miércoles, 10 de octubre de 2012

Poemas


Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Fantasía
no es lo mismo que fantasmas

No es lo mismo que mitos

Acrecienta tu fantasía
Destruye las mentiras

2

“En el principio era tal cosa o tal otra”.
No hay el principio, le replican.
Sólo cosas con principio.

3

Un árbol solitario.
Solitario para mí,
no para él.

4

Callar es conservar el problema.
Ocultar es aceptarlo.
Mencionar, continuar con él.
Haz el resto.

5

Completa su educación
salió a actuar.
Acierta en sus respuestas, justifica sus errores.


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Escribimos una de las páginas más importantes de nuestra historia


Daniela Saidman (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Inauguramos el siglo XXI con la esperanza empeñada en el futuro, porque elegimos por fin amar lo más libre y lo más hondo de nuestras raíces, risas, llantos, miedos y dudas. Cargamos en nuestras alforjas todo lo que fuimos, lo que no cuenta la historia de los vencedores, para animarnos a transitar la vida seguros de que éramos capaces de tomar el futuro por asalto. Y lo logramos. Durante estos años hemos convertido la utopía en realidad.

Somos hacedores de la historia, parteros del tiempo nuevo. Aunque haya quienes proponen que seamos pasajeros de los días, desde hace más de una década decidimos ser protagonistas y dueños de nuestro futuro.

Con la memoria encendida y los versos todos, con los trazos de la vida, el fuego creador y el barro primigenio, seguiremos pintando escuelas, modelando libros, forjando el mañana a canto y golpe de tambor, porque escribimos juntos y juntas, mano a mano, brazo a brazo, los tiempos que aún están por venir.

Ya no estamos solos, somos pueblo junto, unido, como río indisoluble, como canto llano, como canto selva, con la certeza de nuestros ojos mirando el porvenir luminoso de la Patria buena, la de todos.

Hoy, escribimos una de las mejores páginas de nuestra historia, la que le debemos a nuestros hijos e hijas, las que soñaron antes para nosotros nuestros padres y abuelos, la que seguro le legaremos a las generaciones que están por venir. Escribimos nuestra historia, elegimos cómo queremos vivir el futuro, cómo queremos que nos recuerden nuestros nietos. Hoy, estamos naciendo los días que vienen, hoy somos voz de todos, para seguir edificando un país más justo, más libre, más tierno y soberano. Hoy, ya somos el futuro.


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Piazzolla en mí


Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No había soles
en mis noches,
ni mañanas con lunas,
yo sólo aguardaba el arcoíris,
después de la lluvia.

Pero quiso la noche
que un bandoneón,
despertara mis sueños,
con la voz de un ángel,
tarareando una milonga.

Tu música desahoga mis cielos,
desentraña mis mundos…
y mi piel apasionada recorre
con aires de tango.

Tu música enciende mi alma
con placeres y goces
y en celo, deseo…
que sea sólo mía.


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José Mas Akre, Señor de la Vida y de la Muerte

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-¡Mirá vos! Yo que pensaba que esa enfermedad solo atacaba a los buenos. Parece que se enfermó el rey, comentó Belén a su amigo Tomás mientras leía los titulares de los diarios, esa mañana que la primavera no terminaba de despertar.
-Bueno, ¿Qué cosa se te ocurre? Respondió Tomás mucho más centrado en pensamientos que ella. Convengamos que todos podemos enfermar, es duro pero real.
-Claro, respondió Belén, sin prestar atención a esa respuesta, absorta como estaba en la descripción de la enfermedad del rey entronizado a fuerza de prepotencia matona.

Las noticias hablaban de José Mas Akre, Señor de la Vida y de la Muerte, según rezaba el diploma honorífico que describía el alcance que tendría su reinado en tiempos en que la humanidad era devorada por los sistemas inalámbricos que, como si fueran coladores, permitían que toda noticia que se produjera en el lugar más apartado del planeta, escapara por los agujeros para tener repercusión inmediata.



José Mas Akre era un personaje de bajísima moral, amante de las discordias y como rezaba su lema, Señor de la Vida y de la Muerte.
Allí donde posara su mirada hierática, fría y calculadora, la historia tenía la particularidad de mutar de pronto.
El decidía sobre todos los habitantes del reino, aún cuando éstos habitaran en otras zonas. Lucía una sonrisa que parecía plastificada, típico de la gente que no sonríe desde el alma.
Cuando enfermó, como enferma todo el mundo alguna vez, no produjo alegría en la gente que era muy distinta a él.
Digo, esa gente por cuyas venas corría la sangre humana, esa que no comparte siquiera el factor de los que rinden culto al espanto.
A diferencia suya que cuando asesinaba, utilizando para el trabajo sucio a un grupo nutrido de sicarios, salía a celebrar el crimen como corresponde a todos los que se nutren de la muerte.
Crimen, violación, desaparición, todo estaba definido en su propio diccionario en el que la palabra vida iba seguida de un “hasta que se me antoje”.

Belén, leyendo la noticia de su enfermedad, por esas cosas extrañas de la psiquis, recordó un episodio vivido hace tiempo atrás, mientras pasaba unos días en casa de su padre.
Sucedió un mediodía de esos en los que el sol pierde su vergüenza y se torna irrespetuoso, abrasando hasta los esqueletos, clavándose entre adiposidades, músculos y tendones, haciendo que la piel parezca un gran río salado dibujado en cada anatomía.
En momentos en que ella iba a tender ropa, sobre el césped reseco, vio una culebra cuya cabeza apuntaba hacia las patas de una paloma torcaza que comía las miguitas de pan con las que su padre las alimentara cada día.
Ante la imagen, Belén, sintiendo ausencia de su capacidad defensiva, solo atinó a gritar:
-¡¡¡Paaaaaaaaaa!!!, en clarísima alusión a su padre, quien acudió presuroso al llamado intuyendo que la voz de su hija anunciaba algún peligro inminente.
Belén solo atinó a espantar a la palomita que alzó vuelo, tal vez desconcertada, dejando su almuerzo inconcluso.
Su padre tomó una pala cuyo filo se incrustaba, en momentos normales, sobre la tierra arenada para quitar las malezas. Esa vez, en cambio, impactó sobre lo que podría decirse que era el cogote de la alimaña en el supuesto caso que tuvieran cogote.



El bicho repulsivo hizo dos o tres contorsiones, como si danzara su último cadereo invertebrado sobre el césped.
Y murió con su carga de veneno atragantado, sin tiempo como para descargarlo sobre las patitas indefensas de la torcaza.
Belén recordaba la escena y volvió a situarse en ese tiempo. Volvieron las palabras que sucedieran a esa visión de la muerte por “asesinato”.
-Ay pa, ¡La mataste! Pobre bicho, no se como pudiste hacerlo.
-¡Nena! respondió el padre sin tener en claro que la “nena” ya no era tal sino una mujer casi a punto de hacer su entrada a la tercera edad cuando menos quisieran pensarlo.
-Era una yarará, no puedo ver a esos bichos repugnantes, muchas veces andan por acá. Todo lo que se acerca sin hacer ruido, lo que se arrastra y no avisa su llegada me resulta insoportable. ¡Qué la parió!
-A mí también, pa, pero la muerte me espanta, llegue por el motivo que llegue con o sin aviso. Hasta me causa horror la de una alimaña, me da un poco de cosita, ¿Viste?
-¡Vos siempre tan romántica, qué cosa más grande! Y eso que casi te morís vos del susto, murmuraba el viejo mientras metía en una bolsa el cadáver al que ni el calor de ese mediodía pudo entibiar un poco.

-¿Qué pensás? Preguntó Tomás cuando notó que Belén parecía mirar hacia un pasado traído de los pelos, de repente.
-Nada, respondió Belén, nada. Recordaba la historia casera de una culebra a punto de picar las patitas de una torcaza que comía miguitas de pan, un mediodía de sol abrasador, antes de que mi viejo la matara.

-Volviendo al tema, yo que pensaba que esa enfermedad atacaba solo a los buenos, repitió Belén.
-No, ataca a cualquiera, respondió su amigo.
-Si, si, pero es que la muerte me espanta llegue por el motivo que llegue, expresó Belén.
-Por supuesto, afirmó Tomás. Por supuesto y eso es, justamente, lo que nos diferencia.
-Che, ¿Y cómo saldrá de su enfermedad José Mas Akre?
-Ojalá la supere, tal vez esto le sirva para comprender que aunque tenga el título de Señor de la Vida y de la Muerte, también es vulnerable a ese designio.
-Ay Tom, me parece que a vos también te espanta la muerte.
-¡Claro que sí! Lo que no se es que tendrá que ver José Mas Akre con la culebra que matara tu padre. Mira que tienes facilidad para saltar de un tema al otro, mujer.
-Seee, en serio que sí, respondió Belén. Pero creéme, volví a sentir pena por la culebra.


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Cruceros por el Caribe: Cuba vetada por el bloqueo


Luz Marina Fornieles Sánchez (AIN. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Añejo, pero aún así aferrado a sus pérfidos fines, el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba sigue, a sus más de 50 años, clasificando como violador del Derecho Internacional, contrario a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y devenido una trasgresión al derecho a la paz, el desarrollo y la seguridad de un Estado soberano.

Tan flagrante amenaza contra la estabilidad de un país ha tenido en sus últimas etapas una incidencia particularmente negativa sobre la economía doméstica. Tal es el caso de la industria turística cubana, con énfasis en la modalidad de los cruceros.

Específicamente en esa dirección, la Enmienda Torricelli (1992) prohíbe tocar radas en los dominios norteños por un plazo de 180 días a los buques que lo hayan hecho antes en algún puerto de la Isla.

Empresarios consultados sobre esa última variante, coincidieron en reconocer que todo el mundo está interesado en venir a La Habana, pero ninguna (compañía) puede porque las penalizan (en Estados Unidos).

“Las leyes son implacables...”, se lamentaron.

La infraestructura instalada en la Isla tiene capacidad para recibir unas 600 escalas en tres puntos y un millón de pasajeros, han señalado autoridades del patio relacionadas con las terminales de la capital, Cienfuegos y Santiago de Cuba.

A esas condiciones ya existentes, se suman otros atributos de la nación para el turismo internacional, en general, y del crucerismo en particular, como son balnearios de calidad, hospedajes con confort, un valioso patrimonio cultural, reconocidos índices de salud y educación, así como el ofrecimiento de un destino seguro, sustentable y pacífico.

Las Agencias turísticas Cubatur y Viajes Cubanacán tienen entre sus objetivos la captación de los cruceros que circulan por el Caribe. Frente a La Habana y otras ciudades de la ínsula navegan 140 embarcaciones de esa índole que operan en el área.

Los grupos navieros norteamericanos, que dominan el mercado universal, se muestran ansiosos de enviar sus hoteles flotantes a Cuba; sin embargo, el cerco de la Casa Blanca lo impide. De no existir esa determinación, se calcula que de siete millones de estadounidenses que compran vacaciones para desandar por mar el mencionado entorno geográfico, al menos un millón visitaría anualmente las terminales cubanas.

Recientemente la Cancillería cubana notificó que el siete de marzo de 2012 se conoció que la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), de los Estados Unidos, envió una carta a la empresa Havana Ferry Partners, de La Unión, denegando su solicitud de licencia para operar una ruta de Ferry entre Florida y La Habana, al argumentar que la misma iba más allá del ámbito de la política actual hacia la Antilla Mayor.

Y por si esas cifras y datos no bastaran para comprender el por qué este destino ha sido vetado, sépase que el 90 por ciento de la industria naviera posee capitales norteamericanos.

Como se advierte no solo es el archipiélago el sitiado, sino que el poderoso vecino se bloquea a sí mismo, pues la apertura de esos vínculos representaría para ellos más ganancias por la ampliación de su giro del ocio, la creación de nuevas fuentes de empleo y la adquisición de más clientes para su esfera agrícola.

Por obra y gracia del genocida bloqueo imperial, Cuba sigue enfrentando limitaciones de este corte contra su desenvolvimiento económico; en tanto pasajeros de los cruceros por el Caribe continúan mirando a la distancia a la “Isla Maldita” y sus itinerarios se vuelven una telaraña en torno al territorio nacional, cuyos puertos seguros...están prohibidos.


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Américo


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Américo te llamabas
no recuerdo tu apellido
lo vi después
en el diario
pero no te olvido.

Una noche de verano
por Corrientes
a las tres
te vi volar
de un quinto piso
volaste una sola
vez

Américo
no es un pájaro
ni tiene
paraguas de seda
reventó de pronto
sobre la vereda

Corrientes
no es destino
ni recuerdo
ni camino
de miel negra
es una calle blanca
con piso de piedra

Quedaron tus sesos
quietos
sobre la vereda:
un vigilante los pisó
con cuidado se limpió
y después con gran respeto
con un diario los cubrió

Te tiraste a volar
descalzo
después de mucho
andar
recuerdo tus pies
sucios
de no poder
aguantar

Te vi caer
te vi caer
te vi caer
y yo nada
pude hacer

Una noche de verano
por Corrientes
a las tres
te vi volar
de un quinto piso
volaste una sola
vez.


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La picadura del escorpión


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Se le atribuye a Esopo aquella fábula del escorpión que pide a una rana le ayude a cruzar el río, con la promesa de no hacerle daño alguno. La rana accede subiéndole a sus espaldas, pero cuando están a mitad del trayecto el escorpión pica, vierte su veneno, a la rana. ¿Cómo has podido hacer algo así?, le dice la randa, ahora moriremos los dos. Y el escorpión se disculpa "no he tenido elección, es mi naturaleza".

Para Fernando Villarán, ingeniero industrial, ex ministro de Trabajo del Perú, promotor del desarrollo de la pequeña y mediana empresa en América Latina, en su reciente libro “La picadura del escorpión”, atribuye la crisis global, la peor en la Historia del planeta, a la desnaturalización del modelo de libre mercado por la exaltación de la codicia a límites inimaginables.

El desempleo creciente, la profundización de la pobreza, la desestabilización democrática, los síntomas cada vez más graves de la catástrofe ecológica y la quiebra del sueño americano de la casa propia, tienen que ver con aquel aguijón del escorpión (las grandes y más antiguas corporaciones) a la rana (las poblaciones más endebles) antes de que alcance la orilla para construir aquello que exige la primigenia filosofía liberal: el crecimiento económico con oportunidades para todos.

La incursión desmedida y delictiva de la banca privada en la actividad financiera, el apalancamiento con poco dinero, el predominio de los grandes conglomerados empresariales, la fragilidad reguladora del Estado y sobre todo la quiebra de la Ética por parte de los banqueros, deben ser revisados y sancionados para encontrar vías que superen la crisis global y vislumbrar un nuevo horizonte alejado de la embriaguez del consumismo infinito y perverso en desmedro de los más débiles.

Después de tres años y medio de trabajo, incluyendo 11 meses de redacción, Fernando Villarán presenta su obra, escrita para un público amplio, con bastante información, temas polémicos, anécdotas personales y propuestas. Intenta responder a las preguntas: ¿Cómo se produjo y cuáles fueron sus consecuencias del drama actual? Luego, con el análisis de las causas de la crisis, sus posibles correctivos y salidas, trata de responder a ¿por qué ocurrió todo esto, cómo podemos enfrentar sus efectos y cómo se puede evitar que se repita en el futuro?

En efecto el debate está abierto. El liberalismo y el neoliberalismo no plantean la superación de la desigualdad, porque la igualdad es un principio ético, que implica diversos factores y esfuerzos para poder modificar el bienestar de todos.

Las empresas corruptas y corruptibles diseñan el mercado, liberan de los intereses privados, no promueven el bien común, cuando sus obligaciones deben ser pleno empleo, respetar la Ley.

En los EEUU, la excesiva concentración de la riqueza en pocas y grandes empresas, afecta a la clase media y a los obreros que disminuyen sus ingresos. Por los menos en las últimas tres décadas no funcionaron las oportunidades liberales planteadas para disminuir las desigualdades.

En cambio, en Alemania, Japón, China la pequeña y mediana empresa son las principales empleadoras que han cumplido un rol valioso en el desarrollo de la economía. La innovación es una propuesta en la que coinciden liberales y keynesianos.

La tercera posición, la de los investigadores de izquierda democrática, considera al liberalismo con mayor Estado y regulación, para constituir el motor moderno que genera riqueza. No es aceptable para ningún ciudadano del mundo, por ejemplo, que España, uno de los países que al ingresar a la Unión Europea desarrolló y estabilizó relativamente su economía, ahora tenga desempleada al 50% de su población joven y al 25% de su población adulta y resurjan explicables posiciones como la de Cataluña, exigiendo la desmembración de la Monarquía.

Los culpables de la gran crisis son el Estado y los Bancos. En países como China, India, Brasil, el sector financiero es muy fuerte y al servicio de la promoción empresarial, de la innovación. Solo el Banco del Estado de Brasil es más grande que el Banco Interamericano de Desarrollo- BID. La Banca alemana y CORFO chilena son otros ejemplos a seguir.

Para el autor, la educación de calidad desde la primaria rural y superior. Una mayor conciencia del rol que cumplen los medios de comunicación dominados por intereses corporativos, distraen la capacidad de presión y movilización de la sociedad. Y rol promotor y regulador del Estado, podrán ayudar a quitar el velo de la ideología liberal equivocada que sigue pensando que la realidad del Siglo XXI sigue siendo la misma del XXI.

--

Nota del Editor.

"La picadura del escorpión", editorial Planeta, fue presentada en el Centro Cultural Petroperú, empresa pública que ha reiniciado su ingreso al upstream. Además de la explotación y comercialización de hidrocarburos ha emprendido una intensa alianza con las manifestaciones culturales: como el auspicio de los Premios Nacionales, incluyendo en seis lenguas nativas, la continuidad del Premio literario Copé.
Participaron en la primera presentación del libro: H. Campodónico, presidente de la empresa anfitriona, R.Abusada, J.Iguiñez y J.C.Tafur. En la foto, Villarán delante de El puente Q´eswachaka, una obra de ingeniería y tradición andina hace más de 600 años, único puente colgante hecho de fibra vegetal (ichu) que no utiliza ningún material ni técnica moderna. Esa zona está liberada de escorpiones.


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Simbiosis entre putas y un ermitaño


Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El ermitaño Arminio
Que fue obispo en Lobes
Acordaos de san Saturio
En las afueras de Soria, por ejemplo
Que viven por virtud
O pene- itencia en el yermo
Se encontraba en todas esas fluctuaciones
Del espíritu y la carne
Entre las cuales oscilaba
En una superposición de varios cielos
E infiernos de períodos diversos
Donde la epidemia de su espiritualidad
Estaba siendo reproducida
A través de su polla
Ahora experimentada
En la locura de una perturbación
Que dura hasta el momento
En que se recupera un nuevo equilibrio
Y deja de estar dura
Apretando entre los dedos
Una pequeña porción de la piel
Hasta causar dolor leve o sutil dulzor
Que lo mismo sucede, pensaba
En el medio del chisme
Que se coloniza o se ha colonizado
Como le pasó a él mismo
Al visitar a unas putas de un piso
En la calle Virgen del Manzano, en Burgos
Donde encontró ese espacio ecológico vacío
Ese “nicho ecológico” desocupado
Y recordó esa intromisión espontánea
O introducción voluntaria o involuntaria
De frailes y misioneros
Que en la Isla de Jamaica, cual Mungos mungo
O Herpestes griseus
Se beneficiaron de hembras arroceras
Entre las plantaciones de caña de azúcar
Que, una vez que acabaron con ellas
Se dedicaron a atacar a las gallináceas
Domésticas y montaraces
A las tipo tortuga
A las culito-de-rana
(Recuerda: “Santa, santa
Culito de rana
Sino follas hoy
Follarás mañana”)
Y hasta las pescadoras del litoral marino
Siendo un verdadero azote de dios y del diablo
Caso análogo sucedido en Australia
Donde la presencia de estos carnívoros
De sotana y espada
Acabó con el conejo de campo y de casa
Haciendo verdad que:
“La introducción de una especie más favorecida
En la lucha por la existencia y la creencia en el culo
Resulta desventajosa
Para una especie preexistente
Estableciendo una competencia fatal para la especie”
Acordaos, hermanos
De la competencia entre la rata negra y la rata parda
Epimys rattus y Epimys norvegius
La primera originaria de Persia
Inspiradora de las Mil y Una Noches
Alf layla wa-layla, en árabe
O Hazār-o yak shab, en persa
Célebre recopilación de cuentos árabes del Oriente
Residente en Europa antes de Cristo
Suplantada después por la segunda
Que atravesando el Volga a pies juntillas
Sin hacerle mella terremotos
Y consiguientes escaseces
Desde el nordeste del Caspio
Se instaló en Occidente
Apareciendo en Paris, cuando la Revolución Francesa
Y hasta en Inglaterra y Norteamérica
Viniendo a España capitidisminuida
Limitándose a vivir en las tabernas
Los Palacios y los Congresos
Ved: en meditación como está Arminio
Y habiendo levitado hasta la séptima morada
Se le ve pasar la lengua
Por entre y fuera de los labios
En forma gozosa y deleitosa
Porque sueña en la ostra portuguesa
Que invadió los bancos ostrícolas
Del Golfo de Vizcaya
Suplantando a la francesa
Como así le sucedió a él mismo
Con la puta del Moulin Rouge
En el Pigalle de Paris
Que creyendo que era francesa
Resultó ser gallega
Pues le hizo una “muñeira” antes del coito
Y después del coito
Sintiéndose en simbiosis mística
Como la del cangrejo Dromia vulgaris
Y la esponja Suberites domuncula
Que lo enmascara.


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Crítica literaria: “Nada se oponen a la noche”, de Delphine de Vigan


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Delphine de Vigan
Nada se oponen a la noche
Traducción de Juan Calor Durán
Anagrama

Cantar en versos sentidos o narrar con buena prosa la historia de una familia es arte común en la poesía y la novela. La escritura, verso o prosa, es un venero fluyente, inagotable, al que acudir a rememorar las vivencias familiares, el recuerdo de la juventud y el trajinar de la lucha diaria por la vida. Así, hasta la fecha, viene sucediendo, y, creo que, pese a todas las modernidades, continuará borboteando la música de las palabras como fuente literaria. Y no hablemos de los adioses queridos y no menos añorados, las vivencias de las sagas familiares. Es esto lo que encontrará el lector si decide asomarse a esta escritura literaria que se inicia como una investigación policial que indaga por medio de una serie de pistas lograr a través de los medios más cotidianos ir componiendo y poner en claro los enigmas intrínsicos del posible suicidio de una madre. Compleja aventura que le exige a la propia escritora un ejercicio narrativo de difícil equilibrio para que la narración sencilla y a la vez compleja sea transparente y pueda mantener, pese a los riesgos que la trama impone su inquietante lectura para quienes han abierto el libro entre sus manos. Apuesta que se logra en acto de valentía de sencilla grandeza en estos tiempos tan chabacanos y ambiguos como los que nos infectan.

La escritora francesa ofrece al lector en esta historia que flota sobre el éxito en su país, Francia, en 2011, con 500.000 ejemplares vendidos, con esta emocional estrategia literaria autobiográfica, en la que la desnudez y claridad expositiva muestra con valentía toda la endemoniada que ha sido la vida de su madre. Esta es la trama de la novela, necesidad vital transportada a la esfera literaria iniciada tras la muerte de ella. Una reconstrucción de la personalidad de una mujer atípica, inconformista que se enfrenta en diferentes facetas de su vivir con todas las consecuencias múltiples favorables y desfavorables experiencias con una voluntad que impresiona por ese pulso que mantiene consigo misma entre fallecimientos y resurrecciones, propio de su carácter siempre al borde de los desequilibrios en el filo del abismo de la locura, pero sin perder en ningún momentos el cariño y la intimidad de los suyos pese a dolor y la carga sicológico que significó la bárbara actitud del padre que llegó a violarla. Un Pulso frente al espejo de la escritora que en más de una ocasión en el transcurso de este drama real produce honda angustia en ella misma consiente de lo que está escribiendo para hacerlo público, lo que no deja de ser un verdadero desafío y valentía no muy usual en este género literario por el desequilibrio que sin ninguna duda.

Porque como la misma autora e hija del complejo personaje manifiesta: “Escribo de Lucile, mi madre, con mis ojos de niña que creció demasiado deprisa, escribo ese misterio, que siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana, ella, que, desde que cumplí diez años, nunca más me cogió en brazos” sin embargo la densidad humana de esta hija que se arriesga con una decisión emocional admirable de total entrega, para dar vida real a tan compleja personalidad de la mujer que la dio la vida. Muestra valiente y desafiadora deseosa de cerrar heridas abiertas muchos años atrás. Fruto de toda una “silenciosa negociación consigo misma, pensaba que no me gustaría nada introducir ficción, y que no tendría en llenar de lagunas”. Historia densa y emocional que rompe moldes y saltas todas las fronteras de lo común y hábitos rutinarios de quien calculando los pros y los contras, optó pese a los riesgos y consecuencias, pagar una altísima factura antes de llevar una vida vegetal, simplemente un objeto anodino, soportando el abuso familiar que es en verdad el golpe durísimo incrustado en su mente.


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Represión en Totonicapán, Guatemala


ARGENPRESS CULTURAL




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Leyendo a los clásicos: El licenciado Vidriera


Miguel de Cervantes Saavedra

Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol, durmiendo, a un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador; mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por solo que le diese estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí, y escribir también.

-Desa manera -dijo uno de los caballeros-, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria.

-Sea por lo que fuere -respondió el muchacho-; que ni el della ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella.

-Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? -preguntó el otro caballero.

-Con mis estudios -respondió el muchacho- siendo famoso por ellos; porque yo he oído decir que de los hombres se hacen los obispos.

Esta respuesta movió a los dos caballeros a que le recibiesen y llevasen consigo, como lo hicieron, dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella Universidad a los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Tomás Rodaja, de donde infirieron sus amos, por el nombre y por el vestido, que debía de ser hijo de algún labrador pobre. A pocos días le vistieron de negro, y a pocas semanas dio Tomás muestras de tener raro ingenio, sirviendo a sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia, que, con no faltar un punto a sus estudios, parecía que sólo se ocupaba en servirlos; y como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor a tratarle bien, ya Tomás Rodaja no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la Universidad por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido. Su principal estudio fue de leyes; pero en lo que más se mostraba era en letras humanas; y tenía tan felice memoria, que era cosa de espanto; e ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era menos famoso por él que por ella.

Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se fueron a su lugar, que era una de las mejores ciudades de la Andalucía. Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse. Ellos, corteses y liberales, se la dieron, acomodándole de suerte, que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.

Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió de Málaga (que ésta era la patria de sus señores), y al bajar de la cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentilhombre a caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados también a caballo. Juntóse con él y supo como llevaba su mismo viaje; hicieron camarada, departieron de diversas cosas, y a pocos lances dio Tomás muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y cortesano trato, y dijo que era capitán de infantería por Su Majestad, y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca. Alabó la vida de la soldadesca; pintóle muy al vivo la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milán, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías; dibujóle dulce y puntualmente el aconcha, patrón; pasa acá, manigoldo; venga la macatela, lipolastri, e limacarroni. Puso las alabanzas en el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero no le dijo nada del frío de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal della. En resolución, tantas cosas le dijo, y tan bien dichas que la discreción de nuestro Tomás Rodaja comenzó a titubear, y la voluntad a aficionarse a aquella vida, que tan cerca tiene la muerte.

El capitán, que don Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomás, le rogó que se fuese con él a Italia, si quería, por curiosidad de verla; que él le ofrecía su mesa, y aun si fuese necesario, su bandera porque su alférez la había de dejar presto. Poco fue menester para que Tomás tuviese el envite, haciendo consigo en un instante un breve discurso de que sería bueno ver a Italia y Flandes, y otras diversas tierras y países, pues las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos, y que en esto, a lo más largo, podía gastar tres o cuatro años, que añadidos a los pocos que él tenía, no serían tantos, que impidiesen volver a sus estudios. Y como si todo hubiera de suceder a la medida de su gusto, dijo al capitán que era contento de irse con él a Italia; pero había de ser condición que no se había de sentar debajo de bandera, ni ponerse en lista de soldado, por no obligarse a seguir su bandera. Y aunque el capitán le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaría de los socorros y pagas que a la compañía se diesen, porque él le daría licencia todas las veces que se la pidiese.

-Eso sería -dijo Tomás- ir contra mi conciencia y contra la del señor capitán; y así, más quiero ir suelto que obligado.

-Conciencia tan escrupulosa -dijo don Diego- más es de religioso que de soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas.

Llegaron aquella noche a Antequera, y en pocos días y grandes jornadas se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que comenzaba a marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras cuatro por los lugares que le venían a mano. Allí notó Tomás la autoridad de los comisarios, la incomodidad de algunos capitanes, la solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores, las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes más que los necesarios, y, finalmente, la necesidad casi precisa de hacer todo aquello que notaba y mal le parecía.

Habíase vestido Tomás de papagayo, renunciando los hábitos de estudiante, y púsose a lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los muchos libros que tenía los redujo a unas Horas de Nuestra Señora y un Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba. Llegaron más presto de lo que quisieran a Cartagena, porque la vida de los alojamientos es ancha y varia, y cada día se topan cosas nuevas y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí notó también Tomás Rodaja la extraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo más del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas. Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en el golfo de Leon, que tuvieron dos, que la una los echó en Córcega, y la otra los volvió a Tolón, en Francia. En fin, trasnochados, mojados y con ojeras, llegaron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y desembarcándose en su recogido mandrache, después de haber visitado una iglesia dio el capitán con todas sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas con el presente gaudeamus.

Allí conocieron la suavidad del Trebiano, el valor del Montefrascón, la fuerza del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candia y Soma; la grandeza del de las Cinco Viñas, la dulzura y apacibilidad de la señora Guarnacha, la rusticidad de la Chéntola, sin que entre todos estos señores osase parecer la bajeza del Romanesco. Y habiendo hecho el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de hacer parecer allí, sin usar de tropelía, ni como pintados en mapa, sino real y verdadexamente, a Madrigal, Coca, Alaejos, y a la Imperial más que Real Ciudad, recámara del Dios de la risa; ofreció a Esquivias, a Alanís, a Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se le olvidase de Ribadavia y de Descargamaría. Finalmente, más vinos nombró el huésped, y más les dio, que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco.

Admiráronle también al buen Tomás los rubios cabellos de las genovesas y la gentileza y gallarda disposición de los hombres, la admirable belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas, como diamantes en oro. Otro día se desembarcaron todas las compañías que habían de ir al Piamonte; pero no quiso Tomás hacer este viaje, sino irse desde allí por tierra a Roma y a Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la gran Venecia y por Loreto a Milán y al Piamonte, donde dijo don Diego de Valdivia que le hallaría, si ya no los hubiesen llevado a Flandes según se decía. Despidióse Tomás del capitán de allí a dos días, y en cinco llegó a Florencia, habiendo visto primero a Luca, ciudad pequeña, pero muy bien hecha, y en la que, mejor que en otras partes de Italia, son bien vistos y agasajados los españoles. Contentóle Florencia en extremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, sumptuosos edificios, fresco río y apacibles calles. Estuvo en ella cuatro días, y luego se partió a Roma, reina de las ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias y admiró su grandeza; y así como por las uñas del león se viene en conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes, por su famoso y santo río, que siempre llena sus márgenes de agua y las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que en ellas tuvieron sepultura; por sus puentes, que parece que se están mirando unas a otras, y por sus calles, que con solo el nombre cobran autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la vía Apia, la Flaminia, la Julia, con otras deste jaez. Pues no le admiraba menos la división de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan la grandeza y majestad romana. Notó también la autoridad del Colegio de los Cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y habiendo andado la estación de las siete iglesias, y confesádose con un penitenciario, y besado el pie a Su Santidad, lleno de agnusdeis y cuentas, determinó irse a Nápoles, y por ser tiempo de mutación, malo y dañoso para todos los que en él entran o salen de Roma, como hayan caminado por tierra, se fue por mar a Nápoles, donde a la admiración que traía de haber visto a Roma, añadió la que le causó ver a Nápoles, ciudad, a su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa, y aun de todo el mundo.

Desde allí se fue a Sicilia, y vio a Palermo, y después a Micina: de Palermo le pareció bien el asiento y belleza, y de Micina, el puerto, y de toda la isla, la abundancia, por quien propiamente y con verdad es llamada granero de Italia. Volvióse a Nápoles y a Roma, y de allí fue a Nuestra Señora de Loreto, en cuyo santo templo no vio paredes ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas, de cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos de cera y de pinturas y retablos, que daban manifiesto indicio de las inumerables mercedes que muchos habían recebido de la mano de Dios por intercesión de su divina Madre, que aquella sacrosanta imagen suya quiso engrandecer y autorizar con muchedumbre de milagros, en recompensa de la devoción que le tienen aquellos que con semejantes doseles tienen adornados los muros de su casa. Vio el mismo aposento y estancia donde se relató la más alta embajada y de más importancia que vieron, y no entendieron, todos los cielos, y todos los ángeles, y todos los moradores de las moradas sempiternas.

Desde allí, embarcándose en Ancona, fue a Venecia, ciudad que a no haber nacido Colón en el mundo, no tuviera en él semejante: merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico, para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo antiguo; la de América, espanto del mundo nuevo. Parecióle que su riqueza era infinita, su gobierno prudente, su sitio inexpugnable, su abundancia mucha, sus contornos alegres, y, finalmente, toda ella en sí y en sus partes digna de la fama que de su valor por todas las partes del orbe se extiende, dando causa de acreditar más esta verdad la máquina de su famoso arsenal, que es el lugar donde se fabrican las galeras, con otros bajeles que no tienen número.

Por poco fueran los de Calipso los regalos y pasatiempos que halló nuestro curioso en Venecia, pues casi le hacían olvidar de su primer intento. Pero habiendo estado un mes en ella, por Ferrara Parma y Plasencia volvió a Milán, oficina de Vulcano, ojeriza del reino de Francia, ciudad, en fin, de quien se dice que puede decir y hacer; haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo, y su maravillosa abundancia de todas las cosas a la vida humana necesarias. Desde allí se fué a Aste, y llegó a tiempo que otro día marchaba el tercio a Flandes. Fue muy bien recebido de su amigo el capitán, y en su compañía y camarada pasó a Flandes, y llegó a Amberes, ciudad no menos para maravillar que las que había visto en Italia. Vio a Gante, y a Bruselas, y vio que todo el país se disponía a tomar las armas para salir en campaña el verano siguiente. Y habiendo cumplido con el deseo que le movió a ver lo que habia visto, determinó volverse a España y a Salamanca a acabar sus estudios, y como lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada, que le rogó, al tiempo de despedirse, le avisase de su salud, llegada y suceso. Prometióselo ansí como lo pedia, y por Francia volvió a España; sin haber visto París, por estar puesta en armas. En fin, llegó a Salamanca, donde fue bien recebido de sus amigos, y con la comodidad que ellos le hicieron prosiguió sus estudios hasta graduarse de licenciado en Leyes

Sucedió que en este tiempo llegó a aquella ciudad una dama de todo rumbo y manejo. Acudieron luego a la añagaza y reclamo todos los pájaros del lugar, sin quedar vademecum que no la visitase. Dijéronle a Tomás que aquella dama decía que había estado en Italia y en Flandes, y por ver si la conocía, fue a visitarla, de cuya visita y vista quedó ella enamorada de Tomás; y él, sin echar e ver en ello, si no era por fuerza y llevado de otros, no quería entrar en su casa. Finalmente, ella le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda; pero como él atendía más a sus libros que a otros pasatiempos, en ninguna manera respondía al gusto de la señora, la cual, viéndose desdeñada y, a su parecer, aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podía conquistar la roca de la voluntad de Tomás, acordó de buscar otros modos, a su parecer; más eficaces y bastantes para salir con el cumplimiento de sus deseos. Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le forzase la voluntad a quererla; como si hubiese en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes a forzar el libre albedrío; y así, las que dan estas bebidas o comidas amatorias se llaman venéficas; porque no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno a quien lo toma, como lo tiene mostrado la experiencia en muchas y diversas ocasiones.

Comió en tal mal punto Tomás el membrillo, que al momento comenzó a herir de pie y de mano como si tuviera alferecía, y sin volver en sí estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo con lengua turbada y tartamuda que un membrillo que había comido le había muerto, y declaró quién se le había dado. La justicia, que tuvo noticia del caso, fue a buscar la malhechora; pero ya ella, viendo el mal suceso, se había puesto en cobro, y no pareció jamás.

Seis meses estuvo en la cama Tomás, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no de lo del entendimiento; porque quedó sano, y loco de la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los otros hombres: que todo era de vidrio, de pies a cabeza.

Para sacarle desta extraña imaginación, muchos, sin atender a sus voces y rogativas, arremetieron a él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase como no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en esto era que el pobre se echaba en el suelo dando mil gritos, y luego le tomaba un desmayo del cual no volvía en sí en cuatro horas; y cuando volvía, era renovando las plegarias rogativas de que otra vez no le llegasen. Decía que le hablasen desde lejos, y le preguntasen lo que quisiesen, porque a todo les respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más prontitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre. Quisieron algunos experimentar si era verdad lo que decía, y así, le preguntaron muchas y difíciles cosas, a las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio; cosa que causó admiración a los más letrados de la Universidad y a los profesores de la Medicina y Filosofía, viendo que en un sujeto donde se contenía tan extraordinaria locura como era el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento, que respondiese a toda pregunta con propiedad y agudeza.

Pidió Tomás le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo de su cuerpo, porque al vestirse algún vestido estrecho no se quebrase; y así, le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodón. No quiso calzarse zapatos en ninguna manera, y el orden que tuvo para que le diesen de comer sin que a él llegasen fué poner en la punta de una vara una vasera de orinal, en la cual le ponían alguna cosa de fruta, de las que la sazón del tiempo ofrecía. Carne ni pescado, no lo quería; no bebía sino en fuente o en río, y esto, con las manos: cuando andaba por las calles, iba por la mitad dellas, mirando a los tejados, temeroso no le cayese alguna teja encima y le quebrase; los veranos dormía en el campo al cielo abierto, y los inviernos se metía en algún mesón, y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquélla era la más propia y más segura cama que podían tener los hombres de vidrio. Cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salía al campo, y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad. Tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo; pero viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron de condescender con lo que él les pedía, que era le dejasen andar libre, y así, le dejaron, y él salió por la ciudad, causando admiración y lástima a todos tos que le conocían.

Cercáronle luego los muchachos; pero él con la vara los detenía, y les rogaba le hablasen apartados, porque no se quebrase; que por ser hombre de vidrio, era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la más traviesa generación del mundo, a despecho de sus ruegos y voces, le comenzaron a tirar trapos, y aun piedras, por ver si era de vidrio, como él decía; pero él daba tantas voces y hacía tales extremos, que movía a los hombres a que riñesen y castigasen a los muchachos porque no le tirasen. Mas un día que le fatigaron mucho se volvió a ellos, diciendo

-¿Qué me queréis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como chinches, atrevidos como pulgas ? ¿Soy yo por ventura el monte Testacho de Roma, para que me tiréis tantos tiestos y tejas?

Por oírle reñir y responder a todos, le seguían siempre muchos, y los muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido antes oírle que tirarle. Pasando, pues, una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:

-En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué haré, que no puedo llorar?

Él se volvió a ella, y muy mesurado le dijo:

-Filiae Hierusalem, plorate super vos et super filios vestros.

Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole:

-Hermano Licenciado Vidriera-que así decía él que se llamaba-, más tenéis de bellaco que de loco.

-No se me da un ardite -respondió él-, como no tenga nada de necio.

Pasando un día por la casa llana y venta común, vio que estaban a la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del ejército de Satanás, que estaban alojados en el mesón del Infierno.

Preguntóle uno que qué consejo o consuelo daría a un amigo suyo, que estaba muy triste porque su mujer se le había ido con otro. A lo cual respondió:

-Dile que dé gracias a Dios por haber permitido le llevasen de casa a su enemigo.

-Luego ¿no irá a buscarla?-dijo el otro.

-Ni por pienso -replicó Vidriera-; porque sería el hallarla hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.

-Ya que eso sea así -dijo el mismo-, ¿qué haré yo para tener paz con mi mujer?

Respondióle:

-Dale lo que hubiere menester; déjala que mande a todos los de su casa; pero no sufras que ella te mande a ti.

Díjole un muchacho:

-Señor Licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi, padre, porque me azota muchas veces.

Y respondióle:

-Advierte, niño, que los azotes que los padres dan a los hijos, honran; y los del verdugo, afrentan.

Estando a la puerta de una iglesia, vio que entraba en ella un labrador de los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detrás dél venía uno que no estaba en tan buena opinión como el primero, y el Licenciado dio grandes voces al labrador, diciendo:

-Esperad, Domingo, a que pase el Sábado.

De los maestros de escuela decía que eran dichosos, pues trataban siempre con ángeles, y que fueran dichosísimos si los angelitos no fueran mocosos. Otro le preguntó que qué le parecía de las alcahuetas. Respondió que no lo eran las apartadas, sino las vecinas.

Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos se extendió por toda Castilla, y llegando a noticia de un príncipe o señor que estaba en la Corte, quiso enviar por él, y encargóselo a un caballero amigo suyo, que estaba en Salamanca, que se lo enviase, y topándole el caballero un día, le dijo:

-Sepa el señor Licenciado Vidriera que un gran personaje de la Corte le quiere ver y envía por él.

A lo cual respondió:

-Vuesa merced me excuse con ese señor; que yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear.

Con todo esto, el caballero le envió a la Corte, y para traerle usaron con él desta invención: pusiéronle en unas árganas de paja, como aquellas donde llevan el vidrio, igualando los tercios con piedras, y entre paja puestos algunos vidrios, porque se diese a entender que como vaso de vidrio le llevaban. Llegó a Valladolid, entró de noche, y desembanastáronle en la casa del señor que había enviado por él, de quien fue muy bien recibido, diciéndole:

-Sea muy bien venido el señor Licenciado Vidriera. ¿Cómo ha ido en el camino? ¿Cómo va de salud?

A lo cual respondió:

-Ningún camino hay malo como se acabe, si no es el que va a la horca. De salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi celebro.

Otro día, habiendo visto en muchas alcándaras muchos neblíes y azores y otros pájaros de volatería, dijo que la caza de altanería era digna de príncipes y de grandes señores; pero que advirtiesen que con ella echaba el gusto censo sobre el provecho a más de dos mil por uno. La caza de liebres dijo que era muy gustosa, y más cuando se cazaba con galgos prestados.

El caballero gustó de su locura, y dejóle salir por la ciudad, debajo del amparo y guarda de un hombre que tuviese cuenta que los muchachos no le hiciesen mal, de los cuales y de toda la Corte fue conocido en seis días, y a cada paso, en cada calle y en cualquiera esquina, respondía a todas las preguntas que le hacían, entre las cuales le preguntó un estudiante si era poeta, porque le parecía que tenía ingenio para todo. A lo cual respondió:

-Hasta ahora no he sido tan necio, ni tan venturoso.

-No entiendo eso de necio y venturoso -dijo el estudiante.

Y respondió Vidriera:

-No he sido tan necio, que diese en poeta malo, ni tan venturoso, que haya merecido serlo bueno.

Preguntóle otro estudiante que en qué estimación tenía a los poetas. Respondió que a la ciencia, en mucha; pero que a los poetas, en ninguna. Replicáronle que por qué decía aquello. Respondió que del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos, que casi no hacían número; y así, como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque encerraba en sí todas las demás ciencias: porque de todas se sirve, de todas se adorna, y pule y saca a luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla. Añadió más:

-Yo bien sé en lo que se debe estimar un buen poeta, porque se me acuerda de aquellos versos de Ovidio que dicen:

Cura ducum fuerunt olim regumque poetae:

Praemiaque antiqui magna tulere chori.

Sanctaque majestas, et erat venerabile nomen

Vatibus, er largae saepe dabantur opes.

Y menos se me olvida la alta calidad de los poetas, pues los llama Platón intérpretes de los dioses, y dellos dice Ovidio:

Est Deus in nobis, agitante calescimus illo.

Y también dice:

At sacri vates, et Divum cura vocamur.

Esto se dice de los buenos poetas; que de los malos, de los churrulleros, ¿qué se ha de decir sino que son la idiotez y la arrogancia del mundo?

Y añadió más:

-¡Qué es ver a un poeta destos de la primera impresión, cuando quiere decir un soneto a otros que le rodean, las salvas que les hace, diciendo: "Vuesas mercedes escuchen un sonetillo que anoche a cierta ocasión hice, que, a mi parecer, aunque no vale nada, tiene un no sé qué de bonito!" Y en esto, tuerce los labios, pone en arco las cejas, y se rasca la faldriquera, y de entre otros mil papeles mugrientos y medio rotos, donde queda otro millar de sonetos, saca el que quiere relatar, y al fin le dice, con tono melifluo y alfeñicado. Y si acaso los que le escuchan, de socarrones o de ignorantes, no se le alaban, dice: "O vuesas mercedes no han entendido el soneto, o yo no le he sabido decir; y así, será bien recitarle otra vez, y que vuesas mercedes le presten más atención, porque en verdad en verdad que el soneto lo merece." Y vuelve como primero a recitarle, con nuevos ademanes y nuevas pausas. Pues, ¿qué es verlos censurar los unos a los otros? ¿Qué diré del ladrar que hacen los cachorros y modernos a los mastinazos antiguos y graves? Y ¿qué de los que murmuran de algunos ilustres y excelentes sujetos, donde resplandece la verdadera luz de la poesía, que, tomándola por alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, a despecho y pesar del circunspecto ignorante que juzga de lo que no sabe y aborrece lo que no entiende, y del que quiere que se estime y tenga en precio la necedad que se sienta debajo de doseles y la ignorancia que se arrima a los sitiales?

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas; y más, que lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento producía jazmines y rosas; y que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y otras cosas decía de los malos poetas; que de los buenos siempre dijo bien y los levantó sobre el cuerno de la luna.

Vio un día en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala mano, y dijo que los buenos pintores imitaban a naturaleza; pero que los malos la vomitaban. Arrimóse un dia, con grandísimo tiento, porque no se quebrase, a la tienda de un librero, y díjole:

-Este oficio me contentara mucho si no fuera por una falta que tiene.

Preguntóle el librero se la dijese. Respondióle:

-Los melindres que hacen cuando compran un privilegio de un libro, y la burla que hacen a su autor si acaso le imprime a su costa, pues en lugar de mil y quinientos, imprimen tres mil libros, y cuando el autor piensa que se venden los suyos, se despachan los ajenos.

Acaeció este mismo día que pasaron por la plaza seis azotados, y diciendo el pregón: "Al primero, por ladrón", dio grandes voces a los que estaban delante dél, diciéndoles:

-Apartaos, hermanos, no comience aquella cuenta por alguno de vosotros.

Y cuando el pregonero llegó a decir: "Al trasero...", dijo:

-Aquél debe de ser el fiador de los muchachos.

Un muchacho le dijo:

-Hermano Vidriera, mañana sacan a azotar a una alcagüeta.

Respondióle:

-Si dijeras que sacaban a azotar a un alcagüete, entendiera que sacaban a azotar un coche.
Hallóse allí uno destos que llevan sillas de manos, y díjole:

-De nosotros, Licenciado, ¿no tenéis qué decir?

-No -respondió Vidriera -, sino que sabe cada uno de vosotros más pecados que un confesor; mas es con esta diferencia: que el confesor los sabe para tener los secretos, y vosotros, para publicarlos por las tabernas.

Oyó esto un mozo de mulas, porque de todo género de gente le estaba escuchando contino, y díjole:

-De nosotros, señor Redoma, poco o nada hay que decir, porque somos gente de bien, y necesaria en la república.

A lo cual respondió Vidriera:

-La honra del amo descubre la del criado; según esto, mira a quién sirves, y verás cuán honrado eres: mozos sois vosotros de la más ruin canalla que sustenta la tierra. Una vez, cuando no era de vidrio, caminé una jornada en una mula de alquiler tal, que le conté ciento y veinte y una tachas, todas capitales y enemigas del género humano. Todos los mozos de mulas tienen su punta de rufianes, su punta de cacos, y su es no es de truhanes: si sus amos (que así llaman ellos a los que llevan en sus mulas) son boquimuelles, hacen más suertes en ellos que las que echaron en esta ciudad los años pasados; si son extranjeros, los roban; si estudiantes, los maldicen; si religiosos, los reniegan; y si soldados, los tiemblan. Estos, y los marineros y carreteros y arrieros, tienen un modo de vivir extraordinario y sólo para ellos: el carretero pasa lo más de la vida en espacio de vara y media del lugar, que poco más debe de haber del yugo de las mulas a la boca del carro; canta la mitad del tiempo y la otra mitad reniega, y
en decir: "Háganse a zaga", se les pasa otra parte; y si acaso les queda por sacar alguna rueda de algún atolladero, más se ayudan de dos pésetes que de tres mulas. Los marineros son gente gentil, inurbana, que no sabe otro lenguaje que el que se usa en los navíos; en la bonanza son diligentes y en la borrasca, perezosos; en la tormenta mandan muchos y obedecen pocos; su Dios es su arca y su rancho; y su pasatiempo, ver mareados a los pasajeros. Los arrieros son gente que ha hecho divorcio con las sábanas y se ha casado con las enjalmas; son tan diligentes y presurosos, que a trueco de no perder la jornada, perderán el alma; su música es la del mortero; su salsa, la hambre; sus maitines, levantarse a dar sus piensos; y sus misas, no oír ninguna.

Cuando esto decía, estaba a la puerta de un boticario, y volviéndose al dueño, le dijo:

-Vuesa merced tiene un saludable oficio, si no fuese tan enemigo de sus candiles.

-¿En qué modo soy enemigo de mis candiles?-preguntó el boticario.

Y respondió Vidriera:

-Esto digo porque en faltando cualquiera aceite, la suple el del candil que está más a mano; y aún tiene otra cosa este oficio, bastante a quitar el crédito al más acertado médico del mundo.

Preguntándole por qué, respondió que había boticario que, por no decir que faltaba en su botica lo que recetaba el médico, por las cosas que le faltaban ponía otras que a su parecer tenían la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto, la medicina mal compuesta obraba al revés de lo que había de obrar la bien ordenada. Preguntóle entonces uno que qué sentía de los médicos, y respondió esto: .

-"Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus. A Deo enim est omnis medela, et a rege accipiet donationem. Disciplina medici exaltabit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur. Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non abhorrebit illam. “Esto dice, dijo, el Eclesiástico de la Medicina y de los buenos médicos, y de los malos se podría decir todo al revés, porque no hay gente más dañosa a la república que ellos. El juez nos puede torcer o dilatar la justicia; el letrado, sustentar por su interés nuestra injusta demanda; el mercader, chuparnos la hacienda; finalmente, todas las personas con quien de necesidad tratamos nos pueden hacer algún daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno: sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay descubrirse sus delictos, porque al momento los meten debajo de la tierra. Acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio como agora soy, que a un médico destos de segunda clase le despidió un enfermo por curarse con otro, y el primero, de allí a cuatro días, acertó a pasar por la botica donde recetaba el segundo, y preguntó al boticario que cómo le iba al enfermo que él había dejado, y que si le había recetado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió que allí tenía una receta de purga, que el día siguiente había de tomar el enfermo; dijo que se la mostrase, y vio que al fin della estaba escrito: "Sumat dilúculo" y dijo: "Todo lo que lleva esta purga me contenta, sino es este dilúculo, porque es húmido demasiadamente."

Por estas y otras cosas que decía de todos los oficios, se andaban tras él sin hacerle mal, y sin dejarle sosegar; pero, con todo esto, no se pudiera defender de los muchachos si su guardián no le defendiera. Preguntóle uno qué haría para no tener envidia a nadie. Respondióle:

-Duerme; que todo el tiempo que durmieres serás igual al que envidias.

Otro le preguntó qué remedio tendría para salir con una comisión, que había dos años que la pretendía. Y díjole:

-Parte a caballo y a la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta salir de la ciudad, y así saldrás con ella.

Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comisión, que iba de camino a una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos alguaciles; preguntó quién era, y como se lo dijeron, dijo:

-Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en la cinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare su comisión. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que en una comisión criminal que tuvo dio una sentencia tan exorbitante, que excedía en muchos quilates a la culpa de los delincuentes. Preguntóles que por qué había dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelación, y que con esto dejaba campo abierto a los señores del Consejo para mostrar su misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su punto y debida proporción. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran a él por juez recto y acertado.

En la rueda de la mucha gente que, como se ha dicho, siempre le estaba oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le llamó señor licenciado; y sabiendo Vidriera que el tal a quien llamaron licenciado no tenía ni aun título de bachiller, le dijo:

-Guardaos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de la redención de cautivos; que os le llevarán por mostrenco.

A lo cual dijo el amigo:

-Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabéis vos que soy hombre de altas y de profundas letras.

Respondióle Vidriera:

-Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van, por altas, y no las alcanzáis, de profundas.

Estando una vez arrimado a la tienda de un sastre, viole que estaba mano sobre mano, y díjole:

-Sin duda, señor maeso, que estáis en camino de salvación.

-¿En qué lo véis? -preguntó el sastre.

-¿En qué lo veo? -respondió Vidriera-. Véolo en que pues no tenéis que hacer, no tendréis ocasión de mentir.

Y añadió:

-Desdichado del sastre que no miente y cose las fiestas: cosa maravillosa es que casi en todos los deste oficio apenas se hallará uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.

De los zapateros decía que jamás hacían, conforme a su parecer, zapato malo; porque si al que se le calzaban venía estrecho y apretado, le decían que así había de ser, por ser de galanes calzar justo, y que en trayéndolos dos horas, vendrían más anchos que alpargates; y si le venían anchos, decían que así habían de venir, por amor de la gota.

Un muchacho agudo, que escribía en un oficio de provincia, le apretaba mucho con preguntas y demandas, y le traía nuevas de lo que en la ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba y a todo respondía. Este le dijo una vez:

-Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado a ahorcar.

A lo cual respondió:

-Él hizo bien a darse priesa a morir, antes que el verdugo se sentara sobre él

En la acera de San Francisco estaba un corro de genoveses, y pasando por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:

-Lleguese acá el señor Vidriera y cuéntenos un cuento.

Él respondió:

-No quiero, porque no me le paséis a Génova.

Topó una vez a una tendera que llevaba delante de sí una hija suya muy fea, pero muy llena de dijes, de galas y de perlas, y díjole

-Muy bien habéis hecho en empedrarla, porque se pueda pasear.

De los pasteleros dijo que había muchos años que jugaban a la dobladilla sin que les llevasen la pena, porque habían hecho el pastel de a dos de a cuatro, el de a cuatro de a ocho, y el de a ocho de a medio real, por solo su albedrío y beneplácito. De los titiriteros decía mil males: decía que era gente vagamunda y que trataba con indecencia de las cosas divinas, porque con las figuras que mostraban en sus retablos volvían la devoción en risa, y que les acontecía envasar en un costal todas o las más figuras del Testamento Viejo y Nuevo, y sentarse sobre él a comer y beber en los bodegones y tabernas; en resolución, decía que se maravillaba de cómo quien podía no les ponía perpetuo silencio en sus retablos, o los desterraba del reino.

Acertó a pasar una vez por donde él estaba un comediante vestido como un príncipe, y en viéndole, dijo:

-Yo me acuerdo haber visto a éste salir al teatro enharinado el rostro y vestido un zamarro del revés, y, con todo esto, a cada paso, fuera del tablado, jura a fe de hijodalgo.

-Débelo de ser-respondió uno-; porque hay muchos comediantes que son muy bien nacidos y hijosdalgo.

-Así será verdad -replicó Vidriera-; pero lo que menos ha menester la farsa es personas bien nacidas; galanes sí, gentiles hombres y de expeditas lenguas. También sé decir dellos que en el sudor de su cara ganan su pan con inllevable trabajo, tomando con tino de memoria, hechos perpetuos gitanos, de lugar en lugar y de mesón en venta, desvelándose en contentar a otros, porque en el gusto ajeno consiste su bien propio. Tienen más que con su oficio no engañan a nadie, pues por momentos sacan su mercaduría a pública plaza, al juicio y a la vista de todos. El trabajo de los autores es increíble, y su cuidado, extraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan tan empeñados, que les sea forzoso hacer pleito de acreedores; y, con todo esto, son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y las vistas de recreación, y como lo son las cosas que honestamente recrean.

Decía que había sido opinión de un amigo suyo que el que servía a una comedianta, en sola una servía a muchas damas juntas, como era a una reina, a una ninfa, a una diosa, a una fregona, a una pastora, y muchas veces caía la suerte en que serviese en ella a un paje y a un lacayo; que todas estas y más figuras suele hacer una farsanta.

Preguntóle uno que cuál había sido el más dichoso del mundo. Respondió que Nemo; porque Nemo novit patrem; Nemo sine crimine vivit; Nemo sua sorte contentus; Nemo ascendit in coelum. De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia o arte, que cuando la habían menester, no la sabían y que tocaban algo en presuntuosos, pues querían reducir a demostraciones matemáticas, que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus contrarios. Con los que se teñían las barbas tenía particular enemistad; y riñendo una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugués, éste dijo al castellano, asiéndose de las barbas, que tenía muy teñidas:

-Por istas barbas que teño no rostro...

A lo cual acudió Vidriera:

-Olhay, home, naon digáis teño, sino tiño.

Otro traía las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala tinta; a quien dijo Vidriera que tenía las barbas de muladar overo. A otro, que traía las barbas por mitad blancas y negras por haberse descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar ni reñir con nadie, porque estaba aparejado a que le dijesen que mentía por la mitad de la barba.

Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir a la voluntad de sus padres, dio el sí de casarse con un viejo todo cano, el cual la noche antes del día del desposorio se fue, no al río Jordán, como dicen las viejas, sino a la redomilla del agua fuerte y plata, con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por la pinta, y por la tinta, la figura, y dijo a sus padres que le diesen el mismo esposo que ellos le habían mostrado; que no quería otro. Ellos le dijeron que aquel que tenía delante era e mismo que le habían mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos como el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas, y que pues el presente no las tenía no era él, y se llamaba a engaño. Atúvose a esto, corrióse el teñido, y deshízose el casamiento.

Con las dueñas tenía la misma ojeriza que con los escabechados; decía maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus muchos melindres, de sus escrúpulos y de su extraordinaria miseria; amohinábanle sus flaquezas de estómagos sus vaguidos de cabeza, su modo de hablar, con más repulgos que sus tocas, y, finalmente, su inutilidad y sus vainillas.

Uno le dijo

-¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oído decir mal de muchos oficios, y jamás lo habéis dicho de los escribanos, habiendo tanto que decir?

A lo cual respondió:

-Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me deje ir con la corriente del vulgo, las más veces engañado. Paréceme a mí que la gramática de los murmuradores, y el la, la, la de los que cantan, son los escribanos; porque así como no se puede pasar a otras ciencias si no es por la puerta de la Gramática, y como el músico primero murmura que canta, así los maldicientes, por donde comienzan a mostrar la malignidad de sus lenguas es por decir mal de los escribanos y alguaciles y de los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano sin el cual andaría la verdad por el mundo a sombra de tejados, corrida y maltratada; y así dice el Eclesiástico: "/n manu Dei potestas hominis est, et super faciem scribae imponet honorem." Es el escribano persona pública, y el oficio del juez no se puede ejercitar cómodamente sin el suyo. Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavos; legítimos, no bastardos, ni de ninguna mala raza nacidos. Juran de secreto, fidelidad y que no harán escritura usuraria; que ni amistad, ni enemistad, provecho o daño les moverá a no hacer su oficio con buena y cristiana conciencia. Pues si este oficio tantas buenas partes requiere, ¿por qué se ha de pensar que de más de veinte mil escribanos que hay en España se lleve el diablo la cosecha, como si fuesen cepas de su majuelo? No lo quiero creer, ni es bien que ninguno lo crea; porque finalmente digo que es la gente más necesaria que había en las repúblicas bien ordenadas, y que si llevaban demasiados derechos, también hacían demasiados tuertos, y que destos dos extremos podía resultar un medio que les hiciese mirar por el virote.

De los alguaciles dijo que no era mucho que tuviesen algunos enemigos, siendo su oficio, o prenderte, o sacarte la hacienda de casa, o tenerte en la suya en guarda y comer a tu costa. Tachaba la negligencia e ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos a los médicos, los cuales, que sane o no sane el enfermo, ellos llevan su propina, y los procuradores y solicitadores, lo mismo salgan o no salgan con el pleito que ayudan.

Preguntóle uno cuál era la mejor tierra. Respondió que la temprana y agradecida. Replicó el otro:

-No pregunto eso, sino que cuál es mejor lugar: Valladolid o Madrid.

Y respondió:

-De Madrid, los extremos; de Valladolid, los medios.

-No lo entiendo -repitió el que se lo preguntaba.

Y dijo:

-De Madrid, cielo y suelo; de Valladolid, los entresuelos.

Oyó Vidriera que dijo un hombre a otro que así como había entrado en Valladolid, había caído su mujer muy enferma, porque la había probado la tierra. A lo cual dijo Vidriera:

-Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.

De los músicos y de los correos de a pie decía que tenían las esperanzas y las suertes limitadas, porque los unos la acababan con llegar a serlo de a caballo, y los otros con alcanzar a ser músicos del Rey. De las damas que llaman cortesanas decía que todas, o las más, tenían más de corteses que de sanas. Estando un día en una iglesia vio que traían a enterrar a un viejo, a bautizar a un niño y a velar una mujer, todo a un mismo tiempo, y dijo que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban, los niños vencen y las mujeres triunfan.

Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir, por no quebrarse; pero, con todo eso, se quejaba. Preguntóle uno que cómo sentía aquella avispa, si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que aquella avispa debía de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes a desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio. Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba, dijo uno de sus oyentes:

-De ético no se puede mover el padre.

Enojóse Vidriera, y dijo:

-Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: "Nolite tangere christos meos".

Y subiéndose más en cólera, dijo que mirasen en ello, y verían que de muchos santos que de pocos años a esta parte había canonizado la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno se llamaba el capitán don Fulano, ni el secretario don Tal de don Tales, ni el Conde, Marqués o Duque de tal parte, sino fray Diego, fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos, de ordinario, se ponen en la mesa de Dios. Decía que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del águila: que roen y menoscaban todas las de las otras aves que a ellas se juntan. De los gariteros y tahúres decía milagros: decía que los gariteros eran publicos prevaricadores, porque en sacando el barato del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese y pasase el naipe adelante, porque el contrario las hiciese y él cobrase sus derechos. Alababa mucho la paciencia de un tahúr, que estaba toda una noche jugando y perdiendo, y con ser de condición colérico y endemoniado, a trueco de que su contrario no se alzase, no descosía la boca, y sufría lo que un mártir de Barrabás. Alababa también las conciencias de algunos honrados gariteros que ni por imaginación consentían que en su casa se jugase otros juegos que polla y cientos; y con esto, a fuego lento, sin temor y nota de malsines, sacaban al cabo del mes más barato que los que consentían los juegos de estocada, del reparolo, siete y llevar, y pinta en la del punto. En resolusión, él decía tales cosas, que si no fuera por los grandes gritos que daba cuando le tocaban, o a él se arrimaban, por el hábito que traía, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebía, por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano, y el invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo.

Dos años o poco más duró en esta enfermedad, porque un religioso de la orden de San Jerónimo, que tenía gracia y ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta manera hablasen, y en curar locos, tomó a su cargo de curar a Vidriera, movido de caridad, y le curó y sanó, y volvió a su primer juicio, entendimiento y discurso. Y así como le vio sano, le vistió como letrado y le hizo volver a la Corte, adonde, con dar tantas muestras de cuerdo como las había dado de loco, podía usar su oficio y hacerse famoso por él. Hízolo así, y llamándose el Licenciado Rueda, y no Rodaja, volvió a la Corte, donde apenas hubo entrado, cuando fue conocido de los muchachos; mas como le vieron en tan diferente hábito del que solía, no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle, y decían unos a otros:

-¿Este no es el loco Vidriera? A fe que es él. Ya viene cuerdo. Pero también puede ser loco bien vestido como mal vestido: preguntémosle algo, y salgamos desta confusión.

Todo esto oía el Licenciado, y callaba, y iba más confuso y más corrido que cuando estaba sin juicio.

Pasó el conocimiento de los muchachos a los hombres, y antes que el Licenciado llegase al patio de los Consejos, llevaba tras de sí más de docientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que era más que de un catedrático, llegó al patio, donde le acabaron de circundar cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba a la redonda, alzó la voz y dijo:

-Señores, yo soy el licenciado Vidriera; pero no el que solía: soy ahora el licenciado Rueda. Sucesos y desgracias que acontecen en el mundo por permisión del cielo me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto. Por las cosas que dicen que dije cuando loco, podéis considerar las que diré y haré cuando cuerdo. Yo soy graduado en Leyes por Salamanca, adonde estudió con pobreza, y adonde llevé segundo en licencias; de do se puede inferir que más la virtud que el favor me dio el grado que tengo. Aquí he venido a este gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte: por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado.

Escucháronle todos y dejáronle algunos. Volvióse a su posada, con poco menos acompañamiento que había llevado.

Salió otro día, y fue lo mismo: hizo otro sermón, y no sirvió de nada. Perdía mucho y no ganaba cosa; y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la Corte y volver a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio. Y poniéndolo en efeto, dijo, al salir de la Corte:

-¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes, y acortas las de los virtuosos encogidos; sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados, y matas de hambre a los discretos vergonzosos!

Esto dijo, y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras, la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.


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Música: La obertura de concierto

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La obertura es una forma de composición de origen francés y cuya traducción literal significa apertura. Consiste en una pieza, generalmente para orquesta, destinada a su ejecución en conciertos como obra independiente, o bien a preceder y preparar a una ópera, oratorio, ballet, o alguna otra obra de carácter teatral.

En el S.XVII coexisten dos tipos de obertura:

Obertura francesa: Su máximo exponente es Jean-Baptiste Lully, y está construida por la unión de tres movimientos, a saber, Lento-Vivo-Lento.

Obertura italiana: Su máximo exponente es Antonio Scarlatti, y está construida por la unión de tres movimientos, a saber, Vivo-Lento-Vivo.

Posteriormente, compositores como Rameau y Gluck introdujeron modificaciones en la Obertura, sobre todo en el número de movimientos. En Alemania se aplicó el término obertura a una suite orquestal que comenzaba con una obertura. Famosas son las suites orquestales compuestas por Juan Sebastián Bach.

La obertura de concierto, que es la forma que aquí presentamos específicamente, era una pieza independiente construida bajo la forma sonata, y frecuentemente ocupaba el primer movimiento de una Sinfonía. Incluso llegó a tener cierta vida propia, alcanzando notoriedad en algún momento, legándonos algunos grandes compositores muestras fabulosas de este tipo de género. Se la solía interpretar en las salas de concierto de la Europa dieciochesca y decimonónica en los intermezzo, como telón de fondo. Es decir: se las tenía por obras menores, “relleno” mientras se hacían relaciones sociales.

Hoy día se las aprecia por su valor estilístico, contándose con exquisitas oberturas que ya pasaron a ser famosas, con un valor de piezas independientes.

Dejamos algunos ejemplos de oberturas famosas de grandes compositores europeos:

1. “Rico de un día”, de Antonio Salieri


2. “Coriolano”, de Ludwig van Beethoven


3. “La caverna de Fingal”, de Félix Mendelssohn



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