miércoles, 31 de octubre de 2012

Música: Concierto para una sola voz

ARGENPRESS CULTURAL

Pocas piezas musicales fueron tan populares y conocieron tantas versiones como el “Concierto para una sola voz”, de Christian Langlade, artísticamente conocido como Saint Preux.

En 1969, a sus 19 años de edad, Saint Preux escucha las vocalizaciones de la cantante francesa Danielle Licari y le pide cantar una pieza que se iba a grabar, originalmente escrita para trompeta. Danielle acepta y el compositor prefiere la voz de la solista que la trompeta. La pieza se graba e instantáneamente la grabación se vuelve en un fenómeno musical. El “Concierto para una sola voz”, desde su aparición en 1969, ha sido vendido por millones desde su nativa Francia, cruzando océanos y extendiéndose hacia oriente, donde se le nombraría a Danielle Licari como la reina absoluta del Scat.



Cabe mencionar que el “Concierto para una sola voz” alcanzó en su máximo momento el puesto número 1 como canción más escuchada en la radio francesa y el “sencillo” obturo el puesto número 13 más importante de Francia (el número 12 fue “Let it be” de los Beatles). Fue la primera vez en la historia de la música francesa donde una pieza de esta naturaleza (solamente vocalizada sin utilizar palabras) se colocaría en las primeras listas de popularidad de la radio de aquel país.

En su versión original de Danielle Licari vendió 15 millones de copias. Posteriormente conoció numerosas versiones. Por ejemplo, tal como presentamos, aquí: con letra, sólo para orquesta, e incluso para conjuntos de música popular.

1. Danielle Licari, de Francia, en su versión original

2. Ginamaría Hidalgo, de Argentina, en versión con letra

3. Frank Pourcel, de Francia, en versión instrumental

4. Grupo Wankara, de Chile, en versión con instrumentos andinos



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Guerras del Siglo XXI


Enrique Amestoy (Desde Uruguay)

“Si un gobierno llega a la conclusión de que debe realizar ciberataques por intereses nacionales o por seguridad podría decirse que es una opción civilizada” señalaba hace algunos meses el ex ministro de estado para las Fuerzas Armadas británico Nick Harvey. Sin balas, ni ejércitos convencionales los nuevos formatos de guerra son potencialmente más devastadoras que las tradicionales. El siglo XXI al igual que toda la historia de la humanidad ha sido signado por conflictos bélicos de mayor o menor envergadura. Afganistán, Irak, Chiapas, la insurgencia en el Magreb, la guerra civil Siria o la invasión a Libia son apenas un puñado de ejemplos donde las guerras convencionales se han desarrollado. Sangre derramada, territorios conquistados, espacios de poder económicos y políticos ganados o perdidos en diferentes escenarios. Mucho hemos leído sobre todos y cada uno de estos acontecimientos. Quizá menos conocidos son los nuevos modelos de guerras “sin balas”. El 3 de junio de 2012 concluyó en Singapur la Conferencia Asiática de Seguridad con una advertencia sobre la creciente amenaza de la "ciberguerra" y la necesidad de reforzar la protección marítima en momentos en que la región toma cada vez mayor importancia a nivel mundial. Los ejemplos utilizados como motivos fueron los ataques de EEUU a Irán y los regulares ataques a sistemas de vigilancia entre Corea del Norte y Corea del Sur. "El control y dominio del ciberespacio es hoy primordial antes y durante cualquier despliegue militar", señaló el ministro malayo de Defensa, Ahmad Zahih Hamidi.

Mientras tanto Nick Harvey indicó en su intervención que los ciberataques con carácter preventivo para neutralizar supuestas amenazas contra la seguridad nacional son un recurso a tener en cuenta. "Diré que, si un Gobierno llega a la conclusión de que precisa hacerlo por intereses nacionales o por seguridad, enviar un efecto contra un adversario podría decirse que es una opción civilizada", señaló Harvey, miembro del panel que abordó los nuevos escenarios bélicos que surgen en el siglo XXI. "Es necesario una cerrada cooperación entre el Estado y el sector privado en este escenario, y además un esmerado trabajo de los servicios de Inteligencia", señalaba Peter Gordon Mackay, Ministro de Asuntos Exteriores de Canadá. Por su parte, el ministro malasio de Defensa dijo a sus homólogos y expertos que se dieron cita en la conferencia, denominada Diálogo de Shangri-La, que, aunque la ciberguerra ha empezado, la mayoría de los Estados están escasamente preparados para ella, sobre todo en materia de inteligencia. En el mes de junio del 2011 la policía española anunciaba haber desarticulado a la “cúpula” de “hacktivistas” de Anonymous que operaba en España. La prensa y portales web indicaban que las investigaciones permitirán concluir si también incurrieron en revelación de secretos. En las requisas practicadas se intervinieron un gran número de programas para crear malware e infectar computadoras de terceros. "Esta investigación supone la primera operación policial en España contra Anonymous y cuenta con precedentes similares únicamente en EEUU y Reino Unido, debido a las complejas medidas de seguridad que toman sus miembros para salvaguardar su anonimato", señalaba la Policía española. Mucho se ironizó en internet sobre el concepto de “cúpula” de una organización de ciber activistas o ciber atacantes.

Durante la nacionalización de hidrocarburos en Venezuela, en el año 2003, la derecha organizó un paro petrolero que durante varios meses paralizó la economía del país. El PIB registró una caída de 15,8% durante el cuarto trimestre de 2002, y de 24,9%, durante el primer trimestre de 2003. En el sector petrolero la caída del PIB fue de 25,9% y 39,3% respectivamente. El estado trató de recuperar el control de su industria pero la “cabeza” de PDVSA estaba controlada por empresas privadas de software privativo que impedían la recuperación del control de la industria. Todo un país sometido y bloqueado a través del control del software. En febrero de 2010 la Cámara de Representantes de los EEUU aprobaba por mayoría un presupuesto cercano a los 400 millones de dólares destinado a mejorar y reclutar nuevos elementos para su “ejercito virtual”. El pasado 26 de abril de 2012 la cámara baja norteamericana aprobó "Cyber Intelligence Sharing and Protection Act" (CISPA o HR-3523), proyecto que permite el intercambio de información de tráfico por “seguridad”. Empresas como Microsoft, Facebook, Intel, AT&T o Verizone han apoyado decididamente esta enmienda a la Ley de Seguridad Nacional. Tanto SOPA como PIPA se encuentran latentes y su aprobación significaría legitimar el control de la red y un enorme ataque a las libertades individuales tras la excusa de la lucha contra la piratería o la Seguridad Nacional.

El Ejército de defensa de Israel, Tsahal, aporta una contribución decisiva a la seguridad de la información a través de sus centros de investigación organizados en espacios cooperativos. La tecnología nace y se desarrolla en el seno de sus unidades especiales y secretas: Mamram o unidad 8200. Estos centros militares son el semillero de varias centenas de expertos que luego se distribuyen en el Silicon Valley (nombre asociado con el territorio en los EEUU donde históricamente se instalan la mayoría de las empresas informáticas) israelí guardando un contacto permanente con el ejército gracias a los períodos militares obligatorios. La selección de los futuros genios es realizada bien temprano en el ciclo escolar israelí puesto que desde los 10 años, algunos alumnos ya son seleccionados y orientados hacia los liceos tecnológicos que los convertirán en "animales informáticos". Los jóvenes postulantes son detectados por institutores y guiados desde muy jóvenes por la universidad antes de ser movilizados en esas unidas militares especiales.

En junio de 2010 Stuxnet tomaba estado público como el gusano o virus informático espía responsable del ataque al programa nuclear iraní. Fueron muchos los comentarios en la prensa y absoluto el silencio por parte de los gobiernos de Israel y EEUU. “The New York Times” apuntaba sin embargo a la responsabilidad de ambos países en la creación y propagación del virus. Se indicaba que en una central nuclear al sur de Israel se ensayaba con el virus con el objetivo de sabotear centrales nucleares en Irán. Mahmud Alyaee, secretario general de los servidores informáticos industriales de Irán, incluidos los que sirven para el control de las instalaciones nucleares, confirmó el 25 de setiembre de 2010 que 30.000 computadoras instaladas en complejos industriales fueron infectadas con el virus al punto de volverlas inoperantes. Sin embargo Stuxnet no está solo: se lo menciona como integrante de una familia de al menos cinco armas cibernéticas donde Duqu, Flame, descubierto hace un par de meses o Gauss, descubierto hace pocos días en Oriente Medio como un voraz virus capaz de espiar transacciones bancarias e incluso atacar infraestructura crítica, parecen ser de las más complejas. El 11 de agosto de 2012 el portal elmundo.es indicaba que “El experto en guerra cibernética, director de una pequeña empresa de seguridad (Taia Mundial), Jeffrey Carr, señaló que el gobierno de EE. UU. siempre ha monitoreado los bancos libaneses. La idea era buscar pistas sobre las actividades de grupos militantes y cárteles de la droga. Carr indicó que, probablemente, Gauss fuese una adaptación de la tecnología desplegada en Flame.”

El escenario de la ciberguerra se hace mucho más complejo cuando el espionaje y ataque no solamente es realizado desde los gobiernos: es imposible calcular cuántos son los ciber-mercenarios o “locos sueltos” que juegan a la guerra, a vulnerar sistemas informáticos o a bloquear computadoras en el mundo entero; en muchos casos sin responder a un Estado, organización o estrategia de guerra alguna. Es claro, sin embargo, que los Estados deben tomar muy en serio las nuevas amenazas para poder diseñar estrategias de Defensa Nacional capaces de desarticular estos ataques no tradicionales. En la web del Centro de Estudios de Software Libre del Uruguay (CESoL) se señala que “El Estado tiene la responsabilidad y la obligación de velar por los derechos de los ciudadanos. La forma de adquisición y desarrollo de software en el Estado no escapa a esta obligación. En tal sentido entendemos que dichos derechos se pueden analizar en el entorno de 3 grandes ejes: la generación de conocimiento, la mejora de la gestión y la reducción de costos.” Los países miembros del MERCOSUR, en diferentes estadios de desarrollo, han legislado e implementado Software Libre en el Estado. La defensa de la Soberanía Nacional es tema central en el desarrollo de políticas de Estado. Integrantes de CESoL señalan la “importancia geopolítica” de que el Uruguay tome el tema del Software Público como política de Estado.

¿Por qué se indica la necesidad de la utilización de Software Libre en el Estado?

El Software Libre tiene la particularidad de no ser una “caja negra” de lo que solamente conocemos un paquete o un DVD (como es el caso de Windows, Autocad, Office, un juego, el propio antivirus o programas que se utilizan en computadoras de gran parte del país y el mundo) y nada sabemos de cómo funciona: podemos llegar a saber QUE hace pero nunca COMO lo hace. Tampoco tenemos acceso al conocimiento de cómo fue programado ni que cosas hace dicho programa mientras lo estamos utilizando (cualquier programa, un procesador de textos por ejemplo, puede estar revisando todo nuestro disco duro, leyendo archivos o direcciones de correo y eventualmente enviándolos por la red mientras escribimos una carta, sin que logremos percibirlo). El Software Libre incluye, además del binario o programa que ejecutamos (los conocidos archivos .EXE) el código fuente (todo lo que escribieron los programadores para generarlo) y está expresamente permitido leer dicho código, realizar cualquier tipo de investigación o modificación así como compartirlo con o sin las modificaciones, con otros usuarios o instituciones. La creación y utilización por parte del Estado de Software Libre permite saber exactamente y sin ningún lugar a equívocos las funciones que dicho programa ejecuta. Podemos investigar, probar sus vulnerabilidades, modificarlo, corregirlo, compartirlo con otros organismos estatales. ¿Alguien puede imaginar que los sistemas de Defensa Nacional yankies sean manejados por programas creados por terceros a modo de “caja negra”? Toda la maquinaria bélica actual está controlada por computadoras y ellas ejecutando programas: ¿Podemos garantizar la Soberanía Nacional, por ejemplo, en computadoras y programas utilizados por nuestro Ministerio de Defensa, Ministerio del Interior o Banco de la República, si utilizamos programas desarrollados bajo licencias de copyright privativas? ¿Cómo nos defendemos de eventuales ciberataques (sean de “locos sueltos”, de trasnacionales o de ciberejércitos) utilizando programas adquiridos en cajas negras?

El pasado 20 de setiembre el nunca bien ponderado semanario Búsqueda informaba que luego de quince años de no estar presentes en nuestro país (al menos en forma pública), la DEA instala sus oficinas en el Uruguay. La CIA no tiene necesidad de tener oficinas en nuestro país, puede espiarnos y controlarnos a través de internet pero sin embargo pusieron una pata en el país, el argumento: apoyar en el control del tráfico de drogas. De paso cañazo las fuentes citadas por el semanario le dan con un palo a los proyectos de autocultivo de canabis o de cultivo y control por parte del Estado. Es claro que este tema deberá ocupar un capítulo aparte, pero uno se pregunta: ¿Sabemos quiénes y de qué manera nos controlan por internet? ¿Estamos preparados para repeler ciberataques como los sufridos por Irán o Venezuela? ¿Está el tema del control del software desarrollado y utilizado por el Estado en la agenda política? ¿Esperaremos a que sea tarde, como le sucedió a PDVSA o al programa nuclear iraní, para tomar medidas? Es muy claro que vamos lento (por no decir que no estamos moviéndonos) y que estos temas no ocupan la agenda de la mayoría de los tomadores de decisiones. Pareciera ser muy claro también que no deberíamos continuar dejando pasar el tiempo para no tener luego que ir a llorar al cuartito.


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Fútbol y Masonería


Ángel Jorge Clavero (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El 26 de octubre de1863 se establecieron por escrito las reglas del fútbol. Se constituyó la English Football Association.

La reunión se desarrolló en la Freemason’s Tavern, Queen Elizabeth N° 11, Londres.

En el encuentro surgieron serias discrepancias entre los asistentes. Un sector, encabezado por los representantes de la ciudad de Rugby, fue partidario de permitir el uso de las manos en la práctica del juego, pero el grupo liderado por la ciudad de Harrow se inclinó por permitir exclusivamente el uso de los pies y la cabeza.

Los delegados favorables a permitir el uso de las manos se retiraron de la reunión y, establecieron las bases del deporte al que llamaron "Rugby".

En las deliberaciones de la Freemason’s Tavern se acordó entonces que el football sería un deporte de equipo jugado entre dos conjuntos de 11 jugadores cada uno y cuatro árbitros para que se cumplan las normas. El terreno de juego sería rectangular, de césped natural o artificial, con un arco a cada lado del campo. El objetivo del juego sería el desplazamiento de una pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean los brazos o las manos, y mayoritariamente con los pies, para intentar introducirla dentro del arco oponente. Esa acción se denominaría gol. El equipo que lograra más goles al cabo del partido, de una duración de 90 minutos, sería el ganador.

Entre los principales promotores del nuevo deporte se encontraban masones que eligieron para la reunión la Freemason´s Tavern, Taberna de los Francmasones.

El fútbol recogió de la Masonería el espíritu de igualdad y fraternidad sin distingos de nacionalidad, raza, ideología, religión ni genero. La tribuna es el “punto de encuentro” donde el aficionado aplaude o recrimina por igual al negro Pelé, al blanco Messi, respeta por igual al jugador católico que se persigna cuando entra a la cancha, al evangélico que invoca a Cristo después de anotar un gol o al jugador que baila para festejar una conquista. No le importa si se trata de un socialista, un capitalista, un socialdemócrata, o un tercermundista. Tampoco tiene en cuenta si el jugador viene de las clases menos favorecidas o si nació en una familia adinerada. No hace distinción de género desde el campeonato mundial femenino de China (1991) y tampoco discrimina ya que existen campeonatos mundiales de fútbol gay organizados por la "Asociación Internacional de Fútbol de Gays y Lesbiana (IGLFA)" (1992). Cualquiera sea el resultado, los jugadores intercambian camisetas al final del partido, una expresión que subraya al valor de la tolerancia.

En nuestro país

El fútbol llegó a la Argentina a través de viajeros ingleses, muchos de los cuales eran masones. El 20 de junio de 1867 se jugó el primer partido en el Buenos Aires Cricket Club. Un grupo de socios encabezados por los hermanos Thomas y James Hogg publicaron un aviso en el diario The Standard convocando a una reunión para impulsar la práctica del fútbol. De inmediato se fundó el Buenos Aires Football Club y se organizó el encuentro entre colorados y blancos, donde ganaron los primeros por 4 a 0. Curiosamente, esos colores coinciden con los atributos del Maestro Masón.

A comienzos de la década de 1880 llegó al país Alejandro Watson Hutton, portador de pelotas e infladores entre sus pertenencias. Graduado en humanidades en la Universidad de Edimburgo, se hizo cargo del Colegio Saint Andrew donde implantó la práctica deportiva y la cultura física. Poco después fundó el English High School, base del Alumni. Alejandro Watson Huttonfue Maestro Mason de la Logia Excelsior Nº 617.

Hacia 1887 nació el Quilmes Athlectic Club, solo para ingleses, la entidad más antigua de las que integran la Asociación del Fútbol Argentino. El 1 de Diciembre de 1899 un grupo local dio nacimiento a Argentinos de Quilmes. “Y cambian otra costumbre: los ingleses, en el entretiempo tomaban té. Los argentinos se hacían mate cocido” (Osvaldo Bayer en “Fútbol Argentino”).

Sucesivamente se crearon Gimnasia y Esgrima de La Plata, Banfield, Estudiantes de Buenos Aires, Central Argentine Railway Athletic (Rosario Central) y Alumni, de los hermanos Brown, con el primer campeonato. En Alumni, antecedente del Racing Club de Avellaneda, todos sus integrantes eran masones.

Entre 1901 y 1910 nacieron 32 instituciones.

Estaciones ferroviarias, logias masónicas y clubes de fútbol constituyeron por entonces un conjunto estrechamente relacionado.

Sucedió otro tanto con la inmigración italiana afincada en el barrio de La Boca, a orillas del Riachuelo, en la Ciudad de Buenos Aires.

Hijo de las logias de inmigrantes peninsulares afincadas en la sede de Suárez 465 (Figli d’Italia, Liberi Pensatori, entre otras), nació River Plate, el 25 de mayo de 1901, tras la fusión de las pequeñas entidades Santa Rosa y La Rosales. Su primera cancha estuvo en Sarandí, coincidente con la línea ferroviaria del sur bonaerense.

En su libro autobiográfico, el Dr. Leopoldo Bard, Maestro Masón, prestigioso médico, reconocido orador, seguidor de Hipólito Yrigoyen desde la primera hora, diputado nacional y luego presidente del bloque de diputados nacionales de la UCR (1922 a 1930), también recuerda su paso como fundador, primer capitán y presidente del Club Atlético River Plate.

La presencia de funcionarios y empleados ingleses en el desarrollo ferroviario argentino favoreció la creación de logias en las cercanías de las estaciones, según revela el mapa masónico argentino de las primeras décadas del siglo XX. Los nombres se repetían cuando se trataba de estaciones, logias y clubes de fútbol.

La Masonería Argentina recuerda hoy el nacimiento del fútbol, el deporte que apasiona a millones de personas esparcidas sobre la faz de la tierra. Sus reglas fueron escritas hace 149 años en la Taberna de los Francmasones de Londres.


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Jeymi y la danza de los recuerdos


Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Lavó las escasas ropas que tenía y las tendió en una cuerda improvisada. Jeymi disfrutaba, de alguna manera, viendo como las prendas parecían danzar un baile cadencioso, por eso todas las mañanas repetía la escena.

Libres, apenas dirigidas por las oleadas de suave brisa que traspasaba los barrotes tras los que ella estaba condenada a pasar muchos años.

Tarareaba una melodía suave, cuyos acordes eran un poco arrancados del recuerdo de las canciones de su abuela, cuando ella y sus hermanos eran pequeños.

-Tarará-ra-rá, ay ay ay- tarará-ra-rá, cantaba, acompañando con su cabeza la melodía nostálgica.

-¡Ay no! se dijo. Es demasiado triste como me salió, más bien parece una marcha fúnebre, pensaba, mientras cambiaba la melodía por otra que también fue desechada.

-¡Como me hubiera gustado poder cantar, tener buena voz, pero ni eso! Recuerdo cuando en el campo lo hacía y mis hermanos reían diciendo que parecía una rana.

¡Canta la ranaaaaaa!, gritaban y salían como disparados monte adentro.

Por suerte, la abuela me sentaba en sus rodillas y me decía que cantáramos juntas, que a ella le gustaba mi voz, no como a esos bandidos hermanos que tanto me mortificaban, se dijo haciendo un mohín con sus labios pálidos de encierro.

-¡No! volvió a pensar, no me mortificaban. Éramos niños y aunque la vida nos golpeara tanto, lográbamos reír entre las corridas que hacíamos para escondernos tras las matas de café.

Jeymi sonreía, los recuerdos a veces tienen la particularidad de modificar hasta las situaciones más espantosas, logrando convertirlas en pasado risueño. Es tal vez como una autoprotección que nos creamos para no permitir que las heridas sigan sangrando.

Seguía mirando el bailoteo de sus prendas, cada vez más lento, como si se fueran paralizando a medida que secaban. Ella parecía transportada hacia otra dimensión donde la vida podía ser diferente.

Era tan poco lo que podía hacerse allí, apenas tratar de no enloquecer dejando que los días corran sus maratones hasta alcanzar al siguiente.

La blusa ya estaba casi oreada, los pantalones demoraban un poco, su danza era más pesada, no tenía la gracilidad de la otra y por eso seguía bailando un rato más, haciéndolo muy mal.

-La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, intentó nuevamente, e inmediatamente pensó: ¡¡¡Ay que no!!! Reía con risa casi transparente, como si estuviera en el campo y la realidad se hubiera espantado hacia otro sitio.

-¡Esta es la música de nuestra marcha! Se dijo, sorprendida.

Sí, ese era el himno con el que empezaban el día mientras la noche mostraba resistencia a desaparecer empujada por el sol que buscaba su lugar, en la espesura de una selva de verdes matizados.

¡Nuestra selva! Y la emoción se adueño de su alma noble.

-¡Nuestra marcha, cuánto hace que no puedo escucharla! Era bellísimo estar con los compañeros y compañeras proyectando mañanas perezosos que no terminan de aparecer aunque a veces sintiéramos que las estábamos atrapando.

-Cuando mataron a María lloramos todas abrazadas. Cuando cayó herido Raúl tragamos nuestras lágrimas y las volvimos nudos en el centro del pecho.

Es que teníamos una consigna que hablaba sobre lo que deberíamos hacer para cumplir los deseos de quien se nos apartara, por un rato o para siempre.

En las noches, antes de ir a las caletas, hablando bajito para que nadie se entere que estábamos despiertos, dejábamos la orden de lo que deberían hacer cuando el día cayera sobre nuestros cuerpos con toda su furia como desatada desde un infierno aberrante.

Así caían los días, muchas veces. Demasiadas veces.

-María decía que sólo lloráramos un ratito por ella y que luego la recordáramos en cada vuelo de las cotorras que anidaban en la copa imponente de nuestros árboles amigos.

-¡Árboles amigos! y sin embargo tantas veces no pudimos protegerlos y se nos iban muriendo de a poquito, intoxicados.

Jeymi hablaba para sí, su propia voz era su compañera de celda, sus pensamientos el sostén imprescindible cuando las garras del odio encadenan nuestra propia historia.

-Fuimos respetuosos hasta de nuestros códigos no escritos, no formales, nacidos en las noches cuando la espesura impedía que viéramos el brillo de las estrellas aunque supiéramos que allá estaban. Lejanas, inalcanzables como hasta el momento es la libertad, la justicia, la dignidad que jamás perdimos ni en tiempos tan difíciles como este que estoy atravesando.

Asumiendo cada deseo fue que comenzamos a saludar el vuelo de las aves cuando María voló tan alto dejando su risa más allá de barricadas y follaje.

Sin embargo, ella siguió acompañándonos, arrastrándose en nuestras trincheras de barro entre explosiones cercanas y lamentos.

-¡Ahí va María! decíamos, ¡Vuela niña, vuela, alto que la muerte ronda y no habrá de matarte, nuevamente!

Raúl, en cambio decía con su voz que imponía firmeza aún en momentos más duros: -Oigan bien, cuando yo me vaya a la que vea llorando por mí me la llevo conmigo de los pelos p’a que aprendan que acá no es lugar para sensiblerías ni bobaliconadas.

Jeymi, enamorada suya, agregaba: entonces lloraré mucho ahora mismo. Y se cerraba la charla con risas contenidas, mientras los ojos de Raúl hacían guiños y mientras la picardía cómplice entrelazaba sus manos y un chasquido de besos encendidos daban las buenas noches, en la caleta compartida por ambos.

¡Y muy buenas noches! Recordó, sonrojándose un poquito.

Jeymi sonreía a través de sus recuerdos, en la fría soledad de su celda oscura, húmeda, tan inhabitable que ni el sol se atrevía a colar un rayo por entre la mampostería gris, descascarada, donde las garrapatas hacían sus nidos y las arañas parecían Penélope entrelazando hilos en su espera añeja.

Allí tan solo, irrespetuosamente, llegaba la danza de los recuerdos encendidos que no pueden demorar imposiciones ni torturas.

-Raúl ¿Volveremos a vernos, amor? ¡Cuál será el día! Murmuró la joven mientras una lágrima desplegaba su indecisión entre rodar por su mejilla o incrustarse hasta volverse nudo en el estómago.

-¡Eso nunca! Exclamó la joven echando mano a su convicción inquebrantable. Acá no puede haber lugar para pensar en muerte, siguió diciendo mientras sus manos se agitaban como espantando algo.

La blusa, casi seca, apenas si bailaba su danza dirigida. El pantalón agitaba las piernas cada vez más despacito. Jeymi seguía tratando de encontrar la melodía que acompañara el baile.

-Tara-lala-tara-lala ay ay ay- tarará-ra-rá. Repetía, mientras retiraba la ropa que al día siguiente volvería a ensayar su danza traspasando rejas. Y volvió a sentir que esa música sonaba demasiado triste.

Al retirarlas de la cuerda improvisada, pudo sentir la brisa fresca acariciando sus manos.

Un fuerte impulso la empujó hacia otra melodía y comenzó a tararearla cada vez más fuerte mientras sus dedos empezaron a danzar la danza de la esperanzan, del otro lado de los barrotes, hacia afuera, hacia donde la vida fluye aún entre miserias y rencores.

-La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá, lalalalalalalalalalaaaaa

Jeymi no supo si era el eco que anidaba en los pasillos lúgubres, pero en un primer momento creyó oír las voces de sus hermanitos gritándole ¡ranaaaaa!

Pero ¡No, no, no, era otro grito y se escuchaba cada vez más fuerte! Eran otras voces que se unían a la suya y hacían saltar el cemento fracturado que caía estampado en el piso húmedo del pasillo.

Eran miles de voces que aparecían rodeando la estructura imponente, donde bestias malditas pretendieran esconder su propia cobardía.

Jeymi siguió cantando con más fuerzas, arrinconó la angustia echándola a un costado y una sonrisa húmeda se dibujó en su rostro moreno como las noches del valle.

Las voces de fondo se escuchaban cada vez más cerca, casi como si la acariciaran y la obligaran a no parar su tarareo mientras sus manos eran acariciadas por la brisa del atardecer que ya rompía la falda de la tarde.

- La-la-la-lalalá, la-la-la-lalalá ¡Con el fuego primero del alba!


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El gran show del hombre pared

Edgar Borges (REVISTA MEDIAISLA)

Un mago venía corriendo desde el fondo de la calle 13; muy cerca, siete payasos lo perseguían. La carrera era brutal, salvaje, frenética. Fugitivo y perseguidores luchaban por alcanzar sus objetivos. El mago no tenía tiempo de pensar en salidas estratégicas, un segundo de demora habría sido suficiente para que los payasos le hubiesen capturado. Aquella primera mañana del año 2001, los vecinos se ubicaron en la acera de enfrente para observar una situación que en un futuro recordarían como “la carrera más chistosa en la historia de la calle 13”. Los curiosos se reían hasta más no poder viendo cómo los payasos corrían y saltaban en dos y tres líneas formadas locamente detrás del mago; cada vez que un payaso se aproximaba al fugitivo ocurría lo mismo: abría una mano, la extendía y la lanzaba hacia delante para tomar el exagerado cuello de la camisa de blanco satén, pero siempre el mago daba un horrible salto (más de un vecino lo comparó con un sapo gigante) y sacaba dos pasos de ventaja. Cuando ocurría aquella ridícula acción de sobrevivencia, estallaba la carcajada colectiva. Niños, mujeres y hombres se doblaban de la risa, unos asomados en las ventanas y otros en plena vía.



El mago no lo pensó dos veces y entró al edificio Neverí, que estaba ubicado aproximadamente en la mitad de la calle. El fugitivo subió las escaleras saltando los escalones de tres en tres hasta que llegó al segundo piso, sacó rápidamente las llaves del bolsillo izquierdo de su pantalón rojo satén, abrió el apartamento 12-B y con la misma angustia entró y cerró la puerta con todo el peso de su espalda. Luego de un brevísimo respiro, pasó de nuevo la llave, arrastró el pesado baúl de los mil y un trucos de magia y lo colocó detrás de la puerta. Pronto comenzaron a impactar fuertes golpes contra la débil madera que lo separaba de la dureza de la calle y del vacío del hogar. Enseguida los payasos vomitaron gritos de odio: “¡Sal de tu cueva maldito traidor!”, “¡A las ratas como tú se les prende fuego y asunto arreglado!”, “¡Oye bien traidor, ninguno de tus malditos trucos te salvará de la hoguera!”.

El mago abrió la boca y buscó aire mientras veía la sala del pequeño apartamento que heredó de su padre. Era el hijo mago, era el descendiente que renunció a prolongar la saga de abogados en la familia. Era él, otra vez arrepentido y nervioso, encerrado entre cuatro paredes pintadas de blanco mugre: la de la izquierda tenía en el medio un cuadro de paisaje aburrido, la de la derecha una fotografía suya haciendo el viejo truco del conejo que sale del sombrero, la de enfrente no tenía otro adorno que no fuera el sucio y la que estaba detrás de él sostenía la puerta y le cuidaba la vida. Además de paredes, en la sala sólo había un sofá, un pequeño bar y el fiel baúl de los trucos. “¡Sal de tu ratonera, maldito traidor!”, volvió a gritar uno de los payasos. El mago vio el baúl y sintió temor al pensar que ninguno de sus trucos podría salvarle de aquella situación; un fuerte impacto logró estremecer la puerta, el mago comprendió que de un momento a otro sus perseguidores entrarían. Entonces vio la pared de enfrente, respiró hondo, muy hondo, y dejó escapar el más insólito de los deseos que en su vida de abstracciones se le hubiese ocurrido: “¡Ojala pudiera convertirme en el hombre pared!”.

Cuando los siete payasos lograron derribar la puerta, no vieron a nadie en la sala. Sin perder tiempo saltaron por encima del baúl y recorrieron el apartamento. Los payasos uno y dos permanecieron vigilando la puerta, el tres y el cuatro fueron al pequeño cuarto de la cocina, el cinco y el seis entraron en el único dormitorio y el siete asumió la inspección del baño. Al final de la revisión los siete payasos se reunieron en la cocina ante la ventana que iba y venía según la moviera el fuerte viento. “¡Esta es la única ventana del mugroso apartamento, por aquí escapó el traidor!”, dijo el payaso siete mientras señalaba hacia la calle. “¡Toda la cuadra está repleta de curiosos, cada vez llegan más y señalan hacia acá!”, advirtió el payaso tres. De pronto escucharon una extraña carcajada proveniente de la sala. Sí, era extraña porque era hueca, encajonada.

Los payasos salieron de la cocina con tanta prisa que se atropellaron entre ellos. Los siete se detuvieron en la sala y giraron varias veces para identificar el origen de la carcajada. Paralizados quedaron cuando escucharon la voz encajonada de un hombre que entre risas burlescas les decía: “¿No me reconocen mis queridos señores de la sonrisa triste?” Sorprendidos miraron hacia la pared que le daba el frente a la puerta: De ahí surgía la voz. “¡Es la maldita voz del mago!”, aseguró el payaso uno. Fue sorprendente; de no haber sido por la rabia del momento los perseguidores hubiesen admitido que el mago había logrado un acto genial, maravilloso, inigualable. Los payasos se acercaron a la pared y la tocaron sin poder ocultar el asombro; desde las mismísimas entrañas del concreto, el mago seguía riendo a carcajadas. El payaso siete fue quien propinó el primer golpe contra la pared, luego lo hizo el payaso uno. Entonces, desde el centro de la pared, volvió a surgir, entre risitas, la voz del mago: “¡Duele un poquito muchachos, pero me dolería más si tuviera la carne frágil de los hombres!”. El payaso siete, quizá por ser el más hábil del grupo, fue también quien primero esquivó la trampa de seguir golpeando la pared con las manos. “¡Este maldito lo que quiere es que nos partamos los dedos!”. Y, ante la sonora carcajada del mago, salió decidido del apartamento; los demás payasos intercambiaron miradas y cada uno se vio reflejado en el otro: demasiada pintura multicolor alrededor de esos ojos vidriosos, mucho rojo sobre la punta de semejante nariz chata y un amarillo muy intenso para ocultar la caída de esa boca envejecida. Era una maldición milenaria: siempre que un payaso se atrevía a ver a otro sentía la sensación de que la reafirmación de la alegría sólo servía para desnudar la tristeza. Burlesca razón tenía el mago cuando se refería a ellos como los señores de la sonrisa triste.

Minutos más tarde, el payaso siete regresó sosteniendo un hacha en la mano derecha. “¡Vamos a partirle el alma a ese traidor miserable!”, dijo el enfurecido hombre ante el desconcierto de sus compañeros. “¿Quién sino un payaso podría creer que las paredes tienen alma?”, fue la pregunta que en tono irónico surgió desde la pared. El payaso siete se agachó y con rabioso pulso asestó un fuerte golpe en la pared; sin embargo, ante los pies del agresor sólo cayó una pequeña capa de pintura. “¡Oye macho, me diste justo en la parte del cuerpo que más disfruta tu mujer!”, dijo el mago para enseguida liberar una exagerada risotada. Ciego de rabia, el payaso siete levantó el arma y dio un hachazo arriba y en el centro, otro más abajo y a la izquierda, el tercero al mismo nivel pero a la derecha y el cuarto más abajo y en el centro. Por la forma morbosa como el payaso siete se detuvo a mirar las cuatro marcas que dejó en la pared, todo parecía indicar que a propósito había dibujado una cruz a fuerza de hachazos. El payaso siete sonrió satisfecho viendo cómo salía arena de las cuatro heridas. Pero, de nuevo, la voz del mago cantó victoria: “¡No te alegres señor de la sonrisa triste, si observas bien te darás cuenta de que la poca arena que he botado es equivalente a un raspón en el culo! ¿Y cómo carajo podría dolerle al culo un pequeñísimo raspón con tanta carne que tiene el condenado?”. El payaso siete alzó el hacha, giró el brazo hacia atrás y tomando un endiablado impulso la lanzó y la clavó justo en el centro de la cruz que minutos antes había marcado en la pared. El atacante soltó una carcajada triunfal al comprobar que por debajo del hacha corría un considerable chorro de arena. “¡Te confieso algo payaso sin gracia, menos mal que las paredes no tenemos corazón!”, ironizó el mago. Entonces el payaso siete se arrojó sobre la pared y comenzó a golpearla sin medir quién podría salir perjudicado en tan desigual batalla. Sin ningún asomo de dolor, el mago le advirtió: “¡Te olvidas de que en realidad esta no es una batalla cuerpo a cuerpo sino cuerpo a pared!”

Después de varios minutos de mirar y callar, el payaso tres se acercó a su desesperado compañero, lo apartó de la pared, lo movió bruscamente por los hombros y le dijo: “¡Detente amigo, detente, estás cayendo en la trampa del traidor! ¡Él se fortalece con nuestra angustia!” “¿Y qué propones?”, preguntó el confundido payaso siete. “¡Vamos a partir esta pared en mil pedazos, pero lo haremos con calma, sin caer en su juego!”, respondió el compañero. El payaso siete sonrió, en segundos pasó de la rabia a un nervioso entusiasmo; los otros payasos también sonrieron; la pared calló. Con su acostumbrada serenidad, el payaso tres sacó el hacha de la pared, vio a sus colegas de risotadas y preguntó: “¿Quién desea el próximo turno?” “¡Yo, dame el hacha a mí!”, se adelantó el payaso cinco con la palabra, porque los brazos fueron levantados por todos al mismo tiempo. En aquel momento se inició un difícil duelo entre la paciencia de siete hombres y la dureza de una pared.

El payaso cinco propinó un duro hachazo contra la pared, lo hizo al lado de la marca de la derecha. “¡Bravo, bravo, la paciencia es una virtud de los hombres y un escupitajo para las paredes!”, dijo la voz que ahora parecía surgir desde las siete aberturas. El payaso cinco, sin inmutarse, levantó el hacha y desvió la mirada hacia sus compañeros.

El siguiente turno fue para el payaso dos, quien se acercó al objetivo con la calma de un experimentado equilibrista y dio un certero hachazo más arriba de la punta superior de la cruz. No obstante, la pared volvió a hablar sin expresar queja alguna: “En ocasiones la paciencia y la pereza se confunden, sin embargo, tu podrás engañar al payaso tres con eso de la calma, pero a mí no me convences, tu golpe demuestra que padeces de una simple y vulgar enfermedad llamada pereza”. El payaso dos respiró muy hondo, tragó saliva con dificultad y, mientras abría la boca pidiéndole más aire al espacio, ofreció el hacha al resto de la jauría.

El nuevo usuario del hacha fue el payaso seis, quien se paró en medio de la sala mostrando una sonrisa de exagerada seguridad. Tal sobreactuación hizo que la pared le dijera: “¡Anda hombre, parece que has encontrado mi talón de Aquiles!” Sin caer en una provocación ajena al guión de su propia tragicomedia, el payaso seis se acercó a su rival y clavó el hacha justo sobre la punta (o marca) izquierda de la cruz y la dejó colgando. “¡Maldito!”, se quejó por primera vez la pared; los siete payasos sonrieron con prudencia. Si bien todo parecía indicar que le causaba dolor ser golpeado sobre las heridas, también podría tratarse de un nuevo truco.

El payaso uno asumió el rol de verdugo, empuñó el hacha sin sacarla del extremo izquierdo donde estaba incrustada y la fue hundiendo en forma circular. “¡Mal nacido!”, se quejó otra vez la pared; un torrente de arena salió del orificio. Así como en la desdicha, también en la alegría cada payaso se parecía al otro; en los ojos desorbitados y en la boca abierta de cada hombre había la necesidad de pedir que saliera más y más arena.

El payaso cuatro tomó el hacha y a presión la hundió provocando que se agrandara la grieta. “¡Piedad, por Dios, piedad!”, imploró la pared. “¿Acaso tuviste piedad de nosotros cuando decidiste traicionarnos?”, le preguntó el payaso cuatro sin dejar de hundir el hacha; la encajonada voz que salía de la pared siguió pidiendo clemencia. “¡Piedad, derriba a la pared pero salva al hombre, piedad por Dios, piedad!”. Pero el verdugo sentenció, primero con la palabra: “¡Calla mago traidor, calla y cumple tu castigo que jamás creíste en Dios ni en los hombres!”, y luego con el hacha que sacó de la abertura y estrelló arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha de la pared; cuatro quejidos y la posterior prolongación del silencio anunciaron la derrota del enemigo. El payaso cuatro dejó el hacha clavada en el último golpe y retrocedió sin dejar de mirar los ríos de arena que rodaban desde las distintas grietas. Los otros payasos se acercaron al guerrero y lo abrazaron, unos y otros compartieron la victoria.

Cinco minutos más tarde los siete payasos levantaron la cabeza ante una voz encajonada que preguntaba “¿Quién sino un payaso podría ser tan idiota como para creer que necesariamente la arena es la sangre de una pared?”. Enfurecidos, los payasos uno, dos, cuatro, cinco, seis y siete, se lanzaron contra la pared y la golpearon salvajemente por todos los extremos; saltaron, la patearon, la escupieron, cada uno estrelló su cuerpo en diferentes momentos y al mismo tiempo. Mientras aquel ataque ocurría, el mago no dejó de reír. Por su parte, el payaso tres permaneció en el centro de la sala observando la insólita lucha.

Pronto los seis contrincantes cayeron al suelo, unos de rodillas, otros muy cerca del desmayo. La risa de la pared cesó y, en su lugar, surgió el reto esperado: “Oye payaso tres, ¿puedo saber por qué tú no me has golpeado?” Y el payaso tres respondió con serenidad y firmeza: “¡A mí me correspondía actuar sólo si la rabia de mis compañeros no era suficiente para ejecutar el castigo que merece tu traidora existencia!” Desde la pared surgió el reto: “¿Acaso será con la calma como lograrás mi supuesto castigo?” Con la advertencia de “ya lo verás”, y ante la débil mirada de sus compañeros caídos, el payaso tres fue hasta el baúl de los mil y un trucos, lo abrió y sacó una larga tela, un maletín de pinturas y un altavoz. Luego se volvió hacia los seis payasos y les dijo con firmeza: “¡Todos a levantarse, vamos a crear el gran show del hombre pared!” Los señores de la sonrisa triste se fueron levantando sin comprender las palabras del payaso tres, pero éste continuó anunciando su plan mientras llevaba los materiales de trabajo al centro de la sala. “¡Yo no sé si algún día este mago traidor volverá a comer; yo no sé hasta cuándo este mal amigo resistirá las ganas de ir al baño; tampoco sé cuánto tiempo durará su endemoniado truco, pero lo que sí sé es que, mientras nosotros vigilamos su regreso, le vamos a sacar buenos dividendos a su propia magia”.

Según cuentan algunos de los miles de fanáticos que desde esa misma noche hicieron largas filas alrededor del edificio Neverí de la calle 13, “el gran show del hombre pared” comenzaba cuando un payaso abría la puerta del apartamento 12-B y señalaba a otros seis payasos ubicados alrededor de un hacha colocada en el suelo. Cada función duraba quince minutos, costaba diez euros el boleto y se presentaba para diez personas. Si alguien quería comprar la hora completa, igual tendría que pagar cuarenta euros sin derecho a oferta. “Silencio en la sala”, advertía el payaso tres a través del altavoz. Entonces cada payaso empuñaba el arma y asestaba un duro hachazo contra la pared de enfrente, provocando que de la mismísima pared surgiera una maldición, una amenaza o simplemente un encajonado grito de dolor. Y era ese extraño fenómeno lo que provocaba los más eufóricos aplausos del público.

Hoy sabemos que fueron tantas las funciones que en un mismo día y durante tantos años se ofrecieron de “el gran show del hombre pared”, que los siete payasos envejecieron sin nunca más ver la luz de otro circo que no fuera la del apartamento 12-B.

Dibujos: Carlos Goico (República Dominicana)


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Plástica: “50 secretos “mágicos” para pintar”, de Salvador Dalí


Ángel Requena Fraile

Presentamos aquí una reedición del libro de Salvador Dalí.

“Con motivo del centenario del nacimiento del pintor ampurdanés se han elaborado múltiples libros sobre Dalí, tanto originales como nuevas recopilaciones y reediciones. Antes del 2004 ya existían en la Biblioteca Nacional de Madrid 152 libros de Dalí como autor principal, 81 como secundario y 293 como tema o materia, y entre todos ellos sigue destacando por su enorme interés matemático y por su valor literario la reedición que comentamos de los “secretos mágicos”.
Salvador Dalí sigue siendo un fenómeno mediático quince años después de su fallecimiento. El conjunto de museos de la Fundación Gala-Dalí es el segundo de España en número de visitantes; y lo más singular es que la Fundación produce beneficios con una cifra de negocios que superó en el 2003 los nueve millones de euros anuales.”

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Un buen hombre -Breve historia de una estatua-


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Don Ambrosio era muy querido en el barrio. Ya jubilado de años de oficina, ayudaba siempre a todos los vecinos.

Bromista y simpático, todos los chicos gustaban de él.

Una vez la ayudó a doña Edelmira, su vecina, a levantar una pared, ladrillo por ladrillo. Llevaba a pasear los perros de otros. A veces, le pedían cosas para comprar en el supermercado, y él no se las cobraba.

Los partidos políticos de la zona siempre lo invitaban a sus reuniones. Hubo una época en que lo querían proponer como intendente.

Don Ambrosio también cuidaba de pajaritos y palomas. Les ponía cereales en lugares de su jardín, por lo que siempre estaba rodeado de pajaritos.

Hace años era viudo. No tenía hijos. Vivía solo. Una vez por semana venía una señora, mucama por horas, para hacerle la limpieza.

Comía en una parrilla cerca de su casa, siempre en la mesa con algún vecino, con el que hablaba de otros vecinos. Si les iba bien, mal, si se peleaban con sus mujeres, y cómo, si se emborrachaban, y las cogidas de la zona. Quién. Con quién. Cuándo. Dónde. Quién corneaba a quien.

Y siempre hacía cuestión de pagar él. Les decía:-“Tengo mis rebusques”, y sonreía y guiñaba el ojo.

Con el tiempo fue apareciendo un enigma a su respecto. Nadie sabía por qué, pero a veces desaparecía por dos o tres semanas. A veces por unos meses. Nadie sabía lo que iba a hacer, pero siempre volvía con regalos para los vecinos. Surgió la hipótesis de que tenía una amante en otro lado, porque ahí no se le conocía mujer. Más que hipótesis. Convencimiento, certeza. Y cuando se iba lo hacía en un coche último modelo.

Su ropa era fina, delicada, cara.

Casi siempre, cuando volvía, comentaba con sus vecinos en la parrilla, sobre los países donde estuvo. Japón, Brasil, Suecia, otros.

Otro misterio era de dónde le venía el dinero para tantos viajes. ¿Solamente de su salario de jubilado?

Hasta que un día, cuando estaba comiendo y tomando su vino parrilla con sus amigos dijo que estaba mareado. Y cayó para atrás. Empezó a respirar roncando hasta que dejó de respirar.

Después que lo enterraron, doña Edelmira, su vecina, fue a la casa de él para juntar sus ropas y diferentes objetos para repartirlos entre los necesitados. Entre esas cosas Doña Edelmira encontró un cuaderno escrito por Don Ambrosio. Era su diario. Entonces decidió entregárselo a los amigos que se reunían con él en la parrilla, que combinaron irlo leyendo en voz alta entre ellos. Era una forma de seguir teniéndolo presente.

No tenía mucho escrito. Decía, entre otras cosas:

“-¿Por qué escribo esto? Porque tengo que hablarlo con alguien. Aunque ese alguien sea yo. Soy boletero. Un trabajo como cualquier otro. Prefiero usar el 38 caño corto. Fácil de llevar en el bolsillo. Ni se nota. Y usarlo con bala en la nuca. Cosa rápida. Ni duele. No soy cruel. Solamente cumplo con mi profesión. Boletero. Aunque siempre que puedo fabrico un accidente. Como el de aquella princesa Diana, que aparentemente fue un accidente de auto para que no se case con un árabe. Y debo reconocer que me pagan bien. Los bancos tienen guita.

Trato de no averiguar las causas por las que me hacen el encargo. Pero a veces tengo curiosidad, Reconozco.

Casi siempre es por deudas no pagadas. Gente jodida que se lo merece. Jamás una mujer o un nenito”

De todas maneras, a pesar de eso, su muerte conmovió al barrio. ¡¡¡¡Alguien tan querido...!!!!. Entonces decidieron levantarle una estatua, solamente con su nombre abajo: Don Ambrosio.

Estatua en la que, en los aniversarios de su muerte, siempre ponen flores.


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La omisión sobre Malvinas


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El trío, con orejas aguzadas y posición expectante, vigilaba el portón de entrada en mi casa de Alejandro Korn, con suma atención. Era una actitud que aparecía cuando ellos concedían un grado de confianza al supuesto visitante, en este caso Yon Eibar, el vasco en cierta forma insolente, pero capaz de conmoverlos como esa amabilidad que, inesperadamente, le brota. Olivia, sobre todo, la dogo de Bruselas mestiza, le dedica toda su atención cuando lo ve.

Ahora, como dije en otra oportunidad, el Alfa es rojo y modelo 2012, pero no te da paz, excita de sólo pensarlo aunque esto parezca excesivo. Tan silencioso como el gris, pero menos imponente. Dobló la esquina de Gonnet para depositarse discretamente sobre el puente de madera. Parsimonioso me dirigí flanqueado por mis compañeros, para recibirlo. Hacia una semana que no nos veíamos, y esta vez cierta nostalgia, me hizo extrañarlo. Debilidades innecesarias que debo corregir.

Coincido en que las estrellas reflejan, en las lágrimas. Una suerte de concordato conveniente, no podría ser de otra manera. Por eso cuando la pisada holla esa huella, la marca, señala un rumbo, no siempre lo seguimos.

Unas hojas sueltas, eran restos de la batalla contra el viento que libran, las palmeras, cada vez que se desata la tormenta. Como muescas por otras inconclusas, todas de término incierto. Pero, lo cierto, en estos casos, es que las ramas parecen cuerpos dispersos, aunque resulte agorera la imagen.

Cuando esto sucede, me quedo mirando, un rato a la copa de ellas, asustándome por la caída desde tanta altura, porque si me encuentra en ese aterrizaje, voy directo al hospital, eso si tengo suerte. Luego me olvido y sigo mi vida como si nada pudiera suceder, algo que habla de mi optimismo nunca declamado.

La soledad es el campo de juego de Satán, afirmó Nabokov, con incierto resultado. Salvo que la cancha parece cada vez, más grande. Como él, escribo para complacerme.
Un entendimiento afín al de ciertas conductas que admiten afinidades entre el banco y la cama.

Quería contarle al vasco, esta vez yo con la iniciativa, que necesitaba su opinión, por la muerte del historiador inglés, Eric Hobsbawn, recientemente fallecido, quien explicó que fue la guerra de Malvinas para el Imperio británico.

Las consideraciones no ahorran territorios por recorrer, salvo una curiosa, diría luctuosa omisión que me hizo reaccionar, simplemente porque su magnitud obliga a su referencia. Algo que no se puede obviar, a riesgo de que esa omisión signifique la negación de su existencia y eso es imposible.

Acepté sin dudar, el convite a comer que me hizo Yon, probando y probándome que mi preocupación excedía la moderación que, a veces, los sucesos reclaman. Nos vamos al norte, fue su parco discurso. Tengo un documento necesario para que guardes, me advirtió en tono seco. Cuando la comida está en el medio de la cuestión hago silencio, es lo que mejor me sale. El viaje ofertó el violento cambio de paisaje. Como enseñanza de que el sur no siempre existe, contradiciendo la música. Me lo quedé mirando interrogante, casi con cierta displicencia. No sabía que me esperaba y menos porque guardar ese documento.

Nos vamos a La Norteña de Pilar, fue lacónico, sin explicar porqué, ese día de extrañas paradojas.

Diez años en gastronomía es un logro. Apuntó el vasco Y eso mismo logró con una propuesta simple, buenas pastas y parrilla, servicio atento y ambiente agradable. Se extendió en el comentario. Para ablandar el tono con una exhortación, como hacen los jugadores de fútbol en la boca del túnel o la manga, donde se alientan.

Ir a comer es una salida. Un paseo, un motivo de reunión, un plan social. “Ambas márgenes”, el topo calificado de Yon, entendió que la muerte de Hobsbawm ameritaba antes que se lo lleve el agua, reflotar una edición gráfica del evento que lo reunió al historiador, con sus pares de izquierda. Te enumero lo que hay preparado, porque el informe es largo, precisó Yon sin admitir, en su tono, ninguna discusión, incluso anticipándome.

El fuerte del lugar, pensé luego de ser notificado por el vasco, es la brochette de provolone con ciruelas y pasas, blinis de papa con salmón ahumado, hay ñoquis souflé de espinaca, rociados con vinos de Finca Fltchman, útiles para digerir no sólo la comida, sino también las razones de este cónclave. Se me hizo agua la boca.

Allí nos atornillamos y para empezar nos propusimos, por lo menos el vasco y yo, un par de jugos de naranja con hielo granizado que sumergía una buena poción de Absolut. Para fortalecer la voluntad.

Yon decidió explicarse y darle introducción a “Ambas márgenes”, quien tras sus lentes “lenoninos”, pensaba como sintetizar, lo que ya venía advirtiendo, pero esta vez del sobre de rescate apareció una copia que me entregaron para seguir la narración.

Este es un documento al que la muerte del historiador, le concede valor veamos porque, puntualizó el vasco, mientras comenzaba el desfile del servicio, que es justo decir justificó la larga parla, del narrador. Veamos dijo al pasar.

“Malvinas: una guerra contra la decadencia del imperio británico”, por Eric Hobsbawm

Este artículo es una versión editada de una charla ofrecida en el programa de Izquierda en Movimiento organizado por la revista Marxism Today. Fue publicado en enero de 1983 bajo el título: “Falklands fallout” (Consecuencias de las Malvinas).

“Se ha hablado más de las Malvinas que de ninguna otra cuestión reciente de la política británica o internacional y más gente ha perdido la chaveta por esto que por cualquier otra cosa. No quiero decir la gran mayoría de la gente, cuya reacción fue, con toda probabilidad, seguramente menos apasionada o histérica que la de aquellos cuya profesión es escribir y formular opiniones.

Quiero decir muy poco, de hecho, sobre los orígenes de la guerra de las Malvinas porque esa guerra tiene, en verdad, muy poco que ver con las Malvinas. Difícilmente alguien sabía algo de las Malvinas. Supongo que la cantidad de gente de este país (Inglaterra) que tenía vínculos personales de algún tipo con las Malvinas, o siquiera conocía a alguien que había estado allí, es mínima. Los 1680 nativos de esas islas fueron casi los únicos que tenían un interés urgente en las Malvinas, aparte, por supuesto, de la Malvinas Island Company, que posee una buena porción de ellas, los ornitólogos y el Scott Polar Research Institute, dado que las islas son la base de todas las investigaciones en la Antártida. Nunca fueron muy importantes o, al menos, no lo han sido desde la I Guerra Mundial o quizás apenas al principio de la II Guerra Mundial.

Eran tan insignificantes y tan fuera del centro de interés que el parlamento dejó que el asunto fuera manejado por alrededor de una docena de miembros, el lobby de las Malvinas, que era un amontonamiento muy, muy mezclado políticamente. Se les permitió frustrar todos los no muy urgentes esfuerzos del Foreign Office para arreglar el problema del futuro de las islas. Dado que el gobierno y todo el mundo carecían de interés en las Malvinas, el hecho de que fueran de urgente interés en la Argentina, y hasta cierto punto en América Latina como un todo, fue pasado por alto.

Estaban muy lejos, en verdad, de ser insignificantes para los argentinos. Eran un símbolo del nacionalismo argentino, especialmente desde Perón. Nosotros podíamos posponer el problema de las Malvinas para siempre, o creíamos que podíamos, pero no los argentinos.

Ahora bien, no estoy emitiendo un juicio sobre la validez de la reivindicación argentina. Como muchas reivindicaciones nacionalistas similares, no resiste demasiada investigación. Está basado esencialmente en lo que uno podría llamar “geografía de escuela secundaria” –todo aquello que pertenece a la plataforma continental debería pertenecer al país más cercano –, pese al hecho de que ningún argentino ha vivido allí. (¿Y Rivero?).

No obstante, estamos obligados a decir que la reivindicación argentina es casi con certeza más fuerte que la británica y ha sido considerada como tal internacionalmente. Los norteamericanos, por ejemplo, nunca aceptaron la reivindicación británica, cuya justificación oficial cambió con el paso del tiempo. Pero el punto no es decidir qué reivindicación es más fuerte. El punto es que, para el gobierno británico, las Malvinas estaban tan bajo como podían estar en su lista de prioridades. E ignoraba totalmente el punto de vista argentino y latinoamericano, que no era meramente el de la Junta (militar argentina) sino el de toda América Latina.

Como resultado logró, al retirar el único barco de guerra, el Endurance, que siempre había estado allí como símbolo para indicar que no se podía tomar las Malvinas, sugerir a la Junta argentina que el Reino Unido no se resistiría. Los generales argentinos, que eran palmariamente locos e ineficientes además de repugnantes, decidieron ir adelante con la invasión. Si no fuera por el mal manejo del gobierno británico, el gobierno argentino casi con certeza no habría decidido invadir.

Calcularon mal y jamás deberían haber invadido, pero está perfectamente claro que el gobierno británico precipitó, en verdad, la situación, aunque no pretendiera hacerlo. Y así, el 3 de abril (de 1982), el pueblo británico descubrió que las Malvinas habían sido invadidas y ocupadas. El gobierno debería haber sabido que era inminente una invasión, pero afirmó que no, o, en cualquier caso, si lo sabía no hizo nada al respecto. Esto, por supuesto, está siendo investigado actualmente por la Franks Commission.

Pero ¿cuál era la situación en Gran Bretaña cuando la guerra se desató y durante la guerra misma? Permítanme tratar de resumirlo muy brevemente. La primera cosa que ocurrió fue una casi universal indignación en un montón de personas, la idea de que uno no podía simplemente aceptarlo, de que había que hacer algo. Este era un sentimiento que se extendió hasta las bases sociales y era no político, en el sentido de que atravesaba todos los partidos y no estaba confinado a la derecha o la izquierda.

Conozco mucha gente de la izquierda dentro del movimiento, incluso en la extrema izquierda, que tuvo la misma reacción que la de la derecha. Era una sensación general de indignación y humillación que fue expresada ese primer día en el parlamento cuando la presión para actuar vino, en realidad, no de (la primer ministra, Margaret) Thatcher y el gobierno, sino de todos los lados, la ultraderecha de los conservadores, los liberales y los laboristas, con sólo muy raras excepciones. Este, creo, era el sentimiento público que se podía palpar.

Cualquiera que tuviera alguna sensibilidad a estas vibraciones sabía que esto es lo que pasaba y cualquiera de la izquierda que no fuera consciente de ese sentimiento en la base y de que no era una invención de los medios, al menos no en esta etapa, sino un genuino sentimiento de indignación y humillación, debería seriamente reconsiderar su capacidad para analizar la política. Puede no ser un sentimiento particularmente deseable, pero afirmar que no existió es carecer de realismo.

Ahora, bien, este brote nada tenía que ver con las Malvinas en sí. Hemos visto que las Malvinas eran simplemente un territorio remoto cubierto por la neblina fuera del Cabo de Hornos, acerca del cual no sabíamos nada y nos interesaba menos. Tenía todo que ver, cambio, con la historia de este país desde 1945 y la visible aceleración de la crisis del capitalismo británico desde fines de los ’60 y en particular la caída de fines de los ’70 y principios de los ’80.

Mientras el gran boom internacional del capitalismo occidental persistió en los ’50 y ’60, incluso la relativamente débil Gran Bretaña fue, hasta cierto punto, llevada hacia arriba por la corriente que empujaba a otras economías capitalistas hacia adelante más rápidamente. Las cosas se estaban poniendo claramente mejor y no teníamos que preocuparnos demasiado, aunque había, obviamente, cierta nostalgia flotando en el aire.

Y, sin embargo, en cierto estadio se volvió evidente que la declinación y la crisis de la economía británica se hacían mucho más dramáticas. La depresión de los 70 intensificó esta sensación y, por supuesto, desde 1979 la depresión real, la des industrialización del período Thatcher y el desempleo masivo, han subrayado la condición crítica de Gran Bretaña. Así que la reacción visceral que tanta gente sintió ante la noticia de que la Argentina había simplemente invadido y ocupado un pedacito de territorio británico podía haberse expresado con las siguientes palabras: “El nuestro es un país que ha ido barranca abajo por décadas, los extranjeros se han vuelto cada vez más ricos y avanzados que nosotros, todo el mundo nos mira con desprecio y acaso con lástima, ya no podemos siquiera vencer a los argentinos o a nadie al fútbol, todo anda mal en Gran Bretaña, nadie sabe realmente qué hacer al respecto y cómo arreglarlo.

Pero ahora ha llegado al punto en que un montón de extranjeros piensan que pueden simplemente enviar unas tropas a territorio británico, ocuparlo y apropiárselo, y creen que los británicos están tan acabados que nadie va a hacer nada al respecto, nada va a ocurrir. Bueno, esta es la gota que rebalsó el vaso, hay que hacer algo. Por Dios, tendremos que mostrarles que no estamos para ser pisoteados”.

“Una vez más, no estoy juzgando la validez de este punto de vista, pero creo que esto es, más o menos, lo que sintió en ese momento un montón de gente que no intentó formularlo en palabras.

Ahora bien, de hecho, nosotros, en la izquierda, siempre habíamos predicado que la pérdida del Imperio y la declinación general llevarían a alguna reacción dramática más temprano o más tarde en la política británica. No habíamos previsto esta reacción en particular, pero no hay dudas de que esta fue una reacción a la decadencia del Imperio Británico tal y como había sido predicho durante tanto tiempo.

Y es por eso que tuvo tan amplio respaldo. En si mismo, no fue mero patrioterismo. Pero, aunque este sentimiento de humillación nacional fue más allá del simple patrioterismo, fue fácilmente capturado por la derecha y controlado por lo que creo fue, políticamente, una muy brillante operación de Mrs. Thatcher y los thatcherianos.

Déjenme citar su clásica declaración sobre lo que pensaba que probaba la guerra de las Malvinas: “Cuando comenzamos, estaban los dubitativos y los débiles, la gente que creía que ya no podíamos hacer las grandes cosas que hicimos alguna vez, aquellos que creían que nuestra decadencia era irreversible, que no podríamos jamás ser lo que fuimos, que Gran Bretaña no era más la nación que había construido un imperio y gobernado un cuarto del mundo. Bien, estaban equivocados” (Comunicado de prensa de julio de 1982, después del fin de la guerra)”.

“De hecho la guerra fue puramente simbólica, no probó nada de esto. Pero aquí pueden ver la combinación de alguien capturando ciertas vibraciones populares y volviéndolas hacia la derecha (vacilo, pero apenas, en decir hacia el semi fascismo). Es por eso que, desde el punto de vista de la derecha, era esencial no sólo sacar a los argentinos de las Malvinas, lo que era perfectamente lograble mediante una demostración de fuerza, más una negociación, sino librar una guerra dramática y victoriosa.

Es por eso que la guerra fue provocada por el lado británico, fuera cual fuese la actitud argentina. Hay pocas dudas de que los argentinos, tan pronto como descubrieron que esta era la actitud británica, buscaron una salida de lo que era una situación intolerable. Thatcher no estaba dispuesta a dejarlos, porque todo el objetivo de esta operación no era arreglar la cuestión sino probar que Gran Bretaña todavía era grande, aunque sólo fuera de modo simbólico.

En virtualmente todas las etapas, la política del gobierno británico dentro y fuera de las Naciones Unidas fue de total intransigencia. No estoy diciendo que la Junta hiciera fácil llegar a un acuerdo, pero creo que los historiadores concluirán que una retirada negociada de los argentinos ciertamente no estaba fuera de discusión. No se intentó seriamente.

Esta política provocativa tenía una doble ventaja. Internacionalmente, dio a Gran Bretaña la chance de demostrar su equipamiento, su determinación y su poder militar. A nivel doméstico, permitió a los thatcherianos robar la iniciativa a otras fuerzas políticas, dentro y fuera del Partido Conservador. Les permitió una suerte de toma no sólo del campo conservador, sino de un gran espacio de la política británica.

De modo curioso, el paralelo más cercano a la política thatcheriana durante la guerra de las Malvinas es la política peronista que, por otro lado, había lanzado primero a las Malvinas al centro de la política argentina.

Perón, como Mrs. Thatcher y su pequeño grupo, trató de hablar a las masas por los medios de comunicación pasando por encima del establishment. En nuestro caso, esto incluía al establishment conservador así como a la oposición. Ella insistió en conducir su propia guerra. No fue una guerra conducida por el parlamento. No fue siquiera conducida por el gabinete; fue una guerra conducida por Mrs. Thatcher y un pequeño Gabinete de Guerra, que incluía al presidente del Partido Conservador.

Al mismo tiempo, estableció relaciones laterales directas, que espera que no tengan efectos políticos duraderos, con los militares. Y es esta combinación de apelación demagógica directa a las masas, sobrepasando los procesos políticos y al establishment, y el forjar contacto lateral directo con los militares y la burocracia de la defensa, lo que es característico de la guerra.

Ni los costos ni los objetivos importaban, menos que todo, por supuesto, las Malvinas, excepto como prueba simbólica de la virilidad británica, algo que pudiera ser colocado en un titular. Fue el tipo de guerra que existió para que hubiera desfiles victoriosos. Es por eso que todos los recursos simbólicamente poderosos de la guerra y el Imperio fueron movilizados en una escala de miniatura. El rol de la Armada era fundamental, de todos modos, pero la opinión pública, tradicionalmente, ha invertido mucho capital emocional en él.

Las fuerzas enviadas a las Malvinas eran un mini museo de todo aquello que podía dar a la Union Jack una resonancia particular –los Guardias, los nuevos hombres fuertes de la tecnología, la SAS, los paras; todos estuvieron representados, hasta esos pequeños viejos gurkhas. No necesariamente se los precisaba, pero había que tenerlos justamente porque esta era, como fue, una recreación de algo así como los viejos durbars imperiales (NdT: grandes ceremonias para demostrar adhesión al Imperio Británico que se realizaban en la India mientras se halló bajo control colonial) o las procesiones fúnebres o la coronación de los soberanos británicos.

No podemos, en esta instancia, citar la famosa frase de Karl Marx de la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa, porque ninguna guerra es una farsa. Aún una pequeña guerra en la que murieron 250 británicos y 2.000 argentinos no es algo para hacer bromas. Pero, para los extranjeros que no comprendían el rol crucial de la guerra de las Malvinas en la política doméstica británica, esta ciertamente parecía un ejercicio absolutamente incomprensible. Le Monde, en Francia, la llamó Clochemerle del Atlánico Sur. Puede que recuerden la famosa novela en la que la derecha y la izquierda de un pequeño pueblo francés llega a grandes enfrentamientos por la cuestión de dónde ubicar un baño público (NdT: Clochemerle, de Gabriel Chevallier, fue publicada en 1934).

La mayoría de los europeos no podía entender a qué venía todo este lío. Lo que no apreciaban era que todo el asunto no se refería a las Malvinas, para nada, ni al derecho de autodeterminación. Era una operación referida a la política británica y al humor político británico.

Dicho esto, déjenme decir muy firmemente que la alternativa no era hacer nada o la guerra de Thatcher. Creo que era absolutamente imposible en términos políticos en esta coyuntura, para cualquier gobierno británico, hacer nada. Las alternativas no eran aceptar simplemente la ocupación argentina pasándole el fardo a las Naciones Unidas, que habría adoptado resoluciones vacías o, por el otro lado, como pretendía Thatcher, la réplica de la victoria de Kitchener sobre los sudaneses en Omdurman. La línea pacifista era una minoría pequeña y aislada, si bien una minoría con una tradición respetable en el movimiento obrero.

Esa línea, políticamente, no estaba en el juego. La misma debilidad de las manifestaciones que se organizaron en ese momento lo demostró. La gente que decía que la guerra carecía de sentido y que nunca debió haber comenzado, probó que tenía razón en sentido abstracto, pero no se benefició de ello políticamente y no es probablemente que lo haga.

El siguiente punto a señalar es más positivo. La captura de la guerra por Thatcher con la ayuda de (l diario) The Sun produjo una profunda división en la opinión pública, pero no una división política que siguiera la demarcación de los partidos. En términos generales, dividió al 80 por ciento que fue conmovido por una suerte de reacción patriótica instintiva y que, en consecuencia, se identificó con el esfuerzo de la guerra, aunque probablemente no del modo estridente en que lo hicieron los titulares del Sun, de la minoría que reconocía que, en términos de la política global realmente en juego, lo que Thatcher estaba haciendo no tenía sentido alguno.

Esa minoría incluía a gente de todos los partidos y de ninguno, y muchos que no estaban en contra, per se, de enviar una Task Force. Dudo en decir que fue una división de los educados contra los no educados; aunque es un hecho que los principales bastiones contra el thatcherismo se hallaron en la prensa de calidad, más, por supuesto, el Morning Star (NdT: Periódico del Partido Comunista británico). El Financial Times, el Guardian y el Observer mantuvieron un firme tono de escepticismo respecto de todo el asunto.

Creo que se puede decir que casi todo periodista político del país, esto va desde los conservadores hasta la izquierda, pensó que todo el asunto era loco. Esos eran los “débiles” contra los que despotricaba Mrs. Thatcher. El hecho de que hubo una cierta polarización pero que la oposición, aunque siguió siendo más bien una pequeña minoría, no se debilitó, aún en el curso de una guerra y, en términos técnicos, brillantemente exitosa, guerra, es significativo.

No obstante, la guerra fue ganada, por fortuna para Mrs. Thatcher, muy rápido y con un costo modesto en vidas británicas, y con ello vino una inmediata y vasta ganancia en popularidad. En consecuencia, el control de Thatcher y de los thatcherianos, de la ultraderecha, sobre el Partido Conservador aumentó enormemente de forma incuestionable. Mrs. Thatcher, mientras tanto, estaba en la nube de Úbeda y se imaginaba como la reencarnación del Duque de Wellington, pero sin ese realismo irlandés que el Duque de Hierro jamás perdió, y de Winston Churchill pero sin los cigarros y, al menos uno espera, sin el brandy.

Ahora déjenme tratar los efectos de la guerra. Debo mencionar aquí, apenas brevemente, los efectos de corto plazo, esto es entre ahora y la elección general.

El primero probablemente concernirá al debate sobre de quién es la culpa. La Franks Commission está indagando, en estos momentos, precisamente esto. Es seguro que el gobierno, incluída Mrs. Thatcher, saldrán mal parados, como merecen (NdT: La Franks Commision señaló varios errores en la política británica antes y durante la guerra, pero en última instancia absolvió al gobierno y a su primera ministra. Como conclusión, afirmó: “No tendríamos justificación para adjuntar crítica o culpa alguna al presente gobierno por la decisión de la Junta argentina de cometer su acto de agresión no provocado con la invasión de las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982”. El informe fue señalado luego por la prensa como ejemplo de un “lavado de culpas”).

La segunda cuestión es el costo de la operación y el subsiguiente y continuo costo de mantener una presencia británica en las Malvinas. La declaración oficial es que será de unos 700 millones de libras hasta ahora, pero mi propia estimación es que casi con certeza equivaldrá a miles de millones. La contabilidad es, como bien se sabe, una de las formas de la escritura creativa, así que cómo calcula uno el costo de una operación particular de este tipo es opcional, pero, lo que sea que fuere, resultará muy, muy caro.

Seguramente la izquierda presionará sobre esta cuestión, y debería hacerlo. Sin embargo, desafortunadamente, las sumas son tan grandes que carecen de significado para la mayoría de la gente. Así que mientras las cifras serán citadas a menudo en el debate político, sospecho que esta cuestión no será muy prominente o muy efectiva en términos políticos.

La tercera cuestión es el peso de las Malvinas en la política de guerra Británica, o la política de defensa, como ahora le gusta llamarla a todo el mundo. La guerra de las Malvinas ciertamente intensificará la salvaje lucha intestina entre almirantes, brigadieres, generales y el Ministerio de Defensa, que ya ha producido la primera baja post-Malvinas, el propio ministro, Nott. Hay muy pocas dudas de que los almirantes utilizaron el asunto de las Malvinas para probar que una gran armada, capaz de operar en todo el planeta, era absolutamente esencial para Gran Bretaña –mientras todos los demás saben que no podemos costearla y, aún más, no vale la pena mantener una armada de ese tamaño para aprovisionar a Port Stanley.

Estas discusiones ciertamente plantearán la cuestión de si Gran Bretaña puede costear una armada global y misiles Trident, y cuál, exactamente, es el rol y la importancia de un armamento nuclear independiente de Gran Bretaña. Así que, en esa medida, pueden jugar un papel en el desarrollo de la campaña para el desarme nuclear que no debería ser subestimado.

Luego, el futuro de las propias Islas Malvinas. Esto, una vez más, es probable que sea de poco interés general, dado que las Islas dejarán de ser, de nuevo, de serio interés para la mayoría de los británicos. Pero será un enorme dolor de cabeza para los funcionarios, para el Foreign Office y para todos los involucrados, porque no tenemos política alguna para el futuro. No era el objetivo de la guerra resolver los problemas de las Islas Malvinas.

Estamos, simplemente, de regreso en la casilla inicial, o más bien más atrás, a la casilla menos uno, y algo habrá que hacer, más temprano o más tarde, para encontrar una solución permanente a este problema a menos que los gobiernos británicos estén contentos simplemente con mantener un enormemente caro compromiso que continuará por siempre, sin propósito alguno, allí abajo, cerca del Polo Sur.

Finalmente, permítanme tratar la más seria cuestión de los efectos de largo plazo. La guerra demostró la fuerza y el potencial político del patriotismo, en este caso en su forma patriotera. Esto no debería, quizás, sorprendernos, pero los marxistas no han hallado fácil lidiar con el patriotismo de la clase obrera en general y con el patriotismo inglés o británico en particular.

Británico, aquí, significa el lugar donde el patriotismo de los pueblos no ingleses viene a coincidir con el de los ingleses; donde no coincide, como es, a veces, en el caso de Escocia y Gales, los marxistas han estado más conscientes sobre la importancia del sentimiento nacionalista o patriótico. Incidentalmente, sospecho que mientras que los escoceses se sienten más bien británicos respecto de las Malvinas, los galeses no. El único partido parlamentario que, como partido, se opuso a la guerra desde el comienzo fue el Plaid Cymru y, por supuesto, en tanto que de galeses se trata, “nuestros muchachos” y “nuestra sangre” no están en las Malvinas sino en la Argentina.

Son los galeses patagónicos que envían una delegación cada año al National Eistedfodd a fin de demostrar que uno puede vivir incluso en el otro extremo del planeta y ser galés. Así que, en lo que concierne a los galeses, la reacción, la apelación thatcheriana por las Malvinas, el argumento de “nuestra sangre”, probablemente cayeron en saco roto.

Ahora bien, hay varias razones por las que a la izquierda y en particular a la izquierda marxista no le ha gustado realmente lidiar con la cuestión del patriotismo en este país. Hay una específica concepción histórica del internacionalismo que tiende a excluir el patriotismo nacional. Debemos, también, tener presente que la fortaleza de la tradición progresista/radical pacifista y contra la guerra, que es muy fuerte y que ciertamente ha penetrado, hasta cierto punto, en el movimiento trabajador.

De allí que haya la sensación de que el patriotismo de algún modo entra en conflicto con la conciencia de clase, como en verdad hace a menudo, y que la clase gobernante y hegemónica tiene una enorme ventaja al movilizarla para sus propósitos, lo que también es verdad.

Quizás también está el hecho de que algunos de los más dramáticos y decisivos avances de la izquierda en este siglo fueron alcanzados en la lucha contra la I Guerra Mundial y que fueron alcanzados por una clase obrera que se sacudió el yugo del patriotismo y del patrioterismo y decidió optar por la lucha de clases; seguir a Lenin volviendo su hostilidad contra sus propios opresores en lugar de contra países extranjeros.

Después de todo, lo que destruyó la Internacional Socialista en 1914 fue precisamente el fracaso de los trabajadores en hacer esto. Lo que, en un sentido, restauró el alma del movimiento obrero internacional fue que, después de 1917, en todos los países beligerantes los trabajadores se unieron para luchar contra la guerra, por la paz y por la Revolución Rusa.

Estas son algunas de las razones por las que los marxistas quizás fallan en prestar debida atención al problema del patriotismo. Así que déjenme sólo recordarles como historiadores que el patriotismo no puede ser desatendido. La clase obrera británica tiene una larga tradición de patriotismo que no siempre fue considerada incompatible con una fuerte y militante conciencia de clase. En la historia del cartismo y de los grandes movimientos radicales de principios del siglo XIX, tendemos a remarcar la conciencia de clase.

Pero cuando en 1860 uno de los pocos trabajadores británicos que escribieron acerca de la clase obrera, Thomas Wright, el “ingeniero jornalero”, escribió una guía sobre la clase obrera británica para lectores de clase media, porque a algunos de estos trabajadores se les iba a dar el voto, ofreció un interesante esbozo de las varias generaciones de trabajadores que había conocido como hábil ingeniero.

Cuando llegó a la generación cartista, gente que había nacido a principios del siglo XIX, notó que odiaban todo lo que tenía que ver con las clases altas, y que no confiaban en ellas ni una pulgada. Rehusaban tener nada que ver con lo que llamaban la clase enemiga. Al mismo tiempo, observó que eran fuertemente patrióticos, fuertemente anti extranjeros y particularmente anti franceses. Eran gentes cuya infancia había ocurrido durante las guerras napoleónicas.

Los historiadores tienden a subrayar el elemento jacobino en el movimiento obrero británico durante esas guerras y no el elemento antifrancés, que también tenía raíces populares. Digo, simplemente, que uno no puede borrar el patriotismo del escenario ni siquiera de los más radicales períodos de la clase obrera inglesa.

A todo lo largo del siglo XIX, hubo una muy general admiración por la Armada como institución popular, mucho más que el Ejército. Pueden verlo todavía en todas las casas públicas que llevan el nombre de Lord Nelson, una figura genuinamente popular. La Armada y nuestros marineros eran cosas de las que los británicos, y ciertamente el pueblo inglés, se enorgullecían.

Incidentalmente, una buena parte del radicalismo del siglo XIX fue construido sobre la apelación no sólo a los trabajadores y otros civiles, sino a los soldados. Reynold’s News y otros periódicos radicales de esos días eran muy leídos por las tropas porque se ocupaban sistemáticamente de los descontentos entre los soldados profesionales. No sé cuándo esto en particular dejó de ocurrir, aunque en la II Guerra Mundial el Daily Mirror logró una vasta circulación en el Ejército precisamente por la misma razón. Tanto la tradición jacobina y la tradición mayoritaria antifrancesa son, así, parte de la historia de la clase obrera inglesa aunque los historiadores del movimiento obrero han subrayado una y minimizado la otra.

De nuevo, en el comienzo de la I Guerra Mundial, el patriotismo masivo de la clase obrera era absolutamente genuino. No era algo que fuera sólo manufacturado por los medios. No excluía el respeto por la minoría dentro del movimiento obrero que no lo compartía. Los elementos contra la guerra y los pacifistas dentro del movimiento obrero no fueron marginados por los trabajadores organizados. En este aspecto, hubo una gran diferencia entre la actitud de los trabajadores y la de los pequeños burgueses patrioteros.

No obstante, permanece el hecho de que el mayor reclutamiento masivo voluntario del Ejército en toda la historia fue el de los trabajadores británicos que se enlistaron en 1914-1915. Las minas hubieran quedado vacías si no hubiera sido porque el gobierno eventualmente reconoció que si no tenía algunos mineros en las minas no tendría carbón. Después de un par de años, muchos trabajadores cambiaron de idea respecto de la guerra, ese brote inicial de patriotismo es algo que tenemos que recordar. No estoy justificando estas cosas, sólo señalando su existencia e indicando que al mirar la historia de la clase obrera británica y la realidad actual debemos lidiar con estos hechos, sea que nos gusten o no. Los peligros de este patriotismo siempre fueron y todavía son obvios, en no menor medida porque fue y es enormemente vulnerable al patrioterismo de la clase dominante, al nacionalismo antiextranjero y, por supuesto, en nuestros días, al racismo.

Estos peligros son particularmente grandes allí donde el patriotismo puede ser separado de otros sentimientos y aspiraciones de la clase obrera, o aún allí donde puede ser contrapuesto a ellos: donde el nacionalismo puede ser contrapuesto a la liberación social. La razón por la que nadie presta mucha atención al, digamos, patrioterismo de los cartistas es que estaba combinado con, y enmascarado por, una enorme y militante conciencia de clase.

Es cuando ambas cosas son separadas –y pueden ser fácilmente separadas—que los peligros son particularmente obvios. Inversamente, cuando las dos van juntos, multiplican no sólo la fuerza de la clase obrera sino su capacidad de colocarse a la cabeza de una amplia coalición por el cambio social e incluso dan la posibilidad de arrancar la hegemonía a la clase enemiga.

Es por eso que en el período antifascista de los ’30, la Internacional Comunista lanzó un llamado a arrancar las tradiciones nacionales a la burguesía, a capturar las banderas nacionales por tanto tiempo ondeadas por la derecha. Así, la izquierda francesa trató de conquistar, capturar o recapturar la tricolor y a Juana de Arco y, hasta cierto punto, lo logró.

En este país no buscamos exactamente lo mismo, pero tuvimos éxito en algo más importante. Como la guerra antifascista demostró muy dramáticamente, la combinación de patriotismo en una genuina guerra popular probó ser un factor de radicalización política de un grado sin precedentes.

En el momento de su máximo triunfo, el ancestro de Mrs. Thatcher, Winston Churchill, el incuestionado líder de una guerra victoriosa, y de una guerra victoriosa mucho más grande que la de las Malvinas, se halló, para su enorme sorpresa, empujado a un lado porque la gente que había combatido esa guerra, y combatido patrióticamente, había sido radicalizada por ella. Y la combinación de un movimiento radicalizado de la clase obrera y un movimiento popular detrás de ella se demostró enormemente efectivo y poderoso.

Michael Foot (NdT: importante líder del Partido Laborista en el siglo XX) puede ser culpado de pensar demasiado en términos de recuerdos “churchillianos” –1940, Gran Bretaña alzándose sola, la guerra antifascista y todo lo demás, y obviamente estos ecos estaban allí en la reacción laborista a las Malvinas. Pero no olvidemos que nuestros recuerdos “churchillianos” no son sólo de gloria patriótica –sino de la victoria contra la reacción, tanto en el exterior como en casa: del triunfo obrero y de la derrota de Churchill. Es difícil concebir esto en 1982, pero como historiador debo recordárselos. Es peligroso dejar el patriotismo exclusivamente a la derecha.

Actualmente, es muy difícil para la izquierda recapturar el patriotismo. Una de las más siniestras lecciones de las Falklands es la facilidad con la que los thatcherianos capturaron el brote patriótico que inicialmente no estaba, en sentido alguno, confinado a los conservadores, y mucho menos a los thatcherianos. Recordemos la facilidad con la que los no patrioteros podían ser etiquetados, si no directamente de antipatrióticos, al menos de “suaves con los argies”; la facilidad con la cual la Union Jack pudo ser movilizada contra los enemigos domésticos así como los extranjeros.

Recuerden la fotografía de las tropas regresando en sus transportes, con una cartel que decía: “Terminen con la huelga ferroviaria o mandamos un ataque aéreo” (NdT: En inglés, es un juego de palabras entre strike como huelga y strike como ataque: ‘Call off the rail strike or we’ll call an air strike’). Aquí yace el significado de largo plazo de las Malvinas en los asuntos políticos británicos.

Es una señal de un muy gran peligro. El patrioterismo hoy es particularmente fuerte porque actúa como una suerte de compensación de los sentimientos de decadencia, desmoralización e inferioridad, que la mayoría de la gente de este país siente, incluyendo a muchos trabajadores. Este sentimiento es intensificado por la crisis económica.

Simbólicamente, el patrioterismo ayuda a la gente a sentir que Gran Bretaña no se está hundiendo sin más, que todavía puede hacer y lograr algo, puede ser tomada seriamente, puede, según dicen, ser “Gran” Bretaña. Es simbólico porque, de hecho, el patrioterismo thatcheriano no ha logrado nada en términos prácticos y no puede lograr nada.

Rule Britannia se ha vuelto de nuevo, y creo que por primera vez desde 1914, es algo así como el Himno Nacional. Valdría la pena estudiar un día por qué, hasta el período de las Malvinas, Rule Britannia se había convertido en una pieza de arqueología musical y por qué ha dejado de serlo. En el mismo momento en que Gran Bretaña patentemente no gobierna ya las olas o un imperio, la canción ha resurgido y, sin dudas, tocado un nervio en la gente que la canta.

No es sólo que hayamos ganado una pequeña guerra que tuvo pocas bajas, combatida allá a lo lejos contra extranjeros a los que ya no podemos vencer al fútbol, y que esto haya alegrado al pueblo, como si hubiéramos ganado el Mundial con armas. Pero ¿ha hecho algo más, a la larga? Es difícil advertir que haya logrado, o pueda lograr, algo más.

Y, sin embargo, hay un peligro. Siendo muchacho, viví algunos de los muy jóvenes y formativos años de la República de Weimar, con otro pueblo que se sentía derrotado, que había perdido sus viejas certezas y amarras, relegado en la liga internacional, compadecido por los extranjeros. Añadan depresión y desempleo masivo y lo que obtuvimos entonces fue Hitler. Ahora no nos tocará un fascismo del viejo tipo.

Pero el peligro de una derecha populista, radical, que se mueve aún más a la derecha, es patente. Ese peligro es particularmente grande porque la izquierda hoy está dividida y desmoralizada y, más que nada, porque vastas masas de británicos, o en cualquier caso de ingleses, han perdido la esperanza y la confianza en los procesos políticos y en los políticos: cualquier político.

La principal carta de triunfo de Mrs. Thatcher es que la gente dice que no es como un político. Hoy, con 3.500.000 de desempleados, 45% de los electores de Northfield, 65% de los electores de Peckham, no se molestan en votar. En Peckham, 41% del electorado votó por el Laborismo en 1974, 34% en 1979 y 19.1% hoy. No estoy hablando de votos emitidos, sino del electorado total en esos distritos. En Northfield, que se encuentra en el medio de la zona de devastación de la industria automotriz británica, 41% votó por el laborismo en 1974, 32% en 1979 y 20% hoy.

El principal peligro yace en la despolitización, que refleja una desilusión con la política nacida de una sensación de impotencia. Lo que vemos hoy no es un aumento sustancial en el apoyo a Thatcher o a los thatcherianos. El episodio de las Malvinas puede haber hecho sentir mucho mejor a un montón de británicos temporariamente, aunque el “factor Malvinas” es casi con certeza un capital que se reduce para los conservadores; pero no ha hecho mucha diferencia respecto de la desesperanza, la apatía y el derrotismo básicos de tantos en este país, el sentimiento de que no podemos hacer mucho respecto de nuestro destino.

Si el gobierno parece retener el apoyo mejor de lo que podría esperase, es porque la gente (muy equivocadamente) no culpa a Thatcher por la miserable condición del país actual, sino, más o menos vagamente, a factores que están más allá de su control, o del de cualquier gobierno. Si el laborismo no ha recuperado suficiente apoyo hasta ahora –aunque puede hacerlo todavía—, no es sólo por sus divisiones internas, sino también, en gran medida, porque muchos trabajadores no tienen mucha fe en las promesas de ningún político de superar la depresión y la crisis de largo plazo de la economía británica. Así que ¿para qué votar por unos en lugar de otros? Demasiada gente está perdiendo la fe en la política, incluyendo su propio poder de hacer algo al respecto.

Pero supongan que aparezca un salvador en un caballo blanco. No parece probable, pero sólo supongamos que alguien apelara a las emociones, a hacer fluir la adrenalina movilizando contra los extranjeros en el exterior o en el interior del país, quizás mediante otra pequeña guerra, la cual podría en las presentes circunstancias encontrarse convertida en una gran guerra, la que, como bien sabemos, sería la última de las guerras.

Es posible. No creo que ese salvador vaya a ser Thatcher, y en esa medida puedo terminar en un tono algo más optimista. La idea de la libre empresa, con la cual está comprometida, no es ganadora, como la propaganda fascista reconoció en los ‘30. No se puede ganar diciendo: “Dejen que los ricos se hagan más ricos y al cuerno con los pobres”.

Las perspectivas de Thatcher son menos buenas que las de Hitler, porque tres años después de la llegada de éste al poder no quedaba mucho desempleo en Alemania, mientras que tres años después de la llegada de Thatcher al poder el desempleo es más alto que nunca antes y probablemente crecerá. Ella está silbando en la oscuridad. Todavía puede ser derrotada. Pero el patriotismo y el patrioterismo han sido utilizados una vez para cambiar la situación política en su favor y pueden ser utilizados de nuevo. Debemos estar alertas. Los gobiernos desesperados de la derecha intentan cualquier cosa”.

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Me pareció que el exceso, del tratamiento histórico, excede por exceso. Me pareció, además, que la extensión merecía respeto porque era la única manera de probar una omisión curiosa al enumerar las causas de la entrada en guerra de Inglaterra, en oportunidad de Malvinas. La presencia de los intereses económicos, concretamente los de la BP, que no necesariamente piensan en Inglaterra y sus intereses nacionales.

Y al enumerar razones, la omisión se torna en una gigantesca interrogación, por más que se quiera aducir que el motivo de la charla de Eric Hobsbawm, era puntuar, desde la izquierda ( en 1983), la decadencia del imperio y la capitalización de la derecha –del episodio militar – para recuperar el “fervor” (a la inglesa) nacionalista, que decidiera fijar que el imperio (y la minúscula vale) no estaba ni decadente ni muerto, como se leerá.

La temeridad de meterse con Hobsbawn sobre todo ahora, que está muerto, entraña el riesgo del papelón, pero la omisión pone en la misma bolsa a ambos pueblos, y solamente citar que la BP patrulla la ruta de Indico y queda establecida frente a la Antártida –sexto continente donde existen las reservas de energía del planeta, según dicen -, dimensiona, en realidad la tremenda importancia que el episodio tuvo.

 La omisión de una referencia mínima, a la empresa integrante del Cártel de la energía, tercera en orden de prelación, de por si sola magnifica la importancia del rol que tiene para el futuro de sus intereses, de los intereses del Cártel, y la apropiación de recursos en un área que no resiste análisis alguno, más allá que la dictadura militar argentina, jugara el futuro a la rayuela.

Esa omisión insulta la inteligencia de cualquier interesado en el tema, haciendo pasar la referencia, por una gestión insulsa, la de Tatcher, circunscribiendo la cuestión a un episodio menor, cuando está en juego la geo estrategia del continente americano que, veremos como evoluciona. El zarpazo del león con esa guerra, demuestra cuanto de peso tiene el poder cartelero para que una autoridad histórica, omita mencionar algo tan crucial como el futuro del hemisferio.

Me pareció que le debía una disculpa a Yon, por mi largo parlamento, el tiempo sigue moviendo la fe sin llegar a la montaña. Me pareció, también, que debía, yo, dejar de lado mi indiferencia agresiva, porque sentía que no podría hacer silencio por los chicos muertos en la guerra, por las generaciones a las que la mentira les hizo un callo y porque el alma reclama, un poco de aire, antes que se cristalice la inmortalidad de Hobsbawn. Por otra parte, la duda sembrada es verdad sepultada y es lo que hay.


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