidas, así como la utilización del hambre como un arma de guerra por los países ricos o por grupos poderosos. Y en profunda relación con esto, el agua debe ser declarada un bien público universal al margen de su mercantilización, derroche o uso ineficiente. La prevención de la escasez del agua con que amenaza el siglo XXI formará parte de la mayor inteligencia humana del socialismo que viene.

Por último, frente al principio neoliberal de la liberalización de fronteras, que parte del supuesto de que los países deben especializarse en la exportación, un principio de prudencia ecológica nos invita a consumir productos de la zona en donde uno vive.

Una inteligencia "endógena" para un socialismo productivo pero no productivista. Resulta profundamente absurdo, como está ocurriendo en Europa, que se consuman productos supuestamente ecológicos que se desplazan miles de kilómetros del lugar de producción para ser consumidos en otros países bajo el supuesto del respeto a la naturaleza.

7. El socialismo del siglo XXI es profundamente femenino, consciente del mal uso o del uso insuficiente del caudal de las mujeres cometido durante toda la historia

La madre tierra, la que renueva el ciclo de la naturaleza, la que trae la vida constantemente, ha tenido en las mujeres su más hermosa metáfora y su más castigado grupo. Las mujeres, desde tiempo inmemorial, han visto su trabajo denigrado, su tarea minusvalorada, su esfuerzo rechazado, su cuerpo ultrajado. Trabajan a menudo el doble, en casa y fuera, siguen sufriendo la brutalidad de los hombres, la mayor carga de la familia, el abuso de su integridad física, menores sueldos, sometimiento sexual por parte de los hombres, ausencia de libertad para estudiar, para investigar, para crecer, para ser dueñas de su cuerpo.

Son "la mitad del cielo", más de la mitad de la humanidad, pero su trabajo es desperdiciado porque los hombres (y también las propias mujeres), educados en un patriarcado egoísta se empeñan en mantener el privilegio que tienen sobre ellas. Ninguna sociedad libre puede sostenerse sobre el desprecio a la mitad de su ciudadanía; ninguna sociedad libre puede permitirse el lujo de infrautilizar a la mitad de su gente, a la mitad de su inteligencia y su coraje. Y por que los anteriores siglos han sido siglos de los hombres, es de justicia, como compensación que abra vías inéditas.

En otras palabras, que el siglo XXI sea el siglo de las mujeres. De ahí que sea una obligación que todas las listas electorales a cargos públicos (tanto internos como externos) incorporen la alternancia hombre-mujer, de manera que se vayan disminuyendo las distancias y se puedan suprimir las dificultades. El fin último de ese tipo de cuotas es desaparecer, algo que se logrará cuando la igualdad hombre-mujer sea una realidad que limite el acceso a un cargo a la mera capacidad. Pero en tanto en cuanto las estructuras sociales sigan primando a los hombres, las cuotas son un elemento de justicia cuya inexistencia niega la condición igualitaria que incorpora el socialismo.

8. El socialismo del siglo XXI no tiene una alternativa total práctica al capitalismo de los siglos anteriores, si bien ha desarrollado a ciencia cierta un conocimiento claro y desarrollado de qué es lo que no le gusta

La apuesta central del socialismo es la sociedad en su integridad, la posibilidad de que sus miembros puedan desarrollarse en libertad hacia cotas más altas de humanidad. El socialismo, desde su perspectiva histórica, siempre ha apostado por la emancipación de los menos favorecidos, contando en esta lucha a menudo con el compromiso de aquellas y aquellos que, aún no perteneciendo a los sectores más desfavorecidos, no quieren formar parte de una sociedad que los convierte, aún involuntariamente, en verdugos de los que financian con su trabajo y sometimiento su bienestar.

El comunitarismo de Platón en "La república", el sermón de la montaña de Jesucristo, el levantamiento de los esclavos dirigido por Espartaco contra Roma; la oposición a las Cruzadas, los movimientos campesinos del siglo XVI, la resistencia indígena contra la conquista española y portuguesa, la Revolución Francesa, la independencia de América, el levantamiento de los negros en Curaçao, las revoluciones en Europa en 1830 y 1848, la Comuna de París, la revolución rusa, la derrota del nazismo, la revolución cubana y sandinista, el levantamiento zapatista, el movimiento por otra globalización, la defensa popular de la V República en Venezuela, las revueltas indígenas en defensa de sus derechos y sus bienes naturales en Bolivia, Ecuador o Perú… son todos hitos que comparten un mismo principio: la resistencia frente a la dominación de la mayoría por parte de unos pocos.

Hoy aún no sabemos cómo es de manera absoluta el socialismo del siglo XXI (se está creando según se está pensando y actuando), pero sabemos cómo no queremos que sea. El capitalismo es culpable, desde el siglo XV, de las mayores atrocidades que ha cometido el ser humano. El capitalismo es el culpable de las invasiones, de las cruzadas, de la conquista de América, de la esclavitud de África, del colonialismo, de las guerras mundiales, de la condena al hambre de más de la mitad de la humanidad, de la transformación del medio ambiente en una mercancía. ¿Cómo puede ser humano un sistema que condena al hambre, a la miseria, a la enfermedad y a la guerra a más de la mitad de la humanidad? Las fórmulas socialistas no siempre han funcionado, aunque también sabemos que el capitalismo nunca las ha dejado funcionar.

Cualquier levantamiento contra el capitalismo, cualquier queja, cualquier alternativa, sean los esclavos, los campesinos, los indios, los negros del Caribe con el influjo de la revolución Francesa, la Comuna de París, la revolución rusa, la resistencia contra los nazis o los miles de levantamientos populares anónimos siempre han sido aplastados y masacrados. Por eso hay que recuperar esa historia de resistencia, esa historia que siempre se ha pretendido ocultar pues sembraba ejemplo para el presente y el futuro. El socialismo del siglo XXI tiene siempre a mano el ejemplo de resistencia, de protesta y de propuesta de los siglos anteriores. El socialismo del siglo XXI tiene muy fresca la memoria.

No sabemos cómo es el socialismo futuro, pero sabemos cómo no debe ser. Por eso, hay un horizonte firme: todo lo que supere al capitalismo, logrando la alternativa hegemonía social, va en la dirección correcta. Por eso, el socialismo del nuevo siglo debe "desbordar" al capitalismo, acentuar su condición contradictoria, acelerarle sus callejones sin salida, usar sus recursos para demostrar su inhumanidad, su ineficiencia, su carácter depredador.

Pero no hay que confundir este desbordamiento con el "cuanto peor mejor" que puso en marcha determinada izquierda en el siglo XX. No se trata de agravar las condiciones de pobreza, miseria, enfermedad o analfabetismo pretendiendo que así llegará antes el socialismo. Las avenidas del nuevo socialismo son grandes alamedas y ya hemos sabido que cuando se usan las mismas armas que el enemigo se termina pareciéndose demasiado a ellos. Se trata, por tanto, de acentuar las limitaciones del capitalismo en aras de que la población entienda que ese sistema es incapaz de construir un mundo sensato.

La propia construcción jurídica de las democracias liberales, usada de manera rigurosa, puede abrir esas brechas (de ahí que los Estados Unidos se opongan a la reforma de Naciones Unidas, al Tribunal Penal Internacional, al Protocolo de Kyoto y a tantos otros acuerdos internacionales). De igual manera, obrar con reciprocidad también rompe con su lógica (como ocurrió en Cancún cuando el G77 exigió a los países ricos lo que los países ricos exigían a los pobres). Es tiempo de experimentación. Por eso, el socialismo del siglo XXI tiene que ser ingenioso, a la par que prudente (no hay modelo y los errores se pagarán).

En muchos países, parece más eficaz usar la ley, sus huecos, sus propias armas para lograr la subversión del sistema que utilizar recursos de violencia que, cuando carecen de cualquier apoyo y comprensión social, se convierten en mero terrorismo incompatible con la condición humanista del socialismo del siglo XXI. Habrá, como se dijo, espacios donde se podrán probar alternativas radicalmente ajenas al capitalismo (y se evaluarán sus resultados), pero habrán otros muchos espacios donde deberán convivir la vieja lógica con la nueva (por ejemplo, en muchos países se está demostrando cómo esas fórmulas mixtas de cooperativismo, mercado y Estado han dado resultados mejores que fórmulas estrictas de intervención estatal en la construcción de vivienda popular).

La condición "experimental" de las nuevas fórmulas es una obligación cuando se carece de modelo alternativo (la solución, como se ha insistido, no puede ser "más de lo mismo"). Pero se debe ser muy cuidadoso para que el avance no se haga sobre el sistema estricto del "ensayo y error" que siempre tendrá damnificados (las autoridades chinas, apoyadas en sus peculiariedades políticas, realiza esa experimentación con ciudades enteras, obteniendo una rica experiencia pero sacrificando a aquellas personas que, habiendo servido de conejillos de indias, han probado metodologías alternativas que no funcionan).

En tanto en cuanto se vayan visualizando las nuevas vías, el socialismo del siglo XXI debe garantizar los elementos mínimos para que las actuales generaciones no vean sacrificada su posibilidad de una vida digna. Para ello, los poderes públicos deben hacer un gran esfuerzo para garantizar un puesto de trabajo digno para todos (el desempleo es contrario a la idea de socialismo e, incluso, de humanidad) o fórmulas de renta básica garantizadas para todos los ciudadanos (incluidas las mujeres que realizan un enorme trabajo no remunerado como es el doméstico). El socialismo del siglo XXI empieza a pensarse desde unos mínimos que son el suelo desde el que empezar a pensar el nuevo sistema.

En tanto en cuanto los mínimos de educación, sanidad, vivienda, vestido, agua potable, luz, cultura no estén cubiertos, no se puede hablar de una sociedad que merezca tal nombre. Y para garantizar estos aspectos, es indispensable una institucionalidad que ejecute y fiscalice en relación con el movimiento social. Una nueva dialéctica es urgente. Tan falso como la "mano invisible" del mercado es una "mano invisible" de los movimientos sociales. En el frontispicio del socialismo del siglo XXI esté la satisfacción de estos bienes que serán considerados bienes públicos y cuya satisfacción es un compromiso del que debe responder toda la comunidad. Requisitos indispensables serán, para poder impulsar el nuevo socialismo, la recuperación de una capacidad financiera, de ahorro y préstamo, públicos, de la misma manera que debe ponerse freno al movimiento especulativo de capitales en forma de un gravamen al capital no rentable que se impondrá necesariamente de manera global (como medida para impedir las fugas de capitales productivos).

Dentro de este esquema, las formas de planificación deben ser repensadas, de manera que el flujo de información sea más continuo y eficiente. El intercambio social va más allá del intercambio de productos y aún más lejos del intercambio de mercancías (productos creados para el mercado capitalista). El mercado puede encargarse de suministrar bienes que no sean de interés general (estos últimos deberán suministrarse de manera pública, aunque no necesariamente de manera estatal), encargándose diferentes formas de contraloría (tanto popular como administrativa) de garantizar el correcto suministro de los bienes.

9. El socialismo del siglo XXI es violentamente pacífico

John Dunn enseñó que no había que preguntar por quién doblan las campanas, pues siempre doblan por uno mismo. Cada muerte violenta siempre es una muesca en la tablilla de la humanidad del mundo. En esa dirección, el socialismo es pacífico porque la violencia va contra el sentido de la vida (tanto en las relaciones internacionales como en el orden interno).

La violencia, un elemento pensado y usado tradicionalmente desde la izquierda en oposición a la violencia concreta o estructural del Estado, debe ser replanteado tanto en su condición ética como en su utilidad o inutilidad histórica. Es más propio vencer convenciendo, construyendo hegemonía (Gramsci), utilizando herramientas más humanas que desbordan a la violencia de los poderosos (Gandhi). Es más propia del socialismo en el siglo XXI la desobediencia civil que la lucha armada. Un análisis riguroso de los conflictos bélicos durante los últimos dos siglos demuestra que, salvo excepciones en donde la población legitima esa resistencia de manera amplia, el recurso a las armas genera una espiral que no construye sino odio y más violencia.

De partida, el socialismo del siglo XXI apuesta por la paz y entrega la responsabilidad de la solución de conflictos a los organismo de unas Naciones Unidas reestructuradas. Pero al tiempo, su condición pacífica debe ser eficaz para salvaguardar su modelo de vida. La violencia es un recurso último, pero, en ocasiones, también un recurso. La experiencia del siglo XX ha demostrado que la fuerza siempre es la última razón del capitalismo en crisis.

Frente a esta terrible experiencia, conviene sacar conclusiones. La lucha contra la opresión española en el siglo XIX, contra las invasiones norteamericanas durante el siglo XX, la resistencia al nazismo, la guerra contra el franquismo en España… en definitiva, la contención de la violencia de los poderosos es legítima. "Prefiero la violencia a la indiferencia" dijo Gandhi. Nos repugna el uso de la fuerza, pero nos repugna aún más que una minoría con acceso a la fuerza robe la felicidad a los demás. La democracia debe defenderse y, aún más, debe dejar claro, como fórmula preventiva, que tiene la posibilidad de defenderse. Por eso es violentamente pacífica. Nadie puede tener la posibilidad de abusar de los pueblos pacíficos. Por eso se arman también las democracias.

Pero todo conflicto, toda guerra, toda agresión, sea ofensiva o defensiva, es un fracaso del socialismo del siglo XXI. Al igual que la buena medicina debe ser preventiva, la mejor violencia es la que nunca se usa. Por eso, es importante todo el esfuerzo que se haga para prevenir conflictos, así como para reconstruir la Organización de Unidas como una organización capaz de luchar y de usar la violencia en nombre de la paz y de la democracia.

Para eso, es necesaria la reforma integral de la ONU, el replanteamiento de la carrera armamentista (verdadera responsable del auge de las guerras), del negocio de la guerra y de la existencia de supuestos gendarmes mundiales que actúan como bomberos pirómanos. Como criterio general, la mejor arma es la que no existe, la mejor de las que existen, la que no se usa, y la mejor de las que se usan, la que limita al máximo el daño para conseguir el único fin que las legitima: la defensa frente a los que quieren asentar su privilegio sobre los hombros de los demás.

10. El socialismo del siglo XXI debe reconstruir y reinventar las fronteras territoriales, políticas y culturales, propugnando a su vez un nuevo orden internacional

La globalización neoliberal es la utopía del capitalismo. Un mundo sin fronteras, una jungla sin reglas para beneficio del más fuerte. La gran mentira del capitalismo es decir que todo puede expresarse en forma de mercancías y que el mercado es capaz, autorregulándose, de organizar la sociedad mundial. El capitalismo neoliberal –como cualquier variante del capitalismo- necesita abolir las fronteras, las leyes laborales, la propiedad comunal, cualquier cosa que ponga freno a su deseo de individualizar, de transformar el mundo y todo lo que lo habita en meras mercancías que puedan venderse y comprarse en el mercado. Pero la ineficiencia y la desigualdad que construye el mercado autorregulado es proverbial. El resultado son profundas desigualdades.

Como dijo Rousseau, ninguna democracia existe cuando un ser humano es lo suficientemente pobre como para venderse o suficientemente rico como para comprar a otro hombre. El capitalismo sin fronteras es el territorio ideal de los asaltadores de caminos, de bancos, de personas y naturaleza. Roban aquí y allá y huyen sin moverse de sus sillones.

Las fronteras del Estado nacional han sido superadas por el desarrollo tecnológico, la complejidad social y la globalización. El Estado nacional ha sido sobrepasado en no pocos aspectos por abajo y por arriba. De ese Estado nacional hay que mantener cosas, expulsar otra e ir más allá en otras. Proclamar el fin del Estado es una novedosa mentira del capitalismo cuando el Estado, convertido en Estado social y democrático de derecho, suponía un freno para la expansión del capital y el aumento del beneficio.

El Estado ha sido sobrepasado por abajo porque los ámbitos locales pueden desarrollar mejor determinadas tareas al estar más cerca de la gente. En la globalización, cuando las decisiones se alejan de la ciudadanía, hay que recuperar en todo su rigor el principio de subsidiariedad: lo que pueda hacer el nivel inferior que no lo haga el superior, garantizándose siempre que, cuando el nivel inferior no pueda cubrir algún aspecto, siempre estará atento el nivel superior para cubrir su satisfacción.

En aspectos de gran relevancia, a menudo abandonados por la izquierda, el ámbito local es esencial, por ejemplo en la lucha contra el narcotráfico o la corrupción. Ese en ese nivel de cercanía donde resulta más eficiente combatir las redes de corrupción que afectan a los propios cuerpos del Estado (funcionarios, policías, políticos), ya que el grado de información es mucho más alto. E igual ocurre con la planificación de la educación, de la sanidad e, incluso, del empleo.

Por arriba, la superación del Estado tiene que ver con determinados asuntos que ya no pueden solventarse en el breve espacio de un Estado. Pero ahí coincide el desarrollo político con los deseos de los capitales internacionales. La teoría de las ventajas comparativas neoclásica dejaba de lado muchas cosas, principalmente las necesidades internas de los pueblos. Producir sólo para exportar no desemboca necesariamente en un mayor bienestar nacional.

Crea élites exportadoras que condenan a los pueblos al hambre y al atraso. Por eso, hay que reconstruir las fronteras del siglo XXI, que necesariamente van a ser regionales. Esas nuevas fronteras deben ir por encima de las tradicionales fronteras políticas. Europa vio facilitada esa tarea debido a una terrible guerra que asoló el continente. En otros sitios hace falta un ejercicio de humildad para entender la necesidad de rebajar el nacionalismo al tiempo que se ensalza y respeta la nación. Se está más cerca de los que trabajan por la emancipación en otro país que los que los nacionales que luchan contra ella. Por eso hacen falta conexiones supranacionales y liderazgos supranacionales compartidos.

Para ello, hay que reconstruir nuevas identidades que integren más acá y más allá de lo que englobaban los estados nacionales. La construcción de los Estados homogeneizó, sometió a pueblos, razas, lenguas y los obligó a una única identidad. Y los Estados nacionales sobrevivieron alimentando las diferencias con los Estados más cercanos. El socialismo del siglo XXI debe superar esas diferencias basadas en intereses de particulares y encontrar los elementos comunes de zonas geográficas. Debe prestar especial atención a lo que puede sumar cuando sumar emancipe, y debe prestar atención a las diferencias cuando igualar descaracterice.

La construcción de esas nuevas identidades debe hacerse de manera participada y para ello es de gran relevancia la posibilidad de armar una "opinión pública regional", algo más sencillo cuando se comparte el mismo idioma. En esta dirección, deben ir pensándose la creación de redes regionales que compartan objetivos, de la misma manera que América Latina debiera ir construyendo formas de encuentro entre partidos que puedan representar esa nueva opinión pública regional (partidos políticos que pertenezcan a una misma línea ideológica pero que operan en diferentes estados). La posibilidad de crear una opinión pública regional pasa por crear medios de comunicación regionales.

Las nuevas fronteras deben protegerse de los ataques de los que, en nombre del libre comercio, amenazan a la industria, el campo o los servicios nacionales. No se trata de construir ninguna forma de autarquía, sino de entender, frente a la gran mentira de la apertura de fronteras (algo que nunca han hecho los países ricos), que determinadas formas de protección interna son una garantía de bienestar.

Dentro de esa reconstrucción de las fronteras políticas, la democracia local es uno de los elementos sociales, donde debe reinventarse una nueva alianza entre formas representativas y formas de democracia participativa (los presupuestos participativos son un fórmula avanzada en esa dirección). En sociedades complejas (sociedades donde cada persona es un mundo que merece ser reconocido como tal) las respuestas de la administración no pueden ser "simplificadoras".

El socialismo del siglo XXI da respuestas complejizadoras a problemas complejos, lejos del "síndrome del príncipe de la cenicienta" (aquél príncipe caprichoso que quiere calzar a todas las ciudadanas del reino la zapatilla de cristal que a él le gusta). Simplificar significa en este caso ignorar que cada persona tiene una horma particular. Complejizar –lo que también "complica", dificulta, la tarea política- es entender que no puede meterse a toda la población en el mismo saco, por mucho que ese facilite la tarea a los responsables políticos.

De la misma manera, es obligatorio terminar con esos lugares "sin fronteras" que condenan a tantos países a la pobreza: los paraísos fiscales y las empresas transnacionales. Al tiempo que se postula desde el neoliberalismo un mundo sin fronteras, se crean reinos feudales protegidos por nuevos castillos y enormes fosos –los entramados jurídicos-financieros- cuya entrada está vedada a los pueblos. Al igual que los derechos humanos dejaron de ser considerados como "asuntos particulares" de los Estados, los asuntos financieros, que condenan a la pobreza a continentes enteros, deben dejar de ser asuntos propios de las empresas, organismos internacionales o Estados que reclaman su dominio para mantener su privilegio.

11. El socialismo del siglo XXI tiene que poner en marcha la reconceptualización de la riqueza y la pobreza, creando para ello un Tribunal Internacional que siente las bases teóricas, políticas y morales para enfrentar el problema.

El nuevo orden internacional condena a la miseria a tres cuartas partes del planeta. Hacen falta tribunales internacionales que expliquen cómo la existencia de países pobres está íntimamente ligada a la existencia de países empobrecedores (a la manera del Tribunal Russell que investigó los crímenes de la guerra de Vietnam). Estos tribunales deben evaluar, con todas las partes, el costo del colonialismo, de las invasiones, del robo de materias primas, de la esclavitud, del comercio desigual, de la exportación de desechos tóxicos, del fomento de guerras y dictaduras. Con urgencia debe enfrentarse el tema de la deuda externa y de la deuda ecológica.

Sin un replanteamiento de esa desigualdad histórica que aún hoy sigue lastrando en forma de deuda social el posible avance de los países empobrecidos es imposible pensar formas de socialismo para el siglo XXI. El pago de la varias veces pagada, "inmoral y odiosa" deuda externa evita sembrar las bases, el sustento mínimo de suministro de bienes básicos sobre los que sustentar la puesta en marcha del nuevo socialismo. La pobreza y la miseria que ha creado y crea la deuda la hacen rea de un delito continuado de genocidio.

12. El socialismo del siglo XXI tiene que reconstruir la idea de los derechos humanos sobre la base del respeto a todas las culturas

Occidente ha sido siempre una fuerza colonial imposibilitada, desde su razón moderna, para comprenderse, humildemente, como sólo una parte de la verdad. La forma de pensar de Occidente (la modernidad) le ha llevado a que, incluso cuando ha propuesto valores de carácter universal, haya impuesto directa o indirectamente sus valores propios (a partir del siglo XVIII, contaminados, además, de capitalismo voraz y estatismo homogeneizador). Los derechos humanos no son los derechos individuales del liberalismo que terminan, en nombre de una buena causa, siendo otro instrumento de opresión de unos países sobre otros o de unas ideologías sobre otras. Los derechos humanos deben reconstruirse como un diálogo entre los diferentes pueblos y culturas, entre las diferentes opciones políticas y las diferentes religiones.

Frente a propuestas de choque de civilizaciones, basadas en la supuesta incompatibilidad de valores y derechos humanos, el socialismo del siglo XXI debe hacer un esfuerzo en la línea del diálogo de civilizaciones, que reconozca la interculturalidad y la más eficaz construcción de la emancipación desde diferentes perspectivas que comparten, pese a los distintos presupuestos, un compromiso con una globalización alternativa. Frente a la mercantilización del mundo de vida puesto en marcha por la globalización neoliberal, existe una rica variedad de respuestas (provenientes de culturas indígenas, religiones, sensibilidades sexuales) que deben sumarse para recuperar ese espacio humano hurtado por la mercantilización neoliberal.

Esos nuevos derechos humanos deben tener como orientación compartida la recuperación de un aspecto dejado de lado por la concepción liberal occidental de los derechos humanos: el derecho a la propia alimentación. El derecho a la vida se conculca de manera aberrante cuando tres cuartas partes de la humanidad no pueden alimentarse. De poco sirve el reconocimiento formal de la libertad cuando esa libertad no puede ejercerse porque faltan el alimento y la instrucción necesarios para construir una vida digna. De igual manera, el libre acceso a los medicamentos necesarios debe formar parte de una concepción de los derechos humanos que sea defendida por la ONU, completada con el acceso a la cultura.

13. El socialismo del siglo XXI necesita articular sus propios medios de comunicación, orientados por los valores que deben sostenerlo

Las alternativas durante el último tercio del siglo XX han sido, básicamente, o la indiferencia o la militancia total. La derrota de, prácticamente, todos los intentos de transformación radical del capitalismo y la democracia representativa, así como el férreo control de la creación de hegemonía, ha polarizado a las sociedades entre amplias masas conformistas y pequeños núcleos concienciados a los que les corresponde la carga total del discurso y la práctica transformadoras.

Esto, a menudo, lleva a que esas minorías que sostienen todo el peso de la propuesta emancipadora terminen sin fuerzas, ingresando finalmente en las filas del desánimo o construyendo pequeñas islas donde escaparse de la hegemonía neoliberal. La emancipación, o se sostiene por amplios sectores de la población o se convierte en una tarea "ciclópea" sólo asumible por gigantes que pueden terminar perdiendo su condición humana y, por tanto, sencilla.

Desde los años treinta del siglo XX, los medios de publicidad de masas (inicialmente la radio) se convirtieron en elementos esenciales tanto de propuestas reaccionarios (el nazismo fue experto en su uso) como de propuestas con rasgos emancipadores (los inicios del New Deal de Roosevelt tuvieron como principal vocero las "charlas al calor de la lumbre" que dictaba semanalmente el Presidente). En los años 60 y 70, los medios se pusieron de manera general al servicio del sostenimiento de la sociedad capitalista y su necesidad constante de incrementar la demanda. La publicidad, como artífice de la sociedad de consumo, así como el resto de producciones audiovisuales (sin olvidar los noticieros), han ayudado sobremanera a construir un mundo individualista, centrado en la distracción, consumista, conformista y desarmado intelectualmente para enfrentar el esfuerzo de la transformación. El silencio por parte de los medios de los estragos causados por el capitalismo, así como el ocultamiento de las protestas frente al mismo debilitan el nacimiento de otras resistencias. Nunca ha sido más cierto el aserto del líder nazi Goebbels de que una mentira repetida mil veces termina siendo vista como una verdad.

Sólo con espejos del nuevo socialismo se podrán reflejar los nuevos valores, que deberán ser sostenidos por el conjunto de la sociedad y no por una minoría consciente (aunque, mientras tanto, le corresponda a esa minoría trabajar de más para extender esos valores). Sólo con medios de comunicación ajenos a los grandes entramados empresariales-financieros-políticos puede explicarse, proponerse, defenderse el nuevo socialismo. Sólo con medios que compartan los nuevos valores puede educarse a la ciudadanía en la defensa colectiva del nuevo socialismo. La información no puede consistir en el consumo pasivo de mensajes e imágenes provenientes de un único proveedor. Es un diálogo de ida y vuelta donde deben incrementarse los emisores de la misma manera que son plurales los receptores.

Los medios alternativos, locales, descentralizados y el libre acceso son requisitos para que el nuevo socialismo no caiga en el adoctrinamiento dirigido por una élite. También serán necesarias referencias colectivas que construyan el grupo amplio que, a día de hoy, se identifican en los Estados nacionales. Sólo una relación dialéctica entre lo local, lo nacional y lo global puede construir ciudadanía que no caiga en la fragmentación y que evite también el error común de la homogeneización y la negación de las identidades. La propia experiencia que se vaya articulando marcará las estrategias adecuadas para lograr unidad y diversidad, para garantizar la deseada emancipación y la necesaria regulación de la vida social.

Y sólo con medios de comunicación ajenos a los intereses particulares podrá, como se apuntó, construirse opiniones públicas regionales (latinoamericanas, africanas, europeas, mediterráneas) que construyan la globalización alternativa y extraigan de las posibilidades de acercar el tiempo y el espacio elementos para ahondar en la emancipación.

14. El socialismo del siglo XXI sabe que a mayor participación popular, menor poder particular

La democracia representativa ha construido entramados alejados de la ciudadanía. La ausencia de formas de democracia directa ha enfriado la democracia hasta convertirla en un procedimiento que termina ignorando su condición de gobierno "por el pueblo" y "para el pueblo". El reforzamiento de la democracia local devuelve a un nivel práctico la gestión de la política, hurtada por el Estado central que es el que hace y deshace en los organismos financieros internacionales. Conforme se aleja el centro de toma de decisiones, más se debilita la democracia.

La mayor información concreta siempre está abajo. La labor de coordinación del Estado, necesaria, tiene que articularse, como se ha dicho, desde el principio de la subsidiariedad, de manera que las instituciones centrales sirvan como garantes (y tengan recursos) para poder cubrir aquellos aspectos que se brinden insuficientemente en el ámbito local (por ejemplo, los bienes de carácter universal).

15. El socialismo del siglo XXI debe conjugar reforma, revolución y rebeldía para construir un mundo más justo

El viejo paradigma del capitalismo neoliberal está en crisis, pero el nuevo paradigma del socialismo aún no ha llegado. Habrá zonas en donde nos situemos con fuerza en la lógica del nuevo paradigma, pero también habrá situaciones en donde nos ubicaremos en la zona de transición. Sólo en la derrota deberá aceptar el socialismo del siglo XXI situarse amablemente en el viejo paradigma. Las formas de la llamada "tercera vía" han formado parte de esa deserción que tuvo como única consecuencia que la izquierda hiciera, desde su legitimidad, el trabajo de ajuste al sistema que nunca hubiera podido hacer la derecha debido a la enorme oposición social que hubiera generado.

Frente a las enormes distancias entre los diferentes grupos de la izquierda, más atentos a lo que les separa y, por tanto, en constante debilidad frente a los sectores privilegiados, el socialismo del siglo XXI debe esforzarse por encontrar aquello que une a los que luchan por la emancipación. Cada grupo debe traducir a los demás grupos en qué consiste su emancipación concreta, debe hacer comprensible a los demás el porqué su estrategia ayuda a mejorar el mundo.

En vez de la crítica y el enfrentamiento entre supuestos intérpretes canónicos de la verdad, hacen falta gentes más humildes dispuestas no a hacerse fuerte en sus diferencias sino cooperativos en lo que se comparte. De esta manera, hay grandes posibilidades de que se den saltos y esos grupos que hacen esa tarea de traducción construyan síntesis que superen tanto el problema como las diferencias que tienen entre ellos. La existencia del Foro Social Mundial, a diferencia de la proliferación de Internacionales Socialistas con sus diferentes credos e identidades, es un ejemplo de reconstrucción del socialismo del siglo XXI.

Pero ni se puede cambiar todo ni es necesario reinventarlo todo. Las sociedades llevan peleando, con mayor o menor fortuna, siglos y siempre existen aspectos que forman parte de sus victorias. Renunciar a ellos es entregar fortalezas que nunca fueron rendidas. Por eso hacen falta dosis de reformismo, de gestión cotidiana de lo ya logrado. El ser humano no puede reinventarse todo todos los días. Un voluntarismo excesivo conduce a la melancolía. Hay cambios sociales que sólo serán posibles en dos o tres generaciones.

Pero gestionar en una suerte de equilibrio total conduce a la cristalización (como enseña la segunda ley de la termodinámica, todos los cuerpos vivos pierden constantemente energía, pero obtienen a cambio información: el cuerpo que no recibe información –de que hace frío, calor, sensación de hambre, sed, peligro- termina muriendo pues no recibe estímulos para renovar la energía que siempre pierde.

La clave de los cuerpos vivos es mantenerse siempre en un equilibrio inestable, en constante interacción con su entorno). Los fuertes valores sociales deben encargarse de que esa gestión de los logros no se revierta, pero hay espacios que no pueden estar en constante lucha. Son logros sociales que deben compartirse y cuidarse, pues pretender cambiarlos constantemente conduce a un gasto de energía muy alto.

Pero el reformismo sin revolución no vale. Revolución es el programa de máximos, el cambio profundo y urgente de aquello que frena la emancipación, el faro que orienta el trabajo diario aun sabiendo que ese cambio no va a llegar de inmediato. Revolución es la utopía máxima, pero necesita anclarse en lo real para que pueda hacerse concreta. Ambos, reforma y revolución, separados durante todo el siglo XX, ahora deben unirse aprovechando la experiencia de los errores de su divorcio durante el siglo que acaba de marcharse.

Pero ambas deben igualmente entender que hay una tercer alma de la izquierda que también deben incorporar: rebeldía, el alma libertaria que siempre genera preguntas incómodas y cuestiona cualquier conformismo. Frente a reforma y revolución, rebeldía es el impulso espontáneo, sin jerarquías, atento a las identidades, irreverente, propio de movimientos sociales que nacen y desaparecen con la misma rapidez una vez cumplida su función. Rebeldía es la pelea perdida por Bakunin frente a Marx, por Rosa Luxemburgo frente a Lenin, por Trotsky o Gramsci frente a Stalin, por Roque Dalton frente al FMLN, por la poesía frente al catecismo.

Es la aportación rescatada por el zapatismo, el mandar obedeciendo, la desconfianza respecto de las estructuras, la apuesta por la asamblea, la participación de todos, el absoluto poder popular, el control social que frene la corrupción (una de las principales lacras de la democracia en el siglo XXI). Rebeldía no es quitar una silla para sentarse otro, sino poner más sillas en la mesa.

Pero rebeldía también tiene que aprender de reforma y de revolución, de la necesidad de estructuras, de partidos y sindicatos, de la necesidad de la gestión de sociedades complejas, de un orden internacional que no puede ahormarse en zapatilla de cristal alguna, de las dificultades de lograr una total politización de toda la ciudadanía todo el tiempo, de la necesidad de técnicos que orienten la realidad, de conjugar intereses globales, de la necesidad de articular el bosque una vez que ya existe quien cuide de cada árbol, de la obligación de contar simultáneamente con formas de democracia representativa y con elecciones, de rescatar aquellos elementos de la democracia liberal que no pueden dejarse como patrimonio de los poderosos porque fueron también los pueblos los que los lograron (los derechos civiles, políticos y sociales, la división de poderes, las libertades individuales y la justicia social).

En definitiva, lejos de vanguardias y doctrinarismos, el socialismo del siglo XXI tendrá que defender las reformas, tendrá que orientarse por la revolución, tendrá que entenderse rebelde. Por eso, insistimos, se armará y desarmará, como un puzzle cambiante, de manera permanente. Sólo así crecerá más allá de los errores y los fracasos del siglo XX, sólo así podrá cierta la promesa de emancipación que sembró el pensamiento ilustrado y que aún no ha sido cumplida.

Juan Carlos Monedero es español. Profesor de Ciencia Política (Universidad Complutense de Madrid). Observador Internacional en el Referéndum Revocatorio del 15 de agosto en Venezuela, y ha trabajado en la revolución bolivariana como asesor del presidente Chávez en las ideas del socialismo del siglo XXI.

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Misa de gallo

J. M. Machado de Assis

Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.

La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres.

A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.

¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.

Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.

-Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? -me preguntó la madre de Concepción.

-Leer, doña Ignacia.

Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D'Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.

-¿Todavía no se ha ido? -preguntó.

-No, parece que aún no es medianoche.

-¡Qué paciencia!

Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras.

Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondió enseguida:

-¡No! ¡Cómo cree! Me desperté yo sola.

La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación, que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.

-Pero la hora ya debe de estar cerca.

-¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo?

Observé que se asustaba al verme.

-Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.

-¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya sé, es la novela de los mosqueteros.

-Justamente; es muy bonita.

-¿Le gustan las novelas?

-Sí.

-¿Ya leyó La morenita?

-¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.

-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?

Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.

"Tal vez esté aburrida", pensé.

Y luego añadí en voz alta:

-Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo...

-No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir de día?

-Lo he hecho.

-Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.

-Qué vieja ni qué nada doña Concepción.

Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto, me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no se qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.

-Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.

-Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga, la semana santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio...

Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mí, tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurrían.

Hablaba enmendando los temas, sin saber por qué, variándolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:

-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volteé, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras.

Concepción dijo bajito:

-Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.

-Yo también soy así.

-¿Cómo? -preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.

Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rió de la coincidencia, también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.

-Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.

-Fue lo que le pasó hoy.

-No, no -me interrumpió ella.

No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de la bata y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después habló de una historia de sueños y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprimía:

-Más bajo, más bajo.

Había también unas pausas. Dos o tres veces me pareció que dormía, pero sus ojos cerrados por un instante se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de ésas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa, pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.

-Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a "Cleopatra"; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.

-Son bonitos -dije.

-Son bonitos, pero están manchados. Y además, para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Estas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.

-¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.

-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.

La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.

-Necesitamos cambiar el tapiz de la sala -dijo poco después, como si hablara consigo misma.

Estuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a quedarnos por algún tiempo -no puedo decir cuánto- completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: "¡Misa de gallo!, ¡misa de gallo!"

-Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.

-¿De verdad? -pregunté.

-Claro.

-¡Misa de gallo! -repitieron desde afuera, golpeando.

-Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.

Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.

Joaquim Machado de Assis, célebre escritor brasileño (1839-1908). Fundó la Academia Brasileña de Letras. Entre sus obras principales se cuentan Memorias póstumas de Blas Cubas, Don Casmurro, Quincas Borba o Memorial de Aires.

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