jueves, 15 de noviembre de 2012

Cincuenta años del boom


Amelia Castilla

A partir de un libro de Luis Harss

En el ambiente literario iberoamericano se respiraba una especie de internacionalismo que antes no existía: los argentinos conocían lo que se hacía en México o en Colombia. En los sesenta se decía que la capital de América Latina era París porque allí se encontraron todos los escritores de aquella zona, unos exiliados de las dictaduras de sus países, mientras que otros estaban en misiones diplomáticas. El movimiento literario que estaba naciendo disponía de corte propia, ejército y artillería. En la capital francesa, el crítico Emir Rodríguez Monegal fundó la revista Nuevo Mundo cuyo propósito fundamental era promocionar esta nueva cultura literaria. Los autores se movían con su séquito, y la prensa, en especial la argentina, hablaba ya de una “concienciación literaria”. Sus obras circulaban por el continente gracias a las distribuidoras y a la nueva actitud de las editoriales. A los universitarios e intelectuales se les sumó un numeroso grupo de lectores que devoraba apasionadamente novelas como Rayuela, La ciudad y los perros o Pedro Páramo. El boom latinoamericano contó con muchos escritores y tres polos geográficos: Buenos Aires, México y Barcelona, donde la relación con Carlos Barral fue clave. Entre ellos, los más jóvenes se apodaron la Mafia. No eran íntimos, pero unos remitían a otros y salían juntos en las fotos. Había también sus pugnas internas, odios y celos irreconciliables, pero eso contribuyó también a agrandar la leyenda.

En ese ambiente y sin proponérselo, Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), profesor de Letras y escritor, estableció el canon de lo que luego se conoció como el boom latinoamericano. Y lo hizo, como muchas cosas en la vida, por casualidad. Cuenta que fue Julio Cortázar, con el que se encontró en París, quien le animó a escribir un libro que captara las nuevas tendencias literarias. A estas alturas, casi cincuenta años después, ya nadie le puede negar su olfato literario. Los nuestros se publicó en inglés y pasó con más pena que gloria, hasta que la Editorial Sudamericana lo publicó, unos meses después, en 1966, en español. Se trataba de un ensayo de crítica literaria con 10 entrevistas a otros tantos autores iberoamericanos; algunos como Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti o Cortázar, ya consagrados, pero otros, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez no superaban la cuarentena; João Guimarães Rosa era el único de ascendencia brasileña. La región más trasparente de Fuentes ya contaba con lectores, pero Cien años de soledad de García Márquez era un manuscrito inacabado cuando entrevistó a su autor en la localidad mexicana de Pátzcuaro. A todos les unía la idea de que su país común era el español. El idioma se había convertido en un artefacto arcaico que necesitaba renovarse. Lo cambiaron, dejando de lado el floreo literario que marcaba la época por el habla de la calle. Fuera, les esperaba un público hambriento por reconocerse en historias cercanas. Los nuestros no llegó a editarse en España, pero se convirtió en libro de obligado estudio. Alfaguara lo recupera ahora en el cincuenta aniversario del fenómeno literario.

Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares. El lenguaje y su forma local, el idioma es identidad. “Usar el lenguaje ajeno es alienación”, cuenta Luis Harss desde su casa, en un pequeño pueblo del Estado de Pensilvania, donde vive retirado de la enseñanza y de la crítica, entretenido ahora en la escritura de un nuevo relato. Este escritor ha desarrollado su propia teoría sobre el lenguaje, relacionada con el arranque de lo que fue la búsqueda de la novela totalizadora: los escritores iberoamericanos (aunque los de clase culta hablaban francés) se educaban leyendo traducciones del ruso, del alemán o del inglés. “En general versiones muy torpes, de editoriales españolas que deformaban, estereotipaban o censuraban. Quedaba un muñón parecido a todos los otros muñones que salían del mismo proceso. Se ha observado que el lenguaje de la traducción es generalmente el término medio de la época con sus mediocridades, lugares comunes y percepciones desgastadas, una horma rígida y un mortero. Eso es lo que leían los escritores, en eso se inspiraban, por eso todo salía tan mal y sin imaginación. Después se abrieron las puertas al mundo. Más cultura literaria, más manejo de idiomas, mejores traducciones, a veces por escritores buenos, por poetas, gente sensible. El escritor se educó, vio más, pudo más. La traducción se interiorizó, en vez de representar superficies”. Así empezó a redactarse la nueva novela.

“Alrededor del boom hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad”

Visto con la perspectiva que da el tiempo, se entiende por definición que ningún boom puede durar. En las universidades norteamericanas han florecido los departamentos de estudios latinoamericanos, pero se trata de una corriente solo para especialistas. En cambio, la nueva novela sí ha generado “un mar de fondo”. “Sigue, en el sentido que dejó modelos, descubrimientos, abrió dimensiones. No se puede escribir en Latinoamérica sin haber pasado por allí. Como no podían escribir las generaciones de Estados Unidos sin haber pasado por Hemingway y Faulkner. ¿Medio siglo después cuántos de la lista de Harss se han convertido ya en referencias universales? “Borges ya figura como un habitante de muchos otros mundos, y en muchos idiomas. García Márquez aparece en miles de novelas, su lista de imitadores es interminable; Macondo ha pasado a ser lo que Barthes llamó ‘un recuerdo de la imaginación’. Estoy casi seguro de que, como Hemingway y Faulkner, seguirán siendo fronteras entre un antes y un después. Cortázar, el más radical, desgraciadamente se conoce poco fuera del idioma español, queda muy atado a la lógica interna del idioma argentino. Cortázar es puro jazz y es difícil de transportar. Se lo distingue en Roberto Bolaño. Y en todos los que, sin saber por qué, tratan de escribir como se habla”.

Por correo electrónico escribe que Los nuestros se corresponden con una época de su vida, pero “quedó allá atrás”. Le gusta y le divierte recordar a la gente y hablar de los temas de época y las circunstancias que rodearon el libro, pero hace mucho que está en otras cosas. “No he seguido las carreras de esos escritores. A algunos los he leído de vez en cuando por placer. A otros no los he tocado en ¿cuarenta-cincuenta? años, dejaron totalmente de interesarme, ¿qué quieren que les diga? Uno no se queda donde estaba”. En esa estela de placer que provoca la nostalgia bien entendida se detiene a hablar de dos editores fundamentales: Roger Klein y Paco Porrúa. Curiosamente fue un editor estadounidense, un tipo alerta a todo lo que pasaba en el mundo literario en cualquier idioma, el primero en proponer el libro. Sin la pequeña ayuda financiera que le dio Roger Klein de Harper & Row en Nueva York (unos 1.500 dólares), Los nuestros no existiría. “Se me ocurre que de su propio bolsillo. Era de una gran familia judía de joyeros. Un tipo raro en EE UU, donde se conoce poco y se traduce menos. Yo me resistía a muerte. Había abandonado Argentina, huyendo del peronismo, y me había instalado en EE UU. Había roto espiritualmente con Latinoamérica y el idioma español, pero Klein me regaló su persistencia. Curiosamente, después, por problemas personales (fue gay antes de tiempo) perdió el interés”. El original inglés salió huérfano, nunca vendió nada, y Klein se suicidó dos o tres años más tarde dejando un gran vacío.

Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares

El fracaso que supuso su publicación en inglés no arredró a Editorial Sudamericana cuando decidió publicar el libro en español. Paco Porrúa (A Coruña, 1922), editor de Minotauro, que luego distribuiría Los nuestros, se movía más en el terreno de la ciencia ficción, pero tenía buen apetito para los autores nuevos. Por eso se alió mano a mano con Harss en una precipitada traducción. “Fuimos como hermanos, poco tiempo, cuando nos distanciamos lo extrañé mucho”. Los nuestros se vendió más de lo esperado y funcionó, especialmente, como texto universitario, pero con el tiempo se convirtió en el manual para el conocimiento de ese movimiento literario que representaban los 10 autores entrevistados en el libro.

El boom también dejó sus víctimas, sobre todo entre los escritores jóvenes, un derroche de talento en el que no todos se salvaron. “Hubo una conciencia de círculo vicioso. Los que estaban en cierta cosa y no en otra. No hay duda, la mafia, el club, entre los que se sentían brillar. No hablo de mi selección, que es secundaria. Digo entre ellos. Alrededor del boom siempre hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad, como Felisberto Hernández que murió justo antes de empezar Harss sus entrevistas. “Escribía en sótanos, era pianista y lo imagino siempre al teclado, proyectando sus historias en una pantalla de cine (fue acompañante de cine mudo). Juan José Saer, que me quedó bajo el radar; no había llegado a ser él todavía en los sesenta. En esos días empezaba Manuel Puig La traición de Rita Hayworth. Es de 1968 con la estética del cine popular y los boleros. Cabrera Infante. José Donoso. Salvador Garmendia, venezolano, el de ‘los pequeños seres’ de la vida ciudadana. Un extrañísimo novelista talmúdico argentino, Mario Satz, casi ilegible, vivía en Barcelona. Les pasó a muchos”, remata.

De entre las víctimas, Harss conoció personalmente la tristeza de un narrador de mucho valor: José María Arguedas, el novelista peruano. “Conoció el ayllu, el hogar que le dio de chico la comunidad indígena y que después perdió. Trató de evocarlo en español sin perder la magia metafórica del animismo quechua. Escribió un libro notable, autobiográfico, Los ríos profundos. Es de 1958, a orillas del boom; había leído a Joyce. Su protagonista también es un Dédalo. Había gozado de mucho prestigio en su país, pero se movía todavía dentro de algunas limitaciones del indigenismo; fue excluido explícitamente del canon, humillado en artículos y comentarios, y se mató en 1969. Dejó un diario suicida, en su última novela, inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo. Diatribas (lamentables) contra sus detractores, pero también un acercamiento a la muerte, a la tierra, a las moscas, único en la literatura de Latinoamérica. Se fue comiendo barro como vino”. Un caso de perdedor total, antes de saber quién era Harss lo recuerda sentado tocando la flauta en un rincón, en una fiesta de izquierdas en California. “Un momento de soledad tan aguda que me quedó la imagen para siempre”.

Los nuestros. Luis Harss. Alfaguara. Madrid, 2012. 411 páginas. 18,50 euros (electrónico: 9,99).


De izquierda a derecha, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, en 1974.

Viendo nacer una generación clásica

ALEJO CARPENTIER. ((La Habana, 1904) fue quizás el primero de nuestros novelistas en querer asumir la experiencia latinoamericana en su totalidad, por encima de sus efímeras variantes regionales y nacionales. Nuestra novela estaba en su infancia cuando empezó a escribir. Era poco más que escenografía. Su aparato era pomposo y retórico. Recorrió de punta a punta nuestro mundo tratando de asimilar e integrar todo lo que encontraba hasta poseerlo. Se buscaba como todo latinoamericano en la fábula y el mito. Su pasión ha sido seguir los pasos perdidos del continente, descifrar sus oráculos olvidados. El resultado es una obra de gran alcance y vigor.

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS. Vivió y sufrió su época, y supo expresar su dolor. Ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos… Visto hoy en perspectiva, El Señor Presidente ha envejecido, no intimida. Lo que da fuerza al libro es la sensación de que es un espejo deformado pero reconocible de una realidad sórdida, tristemente conocida por todos los que han recorrido los barrios bajos de las ciudades latinoamericanas. Pero es probable que se le recuerde por Hombres de maíz, un libro arrollador, en el que persigue lo que llama “un idioma americano”. Se da cuenta de que el floreo retórico y los lugares comunes de la prosa académica han sido la plaga de nuestra novela.

JORGE LUIS BORGES. Ha inventado su propio género, a medio camino entre el cuento y el ensayo, para darse completa libertad de movimiento. Varían las proporciones, pero la tendencia es siempre, como él dice, “estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético”. Pero hay algo más: una aspiración al absoluto que se vislumbra en las formas de la imaginación… Un cuento de Borges es algo muy especial. Cada uno de ellos rompe el molde. Combina felizmente, y en las formas más inesperadas, el suspenso y el teorema. Usa la sorpresa, la falsa apariencia y el argumento sofístico a la manera de la novela policiaca; mezcla la burla y la metafísica, la lógica y la argucia, la realidad y el hecho apócrifo.

JOÃO GUIMARÃES ROSA. Lleva cada línea del paisaje impresa en la palma de la mano. Hubo exploradores que abrieron fronteras en el interior, apropiándose de lejanas tierras de pastoreo que a veces fueron verdes y florecieron hasta convertirse en prósperas fazendas. Echar ancla en esas regiones inhóspitas siempre estuvo en conflicto con el espíritu vagabundo. La vida nunca era completamente sedentaria. Bajo el colono estaba el nómada. Guimarães Rosa encarna esa dualidad… Nadie ha penetrado como él en la psicología del habitante del sertão. El lenguaje es densamente emotivo, mezcla de erudición y dialecto, lleno de giros inesperados, inversiones, proverbios, interjecciones, preguntas retóricas.

JUAN CARLOS ONETTI. Hay en él algo genuinamente autóctono que va mucho más hondo que las estridentes protestas de nacionalismo literario que caracterizan a tantos de sus compatriotas. Los años que ha pasado entre Montevideo y Buenos Aires lo han asimilado al alma y al carácter de la zona. No fue él quien inventó la novela urbana en el Uruguay; el género ya existía, pero la ciudad muchas veces estaba en Europa, y en otros tiempos. Los escenarios locales no eran considerados dignos de interés. Onetti cambió todo eso. La vida breve puede ser su obra maestra, libro de inagotables desdoblamientos, un monumento a la evasión a través de la literatura.

JULIO CORTÁZAR. Es la prueba que necesitábamos de que existe una poderosa fuerza mutante en nuestra literatura que lleva a la metafísica (o la patafísica cuando la metafísica se toma en chiste). Brillante, minucioso, provocativo, adelantándose a todos sus contemporáneos latinoamericanos en el riesgo y la innovación… Es un hombre de fuertes anticuerpos. Con el tiempo ha ido descartando los efectos fáciles de la narrativa tradicional: el melodrama, la sensiblería, la causalidad evidente, la construcción sistemática, las amabilidades y la demagogia retórica. Ha buscado en la paradoja el verdadero acorde. Es difícil por el momento medir su impacto. Rayuela (1963) fue un huracán, es una obra ambiciosa e intrépida, a la vez un manifiesto filosófico, una rebelión contra el lenguaje literario y la crónica de una extraordinaria aventura espiritual.

JUAN RULFO. Sus libros están en un paisaje de tragedia clásica, los muertos lo persiguen. Sabe que el peso de los antepasados aumenta con la distancia. El de los suyos, que están lejos, no lo ha descargado nunca. Se ha pasado la vida abriendo tumbas en busca de sus orígenes perdidos. Su brillante y breve carrera ha sido uno de los milagros de nuestra literatura. No es, en el fondo, un renovador sino, al contrario, el más sutil de los tradicionalistas. Pero ahí radica su fuerza. Escribe sobre lo que conoce y siente, con la sencilla pasión del hombre de la tierra en contacto inmediato y profundo con las cosas elementales: el amor y la muerte, la esperanza, el hambre, la violencia. Con él, la literatura regional pierde su militancia panfletaria, su folclore. …Su lenguaje es tan parco y severo como su mundo. Es un estoico que no blasfema contra la vida, acepta el destino. Por eso su obra brilla como un fulgor lapidario. Pedro Páramo no es épica sino elegía. El ritmo del lenguaje es el de la sangre.

CARLOS FUENTES. En 1959 publicó La región más transparente, una supernovela en la que se narra, como lo llamaba el autor, “la biografía de una ciudad y una síntesis del presente mexicano”. La novela estaba destinada en cierta forma a ser un foro para las opiniones contradictorias de la época. Se llama al debate, no a una decisión final. Refleja la preocupación de ese momento por fijar, por resumir, por destilar lo mexicano. Está entre los poquísimos escritores latinoamericanos que dominan las disciplinas del cuento, ¿será por la simpatía que siente por la literatura norteamericana, donde florece el género?... El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y la sorpresa, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Su empecinamiento nace de la nostalgia: por una época y por un lugar. Ha estado fuera demasiado tiempo. “Se me están enfriando los mitos”. Hará cualquier cosa para revivirlos. Son la luz -y la felicidad de la inspiración- que le viene de su infancia. En La hojarasca se destacan ya ciertos prototipos que poblarán los otros libros: el vetusto coronel, el médico de alma atormentada, la serena y consecuente figura femenina, siempre en García Márquez, un baluarte en la adversidad… Mas allá de los hechos cotidianos que constituyen el relato se advierte la intención mágica… Una misma subjetividad anima a todas sus creaciones. Los papeles que se reparten derivan todos de un solo repertorio mental. …La próxima fase del libro, que anuncia para marzo o abril de 1967, se llamará Cien años de soledad. Será la muy esperada biografía del elusivo coronel revolucionario, Aureliano Buendía. Será como la base del rompecabezas cuyas piezas ha venido dando en los libros precedentes.

MARIO VARGAS LLOSA. Cuando acababa de cumplir los 26, con sólo dos obras a su nombre, ya se destacaba entre nuestros escritores jóvenes. Era un inspirado que parecía haber nacido bajo una lengua de fuego. Tenía fuerza, fe y la verdadera furia creadora. La fama le había llegado pronto, pero se la había ganado honradamente. Hasta ahora ha sido menos profundo que pródigo. Su visión es limitada, sus caracterizaciones pueden ser esquemáticas y hasta simplistas, y es un empedernido determinista y antivisionario, pero una invencible riqueza de temperamento, una poderosa carga emotiva y una interioridad que él niega pero no puede reprimir dan densidad a su materia dramática. La ciudad y los perros (1962), su primera novela, narra la vida del colegio militar Leoncio Prado. Dos generales lo denunciaron, calificándolo de profanación y acusando al autor de ser enemigo del Perú y comunista.

Párrafos extraídos de Los nuestros, de Luis Harss.

Lo que aprendí del boom
¿Han ‘matado al padre’ las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos? Diez de los más destacados de estos autores analizan un fenómeno que ha dejado una huella indeleble en su literatura

Guadalupe Nettel (México, 1976)

Gracias al boom aprendí algunas cosas que han influido en mi forma de ver la literatura: la primera -y basta leer La ciudad y los perros para darse cuenta- es que la novela no es necesariamente un género de madurez y que es posible practicarlo de manera virtuosa siendo aun muy joven. La segunda, y la más importante de todas, es que se debe escribir desde quienes somos, desde aquello que nos hace únicos e irrepetibles, en vez de querer imitar el estilo de los autores a los que admiramos. Esto lo entendí leyendo a Gabriel García Márquez, pero también a todos los escritores que, en vez de concentrarse en buscar su propia voz, intentan reproducir el estilo del escritor colombiano. La tercera es que más vale no pertenecer a ningún grupo literario que encasille nuestra literatura y la cuarta es que el amor -tanto por las personas como por los libros- es eterno mientras dura.

 Mayra Santos-Febres (Puerto Rico, 1966)

Como muchos otros escritores de mi generación, crecí en el boom. El boom construyó un sistema de referencias más literario que real, pero que apelaba a las ansias de identidad que necesitábamos como región. Del boom aprendimos todos que se puede ser un latinoamericano universal. Además, pudo brindar claves para la creación y captación de realidades tan distintas como las de Orhan Pamuk, Salman Rushdie, Toni Morrison, Paul Auster o Ben Okri. Todos estos escritores han confesado su deuda con el boom. Saber que Colombia, México, Perú, España y Puerto Rico decidieron mediante sus escritores que éramos familia, a mí me hizo crecer con un panorama que sobrepasa la geografía. Sentirme heredera de una tradición tan vasta me incita a querer superar los legados del boom, y fraguar (y se debe fraguar) otra manera de ser ibero / latinoamericano / universal en el mundo.

Damián Tabarovsky (Argentina, 1967)

 El boom retoma la ilusión de que el escritor latinoamericano tiene que tener algo de for export, de very typical (Bolaño es el último avatar del boom) con algunas gotitas de denuncia social y pasteurización de tradiciones locales. A la vez, introduce la novedad de que para ser escritor, o aún peor, hombre de letras, hace falta tener a una Carmen Balcells, o alguien como Carmen Balcells, o a muchos como Carmen Balcells; expresa el momento en que Barcelona comenzó a volverse sede del poder económico editorial en castellano; informa sobre la necesidad del mercadeo de izquierda como paradigma de la figura mediática del escritor latinoamericano (García Marketing, como lo llamaba Fogwill). Lamentablemente no aprendí demasiado de esas cosas. O por la negativa, tal vez sí, mucho. Algo más: hace poco releí Pedro Páramo y Tratados en La Habana, casi antagónicos y ambos notables.

Wendy Guerra (Cuba, 1970)

 El boom es mi certeza de que en medio de las crisis o la guerra fría, el autor puede generar patologías literarias, divinos síntomas de escritura excepcionales en un estilo común a sus contemporáneos. Como en el Renacimiento, en geografías distintas surgen tópicos comunes, evidencias culturales antes inverosímiles y la literatura patenta, exhibe, prueba lo que antes parecía una alucinación endémica. Lo inaceptable es reconocido a través de la alta palabra. Nací en 1970, soy un personaje concebido tras la copulación colectiva en un mar de misiles y poesía lezamiana, ellos me entrenaron en defender mi literatura (que es mi persona) por misterioso que pueda resultarle a quienes (hoy) impiden sea editada o leída. Comprendí que yo misma soy ese personaje literario pensado, escrito, dibujado por la mano del boom, yo soy su hija, existo y tengo voz por ellos, a pesar de las nuevas guerras frías.

Yuri Herrera (México, 1970)

Quizá lo primero es lo que los mismos escritores del boom aprendieron de los modernistas: que la voluntad de estilo define la mirada sobre la realidad y la fuerza de su narrativa. Que la del boom, entre otras cosas, adolece de ser una lista compuesta casi exclusivamente por hombres. Que un fenómeno mercadotécnico a veces solo es eso, y a veces se aprovecha de algo evidente, como que la mejor literatura en lengua española ya se estaba escribiendo en el continente americano. Que un buen escritor no necesariamente es una autoridad moral: algunos de los que escribieron las mejores novelas del siglo XX también plagiaron el trabajo de otros, sostuvieron amistades con dictadores, justificaron invasiones injustificables y subordinaron sus opiniones políticas a las necesidades de sus patrocinadores. Que una buena novela sobrevive a las mezquindades de sus autores e inclusive a su propio éxito.

Alberto Fuguet (Chile, 1964)

Lo que más aprendí del boom: lecciones de vida, ejemplos a no seguir. No tratar de abarcarlo todo, no ser tan grande. Poder tropezar. Aprendizajes: las mafias funcionan, una agente superpoderosa puede lograr mucho, un autor vale más que su editorial. ¿Qué más? La idea de España como casa matriz me complica. El boom (onomatopeya inglesa para designar el estallido de una bomba: rara definición, ¿no?) fetichizó la figura del autor; los transformó en superhéroes. Le dio acceso al poder e hizo que estuviera demasiado cerca de este. Pero lo que más me complica es la idea de que unos ganaron y otros quedaron fuera. El nosotros. Uno de “los nuestros”. Lo tenían muy claro: quién era quién. Hoy, claro, el veredicto ha cambiado. Puig ahora es delantero. Quedan algunas obras maestras, lo que no es poco. Y la esperanza de que ojalá nunca vuelva a ocurrir.

Juan Gabriel Vásquez (Colombia, 1973)

Entre los muchos legados de esa generación extraordinaria, uno me interesa especialmente: el derecho a la contaminación. Me refiero al destierro de todo nacionalismo literario, al choque voluntario de la provinciana y castiza novela latinoamericana con otras lenguas y otras tradiciones: otras voces, otros ámbitos. Borges y Onetti habían entreabierto las ventanas de nuestra literatura para que por ellas entraran los otros, de Kipling y Stevenson a Faulkner y Céline; pero esas rupturas los obligaron a justificarse repetidamente, y fueron siempre miradas como heterodoxias o herejías. El boom convirtió aquella ventanilla entreabierta en una tronera: entró a saco en la gran novela moderna, y nos legó a los que vinimos después la posibilidad de mirar más allá de nuestra lengua y nuestras fronteras para construir novelas. Y eso hemos hecho: sin pedir permiso y, sobre todo, sin causar escándalo.

Andrés Neuman (Argentina, 1977)

Ninguna etiqueta explica la realidad, pero algunas la mutilan hasta volverla incomprensible. De eso que llamamos boom aprendí el abismo entre los rótulos y las obras. ¿Qué tiene que ver Lezama con Onetti? ¿Por qué García Márquez (1927) y Vargas Llosa (1936) sí, mientras Puig (1932) no? ¿Hasta cuándo maestros como Di Benedetto o Ribeyro seguirán fuera de la foto? ¿Por qué no figuran poetas, habiéndolos brillantes? ¿No resulta sospechoso que ni siquiera Elena Garro, Silvina Ocampo o Clarice Lispector aparezcan en tan viriles listas? De eso que llamamos boom admiro la ambición estética de sus autores, que me hace pensar en la infinitud de la escritura; y recelo de sus mesianismos políticos, que me hacen pensar en la patología del liderazgo. Entre tanta generalización, dos décadas de textos extraordinarios. Tan grandes que merecen ser leídos como por primera vez, desordenando los manuales.

Iván Thays (Perú, 1968)

Antes del boom, los escritores eran parte de una tribu literaria regionalista, y quienes cumplían ese requisito no existían en el radar literario; el boom rompió esa reducción tribal y se organizó bajo un criterio insoslayable: la libertad formal y la libertad a la hora de escoger los temas. Gracias a su talento y a esa libertad, sus libros -incluso los que pueden ser considerados más “regionales”- pudieron leerse no solo como un folleto informativo sobre un continente exótico, sino además como textos cuyos temas comprometían a todos los seres humanos. El boom ganó un espacio para los escritores que habían llegado antes y para los que íbamos a llegar después. Si algo aprendí de ellos es a no someterme a una agenda nacional, latinoamericana o del propio boom para escribir, y a defender mi derecho -no siempre respetado o asumido por los demás- a ser leído fuera de cualquier tribu.

Julián Herbert (México, 1971)

Me resulta caricaturesca la actitud de autores de mi generación que descalifican íntegramente el boom. Por otro lado, me entusiasman poco los libros que García Márquez, Fuentes o Vargas Llosa publicaron durante las dos últimas décadas. La región más transparente, La tía Julia y el escribidor o Crónica de una muerte anunciada siguen siendo un gozo. También muchos cuentos de Cortázar. Pero mis narradores latinoamericanos favoritos del periodo -Cabrera Infante, Ibargüengoitia, Julio Ramón Ribeyro, Manuel Puig- no son, en sentido estricto, parte del boom: más bien refieren una sensibilidad pop que se aleja del exotismo y el simbolismo autoinfligidos y privilegia el humor sobre lo sublime. No creo que el boom sea un fenómeno generacional, sino editorial y, hasta cierto punto, una actitud ante el lenguaje. Si esto es verdad, entonces prefiero el bip: una literatura en tonos más punzantes.


Un recuerdo de Onetti
En aquel anciano enfermo, anclado en su deterioro físico, había una lucidez intacta y algo que yo había encontrado siempre en su literatura: el desengaño de la vida y el amor por la vida, la propensión a una tristeza sin alivio y al mismo tiempo a una ternura pudorosa y sin límite
Antonio Muñoz Molina



Juan Carlos Onetti -en una imagen de 1989- pasó años metido en la cama en su domicilio de Madrid. / Foto: Francisco Ontañón

Cuando se ha vivido muchos años en la misma ciudad uno tiene a veces la sensación de cruzarse con una versión muy anterior de sí mismo, un fantasma al que le costaría trabajo reconocer si de verdad pudiera verlo. Yo paso con mucha frecuencia, en Madrid, por la acera de la avenida de América donde está el edificio en el que vivió hasta su muerte Juan Carlos Onetti, y siempre me acuerdo de la mañana de hace casi veintidós años justos en que vine a visitarlo. Junto a esa acera ancha delante del portal bajé de un taxi, llevando una bolsa de viaje, porque había pasado en Madrid poco más de un día y en apenas unas horas tenía que salir camino del aeropuerto. Sólo unos días antes había ido de Granada a Lisboa. Volvería a Granada esa misma tarde. Vivía entonces a rachas un aturdimiento de viajes y no sabía que me estaba aproximando a una frontera invisible del tiempo que iba a cambiar con igual fuerza mi vida y mi literatura. Aquella acera, el paisaje del tráfico hacia el aeropuerto, el mareo de la falta de sueño, los veo ahora en el recuerdo como indicios seguros de lo que ya había cambiado sin que yo lo supiera. Me detuve delante del portal con mi bolsa en la mano y comprobé de nuevo la dirección que llevaba apuntada. En unos minutos, después de un trayecto breve en ascensor, iba a encontrarme con Onetti.

La tarde anterior una señora muy amable, con ojos claros y acento porteño, se me había acercado al final de un acto literario. Me dijo que era Dolly Onetti. “A Juan le gustaría que vinieras a casa mañana”. Todo me sucedía al mismo tiempo, en un mareo de emociones simultáneas. El acto en el que yo había participado, junto a Enrique Vila-Matas y el poeta Juan Luis Panero, era un homenaje a Adolfo Bioy Casares. Acababa de conocer a Bioy y de experimentar por primera vez su generosa cortesía, y de golpe se me presentaba la oportunidad de encontrarme también con Onetti al cabo de unas pocas horas.

Los dos, cada uno a su manera, venían siendo, junto a Borges, mis maestros más queridos en la literatura en español: los que hacían resonar las cuerdas más hondas de mi imaginación literaria, los que modelaban mi manera de entender el oficio de escritor. En Bioy estaba la delicadeza irónica, en Onetti el desgarro, la pura poesía de contar lo que de tan doloroso o tan arrebatador casi no puede ser contado. De otros escritores de América Latina a los que admiraba por sus novelas me alejaban sus figuras públicas, demasiado oficiales, demasiado adictas a los protocolos. De Onetti y de Bioy me gustaba la intensa sensación de privacidad que desprendían. Para eludir las ocasiones de hablar en público Bioy decía: “Yo soy escritor por escrito”. En cuanto a Onetti, vivía retirado legendariamente en aquella casa en la que yo iba a visitarlo, como en un exilio en el interior de otro exilio, sin levantarse de la cama, fumando y sorbiendo whisky y leyendo novelas de misterio.

El corazón me latía muy fuerte cuando salí del ascensor en el último piso y llamé a la puerta. Me abrió Dolly, con su sonrisa grave de bienvenida. Las estanterías del pequeño comedor estaban llenas de libros, casi todos en ediciones de bolsillo muy usadas, muchos de ellos novelas policiales. El comedor lo recuerdo en penumbra. En la habitación donde estaba Onetti había una fuerte luz matinal. Una ventana con macetas daba a una terraza y a los tejados de Madrid. Onetti me recibió echado en la cama, en pijama, un pijama azul claro como de la Seguridad Social, en una postura forzada, de costado, apoyado en un codo. Tenía la piel pálida y enrojecida, y una barba escasa. Como no llevaba gafas resaltaban más sus grandes ojos saltones, esos ojos de pena o de tedio abismal que se le veían en las fotos.

Bebí whisky de malta con Onetti a las doce de la mañana, en ayunas, y el mareo inmediato acentuó la irrealidad de aquellas horas, el tiempo en suspenso de la conversación

Se apoyaba en un codo y en la otra mano tenía el cigarrillo. Era una mano de dedos muy largos, el índice y el corazón manchados de nicotina, una mano desganada que desde muchos años atrás no había hecho más esfuerzo que el necesario para sostener vasos y cigarrillos, una de esas manos que se doblan y caen como desfalleciendo desde la muñeca.

En la pared, detrás de la cabecera, había fotos y recortes, pegados con chinchetas o cinta adhesiva. En la mesa de noche cabía apenas un cenicero inseguro junto a una pila de novelas. Onetti estaba acatarrado y oía con dificultad. De vez en cuando, cuando no conseguía escuchar algo que yo le había dicho y se adelantaba un poco para oírme mejor, le cruzaba por la cara un gesto rápido de impaciencia, como de rencor contra la vejez. Hablamos sobre todo de Faulkner y de Nabokov. Le gustó que le contara que cuando yo era muy joven, en una época en la que costaba mucho encontrar libros suyos, había robado El Astillero en la casa de alguien. Cuando mencioné que la tarde anterior había estado con Bioy dijo, con un desdén rioplatense en el diminutivo: “Adolfito”. Onetti era muy radical políticamente, muy consciente de las diferencias de clase. Pero no le costó nada reconocer que Bioy había escrito al menos una obra maestra, de la que habló enseguida con entusiasmo, El sueño de los héroes.

Bebía de vez en cuando un sorbo de un whisky barato con agua. Bebía y fumaba. Yo llevaba en mi bolsa de viaje una botella de whisky de malta que había comprado en el duty free del aeropuerto de Lisboa. Le pedí permiso a Dolly para dejársela como regalo. Ella asintió, encogiéndose de hombros: “Así por lo menos beberá algo de buena calidad”.

De modo que bebí whisky de malta con Onetti a las doce de la mañana, en ayunas, y el mareo inmediato acentuó la irrealidad de aquellas horas, el tiempo en suspenso de la conversación, en la que se me insinuaba poco a poco la urgencia de marcharme para no perder mi avión a Granada. En aquel anciano enfermo, anclado en su deterioro físico, había una lucidez intacta y algo que yo había encontrado siempre en su literatura, y que había tenido desde muy joven sobre mí un efecto parecido al del whisky a media mañana y al fervor secreto que llevaba conmigo ese día de noviembre: el desengaño de la vida y el amor por la vida, la propensión a una tristeza sin alivio y al mismo tiempo a una ternura pudorosa y sin límite. La indignación lo reanimaba. Renegó de los obispos españoles y de su afición a invadir el derecho a la felicidad sexual de la gente. Le pidió a Dolly que me diera el primer volumen de la biografía de Faulkner de Joseph Blotner. “¿Y por qué no los dos?”, dijo Dolly. “Para que así tenga que volver”.

Pero ya se me acababa el tiempo, y él estaba cansado. Por timidez, por miedo a importunar a un hombre enfermo, ya no volví nunca. Lo que recuerdo exactamente, veintidós años después, es su mano débil apretando la mía en la despedida, y las palabras que me dijo: “Es lindo sentirse amigo”.
antoniomuñozmolina.es/

¿Por qué hay que matar el ‘boom’?
Escritores latinoamericanos debaten sobre los rumbos del ciclo literario más importante del siglo XX en español

Juan Cruz

La leyenda dice que el polaco Gombrowicz juntó a su alrededor en Buenos Aires a poetas adictos a los que gritó, al despedirse, desde el barco:

- ¡Maten a Borges!

Los escritores siempre han querido matar a sus padres. Algún tiempos después de que autores latinoamericanos de hace cincuenta años (Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Cortázar, Cabrera Infante, Donoso, Bryce...) se hicieran boom y habitaran entre nosotros, hubo hijos literarios que quisieron matar esas influencias. En sentido figurado, como quería decir Gombrowicz.

Comenzamos a contarle esa anécdota a Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) y él la continuó: “Pues yo creo que no hay que matar a nadie. ¡Ni en sentido figurado!”

Fresán hablaba después del discurso con el que Vargas Llosa abrió el lunes en Casa de América el coloquio con el que la cátedra de su nombre conmemora los cincuenta años del boom y el medio siglo de la publicación de La ciudad y los perros. Vargas Llosa hizo recuento personal de ese largo trayecto ante “cuarenta escritores embarazados” de literatura (como los llamó el director de la cátedra, Juan José Armas Marcelo). Vienen de todas partes y todos tienen en las venas sangre de aquel fecundo periodo literario.

A algunos de esos escritores, como Fresán, les preguntamos por la manía de matar al padre, y en este caso al boom. Dice Fresán: “De hecho yo leo para vivir más, no para matar a nadie”. La lectura, además, “es el modo más barato de sobrevivir. Yo no tengo nada contra el boom como tal, pero sí contra la idea de emularlo constantemente”.

Fue una amenaza, como todo aprendizaje. Dice Alonso Cueto (Lima, 1954): “Aprender de los escritores del boom es una de las tareas más difíciles para un escritor que viene después de ellos. Recoger esta gran tradición literaria sin que se sienta su influencia y a la vez buscando una voz original es duro, pero creo que no hay otra postura posible. La liberación del lenguaje que supusieron estos escritores es un don que hemos recibido los que vinimos después”.

Su compatriota Fernando Iwasaki (Lima, 1961) nació con La ciudad y los perros, “y fui lector de las obras del boom desde la secundaria, nunca he tenido otros sentimientos que no sean la admiración y el cariño. No sería quien soy sin Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez y Cabrera Infante”.

La respuesta más contundente sobre la vieja pretensión de aniquilar esa influencia es de Arturo Fontaine (Chile, 1952): “La envidia se enmascara”. Añade: “Desde el Siglo de Oro que no ocurría en la lengua algo como el boom, entendido en un sentido amplio, es decir, incluyendo a Borges. En cuanto a mí, fueron las lecturas de mi adolescencia, leerlos fue sentir la libertad”.

“Esa manía de matar al padre -incluso con mera simbología freudiana-”, dice Héctor Abad Faciolince (Colombia, 1958), “me parece una idiotez, salvo que el padre sea un delincuente. Con los grandes del boom no podemos sentir más que agradecimiento: fueron ellos los que nos abrieron las puertas del mundo y de los lectores. Nos quitaron complejos de idiotas o de subdesarrollados. Nos mostraron caminos literarios completamente nuevos, y no para seguirlos por el mismo sendero, sino para buscar salidas nuevas en cualquier encrucijada”.

Juan Gabriel Vásquez, colombiano de 1973: “Menosprecio o ninguneo o asesinato de esa generación me parece un síntoma inequívoco de mediocridad intelectual, y aún de una cierta incultura. Los que trabajamos con la lengua española, si nos dejamos llevar por motivaciones o por resentimientos ocultos, sabemos que una es la lengua antes y otra después de Borges, García Márquez o Cabrera Infante. Yo estoy más bien entre quienes piensan en los autores del boom (y sus padres: Carpentier, Onetti) como los verdaderos fundadores de la tradición novelística latinoamericana. Ellos son nuestros clásicos”.

Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) tiene la sensación de que el deseo (o la necesidad) de matar a los padres literarios del boom es más acusada entre los latinoamericanos que entre los españoles. A lo mejor me equivoco, pero creo que ellos los sienten más como antecedentes directos que nosotros. En cuanto a mí, no siento el menor deseo de matar nada del boom”.

Ha habido quienes han querido matar el boom como quisieron matar a Rubén, le decimos al nicaragënse Sergio Ramírez (1942). “Los hijos quieren matar siempre a los padres, y no pocas veces a los abuelos, pero es generalmente un sarampión de adolescencia. Luego se termina por reconocer la herencia. Por mi parte, siendo adolescente nunca tuve esos instintos criminales respecto al boom. Soy de la generación inmediata posterior, el postboom, me abrieron muchas puertas y perspectivas, técnicas de narrar, me dieron visiones nuevas de América Latina, un adolescente aprendiendo de quienes en su mayoría eran muy jóvenes”.

Carlos Franz, chileno nacido en Ginebra en 1959, cuenta por qué no se puede matar al boom como Gombrowicz querían que mataran a Borges: “Porque es inmortal. Cuanto más quieren matarlo más vive y mejor”. ¿Y por qué es importante no matarlo? Gonzalo Celorio (México, 1948): “Supone el regreso de una tradición, y a la vez es el antecedente de lo que Fuentes llamó el boomerang”. Está vivo, no pueden matarlo, dice el novelista mexicano.



Vargas Llosa, su esposa Patricia Llosa, José Donoso, Mercedes Barcha (esposa de García Márquez), Pilar Donoso (esposa de José Donoso) y García Márquez, en Barcelona en los setenta. / CORITA

Tras la mecha del ‘Boom’
Ocho universidades y la Casa de América de Madrid serán escenarios del congreso internacional 'El canon del Boom' y un ciclo de mesas redondas sobre el movimiento literario
Silvia Hernando

La reverberación del Boom, la explosión literaria latinoamericana que estalló en los sesenta de la mano de escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, continúa haciendo vibrar el panorama de las letras españolas y universales. A modo de homenaje, recuerdo y también como medio de apertura de nuevos horizontes intelectuales, la Cátedra Vargas Llosa y Acción Cultural Española han organizado el congreso internacional El canon del boom (del 5 al 10 de noviembre), un encuentro de una treintena de escritores que impartirán ponencias en varias universidades españolas, y que se acompañará de un ciclo de mesas redondas con una decena de expertos, que se celebrarán del 6 al 10 de noviembre en la Casa de América de Madrid.

La percha de la reunión –si es que fuera necesaria una-, es la del 50 aniversario de la publicación de la primera novela de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, asentada en la fundación del movimiento que eclosionó gracias a la intensa labor editorial y social que surgió en la ciudad de Barcelona. El Nobel hispanoperuano será el encargado de pronunciar la conferencia inaugural del simposio, que clausurará José Manuel Caballero Bonald. Más allá de indagar en los orígenes y la evolución del movimiento, tanto conferencias como mesas redondas escarbarán en sus repercusiones mediáticas, políticas, académicas o periodísticas, cuyo eco sigue resonando ineludiblemente en la actualidad, además de estrechar lazos y fomentar el diálogo transatlántico entre los escritores participantes.

“En estos tiempos de crisis pero también de viejas esperanzas, pensábamos que había que hacer algo diferente a un simple congreso repetitivo”, ha señalado en el acto de presentación el escritor y periodista canario Juan José Armas Marcelo, también director de la Cátedra Vargas Llosa. “Porque el Boom marca un antes y un después en el interés del mundo por los escritores latinoamericanos y españoles”.

La sede elegida para albergar el evento, por esa misma necesidad de huir de lo convencional, será múltiple (o más concretamente, óctuple): las Universidades de La Rioja, la Europea de Madrid, de Castilla-La Mancha, Valladolid, Granada, Málaga, Murcia y Alicante, que han concedido el Doctorado Honoris Causa a Vargas Llosa, compondrán los escenarios de las charlas que impartirán escritores y pensadores como Fernando Savater, Rosa Montero, Marcos Giralt Torrente, Fernando Iwasaki, Juan Gabriel Vásquez, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Fresán o Carlos Franz, entre otros, y que se podrán seguir también en streaming a través de Internet.

“Estos escritores no son todos los que están”, ha puntualizado Armas Marcelo, “algunos han sido invitados, pero no han podido participar por problemas de agenda”. Para el futuro, ha añadido que se está negociando la posibilidad de llevar el congreso a otras universidades latinoamericanas y también europeas, y ha querido concretar dos nombres de autores desconocidos para el gran público en España, pero que, según su criterio, marcarán la pauta de las letras por venir: los peruanos Jeremías Gamboa y Pedro Novoa, que contribuirán al acontecimiento con sendas charlas.

“Es difícil prescindir del Boom para comprender la literatura en español a partir de los años setenta”, ha concluido el escritor peruano Jorge Eduardo Benavides, que participará en el congreso con la ponencia Un judío en el Amazonas (el martes 6 en la Universidad Europea de Madrid), que versará sobre la novela de Vargas Llosa El Hablador y el tratamiento que en ella se concede a un espacio recurrente en su obra, el Amazonas, y al también reiterado tema del mestizaje y la identidad. “Todo son fenómenos cíclicos”, ha apuntado con respecto a la posibilidad de un nuevo Boom. “La literatura que se está haciendo ahora es más fragmentaria, pero seguramente en unos años podremos ver los puntos que tiene en común”.


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Literatura de microacontecimientos


Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una mañana encontré un libro en el cesto de la basura de mi casa. El libro tenía escrito en bolígrafo el nombre de mi hija y la identificación de su instituto. Mi hija me dijo que el profesor de castellano le había entregado un ejemplar de ese libro a cada uno de los alumnos; ella lo había tirado porque se trataba de “una novela demasiado aburrida para su gusto”. No podía negarle la evidencia a mi hija; era un libro formal, quizá perfecto, pero exageradamente aburrido. El autor era uno de esos escritores institucionales con los que el sistema empapela las paredes de los centros de educación. Eso pensé y eso le dije a mi hija. Enseguida le presenté mi colección de libros de Georges Perec: La vida instrucciones de uso; ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?; Especies de espacios; Un hombre que duerme; Lo infraordinario; Nací, textos de la memoria y el olvido; El gabinete de un aficionado; Las cosas; Me acuerdo; El secuestro; W o recuerdo de infancia; Pensar-clasificar; El aumento y El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento; Tentativa de agotamiento de un lugar parisino y La cámara oscura.



Los títulos le llevaron a abrir, cerrar y abrir los libros como si se tratara de un espacio de juegos. En esa dinámica ella sólo leía alguna línea o curva (según la lógica, o la no lógica, de su descubrimiento): “El objeto de este libro no es exactamente el vacío, sino más bien lo que hay alrededor, o dentro” (Especies de espacios); “Me acuerdo de que uno de los tres cerditos se llamaba Naf-Naf, pero ¿y los otros?” (Me acuerdo); “Darían a este equilibrio el nombre de dicha y, con su libertad, su prudencia, su cultura, sabrían preservarla, descubrirla en cada instante de su vida común” (Las cosas); “Nací el 7-3-36. ¿Cuántas decenas o centenares de veces he escrito esta frase?... Algún día tendré que comenzar a servirme de las palabras para desenmascarar lo real, para desenmascarar mi realidad” (Nací); “Parece que una japonesa me ha hecho una fotografía desde un autocar de turistas” (Tentativa de agotamiento de un lugar parisino); “El puzzle… a pesar de las apariencias, no se trata de un juego solitario: cada gesto que hace el jugador de puzzle ha sido hecho antes por el creador del mismo; cada pieza que coge y vuelve a coger, que examina, que acaricia, cada combinación que prueba y vuelve a probar de nuevo, cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro” (La vida instrucciones de uso).

Mi hija me preguntó “¿de qué tratan estos libros?” De la observación de los detalles, de la pretensión de darle sentido a la inutilidad de las cosas, eso le dije. Georges Perec es un creador de laberintos, un buscador de las pistas que pasan desapercibidas a la ceguera colectiva del ir y venir. Su obra es la articulación del universo de lo minúsculo: una colección de historias sobre los residentes de un edificio parisino; un libro donde no aparece ni una sola vez la letra E; un estudiante que renuncia a sus obligaciones para vagar en una fuga hacia sí mismo; un decálogo de muchos “me acuerdo”; un paseo por las distintas clases de espacios ("Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse"). Georges Perec permaneció durante tres días en la plaza Saint-Sulpice de París para intentar atrapar, en observación y escritura, los hechos más insignificantes del día a día (“Lo que ocurre cuando no ocurre nada, solo el paso del tiempo, de la gente, de los coches y de las nubes”). Perec convierte las palabras en las piezas de un juego multiplicador de posibilidades. Creador de crucigramas; diseñador de la otra literatura (la literatura); quebrantador del orden del bostezo; francotirador del realismo; hacedor de espacios invisibles; jugador de la gramática. Su curiosidad le llevó a preguntarse: "Con franqueza, ¿qué es lo que se me pregunta?, ¿si pienso antes de clasificar?, ¿si clasifico antes de pensar?, ¿cómo clasifico aquello que pienso?, ¿cómo pienso cuando quiero clasificar?”. La obra de Perec no deja de moverse, dependerá de cada lector ubicar las piezas en el lugar de su preferencia. La puedes llamar literatura o matemáticas, yo la llamo juego. Georges Perec es el escritor más divertido de la historia. Quizá por ello a la academia le cuesta tanto reírse con él. Dicen que Perec murió en 1982, en Ivry-sur-Seine, Francia; yo lo conocí una tarde de 2010, en un café de Asturias. Quise conocerlo y lo conocí. En la pizarra del café jugamos a contar la historia secreta de las mesas (lo que hicieron las mesas mientras las personas ignoraban su rol de sostén de situaciones ajenas). Más de uno me llamó loco por estar hablándole supuestamente a la nada. Pero esa tarde Georges Perec me invitó a jugar con su inventario de los microacontecimientos.

Mi hija tomó varios de los libros y salió a trote en dirección a la puerta de la calle. En el camino iba liberando bromas contra la literatura del aburrimiento. Tenía cara de traviesa, su sonrisa se parecía a la de Georges Perec. Su objetivo era subvertir el orden de la educación que niega la existencia del espacio juego.

Edgar Borges es escritor venezolano residenciado en España.


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Entrevista a James Petras: Pueblo latino de Estados Unidos reelige guerra y promesas incumplidas de Obama


Indira Carpio Olivo y Ernesto J. Navarro (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

“Obama es como Capriles promete el cielo, pero labra el infierno” (...) En EE.UU, "No va a cambiar la política anti-inmigrantes, ni la ley antiterroristas contra latinos en EEUU con la reciente reelección" (...) “Mientras Chávez ganó prometiendo más gastos sociales, en Estados Unidos la campaña se basó en el recorte de gastos sociales”. “Le envío un saludo al pueblo venezolano y a mi amigo Hugo Chávez”.

Dos noticias destacan tras la reciente y multimillonaria elección presidencial de Estados Unidos. Una buena y otra mala. La Buena: PERDIÓ MITT ROMNEY y la mala: GANÓ BARACK OBAMA.

En entrevista exclusiva para el programa La Brújula del Sur (1), James Petras (2), explicó que la ambas opciones presidenciales (demócrata y republicana) ofrecían lo mismo: recortes al gasto público y eso fue el eje de la campaña electoral.

“Muchos electores se taparon la nariz y votaron por Obama”, dijo. Al referirse al voto latino aseguró que las opciones eran Obama que expulsó 1.5 millones de latinos o Romney que ofrecía expulsar 3 millones.

Para James Petras el sistema electoral estadounidense sólo ofrece garantías a los partidos que gastan millones y millones de dólares, mientras que las opciones independientes, nada tienen que buscar en un sistema que funciona al ritmo de la danza de los billetes verdes.

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La entrevista completa escúchela aquí:
http://soundcloud.com/labrujuladelsur3/james-petras-08noviembre2012

Para ampliar las informaciones:

1) La Brújula del Sur es un programa que se transmite en la emisora del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Alba Ciudad (, @albaciudad, 96.3 FM) y Radio Rebelde (radiorebelde.info, @radiorebelde915, 91,5 FM), conducido por Ernesto J. Navarro y producido por Indira Carpio Olivo.
2) James Petras, sociólogo estadounidense. Doctor en filosofía y profesor emérito de la Universidad del Estado de Nueva York en Binghamton.


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Lejos… el tiempo


Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lejos…el tiempo
de inocencias y de juegos,
por las calles
de tu viejo puerto.

Lejos…el tiempo
de andanzas por las playas crujientes
de la bahía,
con las olas del mar
inundando tu cuerpo de vida.

Lejos…el tiempo
de los barcos, las aves marinas,
los aromas, los sabores,
los sonidos de esos días.

Y sin embargo, los recuerdos,
te devuelven a ese niño
corriendo por los muelles
y hurgando entre los cerros,
sin reglas ni cercos
que contuviesen tus fuegos.

Te devuelven a ese joven…
enarbolando libertades
en contra de los vientos.
A ese joven…
buscando las miradas
de aquellos ojos negros.

Aún sientes que tu alma
quedó allí la tarde que partías,
en el sabor de la sal,
en la risa de los lobos,
en el perfume de las algas,
en el embrujo de la brisa,
en los alegóricos carnavales,
en las muchachas morenas
que alguna vez amaste,
en las playas de conchillas.

Ves tu infancia,
tu adolescencia,
tus despertares,
tus verdaderos sueños.

Ves tu alma dibujada
en las arenas blancas
y resistiendo al viento
entre las piedras.

Volvería atrás la historia…si pudiese,
te devolvería los soles y las lunas
de esos tiempos,
para mitigar la pena de tu corazón
para siempre anclado en ese puerto.




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“Mr. Gwyn”, de Mr. Gwyn


Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Alessadro Baricco
Mr. Gwyn
Traducción de Xavier González Rovira
Anagrama


Alessandro Baricco un creador literario incisivo y sutil, ensayista agitador de culturas en el más atrevido sentido del término frente a lo usual y nada amigo de literatura acomodada. En España resulta conocido por sus novelas Seda y Esta historia. Con su nueva novela nos ofrece por medio de su personaje Mr Gryn una interesante y meditada actitud sobre el poder de la escritura, dando vida a una narración nada ajena al mundo interno de todo escritor, en el momento menos previsto, que se aprecie de este ejerció de creación. Quiero decir, distanciado de aquellos otros que escriben, con sus derecho y aderezos propios, sobre temas más mundanos dedicados al entretenimiento y pensando en el pelotazo del posible Best seller. En la historia que reseña el protagonista se siente poseído de la imperiosa necesidad de un cambio. Porque el autor se considera todo lo contrario de aquello que se puede calificar sin caer en la etiqueta fija, como buceador y francotirador en el mundo interno de la literatura. Modos y maneras que aborda en esta narración atrevida y experimental donde el personaje Jasper Gwyn escritor muy reconocido, de improviso decide abordar envuelto en una sólida convicción de cambio algo que bulle en su interior, que ha provocado una crisis muy usual entre aquellos en el oficio de escribir cuando movidos por inquieto monólogo se interrogan a sí mismo, sobre la razón de escribir y para qué, dentro de una sociedad frente al poder establecido.

Situación que lo lleva a tal estado interno que decide dejar esa escritura, esa que aflige a todo escritor exigente, para adentrarse de la mano de la interrogación a sopesar el cambio de perspectivas con la que indagar hasta lo más profundo y personal del compromiso propio sobre aquello que pueda liberarlo de lo que considera una escritura rutinaria. Idea y propósito cuya urgencia va tomando cuerpo cuando camina por el Regent`Park “a lo largo de un paseo que, entre muchos, elegía siempre” Y cuando llega a casa decide escribir un artículo y llevarlo en persona “atravesando toda la ciudad, hasta la redacción del Guardian. Allí bien lo conocen y aceptaron su propuesta de publicar el artículo, de manera que a la mañana siguiente según lo acordado aparecía en el conocido Guardian “con un gran despliegue, en el suplemento dominical”, mientras él ponía tierra por medio trasladándose a Granada, calculando que las circunstancias obligaban a este alejamiento para evitar lo que de una u otra manera sería inevitable. Pero su agente literario Tom Bruce, enormemente sorprendido, no es para menos pues el escritor le deja buenos beneficios, logra localizarlo por teléfono y lanzarle todo “¿Qué es esta historia, Jasper?”, sobre los cincuenta y dos puntos de lo que pretendía llevar a buen puerto plasmada en el periódico.

De forma y manera que con tan inesperado y atrevido planteamiento inicia esta nueva andadura profesional decidido a no escribir más novelas, pese a la tentación, dada su reputación de autor muy leído, que se resiste a la tentación de nuevos contrato “para firmar, que se referían a libros que ya había escrito. Renovaciones, nuevas traducciones, adaptaciones para el teatro”. El se encuentra seguro del camino por el que ha decidido andar en la busca de ese mundo secreto lleno de misterio por donde poder llegar a realizarse a si mismo desde un objetivo que le de una identidad más real a su vida de autor que no escribe, algo paradójico. Transformarse en copista tras esa apuesta que le permita transformarse por medio de su anulación como novelista. pero, que de ninguna manera puede parecer la conocida aventura literaria de un personaje en busaca de un autor, sino un autor que lucha desesperadamente con una negación a todo lo anterior, hacia la búsqueda real e intelectual que lo sitúe en el espacio deseado.

Aquí, el nuevo desafío de Barricco por medio de su protagonista Mr Gwyn que ofrece al lector, quien una vez inicia lectura se sentirá atrapado por la trama y la especulación, mientras pasa páginas con impaciencia para llegar al final y conocer el resultado de esta extraña historia y los experimentos que, para no escribir se vienen produciendo, esos que el autor no escribe, pero anota, para luego analizar las sensaciones que dichos experimentos originales y extraños que por si de producen, anhelando conocer los resultado. Resultado, naturalmente, que uno no le va a desvelar al posible lector de esta crónica atrapada donde un universo diferente del escritor busca contenido y calidad, compromiso con su propia escritura poseedora de universo, aunque al final, el riesgo puede resultar ser encontrar una calle sin salida, volver atrás tras la experiencia vivida y anotada.


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Clases de tango antes del amanecer


Ricardo Juan Benítez

A esa hora incierta, mientras el sol se hundía más allá de las negras aguas del riacho, el puente mostraba aún sus costillas herrumbradas y el muelle de madera se sumía entre las yermas barcas, la bruma y las hierbas malas.

El “viejo” Almada pitaba un cigarrillo negro que era su placer y su condena. Había sabido ser, en sus años mozos, un cantor más que aceptable, pero aquel vicio arruinó su carrera con una tos asmática persistente. Así es que ahora despuntaba su otro vicio, el tango, bailando en un cafetín sobre la calle Necochea. Incluso se ganaba algunos pesos con sus clases de tango. Siempre caía alguna gringa, con euros de sobra, para bailar un par de piezas con el “maestro”.

El “viejo” se preguntaba:

—“¿Cuantas almas sin ventura habrán teñido estas estigias aguas?”

Almada lo ignoraba, pero antes de despuntar el alba obtendría algo parecido a una respuesta.

—¡La pucha! ¡Ya es hora!

El “viejo” dejó el atalaya con su andar cansino que no dejaba vislumbrar lo ágil y elegante que era en una pista de baile.

—¿Cómo anda Don Almada? —lo saludó el custodio.

—Bien, Vega ¿y usted?

El saludo era un tanto anacrónico, así como la tanguería que parecía del siglo pasado. Era una construcción con estilo colonial, blanqueada a la cal, con un patio al aire libre, varias macetas de terracota con begonias y azucenas, un salón bailable rodeado por mesas de mármol con pie de metal y una barra de estaño y madera.

El salón estaba casi desierto, excepto por “el pibe”, acodado en la barra. Era un mocoso que bailaba bastante bien para los cánones rígidos que manejaba Almada, pero que siempre buscaba polémica sobre lo que él solía llamar: “las nuevas tendencias”.

—Mire “pibe”, usted podrá usar cualquier argumento —empezó el “viejo” una discusión—, pero los que bailamos tango desde antes de la “gran crisis” vemos una deformación en el tango danza, ese tango que se baila erguido y con elegancia; no hablo del tango orillero, donde los danzarines bailan agazapados y de manera burda. En el tango danza, durante la “crisis”, los nuevos milongueros adoptaron una forma de baile que no admite el respeto al compás, en esta mutación el hombre sale con el pie derecho hacia atrás, hace cinco pasos y junta los pies en el quinto; luego se continúa con tres pasos, juntando en el tercero ¿me sigue “pibe”?

—Si, “maestro”…

—El compás del tango es cuatro por ocho, o sea, cuatro tiempos en corcheas de cada compás, por eso se ha bailado en cuatro pasos juntando los pies en el cuarto, así es muy fácil llevar el compás, por que se pisa cada uno de los compases con un nuevo paso. Con ese núcleo básico, de cuatro pasos, usted se desplaza, camina y baila respetando los tiempos.

—No veo la diferencia —dijo “el pibe”.

—Cuándo el bailarín es hábil, busca el primer tiempo del compás con su pie izquierdo, así no sólo marca los tiempos si no que, además, realiza los cuatro pasos básicos dentro del compás. Esto queda en evidencia cuándo finaliza la pieza, en la última juntada de pies, o sea, en el “cierre”. En ese otro estilo poco ortodoxo, “la salida”, es imposible respetar el compás. Se podría realizar dentro de la danza como una figura más del repertorio, pero a sabiendas que en algún momento se tendrá un problema con el compás y en consecuencia con el “cierre” —sentenció el “viejo” en un tono que no admitía replicas.

El muchacho pareció que iba a seguir disputando, pero prefirió dar por terminada la conversación con un leve encogimiento de hombros y un saludo cortés.

—Don Almada, esa muchacha es la segunda vez que lo viene a buscar —dijo el barman, mientras señalaba hacia la puerta.

La joven vestía traje de noche escotado en seda negra y zapatos de baile con taco aguja. Su piel tenía una blancura como de reflejos de luna y una lacia cabellera azabache.

—Señorita ¿usted me estaba buscando?

—Si “maestro” Almada, desde hace algún tiempo que lo busco —susurró.

—Usted dirá — luego agregó Almada — ¿señorita?

—Nicte, me llamo Nicte —respondió—, quisiera bailar una pieza con usted.

El viejo bailarín la tomó por la cintura y con su mano derecha sujetó la de ella. Pudo apreciar que, en sus pupilas de gata, agonizaban ocasos. Luego sintió un escalofrío en el preciso instante en que la música comenzaba. Era una grabación de la orquesta típica de Carlos Di Sarli: “En un beso la vida”.

—Almada ¿vos sabés quien soy? ¿Verdad?

—Si piba —dijo el viejo resignado— pero ¿por qué esta noche?

  —Por que todo tiene su hora, Almada —sonrió gélida—. Vos sabés que no es la primera vez que estamos cara a cara…

El cuerpo de ella pegado al suyo le daba un frío irreal. Dio un giro y siguió el compás con elegancia. Imperturbable.

—Almada —volvió a mostrar su dentadura perfecta— ¿Me estás queriendo conquistar?
—Estás muy linda esta noche, piba —murmuró el anciano.

—¿Y?

—Necesito más tiempo, nena…

La deslizó hasta el centro de la pista y dibujaron un “ocho”. Él apoyó su dedo índice sobre el centro de su espalda y lo bajó lentamente hasta la cintura. Con el medio y el anular le marcó la próxima figura: “la media luna”.

—Almada, no te queda más tiempo —musitó al oído del “viejo”— ¿Para qué querés más tiempo? ¿Cuánto más? ¿Una semana o diez años? ¿Podés arreglar las todas las macanas que hiciste durante 65 años con ese poco más de tiempo?

—Vení, vamos a la mesa —apremió el bailarín—, vamos a tomar una copa ¿querés champagne?

—Para mi cualquier cosa está bien, yo sé que a vos te gusta el vino tinto.

El “viejo” llamó al mozo.

—Ricardo, alcanzá un tinto y dos copas.

—¿Tres cuartos selección de la casa?

—¡No! La miseria llama a la miseria, Ricardo. Mejor un buen vino reserva tinto mendocino —la miró a ella de soslayo—, tenemos algo para celebrar.

El mozo se retiró con cara de perplejidad a cumplir con el pedido.

—Sírvase Don Almada, haga los honores.

Mientras el “viejo” degustaba la bebida, le preguntó:

—A propósito, Ricardo ¿cómo está tu esposa?

—Mal, está internada —su rostro se ensombreció—, tuvo perdidas y corre peligro de perder el embarazo, está muy débil…

—Bueno, si necesitas algo, cualquier cosa, vos sabés…

—No, está bien Don Almada.

Ella se lo quedó viendo con aire de sorna.

—¡Vaya! ¡Vaya! Almada, casi parecés un ser humano.

—No te entiendo.

—¿No entendés? ¿Querés saber por que te vine a buscar esta noche? —preguntó fieramente— ¿Supiste algo de Aurora desde que la abandonaste?

—No, nunca más aparecí por ahí, nunca más la vi…

—¡Aja! Bue… se vino conmigo hará como diez años.

Almada quedó en silencio. La congoja se dibujó en su rostro.

—¿Y de tu hija? ¿Supiste algo?

—No, tampoco.

—¿De tus nietos? ¿Nada?

El “viejo” abrió los ojos asombrado.

—¡Almada! La personas se enamoran, se casan, tienen hijos, forman familias —le dijo burlona—, hace poco los visité.

Un horror inconmensurable heló las vísceras del anciano. No pudo articular palabra.

—Tranquilo, “viejo”, tranquilo. Sólo iba de pasada, todavía les queda muchísima vida por delante —volvió a sonreír— ¡Me seguís asombrando! Realmente tenés rasgos que parecen humanos.

—Nicte, escuchame yo no quise que las cosas salieran así —suplicó.

—¿Estás creído que con tus dulces ojos celestes de ancianito inofensivo me vas a embaucar? ¡Ni en joda! Yo se quién sos vos. Las trapisondas a las que sos tan afecto, incluso me diste algún que otro trabajo, de vez en cuando ¿te acordás?

—Será verdad, nomás, lo que decían en la Antigua Grecia —dijo con amargura—, que así como la noche es engendrada por el caos, ella a su vez es la madre del destino, del sarcasmo, de la angustia…

—La vejez, la muerte y la venganza entre otros temas menores —cerró ella.


El “viejo” tragó un sorbo de vino y se aclaró la garganta.

—Piba, me podrías dar una oportunidad; si pudiera ver la luz del alba, intuyo, estaría a salvo algún tiempo más.

—¿Y querés hacer mientras clarea?

—Bailar otro tango o hacerte el amor.

—Almada vos sabés que yo no le hago el amor a nadie —le dedicó una fría mirada—, pero podemos hacer un trato.

—¿Si? —se ilusionó el anciano.

—Vamos a bailar un último tango, el mejor que me hayan hecho bailar jamás —hizo una breve pausa—. Si fuera así quedás en libertad de ver tu nuevo amanecer. Pero si no…

—¡Trato hecho!

—Almada, ¡no tanto apuro! —dilató el silencio—. Vos sabés que yo no viajo en vano; si no venís vos me tengo que llevar a otro en tu lugar ¿de acuerdo?

—¡De acuerdo! —se apresuró Almada.

—¿No tenés curiosidad por saber quién va a pagar tu cuenta?

El “viejo” enmudeció. Le importaba un comino quien iba a dejar la piel por él.

—Mirá a la barra —ella parecía disfrutar—. ¿Lo ves a Ricardo?

Él miró sin demasiado interés, si Ricardo tenía que irse en su lugar no podía decir que lo sintiera demasiado.

—Creo que es un intercambio justo —rió Nicte—, dos vidas inocentes por un viejo delincuente.

El “viejo” Almada entendió: la esposa de Ricardo y el bebé que estaba por parir.
—¿Bailamos? —invitó sarcástica.

El bailarín se paró, posó su mano izquierda en la cintura de ella y marcó la figura con los dedos. Con el pie izquierdo buscó el primer compás, sapiente caminó cuatro pasos y juntó los pies. Ella parecía ingrávida en su engañosa docilidad.

—Si me equivoco ¿qué pasa? —balbució al oído de Nicte.

—Vamos al muelle de madera abandonado, ahí te espera un barquero sin rostro, te va cruzar a la otra orilla…

—¿Y después?

—¡Almada! ¿No querés alguna de sorpresita?—Nicte reía—. Supongo que debe estar bueno, ninguno de los que fue quiso, o pudo, volver.

El “viejo” realizó dos figuras: un “boleo” seguido por una “barrida”. Sin mácula. Luego de la última juntada, salió con el pie derecho hacia atrás. Hizo cinco pasos y juntó en el quinto. Dio otros tres pasos. Ahora hicieron una “media luna” para llegar al “cierre”.

—Almada, entraste a destiempo en el “cierre” —dijo sombría.

—¿Me esperás, piba? quisiera un último trago.

—Claro, tengo una perpetua noche para entender que es la redención para alguien como vos.

El “viejo” Almada llegó hasta la mesa, se sentó, tomó un puñado de pesos, los dejó debajo del menú y sorbió un trago. En tanto Ricardo y el barman mataban el tiempo con un juego de naipes.

—“¿Matar el tiempo? ¡Que ironía!” —pensó el “viejo” mientras cerraba los párpados, le ardía la vista.

—No sé que la pasa al “viejo” hoy—comentó Ricardo—, está raro.

Se acercó hasta la mesa, miró extrañado las dos copas (una casi vacía, la otra llena), tomó el menú con el dinero y se retiró en silencio. No quería molestar.

El “viejo” Almada parecía dormido.


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Artes plásticas: La ciudad de Petra en Jordania


El Ave Fénix

Impresionante joya arquitectónica del pasado: la ciudad de Petra, en Jordania.

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Las adopciones y el nuevo hogar


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las estadísticas nos aproximan a la realidad. En América Latina son más de 120 mil niños que viven en instituciones. En el Perú suman 17 mil los albergados en Centros de Atención Residencial privados ya públicos, con un promedio de permanencia de cinco años. En el país, los niños y niñas indígenas aún suman casi el 16% de la población que se mantiene en condiciones de más pobreza.

Tal información revela y compromete a cómo lograr el derecho que todos los niños tienen a vivir en una familia, según declaraciones suscritas por todos los países miembros (189) de las Naciones Unidas.

La ONU, en el Día Internacional de la Niña, recordó la responsabilidad de todos en cuanto a las poblaciones vulnerables. Y el Perú sumándose a la movilización global, reconoció que aún existe desigualdad y discriminación, siendo una de las más graves aquella que se da por razones de género, la cual priva principalmente a las niñas de una vida de aspiraciones y desarrollo afectándose su dignidad y plan de vida.

Al abordar el tema de las adopciones, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables - MIMP, informó, desde ceremonias públicas del Callao y Belén en Loreto, que hay 428 niñas, niños y adolescentes que están a la espera en el programa de adopciones prioritarias “Ángeles que Aguardan”. En agosto último fueron atendidos 36, de los cuales 4 han sido adopciones nacionales y 32 internacionales (de Dinamarca, España, EE.UU, Francia, Italia, Noruega y Suiza)

Existen familias interesadas en adoptar niños, pero diferentes testimonios dan cuenta de las limitaciones de los Juzgados de Menores y también abundan reflexiones positivas de padres y niños que han logrado compartir las bondades de un nuevo hogar.

La adopción es una medida definitiva de protección. Es una temática que debería ser más atendida por las municipalidades, en particular de los distritos rurales y poblados más alejados. La Ley de Fomento de la Educación de las Niñas y Adolescentes Rurales establece un Programa Presupuestal Estratégico. La Dirección General de Adopciones, con oficinas en diez ciudades del país, se encarga de la coordinación para evaluar las condiciones de adaptabilidad de los Niños, Niñas y Adolescentes institucionalizados en los Hogares del INABIF, Aldeas Infantiles de los Gobiernos Regionales, Hogares de la Sociedad de Beneficencia Pública, así como con los Centros de Atención Residencial Privados.

¿Por qué en los países del norte desarrollado las campañas por la igualdad de los derechos cuentan con un amplio respaldo público? La respuesta se encuentra en el aprendizaje temprano y en el ingreso a la escuela primaria a la edad apropiada. Son factores decisivos para completar la educación, en especial de las niñas y los niños menos favorecidos.

El Ejecutivo Peruano, cuenta actualmente con dieciocho ministerios, responsables de las políticas de los sectores productivos y sociales del país, de los cuales seis tienen funciones esencialmente sociales, que buscan respuestas a problemas seculares y “ocultados” sobre todo del mundo rural.


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Un extraño planeta


Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En aquel extraño y lejano planeta, con nuestros detectores de sonidos, descubrimos que todos sus habitantes, de una u otra forma, en sus diferentes idiomas, dicen algo parecido. Casi lo mismo: “en algo hay que creer”.

O sea que necesitan creer. Por eso cada tanto hay guerras entre sus habitantes. Por lo que cada uno cree.

Algunos por lo que llaman “dios”, porque tienen dioses diferentes y se odian y pelean porque los otros no creen en el mismo dios que ellos.

Otros, por unos papelitos o metales, que para ellos son como dioses y guardan en lugares que llaman “bancos”. Para tener más y más de esos papelitos y metales. Solo más.

Entonces inventan guerras y se matan entre ellos. Aunque nunca dicen que es por eso. Hasta ellos mismos creen que es por “algo en que hay que creer”. Por eso siempre los malos son los otros. Contra los que hay que luchar. A los que hay que matar.

Lo curioso es que, en diferentes épocas se torturaban y mataban en nombre del amor. Como en la que llaman “edad media”, que a través de lo que llamaban “la Santa Inquisición” torturaban y quemaban vivos en hogueras en nombre del “amor al prójimo”, como dicen que proponía aquel llamado Jesús, que se creía hijo de dios. En nombre de él, de su amor, en esa época mataban. Por amor. Como ahora, que un país invade países que están del otro lado de ese planeta, mata a sus habitantes creyendo que es para defender la libertad y la democracia contra las dictaduras.

Así que, desde aquí, debemos reconocer que en ese lejano planeta vienen pasando cosas muy extrañas.


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Oración con Jaques Beaumont


Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ojalá, no nos olvidáramos de nuestros hermanos negros;
Ojalá, pudiéramos hacer algo para que estos condenados de la tierra, pudieran recuperar su condición de guardianes de ella;
Eso sólo podríamos lograrlo,
Al hacernos conscientes de las palabras del poeta isabelino,
John Donne.
Mensaje que me permito transformar un poco, gracias a un atrevimiento, que yo creo que el poeta me autorizaría:
Ningún hombre es, en sí,
equiparable a una isla;
Todo hombre es un pedazo del continente,
Una parte de la tierra firme;
Si el mar llevara lejos un terrón,
Europa perdería,
Como si fuera un promontorio,
Como si se llevara una casa solariega
De tus amigos o la tuya propia.
La opresión de cualquier hombre me disminuye,
Porque soy una parte de la humanidad.
Por eso no preguntes a
Quien oprimen los opresores,
te oprimen a ti.

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Après-Midi-en-Afrique


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Frankenstein, de los fuegos de Mary Shelley


Indira Carpio Olivo (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En una tesis inédita de 1998 del Trinity College, en Dublin, Jenny E. Holland sostuvo que Frankenstein (1817), “la historia del hombre que crea la vida es (una) crítica alegórica a la ciencia que se apoderó del papel de la partera, cosa que ocurrió durante el siglo XIX, con la rápida expansión de la ciencia médica”.

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Añadiría Freud (quien nunca apostó por el feminismo) en una de sus divagaciones sobre las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres que algunos niños incluso experimentaban “envidia del útero”.

Se trata del mismo Freud que luego diría que el clítoris era un elemento masculino de la sexualidad femenina.

“La eliminación de sexualidad clitoriana es una precondición necesaria para el desarrollo de la feminidad”, escribió el padre del psicoanálisis.

De esta mutilación psicológica a la mutilación genital no hay mucho trecho.

En algunas comunidades del continente madre, algunas tribus africanas, creen que tanto hombre como mujer nacen con dos almas, una femenina y otra masculina. Por esta razón la mujer debe recurrir a la ablación, (la amputación del clítoris) para ser totalmente mujer y el hombre a la circuncisión para retirar su alma femenina que, según estos pueblos, reside en el prepucio.

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Volviendo a Frankenstein, el hombre que robó el fuego a la divinidad, Mary Shelley (1797-1851) -su autora- deja a la interpretación una metáfora de lo que ocurría en la sociedad victoriana en la que creció: un extraño que, de acuerdo a su experiencia y su crianza misógina, dejaba nacer o no, morir o no, al neonato-a la neonata o a la madre. A ese extraño se le llamó Doctor, la representación de Dios en la tierra (olvídese de las sotanas).

Shelley es el apellido que toma Mary de su esposo, el poeta y radical Percy Bysshe Shelley. En realidad la escritora del prometeo moderno se llama igual que su madre Mary Wollstonecraft (1759-1797), la primera gran feminista, o por lo menos una de las primeras en expresarlo.

En 1792, Mary Wollstonecraft publicó lo que para muchos es la declaración de independencia y el primer argumento sólido en pro de la emancipación femenina, titulado “Vindicación de los derechos de las mujeres”.

Esta filósofa inglesa moriría de septicemia diez días después de dar a luz a Shelley en 1797, algo muy común en los quirófanos de los todopoderosos matasanos del siglo XVIII.

Pero ¿Tendrá que ver la muerte de su madre durante su nacimiento con la historia del científico que intenta dar a luz?

Luego la ecuación se invertiría. La propia primera hija de Shelley nació prematuramente, para luego morir.

El padre de Shelley fue el filósofo William Godwin, uno de los precursores del movimiento anarquista de Inglaterra. La educación de su hija fue bajo estos preceptos. Tanto, que Shelley pregonará el amor libre el resto de su vida. El esposo del que toma el apellido era seguidor de los preceptos de su padre y estaba casado cuando se involucraron él y Mary.
En 1816 da a luz a su segundo hijo, y cuatro meses más tarde pare a Frankenstein. En 1817 termina de escribir la historia que la inmortaliza y el año siguiente la pública.

Escribió en la introducción de la edición de Frankenstein de 1831: “Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo”.

El cuento ha nacido de un concurso en una noche de verano boreal, tormentosa, en la que llovían los relatos alemanes sobre fantasmas. Sería Lord Byron quien propondría que cada uno de los asistentes escribiera un cuento.

Horas más tarde, las almohadas susurraron al oído de Mary la historia de un hombre que crea a un hombre con pedazos de otro hombre. Como diría su esposo Percy al Prometeo libertado “descendiste en cunas de borrascas”.

Los tres primeros de la prole Shelley-Godwin murieron. Sólo el último se salvó ¿Hubiese querido esta mujer usar las herramientas del Dr. Víctor Frankenstein para revivir a sus hijos? Sólo el último de sus retoños pudo sobrevivir, su nombre Percy Florence.

Al año de la muerte de Mary Shelley en 1851, éste encontró en la gaveta del escritorio de su madre otro Frankenstein: cabellos de sus tres hermanos muertos, cenizas y restos del corazón de su padre.

¿Qué pieza falta para armar-amar el fuego? Frankenstein hizo una fogata alrededor de su madre. Ambos nacieron de la muerte para nunca más apagarse.


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Cuento viejo


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los trabajos en la zona ferroviaria de Alejandro Korn, a la altura de la primavera 2012, siempre desconcertante, marchan rápido, no sé si bien, porque de eso hay que saber, decía mi viejo cuando escuchaba los monólogos de esquina trasnochada. Hay, en la estación una suerte de fiebre de sábado por la noche, que prospera desde el cambio de ministros con responsabilidad en el transporte público, tampoco es tiempo de vanas ilusiones, estas son cosas que se ven a diario aunque no se sepa en que etapa están.

Dice Paul Auster, hablamos mucho con Goetzee sobre la amistad; sobre qué la distingue del amor”, anticipa. “El amor es la gran pasión pero la amistad es fundamental. Es más cortés, más decorosa y menos tumultuosa que el amor. Existen matrimonios, buenos matrimonios incluso, que pelean todo el tiempo. Con un amigo eso sería imposible; la amistad terminaría



¿Quién invitó a Auster? Es algo más confuso de dilucidar. Yon, el vasco cabeza dura, generalización riesgosa para alguien como yo, que rechaza simplismos me obliga a que les diga que voy a intentar explicarlo. Yon creó una mesa imaginaria. El hurón de Cañuelas, uno de los topos útiles y en servicio del vasco, trasladaba una preocupación casi inhóspita, a esta altura de la civilización, pero digna de otro debate, me sugirió por lo bajo.

Yon aspiraba a alguna suerte de desliz mío, para derivar el informe que se avecinaba a otras manos, más probas. Pero yo, como siempre, ni en sueños, querría prestarme a los dislates del vasco. Por lo menos hasta que supiera si habría mesa tendida. Hasta allí llegaba la firmeza de mis convicciones. Por supuesto sin querer parecerme a Groucho.

Los rodeos expresivos, nacen y se instalan, mientras los organizadores eligen el escenario. Eso mismo hacía Yon, algo ansioso por dar con el sitio adecuado. Conocerlo es casi mi oficio y se cuando busca algo que él, a veces sólo él, considera valioso de dar a conocer. Ese objetivo innombrable, merodeaba los aprestos, mientras el Alfa rojo, modelo 2012, recorría el camino inverso, de Alejandro Korn, exultante de verde con temperaturas que, para noviembre, derretían termómetros,.con una fe digna de feligreses fanáticos, porque todo, cada vez, parece más inexplicable por las incorrecciones climáticas.

Así, con el frío polar interno del Alfa, tuve que aceptar mis intuiciones sobre conductas inducidas. A favor de eso y creo que casi con todos los boletos disponibles, en la imaginación del vasco, Rupa, en el centro de la ciudad, nada autónoma, por cierto, se llevaba todos los premios disponibles.

“El hurón de Cañuelas”, sigiloso como buen topo, modelo de discreción 2012, no emitía opinión, es más saludable.

Después de más de tres años de trabajo y buena convocatoria uno de los más reconocidos restaurantes peruanos se mudó y es una buena noticia. Nueva y mejor casa para el sabor de siempre.

Eligieron para instalarse el Vilas Club. Acá este restaurante ganó espacios más amplios, con una terraza y ubicación estratégica: con muy buenos accesos para llegar sin mayores complicaciones. Otra gran novedad es la ubicación dentro de un espacio verde único, señaló didáctico Yon. El hurón, asentía, por las dudas.

Uno puede ir por un clásico pulpo al aceite de oliva con limón, tomates y cebollas o un Ají de gallina, un roll tropical con tempura de langostino, queso, mango y miel de maracuyá o un Ceviche Nikkei de pescado con leche de tigre oriental y wantán crocante. Las mezclas entre dulce y ácido, maracuyá y queso, ajíes picantes o chutney de papaya, curry o manteca hacen al estilo.

Las porciones son grandes, pensadas para compartir, y está en Valentín Alsina al 1400, fue docto y recoleto tributo a una cevichería, pensé, que me había dado el vasco, omitió con toda maldad la carta de vinos, aunque me rondaban varios apellidos apropiados. Algunos recostados en la cordillera, y su sabor ya me convencía de su futuro, no del mío. Por las dudas me serví la primera copa rubí que tuve a mano, omitiendo la cortesía natural, que me suele abandonar a veces.

Algunas tribus indias celebran un rito iniciático para el tránsito hacia la vejez. Algo así como la saniyasa, una mudanza ascética como la marcha de los elefantes en busca de su cementerio. La sociedad hoy, envejece a marchas forzadas. Según datos de la ONU, en el 2050 el número de ancianos se triplicará, mientras que el resto de la población aumentará sólo la mitad. Empezó por anunciar El hurón, luego de que el vasco me cediera, discretamente, un sobe engomado pero de Naciones Unidas, un tanto devaluadas las naciones que no parecen muy unidas que digamos, ritual de entrega cumplido.

Auster, según Yon, a esta altura del inicio su vocero oficial y quien parecía estar hablando el mismo tema decidió sumar miradas. “Le daré mi visión amplia. Lo que estoy viendo en los últimos años son insurrecciones espontáneas entre los jóvenes de diferentes países del mundo: Rusia, España, Estados Unidos, los países árabes… Y en ello percibo una declaración de los jóvenes diciéndoles a los adultos que el mundo no funciona, que nos hemos llevado a una situación insostenible y que debemos reinventar nuestras vidas. Es un llamado básico a reformar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos”, enumeró el vasco.

Por primera vez en la historia habrá más ancianos que niños, señaló el hurón. Es un proceso lógico ya que cada vez nacen menos niños y la esperanza de vida aumenta tres meses cada año desde el siglo pasado. Una situación que para cualquier especie animal sería un claro indicativo de su extinción. Resulta inevitable que la sociedad gire y cambie.

El envejecimiento de la población se parece al proceso de hacerse viejo. Uno abre los ojos incrédulo, como si no se le hubiera estado avisando y, de repente, ya es viejo. A la sociedad le va a pasar lo mismo. Es un grito sordo al que nadie hace caso, y marcha a que sin medidas, pronto, se convertirá en uno de los mayores problemas de las próximas décadas. Algo más convencido se explayaba el hurón, masticando a cuatro carriles, su boca parecía una autopista de tránsito congestionado.

Auster quien sigue jugando por boca de Yon añade, Sí y es entendible, porque no hay ninguna organización política entre ellos y por lo tanto los movimientos estallan intensamente y después decaen. Creo que eso debe leerse en un contexto más amplio y profundo. Uno de los problemas es que desde la muerte del marxismo, desde el fracaso de la experiencia soviética, no hay un argumento filosófico contra el statu quo.

Porque Marx tenía razón en un montón de cosas, y aunque en otras estaban equivocadas, era coherente respecto a cómo analizar las deficiencias del capitalismo y lo que el sistema les hacía a los seres humanos. Especialmente el Marx joven al que encuentro muy interesante, muy conmovedor.

Ya no hay ningún argumento filosófico contra el capitalismo. Lo que tenemos son diferentes grados: un libre mercado sin restricciones o un capitalismo regulado de una u otra manera, pero nadie tiene una visión alternativa respecto de cómo organizar nuestras vidas. Y por eso seguimos recorriendo los mismos caminos; estamos estancados.

Muchas voces se han alzado para advertir las consecuencias de este proceso. El filósofo Claude Levi Strauss predijo que “ante la catástrofe demográfica, la caída del comunismo será algo insignificante”.

Esta situación no resulta tan lejana. En España, por ejemplo, a partir del 2012 la población joven será minoría y en Latinoamérica el número de ancianos se cuadriplicará antes del 2050, ya que el mismo fenómeno se producirá el doble de rápido. Se preguntó en voz alta, usándonos de receptores El hurón.

¿Qué significa materialmente este envejecimiento? El cierre de escuelas, el alargamiento de las jornadas laborales, el descenso de las pensiones, el abandono de los pueblos y una reorganización social a gran escala, entre otras muchas cosas. Se explicaba el topo.

En el movimiento Occupy Wall Street con su lema “Somos el 99%” en alusión a que el 1% de la población acapara la mayor parte de la riqueza y toma decisiones políticas y económicas cuyas consecuencias afectan a todos. En Estados Unidos es un fenómeno muy interesante, terció Auster, en voz de Yon.

Hace poco se cumplió un año de su nacimiento, pero ¿sigue vivo el movimiento?
Vagamente, es cierto. Pero estoy esperando que vuelvan los chicos. Quiero que vuelvan, se lamentó el poeta.

Si a todo esto sumamos el actual descrédito que sufre la vejez, el panorama se presenta complicado. En el último siglo, la imagen del anciano se ha deteriorado y perdiendo importancia social. Han desaparecido de los medios de comunicación y desarrollado un estereotipo dañino que los muestra como seres inútiles. Estamos favoreciendo un sistema que mina la seguridad en sí mismos, de los mayores y que los hace dependientes en lugar de necesarios, enfatizó El hurón.

Nos quedan 30 años para aprender a envejecer de una manera diferente. Es el momento de reconocer la importancia de los ancianos y de poner en marcha medidas que les devuelvan la dignidad y el valor social que les corresponde. La única sociedad posible será aquella que sepa aprovechar de una manera más creativa la vejez, presionó el topo creyendo estar formulando las diecinueve verdades que recordó.

En un sistema democrático, el voto de los mayores será más decisivo. No hay que olvidar que dentro de treinta años la mitad de la población de Inglaterra tendrá más de 60 años y en el 2050 pasará lo mismo en Latinoamérica. Ellos serán los que definan los programas políticos y en sus manos estarán los cambios sociales. Por eso deben sentirse útiles e integrados.

Cuando se jubile la generación del baby boom, los niños nacidos en la década de los 60-70 que han impulsado la revolución tecnológica y económica del mundo, no aceptará que se les deje a un lado. De persistir en esta actitud de menosprecio de la vejez, asistiremos a una guerra de generaciones de consecuencias impredecibles.

Puede parecer el argumento de una novela de ciencia ficción, pero no sería del todo descabellado imaginar una sociedad orwelliana dominada por ancianos. Los jóvenes serían esclavos deseosos de hacerse mayores para disfrutar de la libertad de la vejez. Con un poco más de imaginación, incluso se podrían desarrollar mafias que, a través de la falsificación de documentos y la cirugía estética, envejeciesen a la gente para disfrutar del estatus de la vejez cuanto antes, farfulló el hurón casi como un predicador.

Es sólo una fantasía, pero si no comenzamos ahora a prepararnos para los cambios que se avecinan no estaremos a la altura de las circunstancias para crear una sociedad justa y equilibrada. Hay que eliminar la idea de la vejez como decadencia, atacar los estereotipos que pesan sobre ella y desarrollar estrategias físicas y psicológicas que hagan al anciano sentirse útil. Aristóteles decía que “viejos son los que viven más para el recuerdo que para la esperanza”. Hagamos entonces que los ancianos sigan sintiéndose jóvenes y con esperanza, porque de ellos depende el bienestar de todos.
Cerró su parlamento el topo calificado.

Me sentí en la obligación profunda de beber, casi sin respirar, para salir a la superficie de las cosas. No puedo. No debo dejar embarcarme en historias sin futuro. Me dije muy enojado conmigo. Razones no me faltan. Pero Yon es un buen tipo y de nuevo salvó mi almuerzo, que no es poco. Tuve que convenir en que por lo menos debía escucharlo. Pero en esas cosas de deber ya no me cada saldo. Miré el futuro de una vejentud extraña y sacudí la cabeza, casi agobiado, para atrás lo que no habíamos hecho, para adelante lo que no podríamos realizar. ¿Es lo que hay?


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