miércoles, 18 de julio de 2012

Pablo Escobar en televisión: La apología de un criminal

Armando Orozco Tovar (Alegría de Pio, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

APOLOGÍA: Defender. Discurso o escrito en defensa y alabanza de personas o cosas. (Diccionario)

En un país caricatura no es raro que en la pantalla chica se haga una de ellas mostrando episodios vergonzosos de su historia, como los capítulos que se presentan actualmente por un canal de t. v, en horario para todas las edades.

El serial trata subliminalmente de que: “hay que tener memoria histórica de lo ocurrido” como pretexto para hacer la apología de un criminal y su organización llamada en esa época: “Cartel de Medellín”, que asoló el país.

Para los millones de televidentes, el “Patrón del mal”, termina siendo un buen hombre. Su conducta más que sus crímenes lo revelan como a una persona exenta de droga, que no la consume sino que la exporta, ni tampoco fuma ni siquiera cigarrillos, y sólo al principio se lo muestran cometiendo un crimen.

El desprevenido televidente sobre todos niños y jóvenes, que puedan estar viéndola, y los adultos carentes de sentido crítico, o con poca capacidad intelectual para entender el calao de esta producción, absorben inocentemente las buenas imágenes del capo como son: la buena relación del matón con su madre, la comprensión que tiene familiares y amigos; las peripecias de amante, sus soluciones de vivienda, la implementación de equipos de fútbol en barrios populares, el propósito para alcanzar la política con el fin de remediar males sociales y su liderazgo.

En algunos capítulos se señala cómo la droga puede hacerle daño al imperio, pero no a las personas y sale en clara alusión como personaje un narco importante mafioso de la época luciendo pinta de guerrillero con estrella roja en la bohina, diciendo frases como: “Combatimos al imperio con droga.”

En un gran tramo las cámaras de la programadora se orientan al descrédito total del M-19, o y a sus dirigentes, organización revolucionaria al cual a pesar de todos sus errores políticos fue capaz de inscribirse dentro de un proceso de paz, logrando la puesta en marcha de la Constitución del 91, que abrió importantes puertas para la construcción de un nuevo país.

La mirada sobre el M-19 y su participación en la toma del Palacio de Justicia, es sin duda otro ataque contra el actual burgomaestre, quien fuera antaño miembro de esta agrupación. Pero lo más descarriado que se presenta es la acometida perversa contra Nicaragua sandinista, mostrándola en esos años de comienzos de los noventa como transito pagado del narcotráfico. Y lo más infame es sin duda lo referente a Cuba el faro de la dignidad latinoamericana, donde si alguien desde adentro intentó alguna vez introducirla en el negocio del narco, fueron castigados por la justicia revolucionaria, ¿Qué hubiera sucedido si en 1959, no triunfa la revolución? Con seguridad Pablo Escobar la hubiera convertido en una ruta y alhacena segura hacia Estados Unidos.

- “A nadie le gusta más el dinero que a un izquierdista”- dice Escobar a uno de sus secuaces después de que regresa de la isla enviado por él para abrir la bodega caribeña. Pero lo que nunca mostrará el mal intencionado serial, es que la revolución prefiere morir de inanición por el bloqueo imperial, a traicionar sus principios.

Seguramente en posteriores capítulos seguiremos advirtiendo imágenes solapadas acerca de la existencia del criminal, y oyendo sobre la edificación de un mundo narco, que quisieron y quieren no obstante imponer ahora otros. La telenovela muestra eufemísticamente en toda su dimensión el modelo de alguien que hizo el mal pero que no era tan malo. De este tamaño lo quieren presentar.

El personaje de telenovela les gana en fuerza escénica a las representaciones de Galán o Lara Bonilla, que se diluyen en sus débiles representaciones. Esta tragicomedia mal intencionada hace referencia irónica a la revolución bolivariana, exponiendo al capo paisa, diciendo frases del Libertador a su amante, que llama “Manuelita”.

¿Qué intereses se esconden detrás de la leyenda televisada del capo contra la izquierda colombiano? Pronto se sabrá.

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El humanismo orwelliano

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bien sabemos lo caro que resultó para el concepto de humanismo, hasta el punto de constituirse en el representante máximo de un humanismo ateo, que continúa abordando de una manera sistemática en la Crítica de la razón dialéctica, al relevar la función social del sujeto en la Historia, pese a que la inteligentsia comunista considerara que la reivindicación humanista estaba alienada en la explotación.

Para Michel Foucault, el humanismo resultaba ser una provocación, como elemento que prostituye el pensamiento, la moral y la política; para nada, le resulta un ejemplo de virtud, como bien lo señala Caruso en sus Conversaciones con Lévy-Strauss, Foucault y Lacan, publicadas en Anagrama, en 1964 (p. 85).

Para Louis Althusser el marxismo se caracterizaba por ser un antihumanismo teórico.

Orwell mismo, entre 1936 y 1945, enjuiciaba el humanismo por ser un concepto estrictamente teórico.

Pero para José Luis Rodríguez, todo humanismo reivindica la realización efectiva de las posibilidades perdidas del sujeto.

Stricto sensu, no podríamos considerar a George Orwell un filósofo, sino más bien podríamos pensarlo como un crítico de las condiciones de degradación del ser humano, en su contexto sociohistórico, ante lo cual reivindicaría algo más allá de su presente, que es al humanismo al que José Luis Rodríguez se refiere.

La denuncia orwelliana es realista y se agudiza aún más a partir de 1945.

Ya en ¡Venciste, Rosemary!, novela escrita en 1936, anotaba:

Bastarán unas pocas toneladas de trinitroglicerina para mandar nuestra civilización al infierno que le pertenece.

Y esa agresiva crítica se mantiene a lo largo de una década para mostrar cómo los seres humanos se desesperan agobiados por la violencia exterior, inmersos en un universo de miseria y degradación, que de alguna manera habrá que intentar transformar de alguna manera; por ello, con cierta ingenuidad esperanzada en El camino de Wigan Pier le surga la necesidad tan elemental y tan lógica de un socialismo, ante lo cual, le resultara tan extraño que no se hubiera establecido en su momento.

Ahí, Orwell pensaba en un socialismo positivo aunque el existente se constituiría en el caldo de cultivo de un mundo como el de 1984, en el que lo social aniquila el poder humano de los sujetos individuales y colectivos, hasta el punto que en su Rebelión en la granja se confundían las miradas de los cerdos y de los seres humanos.

Habría, entonces, que preguntarse por la naturaleza real del humanismo orwelliano, cuando aborda las características definitorias de lo social, productor así mismo de una profunda desolación, como cuando describe a sus conciudadanos como gentes que se pasean a decenas de millares, arrastrándose como viejos seres, como cucarachas sucias que van hacia la sepultura, fenómeno al que apunta con mayor agudeza en El camino de Wigan Pier, novela en la cual la relación entre la ciudad y la opresión salta más a la vista, cuando el espacio urbano se constituye en un infierno para sus habitantes, lo que lo lleva a condenar el industrialismo, el cual afecta el orden de la naturaleza y la belleza del mundo, en tanto y en cuanto, la producción industrial genera profundos males al ser humano, al promover una relación degradante, hasta hacerlo vivir en un estercolero, donde las gentes no recuerdan ni siquiera sus apellidos, porque el mal llamado progreso, lo que inventa es otra ciudad, bajo la cual subyace una urbe antigua, oprimida y sepultada por la nueva.

Entonces la verdadera tarea del humanismo sería hacer emerger la auténtica naturaleza moral, asaltada por las ilusorias promesas del imperio de lo maquinal, un grito de denuncia en el que Orwell aúna su voz con las de socialista utópicos como Saint-Simon y Fourier, con las de Carlyle y Tolstoi, sin el tono compasivo de un Charles Dickens.

La denuncia de Orwell no se queda en el lamento de Víctor Hugo frente a los pobres más miserables, sino que delata la pauperización de la clase media, lo que constituye una nueva y original mirada de la decadencia de Occidente, que ahora en estos tiempos neoliberales hemos visto que sucede tanto en América Latina como en la Europa de la periferia; por ello, la propuesta orwelliana es la promoción de una integración entre ambas clases, sin que importen sus orígenes históricos, que parecieran contraponerlas.

El humanismo orwelliano apunta a una reivindicación de la singularidad de los sujetos en oposición tanto a la uniformación en fascismos y comunismos, al igual que de la democracias capitalista, responsable de la evolución industrial, al comprender con Geoffrey Gorer, el antropólogo inglés que tanto lo admirara por la obra del novelista británico, Los días de Birmania, que el fascismo es un desarrollo del capitalismo, en tanto y en cuanto, la más bondadosa de las democracias puede convertirse en fascismo.

Así las cosas, el sueño orwelliano de un humanismo recuperado no podría estar en otro lugar que en la sociedad preindustrial, en un espacio en el que imperasen las formas precapitalistas, en medio de un contacto directo con la naturaleza, sin los artificios del maquinismo ni sus consecuencias sobre la ética ciudadana; ahí, estaría la ciudad sumergida, que quizás no se haya perdido del todo, pero de lo que Orwell está seguro es de ese universo que era un mundo agradable para vivir en él, una tierra, quizás, sólo posible para la niñez, mundo habitado recuerdos infantiles, semejante a la naturaleza originaria, que permanece subsumida por el mundo industrial; lo cual implica una conciencia conservadora de la tradición y de la cultura del pasado, de tal forma que se regresase a una ciudad, sin las mediaciones de la máquina, como el campo, al que Winston Smith regresaría con frecuencia a lo largo de 1984.

Es por ello, que Orwell sugiere la urgencia de dar un salto atrás en el tiempo, hacia una geografía social que respete la singularidad, antes que los aprendizajes de la artificialidad y las convenciones morales, impuestas por la sociedad industrial, de tal forma que se reivindicase la diferencia, tras las huellas de la sociedad rural de Jean-Jacques Rousseau, de la Grecia de Hölderlin o el cristianismo comunista de Pier Paolo Pasolini, lugares de ensoñación, donde renazca el sujeto diferente, como forma de recuperar cierto paraíso perdido, un pasado extraviado, una naturaleza enmascarada por la mentalidad industrial y así acceder a una plena historicidad dialéctica.

Lo que Orwell denuncia es una deshumanización, como proceso mediante el cual un sujeto individual o colectivo pierden sus características de seres humanos, por la nefasta influencia de sistemas de dominación y de Poder, mediante sistemas autoritarios, como ocurriera en los campos de concentración nazis, en los gulags soviéticos, en las dictaduras suramericanas de Augusto Pinochet y de Jorge Rafael Videla, y más recientemente en prisiones como la de Guantánamo, mantenidas por el gobierno norteamericano, en su lucha contra el terrorismo islámico, como venganza justiciera, tras los desastres del 11 de septiembre, lo cual necesariamente nos remite al concepto de humanismo, para evitar caer en mundos como los de 1984.

Pero, también, Orwel había alcanzado a vislumbrar la deshumanización de la ciencia, a pesar de que pensaba que un científico no puede considerarse tal si no posee una formación humanística y un espíritu crítico frente a los desarrollos de la ciencia misma, como lo planteara en Tribune, en 1945.

En aquel entonces un tal Mr. J. Stewart Cook había escrito una carta a la editorial de esta revista, en la que sugería que para evitar los oprobios de una alta jerarquía científica, todo ciudadano fuera educado, para convertirlo en un conocedor de la ciencia, tanto como impartir este conocimiento fuera posible, así los hombres de ciencia se ocuparían de brindar una buena divulgación y podrían participar de otras actividades del mundo, en general, pero Orwell no dejo de ver en la sugerencia de Stewart Cook, una ambigüedad en la definición del término ciencia, que no dejaba de resultarle peligrosa, al no discriminar entre la ciencia que se dedica a lo exacto o aquella que seguía un método para pensar, de tal manera, que, gracias a resultados verificables, llevara a una racionalidad lógica, a partir de los hechos observados, a juicios a posteriori, en el más puro sentido kantiano, que aportasen nuevos entendimientos.

Orwell no idealiza a los científicos puros, encerrados en laboratorios, porque a la hora de la verdad, al enfrentar problemas cotidianos o de verse confrontados con otros campos del saber, son semejantes a cualquier otra persona, por ignorante que ella sea y, como ejemplo de ello, señala la capacidad de resistir al nacional-socialismo, puesto que si bien se decía que la ciencia era universal, los científicos de distintos países, que cerraban filas junto a sus gobiernos, muchas veces de manera inescrupulosa.

La comunidad científica alemana no sólo no se opuso a un monstruo como Hitler sino que además resultó colaboracionista y, sin ellos, la máquina de guerra alemana no hubiera podido articularse.

En cambio, en el campo de la literatura, muchos escritores germanos se exiliaron voluntariamente o fueron perseguidos de la forma más siniestra, muchos de ellos sin ser ni siquiera judíos.

Orwell criticaba, en ese momento, que muchos de los mejores científicos aceptaran, sin cuestionamiento alguno, la sociedad capitalista, aunque muchos otros fueran comunistas, sin criticar en lo más mínimo el estalinismo, lo que permitía sacar la conclusión de que las mejores dotes naturales para el aprendizaje de las ciencias exactas, no garantiza un punto de vista crítico y humanitario, de ahí que muchos científicos fueran en una carrera loca en busca de las bombas atómicas que acabaran, en su día, con Hiroshima y Nagasaki.

Entonces, ¿dónde estaría el beneficio de una educación científica como la que proponía J. Stewart Cook? Orwell pensaba todo lo contrario e imaginaba que la educación científica de las masas traería efectos más deletéreos, si se reducía a la física, la química y la biología y se dejaban de lado el conocimiento de la literatura y de la historia.

Para Orwell una verdadera educación científica significaba la implantación de esquemas mentales experimentales, racionales y críticos, mediante la adquisición de métodos, para enfrentar cualquier tipo de problemas, como una manera de enfrentarse al mundo y no, meramente, como un corpus teórico, que llevase al desdén de otros campos humanos como la poesía, ya que muchos científicos precisan de una mejor educación, una que amplíe su visión del mundo, para que haya científicos capaces de rehusar investigaciones tan destructivas, como las tendientes a la invención de las bombas atómicas, hombres sensatos que no se metan en los sueños de la razón, capaces de producir monstruos, como lo pretendían científicos lunáticos como Víctor Frankenstein.

Para lograrlo se precisa, seres humanos formados con una cultura general fundamental, capaces de reconocer los hitos históricos de una manera crítica, tanto como de valorar los grandes aportes de las artes y la literatura, más allá del ideal de convertirse en científicos puros.

1984 trae de una manera más o menos explícita como el desastre social está promovido desde el Poder Central, impidiendo el desarrollo del pensamiento, mediante la censura y la manipulación informativa que controla la historiografía, mediante la permanente reescritura de los acontecimientos, la conversión en lo contrario de los palabras, gracias al desarrollo de una neolengua, que desorienta a la sociedad, aniquila su capacidad crítica y acalla cualquier voz que pudiera sonar a disidente, para ocasionar una negación de la Utopía de Santo Tomás Moro y generar más bien una distopía, una antiutopía, para poner una zancadilla al optimismo de la Ilustración y una bofetada al positivismo del siglo XX, para caer en esa trampa mortal del Gran Hermano, un abusador de la tecnología y de los medios de comunicación de masa, que convierte a la colectividad en prisioneros de un panóptico benthamiano.

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Cine: Las reglas del juego

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la revisión de los clásicos del cine siempre es posible hallar una joya que parece estar opacada por el brillo de otras, más mostradas, más difundidas, más premiadas. Ahora mismo se me viene a la mente, por ejemplo, “Fat City”, de John Huston, que es una película de traiciones y lealtades en el siempre turbulento y tramposo mundo del boxeo. Filmada a comienzos de la década de los 70, precisamente esta obra es una, entre las muchas y muy buenas que dirigió su autor, que ha quedado algo así como olvidada en el tiempo, oculta del aplauso general, esperando, quizá, que un espectador más o menos inquieto llegue a ella y la recupere. Es exactamente lo que sucede con pequeños hitos del cine, absurdamente postergados.


El tema tiene que ver también con una película que, aunque premiada -incluso se llevó el Óscar- no ha sido nunca lo suficientemente valorada y se le considera simple, pasable, digerible. Y quizá nada más. Estamos hablando de “Marty”, cuyo protagonista, el gran Ernest Borgnine, dejó de existir hace dos semanas. “Marty” significa recordar no sólo la existencia de un carnicero solterón y buena gente, identificado en el rostro de Borgnine, quizá no precisamente el de un galán, y este filme también desarrolla una historia sobre los afectos personales, la relación de una pareja y la forma cómo Estados Unidos estaba asumiendo su propia vida urbana después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, el nombre de Delbert Mann, director de la cinta, resulta fundamental pues fue él quien perteneció a lo que con el tiempo se conocería como “la generación de la televisión”, es decir un equipo de realizadores que se iniciaron en la pantalla chica y luego dieron el salto al ecran, con eficientes resultados. Es el caso, igualmente, de Arthur Penn o de Richard Brooks, autores de filmes que desde los años 50 y 60 tuvieron un radical impacto en las audiencias cinéfilas.


El propio Woody Allen se inició como guionista y comediante en la radio y gracias a su éxito e ingenio pasó a la televisión. Claro, no adivinaba él mismo el talento que desplegaría, con el tiempo, en películas mayores como “Annie Hall”, “Manhattan”, “Hannah y sus hermanas” o “Crímenes y pecados”. La carrera de Allen, quien acaba de estrenar su multifacética “A Roma con amor”, no tiene parangón en el cine de, al menos, los últimos 40 años. Ha sido aceptado y celebrado tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, es premiado y aclamado en festivales de primer nivel y su legión de admiradores atraviesa distintas generaciones. De Allen podemos decir, ahora, que evidenció una notoria crisis creativa en los años 90, época de la cual acaso sólo son realmente destacables “Balas sobre Broadway” y “Misterioso asesinato en Manhattan”, ambas en clave de comedia “negra”. Lo que este creativo cineasta ha venido haciendo en el presente siglo, con su costumbre de rodar un largometraje por año, bien puede entenderse como un proyecto más global y abarcador de sus inquietudes y su interés por probar con nuevas estrellas, como Scarlett Johansson y Penélope Cruz. Esta nueva versión de Woody lo presenta, a un tiempo, tal vez ante un público que antes rehuía sus célebres dramas y comedias intelectuales y le dan oportunidad, a él mismo, de distanciarse de obras que fueron apreciadas por la crítica con mucho fundamento y que incluso forman parte de los clásicos del cine contemporáneo. Cintas como “Interiores” y “Días de radio” dan cuenta de ello, pero al parecer ha llegado el momento de un relajamiento, si se quiere de un desentendimiento por parte de Allen, quien filma ahora películas como “Vicky Cristina Barcelona” que la misma crítica seria que lo encumbró en su momento considera sólo pasatiempos o quizá engreimientos solipsistas de su autor. Esto, en sí mismo, debe representar un dilema para quien, como Allen, ha representado sus propias conjeturas en la pantalla grande y las ha vinculado a su condición de hombre judío, neoyorquino, nervioso y perfectamente psicoanalizable.


Y ya que hablamos de Woody Allen, quien a su manera mantuvo una independencia del cine comercial de Hollywood siendo aceptado tempranamente como un autor, vale la pena recordar a otro “outsider”, el genial John Cassavetes, impulsor del cine de bajos presupuestos y de propuestas realistas. Obras suyas como “Una mujer bajo la influencia”, protagonizada por quien fuera su esposa, Geena Rowlands, “Maridos” y “Gloria” reflejan igualmente la singular preocupación de un cineasta centrado en la ciudad y los problemas psicológicos a los que la urbe e instituciones tradicionales como la familia y el matrimonio producen en sus personajes, a quienes vemos tensos, en discusiones, compartiendo tristezas y desencantos. El de John Cassavetes es un cine “desnudo”, que impresiona por su propia fuerza y que con el tiempo hemos reconocido, por qué no, en la obra del británico Mike Leigh, autor de “Secretos y mentiras” y “Todo o nada”, asimismo retratos de una clase empobrecida que sufre las consecuencias de las reformas neoliberales de Margaret Tatcher.


El cine es esa gran fábrica de magia e ilusión, aunque, de la misma manera que nos entretiene y nos vuelca hacia aventuras soñadas puede inducirnos a la crítica más feroz y despiadada de un orden imperante que comenzamos a rechazar. Las grandes cinematografías del orbe, considerando a Estados Unidos, Italia, Francia, Japón, a las que se unen más recientemente España y las películas de países como Irán, Tailandia, Vietnam, Corea del Sur, y las nuevas propuestas de América Latina, configuran un imaginario rico y vasto que abre perspectivas para los realizadores más jóvenes, quienes nunca debieran olvidar la profunda huella de los maestros y su legado. Pensemos, por ejemplo, en “Las reglas del juego”, de Jean Renoir. Ese es cinema en sentido puro, y de ello queremos dejar constancia en esta nota.

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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En mi tierra me encuentro, soy.
No porque desconozca otros lugares, quizás fuera
comprensible así; en verdad
que retorno con gusto a la rutina
de las vivencias propias. Ahí me realizo,
ahí no soy extraño
y hago las cosas sin intermediario,
tales como ir al baño, ponerme la piyama,
pensar con restricciones y medidas.

Sólo una duda me queda o mejor dos:
cuando digo “mi tierra”
no sé por qué dijo “mi”
si no es de todos nosotros.

Además todos dicen todo esto y
piensan y sienten todo esto
en todas partes,
pero no nos juntamos para cambiarlo.

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Ninguna buena acción queda sin castigo

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay razones que la emoción no entiende, me dije, mirándome al espejo de la revelación. Lo hice sólo, como vengo acostumbrando al ego cuando duerme. Sobre el frío que se va demorando, quedándose en demasía, flotan intentos suspendidos por no intentar.

Las decisiones se vuelven morosas, cuando persiste. La palabra pierde valor porque queda suspendida en el eject atascado. No se puede vivir con frío. Es como hacerlo con miedo. Se paraliza la motricidad y las intenciones duermen bajo la almohada. Es mejor no sé si más placentero.

En Alejandro Korn, debo aprender a extender la resistencia física. Algo más aconsejable. Porque la inclemencia se hace sentir. Su rigurosidad creciente no da treguas, pensé, siempre sin ayuda. Mientras observaba la escarcha dormida sobre el césped. Parecía cómoda, sin apuros. Un manto blanco que helaba de solo mirar.

El teléfono de base sonó y eso no es cuento, no se interrumpe es un largo sostenido en mi bemol, que nunca se corta hasta que se atiende o el que llama abandona su intención de comunicarse. Por supuesto alguien que no sea Yon, el no tiene apuros. Olivia mi perra descendiente de madre dogo de Bruselas, me miraba interrogante. Nunca considera mis demoras cuando debo atender el teléfono.

La voz del vasco sonaba remota, estoy en la ruta dos, anunció como el informante de Houston, cuando acusa algún problema. Smiley, ha llegado de Brasil con material que quiere comunicarme. Hay algunas cosas que me interesan, paso a buscarte en la parada de la rotonda de Varela, vamos a comer y vemos. Todo eso lo dijo sin considerar, para nada, la posibilidad de que no quisiera ir. El suele dar por descontado mi asentimiento. Tomate el Rápido Argentino que va a La Plata y te espero, tienes uno que pasa en media hora por allí. Agregó sin admitir discusión alguna sobre la conveniencia de su decisión. Nunca las considera y solo cuando no fui, advierte que podría albergar alguna duda importante.

“Smiley” era en realidad Aníbal “el meridiano”, un personaje singular que había que aprender a conocer, para no equivocarse. Capaz de irrumpir en ámbitos diplomáticos, como la Cumbre de Rio, sin credenciales, suele hacerse lugar mediante misteriosos acuerdos que nunca me interesó averiguar, o aparecer en el escenario con los Rolling Stones y llevarse una capa de Jaegger al vestuario, sin que nadie lo interfiera.

Hay, con respecto a él, una subestimación que su aspecto de despistado, más un lenguaje casi críptico, que suman desconciertos a interlocutores desprevenidos cultiva, para el devalúo que fomenta en quien no lo conoce. Pero sabe más de lo que cuenta. Y lo que cuenta, lo cuenta mal. Por lo tanto resume para que adivinen.

La rotonda conocida como de Alpargatas, era tan inhóspita como el tiempo helado podía proponer. Nada aconsejable para andar ese mediodía de invierno sacudiendo estalactitas como sonajeros. Descendí del Rápido resignado. Me resistía a dejar atrás el templado aire acondicionado, luego de una excursión con siesta incluida de Alejandro Korn hasta el cruce. Casi una aventura desolada después del desierto de los tártaros, pensé, autorizado por Buzzatti. Suelo reflexionar en buena compañía, pese a todo. Me sentía un peregrino que tiene la culpa por el equipaje y la parca por destino.

El Alfa gris, se movió en la gris línea de piso y los pasajeros me saludaron, casi alborozados. Nos saludamos con la efusividad de tres elefantes descontentos. La velocidad es una de las especialidades del vasco. Por lo tanto el lugar elegido “Bunker” sorprende porque aparece de la nada ya que hay que reconocer la contraseña para doblar, que el vasco tiene de memoria.

El lugar parecía el living del infierno, era acogedor para estas temperaturas heladas que soportamos. Alguien tenía las reservas establecidas. Y una mesa dispuesta para comer, mi principal objetivo y reunirnos para tratar la información de la que era portador Smiley, apodo “topero” que le pusiera el vasco una madrugada destemplada.

Pollo, queso, mozarella, enrollados en tortilla de trigo y crema ácida. Pechuga de pollo rellena, bañada con salsa de almendras, tarta de frutillas y más chardonay, aparecían para hacer literario el encuentro, prologó Yon mientras tomábamos, para empezar, la primera de Chardonay que nos pusieron enfrente. ¿Cómo se puede estar sediento en estos días? No lo se. El presente está desactualizado y el futuro no se ahorra, recordé antes de que hablara el topo.

El vasco, había pedido recordar para olvidarse. La historia latinoamericana está marcada estigmáticamente desde el comienzo por la violencia desembocando en golpes de estado promovidos abiertamente o no por las élites locales vinculadas con los poderes de turno. En los setenta se impusieron las dictaduras militares, deviniendo en los noventa con el neoliberalismo y sus consecuencias del empobrecimiento de los pueblos sin olvidar el saqueo, puso en marcha la reunión el vasco, la región vuelve a estar en riesgo y puede ser la penúltima vez. No hay razonamiento que explique por qué el razonamiento no explica, recordé mientras lo oía.

Smiley, se permitió un apunte en la misma dirección, los golpes militares están desprestigiados y emerge la proliferación de bases estratégicas de los EEUU, vía cuarta flota, porque se aprestan para otro desenlace crucial. Por el Pacífico para contener la invasión china y asiática, que vienen por los alimentos y nuestros mercados, al fondo del patio trasero la Antártida, sexto continente que contiene reservas incalculables de energía, por ejemplo, y se asientan las bases no por el narcotráfico, sino por el agua potable como el caso del Guaraní, que blanquea el golpe institucional en Paraguay. Bolivia está en la mira. Argentina contiene brotes peligrosos luego del pronunciamiento de Moyano el dirigente sindical convertido en polo opositor del gobierno, marcando un frente de conflictos a breve plazo porque la inestabilidad ayuda. Uruguay pende de su debilidad pero ya tiene a sus fusileros en adiestramiento programado por el poder unipolar todavía. Por supuesto que las élites locales, y sus partidos políticos, desarraigados de sus pueblos, serán los beneficiarios de estas maniobras desestabilizadoras que van a proliferar.
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La idea de estos “golpes preventivos” institucionales no es novedad. Desde hace décadas, se han implementado a partir de la teorización sobre el tema, desde entidades como la Albert Einstein Institution (AEI), que trabaja con juventudes en varios países
Aportando entrenamiento, asesoramiento a cuadros de las clases medias y acomodadas, herederas del control. La desestabilización social mediante manifestaciones en las calles y el uso de Internet mas el uso de medios comprometidos en la misma dirección, trabajan para ampliar las actividades que sacudan el orden social. Hay que señalar, dijo Smiley, que esto sucede en regímenes de gobierno democráticos consolidados por el respaldo popular. Aparentemente, las reivindicaciones no tienen un tenor político. Sin embargo lo tienen, sirven para crear un cuadro de inestabilidad y caos.

Ahora el Parlamento y el Poder Judicial, donde hay sectores conservadores aparecen para mostrar un nuevo rol. El Parlamento paraguayo derrocó a Lugo y en Brasil realizó dos pedidos de impeachment a Lula. La justicia de Honduras avaló la destitución de Zelaya y en Venezuela fue cómplice de los golpistas contra Chávez. Correa tuvo una insurrección policial y pronto, el conflicto por Assange y Wiki Leaks.

“Smiley”, este que no es creación de Le Carré, tragó saliva y nos sometió a una mirada despiadada antes de hablar. Quiero que sepan que no me gusta nada el siguiente dato, sólo por origen. Son protagonistas indigeribles si me lo permiten, pero por lo menos hoy les cuento algo como si fueran títulos, es de la reciente cumbre de Brasil, recitó con voz algo tonante.

“El Fondo Multilateral de Inversiones del Banco Interamericano de Desarrollo y Bloomberg New Energy Finance evaluaron la capacidad que tienen 26 países de la región para fomentar el crecimiento de la energía de bajo carbono. América Latina y el Caribe cuentan con importantes recursos de energía renovable y la mayor parte de algunos países de la región, perdonen la recurrencia, ha experimentado un fuerte crecimiento económico en los últimos años”, masculló bebiéndose otra copa de ese chardonay delicioso, ideal para no atragantarse.

“Sin embargo, el área de energía de bajo carbono apenas da indicios de interesar, atrayendo el año pasado menos del cinco por ciento de un estimado de US$280.000 millones invertidos en este sector en todo el mundo”, sumó argumentos nuestro topo del momento..

“Los gobiernos tienen la posibilidad de provocar una ola de inversiones en energía limpia— si pueden crear marcos normativos propicios para el desarrollo de este sector”, añadió como tratando de convencernos.

“Para identificar estas oportunidades, el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN) , miembro del Grupo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) , en colaboración con Bloomberg New Energy Finance, ha ideado el “Climascopio”, primer informe, índice y herramienta interactiva en Internet apuntada al mercado de energía limpia en América Latina y el Caribe”, monologó algo mas confiado “Smiley”.

“La primera edición de este informe anual fue presentada durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible Río+20”, agregó con displicencia aunque a mi me sonaba demasiado displicente.

“El Climascopio utiliza 30 indicadores para medir la capacidad de cada país para atraer inversiones capaces de desarrollar economías verdes.

Cada país recibe puntajes de 0 a 5. Brasil obtuvo el mayor puntaje, pero sólo fue de 2,6, lo que indica cierta oportunidad para mejorar la capacidad de atraer más inversión al área de energía limpia y renovable. A Brasil le siguen de cerca Nicaragua, Panamá, Perú y Chile”, señaló casi docto el topo.

“La publicación del informe va con el lanzamiento de una herramienta en Internet que permite a los usuarios ver datos y cambiar ponderaciones de los indicadores para producir sus propias versiones del Climascopio. La herramienta está disponible en http://climascopio.fomin.org”, cerró su discurso cuestionable mientras organizaba una gárgara de chardonay.

Al final de la escalera suele haber un pasillo, casi una fatalidad porque para algún lugar hay que salir. Sin embargo el túnel de las brumas tiene nubes bajas sobre el futuro que nos concierne. La fabricación de “inestabilidades” acelera su ritmo y ya la gente confunde, es también el peso de la ignorancia aplicada al no saber, no hay tiempo para aprender de golpe y mucho menos con el hambre golpeando las puertas, esto ocurrió cuando hubo una pausa, la cosa iba para largo, decidí que el chardonay helado no perdona y me dije, es lo que hay.

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Universidad, campus de transformación

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La Universidad del siglo XXI no puede ser la misma de siglos pasados. No al campus de batalla, cuando la violencia se infiltró a las aulas. En la academia postmoderna no se debería dictar clases sino dedicarse plenamente a la investigación con el fin transformar el mundo para una vida mejor. La Reforma planteada en 1917 en el Congreso Nacional de Estudiantes realizado en el Cusco, demandó una universidad abierta, democrática, para curar a un Perú enfermo, reto que aún sigue pendiente.

Esta es una apretada síntesis de los planteamientos que formula el ex ministro de Educación y dos veces rector de la UNI, Arq. Javier Sota, durante un diálogo con estudiantes de los centros culturales, que son parte de las “prácticas blandas”, que la mayoría de universidades resta importancia.

La vida de un estudiante debe atravesar por la socialización, la operación y la transformación, etapas necesarias de una buena educación. La etapa de socialización, es decir en la educación inicial, se ofrece el lenguaje, la matemática, los idiomas, la relación cercana con la realidad, entendida como un todo. Es una instancia de relación pasiva.

En la fase de operación, se dan las carreras técnicas para operar. Existen diferentes tasas de evaluación tecnológica, intentando mejorar la calidad de trabajo. La tercera, es la de transformación, aquella que debe promover la Universidad, pero que en el Perú este horizonte es muy reducido. Las universidades en el país suman más de 140, pero no pasa de una decena, aquellas ofrecen educación de calidad. La mayoría es una fábrica de profesionales, cuyas clases todavía son dictadas con copias y textos de hace quince años.

“La Universidad es para mirar al trasluz el mundo y ver como transformarlo”. Por ejemplo, el agua es uno de los recursos que el cambio climático provoca serios efectos. Pero el Patronato de la UNI no ha conseguido, tras varias convocatorias, a estudiantes interesados en esta temática.

No es posible la transformación sin palabras, sin el uso del buen lenguaje y de capacidades de gestión. El Ingeniero debe ser un profesional culto, que use bien el lenguaje, el discurso.

Hace 136, la Universidad Nacional de Ingeniería, fue parte de la República Práctica, concebida por el positivista Presidente José Pardo, para un país que urgía de represas, de caminos, de puentes, de obras de ingeniería. La UNI es madre de todas las ingenierías en el Perú.

Después de la segunda guerra mundial, se constata que el Perú es un invernadero, con grandes ventajas respecto del Norte. Hay que recordar las propuestas de líderes juveniles como Haya de la Torre, Basadre y otros que planteaban una universidad abierta, descentralizada, el derecho de tacha a los profesores.

Hacia 1965 hubo un desarrollo ideológico que llevó a años gravísimos, que en la década del ochenta apareció con la idea de la muerte, porque la Universidad tenía muchas restricciones para desarrollar el año académico. En el caso de la UNI, en la década del noventa no se perdió ningún ciclo universitario. La iniciativa de crear empresas, como el centro comercial Metro en la zona norte de Lima, Unipetro y otras, complementaron los magros ingresos de este primer centro científico y tecnológico del Perú.

El Patronato UNI, fundado hace quince años con la presencia de empresarios egresados de esta casa de estudios, alentó la “excelencia de la educación” y ayudó a la Universidad a superar años difíciles, en que la violencia había tratado de imponerse en la sociedad peruana, aún convencional y conservadora.

“Universidad campus de Batalla”, libro de Sota Nadal, publicado en 1993, según el jesuita Felipe E. Mac Gregor, entonces Rector de la Universidad Católica del Perú, “fue una obra nacida del amor, empeñosa búsqueda, valentía y reflexión desde los hechos y para las vidas, éxitos semejantes: influir en el cambio de la Universidad peruana y dar a conocer por qué son impostergable dichos cambios”.

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Viaje al ajedrez

Pau Pascual

«No hay genio sin un gramo de locura»
Aristóteles

«Ningún gran maestro de ajedrez es una persona normal. En lo único que se distinguen es en el tipo de locura»
Víktor Korchnói

- Mami…

- ¿Sí, cielo? - responde la mujer.

El autobús avanza por la Quinta Avenida, sorteando carros y automóviles, una tarde soleada de 1911. Madre e hija, sentadas en el piso superior al descubierto, se dirigen al antiguo tiovivo del Central Park.

- Mami, mira aquel señor… - dice la niña apuntándolo con su dedecito.

- ¡¡Qué horror!! - suelta la madre cubriendo rápidamente los ojos de la pequeña.

Rodeado de pasajeros estupefactos, un hombre bajito con gafas de montura redonda, permanece de pie completamente desnudo. Se llama Carlos Torre Repetto.

No sería la última vez que este extraordinario ajedrecista se exhibiera en cueros. Años más tarde, durante un torneo celebrado en Polonia, perdió los estribos y empezó a correr desnudo por todo el recinto, gritando - ¡Fuego!

El Mexicano Carlos Torre aprendió a jugar al ajedrez a los seis años y muy pronto destacó en su país. Jugó varios torneos internacionales y logró estar considerado entre los cinco mejores jugadores del mundo cuando sólo tenía veinte años. Según el propio Torre, nunca dormía más de dos horas por noche. Le encantaban los helados de piña y se comía de diez a quince diarios. A los veintiún años, los problemas psíquicos le obligaron a recluirse en un manicomio durante tres años. Luego se retiró del ajedrez para el resto de su vida.

Veamos una divertida partida de Carlos Torre jugada en 1927. Después de la jugada 7.Te1las blancas logran clavar a la dama negra, pero sorprendentemente, en sólo cuatro jugadas, Carlos Torre consigue succionar al rey blanco al centro del tablero donde es ejecutado.

Catorce años antes del episodio del autobús, el secretario de otro hombre lo sorprende esperando pacientemente una respuesta a través de un audífono invisible. El hombre alberga la ilusión de poder hablar por teléfono sin hilo ni auricular. Suele acercarse a la ventana para hablar y cantar. Luego espera una contestación.

El secretario personal de Wilhelm Steinitz informaría de ello al cónsul norteamericano, quien sugirió que se recluyese a Steinitz en un sanatorio.

El gran ajedrecistra Wilhelm Steinitz estuvo convencido de que podía emitir corrientes eléctricas, con la ayuda de las cuales podría mover las piezas a voluntad. Aseguraba estar en comunicación eléctrica con Dios y que podía vencerle al ajedrez dándole un peón de ventaja. Esto propició que finalmente lo ingresaran durante un tiempo en un manicomio de Moscú. Steinitz fue el primer campeón del mundo oficial. Descubrió muchos de los principios estratégicos en los que se basa el moderno juego posicional.

Veamos una histórica partida, “La inmortal de Steinitz”. Después de la magnífica de jugada25.Txh7+!, su oponente Von Bardeleben vio lo que se le venía encima y, en lugar de abandonar, se levantó y se marchó de la sala de juego sin decir palabra. Steinitz, viendo que había desaparecido el rival, anunció los espectadores un mate en diez y rápidamente movió las piezas en una la secuencia que dejó al público atónito.

Cuarenta años antes de que Steinitz empezara sus conversaciones metafísicas con el audífono invisible, un joven estudiante de Nueva Orleans es presa de los efluvios primaverales. Cae locamente enamorado de la hija del hortelano que cuidaba las tierras de su familia. Pero su primo Ernest, dos años mayor que él, había llegado antes y se opone a sus proyectos amorosos. El joven urde un plan. Desafía al primo Ernest a un match de ajedrez a seis partidas cuyas condiciones son: a) Todas las partidas se jugarán con el Gambito Evans (Ver El capitán Evans en un artículo anterior). b) Él dispondrá únicamente de un minuto por cada jugada, mientras que Ernest tendrá todo el tiempo que quiera. Y c) El vencedor tendrá el derecho a los favores de la hija del hortelano, sin que el rival vencido pueda oponerse. Ernest aceptó y fue derrotado por 4 ½ a 1 ½. Pero la muchacha nunca quiso saber nada del joven Morphy, quien acabó profundamente deprimido. ¿Sería el inicio su locura?

Paul Morphy fue uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos. Ya de muy joven sufrió paranoias. Estaba convencido de que diversas personas querían envenenarle y durante mucho tiempo sólo aceptó alimentos si se los daban directamente su madre o su hermana. También pensaba que su hermanó político y otro amigo conspiraban para rasgarle sus elegantes trajes y luego asesinarle. Tenía la costumbre de colocar zapatos de mujer distribuidos cuidadosamente trazando un medio círculo. - Me gusta mirarlos - decía cuando le preguntaban la razón.

Morphy no pudo soportar el peso de su fama después de llegar a la cumbre en pocos años. Tras vencer a los mejores de su época en una gira por Europa, regresó a su país y dejó definitivamente de jugar. Terminó odiando el ajedrez. Ni siquiera permitía que se le mencionase nada relacionado. Rechazó todos los premios y reconocimientos que se le ofrecieron por su extraordinaria carrera.

Como ejemplo de las muchas maravillas que produjo el genio Paul Morphy, ver la partida analizada en profundidad en el artículo anterior El juego de la ópera.

Ya han pasado veinticuatro años desde que Carlos Torre se exhibiera en pelotas en el piso de arriba del autobús.

- Ven aquí, Ajedrez - . Curioso nombre, el de su gato preferido. El felino da un salto y se arremolina en su regazo. El hombre, agradecido, lo acaricia dulcemente. Está exhausto. Acaba de ganar una intensa partida a Max Euwe. Como en las anteriores partidas del match, antes de empezar el juego ha dejado a sus dos gatos sobre el tablero, oliendo las piezas. Sabe que esto le ayuda. Al comprensivo Doctor Euwe no le importa. - No creo que Alekhine hiciera eso intencionadamente con ánimo de molestarme - diría años más tarde el doctor.

Alexander Alekhine, fue campeón del mundo desde 1927 a 1935, año en que perdió el título ante Max Euwe. Además de excéntrico, era un alcohólico empedernido. Poco antes del inicio de una de las partidas del match, lo encontraron tendido en un campo cercano completamente ebrio. En otra ocasión, se presentó a dar una exhibición de ajedrez tan borracho que empezó a orinarse en el suelo ante la concurrencia. La exhibición tuvo que anularse debido a la lamentable “exhibición”. En 1937 retó de nuevo a Euwe y le ganó. Fue otra vez campeón del mundo hasta su muerte, en 1946.

Veamos el desarrollo de la sexta partida del match Alekhine-Euwe de 1937.

Hace ahora cuatro años desde que encontraron a Alekhine tirado en el campo durmiendo la mona. Los nazis ya han tomado Polonia y están enviando judíos en masa a los campos de concentración. Esta mañana, un oficial de la Gestapo se ha presentado sin aviso en un sanatorio mental de Varsovia. Le atiende el jefe del servicio de psiquiatría.

- ¿Hay judíos en su clínica?

- No… Bueno, sí. Tenemos a un Gran Maestro de ajedrez, pero está completamente loco.

- Quiero entrevistarme con él. Lo comprobaré yo mismo.

El oficial es conducido a la habitación del enfermo, quien se encuentra tendido en la cama.

- ¿Es usted Akiba Rubinstein?

- Sí, señor.

- Levántese ahora mismo. ¡Venga conmigo!

- ¿Para qué? - responde el paciente levantándose de la cama.

- ¡Para trabajar!

- Ah, a trabajar… ¿A dónde?

- ¡Al campo de concentración!

- ¡Magnífico! ¡Eso me encanta! - dice mientras se coloca el sombrero y se pone la chaqueta.

- ¡Quédese, quédese aquí!

El oficial da media vuelta y se marcha por donde había venido. El polaco se acaba de librar de ser deportado al campo de exterminio de Auschwitz.

Akiba Rubinstein llegó a ser el jugador más fuerte de su tiempo pero no tuvo la oportunidad de disputar el campeonato del mundo, ya que en aquella época el campeón del mundo era quien fijaba las condiciones para disputar la corona a sus adversarios y a menudo exigía elevadas sumas de dinero, como fue el caso de Lasker, contemporáneo de Rubinstein.


Rubinstein sufrió diversos trastornos psíquicos: espasmos nerviosos, timidez patológica, antropofobia (miedo a la gente), hidrofobia (miedo al agua) y manías persecutorias. Pasó los últimos treinta años de su vida en una institución mental.

Ello no le impidió jugar en torneos de élite. Durante un tiempo, una ambulancia lo llevaba cada día desde el manicomio donde vivía a la sala donde se celebraba la competición. Después del juego se lo llevaban inmediatamente.

Era extraordinariamente tímido. En los torneos, después de realizar cada jugada, se retiraba discretamente a un lugar alejado de la mesa “para no molestar al rival”.

No viajó a América a jugar los grandes torneos de New York de 1924 y 1927, por el miedo a viajar en barco, y en las escasas ocasiones en que viajó al Reino Unido lo hizo con los ojos tapados para no ver el mar.


Akiba obtuvo muchos premios de belleza y nos dejó maravillosas partidas. Disfrutemos de “La inmortal de Rubenstein” jugada en 1907.

Estamos de nuevo en la época en que el gato Ajedrez olfateaba las piezas.

- Debería usted hacer más ejercicio - . El hombre de origen letón mira al doctor. Sabe que tiene razón.

Días más tarde empezaría con su nueva rutina. Durante el torneo de ajedrez en que participaba, se empeñó en practicar diversos movimientos gimnásticos. Cuando no le tocaba mover sus piezas, aprovechaba para ir a un rincón de la sala y empezaba con sus estiramientos y genuflexiones. Luego se tumbaba en el suelo boca abajo y se relajaba. Los espectadores no lo podían creer.

Aaron Nimzowitsch, uno de los grandes teóricos del ajedrez del siglo XX, nunca llegó a estar incapacitado por una enfermedad mental, pero sus excentricidades rozaron lo patológico. Tenía curiosas costumbres como la de presentarse a los torneos en pijama.

Se consideró a Nimzowitsch como el tercer mejor jugador del mundo, inmediatamente detrás de sus contemporáneos Alekhine y Capablanca. Nunca jugó con ellos un encuentro por el título.

Nimzowitsch fue un gran teórico que aportó muchas ideas y conceptos al ajedrez. Como ejemplo, ver un fragmento de Mi sistema. Quizás sea el libro de ajedrez más profundo que se haya escrito.

Veamos “La inmortal del zugzwang” jugada en 1923. Se dice que un jugador está en una posición de zugzwang cuando no le queda ningún movimiento útil, y cualquier jugada que realice le es perjudicial. El zugzwang no es sencillo de lograr, ya que supone el grado máximo de supremacía en una posición. Sin duda esta partida de Nimzowitsch se merece el título de inmortal, por el sacrificio de pieza que lleva a la posición final, donde las piezas negras están en perfecta armonía y las piezas negras quedan completamente inmovilizadas.

Estamos ahora a finales de los setenta.

- Él me dio primero.

- Fue sin querer. Luego recibí un puntapié en la espinilla que todavía me duele. Por eso le devolví otra patada.

- Y ayer también me pateaste sin querer, ¿No? Y anteayer.

Aunque parece una discusión entre niños, se trata de dos adultos.

- Señores - , interviene el árbitro de la FIDE con una expresión entre sorprendido y cabreado - . Así no vamos a llegar a ninguna parte. Instalaremos hoy mismo una tabla separadora debajo de la mesa para que no puedan darse más patadas en las siguientes partidas, y problema resuelto.

Anatoly Kárpov y Víktor Korchnói no estaban locos. Pero la presión a la que fueron sometidos durante el campeonato del mundo de 1978, los llevó a una guerra psicológica llena de extravagancias. Ya en las primeras partidas, Korchnói apareció llevando unas gafas de sol con cristales de espejo. Sabía que a Kárpov le gustaba mirar fijamente a los ojos de sus contrincantes. Kárpov no se quedó corto. Contrató un parapsicólogo con la misión de interferir y confundir telepáticamente los pensamientos del rival. Cuando se pidió al parapsicólogo que se retirase de las primeras filas del público, Kárpov dijo: - Se irá cuando tú te quites las gafas - . Más adelante Korchnói se trajo a un par de miembros de una secta hindú para que, a través de la meditación, anularan la influencia del parapsicólogo. También se quejó de que a Kárpov le pasaban mensajes codificados en los yogures que comía durante las partidas. Finalmente, el aspirante perdió y Kárpov siguió ostentando el título de campeón del mundo.

Veamos una de las partidas del campeonato de 1978, con comentarios de Gary Kaspárov.

Septiembre de 2001. De pura casualidad, el personaje se encuentra hoy en la emisora de la Radio Bombo de Manila. La primera de las torres gemelas acaba de derrumbarse hace unos minutos. La radio cubre la noticia y aprovecha para preguntarle su opinión.

- Ya era hora de que le dieran una patada en el culo a los EEUU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América desaparece del mapa.

Pocos años más tarde, tras su muerte, se encontraría en su casa el borrador de una carta que empezaba así: «Estimado Sr. Osama Bin Laden, permítame que me presente. Soy Bobby Fischer, el campeón mundial de ajedrez. En primer lugar, debe usted saber que comparto su odio a… ».

No sólo odiaba a América. Pese a que su madre era judía, su antisemitismo creciente le llevó a afirmar que los judíos habían inventado el holocausto para hacer dinero.

Bobby Fischer. A la derecha, diversos observadores estiran el cuello para observar al genio de catorce años en el Marshall Chess Club de New York.
Robert James Fischer fue uno de los ajedrecistas más geniales, más carismáticos y más polémicos de la historia. Fue campeón de América a los catorce años. Su gran momento fue el duelo contra el campeón del mundo ruso Boris Spassky : el “Match del siglo”, un enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo en plena guerra fría. El campeonato estuvo plagado de incidencias y de extravagantes exigencias del americano. Incluso tuvo que intervenir el propio Secretario de Estado Henry Kissinger para convencer a Fischer de que no abandonara.

Ya antes de empezar el campeonato hubo muchas complicaciones. Veamos un artículo publicado en La Vanguardia en Julio del 72, donde se trata a Fischer de psicótico desequilibrado y se lo compara con otros ajedrecistas que sufrieron trastornos mentales.

Fischer acabaría con el dominio ruso en el tablero desde 1948. Pero tras ganar el título mundial, simplemente desapareció. Tres años más tarde, Kárpov fue declarado campeón del mundo por la incomparecencia de Fischer para defender el título. En su largo ocaso fue creciendo su desequilibrio mental. Su nombre sólo apareció en los medios por diversos escándalos. El hombre que fue un mito llegó a ser perseguido por las autoridades de su propio país. Después de pasar ocho meses en prisión en Japón por viajar con un pasaporte falso, logró asilo en Islandia donde terminó su vida totalmente aislado. Un trágico caso de la historia del ajedrez.

Más allá de su dudosa personalidad, Fischer merece que se lo recuerde por su ajedrez y por lo que hizo por el ajedrez. Su dedicación fue infatigable. Posiciones que durante mucho se habían considerado inferiores, se vieron revitalizadas como consecuencia de su capacidad de observar todo como si fuera nuevo.

Veamos una partida jugada por Fischer a la edad de catorce años, durante el derby neoyorkino entre los clubes “Marshall Chess Club” y el “Manhattan Chess Club” (equipo al que siempre perteneció Bobby).

Bien. Después de esta serie de casos protagonizados por ajedrecistas de primer nivel, uno podría preguntarse: ¿El ajedrez puede llevar a la locura? ¿Es un terreno abonado para el desarrollo de enfermedades mentales? En realidad, estos casos son una minoría en comparación al número de ajedrecistas cuerdos. Digamos que el ajedrez es un juego encerrado en sí mismo, sin conexión con ninguna otra realidad. Un juego solitario cuyo objetivo es destruir al contrario. Personas con obsesiones y tendencias paranoides pueden encontrar en el ajedrez un campo minado. Pero aun así, el ajedrez sería más bien un catalizador, no el origen del problema.

El ajedrez, pues, no significa ninguna amenaza de desarrollo de un desorden psicológico. Más bien al contrario, se ha comprobado que el ajedrez aporta valiosos beneficios a sus practicantes como, por ejemplo, el mejoramiento de la habilidad para planear durante el proceso de toma de decisiones. En la revista Schizophrenia Research, se publicaron los resultados de un estudio que demuestra que jugar ajedrez es una buena terapia para los pacientes con esquizofrenia. Es más, en otro experimento realizado a largo de veintiún años, los científicos concluyeron que la práctica del ajedrez previene contra enfermedades como el Alzheimer y otras formas de demencia. De hecho, no se conocen ajedrecistas que hayan padecido el mal de Alzheimer. (Ver Artículo Ajedrez y Alzheimer de Leontxo García).

Todo es relativo. El escritor británico Gilbert Keith Chesterton, también llamado “el príncipe de la paradoja”, dijo en una ocasión: «La fantasía nunca arrastra a la locura. Lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos. Los ajedrecistas, sí». Curiosamente el propio Chesterton (quien también fue poeta) padecía una dispraxia de desarrollo sin diagnosticar.

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Plástica: Desde Francia, Eugéne Delacroix

El Ave Fénix

Eugéne Delacroix (Charenton - St.Maurice 1798 - París 1863), pintor francés y uno de los máximos representantes del romanticismo.

Su ruptura con el neoclasicismo dominante se manifestó abiertamente en el Salón de 1824, en el que expuso la “Matanza en Quíos”, evocación de un episodio de la guerra de la independencia griega, que manifiesta el interés casi morboso de los románticos por la desgracia de los pueblos que han perdido su libertad.

De su estancia en Gran Bretaña (1825) proviene su admiración por Turner.

De 1827 data su gran lienzo” La muerte de Sardanápalo”, con clara influencia del poeta inglés Lord Byron.

Los lienzos que pintó con temas medievales, muestran pasión romántica y exactitud en los detalles históricos.

Entre éstos encontramos, por ejemplo, “Batalla de Nancy” y “Asesinato del obispo de Lieja”. En el Salón de 1831 expuso la obra ” La Libertad guiando al pueblo”, que mezcla hechos reales ocurridos el 28 de Julio de 1830 en París, con la alegoría femenina de la libertad.

Esta pintura llegaría a convertirse en símbolo mundial de los ideales del ser humano.

Delacroix es considerado, por tener como bandera expresiva el color por sobre la línea, la primera encarnación plástica de los nuevos tiempos.


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Concepto del último hombre en Francis Fukuyama

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para el politólogo estadounidense de origen japonés, plantea que con la caída del muro de Berlín, la historia humana, como lucha entre ideologías ha concluido, con la instauración de un pensamiento único, que da paso a una política y una economía neoliberales.


Su planteo parte de Hegel y Kojève, ahora, supuestamente, sin más luchas entre amos y esclavos, el deseo de reconocimiento se paraliza, de tal modo que la única opción para el pensamiento es acomodarse en el liberalismo democrático, que deviene en un pensamiento único, puesto que las ideologías ya no son necesarios con el triunfo de la economía sobre la política, de tal manera, que los Estados Unidos de América sería la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases, según nos informa Wikipedia.

Para Fukuyama, los nuevos acontecimientos serán sólo los científicos, puesto que la Ciencia aún no ha llegado a sus confines pero pocos académicos apoyaron la tesis de Fukuyama, ya que a la par que se daba la globalización aparecían nuevos fenómenos internacionales como el terrorismo, procesos de integración regional más complejos, los movimientos contra el neoliberalismo en Seattle, las cuales parecían desmentir las creencias que Fukuyama pretendía hacernos creer casi como un dogma.

Fukuyama, nacido en Chicago en 1952, fue uno de los organizadores del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, fundado en 1992, con el fin de promover el liderazgo mundial de los Estados Unidos de América, con una mayoría de miembros republicanos, vinculados a un movimiento neoconservador, lo que hace de tal Proyecto, una organización bastante polémica, para algunos tendiente a la dominación suprema, militar y económica de la tierra, el espacio, incluido el ciberespacio, de parte de los Estados Unidos, para prolongar la hegemonía del Imperio durante el siglo XXI, que trajo como consecuencia la invasión a Irak en el 2003, que redundaría en un rotundo fracaso, afortunadamente pues podría convertir al mundo en algo parecido a lo descrito por George Orwell en su novela 1984.

Durante los años posteriores el autor se haría más crítico de la política exterior estadounidense, de la que se iría apartando paulatinamente, enfrentado en una diatriba grande con los neoconservadores a los que siente que ya no puede apoyar más, dado el unilateralismo gringo y sus acciones en el Medio Oriente.

Según El fin de la historia y del último hombre, publicada en 1989, al darse por terminada la lucha entre ideologías, emergería la figura del último hombre, que es el que haría surgir la democracia liberal, con un triunfo definitivo sobre sus enemigos externos, aunque siempre habría un germen del mal entre los drogadictos, los desamparados, la gente sin hogar, los delincuentes más los daños que se producen sobre el medio ambiente y el frívolo consumismo. Pareciera que la Historia se encargaría ella misma de desmentir su grito triunfalista y desmentirlo.

Methol Ferré señala que Fukuyama intentaría aunar el positivismo científico y tecnológico de un Auguste Comte, con la dialéctica del Amo y del esclavo, que Hegel planteara en la Fenomenología del Espíritu, con la interpretación que hiciera del filósofo alemán, Alexandre Kojève, su divulgador en Francia, en un intento de superar un relativismo pesimista de un Spengler, profeta de la decadencia de Occidente, para dar pie a sociologías modernizadoras como la de Weber y Parsons, de tal forma que la modernización de las sociedades industriales en el capitalismo, democrático y liberal, nos llevarían al paradigma que Fukuyama designa como el Fin de la Historia, con una superación del Ancienne Régime de las monarquías absolutas, del fascismo y del totalitarismo soviético.

De acuerdo con ese esquema las sociedades capitalistas avanzadas como los Estados Unidos de América, Europa Occidental y Japón estarían en el Fin de la Historia, al conjugarse una economía de alta productividad – ahora en crisis – y una democracia liberal que nos adentran en el período de la post-historia, como punto final de la evolución de la humanidad y como forma final del gobierno, sin contradicciones fundamentales, bajo el amparo de una prosperidad económica, de la que ahora podemos dudar perfectamente, a partir del 2008, puesto que tampoco hemos llegado al ideal kantiano de una constitución cívica perfectamente justa, como el más elevado objetivo que la Naturaleza asigna a la especie humana.

Tampoco hay consenso de que de que el hombre a estas alturas del siglo XXI haya adquirido la dignidad humana; aún siguen rondando por el mundo más de un humillado y ofendido, en un contexto en el que la democracia neoliberal se deshace, en medio de sus propias contradicciones, lo cual parece que la historieta de Fukuyama no ha sido más que un mito autosuficiente.

Su visión economicista no explica la democracia liberal y la soberanía popular, mi garantiz de los Derechos Fundamentales, como tampoco valores básicos.

Methol Ferré no niega la búsqueda de reconocimiento que tenemos los seres humanos, como un valor que conlleva la dignidad de cada sujeto.

La antropología básica de Fukuyama es la de Platón, quien consideraba que las tres principales vertientes del ser humano son el deseo, la razón y el espíritu (Thymos).

Llama la atención que Fukuyama haya elegido el concepto de último hombre, el cual en Nietzsche, es un estado de la humanidad bastante degradado, por su conformismo, por su falta de crítica y de rebeldía, estado de camello que el ser humano debe trascender para convertirse en león y finalmente en ese niño que habita siempre en los hombres auténticos, en los hombres de verdad, esos superhombres, que distan muchísimo del ideal nazi, masificador y anulador de la subjetividad, porque el nietzscheano, es aquel que está en una lucha continúa por superarse dentro de su propia singularidad.

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El férreo cemento que es la práctica

Ernesto Montero Campos (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Se han quedado absortos los que encontraron todas las leyes en libros anticuados, los que nunca se movieron de sus pulpitos y creyeron más en el movimiento del cerebro para crear otras realidades. Fue una excepción para aquellos ajenos a la acción práctica, y también para esos que creyeron tan solo en lo objetivo, en lo duro, en los ladrillos; y obviaron lo subjetivo, los sentimientos, al mundo interior, al amor. ¿Cómo es posible que unos pares de mocosos pudieran hacer una tremenda revolución que hasta el cielo aplaudió? ¿Cómo es posible que de unas barbas, nuevamente, salga una nueva filosofía? Hubo excepciones, sí: hubo un Fidel, hubo un Che, un Camilo y demás hombres que entendieron en su ignorancia lo que era verdaderamente el Comunismo.

No habría excepciones cuando se logra interpretar las directivas que el pueblo o masa ya reconoce: El Partido del futuro estará íntimamente unido a las masas y absorberá de ellas las grandes ideas que después se plasmarán en directivas concretas (1). O como diría Fidel que la condición esencial de un revolucionario es saber interpretar la realidad, para luego cambiarla, exigir de que cambie, no creer de que ella está equivocada y nosotros en lo correcto. Es iluso y de tontos tener todo ya escrito y ajustarnos a eso cuando la realidad en cualquier parte de América puede cambiar las líneas generales. El marxismo es eso: la conciencia no crea la realidad, es la realidad quien crea la conciencia. Y claro en Cuba, el partido fue la guerrilla, muy distanciada de los partidos dizques comunistas que poseían una supuesta dialéctica enladrillada o como aportaría luego Cortázar la palabra “quitinosa”. La Guerrilla hizo más que romper el ladrillo, no utilizo ninguno.

Vemos en el Che la utilización ética de Marx, el rescate del Marx - que para algunos es el “Marx Joven”, un equívoco anquilosado en diferentes manuales postmarxistas-sus escritos tan básicos para un comunismo ideal. Como diría Fernando Martínez Heredia:

“Lo más visible y atrayente del pensamiento de Guevara es la actitud inquisitiva que no respeta dogmas ni prejuicios (…) Guevara se opuso realmente al desprecio pragmático por lo teórico, y a la vez al seguidismo intelectual de las líneas políticas”.

Y vemos que eso lo repite en artículos como “¿Qué deber ser un joven comunista?” Plantearse todo lo que no se entienda; discutir y pedir aclaración de lo que no esté claro; declararle la guerra al formalismo, a todos los tipos de formalismo; o en su Diario de Bolivia, como unos ejemplos …por la noche di una pequeña charla sobre el significado del 26 de julio: rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios.

¿Todo esto es una ruptura ideal contra la burocracia revolucionaria o puramente una verdadera vanguardia creadora? Ambas cosas. La vanguardia creadora que rompió la falta de sueños heredada para toda Latinoamérica de la Rusia y China Mercantilistas, que han demostrado que gracias a la incorporación de conceptos capitalistas a la teoría marxista se llega al mismo meollo: Imperialismo.

Volviendo al tema que me interesa, el del rescate que hacer Ernesto Guevara de los textos más jóvenes de Marx. Es muy probable que el REAL SOCIALISMO obviara a propósito los textos del que ellos llaman “Marx joven”, que el Che pudo rescatar y reinterpretar. Discutiendo una vez con el compañero Gustavo Pérez Hinojosa, hablaba de que en su época, no se hablaba de valores, que la cuestión era devorarse tales ladrillos, ser ladrillos, y que ahora tratamos de rescatar valores humanos que en la primera etapa de Marx se encontraban, pero no se podía encontrar en los textos maduros plenamente. Y es que tampoco hubo las ganas de publicar tales textos.

Che desarrolla lo que el Marx maduro, al hacer ciencia, descuida, a lo que tampoco Lenin presta mucho tiempo, ya sea por tener otras tareas históricas teóricas y prácticas más importantes y perentorias, o, porque tenía una concepción distinta a la desarrollada por Che.

Las concepciones marxistas en Cuba, dadas por el Che, o el mismo Fidel, sitúan una parte del marxismo, quizás la parte más acertada, el que predomina todavía, sin contaminarse como lo hicieron los sistemas ruso y chino, principalmente, desligados del hombre, preocupados, sí, por la mercancía.

La revolución cubana se caracterizó desde sus inicios por situar a la persona en el centro.
Y esto no era una forma de calco o copia ni tan solo una creación de la nada, era si rescate de la esencia comunista, del humanismo revolucionario, no burgués; con unos aportes exactos y adecuados para la elaboración correcta de un verdadero comunismo. El Che lo planteaba de este modo:

La Revolución cubana toma a Marx donde éste dejara la ciencia para empuñar su fusil revolucionario; y lo toma allí, no por espíritu de revisión, de luchar contra lo que sigue a Marx, que revivir a Marx «puro», sino, simplemente, porque hasta allí Marx, el científico, colocado fuera de la historia, estudiaba y vaticinaba.

Después Marx revolucionario, dentro de la historia, lucharía. Nosotros, revolucionarios prácticos, iniciando nuestra lucha simplemente cumplíamos leyes previstas por Marx el científico, y por ese camino de rebeldía, al luchar contra la vieja estructura del poder, al apoyarnos en el pueblo para destruir esa estructura y, al tener como base de nuestra lucha la felicidad de ese pueblo, estamos simplemente ajustándonos a las predicciones del científico Marx.

Se podría decir que el representante mayor del marxismo cubano (sin ser cubano) fue y lo es el Che, repudiado por los ladrillos de anteojos y ortodoxos, y amado por los que leyeron poco pero entendieron la realidad en abundancia. Che dentro de Cuba refundó las tesis centrales, para así lograr un desarrollo integral revolucionario: elevar al humano, sacar de él lo más humano que, valga la redundancia, el mundo sea más humano. El Comunismo tiene que ser eso: transformación social, económica, material si es lo que se busca, pero sin obviar lo ideal, lo subjetivo, la conciencia, lo sentimental y fraternal.

Las situaciones varían, variaron en el proceso cubano; muy diferente al de Marx y Engels, al de Lenin, o al de Stalin que cada vez encuadrilaban más lo puro de este movimiento. Hay una situación de la cual no se debe nunca descuidar; la toma de conciencia, pues esta lucha no puede ser de máquinas programadas para solo repetir y repetir. La conciencia abarca todo el proceso revolucionario, desde por qué tengo que cambiar el mundo hasta cómo hacerlo. Interpretar la realidad como se hizo en Cuba, y si lo hacemos antes llevaremos al pueblo a una victoria segura. Fidel en una entrevista en México lo explica de este modo: Pero si ya desde entonces nosotros éramos marxistas; si nosotros pudimos interpretar la realidad de nuestro país, es porque ya habíamos aprendido el marxismo-leninismo y lo habíamos asimilado. O como diría el Che: Es esta una Revolución singular que algunos han creído ver que no se ajusta con respecto a una de las premisas de lo más ortodoxo del movimiento revolucionario, expresada por Lenin: «sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario.» Convendría decir que la teoría revolucionaria, como expresión de una verdad social, está por encima de cualquier enunciado; es decir, que la Revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que intervienen en ella, aun sin conocer teoría.

Demostrando así a los ortodoxos leninistas, que se podría acotar algo al gran Lenin.

PRIMER DOGMA: NO SER DOGMATICO

El ejemplo cubano demuestra como actividad principal la creación de la luz creadora, de esa chispa que tanto se habla pero que para algunos solo se ha quedado en luz de cuento de tinta y papel. Es diferente en esta etapa, Cuba con su aporte hizo no tan solo una revolución nacional, sino cacheteó, reanimó en su momento la esencia marxista: la práctica, el anti dogmatismo, la verdadera revolución dentro y conllevando la práctica.

Nadie puede dudar que la teoría revolucionaria es indudablemente necesaria, pero tampoco no podemos caer en el pragmatismo que toman algunos “leninistas” de que no puede haber praxis revolucionaria sin teoría. Vemos un Camilo Cienfuegos que comprendía la necesidad de un cambio, pero que obviaba el marxismo, pero que a pesar de eso podía considerárselo marxista debido a su interpretación concreta de la realidad. Vemos un Sandino en Nicaragua, revolucionario cabal pero que en la práctica quizás haya dudado en cuanto a teoría marxista, pero que ahora es un icono para toda Latinoamérica. O vemos sacerdotes que se autodefinen como marxistas, cuando antes todo el materialismo era ateo. En este sentido no es que las cosas cambien, ni las ideologías; es la precisión con que la vanguardia real siempre llega a obtener, a pesar de los errores de otros.

Y es que nadie acá viene a tratar con eruditos, nosotros tampoco nos creemos tal cosa; pues, como diría el Che de Marx, en su artículo “Ideología de la revolución cubana “expresa un concepto revolucionario: no solo hay que interpretar la naturaleza, es preciso transformarla”. Es esto lo que venimos buscando, que luego de analizar estas lecturas del Che, salgan y vibren o hagan sentir a los demás que esto es bueno, como en la lectura “Ser un joven comunista” sentirnos orgullosos de nuestra condición de revolucionarios, que no hay sentimiento más lindo que el de querer un mundo mejor. Otro mundo. Que no buscamos meros teóricos que hagan discursos o debates para dos horas, mientras en otros lados hay gente peleando, muriendo por los ideales necesarios y urgentes. Necesitamos si corazones experimentados, y que más experiencia que la vida diaria en esta gran lucha de clases. Hablare en unos términos guevaristas, palabras usadas por el Che:

“EL FÉRREO CEMENTO QUE ES LA PRÁCTICA”

En Cuba, esta vez, un grupo de muchachos utilizó en la práctica el 100% de marxismo que conocían, creyendo así que, al principio con sólo condiciones objetivas se lograría un cambio real. Y lo reconocieron, el Che reconoció la falta de desarrollo de la subjetividad, la certeza que debe estar en cada mente para ganar. Lo reconocieron después de haberlo cometido. Viendo nosotros tal cuestión debemos preocuparnos, ahora, de sembrar dentro de la subversión el sentido místico de que la revolución socialista si puede ser. Sembrar la fe del Che, la de Mariátegui.
La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia:
Está en su fe, en su pasión de voluntad.
Es una fuerza religiosa, mística, espiritual.
Es la fuerza del mito

José Carlos Mariátegui

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