jueves, 29 de noviembre de 2012

Escrito en el tronco de un olivo


Tawfiq Zi-yad (APE. Desde Palestina)

Porque yo no hilo lana
porque yo estoy expuesto cada día
a órdenes de arresto
y mi casa está expuesta a las visitas policíacas
a las pesquisas, a las “operaciones de limpieza”
porque me encuentro en la imposibilidad
de comprar papel
grabaré todo lo que me sucede, grabaré todos mis secretos
en un olivo del patio de mi casa
yo grabaré mi historia y el retablo de mi drama
y mis suspiros en mi jardín
y las tumbas de mis muertos
y grabaré
todas las amarguras que borrará un décimo de las dulzuras por venir
grabaré el número
de cada caballería despojada
de nuestra tierra
el emplazamiento de mi aldea, sus límites
las casas dinamitadas, mis árboles arrancados
cada florecita aplastada, los hombres de los que se han regodeado
en descomponer mis nervios y mi hálito
los hombres de las prisiones, las marcas de todas las esposas
cerrada en mis puños
las botas de mis carceleros
cada juramento arrojado a mi cabeza
y grabaré Kafr Kassem
yo no lo olvidaré
y grabaré
Deir Yassin
tu recuerdo me devora
y grabaré
hemos alcanzado la cima de la tragedia
la hemos alcanzado
grabaré todo lo que me descubre el sol
me murmura la luna
lo que me narra la tórtola
en los pozos
cuyos enamorados se han exiliado
para que lo recuerde
me quedaré de pie para grabar
todo el retablo de mi drama
y todas las etapas de la derrota
de lo infinitamente pequeño
a lo infinitamente grande
en un tronco de olivo
en el patio de mi casa.

Tawfiq Zi-yad, poeta palestino.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Música: La música griega contemporánea

Anastasios Notakis (Desde Grecia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nuestro amigo Anastasios Notakis, desde Grecia, quien maneja perfectamente el idioma español y es lector de nuestra página, nos hace llegar esta hermosa nota sobre la música griega contemporánea. Se trata de cuatro hermosas piezas, acompañadas por el instrumento tradicional buzuki.

Primera canción: Aquí está una primera canción. Ha sido una elección muy difícil, ¿cuál entre miles queridas canciones uno puede elegir? Finalmente, he querido combinar tradición con modernidad. Esta canción cumple con ambos terrenos. El ritmo tiene una mezcla de la música tradicional de la isla griega Kreta (el cantante es de ahí), con instrumentos modernos y tradicionales. Aquí ha llegado a ser muy querida esta música, especialmente entre la gente progresista. Además, el cantante Nikos Ksiluris, fue una de las voces más emblemáticas de nuestra música, y personalmente considero su voz la mejor de la música griega moderna. Desgraciadamente murió muy joven el 1980, a los cuarenta solo años, por un tumor cerebral. Esta canción es de 1972 y aunque no he podido encontrar sus versos en castellano, sí que los he hallado en italiano. Ten en cuenta que se escribió durante la dictadura, por eso los versos traen mensajes cubiertos para pasar la censura:

Questo mondo così bello
coi suoi mille rattoppi
forza, cucilo, scucilo, cucilo, scucilo
fare e disfare è tutto un lavorare

Questo mondo così bello
altri l'hanno avuto prima di te
forza, ridi amico mio ridi amico mio
non è il caso non è il caso di disperarsi

Questo mondo così bello
noi l'abbiamo avuto in consegna
forza, corri amico corri amico mio
e non e non e non prenderla a male

Questo mondo così bello
altri aspettano di averlo
forza, pensa amico pensa amico mio
all' ora all'ora all'ora in cui te ne andra

Segunda canción: Esta canción es de un disco de 1979, de un compositor muy querido aquí en Grecia, que se llamaba Manos Loízos, y la mujer que canta es una de las voces más populares de los años 70 y 80, llamada Jarula Aleksíu. La canción se llama "El soldado", y los versos hablan de un soldado que sale del campamento para pasear en su tarde libre, y la voz le llama a juntarse con ellos que están en una taberna y tomar un vaso de vino juntos. La música une estilos diferentes, por ejemplo buzuki con ritmos gitanos, con un resultado muy bueno.

Tercera canción: Esta canción es del estilo más popular en Grecia, se llama "Zembékiko" y al principio era un estilo muy "macho"; lo bailaban sólo los hombres, pero ahora es para cualquiera persona que le inspira la música para levantarse a bailar, algo que muy pocos griegos pueden resistir. El cantante Dimitris Mitropanos, con su voz característica y muy querida aquí, fue famoso por este estilo de canciones. Murió hace pocos meses en sus 64 años por un ataque de corazón. Comenzó su carrera de cantante a los últimos años del 60 - primeros de 70, y después de muchos años que estuvo desaparecido (durante las década 90 por ejemplo, cuando este estilo no estaba de moda) empezó una nueva carrera exitosa en los últimos años de su vida. Esta es una de sus canciones características.

Cuarta canción: Aquí está el "Papa" de nuestra música, el compositor Mikis Theodorakis, en uno de sus discos más característicos, "Romiosini", de 1966. Versos inmortales de Yannis Ritsos, cantante Grigoris Bithikotsis, una de las voces más dóricas de nuestra música. Momentos muy grandes de la música griega.

El instrumento que se oye en todas las piezas es el buzuki. El mismo, según Wikipedia, es un instrumento musical de cuerda pulsada. Es un pilar de la música griega moderna, tanto en composiciones instrumentales y bailes como en acompañamiento inseparable de canciones, especialmente en la música laiká o popular y en el rebético, estilo este último que recuerda en ciertos aspectos al cantejondo flamenco, aunque el baile que le corresponde es ciertamente muy distinto, ya que nació en los ambientes marginales de la Atenas de principios del siglo XX, asiento de importantes suburbios formados por miles de griegos expulsados de Anatolia (actual Turquía), y posteriormente fue integrado en el acervo de la llamada "música ligera". El buzuqui también está presente en la música de Irlanda, lugar al que curiosamente se dice que llegaron las cenizas de la gran explosión volcánica que, antes de la era cristiana, destruyó la floreciente civilización minoica o cretense.

Es un instrumento con cuerpo en forma de pera y provisto de un mástil muy largo. Forma parte de la familia de laúdes de mástil largo, y tiene una apariencia similar a la de la mandolina. El frente de la caja es plano y generalmente nacarado. Este instrumento se toca con un plectro o púa, y tiene un sonido metálico abierto.

Aquí van las cuatro canciones.










Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Psicoanálisis: Sobre el acoso laboral


Jesús Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Queridos amigos:

Espero que vuestro ánimo vaya mejorando, para estar en mejores condiciones para la lucha, frente al acoso laboral que estáis padeciendo.

Como les prometí, el día que hablamos por teléfono, aquí les mando las notas que tomé, en las Jornadas sobre Psicoanálisis de la Violencia, que dio Gradiva, en Santiago de Compostela, donde habló el doctor Luis González de Rivera, psiquiatra y psicoanalista, jefe del Servicio de Psiquiatría Fundación Jiménez Díaz y Catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid. Especialista en Psiquiatría Universidad McGill de Montreal y en la American Academy of Psycoanalysis de Nueva York. Director del Instituto de Psicoterapia e Investigación de Psicosomática de Madrid. Presidente de la Asociación Española de Psicoterapia. Publicaciones y libro editado sobre violencia en el trabajo.



Como os comenté, parece que cuando pensó en hacer la especialización en psiquiatría, fue a hablar con Carlos Castilla del Pino, quien acababa de ser rechazado por el conservadurismo y el poderío de Juan José López Ibor, entonces el psiquiatra gaditano le recomendó que se fuera de España a hacerla, por la que el joven médico se fue a la Universidad de McGuill en Montreal; así fue como inició el doctor su conferencia.

Luego hizo alusión a su gusto por The Wall de Pink Floyd y que, justamente antes de entrar a la conferencia, había estado hablando con unos jóvenes sobre esa canción, en la que él siempre había oído ANOTHER HOLE IN THE WALL, cuando realmente el título es ANOTHER BRICK IN THE WALL, pero se autointerpretó ese acto fallido auditivo, como parte de su deseo de siempre encontrar huecos en las paredes, por donde poder meterse como algo que hacemos los psicoanalistas frente al discurso consciente; esa interpretación me gustó muchísimo.

Narró como en el 2000 estuvo en contacto con una institución maltratadora con sus integrantes, porque ella misma estaba en proceso de desintegración, lo que lo llevó a crear el concepto de síndrome de acoso institucional, que publicó, tal vez, no recuerdo bien, en un artículo de prensa, de donde como el texto gustó tanto al público, empezaron a llegar maltratados en el trabajo a su consulta.

La pregunta que surgió al doctor fue:

- ¿Qué han hecho para que los maltraten?

- ¿Será que no saben poner límites al maltratador?

Mientras tanto Espasa le encargó que escribiera un libro sobre el mobbing que los anglosajones llaman Adult-bullying, fenómeno caracterizado por el maltrato psicológico, frecuente, repetido y persistente, sin que la víctima tenga posibilidades de escapar ni de defenderse, el cual es favorecido por el entorno, con el objetivo de, finalmente, eliminar a la víctima.

Esa violencia se ejerce para plegar a los sujetos a una exigencia normativa.

Entonces se le vino la pregunta al doctor González de Rivero, ¿cómo hacer para volver a alguien loco? Y recordó el concepto de doble vínculo de Gregory Bateson, pero esta vez no aplicado a una familia esquizofrenógena sino al acoso corporativo, en el que la Institución, elige una chivo expiatorio.

Para ello, el Poder aplica una serie de estrategias; en la bibliografía consultada por el doctor González de Rivero había cuarenta y seis, pero en su casuística encontró sesenta.

Todas tienen como común denominador que los superiores no dejan explicarse al sujeto victimizado.

Muchos de los compañeros dejan de dirigirle la palabra, cosa que hiere las necesidades de aprobación y de dependencia de la persona atacada.

El propósito es incomunicarlo y ejercer una presión para que no hable, para que coma callado, como dicen en Colombia, en un círculo infernal de intimidación y de desprestigio del elegido como chivo expiatorio, a quien se pretende entorpecer todo progreso.

El doctor González de Rivero habla de que se dan:

1. Una perversión del conflicto.
2. Una estigmatización del atormentado por la tortura psicológica.
3. Una intervención operativa para lograr la realización del sacrificio.
4. Una eliminación del sujeto,

quien trata de autoafirmarse en un principio; pero, dada la malignidad del acosador, lo que logra es entrar en un estado de desconcierto y perplejidad, para luego sobrevenirle un burn-out, en el que termina por deprimirse, lo que deja las huellas de un trauma, hasta conducir a un trastorno crónico invalidante, algo muy semejante a las neurosis traumáticas, descritas por Freud.

De ahí que al empezar a ver este tipo de pacientes, el doctor alcanzó a ver que en las entrevistas iniciales, lo que los sujetos victimizados necesitaban era hacer una descarga, una catarsis, por lo que decidió hacerlas de hora y media y no de cuarenta y cinco minutos, para luego empezar a hacer un trabajo elaborativo de simbolización de lo traumático.

Ningún acosador vino a verlo pero, por el relato de los pacientes, el médico pudo irse haciendo un perfil psicológico del acosador, ya que había rasgos comunes en todos ellos; eran seres mediocres y envidiosos, con una perversión narcisista, con lo que el psiquiatra estadounidense M. Scott Peck, denominaba una personalidad maligna, cuya manifestación más específica sería la obsesión por aniquilar o destruir a quien se manifiesta vital o lleno de plenitud existencial, en la medida que los que padecen esa malevolencia se consideran a sí mismas reprobables o malas, de tal modo que la bondad y capacidad ética de otros sujetos les resulta una denuncia implícita; la carencia de virtud es lo que los impele a destruir la fuente de esa disonancia, sin importarles sacrificar al otro para preservar su propia autoimagen. Palabras del propio Peck son:

Las personalidades malvadas utilizan el Poder para aniquilar el crecimiento humano y espiritual de los demás, con el propósito de preservar y defender la integridad de sus propias personalidades enfermizas.

Lo que para dicho autor constituye una verdadera enfermedad mental.

El doctor González de Rivero también habló de que estas personas sufrían una sociopatía agresiva sutil, como la descrita por T. Field; pero en la conceptualización de nuestro conferensicsta, de lo que habla es de un síndrome de mediocridad inoperante activa, caracterizada por una envidia maligna, que nada tiene que ver con la competencia leal ni la emulación y terminaría con una cita de Quevedo que dice:

La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.

Frase que se me ocurre que podríamos ilustrar así:



El doctor González terminaría citando al Hartzenbuch que escribiera:

En el silencio de la noche oscura
sale de la espesura
incauta la luciérnaga modesta,
y su templado brillo
luce en la oscuridad el gusanillo.
Un sapo vil, a quien la luz enoja,
tiro traidor le asesta,
y de su boca inmunda
la saliva mortífera le arroja.
La luciérnaga dijo moribunda:
¿Qué te hice yo para que así atentaras
a mi vida inocente?
Y el monstruo respondió: Bicho imprudente,
siempre las distinciones valen caras:
no te escupiera yo, si no brillaras.



Bueno, mis queridos amigos, con esto me despido, tras las enseñanzas del doctor González de Rivera.

Un abrazo, os recuerda con inmenso cariño,

Jesús


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El primer sexo: La mujer - Una necesaria corrección a la relación de los géneros


Enrique Campang Chang (Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sobre las ideas de Simone de Beauvior en su obra El Segundo Sexo (1949), cuando la mujer es relegada a un rol secundario por la sociedad de hombres. La idea del hombre como primer sexo y la mujer el segundo, es notoriamente equivocado, por las siguientes consideraciones.

Desde las escrituras, a los tratados morales, económicos y legales, estos han sido preparados en su gran mayoría por hombres; aprovechando que tienen más tiempo; mientras las mujeres estaban en la labor de gestación y crianza. Los hombres pueden trabajar en la acumulación de patrimonio, acaparan el poder social y económico En esta diferencia de roles está el origen de la desigualdad y el abuso del hombre sobre la mujer.

La vida empezó con la partícula madre que se duplica en las bacterias, virus y organismos unicelulares hasta llegar a la asociación celular para formar seres complejos. La gallina fue primero, y mucho después el gallo. . La hembra gesta y cuida a las crías, tiene roles superiores y protagónicos en la conservación de las especies, mientras que el del macho es problemático e improvisado. Ver:
http://prezi.com/qytbv8czjmb4/copy-of-el-dilema-de-la-gallina-el-huevo-y-el-gallo-esta-resuelto/.

Cabe la duda en la redacción de unos textos antiguos sobre la primacía de Adán sobre Eva. No se trata de polemizar con las escrituras; sino sugerir un posible error de transcripción e interpretación humana de la revelación: Errare humanum est. Intuyo que primero fue Eva, de ella salió la célula (espermatozoide) que formó a Adán y Adán fue el que tentó a Eva…

Las religiones judeo cristianas e islámicas tienden a perpetuar este mito al extremo de los Talibanes en Pakistán de querer asesinar a la joven Malala por defender el derecho de las niñas a educarse.







Muchas mujeres son sometidas a estos estereotipos culturales de belleza, de ser arreglada, maquillada, vestida, delgada, adornada con joyas, caprichosa, histérica, débil, inestable obligada a complacer al macho, cuidar la casa y a los niños. Es una conjugación de factores, que deforman la correcta relación del hombre con la mujer. La actual es manifiestamente equivocada, injusta y no pocas veces violenta. El capitalismo aprovecha esta condición para convertirla en la consumidora ideal de un gran mercado de productos para la mujer.

Los machos entre los animales, son los que se pelean como gallos, toros o perros. Tienen que demostrar su superioridad ante la hembra, ella ya es superior en lo biológico; es la que pone las condiciones para ver con quién se aparea.

La violencia tiene un fuerte componente masculino, desde la competencia de los espermatozoides por llegar al óvulo a la rivalidad entre jugadores para meter la pelota en la portería.

Las vergüenzas en la historia de la humanidad, los genocidios, dictaduras y guerras, son causadas en su gran mayoría por los machos. Mientras el protagonismo de lo bueno está en la mujer.

Cuando la mujer supera la gestación y la crianza o no opta por ella, está en perfectas condiciones para la economía y política; pero persiste el despectivo segundo sexo, el sexo débil.

Biológicamente el macho es poco evolucionado; sospecho que va en camino el proceso de crecimiento de sus pezones para transformarse en glándulas mamarias y participar en el rol de la crianza; así dejara de causar tantos problemas al estar más ocupado dando de mamar a los hijos. Posiblemente las cárceles, estadios o partidos políticos se vaciarían. Aun no sabemos lo que la sabiduría de la naturaleza nos depara…

Las mujeres no son iguales a los hombres, son superiores; el problema deriva del abuso con ventaja que comete el macho sobre la hembra aprovechándose de su dedicación a la maternidad. Se mantiene el estatus injusto como de un prolongado golpe de estado contra la mujer que viene desde tiempos inmemoriales.

La repartición de cuotas de poder por género o la negación de la identidad propia no llega al meollo del problema. La liberación femenina no puede orientarse a conquistar los espacios del hombre, sino en comprender, explicar y reparar el origen de los abusos del macho.

Las relaciones de género no atraviesan por su mejor momento en el noviazgo, el matrimonio, la familia; los modelos culturales y legales no resultan efectivos para la sana convivencia humana; los modelos actuales generan conflictos, violencia, crímenes pasionales.

El esperado gran Premio Nobel de la Paz se otorgará cuando alguien descubra la fórmula en que el hombre y la mujer puedan convivir sin problemas. Superando el abuso del poder económico y político que ostenta el hombre y dignificando el rol de la mujer. El modelo de la familia es el parámetro válido, mientras la de la sociedad del Estado macho económico es una equivocación.

Este reacomodo de relaciones de género depende de la valoración del rol del macho en la familia, El desarrollo económico mundial se ha construido secuestrando primero a los hombres, luego a las mujeres e hijos de la familia, debilitando su relación formativa.

Contra el exceso de entusiasmo de los teóricos capitalistas y macroeconomistas, el crecimiento económico es anti natural y atenta contra la armonía social, debilita la formación humana; invita a la corrupción y violación de las normas éticas.

Tarde o temprano se tendrá que escoger por las opciones por una economía más reducida con una familia más solidaria en torno al rol primario de la mujer; o el modelo actual, que favorece al hombre, no es el mejor.

Cualquier intento de resolver los problemas sociales de la violencia, drogas, o criminalidad, sin llegar al fondo de esta cuestión es inefectivo.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Compañero de mi vida


Liliana Perusini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Simple debería ser,
hablarte de mí,
simple, como descubrir
tu dar y tu nobleza,
tu abrazo generoso,
tu mano en la mía.

Simple debería ser,
hablarte de mí,
simple, como descubrir
el sonido de tu corazón,
latiendo en el mío.

Sin embargo…
las palabras se escurren en mi mente
las ansiedades resbalan por mi cuerpo,
extraños apetitos y temores,
recorren mi piel con incoherencia,
en misterioso juego de silencios.

Si yo pudiese…
hablarte de mis días,
de mis noches,
de deseos y pasiones,
de los sueños abandonados,
de mi callada existencia,
del mañana incierto…

Si yo pudiese…
compartir con vos,
la alegría de sabernos juntos
hasta siempre,
volvería a recorrer el camino,
y te invitaría…
a comenzar de nuevo.

Autora imagen: Virginia de la Puente

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

La crisis como jugada


Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

"No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”.

Federico García Lorca

Hay crisis que surgen por decisiones erradas; hay crisis que se inventan como forma de controlar un caos (y un nuevo orden). Se dice que las crisis sirven para crear, pero también se sabe que las crisis sirven para paralizar a las mayorías. Habría que investigar la otra historia de las crisis; mientras, sigo pensando que la actual crisis financiera que se inició en 2008 es una jugada del sistema para fabricar una forma de explotación mayor y absoluta (la mutación del capitalismo). Primero la diseñan; luego la imponen.

El sistema tradicional de consumo colapsó por la voracidad de los dueños de la estructura. Los clanes, siempre adelantados a la distracción popular, optaron por derribar el esquema surgido a partir de la revolución industrial para establecer el modelo más exclusivo y explotador de la historia: la red global de adoctrinamiento invisible. Ante nuestros ojos, y entre cuentos de progresismo, comunicación y entretenimiento, están demoliendo aquellas cosas que nos servían para recordarnos la vida (el paseo; el encuentro; el café; la imprenta; la lentitud; la vida). En esta jugada de destruir un orden para levantar otro se toman países como ejemplos de laboratorio. España, dentro del colapso europeo (donde para ajustarse a la máxima del progreso se ha cambiado la idea de sosiego por fugacidad), se ha convertido en uno de los principales espacios de ensayo.

De pronto la realidad de España es otra. El orden (político y financiero) cambia la narrativa del bienestar por la del declive. La industria informativa se encarga de reiterar el mensaje. La rueda se detuvo, el pan no alcanza para todos, hay que bajar de escalón hasta que el desarrollismo “de nuevo nos llame”. De pronto se descubre que la educación nunca fue un derecho; el alimento, al igual que la vivienda, que en el pasado otros reivindicaron, ahora regresa como norma de la lucha del presente; el arte, otra vez, se convierte en un privilegio de elegidos. Sin embargo, paradójicamente, las (siempre) llamadas nuevas tecnologías siguen su ruta de crecimiento. Según la doctrina tecnócrata lo único viejo es el humanismo. Descolocaron la calma natural del ser; subieron el telón del teatro del destiempo. Desde el momento en que la causa popular acepta discutir un logro del pasado está asumiendo la derrota. Nunca se entendería que en pleno siglo XXI las mujeres tuviesen que volver a luchar el derecho al voto; de igual forma hoy representa un retroceso discutir asuntos básicos que se suponían resueltos. ¿Cuándo seremos capaces de reordenar el contenido de la escala de reivindicaciones sociales? ¿Cuándo marcaremos la hoja de ruta hacia la construcción de una realidad alternativa?

La dirigencia conservadora de España declara varias veces a la semana que no hay otra salida que los recortes (sólo falta decir que el presente es terrible pero que el futuro será peor). Alguna agencia de tecnócratas se atrevió a vaticinar que la nación saldrá de la crisis en el año 2018. Los medios de comunicación compiten por ver quién relata con mayor drama la crónica de la crisis. Como no podía ser de otra manera, la desesperanza recorre España. Desahucios; suicidios; campañas de recolección de alimentos; desempleo. El miércoles 28 de noviembre escuché un titular dantesco: “La banca recibirá el rescate de la Unión Europea a cambio de reducir su estructura”. No obstante, el resto (las cenizas) de las noticias anunciaban una especie de concurso a ver cuál banco despediría más empleados (1.000; 2.500; 6.000) para cumplir la meta exigida. Creo que el día en que la banca deje de existir como espacio físico, el capitalismo habrá terminado su mutación de lo real a lo invisible. De ser así, ¿cómo responder a partir de entonces? Entre tanto, ningún líder se atreve a buscar luz al final del túnel. El mayor problema de la crisis financiera no es la quiebra de bancos sino la quiebra de voluntades. España o se reinventa o se convierte en un punto opaco dentro del nuevo mapa de la élite global depredadora. El capitalismo, en su fase de mutación, necesita quebrar países. El nuevo modelo virtual está diseñado para reducir costos; las cuentas del capitalismo se reinventarán con menos empleados y más subordinados. El desarrollismo no alcanza para todos; el primer mundo ya no es un titulo inherente a las nacionalidades sino a las clases sociales. La calle es el lugar que la dinámica ha reservado para los millones de tercermundistas que no ganen la lotería del sistema.

El capitalismo sabe muy bien como trabajar el espacio tiempo en la lógica social. Las urgencias desubican a los pueblos; no hay resistencia que valga si no hay un replanteamiento creativo de la realidad que el macro poder está sembrando; no hay posibilidad de cambio si no se define una hoja de ruta con objetivos estratégicos. La crisis, como la resignación, es una jugada maestra diseñada para inmovilizar a los sujetos. La protesta clásica pasó a ser una reacción dispersa que la cúpula observa como si fuese parte del archivo de su historia de artimañas y miserias; el sistema ha sofisticado su mecanismo de explotación y rentabiliza, como siempre, las emociones y las piedras. No es tiempo de repetir las mismas jugadas.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Los niños aprenden lo que viven


Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Un varón es tener hijos. Dos hijas son ninguna”. Proverbio vietnamita.
“Criar y cuidar a una hija es como cuidar un jardín de otro”. Proverbio Nepalés
“De que están hechos los niños pequeños?/ Serpientes y caracoles/ Y las colas de los perritos/ De eso están hechos los pequeños niños. ¿De qué están hechas las niñas pequeñas?/ Azúcar y especies, /y Todo lo bonito./ De eso están hechas las pequeñas niñas”. Canción de cuna tradicional británica.

El niño es más útil para cuidar la chacra. /La mujer solo ayuda algo en la cosecha/. Es una afirmación del Perú rural, que al ser trasladada a las ciudades va cambiando, en tanto la mujer, ya adolescente, accede a la educación tiene más probabilidades de trabajo que el hombre.

En Chile, los peruanos celebran el Mes Morado con una procesión por la Plaza Italia, a la cual asisten de manera creciente mujeres santiaguinas. Además de la vocación religiosa, las nuevas feligresas toman contacto con peruanas para mejorar los sabores de la dieta casera. Algo parecido sucede en Buenos Aires.

La discriminación entre niñas y niños empieza en casa. El elogio para el hermano es mayor. En la India, se ha reducido un poco la relación entre las niñas y niños a través de los abortos por sexo. Esta realidad vigente en el mundo va siendo afrontada por la comunidad internacional, tarea en la cual la educación, acompañada de planes integrales de desarrollo. Por ser niña ¿y los niños qué?, es una interesante reflexión de Plan - una organización internacional creada hace 70 años - sobre el estado mundial de las niñas 2011.

Pero no es indispensable señalar que la pobreza es la causa más intensa que mantiene esta y otras deformaciones de la conducta humana. No hay futuro para la niñez y adolescencia sino se suman varios factores y voluntades, como: decisión política, recursos financieros, respaldo fiscalizador, imaginativo, libertad de los medios de comunicación con sus más diversas opiniones e instrumentación tecnológica y en una relación transversal y multidisciplinaria del conocimiento complejo.

El Perú ha suscrito la Convención de los Derechos del Niño. Ha promulgado la Ley 27337 que aprueba los Códigos correspondientes. Desde 1992 hasta la fecha se han elaborado cuatro planes. El más reciente es liderado por el Ministerio de la Mujer y de Poblaciones Vulnerables – PNAIA 2012 – 2021, aprobado en abril último. Recoge entre otras experiencias, el camino transitado desde el 2008 con los Programas Estratégicos, una nueva herramienta del Ministerio de Economía y Finanzas.

Hay debe profundizarse la relación entre los programas Juntos y Agua para todos; el Seguro Integral de Salud; la Mesa de Concertación para la lucha contra la pobreza en 26 regiones. El positivo balance de la universalización de la educación primaria y la reducción del analfabetismo. La incursión de profesionales con capacidad y conocimientos en gestión pública. Existe financiamiento con los recursos derivados de las altas tasas de crecimiento económico de los últimos años. El desarrollo rural, deposita su futuro en la descentralización y la tarea de las municipalidades provinciales y distritales, al asumir la articulación y el liderazgo.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Crítica literaria: “Fotografías contigo al fondo”, de Fran Nuño


J. J. Conde (Desde España Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Así titula su nuevo libro de poemas, el escritor y poeta Fran Nuño. Un poemario dividido en tres partes y cuyo nexo de unión lo representa el acercamiento al lector, un acercamiento desprovisto de disimulo alguno ni dobleces porque parten los versos de Nuño directos al corazón: “Quizás ahora, / tú sabrás en qué lugar, / te preguntas / que quién era yo, que por qué estoy ahí, / pues puede ser que estés observando / una fotografía conmigo al fondo”. Y es que se sitúan estos poemas bajo la premisa de Rafael Guillén, que dice lo de: “La vida sigue andando al fondo de las fotografías”. Pues es cierto, y no lo duda ni por un instante el poeta que nos envía mensajes claros cuando habla, por ejemplo, del poder de algunas fotografías: “El de ésas / que pueden hacer del momento / un incontrolable desfile / de imágenes y voces / que se hallaban / en paradero desconocido”.

Con este “Fotografías contigo al fondo”, Fran Nuño -sevillano nacido en Bilbao, en 1973, como a él mismo le gusta denominarse- hace su segunda incursión en el mundo de la poesía. Dinamizador cultural, librero-editor, dramaturgo y escritor de una sólida trayectoria ya y especializado en literatura infantil-juvenil, es autor de una veintena de obras publicadas en distintas editoriales. Ha recibido varias menciones en importantes premios, tanto por su trabajo literario como por su labor a favor de la lectura y ha sido traducido al gallego, catalán e inglés. En 2010 salió a la luz su primer libro de poética dirigido al público adulto, “Deambulaciones” (Ediciones En Huida), con el que consiguió ser candidato al Premio de la Crítica de Andalucía. También ha publicado poesía en revistas y antologías y ha participado y organizado innumerables recitales a lo largo y ancho del país.

“Fotografías contigo al fondo” es un conjunto de poemas en los que Fran Nuño se recrea, sea dicho de esta manera, en el destino incierto de una fotografía tamaño carnet, siendo consecuente con lo anunciado por Saramago: “Llevar el retrato de una persona en el bolsillo es como llevar un poco de su alma”. Que en sus fotosíntesis Nuño se engalana con sus mágicos hallazgos: “Fotografías enmarcadas, / retrovisores / de nuestros pasos”. “Caja de fotos, / cronología desordenada”. “El disparo de la cámara / agujerea a la realidad”. “Llegará el día / en el que nuestro álbum fotográfico / sólo contendrá fotos antiguas”. Así, tras un sorprendente “Para sorprenderte”, nos aclara quien compone el propósito de la otra persona: “Aunque te rieras / a carcajadas… / Te burlaras / con sorna… / Y me pusieras, / con malicia / en boca de todos… / Quiero hacerte saber / que, incluso así, / no conseguiste tu propósito, / pues “el amor / nunca siente el ridículo”. Y al fondo, siempre al fondo, una “Infancia en paracaídas” o “Como algunas fotografías”: “Los poemas son / como algunas fotografías: / sin ni siquiera sospecharlo / podemos aparecer en ellos. / Aunque sea al fondo”.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Había una vez… (Parte I)


Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La Historia que nos tocó vivir

Había una vez manos. Manos que asieron un trozo de roca, le dieron filo por un extremo y lo empuñaron por el otro. Era, rudimentario, un instrumento cortante y que, aplicando tracción animal a una lámina de madera, metálica después, abrieron un surco, y allí sembraron. Y fue el arado, l as cosechas y de ambulantes las tribus pasaron a sedentarias.

Había una vez manos, miles y miles, reunidas en un mismo lugar de los desiertos a orillas del Nilo. Un proyecto y un amo, los cuerpos se extenuaron, los hombres murieron de fatiga, allí se levantaron pirámides. Vinieron los imperios, las guerras en gran escala. Manos y manos corrieron a tomar las armas. Fue el exterminio y una lección: ¿por qué exterminar a los prisioneros? Más vale ponerlos a trabajar y allí nació la esclavitud. Se hizo la paz. Y se hizo la guerra. Y nuevamente la paz. Con el último legionario romano, cayó el último gran imperio antiguo, sin dejar sucesores. Y las manos regresaron al arado y a la tierra.

Pero el arado les fue poco y la tierra les fue chica. Y se echaron al océano, las manos empuñando remos y timón. Y aun así, abrazándola con sus barcos, la tierra no les bastó a los hombres: sus frutos les parecieron mezquinos. Y entonces otras manos dejaron el arado para levantar fábricas. Fueron la industria, las ciudades, las vías de comunicación, la ciencia, la tecnología, el mundo sobre ruedas. Pero las manos volvieron a la guerra y todo otra vez destruido. Y entonces había una vez… pero todo no puede ser referido de un tirón.

Únicamente que, como en los cuentos, se busca un punto de despegue. Había una vez. ¿Cuál vez? O, dicho en lenguaje más ceñido a lo histórico: ¿Cómo periodizar?

¿Dónde colocar la apertura, dónde el cierre? Cuestión planteada una y otra vez, ya presente con el hombre primitivo. Y he aquí que, si de rastrear en los orígenes de la especie se trata, por ningún lado aparece el acta de nacimiento.

Arranca la sociedad de clases

Con la Historia, la sociedad se representa como un exponente de alta y compleja organización, cuyas sucesivas transformaciones exigen, respecto del ciclo anterior, un mayor y más neto esfuerzo periodizador. Así, al interior de la Historia, la clásica división de edades: Antigua, Media, Moderna y Contemporánea. Conservaremos la nomenclatura para las dos primeras y la última, reemplazando la tercera por la denominación, también corriente, de Tiempos Modernos.

Va de suyo que la nomenclatura es convencional. En todo caso, más que cuestionarla, nos interesa distinguir edades y fases de transición. Guardan las primeras un carácter dominante de estabilidad, el cual permite, en cada una, alojar un tipo específico de relaciones sociales. Las fases de transición, desgajando parte de las Edades, se intersitúan, por el contrario, como el agente de disolución de lo viejo y apertura de lo nuevo.

Pero los terminales son muy difíciles de rastrear. Tomemos un ejemplo. Si admitimos al capitalismo el contenido de la Edad Contemporánea ¿Cuándo puede considerárselo como tal? Y en relación a ello: ¿Cuándo no pasa de regional y gobierna el mercado mundial? ¿Hay hechos que den esa medida o al menos sean muestra inequívoca de la madurez alcanzada por el proceso general de acumulación capitalista?

¿La Revolución Francesa? Antes, seguramente. ¿Con la revolución industrial inglesa? ¿Con las Provincias Unidas, Holanda, allá por 1600? ¿O todavía casi un siglo atrás, a la época de la revuelta de los comuneros en España?

Depende del criterio que se adopte y, tal vez, sencillamente, no existen los terminales, sino, apenas, una zona gris sin nunca alcanzar a determinar el momento del blanco o del negro. Esa “falta de exactitud” no debe preocupar.

Acostarse siendo medievales el 19 de mayo de 1453 y despertar hombres de la modernidad al día siguiente

Se asocia la esclavitud con Antigüedad. Ello es parcialmente cierto. La mano de obra forzada aparece en situaciones específicas a saber:

1. Cuando la sociedad decide valerse de un sobrante de fuerza de trabajo, proveniente de prisioneros de guerra o de pueblos militarmente derrotados y sometidos.
2. Cuando se plantea la necesidad de las grandes obras públicas, sea la irrigación mediante el aprovechamiento de las aguas de los ríos, sea la construcción de monumentos como las pirámides.
3. A medida que la antigüedad avanza, generando imperios de pretensión hegemónica mundial, cual la Grecia de Alejandro Magno y la Roma de Julio César.

¿Qué existe entonces en lugar de la esclavitud y coexiste junto a la esclavitud? Otra institución: el tributo. La inmensa masa de productores campesinos subsistiendo en comunidades, pero ya objeto de la extracción de plustrabajo por parte de un Estado de, no exigida de mano de obra esclava, sino de tributo en especie; si en alguna ocasión “presta” un contingente de trabajo, lo hace en condiciones distintas a la esclavitud.

¿Dónde y en qué épocas predominaba el tributo? Desde los orígenes de las civilizaciones y durante el mayor tiempo de la antigüedad. Milenios a lo largo de los cuales el agrupamiento demográfico tiende a darse en las tierras fértiles bañadas por los grandes ríos, en climas relativamente benignos. La Mesopotamia y el Nilo (Egipto) en Medio Oriente y, antes que éstos, el Río Amarillo (China) y el Valle del Indo, en Asia.

La aparición del Estado y del Tributo es acelerado por necesidades de defensa. Por su asentamiento, son núcleos humanos privilegiados. Y permanentemente amenazados por nómades de zonas áridas, cuando no desérticas. Hacen falta pues guerreros que para la defensa, y estos son parte del Estado. Y hace falta el tributo en especie, los alimentos. Para mantener el ejército. Vale más soportar esa carga, que el pillaje cuando no la aniquilación.

Mucho después, en América, la institución del tributo es detectada en las sociedades continentalmente más evolucionadas, como las asentadas en México y Perú, sin excluirse, al aparecer en coexistencia con la esclavitud. Al ser bruscamente quebrado por la conquista, el desarrollo autónomo del proceso histórico nos rebasa ese punto. La sociedad tributaria no es idílica. Esta basada en un compromiso histórico, que incluye la ingerencia periférica. Los pueblos sometidos soportan las cargas más pasadas, en tanto que los prisioneros de guerra son sacrificados. Bocas de más alimentar… hasta que la sociedad del tributo descubre en ellos la fuerza de trabajo. En ese acto les hace objeto de la esclavitud. De modo que ésta significa, sin duda alguna, un progreso traducido en el aumento de la producción: los esclavos toman a su cargo el trabajo en obras públicas, astilleros, transporte, servicios urbanos, minas cuando no levantan ciudades enteras. Así fue en el continente americano, actualmente en estudio en México.

La Historia se acelera

Naturalmente, su exacerbación en aras hegemónicas, traerá especialmente con Grecia y Roma, el sucesivo derrumbe de ambas, con la última, de la antigüedad misma. Cuando pueblos enteros son objeto de levas forzadas para integrar ejércitos contra nuevos pueblos a conquistar, y en las urbes imperiales por cada ciudadano libre hay varios esclavos dedicados a tareas domésticas, no productivas.

Por entonces el tributo se habrá reducido al mínimo, reemplazado por las exacciones y, de hecho, disminuida la producción agrícola por falta de brazos. Pero lo cierto es que Antigüedad conserva formas de comunidades, heredadas de la prehistoria. Hemos dicho, sin embargo, que aquellas entraban en disolución. Ambas cosas son ciertas.

Desde el punto de vista cuantitativo, la comunidad se conserva a lo largo del período y, con altibajos, dominante. Pero, al haber sido colocada bajo la autoridad de un Estado militar, teocrático y burocrático, su funcionalidad es otra: de más en más deja de aprovecharse de sus productos o del libre intercambio con otras comunidades para rendirlo al Estado.

Y, a partir de ese hecho, aun cuando su aspecto exterior por prolongados lapsos continúe el mismo, ha dejado para siempre, ser lo que era: una asociación libre y autónoma. Esto último, con el tiempo, irá haciéndose ver en la superficie. La comuna se empobrece, se arruina y finalmente es saqueada no solo en sus productos, sino en sus hombres.

Así, la comunidad primitiva de la prehistoria es negada por el tributo de la sociedad antigua, y éste, a su vez, es negado por el esclavismo de la misma sociedad antigua. ¿Cuál será el resultado de esta negación de la negación? Lo veremos en el estadio histórico subsiguiente, la Edad Media feudal de Europa.

Con estas salvedades, puede decirse que el contenido social específico de la antigüedad gira en torno a esta doble contradicción: tributario-tributado, esclavo-esclavista. En el primer caso, a más de la contribución en especie, los medios de producción pasan a manos del Estado. Las comunas, en proceso de desagregación, pierden la propiedad colectiva de la tierra.

Atrás queda la Antigüedad

En cuanto a la fuerza de trabajo, es proporcionada por los tributarios. Y, en el segundo caso, la clase de los esclavistas detenta los medios de producción, en tanto la fuerza de trabajo es rendida por el esclavo.

¿Por qué en un caso decimos el Estado y en otro la clase? Porque, arribado el esclavismo, clase y Estado pasan a ser dos entidades diferenciadas: el segundo es el aparato que sirve a la primera. En cambio, en la sociedad del tributo, la cúspide del Estado se confunde con la clase misma, extractora del plustrabajo, llámese faraón, mandarín o “clase” sacerdotal.

Y bien los tiempos corrían. Cuando el Nilo aglutinaba varios millones de seres, mientras en China se distribuían varias decenas de millones, significando la suma de ambos polos demográficos algo así como la mitad de la población mundial, las razones del asentamiento, geográficas, habían pasado a ser del florecimiento.

Tratábase del hombre, quien, ya dos o tres milenios antes de nuestra era, se había afirmado tras de dar nuevos pasos de gigante: arado, rueda, embarcaciones a vela, extracción de minerales, y su empleo como metales, matemáticas y astronomía dando luz al calendario, medicina, ingeniería, derecho.

A esta altura la productividad ya había dado un salto hacia adelante. Pero si así generaba más acelerados procesos de acumulación, éstos, junto al derrumbe sucesivo de los imperios, quedaban truncos. Por milenios pareció una maldición. Guerra y esclavismo, asociados, volvían las cosas a cero. Hasta que, aletargadas las civilizaciones asiáticas, el impulso histórico cruza el Mediterráneo. Grecia y Roma, a la vez que el fin, significan la culminación, arrojando las expresiones más altas de trabajo manual e intelectual, que llegan a darse en la Antigüedad.

Y lo que es más, ceden paso a una nueva plataforma geográfica, donde será posible una reconstrucción histórica de nuevo tipo, Europa.

Dos palabras aún sobre la personalidad social del esclavo. Coinciden en él fuerza de trabajo con instrumento de trabajo. El sistema ha cosificado. Nada le pertenece, tampoco su vida. Los romanos, quienes recogieron amplia experiencia, distinguían dos tipos de instrumentos de trabajo: los mudos, como la carreta o los útiles de labranza, y los que emitían sonidos, como los animales (de tiro y de carga) y los esclavos.

Y bien, precipitada por la caída de Roma a manos de los bárbaros en el siglo V, queda atrás la Antigüedad. No será la única vía. En vastas regiones, en continentes enteros, la sociedad antigua perdurará por largo tiempo, extinguiéndose en virtud de otros mecanismos que, en cierta manera, le reconocen filiación, en tanto el proceso histórico de punta pasaba por la caída de Roma y, consecuentemente, la feudalización europea.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El gran negocio agroalimentario


Vicent Boix (Desde España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

(Texto correspondiente a la Introducción del libro Piratas y pateras)

Tradicionalmente, el campesinado se ha caracterizado por cultivar alimentos destinados al consumo propio y a los mercados locales, llevando a la práctica un tipo de agricultura respetuosa con el medio ambiente y cimentada en unos conocimientos agronómicos que se han transmitido de generación en generación. En muchos lugares el campesino o pequeño agricultor, con el tiempo se fue abriendo al mercado. El objetivo ya no era cultivar para comer, sino hacerlo para vender la siembra y poder comprar la comida y otras necesidades. La denominada “revolución verde”, acaecida a mediados del siglo XX, favoreció este proceso ya que consiguió aumentar la productividad, gracias a la mecanización del campo y a la utilización de semillas mejoradas y productos químicos. El otrora agricultor libre, se hizo dependiente de los “paquetes tecnológicos” y de las exigencias de los mercados.

Inicialmente muchos pequeños agricultores lograron sobrevivir e incluso progresar, aunque con la expansión de las políticas neoliberales, la agricultura tradicional y campesina ha entrado en una clara recesión. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), la agricultura ocupaba al 52% de la población económicamente activa a nivel mundial entre los años 1979 y 1981, porcentaje que disminuyó hasta el 40% en 2010. Igualmente, la población rural mundial que en 1979-81 sumaba el 61% del total cayó en 2010 hasta el 49%. Por el contrario, en ese mismo intervalo de tiempo las exportaciones y las importaciones agrícolas se multiplicaron por cinco, lo que viene a indicar que el modelo agrícola exportador e intensivo está expulsando a los agricultores del campo.

Y es que el principal problema que enfrenta la agricultura agroexportadora, entendida como una mercancía más dentro del supermercado global, es que las diferentes fases de la cadena agroalimentaria (semillas, insumos, intermediación, distribución, transformación, venta, etc.) se concentran cada vez en menos manos, y esta situación de oligopolio da fuerza a estas “manos” que determinan todo tipo de condiciones.

Según la Rural Advancement Foundation International (renombrada como “Grupo ETC”) el 67% del comercio mundial de semillas era manejado en 2007 por 10 grandes multinacionales (DuPont, Syngenta, Limagrain, Bayer, etc.). Solo Monsanto detentaba casi el 25%. De acuerdo con la misma fuente, 10 empresas controlan el 89% del comercio de agroquímicos (Bayer, Syngenta, Dow, Monsanto, etc.). De ellas, las seis más poderosas también participan del negocio de las semillas.

En 2008, año en el que se produjo la primera de las crisis alimentarias de este siglo XXI, las empresas transformadoras lograron importantes réditos según la Genetic Resources Action International (GRAIN): “…las ganancias de Nestlé de 2008 subieron un impresionante 59 por ciento, y el incremento de Unilever se acercó al 38 por ciento”. Durante esos meses también aumentaron los precios de los agroquímicos, por eso muchos agricultores no pudieron adquirirlos y sus plantaciones intensivas sufrieron pérdidas. Pero, Monsanto aumentó sus beneficios un 120% respecto a 2007, Bayer un 40%, Syngenta un 19% y Dow un 63%.

Estos eslabones de la cadena alimentaria (agroquímicos y semillas) no son los únicos que han logrado aumentar sus réditos. Otro muy importante, que ha provocado la desesperación de millones de agricultores es la intermediación, es decir, el eslabón que acerca los alimentos del campo al supermercado. La situación en este caso es similar a los anteriores. Unas pocas empresas, tanto a nivel nacional como internacional, están situadas entre millones de agricultores que producen alimentos y millones de consumidores que los adquieren. Algunas de ellas los transforman, y según ETC, el 26% del mercado mundial de comestibles empaquetados es colmado por 10 transnacionales (Nestle, Pepsico, Kraft, Coca-cola, Unilever, Danone, etc.). En frutas y verduras sin transformar, la intermediación es entre los mayoristas y minoristas, y en otros casos es la distribución moderna (supermercados) quién adquiere directamente los productos del agricultor o del mayorista.

En cualquiera de los tres casos mencionados, la tónica general es que la intermediación, la transformación o la distribución moderna, haciendo gala de su posición dominante en la cadena alimentaria, imponen unos precios de compra irrisorios al agricultor y se los incrementa al consumidor logrando una plusvalía en algunos casos insultante.

Las materias primas en el siglo XXI, una gran inversión

En las últimas décadas, la desregulación en los mercados provocó que las inversiones productivas en la economía real fueran perdiendo peso en favor de las inversiones financieras, que acamparon en diversos mercados para succionarlos y luego escapar de las crisis que creaban en busca de nuevos mercados. A la inversión financiera se le achaca, entre otras, la “burbuja de las punto.com” y la “crisis de las subprime”.

En la búsqueda de inversiones seguras el capital financiero aterrizó en los mercados de futuros, donde alimentos y materias primas agrícolas son una parte muy importante del mismo (también se negocia con petróleo, metales, etc.). Como ejemplo podríamos plantear el siguiente caso hipotético: una cooperativa de agricultores acude a uno de estos mercados y, tras negociar con una empresa de harina, vende 30 toneladas de trigo, a entregar en enero de 2014 y a un precio de 225 dólares la tonelada. Para ello se firmaría un “contrato de futuro”, es decir, un título en el que se detalla la transacción. Importante subrayar que en los mercados de futuros no se negocian mercancías físicas (trigo) sino contratos para vender/comprar mercancías físicas futuras (trigo en enero de 2014).

Estos mercados nunca estuvieron exentos de la especulación y otras prácticas alejadas del comercio real de materias primas, ya que los contratos sobre mercancías futuras dan mucho margen a la variación de precios antes de la fecha de entrega real. Pero como se decía, diversas medidas liberalizadoras junto a crisis en otros mercados, originó que el capital financiero (fondos de cobertura, de pensiones, etc.) invirtiera a gran escala en los mercados de futuros. Los activos financieros en materias primas crecieron de los 5.000 millones de dólares en el 2000 a 450.000 millones en 2011.

Desde entonces el mundo vive en tensión debido al incremento de los precios de los alimentos que originó una crisis alimentaria en 2008 y otra inacabada en 2010 que está causando estragos en el Cuerno de África y el Sahel. Desde el principio se intentó esconder el motivo real de las crisis y se argumentó que la causa era el desequilibrio en la oferta y la demanda de alimentos, aunque con el tiempo y ante los hechos la realidad se hizo visible. Como se ve en la gráfica, existe una relación palpable entre la actividad inversora y el incremento de precios. Y la realidad es que mientras en el África Subsahariana está muriendo gente de hambre, el grupo de inversión Goldman Sachs ganó más de 5.000 millones de dólares en 2009 especulando en materias primas, lo que supuso un tercio de sus beneficios netos.

Elaboración propia con datos de GRAIN, FAO e Instituto Internacional de Finanzas.

La tierra, el último eslabón por controlar

La cadena agroalimentaria en un gran y suculento negocio. Así lo demuestran los balances de ciertas transnacionales, como también queda claro tras analizar el vertiginoso aumento del capital financiero en los mercados de materias primas. Para los inversionistas el futuro es muy esperanzador. Saben que la gente puede dejar de pagar su hipoteca pero siempre tendrá que alimentarse. Además se ha normalizado, se ha institucionalizado y se ha aceptado sin rechistar, un incremento de los precios de los alimentos (y su volatilidad) que se creó artificialmente en los mercados. Desde organismos como la FAO se anuncia y se asume sin más, que la humanidad enfrentará una época de alimentos caros aunque ello suponga aceptar un status quo en el que millones de personas pasan hambre.

Si bien todavía no hay escasez, la ecuación entre la oferta y la demanda de alimentos y materias primas agrícolas tenderá a comprimirse si no se toman medidas, porque sigue creciendo exponencialmente la población mundial, y sobre todo, porque el futuro energético de los países ricos dependerá de los agrocombustibles, todo ello, en un planeta amenazado por un cambio climático que está comprometiendo la capacidad hídrica de muchas naciones, degradando los suelos, alterando la productividad y afectando los rendimientos en diversas zonas típicas de cultivo.

La idea esencial es que, en tiempos de crisis económica y recesión, resulta que la agricultura se presenta como un mercado apetitoso y con un prometedor futuro. La demanda está más que asegurada, es más, crecerá vertiginosamente. La propia FAO ha estimado que la producción mundial de alimentos se deberá duplicar para el año 2050.

La oferta, por el contrario, es el gran pastel a dividir y por ello naciones, inversionistas y transnacionales empiezan a mover fichas para garantizarse su porción. Teniendo en cuenta que ciertos eslabones de la cadena alimentaria exportadora ya están acaparados por multinacionales (semillas, intermediación, etc.) y teniendo en cuenta que los mercados de futuros están atiborrados de inversionistas y especuladores, solo queda un eslabón por conquistar: la tierra.

Esta es imprescindible y hasta el momento es un recurso natural que, dependiendo de países, puede ser más o menos accesible para la ciudadanía. El campesino y pequeño agricultor puede eludir las semillas patentadas, los agroquímicos y los canales tradicionales de distribución; mientras que el consumidor puede evitar las grandes superficies comprando alimentos sanos y de temporada directamente al productor. Para que sigan activos estos canales sostenibles y agroecológicos solo hace falta la tierra, que ahora, está en el punto de mira del capital. He aquí la gran amenaza para la soberanía alimentaria, especialmente en las naciones y comunidades empobrecidas que suelen auto abastecerse a través del auto consumo y de los mercados locales.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Plástica: La capilla Sixtina


El Ave Fénix

Nuestro colaborador en cuestiones de plástica desde La Gran Manzana, en Estados Unidos, nos hace llegar esta espectacular presentación de uno de los lugares del mundo que concentra la mayor cantidad de obras de arte: la Capilla Sixtina, en el Vaticano, Italia.

Puede visitarse virtualmente este templo del arte aquí:
http://www.vatican.va/various/cappelle/sistina_vr/index.html

Y para ampliar la información al respecto, puede visitarse esta página:
http://es.wikipedia.org/wiki/Capilla_Sixtina


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Un brazo


Yasunari Kawabata

-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.

-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.

-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.

-¿Es un anillo de compromiso?

-No, un regalo. De mi madre.

Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.

-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.

Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.

-¿En éste?

-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.

Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.

-Ahora se moverán.

-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?

-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.

-Seré bueno con él.

-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.

Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.

-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.

-Gracias.

Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.

Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.

Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.

Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.

Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.

Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.

La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.

Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.

Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.

-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.

Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.

«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»

Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.

Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.

Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.

-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.

-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?

-¿Crees que puede haberlo?

-Percibo cierto olor.

-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.

-Es un olor dulce.

-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.

Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.

-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.

-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.

Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.

La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.

-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.

-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?

Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.

-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.

-¿Ah, sí?

-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.

La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.

Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.

Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.

-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.

Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.

Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.

Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:

-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio...

¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.

Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.

En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.

-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.

-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.

-Un hombre o una mujer, nada más.

-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.

-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?

-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.

-¿Y llegan a encontrarlos?

-Muy lejos -repitió el brazo.

Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.

La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.

-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.

También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.

De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.

-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.

-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.

Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.

-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?

-Nada en absoluto.

Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.

Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.

El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.

-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?

-Sí.

-En cierto modo, me asusta hacerlo.

-¿Ah, sí?

-¿Puedo?

-Por favor.

Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría.

-Dilo otra vez. Di «por favor».

-Por favor, por favor.

Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.

-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: "¡Miren cuánto la amaba!»

Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.

Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.

Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.

-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.

Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.

-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.

Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.

Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.

Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.

«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?

Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.

Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.

-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios.

-Precisamente cuando bebía algo bueno.

-¿Y qué bebías?

No contesté.

-¿Qué bebías?

-El olor de la luz. De la piel.

La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.

-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?

Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.

Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.

-Vámonos a la cama. Nosotros también.

Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.

Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.

Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.

Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.

-¿Estás dormido?

-No -replicó el brazo.

-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.

-¿Qué quieres que haga?

Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.

Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.

-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.

Me apresuré a recogerlo.

-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?

El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.

Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.

En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.

Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.

Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.

Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto a la almohada.

Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.

Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di unas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, ydespués los dedos.

«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.

Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.

El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.

-¿Duele? ¿Te duele?

-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.

Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.

Tenía los dedos en la boca.

De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.

-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante...

Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.

-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?

Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.

-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío?

-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.

Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.

-¿El pulso no se ha detenido?

-Deberías ser más confiado.

-¿Por qué?

-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?

-¿Fluye la sangre?

-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»

-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.

Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.

-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.

-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.

Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.

-El pulso. El sonido del pulso.

Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.

-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.

Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.

Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.

-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?

-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!

-¿Y qué ves?

-Ha desaparecido.

-¿Y qué has visto?

-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.

-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.

-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?

Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.

-¿Era una ilusión que querías enseñarme?

-No. Al final la he borrado.

-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.

-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?

-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.

Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?

En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.

Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.

-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.

No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?

-No semejante traición -murmuré.

-Todo irá bien -susurró el brazo.

No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.

Me quedé dormido.

Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.

Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.

La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.

Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.

Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.

Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.

Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.

-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.

Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.

Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!

Yasunari Kawabata: (Osaka, 1899 - Zushi, 1972) Escritor japonés que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1968 por su "pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincracia japonesa con enorme sensibilidad". Fue sobre todo un refinado transmisor de atmósferas y emociones, que plasmó con un lenguaje de singular belleza lírica. Sus temas intimistas, a menudo amorosos, son exploraciones de la soledad y de las delicadas relaciones del individuo con los otros y con la naturaleza. Tuvo una infancia trágica, signada por la sucesiva muerte de sus familiares más próximos. Completamente solo en el mundo a partir de los quince años, "niño sin familia ni hogar", como se autodefinía, completó su educación en un internado y luego en la universidad imperial de Tokio, donde se licenció. Su temprana pasión literaria lo llevó a participar en grupos de vanguardia como el de los neosensacionistas, que oponían el lirismo y el impresionismo al realismo social de los escritores proletarios, y fue un activo impulsor de movimientos y revistas.

En 1925 publicó Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños, género muy frecuentado por los autores japoneses, pero su estilo cobró verdadera personalidad y madurez en los relatos de La bailarina de Izu (1926). Kawabata, cuya sensibilidad le permitía meterse como nadie en la piel de sus personajes femeninos; cultivó un tipo de novela breve, casi en miniatura, desgarrada y episódica. Su obra cumbre es quizá País de nieve (1937), que narra la relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un insensible hombre de negocios tokiota.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.