miércoles, 24 de octubre de 2012

Estudiando la contrainsurgencia de Estados Unidos: manuales, mentalidades y uso de la antropología


Gilberto López y Rivas

A partir de la generosa oferta de nuestro amigo Gilberto López y Rivas, desde México, de permitirnos dar a conocer su reciente material “Estudiando la contrainsurgencia de Estados Unidos: manuales, mentalidades y uso de la antropología”, ARGENPRESS CULTURAL pone hoy a circular un libro imprescindible para conocer los mecanismos sutiles del imperialismo en su estrategia de dominación global.

Dejamos aquí la obra en PDF, y por supuesto estamos abiertos a comentarios y críticas que su lectura promoviera, los que trasladaremos a su autor.

Descargar libro desde aquí

Autor imagen: Carlos Latuff


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¿Adónde van las lágrimas?


Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Adónde van las lágrimas del preso POR conciencia?
¿Se las traga la vida y las escupe la muerte?
¿O acaso se acovachan destilando reflejos
que brillan a lo lejos sin que se alcance a verlas?
¡No se!
Yo solo siento que quisiera juntarlas,
contarles que son sombras
revueltas en mi pecho.

¡Decirles que no encuentro la manera conciente,
Aunque quiera lanzarlas a corretear al viento!

Tal vez si se escaparan serían arco iris,
se volverían rocío,
de pronto,
o primaveras.
Formarían océanos de sal acumulada,
irguiéndose, aún cautivas,
en torno a la esperanza.

Porque su amor trasciende
las celdas y el olvido.

¿Se quedan deambulando en pozos de vergüenza
O corren al futuro en brisas de impaciencia?

¿Adónde van las lágrimas del preso POR conciencia?
 Tal vez, en la pregunta
 se esconda esa respuesta…


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Arquitectura y Urbanística: Madrid, bellezas arquitectónicas y urbanísticas


ARGENPRESS CULTURAL

Bellos lugares de la capital española presentados en un atractivo power point.
Verlo aquí: http://www.divshare.com/download/20185410-42e


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Alemania y el camino de UNASUR


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sudamérica y la Europa de los 27 tienen mucho de común en lo que va de este siglo para construir su futuro. Diversas investigaciones coinciden en que la experiencia integracionista europea es la más avanzada de la historia de la humanidad y que América Latina también sigue el mismo camino, con algunas ventajas. El debate está abierto.

La UE es un lugar de libertad, de pluralismo. Fue creada también como una comunidad de cultura y valores. A más crisis más Europa, en base a una estrategia: de presupuestos sólidos, crecimiento a través de competitividad y solidaridad con los socios más débiles. Terminar con el endeudamiento y promover una política de crecimiento a través de reformas, se plantea Europa como el camino para superar la espantosa crisis del neoliberalismo.

El fortalecimiento en Europa tiene que ve ver con una más estrecha inclusión de los Parlamentos, tanto en Bruselas y Estrasburgo como en las capitales nacionales. Alemana y Francia lideran con sus propuestas para revisar el modelo extremadamente consumista que afecta a la mayoría de sus ciudadanos. Con el Pacto Fiscal y el Mecanismo Europeo de Estabilidad existe ahora un fondo para atender un caso de emergencia.

Será difícil que el norte desarrollado vuelva a insistir en el modelo económico social que excluye a los más y que pueda ser abastecido por la riqueza de América del Sur en las mismas condiciones del pasado. En América del Sur, organizados en UNASUR, se camina hacia una democracia que va más lejos de lo político. La revolución tecnológica viene contribuyendo a nuevas formas de organización para exigir una democracia política, económica y social con un Estado transparente, con capacidad y coraje de regular los extremismos de los inversionistas y el lucro desmedido.

Los estudios más rigurosos sobre inversión extranjera en América Latina, no consignan absolutamente ningún caso de empresa privada que haya desistido las nuevas condiciones que plantean sus gobiernos. Esto ha ocurrido en Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela, Uruguay, Perú y Colombia.

América del Sur constituye una despensa de recursos naturales, atractiva para China, EEUU y Europa. Y esta es la oportunidad para que el Sur siga consolidando una alternativa de desarrollo humano.

Destacados filósofos como Edgar Morín, Pedro Sotolongo, los expresidentes Lula, Cardoso, Bachelet, Lagos, consideran que no es la época para ningún tipo de dogmatismo, ni del mercado ni de la economía Estatal, argumentos que también comparte Angela Merkel, la canciller federal y la influyente “ala económica” de la CDU.

Un trabajo serio y profundo sobre Las Relaciones entre Perú y Alemania (1828-2012), de Fabián Novak Talavera, demuestra la fortaleza y las perspectivas de ambos países. Del análisis se puede concluir que el primer período de 1828-1870, la inmigración alemana hacia el Perú fue alentada por la crisis económica y política vivida en Alemania en el siglo XIX. El segundo momento se inicia con la unificación alemana antes del inicio de la guerra del Pacífico, en la cual la relación bilateral sufrió las consecuencias de la guerra de Chile contra, Perú y Bolivia.

La posición neutral del Perú ante a la primera guerra mundial determinaría la primera ruptura de las relaciones bilaterales, por un incidente como el vapor Lorton. A consecuencia de la segunda guerra mundial, el Perú nuevamente rompe relaciones y declara la guerra, ruptura que se extendería hasta inicios de la década de los cincuenta, produciéndose en el ínterin la partición de Alemania en Federal y Democrática.

La nueva y definitiva relación surge desde 1951 con la Alemana Federal, y con la República Democrática, veinte años después, durante el gobierno del general Juan Velasco. En las dos últimas décadas, el Perú se convierte en el principal receptor de cooperación técnica y financiera de Alemania reunida.

Hoy, Alemania se suma a la cruzada para preservar el agua en la cuenca del Pacífico, tan escasa respecto a la cuenca del Atlántico. Igualmente, persiste el interés en el tema del transporte, saneamiento y promoción de las microfinanzas. Las alianzas público privadas encuentran un espacio fértil en el Sur – Sur, compartiendo la experiencia de Alemania, la tercera potencia después de EEUU y Reino Unido.


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Lazos invisibles


Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Te sentía en mi vientre,
te mecía en mis brazos,
te acariciaba las manos,
te besaba la frente,
las mejillas y los ojos.

Acompañaba tus juegos,
tus amigos y la escuela,
celebraba tus logros,
y comprendía tus yerros.
Compartía tus júbilos,
y consolaba tus penas.

Fugaces los años de tu infancia,
que corrieron hasta aquí,
con la fuerza de la vida.

Deseo mirarte de nuevo
como en esas noches
que no podía dormir
cuidando tu desvelo,
y protegiendo tu sueño.

Son invisibles los lazos
que encadenan,
mi corazón al tuyo,
hijo mío…
desde el primer día,
que abrigado en mis brazos…
el Sol y la Luna,
acunaron tu llanto.

Imagen: Virginia de la Puente


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El micro trucho de las seis y media


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Dios no es de fiar”, advirtió Saramago. Octubre, como la gente, según Bradbury, parece desencantado con su vida, y con la vida. La conducta social es bastante ilustrativa. Parece que una canasta de palabras, inagotable, se requiera para cada caso .Pero lo que veo, en la calle, el tren, el colectivo, por donde va transcurriendo, esa vida parece dominada y repito parece, porque el semblanteo, no da para el balance de caras.

Para pensar con cierto orden, en el orden cierto de las cosas, suelo refugiarme en mi casa de Alejandro Korn, luego de un breve paseo bajo las palmeras, por si las moscas, acompañado por el trío perruno que no se rinde ni cuando los ponen en riesgo. De todas formas son silenciosos asistentes, con que haya uno que hable suficiente.

En este apocalíptico 2012, profetizado por los Mayas, versión ya revisada y más tranquilizadora, aquella afirmación del portugués, que se buscó a Dios para discutir, me parece que sigue vigente.

Comencé a elucubrar cual podía ser la forma conveniente para zafar del problema. Ya el tiempo venía hostil y entonces me fui hasta la Plaza Grigera en Lomas de Zamora, emblemática y tributo al organizador de la rebelión de los granjeros (1811), aunque esa palabra –granjeros – no se adecuaba a ese tiempo. Mejor hubiera sido decir, chacareros, pero tampoco me convenció.

Caminé las cuadras ineludibles. La cola en la parada del 51, con ramales que me podrían llevar de regreso a Alejandro Korn, comenzaba a reptar y crecer realimentándose, a medida que los pasajeros ferroviarios se iban enterando, de que la marcha del retorno iba a ser difícil. Los que estaban delante y cómodos, sabían que podrían subir en el primer colectivo que parara.

No era lo mismo para los que continuaban la gimnasia del aguardo, donde ya se advertía que la impaciencia, como el miedo, crece desde la ignorancia de que es lo que va a pasar. La avenida Hipólito Irigoyen hacia la Ciudad Autónoma, era una mancha gris salpicada por reflejos metálicos provocados por el sol que ya empezaba a saludar, despidiéndose.

En el movimiento, por mucho esfuerzo que hiciera, no se veía colectivo alguno que viniera en nuestra dirección. Éramos un grupo de perdidos en el desierto, esperando el paso de un safari equivocado, cuando ya esa actividad no se usa. La intranquilidad va en aumento, como el frío que se cuela por la ropa y se expande para consolidar el temor a la incertidumbre.

Media hora después, cuatro figuras mecánicas con los colores de la empresa transportistas, aparecieron en el horizonte, para generar alegrías expectantes, como si fuera a suceder algo milagroso. Bueno, milagroso era verlos pero sin saber cual era su destino. Cuando comenzaron a llegar el desánimo se extendió, como el rumor, porque sólo se detuvo uno, los otros venían cargados de gente que apenas respiraba. No pudimos hacer otra cosa que verlos pasar, como a los actores que desfilan por la alfombra roja. El único parecido es que estábamos detenidos, colgados mirando la fiambrera, la mejor postura de los gatos de Zaragoza.

Así, se fueron sucediendo las: paso y no me detengo, y la caravana de amarillo y celeste se agitaba ante nuestros ojos, pero sin solución. Una hora más se consumía como la brasa del cigarrillo que fumaba, ávidamente Luís, un correntino llamado por su amigo Lucas, quien descansaba en el cantero de la plaza, mientras Luís hacía la cola para los dos. Eran mis anteriores pasajeros. Más adelante empezaban a formalizarse las deserciones, resignadas partidas, vaya uno a saber donde.

Quedamos, finalmente, Luis, Lucas y yo, casi como primeros, descontando una familia azorada por el plantón. Repentinamente, Luís con los ojos brillosos de excitación hizo señas hacia nosotros, formalmente detenidos y alineados en el cordón de la vereda, no entendí, al principio, de que se trataba, pero Lucas, viejo compinche del otro, supo que algo estaba acercándose y nos podría salvar.

La seña de Luís ahora era una bengala en la oscuridad –ya se estaba iniciando –, cuando pude ver de que se trataba. Un micro despersonalizado, indescifrable, pero en buenas condiciones, para ser trucho, con un cartel, en realidad un pedazo de cartón escrito con marcador y “la oferta” en el parabrisas, donde anunciaba hasta Glew, pasaje diez pesos, nos avalanzamos. Pude subir, gracias a estos dos socios de la vida, y detrás el malón. Miré con el apuro compulsivo que da la presión de la gente, para ver que éramos lo más parecido al arca de Noé, si hubiera estado lloviendo, algo que acechaba.

La piara que integramos, se podía clasificar, porque había de todo un poco y más de un ejemplar para conservar la especie. Todos quedamos, finalmente, sentados y eso en estos tiempos de escasez es un logro. Pasajeros de la pesadilla.

En realidad la pesadilla era como viajar, luego de que algún vecino sur urbano, se sintiera atacado por algo en sus intereses y en su enojo arremetía contra las vías del ferrocarril, para cortar el servicio. Creaba, eso si, la sensación de que nunca sabías como llegabas y con que volvías.

Gorras con visera y mochilas, las había de cualquier color y formato, adivinar las profesiones era más difícil. Incluyendo otras, que se mezclan, como en la vida. Hombres y mujeres, en su mayoría desconocidos entre si, con edades diferentes, ocupaban los asientos en ese viaje que podría marchar rumbo a Saturno o, como rezaba el cartel del parabrisas, a Glew.

Los murmullos de quienes elegimos pagar “por volver”, asordinaban ese atardecer que se despedía, lánguido, para dejar su lugar a las sombras que llegaban. A mi alrededor, un bullicio inesperado me sacó de las cavilaciones. Un niño que, con perdón, rondaría los seis, siete u ocho años, era requerido por su mamá, por lo menos así lo parecía, para indicarle que se aproximara al conductor del micro y consultarle sobre el valor del pasaje. Me quedé tieso. La mujer portaba dos chicos más, y su duda, en realidad, anticipaba que marchábamos a un momento complicado.

El conductor tenía decidido cobrar los pasajes cuando los pasajeros descendieran, sería por alguna comodidad que no se me ocurría. Protestas larvadas no influían en la decisión de los viajeros que, lo único que privilegiaban era el regreso, con o sin gloria.

Yo estaba sentado por la mitad del micro del lado del pasillo y tenía por pasajero a un flaco, conectado por sus auriculares con la música, en apariencias distante de lo que lo rodeaba. En el asiento anterior al nuestro otro, también como la mayoría con antenas incorporadas, lucía una remera oscura con la lengua stone, saludando al rock and roll.
El chico enviado a consultar al conductor sobre los pasajes, regresaba con el abandono pintado en su mirada.

Lo escuché porque ambos, él y su madre, que portaba al más chiquito en la falda, trataban de dar forma al escollo de ese viaje infortunado. Ma, dijo el niño, dolido, tenemos que pagar cuatro pasajes de diez pesos cada uno. La mujer palideció. ¿Cómo diez pesos?, estalló nerviosa. A partir de allí, entre ambos, el desconsuelo crecía y las lágrimas no tardaron en llegar en ojos de la mujer. No sé cual sería su situación, pero me pareció extremadamente afligida. El conductor miraba por el espejo interior para saber que hacer porque debía proseguir la marcha

El cuadro del fracaso, luego de que la madre revisara cartera, bolsas y monederos, mas requisa de los abrigos de los chicos y el suyo, dio como resultado una escuálida cosecha que los tuvo, como el espejo, reflejados en una derrota más, que les propinaba la vida. Esa vida, la suya, no era otra “Maravilla”. Apenas una tristeza. Pero que la alcanzaba.

Mi compañero de asiento quien parecía abstraído en lo que escuchaba me palmeaba el brazo para avisarme que contribuía con dos pesos, para que se los alcanzara al niño. El portador de la remera con lengua roja, le musitó al chico, con voz suficientemente alta, yo pago la diferencia que falte. Lo dijo luego que, incluyéndome, la ronda de pasajeros solidarios confluyera hacia la madre que alineaba y contaba los billetes algo mugrosos es cierto, pero que la fueron tranquilizando. Otra pasajera la abrazó cuando la cuenta se acercaba al número suficiente. Todo ese movimiento nos hizo olvidar de la marcha que reemprendió el conductor, mientras subían los últimos

Me pareció que le debía una disculpa a Yon, por el largo parlamento, el tiempo sigue moviendo la fe sin llegar a la montaña. Me pareció, también, que debía, yo, dejar de lado mi indiferencia agresiva, para con él, porque sentía que no podría hacer silencio.
Por otra parte, la duda sembrada es verdad sepultada. La marcha fue tan desigual como el suceso que felizmente se cubrió. Para mí un cachetazo dado por el concurso solidario de la realidad, de la que tanto me lleno la boca críticamente.

Una llegada a Glew donde la gente alineada en las asombradas colas de pasajeros, de los distintos micros, que son varias, miraban nuestra llegada y descenso que se parecía a la armada Brancaleone batiéndose en retirada. Allí trasbordé con rumbo a Alejandro Korn a un micro local blanco, del susto no, pero la ciudad de Soldi resignaba su protagonismo por la llegada inopinada de pasajeros que habían extraviado el tren.

Una experiencia global que significó mucha demora. Supuse, equivocadamente, que Yon se habría marchado. No era cierto. Allí estaba haciendo una siesta reparadora, por la amabilidad con que me recibió luego de notificarme que se había enterado del incidente ferroviario. Nunca me lo hizo saber. como tampoco le di cuenta y él, sagaz, no me lo preguntó. Silencios sucesivos y ausencia de aclaraciones que suelen confundir a todos, menos a nosotros. Lo cierto es que yo estaba sin comer y de común desarbolado. Convencido que tanta fatiga tendría que mejorar con el final del día.

El vasco me sonrió y todo quedó entendido, incluso que no había necesidad de explicar lo inexplicable. ¿Vamos a comer? Fue su santo remedio. Por supuesto que acepté, en homenaje al hambre, ir a cualquier destino aceptable por lejos que estuviera. El, lacónico dijo Palermo y yo cerré los ojos, la resignación tiene mi cara sin espejo delator.

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“Luego de ser coronado como mejor restaurante peruano de Argentina (y entre los 10 del mundo), este abrió su nueva casa, Tijuán. Los mismos sabores increíbles. Las claves: un trabajo dedicado, solidez en la propuesta, muy buena cocina y paciencia”, historió el vasco como si estuviera a punto de describir la primera cruzada del Occidente cristiano.

“Esto es una cevichería”, cuenta Iván, encargado de las cocinas de los sitios innombrables. En el local, las cocinas están a la vista, las mesas del fondo, quedan alumbradas, el comensal se puede asomar así a los colores y a los perfumes de los platos, entre Iván y el vasco, me dieron más informaciones obviables.

Las conchitas a la parmesana y con el queso fundido formando una costra en la superficie, estaban buenas; la jalea es aceptable. Los rolls salen de la barra, al mando de un peruano de ascendencia japonesa, bien armados. Y el ceviche mixto es bueno, fresco y con presencia del ají amarillo. La sorpresa son las empanadas, que en una masa frita, apenas crocante, trae tres rellenos distintos: de centolla, de ají de gallina con langostinos y de picante de camarones: Regado por vinos de López, que es cosa sería y de fe.

La literatura parece una trompada a la muerte. Este episodio perdido, se rehace sólo para probar que la gente siempre te da sorpresas. Un texto que me devolvió el viento. Y por mucho que te esfuerces, pequeña o grande la anécdota, lo que queda es lo que hay, me lo dije en voz baja y sin ayuda.


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Antonio Cisneros, died 2012, aged 69


César Ángeles (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me miran (si me ven)
como a un muerto
con el último cigarro entre los labios.

‘Naturaleza muerta en Innsbrucker Strasse’

Me veo en esta banca, pensando en el muerto que acabo de ver no hace mucho. Es el poeta Antonio Cisneros Campoy, de quien vine, algo tarde es verdad, a despedirme en su velorio. Inclusive pensaba yo que la iglesia miraflorina de Fátima (donde hice, además, mi primera comunión many years ago) estuviera cerrada. Pero no. Cuando llegué, el velatorio estaba aún abierto, la gente merodeaba susurrando, el mar seguía al frente tras el parque y el malecón. Iba a saludar a este hombre con quien me unieron algunos momentos fugaces en mi vida, en la suya. En el trayecto pensaba cómo se le vería en la cama final de madera, qué le diría en silencio, a quién saludar si casi no conocí a su familia, y menos a sus amigos, de varios de quienes más bien me alejé por diferentes perspectivas y actitudes ante la vida y la política. Me dije que no podía ir a ese velorio con las manos vacías, así que en un grifo cercano compré un ron nacional y una gaseosa para mezclar mientras me quedara allí. Pienso que a él le hubiera gustado la idea, gato nocturno como era, de cervezas y cigarros casi en cualquier esquina donde hubiese ambiente para conversar largas horas de noche.

Me acordé de Cisneros, me preguntaba cuándo fue la primera vez que lo vi. En la Universidad Católica, donde yo acababa de ingresar. Recuerdo lejanamente que hubo un recital organizado para acompañar algún acto político. Recuerdo a Cisneros, a aula llena, diciendo que leería unos poemas para la coyuntura, porque este acto, dijo, no era un acto poético sino más bien político. Todo salió bien. Luego, en un grupo de amigos, se fue a un auto mediano, y por alguna razón, quizá porque yo conocía a alguien del grupo (creo que eran los jóvenes poetas del colectivo La sagrada familia), yo también subí al auto y anduvimos algo apretados. En el camino, como era su costumbre, la ironía, el humor y la voz de Cisneros coparon el aire. Todos reíamos con las bromas. De pronto, me miró y dijo: ‘¿Quién es Alien?’ (aludiendo a la película Alien, el octavo pasajero, de 1979). Le hablaron de mí, de amigos comunes, y la conversa siguió su curso. Creo que más adelante me bajé, y ellos adónde se irían. Por entonces yo era, claro, más joven, como todos, y Cisneros era, hace rato, un reconocido poeta de la destacada promoción del 60. Tenía el aura de haber sido amigo de admirados poetas nuestros como Javier Heraud y Luis Hernández. Él mismo era admirado por una poesía a caballo entre la historia, la conciencia política crítica de izquierda, el lirismo coloquial de marca anglosajona, y el cosmopolitismo mixturado con personajes, hechos y factores de nuestra realidad peruana y latinoamericana. Era un poeta mayor, y yo, como otros, lo veíamos con admiración, curiosidad y cierto temor de chiquillo recién ingresado a los estudios universitarios.

No recuerdo si volví a verlo en los inmediatos años siguientes. Pero claro que seguí su trayectoria literaria y periodística, especialmente por su labor en El Diario de Marka, aquel vocero de la izquierda nativa, donde fundó y dirigió un suplemento cultural que hizo historia: El caballo rojo (1980-1984). Como tantos, yo lo leía cada semana con interés redoblado. Aquel suplemento reunía a lo más graneado de la intelectualidad de izquierda de esos tiempos, cuando la pólvora empezaba a hacer lo suyo en el interior del país. Bajo la dirección de Cisneros, ofrecía un panorama amplio, acertadas colaboraciones, y fue una experiencia periodística que marcó época. Cisneros también venía de integrar el ‘Comité divertido’ de ese otra delirante publicación que fue Monos y monadas, dirigida por Nicolás Yerovi, nieto del famoso costumbrista Leonidas Yerovi, y que en 1978 –en plena dictadura militar–resucitó el viejo proyecto de periodismo humorístico-político de su abuelo. En El caballo rojo, Cisneros publicaba su columna editorial ‘A caballo’, con visiones agudas sobre la coyuntura política, que a veces combinaba con el testimonio personal, fruto de sus muchos viajes y su conocimiento de diversidad de personas con diversos oficios. Así que estaba en pleno apogeo, y sus libros corroboraban su vigencia en el panorama nacional y latinoamericano.

Cuando arreció la guerra interna, que tuvo como antagonistas principales al PCP-‘Sendero Luminoso’ y al Estado peruano, a mediados de los 80, El Diario de Marka dejó de salir, y luego se refundó bajo una línea más radical, y la izquierda tradicional –aquella que había concitado tanta votación a comienzos de dicha década, con el retorno al régimen constitucional– afirmó su plegarse más al orden existente, al mismo tiempo que fue deslindando con la lucha armada iniciada por una de sus fracciones como lo era ‘Sendero’ desde los años 70. La ‘metáfora Cisneros’, como bien ha caracterizado Javier Garvich (ver enlace respectivo al final), también se fue haciendo y deshaciendo al ritmo sincopado de la izquierda legal peruana y sus espirales. O sea que lo de Cisneros, cómo así fue convirtiéndose en metáfora de sí mismo, de aquel joven esperanzado y cuadro del socialismo, no aconteció por generación espontánea. Fue el caso de una izquierda de la que él era una de sus cabezas más visibles, por su capacidad histriónica, su eficacia para ser mediático, en un país donde los poetas se dan como hongos pero donde cada vez se lee/se disfruta/se vive menos (en) poesía. Quizá es verdad que, a su modo, Cisneros puso la poesía en un lugar visible de la estantería nacional de estos años. Casi un Chocano reciclado en los tiempos del marxismo o el postmarxismo latinoamericano, pasando por los hippies y mayo del 68. Pero ese lugar visible ¿de qué estaba hecho? En esta crónica (de chapi) es mejor que las palabras sigan corriendo según su propio ritmo misterioso.

Hacia 1987, sin embargo, Lima no había sido tan golpeada como lo sería a fines de la década, y yo me fui a un viaje de 3 meses por Sudamérica. Recorrí varios países, y con ayuda de mis amigos poetas, contacté a otros artistas y escritores en las ciudades donde iba recalando, todo por autopistas y viajando de las formas más diversas. Por entonces, hacer autostop era viable. La cuestión es que, al final del periplo, regresé a Lima algo apesadumbrado porque Brasil me había fascinado, y en el avión que me traía de regreso, desde La Paz, pensaba si debía haberme quedado en Brasil a vivir de algún modo. Pero estaba de vuelta. Y en la mochila me traje una larga entrevista grabada con un poeta mayor de Chile, Enrique Lihn. La misma apareció a dos amplias páginas en La República, y desde entonces empezó mi trabajo periodístico en diversos medios. Asimismo, ese año tuve la sorpresa grata de aparecer incluido en una antología de poesía peruana joven, elaborada por amigos poetas, con una reducida lista de 12 autores. El libro, por eso, se llamó La última cena (Lima, 1987), y desató adhesiones y denuestos.

Cuento todo lo anterior, porque la siguiente ocasión que vi a Cisneros de cerca, yo figuraba en una antología, y estaba por realizar mi memoria de bachillerato en la Católica. Había hablado con mi asesor, el crítico y editor Abelardo Oquendo, a quien le comenté de mi interés por trabajar lo lúdico y el humor en la poesía de Luis Hernández. Él me escuchó, y luego me sugirió la idea de trabajar la poética de Antonio Cisneros, quien también tenía una mirada crítica sobre la realidad contemporánea, era de aquella generación de Hernández, y empleaba los recursos de la ironía y el humor en su poesía. Además, estaba vivo, lo cual podría facilitar mi trabajo. No me pareció mala idea en ese momento, y decidí entrevistarme con el célebre autor de Canto ceremonial contra un oso hormiguero. No recuerdo detalles, solo que Cisneros aceptó gustoso apoyarme, lo cual me sirvió para calmar cierta impaciencia que aparece en esos trances académicos. Así que, dialogando con él, recabé información de primera mano sobre su poética, sus experiencias, así como sobre cierta bibliografía que podía consultar, como trabajos críticos e incluso otras tesis sobre su poesía. Me prestó un vasto archivo periodístico acerca de sus libros. En el camino, decidí que si iba a indagar por recursos retóricos como la ironía y el humor, bien podría hacer una suerte de análisis comparativo entre el primer Cisneros, aquel joven precoz de Comentarios Reales (1964, Premio Nacional de Poesía), y aquel otro ya más maduro, cuando ganó el ‘Casa de las Américas’ (1968, Cuba) con Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Él mismo dijo, en una entrevista, que en este segundo libro integró más dialécticamente los ámbitos de lo privado y lo público: el ambiente familiar-individual con el ambiente social-histórico. Con mi asesor, vimos que Cisneros pasaba de la ironía mordaz y crítica contra el patriotismo criollo y sus mitos, al humor de su segundo libro, donde con una mirada igualmente crítica, pero menos satírica y más humorística, desmontaba la ética y mitología del capitalismo en relación con la historia contemporánea y el Perú. Un libro más ambicioso, sin duda, considerado por muchos -me incluyo- como su obra mayor.

Sin embargo, con cierto gusano interior por revisar nuestra poesía contemporánea bajo los lentes de la ironía y el humor, hice una larga introducción donde pasaba revista a ocho poetas peruanos, comparando cómo empleaban estos recursos y en qué medida. Los poetas fueron José María Eguren, Martín Adán, César Vallejo, Carlos Oquendo de Amat, Carlos Germán Belli, Juan Gonzalo Rose, Jorge Eduardo Eielson y Pablo Guevara. De esa introducción o estudio colectivo, la parte sobre Vallejo me quedó mejor desarrollada, además de aparecer como bastante novedosa considerando la imagen tradicional de Vallejo pesimista, por lo que decidí publicarla como ensayo en un libro posterior, junto a otro ensayo sobre el poeta Arthur Rimbaud y la Comuna de París. Sin embargo, la tesis fue en su mayoría el citado análisis sobre la poesía de Cisneros. El capítulo que más me satisfizo fue aquel del marco histórico, que abría con un collage con imágenes del Che Guevara en diferentes momentos, y con Cisneros y César Calvo en un homenaje universitario al poeta guerrillero del 60, Javier Heraud, tratando así de captar la atmósfera de aquella época y aquellos jóvenes que alimentaron mi también joven imaginación durante los años 70 y 80. Mi tesis la concluí en 1989.

Dos años después, había publicado, además, un libro individual de poesía (El sol a rayas, 1989) y contaba con cierta experiencia periodística de cuatro años. Esto fue hacia comienzos de la década siguiente, en los 90. Había terminado desgarradamente una breve relación amorosa, y en mi proceso de autoreconstrucción (nada sencillo en verdad: creo que aún tengo cicatrices interiores) decidí no solo terminar una licenciatura en la Católica, sino encontrar un trabajo regular en periodismo. Así que, en 1991, busqué a Antonio Cisneros en la revista SÍ, la misma que en 1993 resonó internacionalmente por su hallazgo de las fosas con los estudiantes universitarios de ‘La Cantuta’, desaparecidos y asesinados por el Ejército en pleno fujimorato, acusándolos sin pruebas como senderistas. Él era editor de Culturales: una amplia sección de 14 páginas que debían nutrirse semanalmente para el público nacional. Cisneros me escuchó atentamente –siempre escuchaba atentamente, con ojos bien abiertos e inquietos, cejas arqueadas, un rostro alargado, sus cabellos revueltos, un cigarro entre los dedos–, y cuando terminé de presentarme y decir mi objetivo, con esa voz ronca de chelas en la madrugada y cigarros varios, me hizo una propuesta delirante. Me dijo que me contrataba en la oficina de Culturales de SÍ, si lograba una entrevista con el pintor José Tola. Esa fue una oferta entre la vida y la muerte, no tanto porque yo necesitaba y quería ese trabajo, que me haría bien en varios sentidos, sino porque Tola tenia fama de artista peligroso, irascible, intratable, y todo lo que usted pueda imaginar. Como sea, yo era más joven, y acepté con una sonrisa incierta en los labios. Toño –voy a llamarte así, aunque casi nunca lo hice– cerró la conversa y quedamos en dicho trato.

Me preparé, me adjuntaron una fotógrafa que, para más señas, era novia de un buen amigo artista (Michelle Beltrán, pareja de Kike Wong, del taller NN, y que hace varios años también tomó el cielo por asalto por un accidente automovilístico en Brasil), y fui donde el pintor a cumplir mi primera misión periodística. Luego de varias anécdotas y momentos de riesgos calculados –Tola era un diestro manejador de técnicas para aterrar a periodistas– que aquí no cabe contar, acabé de hablar con él al día siguiente (Tola despachó rápido a Michelle, quería hablar a solas conmigo, fue su condición). La noche había sido larga, tomamos muchas cervezas, fumamos mil cigarros y más con Tola, y al final, luego de que este, amablemente, me invitara un par de churrascos que él mismo frio, me dejó tirado en un sofá a las tantas de la madrugada diciéndome: ‘No sirves para estas cosas’. Me arrojó una manta y dormí, dejando por el suelo los apuntes que había hecho. Al día siguiente, no había ningún papel, y su mujer de entonces me dijo que ellos iban antes a leer mis notas. Que preparase un borrador y se los mostrase antes de publicarlo en SÍ. Llegué a casa resaqueado, ofendido, preparé de memoria dicha crónica, la titulé ‘Tola por Tola’, y luego de discutir con la pareja que no quería que publique eso, se la llevé a Cisneros. La leyó y me dijo que estaba perfecta. Que salía y que quedaba contratado. Esa semana debí lidiar con la obsesión de Tola y su pareja, que llamaban seguido a casa de mi familia para impedir que publicase dicho texto. El argumento era que él quería limpiar su fama, o eso decía al menos su mujer. Como sea, Toño me amparó, los conocía, como conocía a medio mundo, y me tranquilizó diciéndome que la nota salía tal cual, que la pareja también lo había llamado a él, que no hiciera caso, que no pasaría nada, que no jodan y sanseacabó.

Así lo conocí, así empecé a trabajar con él por 9 meses de parto en esa revista. El primer día, en la puerta principal, entre serio y sonriente, me dijo: ‘Ángeles, no te pongas revolucionario que esta es una revista burguesa’. Yo creo que le mencioné sus tiempos como caballo rojo. Él me dijo que eso era el pasado. Como sea, ese tiempo, más allá de las discusiones con él por nuestros divergentes puntos de vista, por las notas que debía o no debía hacer, más allá de sus llamadas constantes a casa de mis padres para ver si avanzaba en mi trabajo (mi colega en Culturales era el compositor Juan Luis Dammert, que puede dar fe de este ritmo cisneriano), más allá de todo eso, debo admitir que ese trabajo me ayudó mucho a curar mi roto corazón de entonces, y me permitió conocer a mucha gente diversa, en cocktails, vernisagges, presentaciones varias, a las que éramos invitados como periodistas. Trabajé en diversas notas y artículos, que siempre acordábamos con Cisneros los lunes. Para ser sinceros, el trabajo de hormiga lo hacíamos Dammert y yo, más los fotógrafos. Cisneros era el director de Culturales, y su firma daba prestigio a la sección y a la revista. En general, le gustaban las ideas que le proponíamos, así que por ese lado no había mayor problema. Solo lo había cuando mis textos tenían una posición o un lenguaje que, al trepidante ritmo de los 80, se alejaban de su primera advertencia en la vieja puerta de la revista. Asimismo, cuando en lugar de cumplir sus encargos decidía yo enrumbar la línea periodística por el lado que mejor me parecía. Las discusiones con Cisneros, lamentablemente, fueron tomando un cariz cada vez más antagónico, y un santo día, uno de esos en que yo no solo no había comentado bien una revista donde él publicó unos poemas, sino que, además, había publicado en la agenda cultural una larga cita del historiador recién fallecido Alberto Flores Galindo (1949-1990), criticando a su generación por arriar las banderas de izquierda en aquellos tiempos álgidos del Perú, Toño se encerró conmigo en la oficina de Culturales, y gritando me dijo que estaba despedido, que él nunca había despedido a nadie pero que esta vez sí lo hacía conmigo. Que quién era yo, además, para querer dar lecciones con las palabras de un amigo suyo como había sido Tito Flores Galindo. En fin. Verdad es que me sentí aliviado. El trabajo se había ido puesto más estresante, y mis contradicciones con él también.

No cabe ahora recordar detalles, no viene al caso. Pero fue inevitable que cuando este sábado por la mañana me enteré por mi amiga, la poeta Victoria Guerrero que me escribió al celular, que Antonio Cisneros había muerto, todo lo vivido volviera sobre el alma. Estaba yo dando una clase, y el mensaje me paralizó. Sabía que él estaba mal, de seguro por tantos cigarros diarios durante tantos años, pero no pensé que su muerte adviniese tan pronto, en menos de un mes. No sabía bien, en verdad, qué debía hacer. Ir o no al velorio. Si no lo había vuelto a tratar desde entonces, desde el 91. El 94 emprendí un viaje de varios años a Europa, y cuando volví, el 2001, lo había visto de lejos nomás, conversando y tomándose algo en mesas de habituées, en el bar Juanito, en el Pitz, en alguna concurrida reunión, y siempre evitando acercármele, no por mala leche sino porque pensaba que no podríamos entendernos, y que quizá me repetiría lo que me dijo poco antes de que partiese del Perú. Me lo encontré de casualidad, una tarde de fines del 93, en Miraflores. Me vio. Era la esquina de Diagonal con Berlín, se acercó corriendo y me dijo: ¡César, tienes que irte pronto! ¡Te están siguiendo! ¡Por razones políticas! Obviamente, estaba jodiendo, de seguro recordando nuestras mil contradicciones en SÍ. A mí solo me seguía (si me seguía) mi sombra. De cualquier modo, eran años de dura represión estatal, el fujimorato había tomado las riendas del gobierno con dureza, amparado en la captura policial de Abimael Guzmán y parte de la dirigencia senderista. Así que esa última imagen de Cisneros me desalentó para acercarme a él cuando lo volví a ver en la década pasada, abriendo el siglo XXI. Nunca me alegré de eso, la verdad sea dicha.

Sin embargo, yo estaba allí, este sábado, en una banca del parque frente al velatorio, meditando sobre él, y sobre tantas cosas. En realidad, me apené cuando supe de su muerte. Me pregunté qué me originaba esa pena. No solo quizá era que me hacia pensar en mi propia condición mortal. No solo que fue alguien, en medio de todo, inteligente, que hizo una obra poética valiosa que ha de perdurar, no solo que proviene de unos años legendarios como son los juveniles y revolucionarios años 60, sino que, además, con él trabajé y conversé varias veces, así haya habido discusiones de por medio. Contribuyó a aquel sentimiento saber, también, que con sus 69 diciembres no estaba agotado ni física ni vitalmente. Creo que, en el fondo, sentí que me hubiera gustado ser su amigo, o algo parecido. Me hubiera gustado que nuestras formas de ser, las cosas que pasan en este país, y también otras situaciones mínimas, no nos alejaran, no del todo. No sé cómo hubiera sido eso posible. Solo sé que este sábado sentí y pensé que debía ir a verlo. Así hice. Llegué de noche, subí al velatorio, ya no había tanta gente. Me acerqué a su féretro, incliné la cabeza, lo vi durmiendo dentro, más delgado, más pálido, las mismas cejas arqueadas y atentas. De terno (el bluejean sesentero era cosa del pasado: me resonó nuestro diálogo al primer día en SÍ). Me quedé un momento en silencio delante de él, y puse mi mano sobre la luna antes de dar media vuelta para caminar por el malecón, y tomarme unos cubalibres para el duelo y la reflexión. Antes de salir, abracé a Nora, ‘la Negra’, su esposa por más de 30 años. Abracé a una de sus dos hijas, que llegó de Barcelona. Salí y fuera estaba un amigo, el poeta Domingo de Ramos. Tomamos unos cubas, en un vasito de plástico para la ocasión, hablamos. Al final, continué solo por los alrededores, y me encontré con la cuñada de Cisneros, en una banca. Fumamos cigarros, burlando la causa de muerte de Toño. Fumamos como a él de seguro le hubiese gustado. Me contó que había muerto sin dolor. Que el día anterior estuvo lúcido, rodeado de su familia, en casa de su madre, que lo sobrevive. Es una forma buena de morir, pensé, entre pájaros y árboles. Me acordé de la larga agonía de mi padre, hace dos años y medio, cuando a sus 91 le dio un derrame y estuvo casi un año en el hospital, algo duro para todos, para él también, de seguro.

En fin, sería un burdo lugar común decir que fui al velorio de Antonio Cisneros por la poesía. O algo parecido. No. Tampoco porque me consideraba su amigo. No lo fui. Solo un conocido que de joven trabajó con él, y con quien tuve algunas buenas conversaciones sobre poesía y sobre la vida. Creo que fui a verlo porque me acordé de algunos poemas suyos, porque recordé algunos momentos buenos, por el humor punzante que tenía, aunque a veces, ay, con las aguas, se deslizaba por la ironía y burla criollas, y porque pienso que después de lo que pueda decir fue un tipo que no le hacia ascos a sentarse con quien quisiera tomar una copa y charlar. Creo que, en parte, fui por todo eso. Y también porque quería decirle, en silencio, que cuando una persona muere, no solo muere de presente, sino también muere con las imágenes de los demás. Quizá en secreto le llevé la imagen que hubiera querido mantener de él, la imagen que se me mezcla en el camino con otras circunstancias. Sin embargo, la muerte ha de limpiar la semblanza. Y la imagen que quise retener de él fue una a la altura de mis ideales. Nosotros los mortales muchas veces no alcanzamos a vivir eso, pero esa imagen fue la que quise dejarle como ofrenda en su responso. Si hay alguna vida después de esta vida, él me habrá entendido, y quizás después de todo, del paso del tiempo y de las aguas, habrá sabido que lo que esperé de él era algo que él mismo se encargó de hacernos imaginar a quienes vimos en los jóvenes poetas del 60 algo como el anuncio de un mundo mucho mejor que este, de la mano de la música, el humor, la creación, las ideas vanguardistas, y el amor limpio y la amistad leal. De ese mundo imaginado y utópico, Toño Cisneros fue alguna vez parte en mí. Habrá sido por eso que fui a verlo este sábado. Y también porque trabajando con él, discutiendo con él, me fui curando de una historia romántica que me había dejado hecho pedazos. Dios ponga cabe a nuestras lácrimas. Adiós, Toño, espero que ambos estemos hablando, por fin, algún lenguaje común, en poesía, con la verdad en la mano. Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.

Enlaces sugeridos:

• Karl Marx died 1883, aged 65: http://es.scribd.com/doc/82466041/El-Caballo-Rojo-Homenaje-al-Viejo-Aguafiestas
• Javier Garvich: http://lapizymartillo.blogspot.com/2012/10/la-metafora-cisneros.html
• http://www.letras.s5.com/ac020508.html
• http://www.letras.s5.com/ac020508.html
• CHILE. Poema ‘Cuatro Boleros Maroqueros’ de Antonio Cisneros: http://www.youtube.com/watch?v=twel6kPbzZI


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Crítica literaria: “Las bicicletas no son para El Cairo”


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Emilio Perrín
Las bicicletas no son para El Cairo
Ediciones En Huida

Algo queda manifiestamente claro en la descripción narrativa de Emilio Perrín en lo que respecta a esa fabulosa y alucinante ciudad de El cairo, en cuanto a su trama callejera y discurrir del vivir diario de una ciudad con unas peculiaridades propias sustentadas sobre el transcurrir de su vieja cultura, donde se perciben patentes muestra de las variadas influencias llegadas de otras fuentes. Con esto solo quiero señalar, no creo que de forma baladí, que los conocimientos adquiridos del autor no son fruto de una compulsiva a pinchar Wikipedia, sino cosecha de una existencial presencia en los adentros de la urbe y su cultura, razones que se palpan en la visión y manera de enfocar las muy diferentes situaciones que componen la trama, base de esta historia entre ficción y realidad, posiblemente con cierta dosis, bastante palpable, de autobiografía, dado el protagonismo de su principal personaje, interpretando un papel inquieto con el que consigue poseerlo de solidez en su discurrir, fruto de la sólida formación profesional y académica del autor, como arabista e islamnólogo que le han aportado justos reconocimientos profesionales.

Que las bicicletas no sea el transporte más idóneo y seguro para rodar por El Cairo según la descripción que nos va mostrando el contenido de la novela es un hecho real, lo que no impide, mejor provoca, que sea el símbolo de una bicicleta zigzagueante que rueda por entre ese avispero de tráfico el eje amoroso, salvando obstáculos, en esta historia de amor donde las pasión de los personajes se ve obligada a enfrentarse a una realidad cultural y por tanto religiosa entre Oriente y Occidente que, en el caso de esta joven pareja, perteneciente a una nueva generación, ha optado por la inconformismo como única palanca para escapar del arcaísmo donde se encuentra prisionera, especialmente, esas nuevas generaciones de la sociedad egipcia, estancadas victimas involuntarias de las circunstancias e intereses inmovilistas, concientes que toda apertura se los llevaría por delante. Y los protagonistas de la novela, no es que estén en contra de unos dogmas y cultura religiosa, sino que son parte doliente, por lo que exigen la necesidad de reformas –semejante a la que vivió Europa con Lutero como ideólogo-, actitud que plantea a los familiares de esa encantadora protagonista luchadora a favor de un cambio semejante al occidental, aquel que durante siglos vivió igualmente sometido luchando por superar tal sistema. Ejemplo, guardando las distancias t las diferencias de culturales. Recordemos La Guerra de los Treinta años del Viejo Continente.

Este es el planteamiento de fondo que e3ncuentro en la historia, lo que actualmente presenta un estado de enfrentamiento que inquieta a la sociedad por el cariz ortodoxo e intolerancias y los graves peligros que viene provocando. Porque si es cierto que los pueblos necesitan una religión, más amargo resulta que por sus propias características conservadoras por temor a perder el poder absoluto y jerárquico, los lleve a un feroz radicalismo donde junto a los dogmas religiosos se mueven unos intereses patriarcales económicos y políticos. Un hecho real que transcurre poco antes “de la sublevación de más de un millón de personas en la plaza de Tahrir cuando “estos hombres y mujeres –protagonistas vivos de la novela-, trenzan sus destinos entre la dificultad de circular en bicicleta por el tráfico cairótico y la imposibilidad de acelerar el ritmo de sus vidas”

Siendo esas muestras de amor y amores de parejas, símbolos que manifiesta como el amor es fuente que aporta frescor para nuevas semillas, porque las pasiones necesitan libertad de crecimiento y poder granar sin dobleces morales “¿No te ocurre que, al enamorarte, es como si crecieras, como si se intensificasen tus sentidos, cono si se escuchasen con más fuerza tus pasos por el mundo?”, a la vez que se preguntan qué es la moral de lo “políticamente formal” incluso los poderes establecidos se ven obligados a realizar cambios para que a la postre todo siga igual como mal remedo de El gatopardo de Lampedusa. Las bicicletas no son para El cairo es una novela intensa y palpitante donde el amor rebosa por los poros de los cuerpos, ejemplo el de Amina la alejandrina que parece haber salido de un poema de Cavafis: “Vuelve otra vez y tómame en la noche, / cuando los labios y la piel recuerdan....” No es pérdida de tiempo ni distracción anodina sumarse pedaleando esta aventura que tiene por símbolo la bicicleta y su zigzagueo hacia la libertad.


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España viene de musaraña


Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Musaraña. Musgaño. Cualquiera sabandija. Un padre, figura contrahecha o fingida, musmón, especie de carnero silvestre de gran tamaño del que hay muchas variedades, tenía un hijo del que decía “como esto, no va a la feria” y le preguntó un día que qué quería ser de mayor; a esto dijo el hijo: “quiero ser político, y como tengo buen pito llegar a jefe de la nación”. El padre le respondió:

-Tú que pitas, pitarás.

Y pitó. Mira si pitó: Un día, mirando a las musarañas con una especie de nubecilla puesta delante de los ojos, se le acercó una alemanota, y él, como embobado o con la imaginación puesta en asuntos ajenos a los que estaba tratando, intentó traspasar la moscareta o papamoscas por debajo del ombligo de la alemana, y, al instante, una muserola, cual correa de la cabezada, le rodeó el hocico, impidiéndole el libre juego de quijada y de sonrisa barbuda, y daba excusas vanas, y alababa a los musgaños o ciertos pequeños mamíferos carnívoros que se alimentan de insectos y arañas perseguidos por la muta, o cuadrilla de perros de caza.

Este es un amo de la fidelidad de la mujer y del feto por haber gozado de la señora. Pero, siempre que venía contrariado, apaleaba a su mujer de oficio, si había sido vista indignada en una manifestación, y le daba en la cabeza. Ella decía que le diese en otras partes; él replicó:

-Todo se andará.


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Música: El bajo profundo


ARGENPRESS CULTURAL

El bajo (del latín bassus: ‘grave, bajo’) es el cantante con la voz masculina más grave, con un timbre muy oscuro. En ópera un bajo es un cantante lírico masculino capaz de alcanzar el rango más grave de la voz humana.

Según el Harvard Dictionary of Music, la tesitura de bajo va desde un mi2 hasta undo4, y según el Grove Music va desde un fa2 hasta un mi4. Sin embargo, es ampliamente conocido en el mundo operístico que un bajo debe dar como mínimo elfa4, considerándose en ocasiones el fa#4 e incluso el sol4 para los papeles considerados de divo.

En obras corales, en general, cuando un compositor compone una parte para bajo, utiliza un registro más estrecho (más fácil de cantar): desde un sol2 a un si3.

En música académica europea, particularmente en ópera, existen distinciones entre los distintos tipos de bajo:

El bajo profundo o bajo noble es un cantante con una voz particularmente profunda (una gran potencia y riqueza en graves), al tiempo, que mantiene los agudos firmes.

Los rusos tienen una larga tradición en la utilización de los bajos profundos. De hecho, la música litúrgica cantada en la Iglesia Ortodoxa hace frecuente uso de esta voz. Igualmente, en la tradición popular rusa, el bajo juega un papel muy importante.

Para ejemplificar todo esto presentamos dos canciones sacras de la liturgia rusa así como un aire popular interpretado por uno de los más conocidos bajos profundos rusos: Ivan Rebroff. Igualmente, dejamos dos ejemplos de bajo profundo en la operística europea:

1. Canción sacra rusa


2. Canción sacra rusa


3. W. Mozart: de la ópera “La Flauta Mágica”, O Isis und Osiris


4. C. Monteverdi: “Incoronazione di Poppea”


5. Música popular rusa



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Extrañas ventanas


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Esto que escribo lo escondo en un agujerito que hice en la pared del cuartito donde me internaron. Agujerito que tapo con un cartón del mismo color que la pared para que no lo descubran.

Lo escribo para que alguna vez, cuando me dejen en libertad, me pueda servir para publicarlo en algún lado.

Me internaron porque un día rompí con un martillo todas esas ventanas donde siempre veía una cara que me miraba.

Cuando era chico, aparecía un nenito mirándome. Después, de grande, un tipo. Después, ahora, un viejito.

Yo quería mirar, ver, y no ser siempre mirado. Pero no conseguía. Me asomaba a la ventana y ahí alguien mirándome.

Hasta que me cansé. Basta.

Y empecé a romper, quebrar esas ventanas cada vez que las veía.

Aquí insisten, me dicen que esas ventanas se llaman espejos.

Pero yo no lo creo.


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Poema


Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El máximo conocimiento que tuve de ellas
fue en este día postrimer.
Se irguieron ante mí como ser-pientes policápitas
por briosas nucas sos tenidas.
Así aprendí el calor de cuál escama
-escama que no es cama-,
sulongitudsulatitud y otras medidas
de su arriscado ser.
Los batracios se escurrían a cuál más
por sus bocas mayúsculas. Con sus comillos
se han devorado a cuántos hombres,
pero bajo sus poros los arrastra
ajeno im-pulso
de des-plazarse hacia sí mismas.

Es que un árbol es poco para las serpientes,
un batracio también, un huevo
de gallina o de hombre; nada más grande
en mi bolsillo-faltriquera
que mi colmillo asérpico.
Con él, repito, supe
admirar tus logros de mujer,
medir los años con la herida,
proyectar mi afán hacia tus hornos.
Si toda
vía
a
precio un metro de di estancia
u oigo el clamor de huelga de las células
o siento que estas casas están quietas en su velocidad
o veo que suspiras o hay movención en tu vigor
o pienso que aún se puede desplazarse en el espacio,
de navegar sin límites en él,
de per-catar lo irreductible del morir,
asumo entonces
tu suma tu valor
y lucho
-si luchas también tendrás contigo a alguien igual-,
enfrento las innúmeras cabezas
apuntando a nucas débiles.
Pasarán muchos yoes
-a la postre
no importa-
hasta ese día postrimer.


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Vamos a decir verdad


Gladys Ceverino Martínez Serrano (Desde Cuba. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¡Ay! mi patria, mi patria
vamos a amar a la patria
a esos cinco compatriotas
que hoy están en cautiverio
ellos que con sus ideas
hacen temblar a un imperio.

Ay, mi patria, mi patria
vamos a amar a la patria
hacen temblar un imperio
los lacayos los acusan
"La historia los absolverá"
las ideas no se encierran
y la verdad se sabrá

Ellos no quieren violencia
ni quieren más terrorismo
ellos luchan por el mundo
con amor y patriotismo.

Ay mi patria, mi patria
por amor y patriotismo
vamos a amar a la patria
A todos los que escuchen
vamos a decir verdad
unir todas nuestras voces
y pedir su libertad.

Ay mi patria, mi patria
y pedir su libertad
de esta tierra ellos salieron
y ya pronto volverán
con la frente bien erguida
y un signo de humanidad

Ay mi patria, mi patria
ellos luchan por la paz
ay mi patria , mi patria
ellos pronto volverán
VOLVERÁN.

Gladys Ceverino Martínez Serrano es compositora musical miembro de la Agencia Cubana de derecho de autor musical, ACDM. Tiene en su haber innumerables composiciones musicales (letra y partitura musical)


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Reedición de un libro necesario para la memoria histórica: “El fusilamiento de Penina” nuevamente en las calles


María Celeste Roca (ANRED)

La historia narrada por el escritor rosarino Aldo Oliva acerca de un joven anarquista catalán fusilado durante la primera dictadura militar en Argentina hoy es nuevamente reeditada en la ciudad de Rosario. El libro había sido quemado en la Biblioteca Vigil junto a otros 80mil escritos, víctimas de la trama represiva que aplicó la última dictadura impulsada por el militar Jorge Rafael Videla.

En un intento por reconstruir la memoria viva sobre los accionares más oscuros de nuestra historia argentina, la editorial independiente Puño y Letra de Rosario relanzó la edición “El Fusilamiento de Penina”, una obra escrita por el poeta y escritor rosarino Aldo Oliva, quien narra una historia que paradójicamente volvió a desaparecer, junto a otros textos memorables, como víctimas del gobierno de facto impulsado desde la última dictadura militar en el país.

La historia fue escrita y narrada en la década de los setenta, bajo la edición de la Biblioteca Vigil en Rosario, en el marco de un espacio de revalorización de la memoria que volvió a quedar postergada, ya que el autor nunca vio su obra impresa. En Febrero de 1977, la Biblioteca fue intervenida por la última dictadura cívico militar, incendiando 80mil libros con textos de gran importancia histórica, entre ellos la obra de Oliva. “Tiene su contenido original que era la historia sobre el primer desaparecido de la primer dictadura militar en Argentina, pero que a su vez es un libro desaparecido, 30 años después”, explica Patricio Bordes, integrante de la editorial.

En 2003 es encontrado un libro, sin tapas, quedando como único ejemplar sobreviviente de aquellos escritos. En consecuencia a esto su hijo, Antonio Oliva, relanza una nueva edición en 2007 desde España, y la presenta en Barcelona y Gironella, el pueblo donde vivió Joaquín Penina hasta su exilio en Argentina.

Un tiempo después, la historia de Penina es relanzada en lenguaje audiovisual, desde el documental “Hombre de Ideas Avanzadas” dirigido por el realizador Diego Fidalgo; aunque el formato gráfico nunca llega a reeditarse en Argentina. Es así que la Editorial Puño y Letra de Rosario relanza la historia escrita por Oliva, bajo la colección “Presentes, ¡ahora y siempre!” que también es iniciada a partir de este libro.

“Llegó la posibilidad concreta de ir a proponerle a Antonio hacer una edición en Rosario, la tercera en total. Esta es una edición particular del libro, ya que fue ampliada e incorpora los materiales que estaban como separata, que ahora aparecen incluidos como datos históricos. Además aporta una entrevista a Diego Fidalgo, el realizador del documental; y una serie de fotos de archivo militar de la provincia que incluyen el prontuario y algunos manuscritos”, explicó Patricio.

Desde su espacio de trabajo, la editorial inicia con este libro el marco de su primera colección, titulada “Presentes, ¡ahora y siempre!”, en la que definen “una línea de trabajo en términos del ejercicio de la memoria, del homenaje y de claves que ahí se empujan para pensar el presente y las luchas del presente”, aseguran.

El libro reeditado ya tuvo su primera aparición en la ciudad de Santa Fe, desde el Centro Cultural “El Birri”, en el marco de una presentación sobre el documental de Penina, que dirige Diego Fidalgo. En lo que respecta a su presentación concreta y destinada a la edición en Rosario, la editorial tiene previsto su lanzamiento en un evento que planea realizarse para fines de este mes.

“La intención en la publicación de este libro es por un lado hacer un cierto homenaje, y por el otro el ejercicio de la restitución de las voces que fueron acalladas por los poderes represivos de turno. Que haya un puente, un vínculo entre Penina, los oprimidos y los muertos de hoy”, explican.

Militancia de puño y letra

Puño y Letra es un espacio editorial autogestivo que viene construyéndose desde hace algo más de un año y medio. Desde su base en “poder generar nuevos espacios de participación política” y junto a la “creación de trabajo autogestivo” la editorial lleva a cabo no sólo un espacio de publicación de textos, sino que además acciona como un colectivo de reflexión sobre la realidad cotidiana, bajo la raíz de un profundo debate, que ha terminado por desembocar en una disputa sobre diversas problemáticas que parten en torno a conceptos devenidos del marxismo, como lo son las concepciones acerca de la distribución, la plusvalía y el trabajo alienado.

“Algunos nos conocíamos y otros no, así es que discutimos sobre la base de querer construir un proyecto común. Fue un debate de mucho tiempo y con jornadas de formación conjunta, con lecturas de debate, donde terminamos de alguna manera dando forma a Puño y Letra”, explica Patricio Bordes, quien integra la editorial desde el inicio del proyecto.

En su accionar como editorial independiente, el colectivo ya realizó dos publicaciones anteriores; las mismas que actúan como textos claves en su espacio de construcción política.

“Cuando debatíamos sobre las condiciones en el trabajo o como organizar un proceso laboral y demás, una de nuestras lecturas que nos da los matrices fue la de Marx. Esto también fue para reflexionar acerca del trabajo en el capitalismo y las características de las relaciones sociales de producción, entre otros aspectos. En función de esa apropiación decidimos editar el Capítulo 6 de ´El Capital´, como primer libro”, explica Patricio.

Su segunda publicación, “Pedagogía del Oprimido” de Paulo Freire, fue llevada a cabo en el marco de un debate que daba lugar a un pensamiento ligado a la práctica y la transformación social. “En los procesos de debate comenzamos a trabajar con herramientas de educación popular para formarnos, para conocernos, para debatir la realidad en la que vivimos con sus problemáticas concretas. Así decidimos publicar y socializar ´Pedagogía del Oprimido´ de Freire, como otro de los textos que nos permitían ir pensando la práctica”, plantea. La edición de “El fusilamiento de Penina” no es una publicación más para el colectivo. Es que la obra de Oliva da cuenta de un contenido trascendental, por lo que previo a la investigación del autor, el asesinato del joven anarquista nunca había sido admitido ni por la policía ni por la justicia. Es así que en el marco de su primera presentación sobre el libro, desde la editorial hicieron visible la convicción política que arraigaba este nuevo proyecto, en el que denunciaron que se trata de “un intento deliberado por confrontar los relatos oficiales que condenan la verdad al basurero de la historia”.

En esta instancia y desde la editorial, se enmarcó el libro en la elaboración de una colección, bajo el intento por recuperar y construir ciertos “puentes históricos” que vinculen los actos políticos de represión con los accionares políticos de la actualidad y que, de alguna manera, “den paso al ejercicio de la memoria”.

“Es una búsqueda en nuestro pasado que nos permite abrazar las verdades del presente. Y ya que muchos pasados encuentran su síntesis en muchos presentes siempre abiertos a interpretación, es la valorización de experiencias que tienden a restituir las voces silenciadas de nuestro pueblo: las de aquellas que luchan por un mundo libre de explotación y penurias. Es nuestro aporte político para que brille la memoria, la verdad y la justicia en nuestros sueños colectivos”, expresaron.


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Quién que es...


Juan Cervera Sanchis Jiménez y Rueda (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Que te lo digo yo,
que no soy nadie:
¿Quién que es no es esclavo?
Así el hijo de rata,
como el hijo de águila,
son dos pobres esclavos;
y la amada amadísima,
que esclaviza al amante,
es a su vez esclava del amante,
ya sea a flor de fango
o en la celeste altura
de lo aéreos cielos.
Todo está encadenado.
Las cadenas son múltiples.
La libertad es sólo una palabra
con ojos y con uñas de mazmorra.
Creas lo que tú creas
la real realidad
siempre y siempre está ahí
y, ajena al autoengaño,
ordena y manda,
porque manda y ordena
con estricto rigor,
y totalmente sorda
a cualquier petición,
por pequeña que sea,
de clemencia.
Que te lo digo yo,
que no soy nadie:
¿Quién que es no es esclavo?


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Crónica de libros: “YPF, la liquidación. Aproximación a la historia petrolera argentina”, de Marcelo García y Alejandro Bassi


ARGENPRESS CULTURAL

Los autores, Marcelo García y Alejandro Bassi, realizan un análisis tras 20 años de la privatización de la YPF estatal (1992-2012), incorporando valiosos elementos sobre la forma en que se concretó la liquidación de la mayor compañía del Estado con la privatización menemista y las posteriores acciones que se produjeron en la Argentina.

Asimismo, “YPF, la liquidación” inicia un primer tránsito analítico por la historia petrolera argentina, inclusive desde antes del descubrimiento del petróleo concretado durante 1907 en Comodoro Rivadavia, demostrando el marcado desinterés del Estado por la explotación petrolera durante más de medio siglo.

La publicación se adentra en la creación de YPF por el general Mosconi y sus políticas de enfrentamientos con los trusts petroleros y los obreros extranjeros, efectuando un duro y polémico cuestionamiento a la emblemática figura del fundador de la petrolera estatal.

El libro recorre las políticas petroleras en las presidencias de Yrigoyen, Frondizi, Perón e Illia; pero también se adentra en el período de la dictadura militar de Videla y el gobierno de Alfonsín, hasta llegar a la privatización efectuada por Menem y las renegociaciones anticipadas de los principales yacimientos del país durante las administraciones de De la Rúa y Kirchner.

“YPF, la liquidación” reconstruye la planta de personal de la compañía estatal desde los años ’70, inclusive en Chubut y Santa Cruz, y el impacto que generó la privatización entre los trabajadores y pefianos.


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Andalucía y los andaluces. Carta abierta a don Juan José Ruiz


Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Recibí un pps elaborado por don Juan José Ruiz, profesor perteneciente al Departamento de Química, Física y Termodinámica Aplicada de la Universidad de Córdoba. Dice textualmente:

«¡Estoy harto! Tan harto que ya no sé si decirlo, escribirlo, gritarlo o ponerlo con hache intercalada. Harto de que a los andaluces se nos etiquete de vagos, sin criterio, apesebrados, subsidiados o incultos. Harto de que se nos asocie únicamente con el flamenco, la juerga, los toros y el vino. Harto de ver en las series de televisión los papeles de criada, analfabeta o tontitos con acento andaluz. (¿No hay ningún presentador de informativos con nuestro acento?). Harto de nuestra sociedad subsidiada, cateta y sin criterio. Cansado de que se menosprecie nuestro acento. Harto de ver andaluces que únicamente triunfan en el programa de Patricia, Gran Hermano y similares. Harto de Jesulín, de Pozi, de Pantojas y Jurados. Harto del Risitas, de Romerías del Rocío y Feria de Abril. Harto de la duquesa de Alba (a la que hicieron hija predilecta de esa tierra, tócate los pirindolos), de su hija, de sus hijos, de su yerno y sus trajes de flamenca. Y ahora de su boda. Harto de Loperas y musho-beti, de cuentachistes, de famosillos de tercera división, de Malayas y de Faletes. Harto de toreros que se lían con fulanas, del botijo y la pandereta. Harto, cansado, hastiado, aburrido me tienen. Ojalá alguna vez los medios de los millones de andaluces que se levantan cada mañana para levantar esto, o de nuestros padres y abuelos que emigraron hace décadas a suiza, Cataluña y País Vasco para trabajar donde nadie quería. Ojalá se acuerden de que hablamos con acento andaluz abogados, marineros, médicos, albañiles, arquitectos, investigadores de alto nivel, camareros, taxistas, prostitutas, jueces, agricultores… Ojalá quienes hablen de nuestra incultura se acuerde de Séneca, Maimónedes, Alexandre, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Machado, Falla, Zambrano, Picasso, Velázquez, Murillo, Trajano, San Isidoro, Pomponio Mela, y muchos más… Ojalá se acuerden de millones de personas que trabajan cada día desde Ayamonte hasta el Cabo de Gata, y de millones de andaluces que siguen haciendo Andalucía más allá de Despeñaperros… Ojalá diera esto la vuelta al mundo, aunque temo que se quedará perdido en el inmenso océano de internet».

En primer lugar y con el mayor respeto, le manda un abrazo solidario un viejo Maestro de Enseñanza Primaria que estrenó su título en el año 1959. No pretendo replicarle, sino complementar sus atinadas palabras.

Por lo insólito, nadie entiende que Finlandia, pequeña nación europea de poco más de cinco millones de habitantes que –aunque posee bosques, carece de yacimientos minerales y de recursos energéticos– haya logrado metas tan elevadas. Pero manufactura muy bien, tiene personal muy cualificado, posee un nivel de corrupción llamativamente bajo y, sobre todo, solo un 8% de los alumnos no terminan los estudios obligatorios frente a un 30% de españoles y un 37% de andaluces que los abandonan, según un reciente informe de la Unesco.

Usted sabrá que si cada uno de los andaluces nos hacemos singulares, tantas distinciones acumuladas terminarían más como carencia impulsora que como virtud a destacar. O sea, que presumir de los Machados, Trajanos o Lorcas puede nublar el valor del esfuerzo colectivo. Convendrá conmigo, más desde su actividad laboral, que la necesidad del trabajo en equipo resulta imprescindible en este momento histórico. Los Marconis, Teslas o Cajales son muy difíciles que surjan en la actualidad. Es una básica red cultural la sustentadora de todo: desde lo intrínseco hasta una escala de valores éticos.

Fui educado por mis padres e impulsado por la necesidad. Quizá las cartillas de racionamiento y las seis horas de clase (incluidos los sábados), más los deberes diarios con otros obligatorios en verano, lograron que aprobase el examen de ingreso al bachillerato sabiendo leer, escribir y con el suficiente cálculo para defenderme en la vida. Un ritmo de trabajo similar lo tienen los alumnos de Corea del Sur, nación que tras una no tan lejana guerra está situada en el cenit. Entonces, en mi época, solo bastaban unos tinteros de porcelana, una plumilla de corona, una enciclopedia y, sobre todo, un maestro vocacional provisto de tiza y pizarra respaldado por unos padres que lo apoyaban incondicionalmente. Olvidaba otra cosa que hoy suena a blasfemo: una disciplina como medio indispensable para apoyar el proyecto.

Pero un mal día llegaron los pedagogos, henchidos de ideas, traumatizados por los traumas que en los niños veían, cargados de revolucionarias teorías paridas en sus pulcros despachos, aliados con la corrección política y en absoluto críticos con una administración que cambiaba de planes para un volver a empezar y confundir. En fin, ya lo sé, cada uno se gana la vida como picarescamente puede. Todo lo envolvieron en eufemismos y apareció una burocracia de tal calibre que cercenó el valioso tiempo para enseñar. Los informes, solo legibles para los iluminados, desalojaron al alumno como protagonista del hecho educativo y desconcertaron a los padres. Lo viejos docentes que denunciábamos la llegada del gran fracaso nos convertimos en fósiles que estorbaban, señalados como blancos de expedientes. Y llegó, no por sapiencia sino por una lógica elemental, el fracaso que la Unesco denuncia.

Dejado el apasionamiento y vuelto al frío, quiero decir a Finlandia, los alumnos tienen durante los seis primeros años el mismo maestro para estabilizar lo emocional. Permanecen enlazadas las tres estructuras fundamentales: la familia, la escuela y los recursos: bibliotecas, ludotecas, cines… Los padres saben que son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los acompañan a la biblioteca los fines de semana, por citar un ejemplo. Es verdad que tienen una formación luterana basada en la responsabilidad que fomenta la disciplina y una climatología que los empuja a vivir en casa, pero quizá lo principal sea el considerar los finlandeses que el tesoro de su patria los constituye los niños. Por ello les exigen a los profesores de primaria una alta cualificación, más de un 9 sobre 10 como media del bachillerato. Dicen que es un honor nacional ser Maestro de Primaria porque la formación del alumnado es la clave para el desarrollo del país.
De vez en cuando le pregunto a un amigo, profesor de Derecho, qué tal llegan los alumnos. «Mal, no saben expresarse por escrito. Poseo una hilarante colección de anacolutos. A muchos los apruebo porque intuyo que saben. Ni te comento a la hora de ordenar las ideas cuando conversan. ¡Y son de letras!».

Don Juan José, en gran parte de su agradable pps aparecen alusiones a la televisión y revistas populares, extendiendo una falsa imagen de lo andaluz. Estoy de acuerdo, pero al tener que aceptar que nuestro pueblo pierde un tiempo precioso viendo la televisión y gastando euros en la compra de las insulsas revistas, ponemos de manifiesto unos intereses que sostienen el negocio. Perdone, profesor, pero aquí discrepo: nuestra gente está apesebrada.

Daría para muchas páginas detenerse en la situación actual y futura de un pueblo que tiene de presidente –un ejemplo más– a un señor madrileño y que todavía no logró nuestro acento porque su formación básica la hizo en Madrid al ser su padre oficial del cuarto militar adjunto a la casa del Caudillo.

He cumplido su ruego: darle a sus palabras más difusión, aunque temo que pasarán muchos años antes de que remediemos un mal endémico. Los hijos e hijas predilectos o adoptivos seguirán en su mayor parte siendo artistas o personajes esperpénticos cuyos méritos los ensalzó los por mí llamados “medios opiáceos de la comunicación”. Usted y sus colaboradores se dejarán las pestañas en el laboratorio como unos tipos raros, anónimos, dependientes de un modesto sueldo. En lugar de haber perdido tantas horas en el estudio bien podrían haber optado a ser unos Messis o políticos, de esos que llenan sus arcas sin cualificación alguna. Porque de eso se trata: de enriquecerse a toda prisa. Lo demás, todo lo demás son tonterías.


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